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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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El mundo clásico, cuarta parte

Mehesz
Kornel Zoltan Mehesz

Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1997, by K. Zoltan Mehesz - Corrientes, Argentina.

Índice

Primera parte

Segunda parte

Tercera parte

Cuarta parte

Quinta parte


La fundación de Roma

Tiénese por cierto que la primera fundación de
Roma se verificó el día once antes de las
Calendas de Mayo. (21 de abril).
Plutarchos. Romulus. 12.

Algunos senadores deseaban que se llamase
Rómulo, por haber sido, en cierto modo, el
segundo fundador de Roma. Prevaleció, sin
embargo el nombre de Augusto...
Tr. Suetonius. Oct. Augusto. 7.

... todo fue obra de Mario. Así, los más lo
apellidaban «Tercer fundador de Roma»...
Plutarchos. Mario 27.

La fundación de la Ciudad Eterna, decían los antiguos, que fue decidida por un Dios y realizada por Semidioses. Los anales, escritos en los libros linteados, nos refieren con detalles los semi-míticos antecedentes.

En el año 780 antes de Cristo, en la pequeña ciudad-estado de Alba Longa, en el templo de Hestía, durante la noche, mientras la Virgen Vestal Ilia Rhea Silvia, guardiana de la llama eterna, rezaba su oración, repentinamente apareció el Dios de las Guerras, Marte, anunciando a la sorprendida Sacerdotisa que ella sería la Madre electa de dos hijos divinos.

La vestal, al cumplir los diez meses, tiempo reservado únicamente al nacimiento de los hijos cuyos padres fueran Dioses, dio a luz a los dos mellizos prometidos.

La dicha de la Virgen-Madre de los semi-dioses no fue muy duradera, porque el incrédulo tío, el Rey Amulio, como justa pena por la castidad perdida, la encerró en cárcel perpetua y a los mellizos en su cuna los puso sobre las olas del crecido río, que por un lejano pariente que había muerto allí ahogado, lo llamaron desde entonces Tiberis.

Pese a todo, la disposición de los dioses no podía ser cambiada por malevolentes decisiones humanas y así los mellizos, por la corriente del río fueron arrojados a la costa, junto al tronco de un vieja higuera. De esta manera se salvaron porque estaban destinados a vivir y cumplir la voluntad divina.

El Dios Vaticano, que preside los primeros vagidos humanos, no tardó en descubrir a los hambrientos y lloriqueantes «germanos», en castellano, ‘hermanos’, y según nos lo refieren Fabio Pictor y Preparetio, el mismo dios envió a la Diosa Romilia a que viese a los niños. Romilia, en su habitual forma de loba, ofreció a los mellizos sus pechos que en la lengua osca llamaban entonces Ruma.

Los infantes fueron encontrados luego por el pastor Faustulo, quien a su vez los entregó a su mujer Acca Larentia, conocida como afamada Lupa, en los lupanares del Septimontium. Ella dio el nombre de Romulus al más fuerte, por la diosa que lo alimentó, y al otro, por el río que corre, en griego rein, lo llamó Remus.

Pocos años después los jóvenes, por una rara coincidencia, fueron reconocidos por el abuelo Numitor, quien —según nos informa Plutarco— se ocupó mucho por brindarles una educación adecuada.

Los hermanos, estimados caudillos de los moradores en las colinas y el Septimontium, al llegar a los 25 años en el 753 a.C.n., consideraron necesario unir bajo su mano la gente allí congregada, dando a esa tierra el apoyo dentro de los muros de una ciudad, para lo cual tenían el lugar más apropiado, y sólo les faltaba realizar la ceremonia sacroreligiosa de la fundación, acto que fue reservado para la fiesta a los pastores, llamada Palilias, celebrada siempre el día 21 de abril.

La ceremonia de la fundación la inició Romulus, abriendo un surco profundo con la reja de cobre de su arado, tirado por dos bueyes de color blanco y negro, colores predilectos de los dioses superiores en el cielo y de los inferiores en el infierno.

El surco era profundo y sagrado, y con la tierra levantada hacia adentro representaron los futuros muros. También era sagrado el mismo surco y por ello nadie podía en adelante impunemente cruzarlo. Dejó sin arar el lugar en que al fundador le pareció adecuado reservar un espacio para la entrada y la salida, levantando el arado, lo portó unos momentos, quedando de esta manera un sitio intacto, que precisamente por ello lo llamaron porta (’puerta’).

El surco trazado alrededor de un territorio tenía la forma de un círculo, que los latinos llamaban orbis, en la forma arcaica orbs, los oscos decían urbs, y en castellano urbe.

El segundo acto fue abrir un hoyo en el centro de la ciudad, y sobre éste levantaron un altar. En ese hoyo, llamado mundus, los nuevos ciudadanos depositaron las cenizas de sus padres, consagrando de esta manera a la flamante ciudad, Tierra de los Padres, brevemente Patria, que a ellos mantiene, los une y defiende en lo bueno y en lo malo.

De esta forma, el Hijo del Dios Marte, Romulus, alimentado por la Ruma de los Diosa Romilia, con imagen de una loba, y educado por la otra loba Acca Larentia, fundó la urbe de Ruma en el tercer año de la séptima olimpiada sexta, dando a sus quirites latinos ópicos y oscos, con la siembra de las cenizas de sus padres en el Mundo, una nueva patria, y con el fuego en el altar, sobre esta tumba sagrada, también les dio una luz indeficiens, luz clara y llama eterna, porque nunca se apaga.

***

Bibliografía

Plutarchos: Romulus

Synagogé historion: xx. 27 y 35.

Perí adoleskhías

Peri polypragmosynés. 6.


Locusta y la risa sardónica

Alexandros Callisthenes:
No quisiera que, tomando la
copa de Alejandro,
deba recurrir luego a Aesculapio...
Plutarchos: Peri aorgesias. 3.

El renombrado jurisconsulto de la época clásica, Gayo en sus Comentarios sobre la Ley de las doce Tablas, recomienda que: «el que dice veneno debe agregar la palabra ‘bueno o malo’, porque también los medicamentos son venenos». Para demostrar su tesis cita al inmortal poeta Homero, según quien veneno o como se dice en griego pharmakos, constituye un concepto genérico que en su forma benigna es remedio, y cuando es dañoso lleva el nombre de virus, que en castellano se dice ‘veneno’ o ‘tóxico’, igual al griego «toxicon».

Por esta razón, mezclar venenos en Roma en cierta manera era el oficio de los pigmentarios o antiguos droguistas, preparadores de los venenos buenos, vale decir, remedios.

No faltaban naturalmente los farmacólogos, las cuales con preferencia preparaban los venenos malos, los tóxicos, los virus, por ello los llamaban brevemente virólogos. Los testimonios de los antiguos anales nos demuestran que a este gremio oculto, los envenenadores, pertenecían no pocas mujeres, sino centenares de ellas.

En uno de sus libros sostiene Livio que el año centésimo decimotercero olímpico fue desastroso por la crueldad del cielo o la perfidia de las mujeres. Ocurrió pues que en ese año murió, en una cadena ininterrumpida, considerable número de los ciudadanos más distinguidos, ex cónsules, pretores, senadores y patricios. Hombres ya de edad con cabellos plateados, sucumbieron de una enfermedad misteriosa, presentando todos síntomas idénticos. El pueblo de Roma estaba atónito, y los médicos completamente desorientados ante tal calamidad pública, hasta que una esclava presentóse ante el jefe de policía, Q. Fabio Máximo, y le ofreció revelar el secreto de la endemia funesta, siempre que su confesión no le reportase daño alguno.

Fabio autorizado por los cónsules y el Senado, dio las garantías necesarias a la muchacha, quien a su vez con lengua suelta, brindó un amplio informe narrando con detalles sobre cómo las más distinguidas señoras romanas, por medio de «venenos malos» eliminaron a su maridos.

La policía, basándose en la información suministrada, pudo sorprender a veinte mujeres que estaban cocinando drogas y tenían venenos cuidadosamente ocultos. Todas fueron conducidas al Foro, para tratar sus asuntos ante el mismo pueblo.

Dos de ellas, Cornelia y Sergia, distinguidas señoras de familias patricias, sostuvieron en su defensa que la drogas decomisadas eran medicinas saludables. El magistrado actuante expresó a su vez que acerca de la veracidad de lo declarado no tenía duda alguna, sin embargo, era conveniente para ellas, para convencer también al Pueblo, que tomaran tales remedios. Vieron entonces que su causa estaba perdida, y para acelerar un fin, que no podían postergar, pero tampoco evitar, resolvieron tomar las drogas en presencia del pueblo y de los magistrados romanos. Dice Livio que murieron todas en forma repentina, víctimas de sus propias perfidias.

Sus cómplices apresadas, denunciaron enseguida a otras expertas pharmakologas, que no eran pocas, pues en esta oportunidad fueron condenadas cerca de ciento setenta personas.

El Senado perplejo se dirigió al Colegio Teocrático de los augures, para obtener un respuesta acerca de este caso hasta entonces inaudito. Los pontífices opinaron que se trataba de un prodigio, y por eso lo ocurrido tenía que ser considerado más bien como un hecho de dementes y no un delito criminal.

Semejante «desviada viróloga» fue en la época imperial Locusta. Era esta una mujer cuyos venenos estaban destinados a intervenir en la historia romana. Su actividad nefasta —como Tácito lo observa— ha sido considerada como importante instrumento en la turbulenta política del Imperio.

Su primera víctima era el emperador Claudio, cuya muerte fue decidida por su ambiciosa mujer Agripina. Locusta, por encargo de la Emperatriz, preparó el veneno que el eunuco Haloto dio a su emperador en un guisado de hongos del que éste gustaba mucho. El tóxico, sin embargo, no tuvo mayor efecto, pues Claudio, después de una violenta indigestión, comenzó a mostrar señales de franca mejoría.

Agripina, temerosa de que su plan pudiera ser descubierto, decidió obrar inmediatamente. Llamó a su confidente especial, el medico Xenophonte, dándole las instrucciones necesarias. Este galeno malvado, so pretexto de provocar vómitos aliviantes, tocó la garganta del emperador con su pluma medicinal. Dícese que Claudio esta vez murió repentinamente, porque la punta de la pluma había sido untada con un veneno subitáneo de Locusta...

Al emperador muy pronto tuvo que seguirlo su hijo Británico (de su matrimonio con Mesalina) demasiado molesto a los planes del ambicioso Nerón. A este joven Nerón lo hizo matar con el veneno de Locusta, en forma hábil y al par engañosa. Sabía aquél que la vianda, destinada a Británico, por razones de seguridad sería probada, como siempre, por el salva, llamado así el oficio del esclavo pregustador, y como su repentina muerte podría hacer fracasar el plan, inventó un ingenioso ardid que no podía fallar.

Le presentaron a Británico, la bebida sin veneno, pero tan caliente, que no pudiéndola beber, después de hecha la acostumbrada «salva», fue templada con agua fría envenenada. Bebióla el Príncipe y al instante perdió la voz y expiró. Sólo el pánico del acusador silencio de los comensales acompañaron en su violenta muerte a la inocente y no la última víctima de Locusta y Nerón.

Pausanias de Magnesia, en una de sus brillantes descripciones geográficas, hablaba de la isla de Sardinia que mucho tiempo antes fue conocida con el nombre de Ikhnusa y que en griego significa, ‘huella de un pie’. Más adelante Sardos, que allí llegó desde Lidia, bautizó con su nombre a la isla y desde entonces se llamó Sardonia.

Había en esta isla una planta, un ranúnculo, sumamente «venenoso», llamado «sardonia», cuyo consumo resultaba fatal.

El inevitable fin comenzaba con contracciones de los músculos faciales, que torcían la cara de tal forma, que parecía como si la víctima, ante su cercana muerte, hubiera querido reírse de corazón de su propia desgracia.

La fama de esta planta llegó hasta el poeta Homero, que nos habla de los sardonios gelos, ‘risa sardónica’.

Parece que los pobladores frecuentemente recurrieron al uso de la planta, porque Livio refiere que en el año 180 antes de Cristo, recibió del Senado una epístola del pretor Cayo Menio, por medio de la cual informaba a los senadores, que por causa de la muerte de los miles de isleños, fallecidos con las «risas sardónicas», había condenado ya a más de tres mil personas, y estaba aún, en razón de las denuncias existentes, sobre las huellas de muchas más.

