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El rebelde de Galilea (primera parte)
Escrito por los bimilenarios autores grecorromanos y judíos

Kornel Zoltan Mehesz

Segunda parte
Tercera parte


Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1996, by K. Zoltan Mehesz — Corrientes
Depósito legal No. 91003
Correctora del idioma castellano: Sra. María Josefina Feris

Índice

ABREVIATURAS

Mateo.......................................................Mt.

Marco.......................................................Mr.

Lucas........................................................Luc.

Juan..........................................................Ju.

Actus Apost..............................................Act.

Apocalipsis................................................Apoc.

nota del autor............................................N.d.a

Hab' den Mut, Dich Deines eigenen Verstandes zu bedienen!
E. Kant

Prólogo

En nuestra sencilla obra presentaremos a nuestros lectores la magnífica y perenne figura de un profeta, a quien sus contemporáneos llamaron Joshua y los griegos Jesús.

Su nombre cada vez menos recordado, reemplazado con un mar de nombres de Santos — se halla solo en los relatos de los evangelistas, y en algunos mosaicos dispersos en escritos milenarios de autores, desde un rosario de siglos ya desaparecidos...

Nuestro oficio es analizar, y también seleccionar dichos, fragmentos y mosaicos en forma armoniosa, juntando unas con otras, con la goma arábica de la insobornable lógica y verdad.

Para que la imagen sea apreciable hicimos todo lo posible, para que los colores formen un armonioso cuadro, y el cuadro luego en su totalidad nos brinde un retrato real y un perfil digno de un noble judío, que durante toda su vida pretendía ser el hijo carnal del mismísimo Dios y por esta misma causa, también el rey de un imperio celestial.

Acerca de la manera como emprender semejante obra, Sócrates nos dijo: «¡Habla! ¡Para que te vean!» (1) Un dicho que nos exhorta escribir de tal manera para que los lectores nos comprendan.

¡Intentaremos cumplir religiosamente con esta recomendación socrática, porque entre los tantos somos uno de los que sostienen que «más vale un hombre con dos ojos que un ciego con diez oídos!» (2)

En el difícil arte de relatar, si bien es cierto que «Non omne possumus et omnia...» —no podemos quizás contar todo y escribir las cosas en lo más perfecto— sin embargo, en esta cuestión nos sentimos confortados por Marco Porcio Catón, que nos dijo que «... para ser perfecto —es suficiente— por lo menos querer serlo».

Y en referencia a la fluidez de nuestra palabra, el mismo Catón nos alienta con su legado literario, diciendo: «¡Rem tene, verba sequentur!»... cuya versión en castellano diría: «¡Si cuentas con los suficientes datos de lo que debieres relatar, ten la seguridad de que sobre tu papyrus correran las adecuadas palabras...!»

Para que nuestra obra sea lo más perfecta posible, hemos seguido fielmente lo recomendado por Aristóteles, quien nos dijo «... si tú quieres que tu obra sea perfecta, entonces dí lo que debes decir de la manera como debes decirlo!»... Y referente a este modo de qué decir y cómo decirlo, este bimilenario historiador nos advierte que «... el historiador no inventa, como el poeta, sino relata, solamente, lo que no se puede, ni jamás debe callar, ¡la VERDAD! Es el único deber del historiador, tener bien en cuenta que «jamás debe conmover, sino solamente convencer con veraces argumentos».

Nuestra obra, por esta misma razón, está destinada solamente a los «Sedientos de la Verdad», de la irrefutable verdad, pues el lector que vive en nuestro hipercrítico y tecnificado presente no puede, ni debe permitir hundirse en una oscuridad intelectual, porque hasta el día de Hoy — «¡Dies diem docet!», exige para sí el derecho de informar y de ser maestro del inescrutable Mañana.

Para el historiador, que con su relato debe convencer, es imprescindible recurrir siempre al auxilio de la lógica, y seguir fielmente con el postulado Gelliana, que nos advierte que un historiador, si quiere ser objetivo, jamás debe ocultar nada, porque lo callado y omitido hoy, el infinito tiempo, que lo ve y oye todo — en el momento menos esperado, pregonará palam et publice todos sus secretos... (3)

Referente a las demás técnicas empleadas en nuestra investigación, cabe aclarar aquí, que para analizar los hechos y dichos de una antigüedad ya de veinte siglos, tuvimos que recurrir también a las cristalinas fuentes de los antiguos autores judíos y grecorromanos los cuales fueron contemporáneos de nuestro profeta, Joshua.

Y, aunque el llamativo silencio de los antiguos autores intenta cubrir con el velo negro del olvido la existencia de nuestro profeta de fama perenne y, aunque los errores y contradicciones de algunos libros canonizados nos pretendieran refutar con el dicho de Roma locuta, causa finita, en base a las fuentes, contamos con el material necesario para poder hacer un análisis lo más profundo y claro posible, porque «¡el Faro de la Ciencia termina con la oscuridad antigua y medieval!»

Dice Séneca que muchos mienten para engañar; otros mienten involuntariamente porque aceptan errores canonizados, defendiéndose con el dicho de «Noli me tangere», porque soy dogma...

Como historiadores hemos preferido decir siempre la verdad, aunque esto eventualmente signifique ser tachado con el epíteto de herético, cuya versión —según la opinión del inteligente cardenal Newman— significa «¡Decir la verdad, antes del tiempo!...»

Tuvimos que correr este peligro cumpliendo fielmente con el principio Polibiano (4), según el cual: «¡Aquel que asegura cosas no solo falsas, sino hasta imposibles, cometerá una falta grave e inexcusable! Hay que decir solo la verdad, aunque esto pudiera despertar el desagrado de algunos contemporáneos en el Presente.» (5)

Tuvimos que pasar por alto este riesgo, porque nuestra «Regla Lukiana» (6) nos recomienda respetar no solamente a los lectores del presente, sino también y muy especialmente a aquellos que leerán nuestra obra en un muy posterior futuro...

Referente al empleo y análisis de los datos, relatos y documentos, ofrecidos por la lejana antigüedad, hemos elegido el método de Zeuxis, imitando fielmente el ejemplo de este tan afamado pintor de la ciudad de Krotona, en la llamada Magna Grecia, sur de Italia.

Acerca de este pintor nos dice M. T. Cicerón que los krotonianos le encargaron hacer un retrato de la Diosa Hera y, para que tuviera la oportunidad de elegir entre varios modelos, presentaron ante Zeuxis las más hermosas vírgenes de la ciudad.

Dícese que Zeuxis eligió entre todas a cinco bellezas, pues el pintor no creyó encontrar en un solo cuerpo todas las condiciones necesarias para pintar una hermosura realmente perfecta...

Inspirado por este principio tan acertado, nosotros en nuestra obra tampoco hemos creído hallar la absoluta claridad, la lógica y la verdad en los escritos y canonizados relatos, llamados Evangelios, y por ello tuvimos que recurrir al auxilio de las magníficas obras de sus contemporáneos: Josephus Flavius y Philo de Alejandría, completándolas con los relatos no siempre muy objetivos de autores egipcios y grecorromanos. Tratándo todas estas fuentes con la pinza de la lógica, esto nos permitió ver las cosas con ojos de águila y cumplir con el postulado de Plinio, que nos recomienda: «¡Relatar cosas dignas de ser escritas y escribir cosas dignas de ser leídas!»

El arte que profesamos nos obliga a vivir en una soledad monacal, con muros de silencio muy altos, meditando largamente, para poder rescatar los secretos de los rollos y demás pergaminos que nos legó la inmensamente rica antigüedad...

Semejante tarea nos consumió mucho tiempo, hasta demasiado tiempo, porque en esto no coincidimos con el emperador Augusto, ni con otro pintor griego de mucha fama...

Augusto, el primer emperador romano, solía decir que «... se hace muy pronto, lo que se hace muy bien!» (7), y al parecer, pensaba lo mismo el pintor griego Agatarkhos, porque éste se jactaba de soler terminar muy pronto sus cuadros. Zeuxis, su colega en este arte, al escuchar esto se limitó a decir: «¡Yo, para hacer un cuadro, necesito mucho tiempo!» ¡Y lo que él dijo era muy acertado, porque Plutarchos nos dice, que la prontitud en las obras no les da la solidez necesaria, y menos todavía la belleza perfecta, sino muy por el contrario! Hay que tener bien en cuenta que el tiempo y el trabajo que se gasta en la ejecución de una obra se recompensa luego con la perennidad, asegurando su permanencia para el curioso futuro.

No somos pintores como Agatarkhos, pero sí intentaremos seguir el ejemplo de Zeuxis. Facilitando la orientación temporal del lector, hemos considerado necesario —y hasta imprescindible— interpolar en nuestra obra como introducción una breve historia del valiente pueblo de Judea, además, ideas de grandes personalidades cuyas obras y dichos habrán podido ser fuentes para nuestro profeta Joshua.

Juntamos todos estos mosaicos de tal manera que el cuadro tenga las dimensiones y la profundidad necesaria para facilitar al lector la comprensión de lo analizado y expuesto para poder sacar luego conclusiones correctas.

Para asegurar el éxito de esta finalidad, tuvimos que cometer el virtual error de repetir, porque opinamos como Séneca, que «La Verdad brilla tanto más, cuantas más veces ha pasado por nuestras manos!» (8)

Plutarchos nos dice que «... la pintura es una poesía silenciosa, y un libro es una pintura que habla!» (9) y por esta razón nos permitimos citar a este mismo autor, que nos dice que el pintor Apolodoro tenía la costumbre de escribir sobre sus cuadros el dicho:

»¡Todos pueden exponer, pero solo algunos saben imponer!»

Nuestro más íntimo deseo es que la obra que presentamos al lector sea una acabada pintura, que habla por medio de un cuadro de mosaicos multicolores, señalando las tinieblas de una serie de mitos y fraudes, facilitando al lector ver, desde la bimilenaria antigüedad con una claridad olímpica, la augusta figura en su época rebelde; un hombre extraordinario, a quien nosotros lo conocemos y llamamos con el nombre de JOSHUA, EL REBELDE.

Los pasos que nos llevan al glorioso pasado, investigaciones en que se confunde el día con la meditativa noche (10), nos permitieron descubrir las olvidadas joyas del Pretérito, las cuales intentaremos presentar en las páginas que siguen...

Introducción

Joshua, más conocido por su nombre griego Jesús, era un judío de pura cepa galileana, que nació en una aldea de Baja Galilea, no mencionada por ningún autor grecorromano o judío.

Nuestro profeta vivió en una época muy turbulenta, en la que le tocaba el turno de ser Señor del Mundo. Un imperio, que con su insaciable deseo de querer tener y dominar todo, resultó ser un lejano descendiente de una Troya pisoteada, que llevaba el soberbio nombre de Roma.

Sus invencibles armas seguían pisoteando los talones. Su insuperable —y no siempre justo— derecho, acompañado con su exquisita cultura cívica heleno-romana, seguía arrastrando consigo su Teocracia ya en plena decadencia, que humanizaba a sus dioses, y divinizaba a los hombres, seres humanos demasiado humanos.

En ese mundo, más de una vez pululaban los Hijos de Dioses, para diferenciarse por lo menos de esta manera perversa de los demás...

El adúltero dios Apolo se hizo padre de Pythagoras, de Platón y también del emperador Augusto.

Alejandro Magno no era hijo de Philippo de Macedonia, sino del dios Amon Krio-prosopos, dios misterioso y oculto, escondido en su santuario y oráculo en el desierto de Libia. Cuando Alejandro visitó el oráculo, Dios le reveló este gran secreto por intermedio de sus sacerdotes ventrílocuos.

Alejandro estaba convencido de ser un hijo de Dios, hasta que en una oportunidad —cabalgando alrededor de una ciudad sitiada— recibió una flecha en su pantorrilla. Los insoportables dolores le quitaron el sueño y le dijo dolorido y desilusionado a su médico: «¡Todo el mundo sostiene que soy el hijo del Dios Amon, pero mis dolores me dicen que solo soy un pobre ser humano!».

