//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
El mundo clásico, tercera parte Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1997, by K. Zoltan Mehesz - Corrientes, Argentina. Índice
CapitolioEl centro religioso y comercial de la antigua Roma fue el Capitolio. Llamaban así a esta colina porque en la construcción del templo al Dios Término, encontraron los albañiles una cabeza humana, un «caput» momificado, perfectamente conservado. No nos cabe duda alguna de que pertenecía a los restos de un etrusco ahí enterrado: este pueblo, pues, fiel a su religión semiegipcia profesó la inseparabilidad del alma del cuerpo fallecido. Estaban convencidos de que el alma permanecería eternamente en su sede natural que para ellos era la cabeza, y así aseguraron a esta parte principal del cuerpo, por medio de la momificación, la perennidad. Los romanos, ignorando lo ritos más antiguos de los etruscos, quedaron perplejos ante lo hallado, y para resolver este enigma tan raro y conocer la decisión de los dioses, hicieron venir a los más renombrados augures de Etruria. Según la infalible opinión de éstos, la cabeza hallada significaba que en adelante Roma sería la cabeza no sólo del «País de los bueyes», que en griego significa «Italia», sino también del mundo entero. En este lugar, llamado desde entonces Capitolio, tenían los romanos entre varios santuarios dos templos, con dos divinidades, cuyos cultos estaban estrechamente ligados a la vida económica comercial, y por ende a las solemnes y ceremoniosas formas del Derecho Quiritario Romano. Uno de los templos estaba consagrado al culto de la Diosa Juno, Madre de los dioses, y Protectora de los bienes humanos. Su iglesia, quizás, por ello servía como banco antiquísimo de ahorros, pues los ciudadanos depositaban allí sus ases, sestercios y denarios, es decir, su dinero, en cofres abiertos, porque sabían que nadie se atrevía a tocar lo que estaba bajo la custodio de Juno Amonestadora, que en latín decían Juno Moneta. Desde este tiempo los romanos tomaron la costumbre de llamar al dinero acuñado, por antonomasia, Moneta, hoy conocido con el nombre de moneda. * Los feligreses más fervorosos del otro templo, consagrado a Hércules, eran los comerciantes. Los acaudalados usureros y los empobrecidos clientes. En esta iglesia, en presencia del acreedor, ante el altar de Hércules, comprometíase el deudor en forma sacroreligiosa echando simultáneamente vino tinto sobre las llamas del altar. Llamaban los antiguos a este acto libación, que al par era también acto probatorio del convenio, que los griegos llamaron «spendein», y los romanos «spondein, spondere», es decir prometer, dar la sponsio, creando de esta manera la re- sponsa - bilidad por la cosa dada o suma recibida del acreedor, que los romanos llamaban creditor, palabra derivada del griego khre, es decir creer, pues el acreedor creía firmemente en el Dios Hércules, en su dinero, y desde luego en su devolución. El centro del Mundo Antiguo fue Roma; y el eje de esta ciudad, el Capitolio. Colina sagrada de comerciantes religiosos, y de religiosos que al par eran también muy buenos comerciantes; con templos que eran verdaderos bancos de los dioses, que no desdeñaban consagrar convenios, que a veces eran indecentes o inhumanos, aunque parecieran legales y honestos. *** Bibliografía T. Livius. Ab urbe cond. A. Gellius. Noct. Att. Plutarchos. Moralia L. A. Séneca. De prov. 5.
Suffragium romanumEntre los más antiguos grecorromanos la más viva expresión de la democracia, es decir del poder popular, fue siempre la de los comicios. En la asamblea cada ciudadano, por medio de sus jus suffragii tenía libertad plena de dar o quitar a cada cual una de sus cosas más sagradas: la confianza. Lamentablemente el pueblo, como siempre ocurre, sufre de miopía y se porta ingenuamente como el cuervo de Phedro, halagado por el astuto y político zorro. Por ello dice Cicerón la gente precisamente en el momento oportuno suele decidirse con capricho y elige a los que cuanto menos merecen, tanto más habilidad tienen para solicitar y comprar votos descaradamente. De esta manera nacieron en la Hélade y luego en Roma la corrupción y el soborno electoral, que eran muy peligrosos y amorales porque nunca atacaban de frente, sino de manera poselectoral. Esta estafa, que cometían con el pueblo, algunos la llamaban durante el imperio «delito muy frecuente», y otros con cara risueña e inocente decían es sólo «política». En Roma, antes de las elecciones desparramaban por la ciudad pandillas de imberbes para impresionar al pueblo. Prometían dar, ya que sabían que nunca iban a otorgar. Juraban no tocar lo que programaron con antelación quitar. Pululaban en la ciudad los «paratodocapaces» clientes que con procacidad innata compraban y vendían por denarios y a veces, por mucho oro, el topodoroso voto. Corría por los barrios de Suburra la plata de los patricios, que aferrándose a la grandeza pasada, querían detenerse en el pretérito sin darse cuenta de que no hay presente, sino siempre futuro. En el cabildo preelectoral, no faltaban las prebendas de los Caballeros Romanos, Timókrates, nuevos ricos que con cuerpo grueso y vida pletórica preferían una silla en el Senado, y poco les importaba si estaban allí en representación de un partido que ni sabían cuál era. Participaban en la compra de los votos también los Pontífices, para asegurarse en el poder teocrático. Durante la pretura de Verres, dice Cicerón, untaban las manos y compraban los votos con el dinero de la Diosa de Cíbeles. Época preelectoral, marcada por la lucha de colores y patricios Clodios, que se dejaron adoptar por plebeyos, no faltando los demagogos de siempre, que a todo precio querían ser patricios... El pueblo romano hartóse de tanto fraude y para prevenir los planes premeditados a menudo resolvió comicios repentinos y elecciones directas, y así eliminar las posibilidades de la estafa prefabricada de los pactos poselectorales. Las leyes de Licinia y de Tullio declaraban «Enemigos del Pueblo Romano» a todos aquéllos que con dinero traficaban votos. Lamentablemente en Roma los políticos eran muy elásticos, y aprovechaban hábilmente la ingenuidad de un Senatusconsulto, que permitía prometer el soborno: lo único que la ley no toleraba era que con pago efectivo la promesa fuera cumplida. Así también el sorprendido podía salvarse todavía con la cláusula benigna, hecha a la manera de la permuta isocrática, que los romanos llamaban, con irónica sonrisa: «compensasión de la estafa legalizada». Según esta cláusula para quedar impune bastaba con que el sorprendido denunciara a otro que hubiese cometido el mismo delito. De esta manera lograban eludir los más vergonzosos sobornos y sus traficantes el bien merecido destierro. Supieron, pues cargar con esta pena a un último e ingenuo traficante, que, a fin de quedar impune, no encontraba ya a nadie a quien denunciar, para salir ileso. Antes de las elecciones los que aspiraban a un cargo tenían que presentarse con toga blanca, es decir, con la toga cándida, por ello los llamaron «candidatos». Se exponían sin la túnica, para que no tuvieran donde esconder dinero para la compra de votos, y al par para que el pueblo pudiera ver sus méritos: las cicatrices de la guerra, recibidas en el frente y no en la espalda. Al candidato que resultaba electo le concedían sólo un año, y para este período también le acompañaba un celoso colega, con quien tenía que compartir poderes, soportando el paralizante veto, y si los dos se entendían en los abusos, estaban todavía, con poderes sacrosantos, los leales tribunos, que velaban honestamente por los intereses del pueblo romano. Los magistrados a su vez, consideraban que la auténtica decisión popular, expresada por medio de comicios era soberana, y por ello el Valerio Publicola ordenaba inclinar las fasces ante el pueblo reunido en comicios: hasta eran respetadas las bromas, escritas en las tablillas de los votos, porque éstas revelaban la voluntad del pueblo, que nunca debió ser atacada, sino más bien acatada de acuerdo con el principio ciceroniano según el cual lo que el pueblo decida no debe ser rechazado sino obedecido y soportado por lo menos hasta que los electos cumplan con lo que prometieron cuando vestían como candidatos la toga cándida. Si los electos resultaban indignos, entonces eran sólo tolerados y el pueblo de Roma, durante el año legítimo de sus funciones los contemplaba con calma y paciencia, gozando de la lucha encarnizada de los fraudulentos, los que como toros y osos encadenados desgarrábanse mutuamente, cavando la fosa, en que siempre caen al final del gobierno los que neciamente olvidan el imperativo de los dos compromisos principales: cumplir lo prometido y respetar el juramento hecho, sin lo cual jamás podrán conservar el único sentido de la vida, el honor, pues los que viven sin honor, son los verdaderos muertos.