Cuatros años más tarde, el Pretor Q. Nevio, informaba al Senado Romano que en su carácter de gobernador de Sardinia durante cuatro meses tuvo que investigar los nuevos y numerosos envenenamientos en esta isla, desgraciada y desgarrada por la perfidia y maldad humanas. Valerio Antías sostiene que en esta oportunidad fueron condenados por el pretor cerca de dos mil personas, sin considerar la considerable cantidad de víctimas, que por la culpa de cinco mil condenados, tenían que dejar este mundo con tristeza oculta detrás de una cara, grotescamente deformada por la «risa sardónica», calambres faciales, que indicaban la pronta muerte.

La pena aplicada a los condenados por envenenamiento estaba determinada por la ley, en forma siempre desigual, ya que a los culpables, pertenecientes a familias patricias, los solían desterrar, pero a los más humildes, les ahorraban los gastos del viaje, pues los echaron a las fieras sin preocuparse mucho...

El veneno en Roma, denominado también pharmakos, si era bueno, era remedio, si era malo, llamado en griego toxicon era un medio, seguro para hacer desaparecer a todos los que por el simple hecho de vivir, molestaban los planes de algunos malvados. Los motivos en ese tiempo eran lo suficientemente fuertes como para apagar la voz de la conciencia: los llamaban Poder y Dinero.


La equidad pitagórica

Entre los tantos símbolos de Pitágoras había uno que especialmente recomendaba a sus acústicos, es decir ‘oyentes’: «No pasar por encima de la balanza», símbolo que, según la interpretación de Jamblichos, era un precepto que ordenaba cumplir fielmente con la justicia: no tanto con la justicia legal, sino más bien con la particular que ellos llamaban epieikeia y nosotros equidad.

Justos y equitativos eran los pitagóricos, por lo menos así lo afirman los ejemplos ofrecidos por el neoplatónico y también pitagórico Jamblichos. Éste cita —entre otros— el caso de un pitagórico que tenía que arbitrar entre dos litigantes en un asunto que carecía de testigos.

Este juez entonces, antes de fallar, llevó a los dos contrincantes por separado a la ciudad, so pretexto de interiorizarse mejor de sus asuntos. Durante el paseo se detuvo con cada uno ante una sepultura, recordándoles que allí descansaba un hombre que en vida fue muy conocido por su rectitud y honor.

Cada uno de sus acompañantes hizo luego sus propias observaciones. Uno dijo que el muerto entonces merece todo su respeto y él mismo intentará seguir su noble ejemplo. El otro, con sonrisa irónica preguntó al arbitro pitagórico: «Dime Juez, ¿qué es lo que ganó ese muerto tuyo con tanta integridad moral y honor? ¡Yo no veo en esto mucha gracia!»

Refiere Jamblichos que el árbitro no le contestó, pero ya sabia con seguridad de qué lado se encontraba la verdad en este litigio que no tenía testigos...

Otro Pitagórico, juez en una cuestión de considerable suma de dinero, antes de que comenzara el litigio convenció al demandado de que pagase cuatro talentos, y luego persuadió al demandante para que se contentase solamente con dos.

Teniendo la conformidad de ambos, falló luego que el deudor debía pagar al acreedor tres talentos. De esta manera el pitagórico con su sentencia equitativa, satisfizo plenamente a ambos litigantes, pues cada uno de ellos estaba convencido de que había ganado el litigio, porque uno recibió y el otro ahorró un talento más.

Existía en Lacedemonia una Ley sacro-religiosa, que prohibía levantar cualquier objeto caído en el santuario de Aesculapio de Epidauro.

A un peregrino, que llegó a buscar su salud desde la lejana Italia, se le cayó al suelo su monedero con todo el dinero. El pobre forastero estaba desesperado, hasta que un pitagórico, que por la casualidad se encontraba allí, le enseño que lo único que no debía levantar era el monedero caído sobre el suelo, pero no había inconveniente alguno en alzar su dinero, que estaba sobre el cuero del monedero...

El mismo autor nos refiere que dos socios de un negocio inventaron un hábil engaño. Depositaron una suma cuantiosa en la casa de un amigo, advirtiéndole que la devolución del dinero se realizaría por la solicitud de los dos. Pocos días después apareció uno de los socios y afirmando la conformidad del otro, recogió la suma depositada, desapareciendo luego.

El otro, inmediatamente se hizo presente, para levantar el dinero y al escuchar el relato de lo ocurrido, denunció al depositario, reclamando la suma que le había llevado el socio.

Fueron al litigio y el juez, un pitagórico, autorizó al socio denunciante a cobrar la suma reclamada, siempre que, según el convenio original, se presentara a hacerlo junto con el socio desaparecido.

Dice Séneca, que un pitagórico compró de un zapatero unos borceguíes fiados. Después de haber pasado algunos días, volvió a la tienda para pagar la deuda. La puerta estaba cerrada y después de muchas llamadas en vano, apareció un vecino y dijo:

—Pierdes tu tiempo, porque el zapatero a quien buscas está muerto y cremado. Cosa muy triste para nosotros, que perdemos para siempre a nuestros difuntos, pero me imagino que para ti no lo será porque vosotros sabéis cómo volver a vivir.

El pitagórico retornó entonces gustoso a su casa, porque pensó que ahorraba dinero, pero se sublevó su conciencia y se reprendió a sí mismo por dar su consentimiento a semejante conducta y acto seguido volvió a la zapatería y metió bajo la puerta la moneda de su deuda, castigando de este modo la baja codicia, para no contraer la costumbre de quedarse con la cosa ajena.

En esta y semejante forma, resolvieron las cuestiones y litigios los pitagóricos, a quienes nunca les faltaban los dones más divinos: la veracidad, el obrar rectamente y el juzgar siempre de acuerdo con la equidad y el honor.

***

Bibliografía:

Jamblichos Y

L. A. Séneca. De Benef X.21.


El tirano

Es propio de un tirano, aborrecer y ser
aborrecido por su súbditos.
Polibio Megolipolitano V.3.

El terror es medio inseguro para excitar
la veneración.
C. C. Plinius. Epist. VIII. 24.

La muerte eterniza a aquéllos cuyo
remate alaban aun los que la temen.
Séneca, De prov. II.

«¡Al castigar a los tiranos no se debe
imitar sus crímenes!» (Heraclea).
T. Livius. 24. 26.

La tiranía griega, según Aristóteles, era el gobierno de una sola persona, que reinaba como señor absoluto en el Estado.

¿De dónde vinieron los tiranos o cómo podían llegar al poder? Podríamos contestar estas interrogaciones siempre actuales quizás a la manera de un sorites euclédica, porque la tiranía griega surgía siempre donde abundaban los cerros y las montañas, de allí que estos lugares según la opinión del pensador griego, favorecieron a la oligarquía, afincada en sus burgos, en la cima de los cerros y controlando con seguridad la región. Donde existe este régimen habrá siempre suficientes ignorantes que hacen lo que no saben, por qué lo hacen, preparando de esta forma una situación confusa y anárquica, que a su vez, —según Pitágoras— abre justamente las puertas a un demagogo, que siempre está presente allí donde la ley perdió la soberanía.

En la antigua Grecia nunca faltó un demagogo que al llegar el poder, precisamente por la ignorancia e impotencia del pueblo, se transformaba automáticamente en tirano, y que según la acertada observación de M. T. Cicerón, no podía tener ni lealtad ni afectos. Sólo tienen la desconfianza, la inquietud, semillas de la crueldad, cuyo hermano es el olímpico odio.

Durante cuarenta y dos años ejerció Dionisio la tiranía en Siracusa, antes hermosa y floreciente ciudad griega en Sicilia. Dícese que en ella existían solamente dos encarcelados: el pueblo y el mismo tirano Dionisio, pues este hombre, como nos refiere Cicerón y Valerio Máximo, no se fiaba de nadie en Siracusa, y para su custodia personal, eligió extranjeros, seleccionados entre los rebeldes esclavos de las familias patricias. Este mismo acto confirmaba la tiranía de su gobierno, pues el rey, electo por el pueblo, suele tener una guardia de ciudadanos para defender su vida de los extranjeros, mientras que el tirano hace todo al revés y tiene una guardia de extranjeros para protegerse de sus propios súbditos.

Dionisio, temido por todos, temía también a todos, y por esta razón, él mismo era un cautivo más en su esclavizada patria. Era un solitario en el interior de su castillo, que más bien parecía una cárcel y fortaleza que un palacio.

Encerrábase allí, y para no arriesgar su cuello a la navaja de un charlatán barbero, lo hizo crucificar, y en adelante se hizo afeitar por sus propias hijitas, pero cuando las princesitas ya fueron adultas, creció con ellas también una desconfianza, y por esto quitó de sus manos la navaja, enseñándoles a rizarle la barba y cabellos con un hierro caliente, que no tenía filo, ni punta, sino que era redondo y romo.

Su lecho estaba rodeado por un amplio foso y para llegar a él, tendió un puentencillo de madera que era levantado después de cerrar su doble puerta. Cuando se dirigía al pueblo hablaba siempre desde una torre alta e inaccesible. Dionisio era por excelencia la desconfianza misma, vestida con la toga purpúrea de la crueldad.

Un día, entregándose en el patio de su palacio al ejercicio del juego de pelota, dio a su joven secretario, a quien quería mucho, su espada y su túnica. Uno de sus parientes le advirtió, diciendo con una sonrisa:

—¡Dionisio, al entregar tu espada ahora a este muchacho, le has confiado tu vida!

A lo cual contestó el joven con otra sonrisa. Pero las risas se transformaron en el acto en lágrimas, porque Dionisio los mandó presto a ambos desde el patio del juego directamente al patíbulo. A su pariente, porque había descubierto un camino seguro para matarlo con facilidad, y al secretario porque cometió la imprudencia fatal de aprobar las palabras del otro con cara risueña.

El Genio de Cartago sostiene que el tirano sólo por la voluntad de Dios puede tener señorío sobre la tierra. A su vez los antiguos pobladores del Ática, opinaban de otra manera, y estaban convencidos de que los dioses sólo toleraban a los tiranos para probar a los pueblos, hasta que la resistencia de los esclavizados pudiera acabar con ellos.

Consideraban que conceder la soberanía a una sola persona, es hacer omnipotente al hombre y despertar al mismo tiempo a la bestia que amenaza, no la riqueza de pocos, sino a la libertad que pertenece a todos. Por esta razón opinaban los helenos que el tirano no podía ser justo y por ello tampoco útil, ni honesto, sino por el contrario, violador de leyes, ladrón de soberanía y verdugo del pueblo y de la libertad.

Expresa Aristóteles que en todos los hombres el amor a la libertad nace del principio de que el corazón es imperioso y no quiere someterse jamás. De ahí surge con fuerza impetuosa la rebeldía, que llama a un pueblo entero a defender su libertad violada.

Cicerón tenía voces de repudio para los tiranos y consideraba que es glorioso dar al tirano la muerte, eliminándolo de la sociedad humana. Los filósofos estaban convencidos de que el rey de las abejas no tiene dardo, entonces el tirano también puede tener por lo menos oídos, y así se contentaban con aplacar sus iras por medio de buenos pero impotentes consejos.

Uno le advertía a un tirano que admirable es disponer de todo y sin embargo no desear para sí nada. Polibio consideraba que es feliz el poderoso, pero sería más feliz todavía si pudiera dejar el poder. Pytaco recomendaba a un cruel iracundo que el perdón es mejor que el arrepentimiento, y Periandro advertía a otro que en vez de tener una costosa guardia, sería mejor protegerse con el manto sagrado de la benevolencia.

Las recomendaciones de los sabios jamás surtieron efecto, porque los tiranos no suelen renunciar, tal vez por la causa que Jasón refiere, según la cual el tirano moriría en la miseria si cesara de gobernar, ya que no aprendió a vivir como simple ciudadano.

Por esta razón la tiranía en Grecia siempre tuvo que ser derrocada por la violencia. Largo sería contar el luctuoso fin de los tiranos en el Ática; sólo cabe recordar aquí el caso heroico y al par tragicómico de Zenón de Elea, quien, según informa Heráclidas en el Epítome de Sayro, en su intento por asesinar el tirano Nearco fue aprehendido y llevado ante él. Al ser interrogado sobre la identidad de los demás conjurados, Zenón, con su índice acusador señaló uno por uno a los amigos del tirano que estaban a su alrededor.