El mundo de nuestro Joshua es inseparable de su época, por ello —creemos que— es imprescindible presentar con el título de «Introducción» esa tan peculiar mentalidad theokratica de estos lejanos tiempos.

Luego de relatar el ambiente político religioso, brindaremos al lector —en una breve reseña— una concisa historia del pueblo judío junto con la topografía y etnografía de sus provincias, con el único fin de detenernos luego en la historia de Galilea, y allí también en una casi anónima aldea llamada Nazaret.

Después de nuestra introducción, tendremos el honor de contar la real historia de nuestro Profeta, desprovista de toda clase de mitos que suele inventar el siempre benigno Presente, para quedar bien con el lejano y misterioso Pasado.

Buscaremos la verdad en sus verdades, analizaremos las doctrinas de Joshua, junto con sus hechos y dichos, jamás cubiertas con las mortajas de los infinitos tiempos...

¡El temor fue en el mundo el origen de los dioses!

Petronius: frgt. V. (11)

En las épocas más lejanas de la antigüedad, los filósofos más eximios enseñaban que el ser humano y hasta los animales tienen un cuerpo con un «motus inmanente» que le permite moverse, y un timón, un ser incorporal, llamado «alma»...

Todos los seres vivientes cuentan con este timón, pero —según la muy discutible opinión de Sallustio— solo el hombre es capaz de levantar su mirada hacia las altitudes, y al contemplar la inmensidad del cielo, comienza a sentir la grandeza de su propia pequeñez ante la magnificencia del «Calordario Sol» y la «Luciferente Luna» de las frías noches, sembradas con millares de estrellas, llamadas «theis» — dioses...

Toda esta magnificencia engendraba en el hombre un sagrado terror, aprovechado o más bien convertido en una obediencia ciega por aquellos hábiles sacerdotes, los cuales, autocalificándose como intermediarios entre los Dioses y los Humanos, crearon un puente invisible entre las dos Eternidades...

Fueron siempre los sacerdotes los que velaron celosamente para que no se rompiera este hilo tan delgado, en cuya punta se aferraba el creyente sin saber qué es el sueño y qué es la muerte, esperando y «escuchando el silencio de su Dios»...

El Sysiphus de Eurípides sostiene —al igual que Kritias— que toda esta divinidad antigua, condensada en una Theodice pagana, fue inventada por los precautos conductores del Estado, a fin de evitar que los que cometen faltas o delitos, jamás olviden que encima de ellos hay un ser superior, armado con truenos y relámpagos, que desde arriba ve y oye todo y nunca demora vengarse... (12)

El mismo Cicerón sostiene que todo lo inventado acerca de los dioses es una obra sensata de seres sabios, destinada a todos aquellos que resultan ser insensibles ante los postulados de la razón, sea el temor de la religión lo que los obligue a cumplir con su deber...

¿Acaso —pregunta Cicerón— no fue esta idea tan sana la verdadera raíz y causa de todas las religiones? (13)

Esta no es solo la opinión de Cicerón. Polibio Megalopolitano agregaba todavía mucho más... Él nos dice que es precisamente la religión la que sostiene las columnas del imperio romano. Su religión tiene un extraordinario poder e influencia, y no solo en los asuntos de particulares, sino en los asuntos del Estado mismo, que toda ponderación pudiera salir corta. (14)

La religión fue introducida a causa del mismo pueblo. ¡Pues, si fuera posible que un estado se compusiera solamente de sabios, tengo entendido, que no sería necesaria semejante institución, pero como el pueblo se comporta como un animal inconsciente, conducido solo por sus instintos y por sus pasiones irrefrenables, dominado por la ira y la violencia, resultó ser una impostergable necesidad de refrenarlo por medio del temor de las cosas que no pueden ver, pero si los puede horrorizar!... «¡Por esta misma causa introdujeron en los pueblos antiguos las ideas acerca de los dioses y penas del infierno!» (15)

Todos estos conductores del estado sabían aprovechar y hasta profundizar hábilmente el terror religioso del pueblo; a la vez que fomentaron el poder teocrático de los colegios sacerdotales, que inventaron la «theología del terror», por medio de la cual lograron atar o más bien «re-ligar» las invisibles manos de la conciencia. De esa manera nació la Religión Romana, convirtiendo la fe en un eficiente medio que aseguraba el fiel cumplimiento de una de las finalidades más sagradas del pueblo: mantener la paz interna y de esa manera asegurar la estabilidad del estado mismo.

La correlación entre el estado y la religión es como la causa y el efecto..., pues el estado es tan anterior a la religión, como el pintor y sus cuadros...

La religión del miedo levantó luego su grito de socorro; los creyentes querían conocer este Dios, obtener su clemencia pero ante todo su protección.

Para obtener esta gracia, los creyentes tenían que recurrir a los sacerdotes, los cuales para este fin desplegaron una tri-actividad impresionante.

Como buenos eclécticos, enseñaron la teología egipcia de la protección. (16) La forma y manera de una comunicación con Dios, y a la vez, facilitaron al pueblo poder ver en lo que creían por medio de la teofanía, demostrando que los dioses aparecen entre los humanos, y para no olvidarlos, les hacen imágenes, para luego poder adorar y venerarlas...

El pueblo de los creyentes, una vez domado por el temor a sus dioses, los sacerdotes ya no tenían inconvenientes para interpretar la inapelable voluntad divina, saturada con la propia muy humana, y crearon de esta manera lentamente una teocracia todopoderosa, que fuera de Roma, tenía su par solamente en el lejano Oriente, en Judea...

La theologia de protección

Si bien es cierto que el pintor es anterior a sus cuadros y el estado tiene la misma situación frente a su religión, en el caso de Roma la situación era a la inversa, porque su religión era importada y en consecuencia era más antigua que su fundación.

Su fe importada era una policromática masa de creencias que llegaron a Italia junto con los pre-helénicos, Pelasgos, Oenotrios, Arcadios, y lentamente enriquecida con los elementos religiosos de los demás pueblos vecinos, amigos y enemigos.

De esta manera los romanos crearon su propia theodicea de dioses y theologia de creencias, los cuales, una vez purificados y nacionalizados, fueron incorporado en el Gran Santuario Romano a fin de servir exclusivamente a la omnipotente «utilidad» de la política romana.

Antes de tratar esta cuestión de suma importancia, la religión como factor «utilitas», consideramos necesario subrayar aquí, que en el fondo, como un postulado natural de la razón, en casi todos los pueblos en la más lejana antigüedad existía la idea de un monoteísmo. Pero en Roma, por razones muy específicas, el estado no podía brindar la exclusividad a esta idea, porque estaba invadida por un mar de dioses alexikakos desde Helade y también desde la Magna Grecia en el sur de Italia. Lo único que Roma podía hacer, entre tantos dioses, era dar la primacía al representante del Calordario Sol, al Padre Auxiliador, llamado Ju-Piter. (17)

Esta doctrina de un categórico krypto-monoteísmo se hizo todavía más convincente, cuando el pitagórico Alkmeo de Krotona adoctrinaba que la presencia de este único Dios ipso facto también está presente en los demás dioses, como el Monas, el número uno es omnipresente en todas las magnitudes posibles.

Sin embargo, la necesidad de una imprescindible protección, lentamente creó un policromático politeísmo, para que esta multitud de dioses inferiores, llamados alexi-kakos (protectores que alejan el mal) —en nuestro presente llamados Santos— ofrezcan su protección a los humanos. Era esta protección divina específica y limitada, pues el dios supremo, Ju-Piter o Zeus, asignaba a cada uno de estos dioses inferiores solamente una determinada parte de su omnipotencia.

En el hombre primitivo siempre existía —hasta en nuestro presente— el inocultable deseo de acercarse, comunicarse y hasta unirse con sus dioses en cuerpo y alma y —para poder llegar a este máximo grado de unión con sus Dioses— el hombre comenzó a «humanizar» a sus inalcanzables divinidades. (18)

Para cumplir con este irrefrenable deseo humano, los dioses bajan primero de los infinitos cielos a la cima del Olimpo y desde allí siguen descendiendo —ya en forma humana— y eligiendo las más lindas mujeres. Se hicieron padres de hijos de dioses (19) como por ejemplo Pitágoras, Alejandro Magno y Platón, aunque este último —no obstante su origen divino— no tenía inconveniente, palam et publice en pregonar, que «... ningún Dios se mezclará jamás con los hombres.» (20)

Los romanos no se dejaban impresionar mucho por semejante theoria platónica, porque el categórico imperativo «Utilitas» les permitió —hasta exigió— la posibilidad de poder ser hijo de Dios, para diferenciarse. Casi todos sus grandes hombres tenían por padres solamente dioses. Para M. Tullio Cicerón, los Scipiones Julio César, el emperador Augusto y luego a todos los demás emperadores ha sido reservado el privilegio de trocarse directamente en un Ser divino. ¿Pero a qué precio? Tenían que adquirir la divinidad con la tan codiciada inmortalidad por medio de la muerte. Condensado este postulado en el afamado antanaclasis: emit morte inmortalitatem: «por medio de la muerte adquirió la inmortalidad»... Nos dice Suetonio que el emperador Vespasiano —en Egipto declarado y anunciado Mesías del mundo— cuando se enfermó muy gravemente y ya sentía acercarse la muerte, exclamó en la presencia de sus hijos Tito y Domiciano: «¡Ay de mis hijos! ¡Me parece que pronto tengo que ser Dios!» (21)

El resto —la gente sencilla— tenía que contentarse con la dicha de poder solo contemplar el lejano cielo, sin poder tocarlo y hacer escribir —con cierta resignación— sobre su epitafio su currículum vitae en siete pocas palabras: «¡No era, fui, y ya no estoy!».

La gente, que razonaba, opinaba así porque sabía —y si no sabía por lo menos sentía— que los dioses humanizados difícilmente cederían a los humanos divinizados lo más precioso, lo que tenían: la inmortalidad... Lo gracioso es, que hasta esta virtud tan divina —athanasia— fue inventada por los humanos... Es decir, por los sabios de la India y por los caldeos de la misteriosa Babilonia. (22)

La inmortalidad —ese don de dioses— en realidad fue descubierto por aquellos hombres que no podían, ni siquiera querían entender, que la vida es solo un estrecho y demasiado corto puente, bañado por la luz del Dios Sol, un puente que une dos eternidades.

Después de que se sostuvo que Dios creó al hombre a su semejanza, fue fácil para los creyentes imaginar a los dioses con su propia forma humana, y para poder contemplar en lo que creían y poder quedarse con ellos los perpetuaban en estatuas, las cuales no obstante que fueron solo barro cocido o madera pintada, la gente sencilla les hablaba y veneraba (23) y, cuanto más primitivo e ignorante era el creyente, tanto mejor era para sus sacerdotes venales, o políticos embaucadores... (24)

Al lado del «Krypto—Monoteísmo» apareció el impostergable postulado de la «Utilidad Pública», el Politeísmo; una multitud abigarrada de dioses, todos al servicio incondicional del hombre. Dioses cuya venerabilidad lentamente se perdió en la cotización por causa de la demasiada venabilidad de sus sacerdotes.

La corrupción religiosa —tanto en Roma como en Grecia, sentó sus reales... , y la relación entre dioses y humanos se exteriorizaba por medio de sacrificios, detrás de los cuales se escondían los «¡Do, ut des Facio, ut des!»: ¡Te doy para que me des! ¡Te doy para que me hagas!¡Quasi-contratos humanos, demasiado humanos! (25)

El «Sacrum facere», hacer un sacrificio, para el hombre que suplicaba a su Dios protector para conseguir algo, en la mayoría de los casos, resultaba ser un verdadero sacrificio en un amplio sentido de la palabra. Los cobradores de los dioses no conocían la palabra misericordia, y aquel que pide, debe saber renunciar a algo. Aquellos infelices que no tenían nada para sacrificar podían ofrecer un agradecimiento anticipado, junto con su amor —no siempre sincero— pero obligatorio (26). Los dioses protectores, los llamados «Alexikakos», siempre fueron exigentes. Acerca de esto nos pudieran contar largas historias Iphigenia en Tauris, los Pelasgos, los inhumanos cartagineses y todos aquellos pueblos, que honraron a sus dioses, quitando a otros seres la vida, lo más precioso que tenían (27).