AntistrephontaiAntistrephontai llamaban los antiguos griegos, y reciprocum los romanos, a los argumentos judiciales que podían retorcerse contra aquél que los empleaba. Prescindimos de la teoría y para la mejor ilustración presentamos aquí dos ejemplos clásicos. Se dice que Protágoras, el celebre maestro de los sofistas, enseñaba a un joven muchacho, Evathlos la elocuencia. Acerca de los honorarios este último ya que era pobre se comprometió a pagarlos sin falta, en el momento en que ganara su primer pleito. Evathlos se hizo muy facundo, sin haber actuado como abogado, y parece que olvidó completamente la deuda que tenía con su maestro. Protágoras esperaba y esperaba, pero un día se cansó y demandó al ingrato alumno para cobrar los honorarios. Presentes ambos ante los jueces, Protágoras se dirigió a Evathlos: Si tú demuestras que no tienes deuda conmigo, ganarás tu primer pleito y según nuestro convenio me pagarás lo prometido, pero... si no puedes demostrarlo, en este caso, querido amigo, te condenarán los jueces, para que me pagues lo adeudado. Evathlo, sin embargo no se dejó impresionar por el dilema de su impaciente maestro y con sonrisa picaresca devolvió el argumento genérico diciendo: ¡Si los jueces me absuelven, sería injusto pagar ya que reconocen que no soy tu deudor! Pero si me condenan perderé mi primer pleito, y sería una injusticia pagarte, porque sería contrario a nuestro convenio. Acerca de otro caso refiere Plinio, que había una ley que estableció que un ciudadano valiente recibiría el premio que pidiese. Sempronio, un ciudadano que en la guerra se hizo héroe, pide casarse con la mujer de Plubio y se la dan. Pero Publio, a quien pertenecía esta mujer, se distinguió a su vez por su valor excepcional y como justo premio solicitó a los Magistrados que le devolviesen su esposa. El caso pareció muy complejo y comenzó un litigio, iniciado con la argumentación del ex marido Publio: ¡Sempronio! ¡Si tú respetas la ley, tienes que devolverme mi esposa, porque según la ley, ahora a mí me corresponde! Pero si tú no respetaras la ley, devuélvemela también, porque entonces tú la tienes sin causa. El caso pareció muy claro, pero Sempronio, el segundo marido retorció el argumento y le dio su contestación en el siguiente recíproco: Publio: Me extraña mucho tu argumento, pues si tú respetas la ley, no puedo devolverte la mujer, porque sabes bien que a mí me corresponde, pero, si no respetas la ley, entonces tampoco te la devolvería, porque la causa de tu pedido carece de base legal. Hasta allí los argumentos. Sabemos que los jueces quedaron tan confundidos que se abstuvieron de dictar sus veredictos sobre estos engaños mutuos. En vista de todo ello, recordamos una sentencia de Ennio, que con su clásica oscuridad, condena en forma elegante los antistrephontai diciendo: «El que medita ingenioso engaño,
Alejandro MagnoAlejandro: ¡No sabe Antipatro, que una
Hasta la aquí la epístola del rey Filipo, dirigida a la luz brillante de todos los helenos de aquellos tiempos: Aristóteles. La carta llevaba la fecha del nacimiento que era el día sexto de Loon, que los griegos llaman mes de hecatombion (6 de Julio) en el año Olímpico Ciento cinco (365 a.C.n.). En este memorable día comenzó una vida que pertenecía a un niño, que en su epifanía recibió el significativo nombre de Alejandro Magno, Salvador de los hombres. En este día mismo se abrazó al afamado templo de Diana Efesina, y Hegesias le dijo, que la diosa precisamente este día abandonó su santuario, pues tenía que aguardar en Macedonia la llegada de un niño divino. De su educación encargóse Aristóteles, que le enseñó ética, política, y también le confió las difíciles normas de la filosofía acromática epoptica, cuyo conocimiento Alejandro quería que estuviera reservado exclusivamente para él. Se hizo un joven «que era sencillo como un niño y prudente como un viejo», pero también impetuoso, que no podía ni imaginar lo que es ser vencido, y cuando logró quebrantar la resistencia de su brioso potro Bucéfalo, Filipo, su padre carnal, se limitó a decir: «Busca, mi hijo, un reino igual a ti, ¡porque en Macedonia no cabes!». Hemos dicho que Filipo era su padre carnal, porque Alejandro estaba convencido de que su verdadero padre era el mismo Amon Júpiter, quien llegara a su madre por medio de un relámpago. Se creía Hijo de Dios, que tenía que llegar a la tierra para cumplir una misión. Estaba orgulloso de su nacimiento y para no olvidar ni por un momento su origen divino, llevaba siempre en su casco las insignias de Amon Júpiter; los dos cuernos, símbolos de divinidad y poder. Su corazón era como su nombre, Grande. Él mismo decía que no tenía límites en hacer beneficios. En una oportunidad le quiso regalar una ciudad a un particular, pero éste, sabiendo que de ninguna manera podía merecer tanto, le dijo que el regalo superaba en mucho a sus sencillos méritos, sin embargo Alejandro le reprendió diciendo: ¡Yo no te pregunto qué es lo conveniente que tú podrías recibir, sino que doy lo que estimo apropiado dar! Su ejército, por medio de su «mando suave» se hizo obediente y muy poderoso. Vivía constantemente con sus soldados, y en el momento oportuno recordaba el dicho: «Donde la parte vacila, el todo se derrumba». Conocía muy bien cuán traviesa es la fortuna. Sabía que volaba solamente porque no tenía pies y cuando ésta le ofreció sus manos, se dice que Alejandro le sujetó también las alas. Se hizo arquitecto de un imperio y de un mundo, en cuyos fundamentos no confiaba mucho: sabía que la dominación no es duradera cuando se consigue solamente con la espada, y así dirigía todo solo, porque como él dijo: «La soberanía no soporta compañía». Cierto, porque aquel imperio, que bajo la autoridad de un solo hombre había podido subsistir, se hundió cuando fue sostenido por muchos. El estado es un edificio solía decir que construyen grandes hombres durante siglos, pero que derrumban los pequeños e insignificantes, en contados minutos. Alejandro se consideraba un gran rey, pero cuando estaba solo, más de una vez recordaba las palabras de un pirata que, apresado, lo llevaron ante él. El pirata, recibiendo la autorización para defenderse, le dijo: «Señor: ¡Cuando yo hago mis piraterías con un pequeño bajel, me llaman ladrón! ¡Y a ti, porque lo haces con grandes ejércitos, te llaman rey!» Alejandro se hizo celebre, dando muerte a los más célebres, sin tener por eso conflictos con su conciencia. Pensaba que todo lo que hacía era cosa divina, ya que él como Dios no podía errar. Se creía Dios, porque olvidaba que la vida del hombre es a veces seguida pero jamas acompañada por honores divinos: honores que nunca brinda el presente, sino que los otorga sólo la benigna y ciega posteridad. Alejandro, rodeado por un tumulto de bulliciosos amigos, en realidad era un ser solitario, porque quería ser respetado como hombre, para no ser engañado como Dios. El impulsivo Alejandro el Grande, a veces se empequeñecía hasta ser un enano, porque si el íntimo amigo Clyton olvidaba que la venganza de los poderosos es muy difícil de evitar, el Rey divinizado y el Dios poco humano, olvidaba que la grandeza se realza aun más con un grandioso perdón. Quizás por ello se decía que su valor fue el de un hombre, pero su conducta a veces la de los niños. Alejandro, atraído por la mágica luz de Oriente, nunca quería mirar hacia atrás. Consideraba que sería una locura rememorar el pretérito, que hace olvidarse de sí mismo. Vivía un ardiente presente, luchando por un futuro incierto, corriendo con la curiosidad de un niño hacia su propio destino, que en su más floreciente edad y antes de cumplir los treinta y tres años, cortó el hilo que en tierra lleva el nombre de vida. Sobre su muerte, hay diferentes versiones. Vitruvio el arquitecto romano dice que existe en Arcadia, en la región de Nonagris, un peñasco donde brota una fuente muy fría, a la que los griegos por eso llaman styfos hydor. El agua de Styx era venenosa y mortífera. Se cuenta que Antipatro se hizo llevar de esa agua por su hijo Yola al campamento de Alejandro y con ella fue envenenado el rey, cuyo cuerpo esta vez resultó ser humano y el día 30 de Desio (mayo) 323. A. C.n. devolvió su alma a su padre, Amon Júpiter. En ese mismo día murió también el gran «Can Celeste del Mundo»: Diógenes el Cínico. Todo parecía como si quisiera acompañar al Rey, que de haber sido Alejandro, con gusto hubiera querido ser Diógenes. Los romanos de la república, envidiosos de su fama, lo ignoraban y hasta hicieron despectivas comparaciones. Su indiscutible grandeza sin embargo fue reconocida y admirada por algunos príncipes romanos. Augusto, el emperador, mandó a abrir la tumba de Alejandro Magno, y después de que sacaron su cuerpo embalsamado, estuvo unos momentos contemplándolo. Luego le puso en la cabeza una corona de oro y le cubrió con flores como muestra de su sincero homenaje. Medio siglo después, Galba, el emperador de siete meses, fue menos piadoso, pues hizo abrir nuevamente la tumba y se adueñó de la corona con que había sido enterrado el rey. Alejandro de esa manera ni siquiera en la tumba pudo encontrar lo que jamás había buscado durante su corta vida: la paz. Su epitafio breve reza: «Aquí descansa Alejandro el Grande, durante toda su vida fue un Dios y en la muerte se transformó en hombre, cuyo nombre quedará sempiterno».