El sorprendido Nearco los mandó inmediatamente al suplicio y al quedar solos le pregunto al cautivo Zenón, si podía decir todavía algo más.

—¡Sí! —le contestó éste— pero lo que tengo que decirte es tan reservado que puedo susurrarlo únicamente a tus oídos.

El tirano se inclinó entonces hacia adelante y Zenón le tomó la oreja con sus dientes y no la soltó hasta que lo acribillaron a estocadas los otros conjurados. Zenón, con su método hizo escuela, porque Aristogitón, auxiliado por Hermodio, en la misma forma libró a Atenas del tirano Hippias, que era hijo de Pisístratos.

El temperamento rebelde del griego antiguo otorgó poco tiempo de duración al gobierno de los tiranos.

Cuando le preguntaron a Thales, cuál es la cosa más rara en Grecia, contestó: «¡Un tirano viejo!»

Sin embargo, pudo ocurrir también lo contrario. Dionisio, el tirano de Siracusa, mantúvose en el poder durante cuarenta y dos años porque el pueblo pensaba quizás lo mismo que la sencilla mujer que, diariamente, rezaba ante el altar de los dioses por la salud y larga vida del tirano.

El agradablemente sorprendido Dionisio acercóse entonces y le preguntó a la mujer, por qué causa se decidió a rezar por él.

Ella, sin hesitación alguna le dijo:

—¡Señor! Cuando yo era una muchacha, teníamos un tirano feroz y hemos deseado muchísimo de alguna manera librarnos de él, y cuando lo asesinaron, ocurrió que vino otro que resultó todavía peor. Ésta es la causa, por la que ahora estoy suplicando a lo dioses que más nos conviene tenerte a ti, que cambiarte por uno peor.

«Multos timeat, quem multi timent», ‘al que temen muchos, debe cuidarse de muchos’, dice la sentencia de Syrus Publius, y entre esos muchos jamás faltaban algunos valientes que preferían la alternativa de matar al tirano o morir bien, evitando así el peligro de vivir mal.

Sabían luchar por la libertad de su pueblo, y si tenían que morir seguramente pensaron lo mismo que dijo el inmortal Cicerón: «La suerte de mi Patria, después de mi muerte, no me preocupará menos que en esta hora de angustia, cuando tengo todavía mi vida, que en cualquier momento puedo ofrecer por ella».


Kataglossoi

Oratio in pectori nasci debet,
non in ore!
Lo que dices debe nacer en tu pecho
y no en la boca.
Gellius. Noct. Att. I.15.1.

Una mujer parecería charlatana si no mostrara
otra reserva que la que muestra el hombre que
sabe conducirse como es debido.
Aristóteles. Política. III.2.

Canta el inmortal poeta Homero que las palabras son como las aves, una vez que vuelan no las tenemos más. Por ello —dice Plutarco— la naturaleza nos dio con los dientes una barrera poderosa para frenar la impetuosidad de la lengua y si de allí quisiera escapar una palabra imprudente , advierte Eurípides que tenemos todavía labios para cerrarlos, y evitar de esa manera la calamidad.

El mismo Homero consideraba que las palabras a unos les brotan del pecho y a otros solamente de la boca. A estos últimos antiguos los llamaron kataglossoi, es decir, ‘locuaces’, gente sin oídos para escuchar a otros, tenían solamente boca, que no podían frenar. Entre éstos había algunos que hablaban con sorprendente elocuencia; lo lamentable era —sostiene Eupolides— que su charla no tenía ni la instrucción salustiana ni tampoco sustancia. Cicerón los detestaba, pues para él era preferible el saber sin elocuencia, que la facundia unida a la ignorancia.

Peores eran los locuaces de Epicarmio, porque no podían hablar, y al mismo tiempo eran incapaces de callar. Nos exhorta Favorino que una boca sin freno siempre cosecha criticas y termina en un fin desgraciado.

Referente a las criticas, cabe recordar aquí que entre los filósofos antiguos había mas kataglossoi que sophos. Sidonio el sofista, fanfarroneando acerca de sus conocimientos, pronunció un discurso que comenzaba así:

«¡Si Aristóteles me cita al Liceo, iré!
Si Platón me invita a la Academia, acudiré, y
si el Maestro del Silencio Pitágoras me llama, callaré!».
«Oye Sidonio!» —le gritó uno de los oyentes— «¡Pitágoras te llama!».

Blanco preferido de las criticas fueron especialmente aquellos que al trabajar, si bien tenían las manos ocupadas, les quedaba todavía una boca libre para hablar y además un cliente dócil, que al ser afeitado forzosamente tenía que callar.

Refiere Plutarco, que el rey Archelao, al ser preguntado por su barbero: «Dime Oh Rey, ¿cómo quieres que te afeite?», le contestó secamente «¡Callándote!»

Ya hemos mencionado que en la Antigüedad el locuaz no sólo era objeto de críticas, sino que terminaba casi siempre en la desgracia, y esta tesis de Favorino la confirma Plutarco en sus Moralias. Cuenta que en una peluquería de Siracusa dos clientes del barbero Telemachos estaban conversando sobre Dionisio y discutían especialmente la imposibilidad de acercarse a este tirano.

—¡Estáis en un error, amigos! —les censuró el barbero—, pues yo día por medio suelo ir al palacio, y llego con mi navaja hasta su cuello.

Sabemos que uno y uno no son dos, sino once y por ello no nos sorprende que la noticia llegó en el mismo día a los oídos del tirano, y el barbero al día siguiente no podía atender a sus clientes, porque estaba tendido sobre una cruz en un cerro vecino.

Cuenta Plutarchos que Solón tenía la costumbre de dormir siempre con una mano puesta sobre la boca, enseñando de esta manera a su pueblo, hasta por medio del sueño, que la lengua es amiga mientras está refrenada, pero que se vuelve contra nosotros cada vez que permitimos que corra más de prisa que nuestra mente.


Iganavia et imbellia

¿Hay algo más abyecto que la cobardía?
M. T. Cícero, De leg I.

Si no queréis pelear, podéis huir.
L. A. Séneca. De prov. VI.

Los antiguos grecorromanos llamaron imbellis al joven que por defectos corporales o por otras razones somáticas, carecía de aptitud necesaria para defender a su patria, pero al fuerte, que ignoraba el significado de la palabra valentía, lo llamaron despectivamente ignavis , es decir, ‘cobarde’.

Tres clases de cobardía conocían los antiguos. Los prevenidos, que hasta para evitar los riesgos empleaban los métodos del general griego Gilocles, en cuanto se hicieron seccionar los pulgares quedando ineptos para el servicio militar activo.

A la segunda clase pertenecían —según la información de Cicerón— los que se avergonzaban de huir y eran tímidos para luchar. El peor de los ignaves era el que se pasaba al lado o confiaba su seguridad a la velocidad de sus pies.

Lo lamentable era que el protoejemplo de cobardía lo dieron precisamente los que no cesaban de pregonar la valentía humana. Eran éstos los seudovalientes fanfarrones y entre ellos había generales y filósofos.

Hasdrubal, el general cartaginés, al enviar al rey Galussa a Scipio, le dijo:

—¡Haz entender al cónsul que estamos resueltos a no sobrevivir a Cartago y a perecer antes que rendirnos! Pongo a los Dioses y a la Fortuna por testigos de que el sol no verá a Cartago destruida y a Hasdrúbal vivo. ¡Para un hombre de corazón no hay más noble sepultura que las cenizas de su Patria!

Sabemos que Hasdrubal llegó al toldo de Scipión y agradeció a éste su vida, abrazando las rodillas del general romano.

Algunos fugitivos lo siguieron, llenando de injurias a Hasdrúbal y burlándose de su juramento sagrado de no abandonarlos y lo llamaron «cobarde y canalla», y era porque mientras este espectáculo ocurría, su mujer se mataba precipitándose con sus hijos desde una torre, a las llamas que consumían su patria.

Cuando Pompeyo hizo aprender a Cn. Papirio Carbon en la isla de Cossyra, éste al oír su sentencia de muerte, comenzó a llorar y temblar, como si fuera una mujer

Pero los filósofos eran peores todavía. No en balde dijo Cicerón que éstos siempre mueren en la cama. Con gran entusiasmo exhortaban a la gente, diciendo: «¡Adelante!» pero no sabían pronunciar la palabra: «Síganme».

Refiere Luciano que Sócrates estuvo en la batalla de Parneto, pero antes de comenzar la lucha, se ocultó cobardemente en la palestra de Taureas. Los afamados oradores de Sócrates, Hyperides y el mismo Licurgo, al aparecer los más valientes, nunca salieron a campaña, ni se atrevieron a asomar la cabeza en la puerta. Encerrados entre los muros luchaban decididamente con la lengua, escribiendo decretos, cartas solicitadas y decisiones populares, instigando a otros a ir a la guerra.

Dícese que el príncipe de los oradores, Demóstenes, antes de llegar a la batalla de Queronea arrojó su escudo y la lanza y emprendió una veloz fuga. La fama de su vergonzosa huida llegó no sólo a Atenas, sino hasta la Esquitia, de donde era su oriunda madre, Cleobula.

Demóstenes, a su vez, restó importancia a su fuga, se rio y se limitó a observar que: «Aner ho pheugon kai palin makhesetai»: ‘¡el hombre que huye todavía podrá pelear!’ Seguramente pensaba que preferible es que el enemigo muera por la Patria y no él.

Cicerón en su valoración hizo una marcada distinción, en cuanto aprobaba la reducción a esclavitud del ciudadano que intentaba eludir el servicio militar. Consideraba, pues, acertadamente, que no puede ser libre el que rehúye exponerse al peligro para defender la libertad. Acerca del combatiente amedrentado pensaba lo mismo que Demóstenes, en cuanto sostenía que «¡el soldado ofuscado que huye ante el ataque violento, todavía puede ser una persona honrada y un guerrero valiente!». Y es cierto, porque «muchas veces el hombre más valeroso palidece al empuñar las armas, y ante la señal de combate —a veces— el soldado más audaz siente cierto temblor en las rodillas», así que no es un milagro, que el soldado bisoño con sólo mirar y ver las heridas se espante, mientras que el más experimentado sabe que su sangre vertida puede significar la pronta victoria.

Los romanos, guiados por semejantes principios, dos veces ofrecían el perdón a los tránsfugas, que se pasaban al otro bando, demostrando de esta manera cierta flexibilidad, y acertada economía del muy cotizado caudal humano.

Dice Horacio que la pena acompaña la culpa, pisándole los talones, por ello anotaremos aquí algunos puntos acerca de los castigos.

Marciano, el jurisconsulto en su Instituta sostiene que es licito matar como enemigos a los tránfugas, donde quiera que fueren hallados.

Diodoro Sículo refiere que el legislador «pitagórico» Kharonda Khatinensis, estableció en la Magna Grecia que los cobardes durante tres días debían permanecer sentados en el foro a la vista del pueblo, vestidos en prendas femeninas. En Grecia los cobardes fueron excluidos de la magistratura, no podían tener esposa y sólo usaban una túnica rota y colorada, y para que la gente no tuviese duda alguna, los obligaban a afeitarse el bigote de un solo lado.

Los cartagineses tenían por costumbre llevar tantos anillos sobre las manos como batallas en las que habían participado; pero tampoco se podía tildar de medrosos a los que carecían de anillos.

El límite quizás más acertado entre el tímido y el intrépido humano lo señaló Aristóteles diciendo que: «¡Un hombre parecería cobarde si sólo tuviese el valor de una mujer valiente!»


La tumba de Arquímedes

Nolite turbare circulos meos.
Arquímedes

En el año 212, antes del nacimiento de Cristo, Siracusa, floreciente ciudad griega de Sicilia, perdió en un mismo día sus dos joyas más preciosas, que jamás pudo recuperar: su libertad y el genio físico Arquímedes.

Refiere Livio que después de tres años de sitio, la constancia del ejército romano, secundada por la traición del español Merico y otros, venció la resistencia de la ciudad, y las puertas se abrieron para el general romano Claudio Marcelo.

La ciudad fue entregada al saqueo, menos las casas de los traidores, cuya integridad la aseguraban los centinelas romanos, puestos allí por orden del general.

Algunos autores antiguos sostienen que Marcelo tenía sumo interés en encontrar vivo al ilustre septuagenario, y por esta razón encargó a unos legionarios que averiguaran su paradero y se lo trajeran a él. Sin embargo, en medio del tumulto y saqueo estrepitoso y cruento, dícese que fue sorprendido por un soldado mientras estaba trazando algunos círculos en la arena, que le servía como mesa de trabajo para sus ingeniosos cálculos.