Los dioses protectores, cada vez más comerciantes, comenzaron a perder su venerabilidad por causa de su exagerada venabilidad, aunque la verdadera culpa de esto la tenían los sacerdotes, pero la desilusionada gente castigaba solamente a sus inocentes dioses. Para comprender semejante situación, basta recordar un verso de Teokritos, que antes parece ser una maldición, que una oración piadosa:

»Si cumplirás lo solicitado, mi Dios amado,

¡Tu gente será amable contigo!

Mas, si no otorgaras la gracia, que te pido

Entonces mil uñas desgarren sin piedad

¡Tu cuerpo tierno!..» (28)

Detrás de toda esta teología de protección se escondía una repudiable compraventa de los favores, fomentado por los omnipresentes sacerdotes, los únicos beneficiarios de semejante santo comercio.

Por medio de la interpretación de la inapelable voluntad divina, los sacerdotes de cualquier país lograron crear un extraordinario poder teocrático, que más de una vez podía llenar las páginas de la historia, cambiando según su capricho los inseguros rieles del destino.

Nosotros, que tenemos la dicha de vivir en el presente, y que conocemos las consecuencias enmarañadas de las no siempre acertadas intervenciones de los citados sistemas teocráticos, consideramos, que sería una ardua tarea desovillar esa complicada madeja. Por eso, nos parece más conveniente cortar con la espada filosa de la prudencia ese nudo gordiano de la historia, pues solo en una búsqueda vana de soluciones podríamos llegar al mismo resultado que halló el gran filósofo Simonides.

Cícero nos comenta que éste fue interrogado en una oportunidad por el dictador de Siracusa, Hieron, con esta pregunta: «¡Simonides, tú que eres tan sabio, dime entonces ¿qué cosa es Dios?!»

Simonides le pidió entonces un día de tiempo para deliberar sobre esta cuestión. Al día siguiente, Simonides pidió esta vez dos dioses más. Y como duplicaba el número de los dioses que necesitaba para deliberar, Hieron se molestó por tanta demora y un día preguntó al filósofo, por qué razón se dilata tanto en contestar una repuesta adecuada.

Entonces Dimonides le dijo: «¡Señor! ¡Ocurre que cuanto más lo considero, tanto más oscuro me parece!» (29)

¡El derecho de la Religión es más fuerte, que la del Magistrado!

T. Livius. libr.47

¡La Teocracia hace del hombre un funcionario de Dios!

E. Renan: Marco Aurelio

La teocracia en la Antigüedad

La relación que existía entre el derecho y la religión dio la primacía a la religión, porque según la muy autorizada opinión de M.T. Cícero: «¡La ley emanaba de la voluntad de los dioses!» (30).

Lo que Cicerón nos dice no era una novedad en su tiempo, porque en esas épocas tan lejanas existieron numerosos antecedentes, especialmente en lo referente a la legislación. En esos tiempos antiguos, todos los grandes legisladores tenían la inveterada costumbre de consultar previamente a sus respectivos dioses.

Minos, en la isla de Creta, subía cada nueve años al monte de Ida para pedir consejos a su dios; con la misma finalidad escaló Moisés el Sinaí.

Zamolxis, el legislador de los Getas, consultaba a su dios en una cueva de los Cárpatos en la Transilvania Dacica.

El más inteligente de todos fue quizás el sabino Numa Pompilio, quien sin escalar montañas, prefería consultar a la muy cercana y bella nimpha Egeria, en vez de solicitar audiencia al siempre malhumorado Ju-Piter.

El Santo Zamolxis, durante sus largos viajes alrededor del mundo, había aprendido de memoria los caminos y sendas que podían conducir al curioso hacia los más variados dioses. Él aprendía a fondo la sabiduría de los sacerdotes egipcios, los secretos de los pitagóricos, y cuando regresó a su patria en la Dacia de Transilvania, quedó como un santo solitario en una caverna de la «Montaña Sagrada» de los Cárpatos.

Él se comunicaba con el rey de los Getas solo por medio de los funcionarios, los cuales recibieron de sus consejos siempre acertados y útiles para el pueblo de Dacos. Zamolxis, el santurrón de las montañas, resultó ser de esa manera el creador de una institución muy especial y duradera. A partir de esa fecha, todos los reyes de los Getas tuvieron a su lado primero un Santo, pero luego ya un «Hombre-Dios», que no evacuaba consultas, sino transmitía sus órdenes. El rey solo se limitaba a transmitir lo «Revelado» a su pueblo.

De esa manera se creó la Teocracia casi absoluta, y los reyes de los Getas sufrieron la misma degradación que posteriormente algunos Califas en el Oriente. (31)

En la antigua Roma, los privilegios otorgados al Flamen Dial, el supremo sacerdote del Dios Ju-Piter, demuestran con claridad olímpica, que el lema: «Ecclaesia praecedit», tiene raíces milenarias, y ratifica también, que siempre el Jus tenía que doblegarse ante la artificialmente creada omnipotencia de la religión, — jamás viceversa. (32)

La teocracia religiosa, en su función de religión del Estado, quedó exclusivamente en las no siempre santas manos de los sacerdotes, los cuales, en su carácter de integrantes de las clases superiores, sabían siempre cómo aprovechar de la religión; no solo la emplearon como un freno sagrado para sujetar las desenfrenadas protestas de la multitud (33), sino también la religión les facilitaba intervenir descaradamente en las instituciones políticas. Basta recordar, que hasta en las elecciones de los Magistrados era una inevitable obligación, consultar previamente la voluntad divina, detrás de la cual se escondía en realidad la decisión de la teocracia. De esa manera, la religión, lentamente identificándose con el Estado mismo (34), ipso facto obtuvo la protección estatal para sus muy especiales intereses. (35)

Semejante situación engendró la evidente conversión e inversión de los fines y medios (36) en beneficio de todos.

¡Los dioses no hablan! Los únicos que saben interpretar la voluntad divina —por no decir la muy propia— fueron y son los sacerdotes, los cuales, para asegurar los intereses propios, gracias a su poder teocrático, resultaron ser siempre más fuertes que los Magistrados. (37)

El poder teocrático, comparable con una peste, se propagaba como el fuego sobre un campo árido entre todos los pueblos de la antigüedad, y jamás lograron extinguir su fuego, pues como un legado nefasto apareció también en nuestro presente. Este poder facilitaba a los sacerdotes no solo privilegios, las ínfulas de la inmunidad, sino también daba vía libre a la impunidad, brazo a brazo con la soberbia, que no tenía su par.

Solo la teocracia podía permitir al sumo sacerdote de Meroe enviar una «orden divina» al rey Ergámenes, para quitarse la vida. Sin embargo, Ergámenes, un rey culto y gran experto en la filosofía griega, cumplió fielmente con lo ordenado por la voluntad divina, aunque a la inversa; pues en vez de quitarse la propia vida, ordenó la inmediata ejecución del insolente y soberbio sacerdote teócrata. (38)

En otras naciones en la antigüedad no existían problemas como el de Ergámenes. Los sacerdotes conocían perfectamente las reglas del juego y los límites, y gracias a su perspicaz prudencia, lograron no solo adquirir, sino también conservar su poder teocrático. Solo Roma y Judea tenían su par en la historia.

Los sacerdotes de estos pueblos coparon con su poder religioso la vida del ciudadano y la del estado. Estaban omnipresentes en todas las manifestaciones de la vida cotidiana, tanto en la paz, como también en la guerra, pues —en la mayoría de los casos— contaban con el poder decisivo en asuntos bélicos.

Por medio de sus decisiones —cubiertos por el manto sagrado de la voluntad divina—pronunciaron la inapelable regla de una conducta preescrita, en la que el siempre presente error humano y la corrupción en sus conductas les acompañaban como la sombra, pisándoles los talones. Los abusos teocráticos, cometidos por la corrupción de los sacros colegios, resultaron ser como las incesantes olas del mar que cavan las rocas. ¡Los mismos sacerdotes cavaron las rocas de la fe! ¡Y esto era doblemente peligroso, pues precisamente la fe era una de las columnas que mantenía y hasta garantizaba la solidez del estado mismo!

El hombre se aferra a sus dioses; les presta su fe y si es posible, también les obedece, pero jamás los perdonan si se equivocan o cometen el imperdonable error de hacerse demasiado humanos. Por causa de los errores de los dioses, los sacerdotes tendrán que pagar un alto precio, pues perderán su poder teocrático, sin el cual su institución sagrada se derrumbaría como la estatua de bronce con pies de barro.

El derrumbe del poder teocrático tiene el efecto dominó. También el pueblo perderá su fe y los dioses irritados se vengarán con guerras (39) y con la típica Justicia Divina castigarán a los inocentes, para vengar la deslealtad de sus corruptos sacerdotes. (40)

¡El peligro nos quita el tiempo para deliberar, y la urgencia nos obliga a actuar rápidamente!

T. Livius: ab urbe cond. IV.30.

Export e import de los dioses

Los pueblos latinos recibieron ya en la cuna de su historia (41) a sus dioses importados desde Grecia, junto con la preciosa virtud de la prudencia, que les auxiliaba a saber esperar con paciencia y elegir siempre lo mejor e indispensable.

Sallustius nos dice que «a nuestros mayores nunca les faltaba la prudencia, ni el valor, ni la sabiduría de imitar o aceptar lo que a nuestros conductores les pareció acertado referente a las costumbres, las leyes y la religión». Efectivamente los pueblos latinos, especialmente los romanos, cuando hallaron en el exterior algo que les parecía útil, no les importó ni el lugar, ni la procedencia; lo trasladaron e incorporaron para su propio uso, diciendo: «¡Lo bueno y útil desconoce las fronteras nacionales!»(42). En esta cuestión ni siquiera la columna sagrada del estado, la religión, fue una excepción.

Los romanos, al ensanchar los límites de su territorio, actuaban en cuestiones de la religión con sorprendente inteligencia. En cuanto supieron conservar la «Religión Patria», la ampliaron y completaron con las normas y ritos de las religiones de los pueblos vencidos. Lo hicieron para reforzar de esta manera la propia religión, transformándola en una religión «unificante».

Una religión nacional de esa manera completada, además de perfeccionarse, podía fomentar y profundizar la pacificación de los pueblos vencidos, brindando precisamente la religión para el estado, y además la seguridad y la posibilidad de ensanchar sus fronteras y convertirse en un imperio.

Para conquistar a los dioses de los pueblos vecinos, los romanos recurrieron al auxilio de las prebendas. A la patrona de la ciudad vecina y enemiga Vei prometieron mejores sacrificios... Podían hacerlo, porque ya sabemos que los dioses en estas épocas tan lejanas nunca fueron mejores que sus venales Pontífices. Estos dioses ignoraban la palabra lealtad y se dejaron corromper por promesas, que ni siquiera fueron cumplidas. (43)

En caso de grandes calamidades públicas, no vacilaron en recurrir al auxilio de los dioses de sus vecinos, diciendo que «El peligro nos quita el tiempo para deliberar y la urgencia nos obliga actuar rápidamente» (44).

Durante una peste que asolaba la población de Roma, el senado decidió enviar una delegación a Grecia para traer la imagen del Dios—médico Asclepiades de Epidauro.Y durante el reinado del emperador Antonio Pío (138-161), los dueños del mundo consultaron a la sacerdotisa de la Diosa del Manto Celeste en Karthago, porque esta divinidad tenía la fama de que «solía» enunciar de vez en cuando algunas verdades. (45)

Caracalla, al invernar con su ejército en Edessa de Mesopotamia, emprendió un largo viaje a Carras en Asiria para venerar al «Dios Luno» (46), que —al parecer— no estaba dispuesto a brindar su apoyo a este emperador, porque Caracalla había sido asesinado durante su regreso a Edessa.