Baquanalias romanas... porque en plena Grecia Diagondas, el Dos siglos antes del nacimiento de Cristo vivía un griego de oscuro linaje en Etruria, que declarábase supremo sacerdote del culto de Baco y para obtener adictos, entre las prácticas religiosas hizo obligatorios los placeres, que nacen del vino, de la embriaguez y la oscuridad, tan favorables a toda clase de desórdenes. Refiere Livio que esta repugnante práctica, que nada tenía de religiosa, pasó como una epidemia de Etruria a Roma, donde en el bosque sagrado de Similia muy pronto se afincó y bajo las órdenes de sacerdotes corruptos y corruptores entregábase una impresionante cantidad de hombres y mujeres a este culto de misterios obscenos. Una turba de depravados jóvenes y muchachas se reunía periódicamente durante la noche en los lugares más apartados, donde los primeros se destacaban por sus aberraciones sexuales y las mujeres por caer en el abismo moral. Quizás por esto, la participación del sexo femenino fue considerada luego como el origen del mal. Los sacerdotes reclutaron sus adictos entre los adolescentes de hasta veinte años de edad. Sabían pues, que los jóvenes a esa edad se prestaban más fácilmente a la seducción y la deshonra, como lo observa acertadamente Livio. Los que al comienzo de los misterios se arrepentían, y se negaban a prestar el juramento ritual, eran inmolados sin misericordia alguna y con la infernal algazara de la orgía y de los címbalos ahogaban a la manera cartaginesa los desesperados gritos del pudor ultrajado. A consecuencia de estas infames orgías nocturnas, surgidas como hongos después de la lluvia, aumentó la cifra de los degenerados, de los perjuros, las firmas falsificadas, testamentos apócrifos, envenenamientos y asesinatos secretos, con cadáveres desaparecidos. La moral romana, como un dique rajado, estaba por derrumbarse. Estas reuniones nocturnas, por razones no aclaradas, durante años pasaron inadvertidas para la policía romana, hasta que el triste caso del joven Aebutio logró despertar a los responsables, que con la conciencia adormecida y sumergida en la indiferencia, mal velaban la seguridad del pueblo romano. La denuncia formulada por una adicta arrepentida, Hispala, alarmó a los senadores, que si bien con demora, pero todavía a tiempo, llegaron a comprender que nada era más apto para destruir el culto y la base de la nación, que la introducción de las prácticas extranjeras. Diéronse cuenta de que todos los excesos del libertinaje y los asesinatos no aclarados provenían de esa nefasta y abominable sociedad secreta, que con sus luctuosas reuniones nocturnas, constituíanse en el azote más terrible y contagioso que jamás sufriera antes la República Romana. En consecuencia, los senadores, por medio de un Senatoconsulto resolvieron destruir estas fiestas bacanales. Los cónsules, encargados de la depuración, procedieron tanto en la ciudad, como también en toda Italia. Las puertas de Roma fueron sorpresivamente cerradas, para atrapar a los culpables. En la redada cayeron además de los tres cabecillas, otros siete mil adictos, entre los cuales muchos, en la imposibilidad de huir, se quitaron la vida. El resto en un juicio público, breve y sin sutilezas resultó condenado. Los simples partidarios quedaron confinados en cárceles, pero la mayoría, cerca de cuatro de mil, fueron ejecutados. Los hombres, públicamente, y a las mujeres, se las entregó a sus familiares para que fuesen ultimadas en secreto por su propios parientes. Uno de los secretos de la grandeza de Roma fue el hecho de que esta nación de hombres fuertes siempre tuvo cónsules íntegros y honorables, que sabían despreciar el dinero y velar por la integridad moral del estado romano; y en caso de necesidad no vacilaron, ni un momento, en extirpar una úlcera del Estado con hierro candente en manos también de hierro. *** Bibliografía: T Livius y M. T. Cicerón.
Epitafio de MarcelloEra una estrella luminosa en el cielo romano el emperador Marcello. Uno de los pocos valientes, que llevaban siempre dos espadas, una en sus manos, la otra, con afilada punta, suspendida por un hilo sobre su cabeza. Él también como tantos, de su padre recibió tan sólo la vida, y de la vida, la enseñanza, la sabiduría y el valor indispensable para ser emperador. Tenía los ojos siempre sonrientes y con ellos, como si fuesen esponjas, lo absorbía todo; era un ser contemplativo que prefería escuchar a ser escuchado y su lengua nunca corrió con más prisa que sus sinceros y nobles pensamientos. Como gobernante sabía que la pobreza e ignorancia son fuentes de vicio, enemigos de la obediencia, por ello, para eliminar el potencial mal, quiso dar a su pueblo educación y lo trataba con justicia. Consideraba pues, con Isócrates, que más perdonable es ser vencido, que ignorar lo que es justo y digno. Dijo con Catón que para ser justo suficiente es al menos querer serlo. Marcello, estaba convencido de que la justicia nace de la sumisión voluntaria, de ésta la obediencia, y donde hay obediencia hay también libertad, que no es como la riqueza, un don de pocos, sino un bien que pertenece a todos. Él mismo comenzaba a mandar cuando ya había aprendido a obedecer y a escuchar. Dijimos que sólo mandaba, porque, como Alejandro, consideraba más digno dominarse que dominar, y como discípulo de Periandros, estimaba que su pueblo podía protegerse mejor con el manto de la benevolencia que con el filo de las espadas de la guardia pretoriana. Marcello distinguía entre los sophokleis, que le halagaban sin estar convencidos, y los amigos, que le criticaban con lengua suelta por los vinos regalados, y los adversarios, que llevaban la alegría en la frente, amargura en el corazón, ceguera en los ojos y odio en sus propósitos. Marcello sabía que un enemigo nunca resulta mejor amigo que en la muerte, sin embargo los toleraba, porque sabía que peligro es vivir sin enemigos y por ello opinaba que en la vida de todo pueblo sano indispensable es la oposición. Amaba a la gente y hasta a sus enemigos los indultaba, para que a él, quizás precisamente por ello, nada le fuera perdonado después. Entre los tantos malvados no faltó uno que cortase el hilo del que pendía la espada damoclesiana de Hierón sobre su cabeza. Marcello, víctima de un soldado traidor, no pudo evitar que se tiñera con su propia sangre la toga cándida, que llevaba bajo la púrpura real. Con los últimos suspiros dijo que con la vida que se le iba no perdía nada, porque era dueño no del mundo, sino de sí mismo y ahora continuaba expresando doy mi vida a cambio de la eternidad, y dejo mi imperio a aquel de vosotros que tenga más afilada la espada y sea amigo de la serenidad. Con estas perennes palabras en sus labios entró Marcello en la inmortalidad y en el corazón del mundo Romano. Murió un hombre virtuoso, cuyo único defecto era, justamente, no tener ninguno. En sus funerales, los adversarios al grito fanático de «ni contigo, ni sin ti» se ahogaron en vino y en las crecientes de las lluvias torrenciales que cayeron en esos días. Los anales dicen que las aguas no vinieron del cielo, sino de los desamparados y tristes, porque eran lágrimas.