Arquímedes al ver que el legionario al entrar a la sala pisoteaba sus figuras, le reconvino suavemente diciendo:

—¡Pero, mi hijo! No arruines mis círculos.

El soldado, ofuscado y ofendido por el reproche, olvidando su misión y sin averiguar siquiera su nombre, con un solo golpe le quitó la vida al genio de su siglo.

Ciento treinta y siete años después, Marco Tulio Cicerón, cuando fue cuestor de Lilibea, en Sicilia, visitó la tumba de Arquímedes. En las Cuestiones Tusculanas sostiene que descubrió la tumba olvidada por los siracusanos, perdida entre las zarzas y marañas. Cicerón tenía la copia de ciertos versos senarios, que indicaban que sobre la tumba de Arquímedes había una esfera con un cilindro. Después de haber recorrido innumerables sepulcros, cerca de la puerta de Agrigento, descubrió una pequeña columna que apenas se levantaba entre los matorrales y en la cual estaba la figura de la esfera y el cilindro.

Dice que sobre la tumba apareció también un epigrama que tenía algo borradas las últimas palabras del epitafio, texto que Cicerón, lamentablemente, no nos transmitió.

De esta manera fue descubierta la tumba olvidada del insigne discípulo de Euclides, Arquímedes, por el no menos famoso Demóstenes romano, M. Tulio Cicerón, en el año setenta y cinco antes del nacimiento de Cristo.

La tumba de Arquímedes, junto con la esfera, el cilindro y el epigrama por causa de las injurias del tiempo, desapareció, pero su nombre quedará sempiterno como el Mundo, y su figura sobrevivirá los siglos, porque es también Athanasio, es decir inmortal.

***

Bibliografía:

M. T. Cícero: Tusc.

Diodoro Siculos XI. 26. 18.


Los sophokleis

Los teatros aplauden,
los prados braman
Agustín, De Civ. Dei.XI.8.

Tengo por afrenta lo que me dice
el amigo, y considero bufonada
si lo mismo me dice mi esclavo.
L. A. Séneca, De const. 12.

Comenta Cicerón que cuando le preguntaron a Temístocles cuál era su música preferida, contestó:

—¡El sonido más dulce para mí, es escuchar mi elogio!

De esta manera entendemos por qué la antigua y policromática sociedad grecorramana, que no podía imaginar virtud más codiciada que la fama y la gloria, prácticamente se dividía en dos clases principales: los que aplaudían y los que eran aplaudidos.

Dícese que el afamado intérprete del teatro romano, Quinto Roscio, consideraba que su mejor honorario era más bien el aplauso que el sestercio o el denario. Plautus al terminar sus comedias, solicitaba siempre un plaudite para sus artistas, cuya versión castellana es pedir ‘un aplauso para los actores’.

Nerón, el emperador, en su papel de comediante no estaba seguro de su éxito y, para asegurar su reconocimiento, hizo inscribir en el Colegio a cinco mil caballeros romanos, apuestos jóvenes con fuertes pulmones y manos. Eran éstos los llamados augustianos, cuyo único oficio era elogiar en la calle y aplaudir en un teatro a su abufonado emperador.

Oral era el procedimiento civil en la Roma, y los abogados —oradores que arengaban desde la tribuna— sabían que el tiempo corre con el agua de la Clepsidra, y el índice de la elocuencia y la fama aumentaba o disminuía según el numero de aplausos y los gritos de «¡Bravo!», cuya versión greco-latina era la palabra «sophos

Sabían esto no sólo los abogados sino también aquellos que aplaudían y exclamaban sophos! Estos inescrupulosos, llamados por Plinio «sophokleis» se organizaban en colegios y alquilaban sus costosos servicios a los Advocatus y Causidicos que de esta manera tan fácil intentaban abrirse camino hacia el lejano éxito. Eran estos «sophokleis» maestros de las exclamaciones y del aplauso y dirigidos por las apenas visibles señas de su director, llamados «mesokhoros», actuaban con tacto y acierto, como un bien dirigido coro polifónico.

La gente acaudalada (timokrates) —nuevos ricos y parvenus— contaban igualmente con un sinnúmero de aduladores, llamados «laudi-coeni» que al ser invitados y al par pagados con una suculenta cena, decían todo lo que querían que se escuchara. No cesaban de comer y de elogiar las virtudes no existentes del anfitrión, que era más bien conocido por sus vicios. Admiraban con voz chillona los cristales fenicios —robados en Grecia— y los manteles y moblaje en el triclinio, adquiridos por vil precio en Bythinia. Aseguraban a los comensales que la inmensa riqueza del dueño de casa:

—¡Oh, no! No es de un peculado, sino que viene de una herencia, pues el pobre, al dejar su gobierno en Iliria, como ya me imagino que lo sabrás, Amice, ¡casi perdió todo su patrimonio!

Roma, centro del mundo antiguo, crisol de abigarradas costumbres y vicios, consideraba a los sophokleis y laudi-coeni como un mal necesario, y por ello, en vez de eliminarlos, los fomentaba con mal solapada indiferencia por todos los medios.

Sabían los abogados que los sophoklein cobran por el aplauso, y venden muy caras sus exclamaciones de «sophos! sophos!».

Los nuevos ricos, desplumadores de las provincias y los usureros empedernidos no dudaban que los laudi-coeni, que mienten por una cena, al salir de la casa sacan la lengua y gritan la verdad. Lo sabían bien todos; sin embargo, no querían ni podían prescindir de sus servicios pagados, porque en Roma, para ser alguien había que ser envidiado por la fama y los elogios.

Nerón, el emperador, dueño de millares de «augustianos», al saber que sólo Jano con su doble cara puede ser la verdad entre elogios y burlas, influido por su maestro Séneca, muy pronto advirtió que el aplauso de los ignorantes no puede aprobar los actos y dichos del sabio, por ello, en su afán de encontrar la pura verdad, decidió seguir el ejemplo de Antíoco, para librarse de los elogios fingidos que con sus mentiras siempre ocultan la verdad. Dice Tácito que Nerón empleó en su corte imperial un giboso —ingenioso y al par malicioso zapatero— llamado Vatinio, que sabía aprovechar bien la libertad de hablar que le dieron. Éste, con sus bufonadas perspicaces, saturadas con dichos agudos y al par agrias críticas, pronto restableció en la corte el tan anhelado equilibrio entre la mentira y la verdad, la fe en las palabras, que Nerón había perdido tiempo atrás, en un mar de fingidos elogios.

Parece que su ejemplo hizo escuela, porque, según los informes de Séneca, existía en Roma en este tiempo «una licenciosa urbanidad que los esclavos tenían para con sus dueños; esclavos, cuya audacia y procacidad puede extenderse a los convidados, después que empezó en su señor. Cada uno de estos esclavos, cuanto más parecen abatidos y ridículos, más osada es la lengua que tienen». Agrega aun que en Roma, para este fin, se suelen comprar muchachos ingeniosos cuya libertad se perfecciona con maestros que les enseñan a decir injurias pesadas, y nada de esto tienen por afrenta, sino por el contrario, piensan que es moda y agudeza.

Luciano sostiene que los sophokleis nos engañan, y por ello no nos conviene ni escucharlos. Sin embargo, él mismo, nos advierte en otro pasaje de su obra que el elogio falso a veces puede servir en la amargura como piadoso medicamento, que nos facilita saber un poco olvidar o recordar.

Dice que Stratonice, célebre esposa de Seleuco, propuso un certamen entre los mejores poetas con el premio de mil drakhmas atticas para el que supiera celebrar mejor la hermosura de sus cabellos.

El día del concurso los poetas recitaron públicamente sus versos, en los que dijeron que los cabellos de la reina eran como flores de jacinto y sus bucles profusos como hojas de apio.

Refieren los anales que Stratonice los escuchaba conmovida, olvidando la realidad. Sus ojos y sus felices sonrisas estaban bañados en las perlas de sus lágrimas. Era un momento feliz de su vida, porque mientras escuchaba a los poetas y sus elogios, olvidaba la larga enfermedad por cuyo efecto no tenía ni un solo cabello.

Dicen los antiguos autores que los «sophokleis» mienten y que además, por ser ignorantes, no son dignos de aplaudir. Los únicos, que pueden reconocer nuestros actos y discursos son los sabios, cuyo aplauso, según Gellio no es teatral, sino musoniano por ser el solemne silencio.


La paloma

Y la paloma que salió del área de Deucalión,
al volver, indicó que había todavía tempestad,
pero cuando no regresó más, era la señal de la
serenidad...
Plutarchos, Potera ton zoon. XIII.

En cada fase de nuestra cultura religiosa encontramos la imborrable imagen de la paloma blanca. Los antiguos pueblos estaban convencidos de que en ella nos llega verdaderamente el espíritu de Dios.

De esta manera los asirios adoraban en la paloma blanca la hagia pneu, el espíritu Santo de Dios, que según la enseñanza de los más antiguos egipcios puede llegar hasta el corazón de un mujer bella y mortal, en la forma de una divina concepción.

En las cercanías de Siracusa había al lado del Monte Eryx un templo consagrado a la diosa Venus de Erycina, llamada también «Myrtea», por las flores de arrayán, que abundaban a su alrededor: flores blancas que solían ofrecer en su altar los recién casados, cumpliendo de esa manera con una de las perennes costumbres, que son como el tiempo porque no tienen edad.

Eliano sostiene que el espíritu de esta diosa llegaba cada año con la primavera a Sicilia desde las costas de África, en el cuerpo de millares de palomas. Y con ellas llegaba también el amor a las siracusanas y comenzaban las fiestas florales alrededor de la Iglesia.

Fiel a la enseñanza pitagórica, el alma cuando se cansa de la tierra, abandona el cuerpo y se convierte en una paloma blanca que, como el alma de Ctesila, suele llegar hasta nuestra ventana ...

En los koimeterios y katakoimaos romanos, conocidos con el nombre de cementerios y catacumbas, en la versión castellana ‘dormitorios’, todavía se observaban las imágenes del pez y la paloma, como símbolo de Cristo y del Espíritu.

Por esta razón se llama también a esta clase de cementerios «palomar», más conocidos con el nombre latino de «columbario», casa de las almas liberadas.

Refiere Livio que en la batalla de Sicilia, ante el inminente asalto contra los muros de Siracusa, anunciaron al general romano la llegada de unos emisarios de los barrios de Neapolis y Tuca. Al llegar al toldo del general Marcello los sacerdotes agitaron ramos de olivo y soltaron palomas blancas, dirigiéndose de esta manera al conmovido general romano, con la oración de todos los tiempos:

¡Señor! ¡Suplicamos la paz para nuestras almas!

Saturnales atenienses

Los atenienses, al igual que los romanos tenían la costumbre de reunirse una vez por año siempre en la primera quincena del mes de diciembre para festejar los días sagrados de las Saturnales.

El filósofo Musonio nos refiere que era esta una fiesta ceremoniosa de ingenio y de espíritu, en la que dieron cita oradores y renombrados pensadores del mundo antiguo.

Sentábanse alrededor de una mesa redonda y cada uno de los participantes citaba un sofisma nuevo o un dilema agudo. Gellio estaba presente y anotó los diálogos, entre los cuales recitaremos algunos para recrear un poco las mentes despiertas y al par ofrecer nuestra conmemoración piadosa al Genio de los antiguos.

Refiere que Diógenes, discípulo de Antístenes, sentado frente a Xenócrates, preguntóle a éste:

—¿Cómo es tu vida, carissime? ¿Te has corregido ya de los adulterios?

El inocente filósofo acorralado por el bien preparado dilema, contestó a la insolente pregunta con un profundo silencio, sabía pues, que un , o un no suyo, significarían el reconocimiento del hábilmente preparado cargo, tan gratuito como injusto.

Un cretense, acusado de mitomanía en esta reunión por Cleantes, defendíase con ardid e ingenio: admitió ante todos los presentes ser efectivamente un mentiroso. Su espontánea confesión causó perplejidad y confusión, pues Philetas de Cos consideraba acertadamente, que «un mentiroso también miente, cuando dice que miente, pero entonces ya no es un mentiroso, sino un hombre sincero, que mintiendo que miente, no miente, sino que dice la verdad, lo que demuestra claramente su mendacidad».