La hegemonía helénica sobre la religión de los pueblos latinos comenzó lentamente a declinar —no obstante haber tenido una situación privilegiada— y por la puerta que dejó abierta, comenzaron a entrar los nuevos y místicos aires del lejano oriente (47). Aires, que llegaron junto con los soldados: con heridas en sus pechos, pero en sus corazones nuevas ideas y religiones de ritos misteriosos. Religiones nuevas y hasta más convincentes que las propias, y el pueblo se dio cuenta de cuál era la causa de una risa cómplice de sus augures, cuando éstos se encontraron en la calle. (48)

La importación de la Idea Madre, desde Oriente, fue recomendada por los libros Sybillianos. Los libros de esta profetisa griega en Cumas abrieron la puerta ancha para las divinidades orientales hacia al centro del Mundo Antiguo (49). Los romanos enviaron también legados al rey Attalo de Pérgamo, que les condujo a Pessinunta en Phrygia, y allí fue entregada a la delegación una piedra negra sagrada, que los habitantes la veneraron como la diosa madre de todos los dioses (50). Esta «Lapis Nigellus» ha sido importada por causa de una lluvia de meteoritos. (51)

Donde hay una Madre Magna y Celeste, no le va a faltar el hijo, y no obstante que Cybeles era virgen, ella tuvo un hijo, Sabacius, fervorosamente venerado por sus creyentes; «¡Evoi Saboi! Hijo de Cybeles!». (52)

¡Todas estas theologias orientales (Cybeles —Baal Adonis de Siria, Osiris de Egipto— Mitra de los persas) florecieron en la misma época y fueron religiones avanzadas, las cuales basábanse en una Trinidad sotero lógica, que consistía en un Padre creador, Madre progenitora y un hijo (Horos, Mitra, Joshua) que actuaba como «Alexandros» = Redentor del mundo!

Estas Trinidades fueron polarizadas, pues el Padre, el Bonum Absolutum estaba enfrentado con el polo opuesto, con el Malum Necessarium (Baal-Moloch, Set, Satanás en Siria — y el Dia—ballomai de los Helenos).

En la muy ecléctica Roma ninguna de estas religiones faltaba a la cita del honor. Sin embargo, en la recepción de estas religiones orientales, que vinieron con los soldados de las legiones desde el Oriente, Roma era muy selectivo (53): pues al sentir el peso de tantas religiones importadas, comenzó a desmoronar la base de su fe y, en vez de aferrarse a algunas de las religiones importadas, intentó curar la propia, agregando los mejores elementos que llegaron desde afuera. Semejante intento quedó sellado por la frustración y la incipiente desilusión — convirtiéndose lentamente en una indiferencia— que solo cedió ante las insistencias de religiones mono-theisticas y soterológicas. Estas religiones fueron más que severas, pues exigieron una rigurosa catarsis, pero a cambio de una protección terrenal, prometieron algo mucho más importante —aun inseguro—: la supervivencia después de la muerte, la inmortalidad. Estos cultos monoteísticos aparecieron como un ansiado rayo de sol que atraviesa las nubes preñadas de tormentas, y pidieron entrada para despejar las frías neblinas de una ya cada vez más progresiva indiferencia en el poli-theismo de los hundidos pueblos. (54)

Con la incorporación de las ideas monoteísticas, Roma tenía dos clases de religiones. Una era muy clara y entendible, producto de una especulación filosófica. Precisamente por su demasiada transparencia ésta no podía servir a los fines ni a los intereses del estado; hasta por su carácter especulativo podía ser directamente perjudicial. A los no siempre santos intereses del Estado teocrático podía servir solamente la otra «noli me tangere» oscura religión, que se basaba en una fe ciega, que no admitía ni discusión, ni apostasía. Esta oscura, mística y precisamente por ello fascinante religión nacional resultó ser la mejor religión para engañar al vulgo (55), para poder manejar las masas sin problemas (56). Esa pigra masa de ignorantes podía ser manejable solo con el auxilio de esta sencilla religión patria (57).

La conducción estatal —junto con la casta sacerdotal— tenía muy bien en cuenta la gran utilidad política que derivaba del «Temor a los dioses» (58). Sabían perfectamente que el vulgo ignorante solo se doblega ante los dioses, y el vacío, que podría acarrear la importancia de religiones más claras y especulativas, pudiera producir primero una confusión y luego una indiferencia, que culminará en la peligrosa incredulidad de un ateísmo.

Los filósofos griegos, al analizar a fondo su propia religión, sus discusiones acabaron en una incredulidad socrática, que luego comenzó a propagarse como una peste epidémica.(59)

El pueblo, invadido por una ola de dudas, comenzó a desatar la ligadura de la re-ligion, frenada solamente por la conciencia. Frenada mas no paralizada, pues el proceso de una lenta, pero progresiva desintegración ya no podía ser detenida, porque la infortunada mezcla de las diferentes religiones sembraron más la duda (60) y todo este proceso culminó en un categórico «anti-theismo» (61), agravado por la rapacidad y corrupción de los sacerdotes, que actuaban en nombre de sus respectivos dioses.

Primero Sócrates y luego los demás filósofos acabaron con los dioses —los poetas hicieron leña del árbol caído — pero fueron los historiadores, quienes delataron la corrupción y venalidad de los sacerdotes. El pueblo solo se limitó a contemplar atónito el derrumbe de una montaña de mentiras. Ciertamente, los que enterraron la religión griega fueron la filosofía helénica junto con la venalidad de sus pontífices; pero había una sola excepción: el Estoicismo, que en principio se mantuvo firme al lado de la religión primitiva.

El Estoicismo aceptaba las más abigarradas creencias populares junto con la ambigüedad de los oráculos, porque estaba convencida de que la fe es una noción íntima e inmanente, que tendría que ser respetada, sin investigar su esencia (62). El estoico creía en la misma cosa que el pueblo, pero de diferente manera. Para el estoico Dios era invisible, y precisamente esta invisibilidad del ser supremo era la diferencia de la creencia del pueblo, que a toda costa quería ver en lo que creía. (63)

El Estoicismo, pregonando la invisibilidad del ser supremo, se hizo iconoclasta ipso facto, rechazaba las estatuas y demás imágenes veneradas por el vulgo. Pero el efecto de su respetable principio resultó ser doblemente negativo, porque su icono-klastia volteaba no solo la base de la fe con pies de barro —la fe de un vulgo primitivo e ignorante— sino también frenaba el progreso de las artes, de la escultura y de la pintura. Apeles, Zeuxis y Pheidias lloraban en sus sepulturas.

Los preceptos morales del Estoicismo —saber tolerar y abstenerse (Anekhou kai Apekhou) (64)— obligaban a sus creyentes a ser sumisos y obedientes para el omnipotente estado. Pero su predica, que recomendaba la abstención acerca de las delicias de este mundo, no surtió mayor efecto, porque la gente sencilla prefería tener el cielo en la tierra y no —como prometió la religión— la vida eterna en el cielo, desde donde hasta ahora nadie regresó para contar algo (65). El epitafio de una estela, que rezaba ¡No era! ¡Fui! ¡Y ya no soy!», sembraba la incredulidad y ante la inclemente guadaña de esta incredulidad caía la fe como el trigo, sorprendido durante la cosecha.

El epitafio sembraba la incredulidad, pero en esto, le secundaban los mismos poetas.

Ennio, el muy insigne poeta griego, ha sido citado por los ediles por haber propagado un ateísmo que carcomía la religión del estado. Pero Ennio se defendió hábilmente, diciendo que el solo censuraba a los dioses de los griegos. Su apología no resultó ser muy convincente, pues era un secreto público que los dioses de Roma llegaron directamente desde Grecia, casi con la misma finalidad con la que llegó el caballo de Troya.

Ennio es también el autor de una traducción de la obra de otro griego —Evemeres de Messina— que enseñaba que no había ni podían existir dioses. A pesar de su estilo poco atractivo, sus ideas se propagaron con los vientos en su mundo ya hastiado de tantos mitos y mentiras; con dioses, plagados de vicios humanos y servidos por sacerdotes divinizados todavía peores. (66)

En esta crisis de las religiones, las censuras y las benignas exhortaciones para salvar lo insalvable perdieron su oportunidad, porque precisamente la filosofía griega, en que algunos buscaban el remedio, resultó ser peor que la enfermedad misma. La misma filosofía (67a) griega —excepto el estoicismo con Ennio y Evemeres, secundados por la reinante incredulidad— se apuraba a cubrir con el sudario del ateísmo la ya hace tiempo agonizante y muerta religión; echaron la fe a la fosa, excavada por el engañado pueblo, a quien ellos mismos le quitaron la fe. (67b)

Polibio Megalopolitano ya podía pregonar abiertamente que el culto romano había sido inventado solamente para el ignorante populacho, pues como la razón no es su fuerte, hay que gobernarlo por medio de signos y milagros. Pero la gente sensata e ilustrada no debiera hacer caso a los preceptos de la religión, pues esta institución es una especie de cebo para engañar y frenar al vulgo. (68)

Y sabemos que la gente hizo demasiado caso a la exhortación polibiana.

En adelante la religión solo servía de pretexto para justificar o excusar un escándalo. La perversa juventud de la alta aristocracia tenía la costumbre de recorrer en la noche las angostas callejuelas de Roma y se divertían en insultar, mutilar o derribar las estatuas de los dioses. La conciencia —liberada de su anterior religamiento— dejó de ser custodio de la antes tan intacta moral romana (69), y las intrigas acerca del amor y fidelidad conyugal se hicieron frecuentes. La gente jugaba con el fuego y buscaba aventuras con mujeres casadas. Lo más sabroso para los depravados hedonistas era seducir las muy respetadas Vestales — monjas romanas. Conocemos el caso de las tres vestales que tuvieron que pagar con una muerte trágica los fútiles momentos de un amor ilícito; ya sabemos que el amor es el hermano mellizo de la muerte. (70)

¡El que pierde la fe, pierde también su futuro! De esa manera la gente incrédula quedó acompañada solamente por su corto presente, y para aprovecharlo se dejó conducir por el lema horaciano: «¡Carpe diem!» (71) — convencida acerca de la verdad de Séneca, que nos confiaba que «aquel que pone sus pies en las olas del río Lete, deja de existir para siempre; será como el humo, que se levanta y se deshace por los vientos», lo mismo ocurrirá con nuestro espíritu. Después de la muerte no hay nada, pues la muerte misma es la Nada. Siglos después los Sadducaeos en la lejana Judea pregonaban lo mismo.

Plinius nos dice que nuestra vanidad no puede, ni quiere creer que el amor que nos junta estrechamente con seres queridos, desaparezca después de la muerte; por ello, nuestro íntimo deseo imagina una vida futura, reforzada con un impío fraude, que nos pretende convencer de que el alma de los difuntos seguirá viviendo en las inalcanzables altitudes. (72)

Yo quisiera saber —nos dice Plinio— ¿dónde estará la residencia de la multitud de almas que existieron desde el origen del mundo? (73)

Todas estas conjeturas del más allá son un deseo de aquellos que quisieran vivir eternamente: Hay que acabar con esta tontería — nos pregona Plinio. Hay que acabar con esta idea, que nos quiere convencer de que la vida vuelve a comenzar después de la muerte — es insistir en la regla absurda, que después del fin viene el principio. La ilusión de que la vida vuelve a comenzar después de la muerte solo servirá para destruir lo mejor en la vida humana, que es precisamente la muerte. (74)

¡Séneca es más realista todavía! Nos hace saber que la vida es un corto y estrecho puente, tendido entre las dos eternidades. De manera que la fábula del impío fraude nos pretende convencer acerca de la supervivencia del alma, después que estar sepultado el cuerpo, cuando uno de los esposos cierra con manos temblorosas los ojos del difunto, ya nada servirá confiar su alma a los ritos de los funerales. Una vez que el último suspiro se deshace en el aire, este último soplo vital que se eleva luego hasta las nubes, ya nada hay después de la muerte; la muerte misma no es nada, y esa «nada» no perdona ni al alma. (75)

Sobre los escombros de la religión se acumularon las funestas consecuencias de décadas de una estéril revolución social. El pueblo, deprimido por sombríos presentimientos y con malos augurios, con el corazón en la boca, enfrenta las tinieblas de su destino, sin poder hallar la senda que pudiera conducirle fuera de este laberinto. Por fortuna, el insigne helenista Burckhardt nos advierte «que en la antigüedad hemos conocido muchos incrédulos, pero jamas la incredulidad de un pueblo entero».