Giges y el anilloDice Platón que en una oportunidad un pastor de Lydia, llamado Giges, errando con sus animales por los campos, descubrió la entrada de una gruta muy grande. Entró curioso y encontró allí un caballo de bronce y dentro de tan raro sarcófago el cadáver momificado de un hombre que tenía en la mano un anillo de oro con una piedra preciosa. Giges al principio se sintió un poco aterrado por el hallazgo, pero despertóse luego su natural avidez, y le quitó al caballero muerto el anillo, poniéndoselo en su propio mano. Salió de la cueva, y se unió a sus compañeros. Al contemplar la sortija, notó con asombro, que cuando volvía la piedra engarzada en ella hacia la palma de su mano, se hacía repentinamente invisible a los otros pastores, no obstante que él podía ver a todos y aun leer sus pensamientos. Dominado Giges primero por el miedo pero muy pronto por el diablo llegó a comprender que por medio de este anillo poseía un poder ilimitado y le faltaba sólo la manera más conveniente de emplearlo. Los anales comentan que este insignificante pastor, que podía hacerse invisible y al mismo tiempo verlo todo gracias al mágico anillo llegó a ser el rey de Lydia. Hizo un país rico y poderoso porque lo preveía todo y sabía actuar con tino. Cuando ya estaba en el apogeo de su poderío pensaba que en el mundo nadie podía ser más feliz que él; pero para disipar sus dudas, preguntó al Oráculo de Delfos, que dijera la Sacerditisa de Apolo, quién era el hombre más feliz del mundo. La Pitonisa, desde el fondo de su santuario, dictó un vaticinio, expresando que el hombre más dichoso del mundo es el viejo Agladios de Prosifidio pueblo de Arcadia porque es muy pobre y jamás abandonó los límites de su pequeño campo, donde vivió muy, pero muy contento ... Giges quedó un momento atónito, pero se serenó luego, pues se dio cuenta de que sólo una pobre choza puede albergar la felicidad, porque la dicha huye de los palacios. Atender un campito es menos problema que mantener ejércitos. Giges aprendió mucho de Delfos y al volver a su palacio se dio cuenta de que no era feliz, sino un pobre rico y un desventurado poderoso, porque el hombre invisible tenía que advertir que su amada mujer, la reina, le era fiel también a otro. Vio que aquéllos a quienes consideraba sus amigos, eran sólo aduladores y descontentos enemigos. Observó con asombro que alrededor de él estaba todo el mundo con antifaz y enigma, pues las sonrisas ocultaban lágrimas y los aplausos escondían las carcajadas de los burlones e irónicos. El omnipotente rey Giges, no obstante la multitud que lo rodeaba, se sentía solitario, porque era omnividente y precisamente por ell, el más pobre en la plenitud de las riquezas y opulento sólo en preocupaciones. Atormentado por el dilema quitarse el anillo o la vida decidió quedarse con esta última, convencido de que si uno quiere ser feliz, debe ser un poco miope, porque al hombre no le conviene verlo todo, ni demasiado, si no quiere estar eternamente atormentado. *** Bibliografía: M. T. Cicerón Platón Valerius Max: VII. 2. Plutarchos: Moralia, Sympos I. 5.1.
Epístola de M. V. MarcialDe un enemigo nunca se hace uno mejor amigo ¡Hasta ahora no tengo amistad conmigo! En la biblioteca de Pérgamo encontraron una epístola de M. Valerio Marcial, dirigida a un gramático peregrino que enseñó durante el principado de Tito la cultura helénica de Roma. La carta es muy antigua, pero su contenido tiene una vigorosa actualidad y merece ser reproducido aquí. Dice así:
Aio Loquente y el dios Vaticano El Dios Va-ticano presencia el parto, Dos Dioses locuentes tenían los antiguos romanos. Uno en casos excepcionales los amonestaba, el otro, aunque él mismo no hablaba, pero sí ayudaba a los recién nacidos a emitir la primera voz humana. El dios que hablaba era el Aio Loquente. Su historia nos la refiere Livio, diciendo que poco antes de la invasión de los Galos, un plebeyo, M. Cedicio declaró ante los tribunos que en la Vía Nueva en el pleno silencio de la noche, había oído una voz más poderosa que la humana, que le mandaba anunciar a los Magistrados la aproximación de los Galos. Sin embargo como ya es costumbre la humilde condición del plebeyo no logró convencer a los magistrados patricios; su anuncio lo rechazaron con desprecio e incredulidad. Los escépticos romanos, muy pronto y por medio de funestas experiencias tuvieron que convencerse acerca de la verdad, anunciada por la Voz Divina. Después de que Roma se repuso de la invasión gala, el dictador Furio Camilo dispuso una expiación en memoria de aquella Voz, y ordenó también para su culto y memoria la construcción de un templo, consagrado en honor de la Voz divina, o como ellos decían, para el Dios Aio Loquente. La otra Divinidad era el Dios Vaticano. M. Terencio Varrón nos dice que este dios presidía los nacimientos y auxiliaba a los recién nacidos a emitir los primeros vagidos, los cuales por medio de estas sílabas va-va parecía que querían saludar al Dios Va-ticano allí presente. Este Dios tenía su altar en su propio campo, llamado todavía Vaticano, y desde allí daba va-ticinios al Pontífice Máximo, y el Flamen Júpiter, al Supremo Sacerdote de los romanos, que con ínfula blanca, su cíngulo sin nudo y teniendo en sus manos consagradas un anillo hueco y abierto, se dirigía a este dios para conocer el siempre incierto futuro. Sobre el antiguo y sencillo altar del dios Vaticano hoy se encuentra la gran Catedral del Mundo Cristiano, llamada Vaticano, sede del Pontífice Máximo y Flamen Cristiano, donde Dios nos acompaña desde el primer va-gido hasta la última sílaba del postrer a-Dios.
Panis romanus¡Levantaos! Ya vendió el panadero sus ancitos En la época más antigua no se conocía el pan en Roma. La gente comía trigo pisado, cocido en sopas. Durante las guerras púnicas, los soldados romanos observaron que el trigo molido, mezclado con agua y secado al sol, les daba un alimento rompedientes, pero que era muy duradero, pues en cualquier momento podía ser mojado y transformarse en pan y agua, sustento vital, aunque muy primitivo. Plinio nos refiere que el verdadero pan nació con el descubrimiento de la levadura, la que los habitantes de Hispania y Gallia obtenían de la mezcla de mosto de uva con gachas de mijo. Así apareció el pan y con él una artesanía difícil y el gremio más importante de Roma, el pistor o panadero romano. La corporación precisamente en razón de su importancia estaba autorizada y reglamentada por el Estado. Muchos, contrariamente al espíritu del Derecho Quiritario, fueron obligados al ejercicio de este oficio y una vez que se hicieran panaderos jamás podían abandonar el gremio y el sucesor, bajo la pena de perder la herencia, debía seguir con esta actividad. Un panadero dice Marcial nunca podía ser abogado y los emperadores les cerraban definitivamente los caminos hacia la dignidad. Los hicieron responsables por la cantidad de grano entregado, por el precio fijado (Diocleciano) y especialmente por el precio correcto. No existía la moderna estafa legalizada, pues el pan vendido tenía que ser pesado y aquellos a los que los ediles encontraban con medidas falsas o que cobraban precios elevados, eran condenados como vulgares ladrones del pueblo romano. Los panaderos en Roma estaban cargados de diferentes obligaciones, y entre los muy pocos privilegios que tuvieron el más importante consistía en que el Latino Juniano, al ingresar al gremio podía inmediatamente adquirir la tan codiciada ciudadanía romana. Los panaderos eran obreros nocturnos, que con sus canciones y alborotos no dejaron dormir al poeta Marcial, pero al amanecer, ya estaban los primeros en el mercado de Vanabro, vendiendo el pan rústico a los plebeyos y el blanco a los patricios. Panaderos ambulantes vendían panecillos, tortas y empanadas a los niños, que desde muy temprano se hallaban en la calle, yendo hacia la escuela de los gramáticos. El pan romano era peregrino, pues el trigo procedía de Sicilia, la levadura de Hispania, y la regla de no quebrar sino cortar el pan, era pitagórica. Hasta el poder que el pan tenía, dícese que era griego, pues un pedazo de pan socrático sabía cómo abrir y hacer cerrar la boca.