La cadena interminable de esta enmarañada complejidad fue interrumpida por la jactancia del peripatético Agatocles, que aseguraba a sus oyentes «ser el primero y el único entre todos los dialécticos» Démonax, su compañero de mesa le refutó, diciendo: «Pero me extraña tu ignorancia, amigo, pues, si eres el primero no puedes ser el único y si eres el único, ¡desde luego que no puedes ser el primero!»

Crisipo a su vez recordó el dilema de Fabricio, sobre el cual solía decir Pyro que antes cambiaría su curso el sol que Fabricio el camino que llega directamente al honor.

Impresionado el rey de Epiro por la honradez de este excepcional romano, lo invitó a entrar a su servicio, ofreciéndole la cuarta parte de su imperio. Dice Crisipo que Fabricio rechazó la generosa oferta del rey, diciendo: «¡Rey Pirro! ¡Si me consideras un hombre de bien, no entiendo por qué me quieres corromper! y si piensas que soy un depravado, ¿por qué entonces me quieres tener?»

Hasta allí los fragmentos acerca de los Saturnales Atenienses, donde, como Misón dijo: «¡No se hicieron las cosas por las palabras, sino las palabras por las cosas!»

Gelio no nos podía citar todos los nombres y diálogos, porque él también pensaba lo mismo que Temístocles, pues es imposible recordar todo,y a veces nos conviene saber olvidar un poco.


Las tetravirtudes de los antiguos

No hay cosa más ajena al alma humana
que la ignorancia.
(Kai hoti ton onton málista tén men agnoian hé
psukhén dysanaskhetei...)
Plutarchos, El kalos eirátei... VI.

Cuando le preguntaron al filósofo cínico Diógenes cuál es la cosa más insoportable en la tierra, este respondió:

—El hombre indocto.

Quizás por ello escribió Séneca en una de sus epístolas que mientras se vive es necesario aprender a vivir, porque el hombre nace sólo para dos cosas: para entender y para obrar. Pero, ni lo uno, ni lo otro se puede hacer sin vocación y perseverancia.

La vocación, como la palabra misma lo dice, no viene de nosotros; es una llama de los dioses, que nos indican el camino, que tenemos que seguir. Lo mismo ocurrió con un estudiante ateniense, que diariamente asistía a las lecciones de Platón.

Un día, en su camino hacia la Academia vio una multitud de gente en la plaza pública escuchando con atención la peroración de Callistratos. El joven, atraído por la curiosidad, se detuvo por un momento para ver cómo hablaba el demagogo.

Refiere Hermipo que el muchacho quedó tan encantado y seducido por el talento del orador que en ese mismo día abandonó la filosofía de Platón y se hizo discípulo de Callistratos y hasta superó muy pronto a su elocuente maestro, porque llegó a ser entre los oradores el primero, aunque no el único, y su nombre quedó para los siglos perenne, porque este joven que en el camino hacia su escuela encontró su vocación se llamaba Demóstenes.

La otra virtud, sin la cual el hombre antiguo no podía ni entender ni obrar, era la perseverancia. Acerca de ésta nos dio un ejemplo inolvidable Euclides el filósofo, el mismo que le enseñó a Demóstenes cómo debía pronunciar la letra r.

Éste en su juventud era fervoroso discípulo de Sócrates, y cada día lo visitaba en su casa. Ocurrió sin embargo, que en una oportunidad los atenienses —quienes odiaban desde hacía tiempo a sus vecinos de Megara— por una causa insignificante decretaron que en adelante sería castigados los megarenses con la pena capital, si cruzaban las puertas de la ciudad que para ellos quedaron cerradas.

Euclides, que era de Megara, no se dejó intimidar en su constancia, sino que cada día al anochecer salía de su casa, disfrazado con una larga túnica de mujer. Envuelto en un manto de colores, y cubierta la cabeza con un velo, iba diariamente desde Megara hasta la casa de su maestro Sócrates. Después de escuchar lecciones, volvía por el mismo camino al amanecer, dando de esa manera un ejemplo vivo y perenne de constancia, virtud que está en el presente en plena decadencia.

El hombre nace para entender y para obrar, y para poder cumplir con este doble precepto hay que estudiar con vocación, y obrar con tesón, porque Demophilo nos advierte, que: «los niños sin instrucción confunden las letras: la gente, sin educación, las cosas, y los hombres sin vocación y constancia, la meta que cada uno debe tener si quiere merecer la vida».


Dispensatores

El esclavo —dijo Crisipo— es un perpetuo jornalero.
L. A. Séneca, De benef. III. 22.

Gayo, el insigne jurisconsulto romano sostiene que en la más antigua Roma, el dinero llamado pecunia no era contado, sino «appendido», ‘suspendido’, es decir, ‘colgado’; por ello los siervos llamados también esclavos, encargados de esa tarea, tenían el nombre de «dispensatores», ‘colgadores’, que trabajan en la despensa.

Aclararemos ahora por qué el dinero fue llamado pecunia, y el hombre privado de su libertad siervo y esclavo.

La península, con Roma como capital, antes de la fundación de la ciudad, era famosa por sus verdes prados, y por la enorme cantidad de italoi, palabra griega cuya versión castellana es bueyes. Dice Gellio que de ahí viene el nombre de la península: Italia.

Los habitantes del Lacio denominaron en lengua osca a todos estos animales, bueyes y ovejas, con un nombre genérico: pecus, palabra que significa ‘hacienda’, es decir, que se mueven por medio de «pes» en castellano ‘pies’. Ya que la gente no poseía casi ninguna otra cosa, por ello los latinos umbrosabélicos tenían su riqueza solamente en estos bienes móviles, que llamaban brevemente hacienda o pecus. Esa concisa palabra latina más adelante indicaría también el lingote de cobre, que tenía grabada encima la cabeza de un pecus, de un buey, a fin de expresar de esta manera el valor que representaba, denominando por ello a esa primitiva unidad de dinero pecunia.

Tenía este lingote de cobre un agujero, por medio del cual era suspendido, colgado por los dispensadores (o colgadores) en la sala de dispensa, hoy conocida con el nombre de despensa.

Como ya hemos mencionado, de esa tarea de colgar la pecunia fueron encargados los hombres que según Florentino eran cautivos de guerras a los cuales el jefe del ejército quería conservar, por ello los llamaron conservus o brevemente servus, en castellano siervo. También les dicen esclavo, por cuando los Otones ocuparon Sclavonia, hoy conocida con el nombre de Croacia, privaron a casi todos sus habitantes, llamados sclavi, de la libertad. Desde entonces y en adelante, semejante acto se llama «esclavizar el pueblo», a cuyos habitantes conserva el victorioso con vida, solamente para que trabajen. ¡De esa manera será «siervo» para servir!


Mnémé o memoria

Hija soy de la Experiencia y de la Memoria,
Los griegos me llamaban Sophia.
Vosotros me llamáis Sapiencia.
Afranius, Sellae.

¡El no saber olvidar es el peor castigo!
Luciano, El tirano. 15

La religión de los antiguos egipcios enseñaba la inseparabilidad del alma y el cuerpo, y al momificar este último creían que el cuerpo se hacía inmortal con el alma encerrada.

Los etruscos a su vez estaban convencidos de que el alma tiene su sede solamente en la cabeza, dejando la más preciosa de sus virtudes, la memoria, la Madre de la Sabiduría, colgada del lóbulo de la oreja izquierda.

Ésta es la causa por la que los antiguos, y también a veces los maestros contemporáneos de las escuelas primarias, al no recibir la respuesta adecuada, solían sacudir el lóbulo de la oreja del niño, para estimular de esa manera la memoria del perezoso alumno, que desde luego difícilmente podía recordar siquiera lo que había aprendido.

En la época más antigua cuando el cultivo de las letras no estaba todavía muy en boga, la única manera de retención a la manera lacedemónica era la memoria. Don divino que tenía que ser conservado ejercitándolo a cada rato por medios útiles y a veces raros. Xeóphilo, para refrescar la memoria, recomendaba el consumo de habas, práctica que Pithagoras negaba rotundamente y hasta prohibía tocarlas. En lugar de esto enseñaba a sus «oyentes» el método de escuchar y el arte de recordar. Su sistema consistía en el ejercicio constante del alumno, que al acostarse tenía que recordar punto por punto todo cuanto durante el día había oído.

Ammiano Marcelino sostiene que el rey de los persas, Ciro, el celebre sofista Hyppias Eleno y Simonides, por medio de bebidas especiales adquirieron la memoria de los dioses.

Y si es cierto que tenerlo todo en la cabeza y no errar nunca es más bien cosa divina que virtud humana, sin embargo el hombre no puede pretender tanto, porque la posesión de memoria a la manera de Hyppias, significaría también el constante recuerdo de las desgracias pasadas.

Notable es el diálogo que mantuvieron los jueces sobre el alma del tirano que después que fue asesinado llegó directamente al tribunal del temido Radamanto. La acusación era grave: violó doncellas, corrompió muchachos, ¿qué pena se merece ese malvado? Cinisco entonces intervino y recomendó a Radamanto un suplicio nuevo. Le aconsejó no permitir que el tirano bebiera el agua del Lete, para que sea privado del olvido, y que acordándose eternamente de su poder en el mundo, y de los placeres perdidos, sufriese las penas más terribles del hombre.

Quizás por esta razón cuando Simonides quiso enseñarle a Temístocles el arte de la memoria, éste declinó la generosa oferta diciendo: «¡Más quisiera saber el arte de olvidar, porque me acuerdo muy bien de lo que no quiero, y no puedo olvidar lo que jamás quisiera recordar!»


Letras famosas

Las antiguas leyes de Gabinia y Cassia establecían que en las elecciones y en los juicios la votación debía ser secreta y que el votante expresara su parecer por medio de tablillas, que indicaban letras.

En los comicios donde el Pueblo decidía acerca de las leyes, el que votaba introducía en la urna su tablilla con una o dos letras. De esta forma AP (antiqua probo) significaba el voto negativo y UR (uti rogas) quería decir, ‘que sea como pides’.

El que no podía o no deseaba decidirse tenía derecho a votar con las letras NL, que significa «non liquet», ‘no entiendo’.

En los juicios capitales, los jueces y los jurados empleaban otras dos letras, pues los que consideraban que el reo era inocente, votaron entonces con la tablilla que tenía grabada la letra «A», ya que con esa letra comienza la palabra absolvo, en castellano absuelvo; por su parte, los que opinaban que el reo es culpable, introducían en la cysta (urna) la tablilla con la letra «C», protogramma de la palabra condemno.

De la condena, a su vez, podían nacer otras dos letras: la «TH» griega, letra inicial de la palabra ¨Thanatos¨, que significaba la pena de muerte. La otra letra no era tan funesta, pero sí, era pena complementaria, pues, en la antigua Roma al calumniador le daban casi siempre dos castigos.

Uno, según los principios isocráticos era la misma pena que le hubieran dado al calumniado, si hubiere delinquido. El segundo castigo era la propia letra ¨k¨, que según las referencias de M.T. Cicero y C. C. Plinio, llevaba consigo el condenado en adelante, como recuerdo imborrable, que amonestaba continuamente tanto a su portador, como al espectador, que nadie puede impunemente calumniar al prójimo. Era la letra, imborrable, porque se la marcaba en la frente, con hierro candente.

La pena horaciana, que acompaña a la culpa pisándole los talones, seguía también al culpable, en cuanto marca la difamante letra su faz y frente. Durante muchos siglos castigaban así a la gente que, con gusto se ensañaba con el prójimo, denunciándolo injustamente a cada momento.

Fue el emperador Constantino, quien transformó esa costumbre inhumana, estableciendo que en adelante el condenado sería marcado solamente en una de sus manos o en la pantorrilla, pues, de ninguna manera podía ser manchada la faz, que está formada a semejanza de la «Belleza Celestial y Divina».

Para que la letra difamante «K» nunca marque nuestra frente, es suficiente —decían los romanos— grabar en nuestras almas la «Regula Modestiana», la que nos advierte que «por la opinión, mientras no esté formada en palabras, jamás nos pueden perjudicar».


Marco Porcio Catón, el censor

Aunque gozaras la edad de Catón...
L. A. Séneca, De Tranqu. VII.

Existía en la antigua Roma una alta magistratura, cuya finalidad principal era imponer el trabajo, hacer observar las buenas costumbres, realizar cada cinco años el censo, y también elegir entre los mejores ciudadanos a los consejeros del pueblo, miembros del Senado. El titular de esta magistratura era el Censor y el representante más destacado de esta institución era sin duda alguna Marcio Porcio Catón.