¡Efectivamente! Ya aparecen los epígones de Protágoras, que intentan convertir la negación en una benigna duda, diciendo: «¡No podemos saber que existen los dioses, pero tampoco podemos negar la existencia de ellos!» Y, en estos momentos de tantas vacilaciones — el sol naciente desde el lejano oriente, dio la esperanza a estos errantes pueblos, al hallar la senda para salir de su crisis casi secular.

Las semillas de un misticismo oriental comenzaron a crecer con pasmosa rapidez en este caos político, moral y religioso. Sobre la sepultura de los dioses humanizados, el pueblo comenzó a construir un nuevo templo, pero esta vez para un solo y poderoso Dios, que para los engañados por el declinante politeísmo pudiera prometer este fuerte color verde, color de la esperanza, que suele brotar de la tierra quemada, cubierta de un manto negro de las cenizas; un color vivo y verde, que suele brotar después de un incendio, que arrasa todo lo árido con sus llamas amarillas...

Comenzaron a llegar desde el lejano Oriente las creencias redentoras: Osiris desde Egipto y desde Persia el Hijo del Sol, Mitra, desplazado luego por su calco, inventado por un judío de Galilea, a quien sus compatriotas conocían con el nombre de Joshua.

Lux ex Oriente

LUX EX ORIENTE: el mundo antiguo, conflictuado con sus dioses inoperantes, engañado por sus propios sacerdotes, envuelto en la telaraña de su propia incredulidad, buscaba desesperadamente la salida de su laberinto oscuro, para poder escapar de las tinieblas.

Necesitaba con urgencia esta benigna luz del alba, que después de una larga noche aparece con los primeros rayos purpúreos del sol; la luz de este sol invicto, que cada día a la mañana nos anuncia su llegada desde un punto místico y venerado, que lleva el nombre de Oriente. (76)

El hombre antiguo que hasta ahora, en vez de servir a sus dioses, se servía de sus dioses, creados por el hombre mismo (77), comenzó —todavía algo tímido— a correr el velo negro, y detrás de las ya erosionadas estatuas de sus dioses descubrió el Infinito Invisible. (78) En adelante el hombre —comprometido ya con este misterioso Invisible frente a una luz resplandeciente— comenzó su búsqueda infatigable: la senda que le prometió conducirlo a su meta. Todo esto ocurrió como consecuencia natural de una insalvable crisis político-social-espiritual, que impelía al hombre antiguo —habitante de un imperio espiritualmente vaciado hacia lo irracional, a lo Invisible, de nuevas creencias prometedoras que vinieron con el rayo del «Sol Invicto»— sin excepción alguna, desde el místico Oriente.

El neoplatónico Plotino de Lycopolis, oriundo de Egipto, comenzó a esculpir al nuevo hombre espiritual, a su «anthropos pneumaticos» para un monoteísmo soterológico.

Esta idea realizábase con una transición (79), pues daba preferencia primero a los dioses humanizados (Osiris) y luego introdujo el culto de los humanos divinizados, como el Mitra de los Persas y Joshua en Galilea — unos «soteros» (redentores) con «tri-funciones». (80) Estos últimos, pretendiendo un origen divino por medio de su propia sangre vertida, purificaban a sus creyentes, sin que ellos mismos hubieran podido salvarse a sí mismos.

Todos estos nuevos redentores del Oriente pretendían vencer la muerte por medio de sus propias muertes; una antanaclasis absurda y anualmente repetida. En la típicamente clima-religión de los Egipcios Osiris muere (irrumpe la sequía) y resucita (crece el Nilo) con la ayuda de su hijo Redentor, que está sentado al lado de su padre celestial. (81)

Todas estas nuevas religiones, en cuyo epicentro estaban los hombres teificados, que además de Soteros (redentores), resultaron ser también unos reformadores. Éstos, por medio de la religión, pretendieron derrumbar los muros que separaron artificialmente las diferentes clases y castas que habitaban el mundo antiguo. Estas nuevas religiones del Oriente querían borrar las fronteras, unificando las más diferentes etnias, idiomas y razas bajo la férula de una sola y dominante religión.

La religión cíclica de los egipcios fue dirigida por los caprichos del río Neilos (82). Esta religión —por medio de su «trinidad» (Osiris, el padre; Isis, la madre; Horos, el hijo)— sembraba las ideas de redención-muerte-resurrectio-inmortalidad en un más allá. Era una religión polarizada que diferenciaba entre el Bonum absolutum (Osiris) y el Malum necessarium (Set) y una religión redentora, polarizada, con ciclos anuales y con dioses, que previamente fueron humanos.

Para los desilusionados, que estaban en la búsqueda de algo nuevo por lo menos para ensayar, vino la paleo-theogonica-krypto-monoteistica religión egipcia, que con sus dioses, previamente humanos (82+), formaron una trinidad dentro de Uno, que parecía fiel copia de la polifuncional familia humana, una trinidad humana, trocada luego en divina. Este modelo fue luego copiado religiosamente por la posterior teodicea y teología cristiana. (83)

Osiris (84) procreó con su mujer Isis (85) el hijo Horus (86), cuyo oficio y obligación era ser Soter, redentor del pueblo egipcio.

Este hijo, en la lucha para vengar la muerte de su padre, muere, y Egipto queda invadido por una sequía amenazante. Pero, una vez resucitado con el auxilio de su madre Isis, el Nilo inunda los sedientes campos y con el también resucitado Osiris resurge de nuevo la vida, que logró vencer la muerte.

Desde entonces el pueblo Egipcio festeja anualmente la victoria de la vida, que por medio de la resurrección vence la sombría muerte, pues precisamente por medio de esta resurrección anual, en que «la muerte entierra la muerte misma», nació la justificada idea de la inmortalidad. (87) Este tantas veces soñado don de los dioses, la «Athanasia», fue inventada por Isis y ella estaba dispuesta a darla a todos aquellos creyentes que estaban dispuestos a purificarse y someterse a un doble juicio: en el momento de la muerte y luego al fin del mundo — una idea que luego tomo el cristianismo. Solo los purificados podían obtener de la madre Isis la droga de la inmortalidad. (88)

Según la minuciosa descripción del rito funerario egipcio, llamado el «Libro de los muertos» (89), el difunto tenía que presentarse antes de su entierro ante el severo tribunal de Osiris, rodeado por sus auxiliares. El alma del fallecido ha sido conducido ante el tribunal por el hijo Horos (Trigemistos Theopompos), más bien conocido con el nombre de Anubis. Este hijo del dios (90) Osiris tenía en sus manos el libro, en que fueron anotados todos los actos humanos, para evitar que la memoria les fallara. Ante este tribunal —comentado por el Papiros de Quenna (91)— el alma del muerto tenía que defenderse por medio de una confesión «excluyente», negando haber cometido los 41 pecados que pudieran obstaculizar su entrada en la morada de las almas inmortales. (92)

El autor del Libro de los Muertos revelaba los misterios de la «Trinidad del alma liberada» enseñándonos que el Kha, nuestro alter-ego celestial —que durante toda la vida nos acompaña como un ángel guardián— cuando nos llega la hora de la partida, entra en el cuerpo sin vida, mientras tanto nuestra propia alma, el Khu —que nos acompaña encerrada en nuestro cuerpo— en el momento cuando el corazón deja de latir, abandona el cuerpo fallecido y deja su lugar al Kha. Después del juicio inmediato se eleva al cielo, y al llegar a la Luna, allí mismo se desdobla, pues la parte Mens (intellectus) del alma, toma la dirección hacia el Sol Osiris, mientras el alma desmentada, el Bah, después de una previa purificación, se hunde en el «Infinito del Invisible».

Los misterios de la trinidad egipcíaca fueron revelados solamente a los iniciados en el culto; sus creyentes fueron multitudes.

Osiris proclamaba: «¡No hay región en este mundo, a donde yo no hubiera podido llegar!». (93) El mundo antiguo estaba prácticamente invadido por cultos misteriosos, provenientes todos desde el lejano Oriente; pero entre ellos, el más importante y más penetrante fue el culto de la teogonía egipcia. Ningún otro culto ha alcanzado tanta aceptación que éste —madre de otras religiones—, pues el culto egipcíaco era la fuente del posterior monoteísmo de Judea y el derivado de la religión judaica es el cristianismo.

El culto dulce y misterioso de la trinidad egipcia, el templo de Serapio en Alejandría fue muy visitado y Serapio mismo fervorosamente adorado hasta por los obispos del posterior cristianismo. Imágenes de la diosa Isis junto con el niño Horus en sus brazos maternos conquistaban a todo el mundo. Ante su altar se arrollidaban los devotos creyentes, encendiendo numerosos cirios (94), cantando las letanías típicamente egipcias con las acostumbradas repeticiones que fueron transmitidas luego en las letanías de las liturgias cristianas. (95)

El culto egipcio, que por medio de sus misterios prometía a sus creyentes que después de una azarosa vida terrenal tendrán una beatitud celestial, se hizo firme sobre el sediento humus de la cosmovisión y de la teocrática Roma, —que como una débil protesta de su ya decadente nacionalismo, cubierta con una gruesa capa de indiferencia— por causa de un gran escándalo amoroso intentó destruir el Santuario de Isis, pero no encontró ni un solo hombre que estuviera dispuesto de poner su mano para derribarlo. (96)

Roma podía destruir quizás unos santuarios, pero ya no las raíces profundas y largas de la nueva fe; el culto egipcio ha llegado al palacio imperial. El emperador Comodo —hijo del estoico Marco Aurelio— practicó los ritos de la diosa Isis, inclusive hizo rasurar su cabeza como los sacerdotes egipcios y llevó en sus manos en las procesiones la estatua de la diosa Madre junto con su niño Horus. (97)

El culto de Isis conquistó las masas en el mundo antiguo y su culto jamás se apagó — solo abrió el camino para otro nombre: María.

EL SOTER MITRA; el hombre antiguo, perseguido por los conflictos de su conciencia, seguía buscando entre las demás religiones —provenientes desde el lejano oriente— aquella religión cuyo único Dios estaría dispuesto a liberarlo de sus desilusiones y de su liturgia religiosa, redimiendo sus pecados, los cuales le seguían como la sombra, pisándole los talones.

La hallaron los soldados romanos en la lejana Persia, a donde llegaron para conquistar el país y fueron conquistados ellos por la religión de los vencidos: por el Sol invicto, que domina a todos, sin ser dominado por nada y por nadie. ¡El dios Osiris de los egipcios pregonaba su revelación divina, que «... no hay región en este mundo, a donde yo no hubiera podido llegar»!