Los números y los antiguosEl número, categórico índice de la cantidad y del tamaño, desempeñó un papel importante en la vida de los grecorromanos. Para los helenos de Hesíodo, eran los números uno y siete sagrados; el cinco peligroso y el trece dañino. Sólo era venturosa la cifra del amor y del trabajo, el número cuatro; quizás por ello, en ese día del mes, tomaban los antiguos griegos sus mujeres, abrían los toneles de vino y también comenzaban a construir sus naves. Por el contrario, los romanos detestaban los números pares porque fieles a la enseñanza pitagórica se dieron cuenta de que los sacrificios realizados en el primer día después de las Kalendas Nonas e Iduas, es decir, en los días 2, 6, 8, y 14/16, resultaban casi siempre funestos. El romano, decíamos, era fiel adicto a la enseñanza pitagórica, según la cual las cifras pares y por ello fraccionables, significaban el juicio del infierno, preferían las cifras impares, y entre éstas las que en conjunto les daban la fecha de la fundación de Roma, 7, 5, y 3. Por todo esto, Stychus de Plauto recomendaba «hé pent-etría, pin-e mé tettara!». Tomar tres o el cinco, pero jamas el cuatro. Horacio sacrificaba al número de las Musas, cuando pedía para sí no menos de nueve copas. La cifra que resultaba sagrada, feliz y determinante del ritmo de vida, era el siete. Guarismo pitagórico de la naturaleza, la religión y la santidad. Marco Varrón, antiquísimo e ilustre autor del libro Hebdómada, nos escribe sobre las múltiples virtudes del número siete, y entre otras cosas refiere que siete son las estrellas errantes, la luna termina su revolución en cuatro veces siete días, y siete veces cuarenta días espera el hombre, bajo el corazón de su madre para nacer. Aparecen, los dientes en los primeros siete meses; salen siete de cada lado, y caen al fin del séptimo año. El hombre se enferma en los días formados por el número siete, y al séptimo fallecen los que decidieron morir de hambre. Siete son las carreras, siete los sabios, y fueron siete también los capitanes que marcharon contra Tebas... Los números pares e impares, funestos para unos, dichosos para otros, al parecer son infinitos perennes y poderosos, pero en realidad, no son inmortales, porque cada uno los lleva en su pequeño mundo, y como nacen, así también mueren con nosotros.
Canio y PitioNos cuenta Cicerón, que había en Siracusa un Caballero Romano, Cayo Canio, discreto y algo ingenuo, porque estaba convencido de que como él todo el mundo era honesto. Este Canio, más de una vez expresó su deseo de comprar una casa en el campo, para poder convidar allí a sus amigos, recrearse y divertirse a su gusto. Escuchó esto un tal Pitio, banquero y hombre perspicaz y listo, que dirigiéndose a Canio, le dijo: Carissime Amice! ¡Veo que necesitas un rincón apartado! Yo tengo uno, no lo vendo, naturalmente, pero quiero que te sirvas de él como si fuera tuyo y, para que veas qué lindo es allí, te convido mañana a almorzar conmigo. Aceptó Canio el convite y el banquero Pitio mandó a llamar a unos pescadores para que al otro día fuesen a pescar delante de su casa de campo, dándoles las instrucciones de lo que debían hacer. Al día siguiente fue a comer Canio a la hora señalada. Tenía Pitio un cocinero experto y comidas a las mil maravillas. Estaba a la vista una multitud de barcas pesqueras. Cada uno traía lo que pescaba, y echaba los peces a los pies de Pitio. ¿Qué es esto, Pitio? preguntó el asombrado huésped, Canio. ¿Tantos Peces? ¿Cuántas Barcas? ¡Increíble, fantástico! Respondió entonces el banquero Pitio: ¡Amigo Canio! Aquí esta toda la pesca de Siracusa: de aquí toman el agua para la ciudad y no pueden pasarse sin esta quinta. Crecieron en Canio grandes deseos de tener esa casa-quinta, y durante el almuerzo le suplicaba a Pitio que se la vendiera. Éste se hizo rogar mucho hasta que al fin cedió. En resumen, Canio el caballero romano compró la casa junto con los muebles, pero por muy elevado precio. Él sin embargo era feliz, porque pudo comprar esa quinta tan prometedora y precipitadamente invitó al otro día a sus amigos para inaugurarla. Él mismo llegó ya bien temprano, pero ni un solo barco había a la vista. ¿Qué es lo que pasa? preguntó entonces un poco inquieto a un vecino de allí cerca ¡a ver, vecino! Si era día de fiesta para los pescadores, ¿por qué no veo a ninguno? ¡Yo no sé señor qué es lo que ocurre! respondió el vecino pero aquí nadie viene a pescar; y le confieso que ayer me sorprendió tanto la cantidad de barcos que me preguntaba, qué era lo que habría atraído a aquellos pescadores. Se aclaró entonces cómo cayó en la hábilmente preparada trampa el ingenuo Cayo Canio. El pobre caballero se encolerizó mucho, pero sin resultado, porque en ese tiempo no existían todavía las afamadas fórmulas de Aquilio sobre el dolo malo. Ignoraban entonces los beneficios de la Ley Aquilia, que como arma eficiente eliminada todos los artificios, engaños pérfidos de quienes como Cicerón dice fueron sabios para entender una cosa, y hacer otra con dolo, estafando a medio mundo, pero ahora gracias a la Ley lo que cobran los Pitios, es la pena, la infamia y el repudio.