En su época había todavía Respeto con mayúscula para con la autoridad y el olvidadizo e insolente tenía que pagar su falta con sensibles multas o con la pérdida de su derecho de voto. De esa manera era tachado de irrespetuoso y penado un ciudadano romano, que interrogado por su estado civil, contestaba: «Soy casado —¡Censor!— pero por Júpiter te digo, ¡que no según mi gusto!». Obvio es decir que el argumento gracioso, parecía poco respetuoso y el irreverente ciudadano tuvo que cambiar su estado privilegiado porque perdió el derecho al sufragio.

El caso citado demuestra que en este tiempo la libertad, tenía otro concepto: consistia, pues, correctamente con la obediencia y el respeto.

Catón, el severo y por ello ilustre Censor, tenía conceptos sanos acerca de la figura ideal del perfecto ciudadano romano.

No confiaba en el hombre que tenía más sensibilidad en su paladar que afecto en su corazón y por ello consideraba que «difícilmente podía ser útil a la República un cuerpo en el que, desde la garganta, el estómago llegaba a la cintura.

El poder en Roma basábase en la familia, que precisamente por ello más de una vez degradábase a ser fábrica de soldados. En el lazo familiar el afecto en ciertas circunstancias era secundario, y el mismo Catón abrazaba a su tímida mujer solamente cuando había tormenta y muchos relámpagos. De ahí nació el dicho en Roma, «parece que viene tormenta, la mujer de Catón estará feliz».

Catón sabía tanto como los demás censores, que los grandes hombres del mañana son los niños de hoy, cuyos ojos y oídos son sagrados y también como la esponja absorben y retienen todo en su cabeza, que la llamaban el Templo del alma.

En la Antigua Roma los niños no se bañaban junto con lo adultos y los educaban con mucho cuidado y dedicación.

Catón, queriendo dar un buen ejemplo, no permitió que en su casa enseñara el maestro-esclavo, quería pues, que su hijo no fuera castigado por un esclavo, si tardaba en aprender, y si era buen discípulo no tuviera jamás la necesidad de agradecer.

En la elección de los senadores buscaba Catón hombres respetados, que se supieron hacer respetar y los que veneraban a los dioses y consideraban sagrada la libertad de los ciudadanos. Él necesitaba hombres y varones de conducta recta, que nunca pedían el perdón antes para cometer la falta.

Pensaba que la justicia es como el aceite de los médicos, muy saludable al cuerpo por fuera, pero daña por dentro: de la misma manera es la justicia que cuando la ejercemos: a veces no nos favorece, pero es útil a los otros.

En su opinión, un magistrado que dirige la suerte de un estado, jamás debe olvidar que el estómago del pueblo es incurablemente sordo, por lo tanto, con sólo palabras no se lo puede convencer. De acuerdo a sus principios de economía, opinaba que es muy difícil que se salvase una ciudad, en la que se venda más caro el pescado que un buey, y donde los caballos cuestan más caros que los cocineros.

Dice Polibio que quejábase indignado de que existen personas en Roma que importan del extranjero una clase detestable de corrupción, por la cual un bello adolescente vendíase mas caro que un fértil campo.

Era severo guardián del honor, y acusó con vehemencia el cáncer del Estado, llamando así el peculado y la concusión de los dignatarios. Los que roban a los particulares —dijo— pasan la vida atados por el cuello y pies en una celda oscura, mientras los ladrones del estado viven entre el oro y la púrpura. Peleó contra el soborno, y sólo Catón estuvo firme contra esos vicios de la República, que se iba degenerando y amenazaba caer con toda su grandeza.

Catón, el censor era un hombre serenamente severo, y jamás actuó con ira y precipitación. Dice Séneca, que cuando le hirieron en la cara, ni se enojó, ni vengó la injuria, y tampoco la perdonó, porque negó estar injuriado. Mayor ánimo era necesario para no reconocerla como injuria que para perdonarla.

Durante toda su vida solamente de tres cosas sentíase arrepentido. Primero de haber confiado un secreto a su mujer. Segundo, de haberse embarcado en un viaje que podría haber hecho por tierra, y tercero de haber pasado un día entero sin hacer nada.

Catón era un hombre modesto que adquiría su fama, no por las palabras, sino por los hechos. Cuando le preguntaron por qué causa no tenía su estatua en su pórtico, contestó: «Prefiero que pregunten ‘¿Por qué no está?’ a que pregunten: ‘¿Por qué está?’»

En el Pórtico de las imágenes donde tuvo Catón luego su estatua, durante el decadente Principado, algunos romanos, fieles amigos de la tradición, del trabajo honesto y la moral, más de una vez colocaron sobre su busto un cartel con sólo dos precisas palabras: «Utinam viveres!»: ¡Ojalá vivieras!


Catón y las mujeres

Dos mujeres son peores que una sola.
Plauto

En el siglo segundo antes del nacimiento de Cristo, vivía un genio en Roma. Un iracundo viejo de ojos azules, que según los informes de los anales antiguos llevaba el nombre de Marco de la gens Porcia; pero era más bien conocido por su sobrenombre de Catón, al que agregaron más adelante el epíteto ornante de Censor.

Fue este «viejo-joven» uno de los pilares más firmes en la decadente república. Ilustre polihistoriador, orador-abogado, médico y venerado sacerdote de la moral y las buenas costumbres.

Era el hombre fuerte con una sola debilidad que él despreciaba y a la par respetaba, porque ni siquiera él podía librarse de ese vicio, que en todo el mundo se conoce con un nombre: «Mujer».

No dudaba Catón de que el hombre sin la mujer pudiera vivir más honrosa y tranquilamente y sabía con Plauto que dos mujeres son peores que una sola, confesaba, sin embargo con Anacreonte que «terrible cosa es no amar, aun si amar es cosa terrible» por ello, ya que «ni con la mujer, ni sin ella podemos vivir en paz», pensaba con Menippeas que mejor es corregirlas o soportarlas, pues corrigiéndolas nos aseguramos compañera más agradable, y soportándolas nos hacemos nosotros mismos todavía mejores.

Confesaba Catón todo esto en teoría, porque en la práctica prefería prevenir que corregir, en el afán de alejar a las mujeres de las fuentes de la tentación, llamadas así por los antiguos la bebida, y el deseo de ser ricas, que según él, «establece entre las esposas una rivalidad en el lujo, que a su vez incita a las ricas a emplear adornos que ninguna otra pueda llevar, y a las pobres obliga a gastar más de lo que permiten sus recursos, para evitar la humillante diferencia. ¡Creedme! — dijo en la discusión acerca de la Ley Oppia— si nuestras mujeres se avergüenzan de lo que no es vergonzoso como la pobreza, muy pronto no se avergonzarán de lo que realmente es.

La que pueda, comprará adornos; la que no pueda pedirá dinero a su marido. Será desgraciado el marido, que no acceda, pues, lo que él niegue, ya se lo dará otro».

Catón, que incitaba a matar a la adúltera y perdonaba al mujeriego, no tenía conflictos con su conciencia por la causa de su evidente injusticia, pues estaba convencido de que el excesivo poder que la naturaleza le dio a la mujer el legislador puede equilibrarlo, por lo menos a su manera.

En el fondo de su alma deseaba para cada mujer un buen marido, que, según su opinión, valía más para la república que un senador bueno. Pensaba lo mismo que Temístocles, que prefería para su hija más bien un hombre sin dinero, que dinero sin hombría.

Dos veces casóse Catón. Primero cuando era joven, y por segunda vez, ya en la avanzada tarde de su vida. Estas segundas nupcias del ya anciano con una jovencita le dio un famoso bisnieto, conocido con el nombre de Cato Minor, el filósofo. Esa ilustre descendencia nos parece suficiente para refutar los argumentos poco halagadores de Plutarco, acerca de este matrimonio tan desigual.

Sentía Catón respeto religioso para con los hijos y mujeres; y a los que levantaban sus manos contra ellos los consideraba sacrílegos, sin que por ello se hubiera cometido el error de tantos padres que fueron y son como era Temístocles.

Éste, en una oportunidad, al perder su paciencia, le reprendió severamente a su mujer diciendo:

—¡Mira! ¡Los atenienses mandan a los griegos y yo a los atenienses, tú a mí y a ti el hijo! De manera que no deseo tolerar más, que este hijo gobierne a Grecia».

Fueron estas las consideraciones de Marco Pocio Catón acerca del «poderoso sexo débil» llamado en la antigua Roma «mulier».


Crítica helénica

Cuando a Alejandro le dijeron que hablaron mal de
él, contestó: «Es cosa de reyes actuar bien y tener
mala fama...
Plutarchos, Mor. Apotheg. Alex. XXXII.

Antes de atacar, hay que acatar los preceptos
de la convivencia.
Apiarius, Sent.

La crítica en la antigua Grecia tenía siempre la finalidad de restablecer el equilibrio en la vida cotidiana e indicar el camino hacia la salida del laberinto de los errores y las pasiones humanas. Por esta razón en la Hélade —dice S. Agustín— existía una ley que permitía que en la comedia dijesen lo que quisiesen y de quien les parecía bien.

El medio de criticar era un don de los dioses, y ellos lo otorgaron con exclusividad a los favoritos de las Musas, es decir a los dibujantes y con preferencia a los poetas.

Dice el insigne maestro de la cultura griega, Burckhardt, que el arte griego del retrato comenzó con la caricatura, trazada sobre la pared, cuando los escultores Bupalo y Atanis trataron de zaherir al poeta Hiponacte con retratos grotescos

Los poetas griegos inventaron los kharientismos, sátiras: Homero la parodia, aunque sabemos que Pigres era el autor de Batracomiomaquia (guerra de ranas con los ratoncitos).

Arquíloco era el creador del tajante yambo que termina con un espondeo «teniendo siempre un número de verdad». Tampoco faltaban los cáusticos epigramas.

Atenas toleraba «la burla soberana», necesitaba pues la oposición purificante y sana y de todas maneras la prefería en su casa antes que fuera de las fronteras . Soportaban la crítica, porque estaban convencidos de que si las flechas son ponzoñosas, antes hieren las manos que las lanzan.

Thurius Charonda, el legislador de la Magna Grecia limitaba la burla, y permitía emplearla únicamente contra los adúlteros y los curiosos.

La caricatura indudablemente hiere si es mal intencionada, y doblemente duele el yambo, porque la crítica de una sola boca, escúchase siempre con dos oídos. Bupalo y Atanis trataron de zaherir al poeta por medio de la caricatura, pero cuando oyeron la réplica de éste, dice Luciano, que los dos artistas de mucho renombre, se suicidaron

Los antiguos cuidaron mucho que la burla tuviera siempre forma adecuada y medida limitada.

Acerca de la forma recordamos a Demonax, que en sus dichos y críticas, si bien sabía ser mordaz, era también siempre ingenioso y penetrante.

Refiere Luciano que en una oportunidad un procónsul romano afeminado, pues tenía la costumbre de depilarse las piernas y todo su cuerpo, fue ásperamente criticado por un filósofo cínico, que subido sobre una piedra, vituperaba la infame molicie de aquél. Indignado el procónsul, mandó apresar al cínico y estaba ya por condenarlo a palos o al destierro, cuando por pura casualidad apareció Demonax, y al enterarse de lo ocurrido, solicitó ante el Procónsul el perdón para el atrevido filósofo, alegando que la impertinencia es un mal incurable y patrimonio natural de los cínicos.

—¡Bueno, Demonax! —le dijo el procónsul— esta vez lo perdono por ti, pero si en lo sucesivo cometiera el mismo desacato, dime, ¿qué castigo merecerá?.

—¡La depilación Señor!— contestó con una sonrisa irónica Demonax.

El mismo autor Luciano nos demuestra su buen gusto en un epigrama bien gracioso en el que dice lo siguiente:

«Para que yo le enseñase gramática me envió su hijo un famoso médico. Pero, cuando el chico ya sabía el Canta Musa y aquel otro tercer verso de Homero, en que dice que ‘muchas almas de valientes guerreros lanzó al Orco...’ dejó de venir a las lecciones el mimado niño. Y cuando pregunté por la causa de la inasistencia del niño, el padre me la explicódiciendo: «No te mando más al niño, pues el muchacho ya puede, sin maestro alguno, aprender sólo conmigo cómo hay que mandar las almas al infierno».