Lo sostenido por Osiris y por el Sol Invicto sin duda alguna era cierto y él dijo la pura verdad; pero una cosa es llegar y otra cosa es quedarse luego. Por eso la gloria del culto egipcio comenzó a declinar, cediendo prácticamente su lugar a su mellizo, el culto Mitra, el hijo del Dios Sol, que un rosario de siglos antes (1600 a.Cr.n.) ya había logrado conquistar al Faraón Amenophis IV. y a su esposa, la bella Nofretete. Esta nueva religión, por medio de un culto todavía más misterioso, ofrecía a sus creyentes una purificación y redención más completa, porque este rito lavaba los pecados con la sangre vertida del hijo del Dios SolMitra— por medio de un taurobolio. Solo este rito podía liberar a los aprisionados por su conflictuada conciencia, lavar sus pecados y devolverles las ganas de seguir viviendo. Esta religión, que sedujo a los conquistadores, seguía los pasos de los soldados romanos y con una pasmosa celeridad sentó sus reales en todas las partes del imperio. Sus Santuarios, algunos subterráneos, estaban en cualquier parte del mundo antiguo y la firmeza de sus dogmas le aseguraba la sobrevivencia por lo menos para unos bimilenios. Esta religión jamas desapareció en realidad. Solo cambió el nombre, porque su misterio —según el cual el hijo del Dios Sol, vertiendo su sangre lava los pecados, para redimir el mundo— ha sido copiado fielmente por una nueva religión, cuyos epíscopos —nolens, volens— en realidad siguen pregonando la primacía de esta religión, llevando sobre sus cabezas la M i t r a!

Referente al origen de este culto sabemos que, unos 16 ó 17 siglos antes de nuestra cronología, los Iranios predicaron en su teogonía un Dios mucho más poderoso que aquel que el hombre inventó exclusivamente para nuestro globo. ¡El dios de los Iranios era algo mucho más! ¡El Kosmo-kratos! El Sol invicto que en las noches iluminaba a todas las estrellas y durante el día iluminaba con sus rayos la tierra. El mismo Dios —fuente de luz— seguía invisible, castigando a todos con una ceguera si se atrevían a contemplarlo directamente. (98)

Mitra, el hijo del Sol, ha sido enviado a la tierra, para que por medio de su sangre vertida, redima la humanidad sumergido en su mundo...

Mitra nació de una roca, (99) de una piedra de la que se desprendieron chispas de fuego. En un relieve de Pattau, los primeros que rodean al recién nacido Mitra son los pastores (100), los «Cautopates» que ayudaron al hijo del Sol a salir de la roca que lo aprisionaba. Llamaron a Mitra por esta causa también con el nombre de «Saxigenus», nacido de la roca, y a la roca misma, la bautizaron luego con el nombre de Petra Genetrix — roca parturienta.

La fecha del nacimiento de Mitra es el día 25 de diciembre, cuando el Sol entra en la constelación del Tauro, que representa la t e r c e r a figura de esta trinidad mítrica: ¡Sol-Mitra-Tauro, en que los tres son uno y el uno está compuesto de tres, porque Mitra es idéntico a su padre, el Sol invicto, y Tauro es idéntico a Mitra. ¡La trinidad mítrica es como el arco iris..., diferentes colores que se confunden en un solo brillante blanco! (101)

La soterología de la trinidad mítrica cumplía una monofunción: liberar la conciencia cargada de pecados, por medio de un lavado con sangre y restablecer de esa manera la relación interrumpida entre la gente y el padre Sol Invicto. Esta tarea tan importante ha sido confiada al hijo del dios Sol, MITRA, que por medio de la sangre vertida del Tauro —un ser idéntico a él mismo— lavaba los pecados de los que querían purificarse.

¡De esta manera Mitra se hizo Soter Redentor, Mitra Mesites (mediador) y Mitra Katabates (Mitra, el hijo, que descendió del cielo para redimir el mundo)! (102)

Mitra, al inmolar al Tauro, en realidad a sí mismo, se cumple el ciclo sagrado: vida-muerte-resurrección (103). Al inmolar al Tauro, Mitra sufre la muerte, en la que muere la muerte misma, porque lo que muere es solo su imagen, el Tauro; pues Mitra sigue viviendo como símbolo de la inmortalidad...

La Avesta persa pregona, como un dogma, que la grasa del Tauro es sagrada y untado con ésta el cuerpo de un difunto, se le abren las puertas del cielo (104). Por esta misma razón, los creyentes de Mitra, declinando la cremación, prefirieron ser enterrados para no impedir la resurrección del cuerpo (105), una doctrina copiada fielmente por otra religión, que luego de copiarla la reemplazó.

La lythurgia mítrica: Mitra era el Mesites, el intermediario entre su padre —el Sol Invicto— y los demás seres humanos. Pero él, que regresaba luego al cielo, antes de partir, dejaba atrás otros m e s i t e s, sacerdotes, que hacían llegar a los humanos las decisiones divinas, que en realidad fueron siempre inventadas por los mismos sacerdotes. Las religiones cambian, pero jamás las costumbres y artimañas de sus sacerdotes. (106)

El supremo sacerdote de Mitra era el Pater Patratus Sanctus (Pontifex Maximus, Santo Padre), aconsejado por sus Leones, fueron llamados así los cardenales de Mitra.

El Pater Patratus llevaba sobre su cabeza la prenda llamada «mitra», en su mano derecha tenía el anillo y se apoyaba en su lenta marcha sobre el bastón alargado y encorvado — un aspecto que en nuestro presente se repite en los obispos cristianos durante sus funciones litúrgicas. (107)

Mitra, el hijo del dios Sol, antes de iniciar el taurobolio convoca a sus iniciados para la última cena, en que ofrece a sus creyentes «trozos de su propio cuerpo»(108) y luego asciende a los cielos sobre un carro, formado por los rayos del sol, para estar al lado de su padre, el Sol Invicto... (109)

El culto místico de Mitra cruzó las fronteras del Oriente y con los piratas de Cilicia ha llegado al Occidente, pero también llegó con los soldados que regresaron con sus legiones desde el lejano Oriente. Una vez instalado en el Occidente, este culto mesiánico de una sagrada trinidad (Sol Invicto-padre, Mitra Soter-hijo y el Tauro) —que prometía a sus creyentes la purificación completa, un cielo en el más allá, y castigos con un fuego inextinguible para los malvados e incrédulos— sirvió de punto de partida para lo que posteriormente pregonara el cristianismo. (Mt.25/41).

Su misticismo, que excluía toda clase de especulaciones, conquistó las almas desilusionadas, y el número de los creyentes se multiplicó como los hongos después de una benigna lluvia matinal en la primavera, propagándose con la velocidad de los vientos desde Oriente hasta Occidente. Y una vez que hizo un alto en las riberas del océano en Hispania, el culto tomó la dirección hacia el norte y se sembró hasta en Pannonia, Dacia y la península balcánica.

La causa de la celeridad de la propagación de este culto era —entre otros— la inveterada costumbre de la gente latina, llamada «sophocleis» (110), que aplaude e imita todo lo que hacen o lo que agrada a sus superiores. Fue el emperador Nerón el primero que hizo su genuflexión ante este culto y recibió el Pater Patratus Tyridates en su palacio de Domus Aurea: hasta él mismo se hizo sacerdote, castigó severamente a los cristianos que se atrevieron a censurar este culto, que en la realidad resultó ser la base y modelo de la teología y liturgia cristiana. (111)

Dos siglos después el emperador Heliogábalo (112) era Protector Divino de la ciudad de Emesa, en donde adoraba la gente una Lapis Nigellus (piedra negra). Ahí él construyó un magnífico templo en honor de Mitra Katabates, el hijo del dios Sol Invicto, que descendió de los cielos para ser redentor de los hombres, hundidos en el pantano de sus pecados. Este mismo Heliogábalo estaba decidido a reemplazar a la vieja religión romana con el culto de Mitra, pero junto con las de los Samaritanos, judíos y Cristianos también. (113) El culto de Mitra conquistó al Occidente. (114) Con Mitra ha llegado a ellos la tan anhelada redención y la posibilidad de conquistar la eternidad sin miserias. (115)

Excederíamos los límites de nuestra obra, citando en esta breve introducción todas las inscripciones, la nómina de todos los altares y capillas que fueron consagradas en honor al hijo del dios Sol, Mitra.

Todas sus estatuas y semicubiertos altares subterráneos —dispersos casi en todos los países del Occidente y Oriente— son hoy, en nuestro presente, testigos silenciosos de un sincero homenaje de sus agradecidos creyentes. Ni siquiera el cristianismo falta con su pleitesía, que recibió tanto y mucho del culto mítrico y demuestra su indudable reconocimiento, por no decir agradecimiento, por medio de su colección mítrica en el Lapidario del Vaticano. (116)

Solo los cultos místicos orientales fueron capaces de convencer a sus creyentes —por medio de la sencillez de sus doctrinas, inentendibles por ser misteriosas, que tanto le agradaba a la gente— de no tener la necesidad de especular. (117) Para el creyente era más que suficiente purificarse y obtener de esa manera una beatitud en el más allá, que casi nunca tuvo mientras arrastraba su vida en esta tierra.

Por medio de su catarsis, el hombre descubrió en el fondo de su alma su desde hace tiempo ya adormecido alter-ego, su conciencia, que como un censor severo le señalaba los medios, cómo conseguir las llaves para abrir las angostas puertas de los infinitos cielos...

Para epilogar nuestros comentarios acerca de los cultos orientales, consideramos necesario recordar las acertadas palabras de Renan, quien nos dice que si el cristianismo —religión judía— acomodado al gusto indo-europeo (118), hubiese detenido su desarrollo por una «enfermedad», que bien hubiera podido ser causada por una «indiferencia» de los emperadores, como suprimir las persecuciones etc., entonces el mundo —sin duda alguna— hoy sería mitra-ista.

El culto de Mitra —precisamente por causa de su casi identidad doctrinal y ritual con el posterior cristianismo— tuvo que ceder hasta el día de su nacimiento (25 de diciembre) para la intolerancia de esta nueva doctrina soterológica, cuyo origen más que posterior, conducido por la clásica miopía histórica —en que no falta una porción de maliciosidad— acusaba al milenario culto de Mitra del delito de «plagio satánico», sin darse cuenta de que el plagiador era el acusador. (119)

El cristianismo barrió al mundo antiguo como un tornado que se levantó en el Oriente. No obstante, su incipiente anonimidad, su origen nada simpático del Occidente (120), y sus lluvias bautismales purificaron con su propia sangre vertida, naciones enteras empantanadas en una decadencia y gran crisis moral.

El cristianismo, armado prácticamente con las doctrinas del culto Mitra, creó un renacimiento en el mundo antiguo: sobrevivió las inclemencias de los tres siglos, precisamente porque ha sido perseguido. La «sanguis martirum» resultó ser el «semen cristianorum».

Si no hubiera sido perseguido, seguramente hubiera desaparecido como las otras tantas religiones, cuyos fuegos fueron apagados con la indiferencia. El cristianismo conquistaba su sobrevivencia precisamente por la sangre vertida de sus mártires.

El «síndrome patíbulo» inclina a la gente siempre a favor del sufrido. Este nuevo culto sobreviviente —una «Nueva Mitra»— pretendió dar por medio de sus doctrinas, no siempre congruentes, un nuevo sentido a la vida; y su programa preveía una profunda revisión de conceptos ya basados en lo social, hasta en lo jurídico y moral.

Ciertamente el saneamiento moral, con cuyo auxilio el cristianismo logró revivir al viejo y enfermizo roble de la religión de los pueblos, merece un estudio profundo —que oportunamente será realizado—. Pero en las páginas que siguen, intentaremos primero presentar al lector los antecedentes, tales como el ambiente político, histórico y religioso de la época en que vivía el proto-fundador del cristianismo — el hombre, cuyo nombre lleva el título de nuestra obra.

Ozarship y su pueblo

Para que el lector en adelante tenga la oportunidad de profundizar en la historia de Joshua, creemos que es casi imprescindible que previamente conozca al pueblo mismo en que nuestro profeta nació, vivió y luego desapareció, como un cometa que viene y se va, dejando detrás de sí una cola milenaria, cuyos restos finales todavía se ven...

El pueblo de Abraham es tan antiguo como la humanidad misma. Referente a su origen existen las más diversas y policromáticas historias, pro y contra —afirmaciones, relatos— hasta fantasías.