PythagorasNació el genio seis siglos antes de Cristo. Algunos lo llamaron brevemente «El Samio», otros, ya que era muy conocido por su sinceridad, le dieron al hijo de Menesarco el merecido nombre de Pytha-Goras, es decir, el hombre que siempre dice la verdad. En Grecia estudió la teología, en Tebas, entre los afamados sacerdotes del faraón Amassis, profundizó los misteriosos de la migración de las almas y la ciencia de las cifras. En la India, los gymnosophistas le enseñaron lógica y pedagogía y en Persia, aprendió magia. De la India, como una abeja, cargado de ciencias misteriosas llegó a la tierra de los crotonienses en el sur de Italia. Desde allí, como brillante símbolo de lux indeficiens, de la luz inextinguible, dio su perenne enseñanza al mundo entero. Dícese que en teología su maestra fue la sacerdotisa Themistocla; ella le enseñó quizás que las habas significan nudos y éstos bisagras de las puertas del infierno; por esta razón ni él ni los sacerdotes romanos, ni los magistrados bizantinos, usaban nudo en el cíngulo, sino que los doblaron de la forma en que lo hacen todavía hoy con la faja los sacerdotes cristianos del Pontifex Maximus en el Monte Vaticano. En la India lo convencieron de que los sacrificios debían ser inanimados, porque los animales como también su nombre lo indica, también tienen alma, y por ello deben ser sagrados, pero no sacrificados. A este fin basta con ofrecer el pan, pero sin cortarlo, porque el pan entero une a los amigos, y el fraccionado, dispersa y significa el juicio eterno. Pythagoras fue también jurista y civilizador. Dio el derecho público y civil a las ciudades de la Magna Grecia, y en Crotona puso en práctica el hierro principio tebaniano. «Taton fidon koima, kai fidian isoteta», la amistad es la perfecta igualdad, por eso pertenece a la comunidad. Pero la igualdad pitagórica resultó ficticia y la Politeia crotoniana se hundió con su genial fundador, en su sangriento fracaso... Él creó cifras sagradas, cuatro y diez, número regulador de nuestra vida, el número siete y la tesis triangular, que revolucionó la geometría antigua. Como pedagogo fue el primero que insistió en la educación individual, según las necesidades psico-somáticas de cada alumno. Sus discípulos estudiaban por medio del silencio, por ello los llamaron hacoustikoi, es decir, oyentes, decoroso titulo, que tienen todavía hoy en algunos países europeos, los estudiantes universitarios. A sus meditaciones o katascopias no podían cerrar los oídos ni las puertas, los tradicionalistas romanos. El mismo Cicerón admite que: «En nuestras instituciones ciertamente tenemos muchos elementos pitagóricos, pero más vale pasarlos en silencio, para que no parezca luego que hemos aprendido de otras partes lo que nosotros mismos hemos inventado». La metempsicosis pitagórica nos enseña que él nunca murió. Su gigantesca alma en cada generación honra un nuevo cuerpo, y en la persona de un genio estará siempre con nosotros. Quizás, por ello nos advierte el epitafio enniano: ¡Nadie riegue con llanto mi sepulcro
Antiguos hongófagosLa metempsicosis o migración del alma durante la vida no era una creación de Pitágoras sino una doctrina antiquísima de origen egipcio, ceremonia sacroreligosa al servicio del bien público, que por medio de los sacerdotes escitas llegó a Grecia, para ser incorporada luego, al culto de Dionisio. Estos sacerdotes, llamados Sahmanes del dios, tenían por costumbre adivinar observando los huesos agrietados de caballos blancos sacrificados; pero especialmente estaban para brindar informes auténticos y útiles al ejército por medio de raros y misteriosos viajes realizados sólo con el alma, que a este fin provisoriamente tenía que abandonar el cuerpo. Esta separación del alma la hacían en una ceremonia que consistía en un fiesta órfica. Los candidatos al viaje, o como los griegos los llamaron myké phagos (comedores de hongos), se preparaban con largos ayunos para la fiesta principal, en la cual después de un baile religioso y al son de cantos marciales, comían el hongo de la despedida, la Amanita muscarina, conocida entre nosotros con el nombre de «oronja falsa», hongo colorado con lunares blancos, sumamente tóxico. Por efecto de los triples venenos muscarina, atropina y bufotenina, el cuerpo de los sacerdotes se sumergía en un largo y profundo sueño pero el alma salía y emprendía su migración con los sentidos despiertos, entre las naciones vecinas. Dicen que estos sacerdotes de las fiestas órficas se despertaban en el momento en que sus almas fatigadas por el viaje, volvían a descansar al cuerpo desanimado y al despertar contaban extrañas historias. Dieron datos importantes a su pueblo, por medio de los cuales más de una vez ganaron en circunstancias inexplicables guerras y batallas. La fiesta no estaba exenta de peligros y hasta ocurrió que terminó con la muerte, pues el alma errante, a veces se olvidaba de volver y abandonaba en forma definitiva el cuerpo envenenado. Refieren los antiguos que la oronja más de una vez era thanatopoios, mortífera, y por ello el culto de Dionisio reemplazó al hongo por el vino, que sin desanimar el cuerpo, podía causar el mismo profundo sueño pero no levantar el último velo el alma, que quedaba sin cumplir el deseo de salir de su cárcel provisoria.
Sericum y bombyx«¡...la que pueda, comprará adornos! La que no pueda, Cuenta Livio que a las romanas les gustaban mucho el tocado, los adornos y especialmente los vestidos lindos; esto es lo que las distingue, ese es su mundo, como dijeron nuestros antepasados. En los tiempos más lejanos, durante la época de la monarquía y la república, las romanas se vestían con ropas largas. Más adelante por la amplia influencia helénica llegó la moda de la túnica recta para las mujeres, la khitón, modesto vestido a la griega, cuyas mangas cubrían todo el brazo, y caían sobre la mano hasta los dedos. Dice Gellio que estos vestidos eran muy anchos y también muy largos para ocultar a las miradas los brazos y piernas y otros atractivos de la mujer antigua. Las matronas cubrieron esa túnica recta luego con la estola, un distintivo especial de las mater familias y mujeres honestas. Indumentaria de las mujeres casadas por excelencia era el velo. La novia cubría toda la cabeza con uno de color amarillento, como la llama; por ello se llamaba flammeum. Sin éste la romana no podía estar en presencia de los dioses, no podía entrar en el templo y santuarios de sus divinidades. Cubría su cabeza para quitar de su vista toda otra cosa, fuera de su esposo y de la meditación de los sacrificios, en que tenía que participar ya desde el acto del casamiento. Tuvo que intervenir en los sacrificios en el sentido estricto y amplio de la palabra, pues la romana sabía muy bien que el connubium es también conjugium, yugo común, lleno de sacrificios diarios. Simbolizaba el velo la situación ordenada y tranquila de su portadora. La romana de luto se quitaba el velo, desaliñaba sus cabellos y rasguñaba sus mejillas. Su velo era el símbolo de ser poseída, símbolo de una profunda concentración durante los sacrificios y señal segura de una vida ordenada. Con el curso del tiempo, especialmente en la época del principado, Roma estaba inundada con las más exquisitas mercaderías de Oriente; tejidos de seda transparente, púrpura de Fenicia, joyas, piedras y perlas. Las romanas se calzaban con sandalias multicolores, con cintas de oro, forradas con púrpura, sandalias que hoy en día reaparecen en la indumentaria de la mujer moderna latina. Las telas con que se vestían, eran tan ligeras que según Luciano constituían un pretexto nada más, para decir que no estaban en cueros. A través de este vestido, se distingue el cuerpo con más facilidad que el rostro, excepto los senos, que llevan siempre atados con el strophium, pero solamente aquéllas que los tienen feos. Séneca, el estoico filogíneo dice: «Veo vestidos de seda, si es que se puede llamar vestido aquello en que no hay cosa que defienda el cuerpo ni la vergüenza, porque después de puestos, no habrá mujer que pueda jurar con verdad que no está desnuda». Éstas son las mercaderías que se traen a elevados precios por el comercio de gentes peregrinas para que nuestras mujeres no muestren más a sus amantes en sus nidos de amor, que lo que muestran a los demás en las calles públicas. Lo llamaron seda a esta tela, por el nombre latino sericum o bombix, por haber sido importada por los sericarios, comerciantes de seda, desde el pueblo Serici y Bombay de la India, y también desde China. Los anales chinos a menudo mencionaban a los comerciantes, sericarios romanos que vinieron de la gran ciudad Ta-Tsin, es