La crítica debe tener también su medida, porque también la impermeabilidad tiene su límite. Nos advierte Eliano, que «Sócrates se ríe cuando lo escarnecen en la comedia, pero Poliagro se ahorca», como aquel discípulo de Pythagoras, que no podía tolerar ser amonestado por el divino maestro en presencia de otros.

La crítica debe tener su forma medida y límites, porque son muy pocos los que podrían decir con alma serena las palabras inmortales de Polignoto: «Nonésetai t’is mallon, é, miéesetai!» ‘Es más fácil criticar, que superar al criticado’.


Catón, el general

Chabría: «Tendrá más éxito una tropa de ciervos,
guiada por un solo león, que una tropa de leones
conducida por un cobarde ciervo.
Plutarco, Apotheg. Chabriae III.

Una de las principales causas de la grandeza romana, era el prodigioso acierto que demostraron en la selección de sus polivalentes magistrados, pues, más de una vez ocurrió que el cónsul electo que era pontífice, en adelante tenía que ser también hábil político, y al par ingenioso jefe del ejército.

Entre los tantos políticos-generales, uno de los más característicos era Marco Porcio Catón, el indiscutido autor de la victoria en la lucha secular por el definitivo dominio del Mediterráneo.

Era él acérrimo enemigo de Cartago, y no se cansaba de hablar en el Senado, recordando a los padres a cada momento, que Roma tenía que acabar con esa ciudad.

Plutarco nos refiere que en una oportunidad, al terminar una arenga, desplegando su amplia toga, arrojó a los pies de los Senadores una cantidad de higos. Los consejeros de pueblo romano quedaron maravillados por su tamaño y exquisito sabor. Catón, al ser interrogado acerca del origen de esta excepcionalmente rica fruta, les contestó que la fecunda tierra que la producía no distaba más de Roma que sólo tres días de navegación, pues viene de Kernath Hoddisath, es decir de Karthago.

De esta manera la suerte y el futuro de los cartagineses quedaron sellados, porque las arengas que no podían persuadir los oídos, fueron hábilmente reemplazadas por los higos, que pudieron sí convencer la vista, pues ahí tienen su sede la avidez y la codicia .

En su condición de jefe militar quería en su ejército solamente jóvenes, que se ponen colorados, pero jamás pálidos y detestaba a los soldados que en la marcha, movían las manos, y en la batalla solamente los pies.

La imagen del perfecto soldado la encontraba en la conducta de su propio hijo. A éste, en una oportunidad al pegarle fuerte de su mano sudorosa se le escapó la espada. El joven no volvió a las filas del ejército hasta que no pudo recobrar su arma, sin la cual —según la opinión de los antiguos— el militar no merece ni el nombre de soldado.

En la alianza buscaba la ayuda del amigo leal, y repudiaba el socorro que tenía precio por el auxilio. A los Celtíberos, que pidieron doscientos talentos (dos millones de Sestercios, para ayudarle en su guerra en España Citerior, les contestó con agria ironía y desprecio: «¡Celtíbero! ¡Si vencemos lo que pides te lo pagará el enemigo! Y si perdemos, no existirán, ni el que debe pagar, ni tampoco los que querrían cobrar».

Catón opinaba que una mente sana no podría tener otra sede que un cuerpo sano. Por ello, según él, el hombre perfecto nunca debe ser como la delegación romana en Bythinia.

Enviaron los romanos allí a tres embajadores, delegación, que según Catón, carecía de cabeza, pies y hasta de corazón, pues a uno,poco antes le hicieron en Roma la trepanación. El segundo sufría de gota, y el tercero, que era un hombre cruel, indudablemente no tenía en su pecho el pedazo de carne, que la gente comúnmente llama, corazón.

Acerca de Marco Porcio Catón mucho se puede contar: lo lamentable es que son muy pocos los que lo pueden imitar.


Catón minor de Utica

¡Lo mismo, que Catón sin la libertad!
Pues ni Catón vivió, en muriendo la libertad,
ni hubo libertad, muriendo Catón ...
L. A. Séneca, De const. II.

¿Qué será la libertad, sin Catón?
Valer. Max. VI:2.5.

En las postrimerías de la decadente República, en el año 95 a.C.n., nació el afamado bisnieto del insigne Marco Porcio Catón, que llevaría el mismo nombre, completado con el apodo «Minor».

El tan renombrado contemporáneo de M. Tulio Cicerón, Pompeyo y César, adoctrinado por un diestro maestro, ya desde su tierna infancia practicó las reglas de una vida austera y gracias a ello tenía en un cuerpo sano un alma virtuosa, carácter inflexible y todas las dotes del hombre valiente.

Traseas y Máximo Valerio nos refieren que el todavía niño Catón, cuyo padre era íntimo amigo de Sila, en una oportunidad, acompañado por un maestro, llegó a la casa del dictador, casa que parecía más bien una cárcel y lugar de suplicios, pues estaba repleta de detenidos y por doquier se veían las cabezas de los ejecutados.

Aterrado e indignado por el cruento espectáculo, el joven Catón preguntó a su ayo cómo era posible que no hubiera alguien que pudiese eliminar a tirano tan malvado.

Sarpedón le contestó que la causa de esto era que lo aborrecían muchos, pero que eran muchos más los que lo temían. El muchacho al escuchar esta explicación que tachaba de cobarde a una nación entera, se enfureció y con ojos encendidos gritó: «¡Pues dadme una espada, que yo libertaré de la esclavitud a mi patria quitando la vida de este desalmado!»

Cuando niño, no estudiaba rápidamente y ello le resultaba difícil y un sufrimiento. Gracias a Sarpedón, aprendió a razonar, habilidad que le abrió las anchas puertas de las ciencias y el entendimiento.

Para Catón el tiempo era escaso y los momentos preciosos, por eso jamás se desprendió de sus libros y se dedicaba a la lectura, aun hasta en el mismo Senado en los intervalos.

Sus maestros posteriores fueron los más ilustres filósofos y sus excepcionales virtudes forjaron las doctrinas de Antípater de Tiro, Filostratos de Sicilia, Atenódoro de Pérgamo, y hasta su muerte voluntaria lo acompañaron Apolonides el estoico y Demetrio, el insigne peripatético.

Como cuestor de la República, administraba el tesoro del pueblo, y devolvió brillo a una institución en la que nunca faltaron antes ni la corrupción, ni la murmuración popular.

En una ocasión mandó a Roma por vía marítima siete mil talentos (setenta millones de sestercios), distribuyendo el dinero en miles de cajones, cada uno de los cuales estaba provisto de una cuerda muy larga con un gran corcho atado en su extremo, para que en caso de naufragio, por medio de estas ingeniosas «Boyas de Catón» pudieran ser, sin dificultad alguna, todos recuperados.

Con su política financiera demostró que la República podía ser rica sin ser injusta.

Prefería y pedía para sí el Tribunato de la Plebe, porque la fuerza de esta magistratura sagrada, consistía más en impedir que en hacer, prevaleciendo el veto de una sola persona sobre el derecho de muchas.

En la vida judicial era un valiente acusador y defensor de sus amigos, además insobornable juez en los litigios. En su acusación apoyaba las Catilinarias de Cicerón, única oración de Catón que sobrevivió durante mucho tiempo, porque según el testimonio de Plutarco, los amanuenses «semeyografos», antiguos inventores de la taquigrafía, por medio de signos especiales, anotaron cada palabra de aquella arenga.

En su carácter de juez fue un ejemplar sacerdote de la justicia, que estaba convencido de que, para ser justo, no se necesitaba nada más que el querer serlo.

Nadie se atrevía a recusarlo porque semejante acto era considerado como una confesión indirecta y resultaba lo mismo que perder el litigio.

Su sinceridad era proverbial, y en caso se duda, se acostumbraba a decir en Roma: «¡Pero eso no puede ser aunque lo diga Catón!» En su vida ejemplar, la única sombra quizás fueron sus relaciones con sus tres mujeres: Lépida, Atilia y Marcia.

Estaba decidido a contraer nupcias con Lépida, pero, «por derechos adquiridos» se le adelantó el arrepentido y vacilante novio Escipión Metelo, quien al ver tan solicitada novia, decidió casarse con la mayor urgencia. El enfurecido Catón, quiso vengarse con la iniciación de un pleito y hasta publicó contra su contrincante versos difamatorios, pero sus libelos se estrellaron contra la indiferencia de Metelo.

Casóse luego con Atilia, con quien tuvo dos hijos, pero muy pronto se separaron, ya que ella, la coqueta, conquistó su libertad por medio de un bien merecido repudio.

Eligió entonces por esposa a Marcia, cuya historia ensombreció la fama de este hombre en otros aspectos tan extraordinarios. Ocurrió, pues, que Catón, no pudiendo resistir los continuos ruegos y súplicas de su íntimo amigo Q. Hortensio, cedió por fin su mujer a éste en matrimonio legal. Algunos años después falleció el amigo Hortensio y Catón volvió a casarse con su esposa, dada en préstamo, es decir, con Marcia, quien regresó algo envejecida, pero como riquísima viuda, heredera de los cuantiosos bienes de Hortensio.

Cuenta Plutarco que este acontecimiento constituyó para César una de las principales causas por la cual fustigaba y recriminaba tanto a Catón, diciendo: «Con qué propósito había prestado su mujer, cuando era necesario que estuviera a su lado y por qué volvía a recibirla ahora, cuando ya podría prescindir de ella.»

La verdad es que Catón le cedió a Hortensio su mujer joven y linda, para volver a recobrarla rica, aun si bien ya un poco marchitada.

No obstante eso, Catón fue considerado como un hombre extraordinario y la envidia de su prójimo al sentirse imposibilitado de imitarlo, le amargó la vida entre la copa y los labios...

Distanciado cada vez más de César, después de Farsalia (9.8.48. a.C.n) y Tapso (6.4.46. a.C.n.), Catón se retiró a Utica, esperando allí el fin que se acercaba con las victoriosas tropas de César, su acérrimo enemigo.

Decidió, pues, matarse de antemano, ya que no tenía la cobardía suficiente para suplicar ni la valentía necesaria para excusarse ante una persona que nunca había sido su amigo.

Dice Séneca, que Catón, el filósofo, en su última noche se acostó, colocando a su lado dos instrumentos necesarios que lo auxiliaron en su decisión. Un libro de Platón y su espada; lo uno para desear morir; lo otro, para poder morir.

Después de haber repasado dos veces el libro de Fedón, al amanecer hundióse espada corta en el vientre y al caer de la cama, derribó una caja de instrumentos geométricos. A causa de este ruido, llegaron hasta él sus esclavos y Cleante, el médico. Éste, terriblemente conmovido, colocó las entrañas salientes en su lugar y cosió la herida. Pero Catón ya no quería vivir y al recobrarse del desmayo sufrido, apartó de sí al médico y desgarrándose la herida con manos firmes, abrió el camino de su alma, como no lo logró con el hierro.

César, al saber la noticia, despidióse de los restos de su enemigo con sincero pesar, diciendo: «¡Oh, Catón! ¡Envidio la gloria de tu muerte, ya que tú no me has querido dejar la de salvarte!»

La desaparición de este insigne hombre enlutó a la República Romana, pues Catón no necesitaba de ella, en cambio la Ciudad Eterna, ansiosa de la libertad, precisaba de él.

No podía sobrevivir Catón a la muerte de la Libertad, ni había Libertad, en muriendo Catón.

Bibliografía

Plutarchos. M. P. Cato Minor

Moralia

L. A. Séneca.


Catón el polihistor

Nunca estaba menos ocioso que cuando estaba sin
hacer nada, y nunca estaba más acompañado que
cuando se encontraba solo.
M. T. Cicero, De Off III.1.

Cada época, cada siglo tiene su genio, que por medio de sus memorables hechos, hace perenne su nombre y se perpetúa en el recuerdo.

En la época más antigua, uno de los tantos, que sobresalieron en su siglo, era el mismo Catón, quien además de insigne censor, senador, general, fue también renombrado sabio y polihistor. Se destacaba como historiador, muy experto en la agricultura y se distinguía como retórico, jurisconsulto, y también tuvo fama como filósofo y médico.

Imitando el sistema pontifical, ya a edad avanzada escribió siete libros de historia y en su libro sobre la agricultura, demuestra una erudición poco común acerca de las cuestiones del mejor rendimiento.