C. Tácito, que no era precisamente un amigo íntimo de ellos, nos dice entre otros, que los judíos fueron unos fugitivos de la isla de Creta, que buscaron y hallaron su refugio en las fronteras de Libia, en la época en que Saturno dirigía el mundo.

Esta opinión de Tácito se basa en un argumento: en la isla de Creta, famosa por su alta montaña, llamada Ida, los antiguos habitantes fueron llamados Ideoas o Judeoas (judíos)...

Otros creen que este mismo pueblo cruzó luego las fronteras y se asentó en el país de los faraones. Pero cuando Egipto ya estaba superpoblado y sufría hambre, el pueblo de Judeoas fue conducido por su capitán Ozarship, conocido por su nombre egipcio Moisés, hacia los territorios de los Kanaanites de Hierosolima.

Tácito nos comenta que algunos les dan un origen etiope, otros creen, que en realidad fueron asirios, los cuales, por falta de tierra cultivable, invadieron una parte de Egipto, asentándose allí por lo menos durante varios siglos... (121)

Autores contemporáneos de nuestro profeta no excluyen la posibilidad de que los judíos fueron quizás aquellos afamados Hicsos que invadieron a Egipto (122), pero luego ellos mismos fueron esclavizados — ex-vencedores por sus propios vencidos. (123)

Algunos conjeturan que fueron idénticos a aquellos Solomites, que —al invadir Egipto— se destacaron por su excesiva violencia. (124)

Strabo, el insigne geógrafo y etnógrafo antiguo, sostiene que los judíos tienen un origen netamente egipcio (125), argumentando que la circuncisión de los hombres y la excisio de las mujeres es idéntica en ambos pueblos. Strabo, al parecer, ha olvidado (126) que las costumbres incorporadas en la vida de un pueblo no pueden confirmar su origen. También Diodoro Siculos insiste en el origen egipcio de los judíos, ubicándoles en la región egipcia de SAIS, ciudad que los griegos, o mas bien, los atenienses, conocían con el nombre de Asty... (127) Otras opiniones insisten en un origen asirio; otros piensan que tenían origen etiópico, basándose un una genealogía de base mítica.

Josephus Flavius sostiene que Abraham, el patriarca, en su primera nupcia con Sarra logró dar un hijo a su marido al cumplir noventa años: un tal Isaac. Pero por el expreso pedido de Sarra, Abraham luego se casó con la sirvienta de ella, llamada Agar, que le dió un hijo, llamado Ismael — recordada esa madre de origen egipcio junto con su hijo por los llamados Ismaelitas...

Alexander Polihistor, un contemporáneo del dictador romano Sylla, cita un relato del profeta Kleodemos, según el cual Abraham contrajo también nupcias con Katura, dando a los hijos nacidos de ella, los nombres Apheras (de Africa), Syras (de Siria) y Japhras. Algunos, operando con el nombre de «Syras», creen que los judíos tienen un origen asirio. (128)

Otros creen erróneamente en un origen etíope, diciendo que el caudillo de los judíos, un ex-sacerdote egipcio, llamado Ozarship (129) o Tizithen (130) ha sido criado por la hija del faraón o más bien por una de las hijas del faraón, llamada Thermoutis, cuya madre era una princesa de la casa real en Etiopía. (131)

Ozarship no era hijo de la princesa Thermoutis, sino el hijo de un matrimonio judío en Egipto; sus padres fueron Amaram y Jokhabel. Cuando los judíos fueron obligados a desprenderse de sus primogénitos, el hijo de este matrimonio, puesto en una canastita de «Schilf», mientras flotaban sobre el río, fue observada por Thermoutis y «sacado del agua», un acontecimiento que se trocaba en nombre — en el idioma egipcio Mou-eses. (132)

Este, una vez adulto, se casó en segundas nupcias con Saphora, hija de Jetro y Raquel (133) y se hizo un caudillo muy respetado de todos los judíos en Egipto, y cuando la supervivencia de este pueblo estaba en peligro ya, (134) Ozarship condujo a su pueblo fuera de Egipto bajo su nuevo nombre, después de consultar a su Dios. (135)

Acerca de las reales causas del muy discutido «Exodus» de los judíos desde Egipto existen múltiples opiniones en pro y en contra.

Referente a la fecha de la separación de los dos pueblos —egipcios y judíos— los cuales lograron convivir durante tantos siglos en plena paz, Lysimakhus de Alejandría —sin dar una fecha exacta— nos dice que habrá ocurrido durante el reinado del faraón BOKHORIS, perteneciente a la dinastía XXIV. (136)

Según el historiador Khairemon de Alejandría, el sacerdote Phrito-Bautes recomendó al Faraón Bokho Oris la expulsión de los judíos. (137) Pero según los relatos de Tácito, la culpa del éxodo la tenía en realidad el Oráculo del Dios Ammon Krio Prosopos, consejero de grandes personalidades en su época y padre declarado de Alejandro El Grande. Este dios «misterioso y oculto» lo vaticinó en su oráculo en el desierto de Libia. (138) Manethos de Mendez en su obra «Egypciaca» y también Apion de Alejandría pretenden aclarar las verdaderas causas del éxodo, chocando frontalmente con las opiniones de Josephus Flavius, de manera que —sin resolver este problema— nosotros quedaremos resignados tanto por el pro como con el contra.

Una vez asentados en los vastos territorios de la posterior Palestina, el pueblo vivía de acuerdo a su constitución monárquica, saturada con las menudas intervenciones teocráticas. Sus monarquías —a su vez— se destacaron por su carácter nada constante; pues en primer tiempo fueron unitivas, pero luego algunas cismáticas, hasta tiránicas. Unitivos fueron los reinados de Saúl, David y Salomón; precisamente los gobiernos de estos dos últimos entraron en la historia de Israel con luz y gloria.

Concordia parvae res crescunt..., reza el dicho que señala que la concordia transforma las cosas pequeñas en grandes, pero la discordia desintegra a los más grandes..., y esto ocurrió precisamente con las monarquías cismáticas de los reyes de Jeroboam y Roboan.

A Jeroboam lo derrocó el rey Sargon de Siria, quien llevó una gran parte del pueblo a Siria. Tampoco Roboan pudo salvarse; ambos —debilitados por sus divergencias— fueron presa fácil para los más poderosos. Roboan, rey de Judea, ha sido vencido por Nabuquednazar, que declaró a los judíos como sus rehenes y botín de guerra, y los deportó a todos a Babilonia, donde sufrieron una transformación espiritual, socio-político, jurídico y mental durante setenta largos años, que hicieron luego difícilmente curables las fisuras en la columna estatal, llamada Unidad del pueblo. Cyro, el rey de los persas, les devolvió más tarde la libertad, pero ya no todos querían regresar.

No hay rey sin pueblo, de manera que fue Zorobabel el primero que condujo una parte del pueblo del cautiverio babilónico hacia la Madre Patria de Judea. Lo mismo hizo después Esdras con un contingente menor, pues sabemos que muchos quedaron «aclimatados» y por ello prefirieron quedarse en Babilonia, mientras otros —no pocos— quedaron con los liberadores en Persia. Dos generaciones fuera de la tierra patria apagó el afecto que tenían con sus mayores. (139)

Con el regreso de una considerable parte de los deportados comenzó de nuevo una vida feliz para este siempre afligido pueblo, porque Judea, o más bien el conjunto de los territorios ocupados por los judíos, resultó ser un enclave entre los poderosos estados Egipto y Siria — casi siempre enfrentados entre sí. De esa manera el reestablecido Judea tuvo que sufrir las inclemencias y turbulencias políticas que, inevitablemente, sufren todos los habitantes que tienen la desgracia de vivir en «Puffer-Staaten».

Cuando Antioco III liberó a Palestina de Egipto en la batalla cercana a la montaña de Panaion, comenzó el protectorato de los Seleukidas con muy diferentes resultados; pues mientras Antioco III, respetando las instituciones religiosas de los judíos, no les molestaba en nada, su sucesor, Antioco IV Epiphanes (175-164) decidió imponer a los judíos la cultura helénica primero por medios pacíficos (140) y luego con violencia. Epiphanes envió a uno de los jefes militares, un tal Apollonio con tropas sirias a fin de ocupar primero a Hierosolima e imponer luego con sangre y fuego las instituciones helénicas. Entre sus disposiciones lo primero era la prohibición de la circuncisión y la inercia laboral durante el día del sabbath. La infracción de lo dispuesto era castigado con la pena capital.

El pueblo judío contestaba lo impuesto con una pasiva resistencia, pero cuando Epiphanes ordenó la construcción de un altar dentro del templo más sagrado en Jerusalén y ordenó a los judíos sacrificar allí, entonces el sacerdote Matathias, procedente de la aldea de Modein —asistido por sus cinco hijos Judas, Simón, Jonathan, Johan y Eleazar— se sublevó contra Epiphanes, asesinando al infeliz judío que estaba allí para hacer su sacrificio ante este altar pagano.

La matanza de este acobardado compatriota resultó ser la chispa que terminó en un gran incendio que barrió las tropas de la ocupación, y de las cenizas se alzó luego la dinastía de los hasmoneos —llamados también Makkabeos— que luego dio algunos reyes al atribulado, perseguido y sufrido pueblo de los judíos en Palestina. (141)

El primer rey de la dinastía era el hijo de Matathias, Simón, que acumulaba todo el poder real, sacerdotal y militar al mismo tiempo (en los años 142-135). Le seguía luego su hijo Hyrcano (135-105) durante tres décadas. Después llegó Aristoboulos I para un solo año (105-104), declarándose como rey de los judíos — 471 años después de que este pueblo logró liberarse del yugo babilónico. (142)

La rebeldía de los Hasmoneos —apoyados por los «Khassidim» (los piadosos)— creaba la secta de los fariseos que comenzaron a sembrar las semillas de la discordia y muy pronto tuvieron que enfrentarse con los reyes de la dinastía, olvidando que gracias a los Hasmoneos lograron nacer de la nada. Es un vicio de los beneficiados, que para no agradecer y para liberarse de la obligación de ser leal, suelen simular una amnesia.

Pronto estalló la guerra. Pues cuando Aristoboulos murió, su viuda Salina puso a Alexander en el trono (en los años 104-78 a.cr.n.). (143)

Su reinado comenzó bajo el signo de una sorda lucha de todos contra todos, pero detrás de todos estaban los que fomentaron el fuego en este horno de política y odio, los fariseos ultra-ortodoxos hasta el año 88 a.cr.n., cuando Alexander venció a sus oponentes en la ciudad de Bethoma. Rodeado por sus numerosas concubinas —este rey judío— ordenó crucificar a 800 fariseos, los cuales desde sus cruces tenían que contemplar cómo eran masacrados sus propios familiares (144). No sin causa lo llamaron con el sobrenombre «el Traco» (145).

«Sanquis martyrum, semen Pharisaeorum...» Apenas desaparecido Alexander Jannaeus, su viuda Alexandra quedó a cargo del reino. Durante sus nueve años de reinado comenzó a crecer el poder de los antes humillados fariseos, de tal manera que durante esta época era un dicho entre los judíos: «Alexandra gobierna como reina, pero ella es gobernada por los fariseos». (146)

Al morir la reina Alexandra, Hyrcano, uno de los hijos de Alexander Jannaeus, renunció a favor de su hermano Aristoboulos. Éste logró seguir durante unos seis años en la Scylla y Charybdis de la monarquía, hasta que la republicana Roma se cansó de tolerar los abusos de esta monarquía judía, y Pompeyo fue enviado al Oriente para terminar con las rencillas.