decir de Roma. Este tipo de seda oriental de la India y China tuvo un extraordinario éxito, pues Ammiano Marcelino dice que en Roma se vendía a peso de oro. Quizás por esta razón concedieron premios a la perfección y fabricación nacional de esta tela para poder salvar el equilibrio de la economía política de Roma. Tácito en sus Anales critica el excesivo uso de esa tela y observa que con «los vestidos de seda de las mujeres nos llevan nuestro dinero las extranjeras y enemigas naciones». Por ello, sostiene el insigne romanista Bonfante, que «el comercio con Arabia, con la India y el extremo Oriente representa uno de los puntos más oscuros de la economía imperial de Roma. Los valiosos productos de la India, los aromas, las perlas, las piedras preciosas, el marfil y sobretodo la seda, se pagaban solamente en parte con productos elaborados en el imperio, como por ejemplo vinos, alfarería y otros productos agrícolas. El resto se debía pagar al contado, y la balanza comercial era constantemente desfavorable para los romanos. Plinio, el mayor, dio su voz de alarma sobre los daños causados por este comercio de seda que dejó al Imperio reducido a un mísero estado de pobreza. Esta clase de seda oriental, sericum y bombyx tenía la culpa de que la tan púdica romana de la época de Numa Pompilio poco a poco se transformará en la «destapa piernas» de Lycurgo y luego en la «destapa cuerpo» del Imperio. La romana se aficionaba mucho a las joyas: y con razón, pues los hombres mismos le dieron el ejemplo. Dice Marcial, que Carino llevaba ostentosos seis anillos en cada dedo. Las romanas siguieron el ejemplo, y llevaban anillos en cada dedo, excepto en el de la mano izquierda, inmediato al meñique, que fue reservado para el anillo de alianza. Esta costumbre todavía vigente, la explica Apión en sus Egypcíacas, donde dice que la ciencia que los griegos llaman anatomía, y que se practica habitualmente en Egipto, hizo descubrir un nervio muy desarrollado, que en el hombre va desde este dedo directamente al corazón. Llevaban las romanas piedras rojas, rubíes, que valen muchos talentos, y cuelgan en sus orejas. Una corona de las piedras indicadas rodea la cabeza de la romana; costosos collares penden de su cuello, y el oro desciende hasta el extremo de sus pies para defender la parte del talón, que dejan descubierta. Por la orfebrería etrusca elaboradas serpientes de oro ciñen sus muñecas y también sus brazos. En lo referente a la forma y clase de la serpiente de oro, y la razón de esta moda, como un curiosidad quisiéramos observar aquí, que ceñían sus muñecas con la serpiente de oro que representaba a Júpiter, quien en forma de serpiente solía visitar a las romanas, a las cuales eligió para ser madres de semidioses, como ocurrió con la madre de Augusto, Escipio y Alejandro Magno también. Utilizaban como brazalete la serpiente de oro desde el tiempo de Octavio Augusto, que en su triunfo lleva consigo la estatua de Cleopatra cuyo brazo izquierdo estaba ceñido por una serpiente áspid, representando la manera en que se suicidó. La tercera clase era una serpiente erguida, de oro, utilizada como aguijón, o como alfiler para la túnica recta. Esta serpiente era la forma en que se les apareció Aesculapio de Epidauro, Dios Alexicakos, protector de la medicina a los romanos cuando éstos para combatir una peste trajeron su imagen a Roma. Dicen que adorno excesivo llevaron únicamente mujeres del Suburra cuya profesión requirió que fueran especialmente atractivas. Éstas sobre todo, si eran feas dice Luciano , se visten con traje todo de púrpura, pero sin la estola, sin la prenda característica de la mujer honesta. Tales mujeres se cubren de oro el cuello. Emplean el lujo como medio de seducción y suplen con adornos extraños la falta de hermosura. Ellas piensan que el brazo parecerá más blanco si en él brilla el oro; que la mala forma de sus pies quedará escondida en el áureo zapato, y que el mismo rostro se trocará más amable con los reflejos de este metal precioso. Esto hacen las cortesanas, pero la mujer honrada sólo lleva el oro necesario, preciso y propio, agrega Luciano, crítico agudo de su convulsionada época. Referente al empleo de la púrpura y a las joyas en el vestido de la romana, cabe observar que la más antigua legislación prohibió utilizar a las mujeres más de media onza de oro y llevar vestidos de diferentes colores. Especialmente la púrpura, pues en Grecia y también en Roma, empleaban púrpura en sus vestidos con preferencia las cortesanas y otras mujeres, como las infames bailarinas y comediantes. Cuando la púrpura, por su uso en la Magistratura recobró de nuevo su buena fama, solicitaron las mujeres la abrogación de esta Ley tan uniformizante. Catón, el Mayor, expresó su temor acerca de la abrogación de la Ley Opia, pues según su opinión: «debilidad censurable es avergonzarse de la pobreza», y continuó diciendo: «Romanos... queréis establecer entre vuestras esposas una rivalidad de lujo, que lleve a las ricas a emplear adornos que ninguna otra puede llevar y a las pobres a gastar más de lo que permiten sus recursos para evitar humillantes diferencias. ¡Creedme! Si se avergüenzan de lo que realmente no es vergonzoso no se avergonzarán ya de lo que realmente lo es: la que pueda, comprará adornos, la que no pueda, pedirá dinero a su marido. Desgraciado será el marido que no acceda, pues, lo que él le niegue, se lo dará otro...». El excesivo deseo de tener joyas en cantidad y en calidad lo consideraban algunos romanistas, como el índice del simple deseo de demasiado lujo y avidez de la romana; a nosotros nos parece que la real causa de esto la explica la circunstancia de que la romana, fuera de su cuna y méritos individuales, sentía la viva necesidad de tener joyas y alhajas, porque éstas le servían como entrada a la exclusiva sociedad. Solamente muy pocas podían permitirse el lujo de poder prescindir del lujo y reemplazar las alhajas con el brillo que les daba la propia personalidad. Confirma nuestra tesis Polibio Megapolitano, quien nos refiere que «Escipión recibió de la herencia de su madrastra... Emilia, ricas alhajas, propias de su rango social». Escipión las entregó a su madre Papiria, que vivía repudiada por el padre de Escipión y según Polibio, «no tenía joyas con que sostener el esplendor de su nacimiento». Sin estas joyas n+o podía presentarse en las reuniones y ni siquiera en las ceremonias publicas. Las joyas y alhajas en la antigua Roma eran los más importantes adornos para las mujeres y fueron consideradas como los galones militares. Constituyeron elementos calificantes para la «Sociedad Romana»; fueron los índices indiscutibles de la situación económica familiar. Quizás por estas razones aceptó el patricio Senado los argumentos de Lucio Valerio, y rechazó los de Catón, abrogando de esa manera la apremiante Lex Opia, cuya desaparición abrió la puerta para toda clase de decadencias y aberraciones, vaticinadas de manera casándrica por Catón: «La elegancia femenina no significa la delicadeza del espíritu, sino sólo el simple refinamiento de los vestidos». Gellio dice que más adelante dejaron de censurar a la elegante mujer, pero nunca se la creyó digno de elogio. A otros les pareció que Catón tenía razón, pues el refinamiento externo es una expresión cultural de un espíritu noble. En esta discusión existen dos puntos cardinales, pues en lo que atañe al papel calificativo opinamos que el oro y los brillantes en este sentido desempeñan sólo un papel relativo, porque una verdadera dama puede llevar joyas de fantasía, y nadie dudará que son de oro, mientras que una mujer sin la estola, y sin el correspondiente fondo moral y espiritual inútilmente llevará sus brillantes: para la gente lucirán como vidrio y su oro parecerá como cobre barato. La portadora califica a las joyas, pero nunca viceversa. Donde hay espíritu rico, no faltarán las joyas. Por ello coincidimos con Adelfasia, de Plauto, cuando dice: «Prefiero mi sencillez, antes de ser engalanada con las joyas del mundo. El oro, la suerte te facilita encontrarlo, pero el ser amable viene de tu alma. Antes quiero se buena, que afortunada. ¡El color de mi pudor, es mi púrpura, y mi alma es limpia, brilla mejor que cualquier joya! Las costumbres torpes manchan mejor y más caro que los vestidos, pero el alma limpia embellece hasta a la mujer más fea. Quedan perennes las palabras de Focia, ilustre griega, quien con noble orgullo contestaba a su amiga cuando le preguntaba por sus joyas: «¡Querida Amiga!», ¡mi único adorno es mi marido, Foción!» y la afamada romana Porcia, lucía contenta con sus adornos: «¡Soy la hija de Catón y la esposa de Bruto!».