Referente a los esclavos rurales, su principio era el «divide et impera». Recomendaba, pues, sembrar resentimiento y rencillas entre ellos, evitando de esta manera la peligrosa concordia entre sí.

Fue Catón un distinguido retórico, y no obstante que detestaba desde el fondo de su alma a los griegos, hizo su excepción con Demóstenes, cuyas oraciones leía con devoción. Él mismo compuso muchas oratorias, entre las cuales —según Plinio— por lo menos en cincuenta casos él mismo tuvo que defenderse.

Cicerón que conocía sus oraciones, opinaba que si bien el estilo catoniano, no podía competir con la elegancia y fluidez de un Hyperides, tenía sin embargo el valor de los incipientes para dar por lo menos los primeros pasos. Catón, en su carácter de jurisconsulto escribió varias monografías, entre las cuales especialmente lamentamos la perdida del libro que compuso sobre el Derecho Augural-Pontifical y Civil.

Opinaba que si uno hace un trabajo bello, pronto desaparecerá la labor, pero queda lo lindo y eso puede hacerlo únicamente el romano, porque a éstos las palabras les salen del corazón, mientras que a los griegos les brotan solamente de los labios, por ello éstos padecen de la enfermedad de hablar, y ya no saben cómo poder callar.

Miedo y aversión tenía para con los griegos, sin embargo, con ochenta años de edad aprendía todavía el idioma que en Roma comenzó a ser la lengua de moda. Se hizo estoico, y compuso varios libros de índole moral, en la que exponía —dice Mommsen— en breves sentencias todo lo que le convenía saber a un hombre honrado de aquellos lejanos tiempos.

Disertaba sobre retórica, jurisprudencia, arte militar, pero su disciplina preferida eran las cuestiones sobre moral. En una de sus conversaciones dijo que los romanos son como las ovejas: pues una con las otras se llevan muy mal, mientras que una tras la otra se juntan en fila, y siguen dócilmente a la primera que las conduce; a veces es más comodo seguir a la otra sin pensar...

En su Moralia enseñaba que el perdón hay que solicitarlo antes de cometer la falta, y en otros pasajes nos advierte que los que roban a los particulares, pasan la vida atados, y se pudren en una cárcel vulgar, mientras que los ladrones del Estado, viven impunemente en el oro y la púrpura.

Al releer sus graves pensamientos, uno espontáneamente siente que el presente es mellizo del pretérito ...

Bibliografía:

Plutarchos. M. P. Catón.

Moralia.

L. A. Séneca.

A. Gellius. noct. att.


Diógenes, el cínico

Sunetótaton toon zóón nomizein
einai tón anthopon ...

El hombre es el único animal
que sirve para todos.
Diógenes. VI.80.

Hacia el siglo 418 a.C.n. nació en la casa del banquero Isecio, en el pueblo de Sinope un hijo de éste, a quien ante el altar de Los Lares dieron el nombre de Diógenes.

Acerca de su juventud no sabemos mucho: algunos sostienen que fue un religioso kakón porque instigado por el oráculo de Delfos, se dedicaba a fabricar monedas, hasta que lo descubrieron y tuvo que huir a Atenas. Ahí el perseguido se hizo discípulo de Antístenes, y aprendió la amarga sabiduría, que consistía en vivir como los kynikoi, es decir como los perros, despreciando las cosas humanas y ladrando diariamente contra sus prójimos.

Diógenes era rotundamente misántropo, y para él, el mundo era inmundo. El genio díscolo demostraba su despecho contra todo a cada momento. En pleno día encendía su antorcha y buscaba hombres, llamándolos en voz alta: «¡Hombres!» «¡Hombres!»; y cuando se agolpaban algunos, los dispersaba con su bastón insultándolos: «¡Hombres buscaba, no excrementos!»

Despreciaba a los matemáticos porque al escrutar el cielo no tenían tiempo de ver lo que ocurría en la tierra. De la misma manera vituperaba a los músicos, que, pulsando las cuerdas de sus liras, estaban al mismo tiempo en pleno desacuerdo con las costumbres y con la vida.

Acerca de los magistrados y los médicos, empleados en el gobierno, se limitaba a observar que «¡el hombre es el único animal que sirve para todos!» Al ver a algunos altos funcionarios, llevando al autor de un hurto pequeño, dirigiéndose a los curiosos, les dijo: «Desde mucho tiempo atrás está ya en boga, que los grandes ladrones sean los que apresan al más pequeño».

Detestaba a las mujeres, a los desviados morales y a los ignorantes. Los atletas, según su opinión, no tienen cerebro, sólo carne de cerdo y de buey. Referente a las mujeres, opinaba que la mujer es la fuente del mal: habiendo visto una vez a varias mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá que todos los árboles tengan semejantes frutos!»

Aborrecía a las que vendían sus amores, y las consideraba como vino que tiene veneno mezclado con miel. Dijo que ellas son como las reinas de los reyes: piden lo que quieren, y nadie se anima a decirles que no. A uno que le estaba suplicando a una ramera, le dijo «¿Por qué anhelas alcanzar, miserable, una cosa de la cual más vale carecer?» Al ver a un atleta olímpico, paseando con una prostituta, lo señaló en voz alta diciendo: «¡Mira cómo el gallo belicoso es llevado del cuello por una vulgar gallina!» Al hijo de una conocida ramera que tiraba piedras a la gente congregada en la plaza publica, lo amonestó: «¡Pero, hijo! ¿Cómo te atreves a tirar piedras contra tus padres?»

Opinaba que la infidelidad es la fortaleza del sexo débil, por eso estaba contra la institución del matrimonio y al ser preguntado, cuándo deben casarse los hombres, se limitó a decir: «¿Los jóvenes? Todavía no. ¿Y los viejos? Nunca». Dio este consejo, porque como discípulo de Antístenes, estaba convencido de que «el amor es la ocupación de los desocupados» y que casarse con una mujer hermosa es prácticamente lo mismo que compartirla con otro.

De corazón detestaba a los afeminados y a uno le recomendaba: «Si la naturaleza te hizo hombre, ¿para qué haces tantos esfuerzos para convertirte en mujer?» En Atenas pululaban estas tristes figuras, por ello, en una oportunidad, al volver de Esparta a Atenas dijo Diógenes: «Vengo del pueblo de los varones, para estar un poco aquí, en la ciudad de las hembras».

Diógenes no era amigo de los filósofos, y especialmente despreciaba a Platón. Éste, en una oportunidad —al ver a Diógenes lavando algunas hierbas— le dijo: «¡Si sirvieras a Dionisio, te aseguro que no lavarías ahora verduras!» Mas él acercándose a Platón le contestó con una agria ironía: «¡Si tú lavaras hierbas, serías independiente, y no un sirviente de Dionisio!»

Despreciaba a los aduladores, y consideraba héroe al que conociendo a los poderosos, tenía el valor de ni acercarse a ellos.

Platón enseñaba que el hombre es un animal de dos pies y sin plumas. Tomó entonces Diógenes un gallo, le quitó su plumaje, y lo tiro en la escuela de Platón diciendo: «¡Aquí tenéis ahora el hombre que inventó vuestro genial maestro!» La fama de Diógenes llegó hasta el rey de los macedonios. Éste, al visitar a Diógenes, le dijo: «¡Yo soy Alejandro, el rey!» y el filósofo, sin inmutarse, le replicó: «¡Y yo, Diógenes, el can!»

Al ser preguntado, por qué causa le llaman perro, respondió: «¡Halago a los que me dan algo, ladro a los que no dan, y muerdo a los malvados!»

Impresionado Alejandro por las respuestas de este hombre, le dijo: «¡Pídeme lo que quieras!» Pero Diógenes declinó la oferta diciendo: «Te pido que no me quites lo que jamas podrás darme: ¡el sol!» Alejandro quedó tan entusiasmado con la atrevida respuesta que espontáneamente exclamó: «¡Por mi padre, Amon Júpiter te digo, que si no fuera Alejandro, con gusto quisiera ser Diógenes!»

El filósofo, sin embargo, no prestó mayor atención al rey, y cuando Alejandro en una oportunidad le envío una carta a Antipater en Atenas por medio de un tal Atlías, Diógenes hizo la afamada e irónica observación: «Hé atlía tés Atlías, ton atlían to Atlía!», es decir, «¡Una carta miserable de un miserable, llegó por un miserable a un miserable!».

Alejandro tampoco carecía de la sal de Ática, y mandó al agrio filósofo un hermoso disco, pero hecho todo de hueso, Diógenes al recibirlo quedó muy disgustado, y observó con desprecio que «¡el obsequio es más bien comida para perros, que regalo de reyes!»

Pregonaba la pobreza, pero no la megarense, pues allí, para asegurar la calidad de la lana, las ovejas eran cubiertas con pieles, pero iban desnudos los muchachos. Por esta razón a Diógenes le parecía que «¡entre los megarenses más vale ser carnero, que hijo!»

A uno que le preguntó por qué el oro es tan pálido, le respondió: «¡Porque está amedrentado por la multitud de gente que lo busca!»

Dijo que el dinero es la metrópolis del mal, pero igual lo aceptaba de sus amigos y jamás pensaba en devolverlo. Dijo que el mejor vino es el añejo y ajeno, y que el hombre es libre, mientras no se deje atemorizar.

Cuando uno le reprendió: «¡Los sinopenses te condenaron al destierro!», respondió en el acto: «¡Y, yo a ellos a quedarse!» A los que lo instaban a que buscase su esclavo que se le había fugado, les respondió: «¡Fuese cosa ridícula que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, Diógenes no pudiera vivir sin Manes!»

A otro, que le reprochaba que era falsificador de monedas le replicó diciendo: «Efectivamente hubo un tiempo, en que era yo tal cual tú ahora, pero lo que yo soy ahora, tu no lo serás nunca».

En un viaje, navegando a Egina fue apresado y vendido por los piratas en la isla de Creta. Al pregonero que le preguntó qué sabía hacer, le respondió: «¡Mandar a los hombres libres!» Y al decir esto señaló con su índice al corintio Xeníades: «Véndeme a éste, porque veo que necesita un amo». El perplejo Xeníades lo compró en el acto, aunque Diógenes no quiso levantarse cuando así se lo ordenó el pregonero, sino que rio y dijo: «Me gustaría saber, ¿qué harías si vendieses pescado?»96/a

Como hemos dicho, Xeníades compró a Diógenes y lo llevó a Corinthos, donde le encargó de la educación de sus hijos. Enseñaba a éstos el silencio pitagórico y los adoctrinaba en las buenas costumbres. Consideraba que el saber para los jóvenes significa templanza, para los viejos consuelo, para los pobres riqueza y para los ricos ornato, sin el cual el acaudalado sería una simple oveja con piel de oro». Por ello detestaba a los indoctos y a un ignorante que preguntó por qué a los esclavos los llaman «Andrápodas», respondió: «¡Porque tienen los pies como los hombres y el alma como tú, que me lo preguntas!»

Enseñaba a vivir parcamente y a uno que deseaba saber a qué hora y cuántas veces conviene comer, le dijo: «¡Si es rico, cuando quiera; y si es pobre, cuando pueda!» Diógenes, que vivía como un perro, hablaba como un sacerdote y declaraba la guerra a la procacidad. A un muchacho decente, que se expresaba en forma vulgar, le advirtió que es una pena tener dentro de una vaina de marfil una espada de plomo. Tenía fe en los dioses, pues preguntando por el boticario Lysias, si creía en los dioses o no, respondió: «¿Cómo podría negarlo, si te tengo como enemigo de ellos?»

En una oportunidad le preguntó Xeníades, su amo, cómo quisiera ser enterrado. «Boca abajo», contestó Diógenes, porque aquí a poco se volverán las cosas de abajo a arriba. Dijo esto porque ya entonces los macedonios tenían mucho poder, y los humildes iban a hacerse grandes y poderosos.

Diógenes no tenía miedo a la muerte, pues opinaba acertadamente que cuando llega la hora, ya nadie siente los últimos segundos.

Murió a los noventa años y los antiguos nos trasmiten acerca de su muerte historias diferentes. Lo más probable es que el «Ciudadano del Mundo» y el «Gran Can del Mundo antiguo», dejó su aventurera vida, en forma digna de un noble perro porque el «Hijo de Ju-Piter y Can Celeste» murió de hidrofobia, mordido por un perro. Murió de la rabia que le acompañó como si fuera su sombra, acosándole durante toda su existencia cínica (kynica).


Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Quinta parte

Obra suministrada por el autor.


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