Los judíos defendieron durante tres largos meses la escarpada roca del templo, desafiando la muerte con toda su obstinación. Pero un día, mientras los sitiados festejaban con el reposo absoluto —un día sábado— los romanos atacaron con todo su poder, y una vez que fueron dueños del santuario, se terminó la resistencia nacionalista con un baño de sangre y Judea fue anexada a las cada vez más extensas fronteras del imperio de una todavía republicana Roma. (147) Doscientos fariseos reclamaron ante Pompejus el Grande la abolición de la dinastía Hasmonea y la restauración del poder teocrático. (148) Lo solicitado fue aceptado; Hyrcano fue designado al cargo de Pontifex Maximus y el rey sin corona —Aristoboulos— fue llevado a Roma. Los romanos le permitieron luego regresar, pero solo en un cofre lleno de miel, para conservar su cuerpo durante el largo viaje por el mar mediterráneo... (149)

Palestina (150) ha sido anexada a Siria, gobernada en esta época por el Legatus Augusti Pro-Praetore Scauro; poco después el idumaeo Antipas ha sido designado por Julio Caesar etnarca para Palestina.

Antipater o Antipas luego repartía el poder con sus hijos. A Herodes, quien más adelante recibió el título «El Grande», dio la etnarquia para Galilea; Phasel quedó con la gobernación de Jerusalén y el padre gobernaba Judea. (151)

Con la intervención de Roma desapareció la dinastía de los Hasmoneos, pero con la misma ayuda de Roma surgió de las cenizas de los Macabeos una nueva y hasta más poderosa dinastía, la de los Herodes. Pero solo para décadas, porque «setenta años antes y setenta después» desaparecieron ellos también como las hojas caídas por los vientos de la historia, cuando la casi indescriptible crueldad de la miseria humana cayó encima de esta ciudad mártir de Hierosolima...

La monarquía judía, repartida en cinco regiones (152), tenía solo un valor nominal, porque en la realidad existía por lo menos en la Judea por excelencia judía ortodoxa una indisimulable di-arquía.

El rey, ex gratia Caesaris, era el representante de una «arquia» (régimen), pero el real poder, el «kratos», ha sido confiado al único, a un invisible Dios (153), que precisamente por causa de su inmensamente grande distancia e invisibilidad tuvo que confiar y delegar su autoridad a sus autoproclamados sacerdotes, creando de esa manera la siempre presente teocracia.

La teocracia como institución es antigua como el mundo, desde que existen sacerdotes y desde que el hombre, levantándo su mirada hacia al infinito cielo, sentía que detrás de los relámpagos y truenos existe algo mucho más fuerte que él y al reconocer esta indiscutible realidad, no podía hacer otra cosa que otorgar a este insuperable poder la autoridad de disponer.

Todos los pueblos en el Oriente fueron siempre teocráticos. Egipto, Persia, Sargón de Aggadi, unos 37 siglos antes de que el mundo cambiara su cronología, en el país de los Sumerios ya se habían creado unos colegios sacerdotales omnipotentes, y conocemos también el ilimitado poder de los «Patesis» — Sacerdotes Príncipes de Babilonia.

Palestina no era la excepción en esto. De esta tarea tan delicada se encargaron primero los doscientos fariseos, quienes solicitaron a Pompejus abolir la dinastía de Hasmoneos, y luego ejercieron el poder teocrático en conjunto con el sacerdote Supremo de turno, porque Dios, que detiene todo el poder y autoridad por causa de su silencio e invisibilidad, tiene la obligación —si quisiera ser reconocido, venerado y adorado— de delegar su poder a sus sacerdotes inapelables. Sin embargo, la teocracia, a lo largo repartida entre tantos, resultó ser una institución que solo sabía sembrar cizañas, y luego cosechaba vientos, hasta tormentas, cuyos efectos más que negativos trataremos en un capítulo que lleva el título «REBELIONES».

La religión y los judíos

El pueblo de los judíos era —por excelencia— monoteísta y sostuvieron que Dios es un Ser único y grande. Es un Dios, cansado ya de tantos otros y numerosos dioses, que le impuso el egoísmo humano. El Dios de los judíos quería estar solo sin la multitud de los dioses alexikakos, todos creados por los humanos. En este mismo pensamiento culmina su teología que, según los comentarios de Tácito, lo primero que enseña es despreciar a los demás dioses, los feligreses creen en las almas y en su inmortalidad, y éste es el secreto de su menosprecio por la muerte o a la inversa, su extraordinario valor humano.

Los judíos no queman los cuerpos de sus difuntos; antes los embalsaman y entierran conforme a las costumbres de los egipcios, con los cuales convienen también en las doctrinas. Pero referente al infierno tienen otras ideas acerca del futuro del difunto, porque ellos creen firmemente en la resurrección del alma.

Los egipcios veneran muchas efigies de sus dioses, los judios adoran un solo dios y consideran inadmisible representar a este dios en una efigie. Excomulgan a todos aquellos que se atreven a formar o a pintar el dios semejante a la figura humana, porque, según las muy estrictas doctrinas de ellos, el dios —el Summum Bonum incorruptible y eterno— no puede ni debe ser representado. Por ello, ni siquiera en sus templos se puede observar simulacro alguno (154) y, desde luego, ni siquiera se atreven a dar un nombre al Dios invisible y anónimo. (155)

Existe la inveterada costumbre humana de que el hombre jamás podía imaginar recibir algo, sin hacer o dar también algo como una contraprestación; por ello —para venerar o más bien, para obtener algo de su Dios— los hombres hacían sacrificios, renunciando a algo muy precioso, presentado sobre un altar de piedra (lithos-ourgia).

Los judíos contaban de esa manera también con su «Lithourgia» como cualquier otro pueblo en su época antigua.

La ley mosaica, que mandaba conservar y respetar el descanso del día Sabbath, no podía ser interrumpido por ninguna actividad humana, y en esto no existía excepción alguna; su rigidez religiosa en este sentido ha sido aprovechado por sus enemigos en más de una oportunidad. Aprovecharon la santa inercia de los judíos, asaltándolos precisamente en este día, sin que hubieran chocado ni siquiera con la mínima resistencia o defensa alguna, para salvar el sacrosanto templo de ellos.

La santa inercia del Sabbath entró en la historia; la repudiable estrategia del general romano Pompeyo era aplicada en más de una ocasión contra este indefenso pueblo — ¡solo en el día Sabbath! La historia siempre se repite... (156)

No obstante su inflexibilidad religiosa, los judíos, incapaces de romper los hilos más finos que los ligaban durante cuatrocientos años con la excelsa cosmovisión, mentalidad y cultura física de los egipcios, incorporaron sin discusión la circuncisión y hasta en el Oriente también fomentada excisio.

Le dieron a estas costumbres un carácter netamente religioso, esto los diferenciaba de los demás. Semejante rito, por no decir mutilación, significaba para el recién nacido el «segundo llanto».

Esta misma costumbre, tomada por los judíos como un legado egipcio, habrá permitido al eximio geógrafo Strabo sacar la conclusión y afirmar que los judíos tenían un indiscutible origen egipcio. (157) Además, ambos pueblos sufrían las consecuencias de haber consumido la carne de cerdos, que luego les causaban unas desagradables erupciones cutáneas. (158)

Era un indiscutible mérito de la religión judía su negación categórica de dar un nombre a su Dios Único, pues precisamente la multiplicidad de nombres que diferentes pueblos daban a su Dios resultó ser un factor diferenciador que separaba y sembraba discordia provocando las guerras religiosas.

Hay que reconocer que el respeto absoluto para con los preceptos categóricos de su religión resultó ser más fuerte que la propia vida de sus creyentes. Esto lo ratifica Flavius Josephus, contando la historia de los numerosos fracasos de sus oponentes, quienes intentaban introducir elementos, costumbres e ideas extrañas que hubieran podido herir la sensibilidad ultra-religiosa de este tan peculiar pueblo (159) — inflexible ante todo intento que pudiera reformar o hacer innovaciones en su religión, que se basa en la absoluta inmutabilidad de sus leyes mosaicas.

Semejantes intentos —realizados por el autoproclamado Hijo de Dios— chocaban con la roca de la inflexibilidad religiosa y tuvieron que pagar casi con su vida por el simple hecho de querer cumplir con los postulados de los tiempos, que exigen reformar e innovar constantemente.

Si el estado teocrático —conducido por los ortodoxos sacerdotes— en cuestiones de la religión era inflexible al frente de sus vecinos inmediatos, en más de una oportunidad también resultó ser intolerante.

Nada, absolutamente ninguna comunidad podía permitirse el lujo de vivir en la comunidad judía con una diferente religión, que no fuera judía.

El rey Alexander Jannaeus, no obstante que él era un acérrimo enemigo de los ultraconservadores fariseos, no tenía el mínimo conflicto con su conciencia —ya entumecida— de demoler la aldea de Pella junto con sus infelices habitantes, porque éstos no estaban dispuestos a circuncidarse e integrarse en la comunidad judía. (160) A su vez dieron la bienvenida a todos aquellos que deseaban entrar en la más que cerrada comunidad, siempre que estuvieran dispuestos a cumplir con los requisitos indispensables: circumcidarse y aceptar los dos imperativos categóricos: despreciar en adelante a sus anteriores dioses y despojarse del afecto de sus patrias abandonadas. (161)

Los judíos no conocieron la «Igualdad Saturniana» y ad analogiam de Egipto, ellos contaban también con diferentes clases sociales. (162)

A la clase teocrática pertenecieron los sacerdotes —los colaboradores Kassidi— y los imprescindibles fariseos. La clase que representaba el poder del pueblo, los llamados demócratas, fueron los Sadducaeos — siempre oponentes de los demás. Los Sadducaeos junto con los «Geomoroi» o Eupatridas terratenientes representaban la clase media, mientras el resto, los llamados «Demi-ourgios» (artesanos, carpinteros, fabricantes de vidrio, balsameros, saca-asfaltos, agricultores, etc.) pertenecieron a la última clase, por no decir penúltima, pues el pueblo judío contaba también con la «colaboración» de siervos. (163)

Estas personas fueron los «no libres» — tratados por sus patrones familiarmente (164), y podían recuperar la libertad oportunamente. Las leyes mosaicas en esta cuestión resultaron incomparablemente más humanas que las de los romanos, o posteriormente el trato duro del paleo-cristianismo, censurado duramente por los mismos romanos. (165) Las leyes judaicas establecieron que el siervo debe servir solo durante s e i s años, pues en el séptimo año puede recuperar su libertad junto con su familia, (166) excepto aquellos que por su propia iniciativa optaran mantenerse en semejante estado, motivado por intereses propios.

Palestina

A fin de completar el panorama histórico, presentaremos en las páginas que siguen una breve descripción topográfica y geográfica del país —patria de los judíos— conocido con el nombre de Palestina. (167)

Era la patria de todos los judíos, por lo menos, en las épocas más antiguas. De cierta manera resultó ser una isla en el centro neurálgico de una etnia árabe, cuyos habitantes tenían que conformarse con una situación política nada agradable, es decir, estar en medio de los siempre rivales Egipto y Siria como un incómodo «Puffer-Staat» (estado paragolpe) con todas sus consecuencias netamente negativas.

Y dentro de este «estado paragolpe» había otro más: Samaria, que separaba a los dos territorios Judea y Galilea, habitados por el pueblo judío. La poco y nada judía Samaria, habitada por una diferente etnia, mantenía una constante rivalidad y hasta enemistad tanto con los norteños en Galilea como con los sureños la muy poblada Judea.

JUDEA tenía en su época —según Flavius Josephus— la extensión de alrededor de tres millones de «aruora» (6072 km2), (168) dividida en once distritos (169) y contaba con una población numerosa. Su metrópolis, Hiero-Solima tenía en la época del rey Archelaos Herodes 120.000 habitantes, y alrededor fue sembrada con numerosas aldeas y pequeñas ciudades.

Los habitantes de Palestina fueron políglotas; los judíos ortodoxos hablaron su lengua de heber —sus doctos sabían escribir sin masoreta— pero el idioma común de todos los habitantes de este vasto territorio era el arameo, aunque los comerciantes hablaron también el sirio libanés y el griego.

La mayoría de la población se dedicaba al comercio; desarrollaron un saludable intercambio comercial entre el área mediterráneo y el lejano Orient