Fides helénicaEl juramento Helénico o fides griego, como los latinos lo llamaban despectivamente, era un acto sacroreligioso en el que uno prometía, invocando como testigo al dios del juramento, Orkos, ante el altar elevado en su honor en pleno centro de cada ciudad llamado por los griegos ágora. Había varias clases de juramento. Entre los griegos en Siracusa era muy respetando el «gran juramento», que se prestaba en el templo de Tesmoforias. Los concursantes en Olimpia, debían jurar ante una imagen de Zeus, que tenía un haz de rayos en sus manos, para advertir y mostrar las armas que empleará contra todos los perjuros... . Los espartanos juraron por Zeus y Herceo y para infundir mayor confianza en el prójimo, tocaban con las manos el altar y el fuego. Decían que la gente de campo era tosca, y para con sus dioses sencilla no muy religiosa; por ello, el que quería obtener de un campesino un juramento formal, se lo llevaba a la ciudad, porque según Babrio, allí los dioses eran más sinceros y serios. En la ciudad de Corinto los perspicaces mentirosos tenían que jurar en la cripta de Aditón ante la estatua de Palemón, porque éste según la leyenda jamás dejó escapar ileso al autor de un perjurio. Entre los antiguos quizás los griegos fueron los únicos que no tomaron muy en serio la presencia de sus dioses y sus juramentos. Para ellos el testimonio era un juego y el mismo juramento lo consideraban como medio acertado para engañar a otro. Sus promesas juradas en asuntos de paz dice Tucídides eran respetadas mientras les fueran convenientes Aristipo criticaba severamente a Eurípides por crear el perjurio por medio de la restricción mental, una formula engañosa, pues lo que la lengua jura, lo niega en el acto la voluntad. La causa, por la que los antiguos griegos cometieron tantos perjurios, radicaba según la sentencia de Bías, en que la mayoría de los hombres son pésimos, y los mismos Dioses ya sabemos que nunca fueron mejores que sus pontífices. Marco Tulio Cicerón, en su discurso por Flaco, expresa su sentimiento acerca de todo esto diciendo: «Reconozco que los griegos tienen un extraordinario mérito como literatos y versados en muchas artes y poseen una brillante elocuencia..., pero la veracidad y la buena fe en los testimonios jamás las respetó esta nación ... para los griegos el juramento es una broma, la declaración es un juego, vuestra estimación es una sombra y la mentira descarada les proporciona crédito...». Dícese, que solamente un día los antiguos helenos se mostraban cuidadosos con sus juramentos. Era el quinto día de cada mes; en él las Hermanas del Dios del Juramento, las Erinias y las Furias, descendían a la tierra para vengarse de los perjuros y castigar a los mentirosos. Se dice que las Erinias no existen más, quizás por ello hay cada día más juramentos falsos y perjurios.
Pecado efesiano - virtud romanaEl hombre se irrita secretamente en su corazón, La envidia de los antiguos fue quizás el único rasgo humano, que era sincero y a su vez tenía doble cara, porque podía ser al mismo tiempo virtud y pecado. Plutarco nos refiere que amarilla es la envidia y también amarga por los éxitos de otro, como también sabe trocarse en dulce placer, si observa que sufre daños el prójimo. Como pecado es mordaz, sostiene Fredo, y el envidioso dice Salustio considera el éxito de otro como agravio, por ello afirma Curcio, que los envidiosos son en realidad sus propios enemigos, pues sufren la propia inoperancia. La envidia jamás reconoce los méritos ajenos, y sus aplausos son como las flores que le dieron a Policrite en la ciudad Naxos. Esta joven, heroína en la lucha contra los milesios, a su regreso triunfal, dicen que entre las aclamaciones de sus conciudadanos cayó ahogada bajo el peso de las coronas de flores y cintas de sus envidiosos. Fue enterrada en el mismo punto, lugar al que llamaron desde entonces la «Tumba de la Envidia». La envidia es pecado que viene de Éfeso. Nos cuenta Salustio que allí cuanto más se hallaba alguno por encima de los demás tanto más se le tomaba a pecho; y esta insensata envidia pindárica era la causa de la afamada ley, que establecía que nadie debía sobresalir sobre otro, y si alguien descollaba por sus actos o virtudes, tenía que abandonar la ciudad. Refieren los antiguos que la ciudad de Éfeso poco a poco quedó despoblada porque siempre tenía que emigrar alguien, que resultaba mejor que otro. De Éfeso salieron los sabios, los Hermódoros, que fueron recibidos con los brazos abiertos en Roma, donde, si bien no faltaba ese humano vicio, sin embargo allí la envidia no era pecado, sino una virtud muy eficiente, pues en esta ciudad a veces ociosa y soñolienta los envidiosos en cotidiana y noble competencia, guiados por el afán progresivo de querer ser el primus inter pares (primero entre los iguales) ya querían ser ellos mismos envidiados. Para el antiguo grecorromano era vicio humano y al par virtud divina la Envidia. Era pecado efesiano, que no tenía que ser odiado dice Plinio sino más bien romanizado para el progreso, transformándose en virtud humana. No faltaban quienes sostenían que la envidia es también una virtud humana, porque los dioses, envidiosos de la dicha humana, jamás olvidan mezclar la hiel con la poca miel de Ismaros, amargando la bebida entre la copa y los labios, y dicen que ellos colocan la felicidad siempre allí, donde tú no estás.
Cristo - el principe Abgar - y el Senado Romano
En el año 260, p. C.n. nació en Nicomedia Eusebio de Pampilia, destacada figura del sínodo de Nicea, fervoroso obispo de Cesarea, padre de la historia de la Iglesia naciente, hasta la llegada del emperador Constantino. En el libro primero de su obra maestra escrita en griego, nos refiere que durante su investigación en el archivo real sirio, llamado Khronikon Edessanum, encontró por casualidad una correspondencia de mucha importancia que consistía en dos epístolas escritas en idioma sirio. El autor de la primera de las cartas era el Príncipe de la ciudad de Edessa en la Siria mesopotámica, Ukhama Abgar, y la respuesta agregada a esta epístola estaba escrita de puño y letra por Jesús, a quien en Judea y Samaria llamaron Redentor y Christo. Eusebio copió las cartas y las tradujo del idioma asirio a la lengua griega. Las epístolas, perennes testimonios, tienen un contenido de mucho valor histórico-cultural y teológico y nos parece conveniente que sean ofrecidas aquí, presentadas al lector en su forma original. La primera carta, enviada desde Edessa, a setecientos kilómetros de distancia de Hierosolyma, llegó a Cristo por medio del mensajero Ananías. La epístola del príncipe dice textualmente:
La carta del Príncipe Abgar, llegó a manos de Cristo pocos días antes de comenzar la fiesta de Pascua. Jesús, al leer la carta, la contestó a su vez, sin demora alguna. Su epístola, escrita, igualmente en idioma sirio, enviada por el mismo mensajero Ananías, anunciaba al Príncipe según la traducción griega lo siguiente:
Hasta aquí la carta, y sabemos que Cristo cumplió su promesa, porque después de la Ascensión envió a Thaddeus a Edessa a la casa de Tobías. Thaddeus libró al Príncipe Abgar y a su pueblo de todas las enfermedades, sembrando al mismo tiempo las primeras semillas del incipiente cristianismo en un lugar fuera de los limites del Imperio Romano. Agrega todavía Eusebio que el agradecido Abgar estaba decidido a declarar la guerra a los judíos, para castigar a los culpables de la muerte de Cristo. El Príncipe mismo sostenía que sólo la enérgica intervención del Senado Romano pudo impedir la ejecución de su plan tan justo y sagrado. A propósito del Senado Romano, Pontius Pilatus, Procurador Romano de la Provincia Judea en Hierosolima, en sus comentarios, dirigidos al Emperador Tiberio, dio un informe muy completo acerca de la personalidad de Cristo, agregando que, por razón de su milagrosa resurrección estaba convencido de que fue verdaderamente Dios, o por lo menos Divino. A su vez, Tiberio, el Emperador, sintiendo intuitivamente la sinceridad y la veracidad del comentario, envió el informe al Senado para su ratificación, insinuando levemente la conveniencia de legalizar la divinidad de Cristo, creada por la fe del pueblo. Sin embargo, el Senado del pueblo romano, aferrándose a una antigua ley, decidió que nadie podía ser llamado Dios o Divino, sin que este título fuera otorgado y decretado por el mismo honarable cuerpo deliberativo. Fueron rechazados por ello los comentarios de Pilatus y con este acto hostil también se inauguró la sangrienta y secular lucha en la que Roma ganó muchas batallas, pero al fin, frente a la Nueva Fe, que supo hábilmente absorber los elementos de la antigua religión romana, perdió definitivamente una guerra que duró siglos. Bibliografía: Eusebios, Ekklesiastikés historias.
Primera parte Obra suministrada por el autor.
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |