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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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  Sección: Bitblioteca

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El rebelde de Galilea (segunda parte)
Escrito por los bimilenarios autores grecorromanos y judíos

Primera parte
Tercera parte


Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1996, by K. Zoltan Mehesz — Corrientes
Depósito legal No. 91003
Correctora del idioma castellano: Sra. María Josefina Feris

La Diáspora

El destino es el maestro en la escuela de la historia, y él nos enseña que la supervivencia de un pueblo, puesto en medio de naciones —rivales entre sí— solo depende de su vitalidad y del tiempo...

Y precisamente esto le ocurrió al pueblo de los judíos, cuya patria estaba enclavada entre los antagónicos pueblos de Egipto y Siria. Su ubicación geográfica los condenaba a ser un «estado paragolpe», que en el sentido más estricto de la palabra solo recibían golpes de todos sus lados... En esta situación tan precaria, realmente no tenían otra solución mejor que enfrentarse con la realidad de cambiar su geopolítica y dejar correr la misma suerte que tienen las hojas caídas en el otoño — ser arrastrados por todos los vientos que las levantan y dispersan en todas las direcciones.

Siempre en la búsqueda de una patria definitiva... pasaron primero a Egipto, aguantando con resignación la hostilidad de este intranquilo pueblo durante unos cuatro siglos, hasta que lograron regresar de nuevo a la tierra de sus padres, para que desde allí mismo, fueran dispersados de nuevo... Primero por Sargon II —rey de los sirios— luego por Nabuquednazar de los babilonios. Y si bien, Cyro los rescató de un penoso cautiverio, no todos lograron regresar ni con Zorobabel y ni siquiera con Esdras, sino —quizás por causa de una inspiración divina— algunos quedaron en el país de su cautiverio y otros muchos quedaron a la deriva de los vientos orientales, que los desparramaron por todas partes del entonces mundo antiguo.

Como si hubieran querido abrazar la parte sureña del Mare Magnum, llegaron los hijos de Abraham y se asentaron en todo el litoral... Estaban en Cyrenaica, en Alejandría, Fenicia y Cilicia. Desde allí se dirigieron a las ciudades más importantes del Asia Menor. Ellos estaban presentes en la ciudad de Diana, en Efesus; cruzaron luego al Mar Egeo y llegaron a Korinthos y desde allí solo había un paso más para llegar al Centro del Mundo, a la eterna Roma. (287)

ALEJANDRÍA: la mayoría de los judíos, que sentían la necesidad de emigrar, se asentaban en el centro de la cultura oriental, en Alejandría. La cuestión de por qué razón, cuando y cómo vivían allí, merece por lo menos una breve, pero concisa y bien aclaratoria respuesta.

Agatharchydas de Knydos nos comenta, en su obra escrita acerca de los diadokhos, la historia de los valientes judíos, los cuales, por causa de su religión en un día del Sabbath, totalmente desarmados, fueron vencidos y deportados hacia Egipto por el astuto faraón Ptolomei, hijo de Lagos.

Este faraón de los egipcios, —también llamado Soter (Redentor) — al enterarse de que los judíos, por causa de su muy estricta religión festejan el día de Sabbath con una absoluta inactividad, aprovechó esta situación y los asaltó, llevándose por delante la gente de Judea y hasta de Samaria también. Podía capturar un gran número de habitantes y llevarlos todos a Egipto... Los ptolomeos, impregnados por la más exquisita cultura helénica, fueron patronos de la afamada escuela de Alejandría, pero sintieron las consecuencias de una inercia que estrangulaba el comercio en Egipto — un vacío que solo podía ser remediado con la extraordinaria capacidad comercial de los judíos y precisamente fue esta circunstancia la causa etyológica del asalto egipcio. En la historia nada ocurre sin causa.

Hecateos de Abdera de su parte nos dice que los judíos, cuando se enteraron de que los deportados fueron muy bien tratados, comenzaron a emigrar hacia Egipto, conducidos por Ezequias, un anciano sacerdote y una sobresaliente personalidad judía, que además era un experto en cuestiones de finanzas y del comercio. (288)

Los deportados hacia Siria y luego a Babilonia fueron cientos de miles, pero después de que regresaron del cautiverio más de dos generaciones, ante la siempre tirante situación política entre Siria y Egipto, una considerable parte de los judíos en Judea encontró preferible emigrar hacia Egipto, en vez de sufrir las consecuencias de vivir en un «estado paragolpe». (289)

Tomaban entonces una gran parte de ellos la dirección hacia Egipto y se afincaron en las ciudades de Asty y de Saiz cerca del mar; y en el interior, en Memphis habitaba el «campo judío», y entre Onion y Heliopolis era muy conocido el Vicus Judaeorum (¡el Pasaje Judío!). (290)

Las ciudades Asty y Saiz se encontraban prácticamente en el Delta, en la cercanía de la ciudad comercial de Naukratis, centro de exportación e importación marítima; en estas ciudades habitaban los mejores comerciantes judíos, los cuales con una simple operación comercial podían ganar un dineral, pero también correr el riesgo de perder todo. Los judíos en esta área tenían el privilegio de poder tener sus dedos sobre el palpitante pulso del comercio marítimo.

Fueron los judíos además de eficientes comerciantes también valientes soldados de las fronteras. Estos soldados fueron llamados con el apodo de Macedonios por causa de su coraje e intrepidez en la defensa del país que los recibía. El faraón Ptolomeo Soter concedió a ellos la muy codiciada ciudadanía, la llamada «Iso-Politeia» (291).

Precisamente esta situación privilegiada de los judíos en Egipto, motivó a que los nativos, —junto con los griegos— los trataran primero con envidia, que luego in crecendo encendieron protestas violentas...

Philo, el más insigne filósofo judío que vivía en Alejandría —una estrella de la afamada escuela en esta misma ciudad— con su pluma fresca nos relata los acontecimientos, cómo fueron atacados los judíos por los egipcios, instigados éstos por los mismos griegos, siempre antagónicos con los judíos en cuestiones del comercio. Él nos dice que el irrefrenable antagonismo —impulsado por la envidia— comenzó con protestas que culminaban en escaramuzas, seguidas éstas de persecuciones violentas contra todos aquellos que por su ejemplar conducta civil resultaron ser superiores a los revoltosos anfitriones egipcios. (292)

Para que el lector tenga una idea de cómo era la vida cotidiana, a un un siglo después que Joshua apareció en este mundo —en esta siempre agitada y turbulenta Alejandría, ciudad Crisol, en que se mezclan étnias, cultura y comercio— citaremos fielmente la epístola que el emperador Adriano envió a su cuñado Serviano, que al par era cónsul y gobernador de Egipto...

ADRIANO, Augusto al CÓNSUL SERVIANO...

Referente al pueblo de Egipto, cuyos elogios y alabanzas tú me enumerabas, mi dilecto Serviano, quiero que sepas que yo los conozco perfectamente!

La gente de este pueblo es totalmente voluble; ¡ligera y abierta siempre al más pequeño rumor! En este país, los que veneran a SERAPIS son los cristianos y son devotos de Serapis también aquellos que se dicen ser Obispos de Cristo.

No existe en aquel lugar ningún judío que no ostente el título de ser jefe de una sinagoga o que no sea al mismo tiempo también astrólogo, adivino o curandero (aliptes.n.d.a.)

Y lo mismo puede decirse acerca de los samaritanoso de los SACERDOTES CRISTIANOS. El mismo PATRIARCA, cuando viene a Egipto, se ve obligado por unos a adorar a Serapis y por otros a Cristo!

Esta raza de hombres es muy sediciosa, llena de vanidad y muy dada a las injurias.

Su ciudad es opulenta, rica y fecunda y nadie vive ocioso en ella: unos soplan vidrio, otros fabrican papel; todos se dedican a tejer el lino o practican alguna otro arte. Los cojos tienen su ocupación, los eunucos tienen tambien la suya, ¡hasta los mismos ciegos!...

En aquel país ni siquiera los mancos permanecen sin ocupación determinada. ¡El dinero es su único Dios! ¡A este Dios dirigen su adoración los cristianos, los judíos, todos los habitantes de aquel país!...

Quisiera que aquel país sea poblado de mejor gente, ¡pues Alejandría es digna por su grandeza de ser la cabeza de Egipto! Yo les concedí todas las ventajas posibles, les he devuelto sus antiguos privilegios añadiendo muchos otros nuevos de tal manera que mientras yo estuve con ellos, los egipcios me demostraban públicamente su agradecimiento, pero en seguida, cuando abandoné aquel país, comenzaron a propagar muchas cosas contra mi hijo Vero, y creo también, que tú mismo estás enterado de lo que hablaron acerca de Antinoo... Realmente a este pueblo no les deseo otra cosa que sigan alimentándose con sus gallinas, las cuales incuban de un modo, que me da vergüenza explicar... (293)

Te he mandado también con una especial dedicatoria algunas copas y también para mi hermana copas de colores cambiantes y jaspeadas, que me ofreció el sacerdote del templo. Quisiera que tú las utilices en los banquetes de los días festivos. Cuídate, sin embargo, ¡que nuestro pequeño Africano no las use demasiado!

Hasta allí las significativas palabras del emperador — lleno de rencor y repudio contra los egipcios, cristianos y muy especialmente contra los judíos, pues en Judea apareció la fama de un nuevo Mesiash, un tal Bar Kocheba, que poco después desató una nueva insurrección...

Adriano, el emperador, sabía perfectamente que de la chispa nacen los grandes incendios y para apagar el fuego todavía local, envió a Judea a su mejor jefe militar, Julio Severo. Con la intervención de este gran estratega se desató una sangrienta y última guerra sin tregua con un saldo peor que trágico, pues Judea fue prácticamente borrada de la tierra en esta tercera y última guerra... Novecientos ochenta y cinco aldeas y ciudades fueron arrasadas por el huracán romano; el país se transformó en un gigantesco cementerio que recibío más de medio millón de muertos... ¡Ni siquiera la Diáspora logró salvarse! Cincuenta de sus asentamientos en el exterior fueron eliminados por la furia romana.

La ciudad de Hiero-Solima —la sagrada Jerusalén— ha sido arrasada como una vez Cartago; desapareció su Santo Templo, testimonio de tantos vendavales anteriores. En su lugar, erigieron otro en honor de Jupiter como un trágico símbolo de una lucha encarnizada, que se desató entre los dioses en su ocaso y el Dios, que estaba por llegar.. Hasta el nombre de la ciudad —el antes tan sagrado Jerusalén— ha sido cambiado por el nombre de Aelia Capitolina Hadriana. (294)

Sin embargo, el pueblo —con el auxilio de su previa diáspora— sembrada en Occidente y en Oriente, logró sobrevivir el genocidio que hicieron los romanos, a fin de cumplir inexorablemente su cita con el destino, que cada pueblo recibe ya en su cuna al nacer, como un regalo de Dios o de sus dioses.

El destino de este pueblo tantas veces sufrido —escrito en el libro de la Historia— era previsto que un día regresaría y quedaría definitivamente a Hiero-Solima, tierra que fue regada por la sangre de sus padres unos miles de años antes.

Es inútil luchar contra el destino, porque el Hado se llama Voluntad Divina, que se cumple inexorablemente.

LA DIÁSPORA ROMANA: Quizás el más importante asentamiento que tuvieron los judíos fuera de su patria fue la Diáspora en Roma. Que ellos hayan podido hacerse firmes precisamente en la capital de sus peores enemigos, tiene su explicable causa etyológica...

La muy transcendental cosmo-visión del gran estadista romano Cayo Julio Cesar preveía la impostergable necesidad de nivelar y remodelar su todavía república, cargada con las enfermedades de la vejez.

Para este fin, Roma tenía el poder, su derecho ya insuperable en estos tiempos, la fuente natural de una civilización admirable, completada con la colaboración de la Grecia vencida, que llevaba bien alto la antorcha de su excelsa cultura helénica..., pero faltaba todavía algo más.

Acerca de este «algo» Mommsen nos dice que fue el «tercer» pueblo, cuya presencia en Roma resultó ser imprescindible. Este tercer pueblo fueron los comerciantes judíos.

El héroe macedónico Alejandro Magno se asentaba entonces en esos tiempos en Alejandría, donde no obstante las persecuciones resultaron ser imprescindibles. Allí mismo, en Alejandría, Cesar se dio cuenta de lo beneficiosa que sería para Roma la presencia judía; por esta razón los invitaba, prometiéndoles una serie de privilegios y una garantía para el libre ejercicio de su peculiar religión (295) frente a eventuales protestas del sacerdocio romano y griego.

Solo Cesar podía impedir en estos tiempos todavía muy sensibles, protestas del ya decadente politeísmo, que se sentía seriamente enfrentado con el incipiente monoteísmo, proveniente del misterioso Oriente.

El hebreo —una vez asentado— se hizo firme en Roma y, abandonando toda clase de estatismo, estaba en todas las ciudades de Italia; se hizo traficante y el mercader judío seguía al conquistador romano, rivalizando con los mercaderes italianos y griegos, a los cuales repudiaba más que a la peste...

El asentamiento judío en Roma tenía también sus Be-moles, pues apenas Cesar fue asesinado en la Curia, aparecieron para los judíos nubarrones que prometían tormentas... (296)

Kosmopolitismo y la Diáspora

El judío en la diáspora era un ferviente nacionalista, pues se ligaba con su Hiero-Solima por medio del lazo irrompible de su inalterable religión, pero al mismo tiempo —adaptándose a su nuevo ambiente— resultó ser un «cosmopolita nacionalista».

Era gente de doble pasaporte, dueños de un corazón que de vez en cuando se sublevaba contra el cerebro, partidario de sus intereses que lo hicieron proclamar —sin sonrojarse— que «¡ubi bene, ibi patria!», ¡aunque nunca la verdadera!

El judío, que no ha tenido el don de ser un genio político, resultó ser de cierta manera indiferente ante las diversas formas de un gobierno; abandona fácilmente lo constituido por su mentalidad nacional, así como también acepta —sin preocuparse— el traje de otra nacionalidad y de esa manera se liga a todas las naciones, que no pertenecen a la suya... El judaísmo en el mundo antiguo llevaba en sí un fermento activo de Cosmopolitismo, sin que por eso hubiera traicionado jamás su por excelencia teocrático nacionalismo (297), lo que como un invisible pero más que nutritivo cordón umbilical ataba a la ciudad, en que fue erigido su tantas veces destruido templo.

Por esta misma causa el judío en la diáspora —fuera una metrópolis o una aldea pequeña— siempre supo formar dentro del estado de otros un estado propio (¿getho?) que, gobernado por ellos mismos, obedecía a un correligionario alcalde y al par juez inapelable. Esto mismo se repetía tanto en Alejandría como en Roma o en cualquier otra parte en el mundo antiguo; en el pasado y hasta en nuestro turbulento presente.

Otro medio, que mantenía entre ellos una «unidad ejemplar», era el impuesto al Dios.

Los judíos que prefirieron quedarse en Babilonia, Siria, Mesopotamia, Roma, Atenas o en Efesus jamás dejaron de enviar su impuesto religioso a su verdadera patria. (298)

Lo mismo hicieron los judíos que habitaban Antioquía, no obstante que Seleuco I. Nicator les dio la ciudadanía y fueron llamados «Antioquenses», pero en su corazón permanecían judíos y oblaron el impuesto sagrado, que para ellos era como una piadosa oración. (299)

Cumplieron con este deber religioso de igual manera aquellos a quienes los vientos del destino llevaron a Fenicia (300) o a la lejana Cyrene o a Phrygia (301).

Después que Antioco el Grande separó Palestina de la soberanía de los Ptolomeos (302), Antioco III., irritado por las insurrecciones en Phrigia y en Lidia envió una carta al gobernador de Lidia, a un tal Zeuxis, anunciándole que para terminar definitivamente con las revueltas, había decidido enviar allí unas dos mil familias de judíos babilonios, para contar entre los revoltosos gente leal y al par guardián de los intereses nacionales.

Todos estos judíos, antes llamados babilonios, ahora leales phrygios, cumplieron cabalmente con su deber, sembrando entre los sediciosos el ejemplo de cómo vivir en paz, sin haber olvidado siquiera un momento que detrás de todos los posibles apodos fueron leales judíos, que —creando en cada estado su pequeña comunidad— mantuvieron firme su «cordón umbilical» con Jerusalén.

La epístola de Antioco III, enviada al gobernador Zeuxis en Phrygia, era un fiel testimonio del aprecio que tenía para sus judíos «babilonios». (303)

Para epilogar esta cuestión acerca de la Diáspora, consideramos que lo más acertado será citar las sabias palabras de Th. Mommsen, quien nos dice: «¡El pueblo de los judíos es una raza notable. Flexible y pertinaz a la vez. Se encuentra en todas partes del mundo, pero ninguna es su patria. En todas partes del mundo es poderosa, pero en ninguna parte ejerce su poder!» (304)

Solo se les puede comparar con Alejandro Magno, que tanto simpatizaba con ellos. Este rey gigante de la pequeña Macedonia en su marcha triunfal hacia al misterioso Oriente, tenía en una de sus manos su invencible espada y en la otra mantenía bien firme la antorcha inapagable de la magnifica y penetrante cultura helénica.

Los judíos tomaron quizás la dirección opuesta, llevando consigo lo único que tenían, su innata inteligencia, que al fin resultó ser la bienvenida levadura en el pan crudo de tantas naciones.

El gran estadista y visionario C. Julio César sabía perfectamente por qué razón les dio la bienvenida.

Joshua, el rebelde de Galilea

Una muy antigua profecía, extendida en todo el Oriente, anunciaba que el imperio del mundo pertenecerá un día a un hombre, que aparecería en Palestina. Sin embargo, lo pregonado adolecía de un grave defecto: era ambiguo. Cada uno podía interpretar a su gusto, aunque hubiera nacido fuera de este territorio... (305)

Cinco siglos antes de que en Galilea apareciera Joshua, Empedocles anunciaba a los sorprendidos agrigentos que él era un Dios, que había descendido de los cielos para salvar este mundo corrompido.

Fue este ególatra filósofo el primero que con voz en cuello pregonaba el himno de la amistad, diciendo: «¡Ama a tu prójimo!». Cinco siglos después fue este precepto repetido, ¡pero esta vez por otro!

Con semejante programa soterológico apareció en el Oriente un tal Apolonio de Tyana, casi contemporáneo de Joshua; este hombre era un sabio de inmensa fama, un ser sobrenatural, que supo devolver la vida a unos fallecidos. Realizó hechos que no hubiera podido hacer ningún ser humano. Apolonio era venerado en su mundo grecorromano como un Dios que pregonaba doctrinas, repetidas luego por otros. Apareció como una estrella potente sobre el cielo, como un cometa, ¡el que viene un día y se va! Apolonio no tenía discípulos que hubieran podido pregonar luego sus enseñanzas... Sus únicos compañeros fueron el olvido y la soledad..., quizás también los vientos, que borraron hasta las huellas de sus sandalias. (306)

La profecía —anteriormente citada según los aduladores— se refería a un general romano que casualmente estaba en Palestina con sus legiones, un tal Vespasiano; pero los judíos estaban plenamente convencidos de que lo vaticinado en sus sagrados libros, les prometía un hombre, que va a nacer entre ellos. (307)

Sin embargo, ni el posteriormente ya emperador romano Vespasiano, ni su íntimo, Flavius Josephus, ni Suetonio imaginaban que la citada profecía esta vez sin que lo señalaran concretamente, se refería a un Santo Rebelde que revolucionaría la hace tiempo ya injusta e inflexible estructura social y religiosa...

Este hombre es Joshua, hijo adoptado de un sencillo carpintero de Galilea que —autoproclamábase— ser hijo de Dios; por medio de sus revolucionarias doctrinas barrió con todo lo que le parecía corrupto, junto con las estatuas vivientes con pies de barro...

Sus doctrinas fueron las semillas y la planta crecida de una nueva religión que comenzó a propagarse en el oriente, y esta nueva Lux ex Oriente poco a poco conquistó el mundo entero. Bajo el signo de «adaptarse» con su polifacético e irresistible poder de penetración muy pronto saturó todas las instituciones del mundo antiguo.

Y con este breve prolegómeno ha llegado el momento de ocuparnos en adelante de la vida, las doctrinas y los hechos del rebelde de Galilea, llamado Joshua...

Todo lo hasta ahora relatado tenía la exclusiva finalidad de formar un conjunto de mosaicos para presentar al lector los imprescindibles antecedentes históricos, étnicos y políticos, para que la presentación de la vida, de las doctrinas y de los hechos de nuestro rebelde no sean un «¡Deus ex machina!», sino que el lector tenga —por medio de una información previa— la visión necesaria para ubicarlo en la forma más correcta en su mundo antiguo.

Solo así tendremos la oportunidad de penetrar en su más que compleja personalidad y obtener respuestas para una serie de interrogantes; analizando cada palabra y cada uno de sus hechos con el auxilio de la irrefutable lógica. Le quitaremos el mito con que pretende vestirse la dudosa veracidad y ofreceremos al lector en estas páginas solamente la cristalina transparencia de la realidad.

Innumerables son las obras de los autores más antiguos que lograron sobrevivir el desgaste de los infinitos tiempos —una multitud de autores— algunos contemporáneos de Joshua, los cuales por causas inentendibles ocultan la persona de nuestro rebelde; cubren su existencia con un silencio junto con la aldea en que un día llegó a nuestro mundo. Flavius Josephus, el insigne judío y autor de las «Antigüedades Judías» —las guerras judaicas— y escritor de su propia vida, era prácticamente contemporáneo de Joshua, ya que nació unos pocos años después de la tragedia ocurrida con Pilato. Josephus solo recuerda algo acerca de Juan Bautista, y lo que nos dice sobre la persona de Joshua se lo hicieron decir con una interpolación del protocristianismo no muy acertada.

Ni siquiera otro correligionario y contemporáneo de Joshua, Philo de Alejandria lo menciona en sus doce tomos, tratando en un tomo entero acontecimientos de incomparable menor importancia; ni lo menciona siquiera el muy bien informado napolitano Vellejus Paterculus.

Para el historiador del presente es inentendible el llamativo silencio que cubre la persona del rebelde de Galilea..., y esto permitió a algunas personas dudar seriamente de la existencia de nuestro profeta. Menos mal que casi un siglo después de la cruz aparecieron uno o dos evangelios, algunos escritos por aquellos autores, que jamás conocieron al Maestro personalmente. Solo se limitaron a escribir lo que otros —informados a su vez por otros— les dijeron, lo que la memoria de unos ancianos permitía recordar...

Así que nuestras fuentes serán casi exclusivamente los evangelios, cuya exégesis y hermenéutica nos permitirán saber dividir y dominar a fin de sacar saludables conclusiones.

Semejante análisis nos permitirá limpiar a la majestad de Dios de todo revestimiento humano y al mismo tiempo quitar también del hombre toda clase de una pretendida divinidad, que solo corresponde al Omnipotente. De esa manera cumpliremos con el categórico postulado del presente, de terminar de una vez con el pervertido politeísmo, que aparece en la denigrante idolatría y permite humanizar a los dioses para justificar la teificación de los hombres demasiado humanos.

Por esta misma razón, conducido por la exhortación de Kant, que «infunde el coraje, de actuar según lo indicado por nuestra inteligencia» seguidamente comenzaremos a analizar la vida, las doctrinas y los hechos de nuestro santo rebelde de Galilea, desde el momento en que llegó a la tierra y hasta que encomendó muy resignado su alma a su Padre, lo que permitió que fuera tratado por sus correligionarios como si fuera un simple hombre...

Al emprender esta segunda y principal parte de nuestra obra, lo haremos convencidos por Séneca, que nos estimula diciendo: «¡No olviden que los dioses tienden la mano a todos los que pretenden ascender a sus alturas!» (308)

GENEALOGÍA: El escritor del primer evangelio, que antes atendía una aduana en Cafarnaum y luego se hizo discípulo del Maestro, comienza su relato con la presentación de un árbol genealógico — un tronco que carece las correspondientes ramificaciones; lo hizo así, para hacer saber que aquí se trata de una sola persona de suma importancia, un descendiente de Abraham, que después que pasó las tres veces 14 generaciones, ha llegado a este mundo. No obstante que ha olvidado recordar dos personas más en la larga cadena. Admirable es la memoria de un anciano evangelista, que decidió escribir varias décadas después todo lo que podía recordar.

Luego repitió casi lo mismo —con considerable demora— el médico griego, un tal Lucas, que jamás fue discípulo del Maestro, igual que el apóstol Saul, con quien colaboraba en su tarea de misionario.

Lucas era en su carácter de médico un hombre instruido y su genealogía también: en vez de cuarenta generaciones había en realidad setenta y cinco, comenzando con la creación del hombre. Desde Dios llega hasta el carpintero Joseph, que habitaba una —no se entiende, por qué razón tan silenciado— aldea de Nazaret, en la casi inmediata cercanía de la capital de Galilea, Sepphoris.

La genealogía de Lucas facilitaba a Joshua contar a Dios dos veces como su padre. Una vez por Joseph y otra vez por su madre... (309)

Comparando las dos genealogías, hallamos que cada una tiene sus censurables omisiones.

Mientras el evangelista Mateo declara lisa y llanamente el origen humano de nuestro profeta, Lucas, para evitar que su genealogía fuera afeada por una mancha negra, olvidó incluir al rey Salomón, ya que este rey tan grande era lamentablemente un hijo fruto del adulterio de David con la bella esposa de Urias, llamada Beeth Sabe.

Lucas logró pasar por alto al rey Salomón, pero no se dio cuenta de que se le deslizó un pequeño pero no silenciable error, al incluir el nombre de Cain...

En realidad no tenía, ni tiene sentido relatar de dónde vino Joshua, sino comentar quién era y a dónde ha llegado...

La genealogía de ambos evangelistas —cada uno tiene su pro y su contra— pero en realidad carece de sentido investigar la veracidad de las mismas, pues Joshua las refuta categóricamente a ambas diciendo: «¡Padre, tú que me amaste ya antes de la creación del mundo!» (310)

PADRE HONORIS CAUSA: Joseph de Nazaret era un sencillo judío de Galilea; un carpintero pobre. En su biografía tiene solamente el alpha, pero acerca de su vida no sabemos nada, ni siquiera su omega.

Las escrituras canónicas habrán podido cubrir su vida con silencio, pero un solo acontecimiento relacionado con él pudo rescatar para la posteridad que era un hombre, demasiado noble y rico en su corazón, en quien —en vez de sangre— palpitaba el color celeste de amor de un hombre ya más que maduro.

Hemos dicho en el título que era padre «Honoris causa», porque el hijo que esperaba su todavía novia y el nombre de su autor, fueron celosamente cubiertos por dos secretos: uno, referente al autor y padre de este hijo, era un secreto religioso revelado luego para él por medio de un sueño, pero el otro secreto, lo real y nada mítico, lo conocía solamente la futura madre y jamás lo reveló a su posterior marido...

Joseph, el judío maduro y sensato, —libre de las pasiones que suelen invadir a los jóvenes exaltados— al darse cuenta de que su prometida no estaba «sola», tuvo que enfrentarse con el dilema que laceraba su tan tranquilo espíritu. Tuvo que elegir entre dos posibilidades: como judío de alma tenía que respetar y hacer respetar la ley, que para su caso implicaba la lapidación de la mujer junto con su futuro hijo, o salvar la vida para poder cumplir con los postulados del amor..., amor, ¡quod Omnia vincit!

Mientras el hombre —íntimamente humillado— meditaba sobre su caso, luchando con su filoso dilema que postulaba una decisión, quedó sorprendido por un profundo sueño, fruto de su desesperación; así, mientras dormía, le apareció un ángel, que le comunicaba que el autor del «primer secreto» es el omnipotente Dios.

¿El lector puede imaginar qué hubiera ocurrido si este judío —un novio engañado— hubiera sido todavía joven y celoso? Sin duda alguna, hoy el mundo sería un fervoroso creyente del culto Mitra, porque con la mujer ejecutada, el cristianismo hubiera sido enterrado bajo un montón de piedras.

Pero ¿cómo podía ser padre del hijo de su novia el invisible Dios? En su intimidad seguramente le preguntaba y, sabiendo que Dios es omnipotente, no tenía porqué dudar de las palabras del ángel. Era cosa de fe y de creencia que tenía su patria en el misterioso Egipto, donde los judíos habitaron durante 430 largos años. Y allí habrán tenido la posibilidad de saturarse con su cultura religiosa, misteriosa y penetrante.

Fueron los egipcios quienes inventaron la paternidad de los dioses y acerca de esto podríamos ofrecer al lector una serie de casos, para darse cuenta de que el caso del carpintero en Nazaret era solo una repetición de otros semejantes, ocurridos hace un rosario de siglos antes ya. En este misterioso Egipto nació la idea de que Dios puede enamorarse del cuerpo de una belleza humana, y consideraron como más que posible que Dios enviara su «espíritu», para dejar de esta manera un hijo entre los demás hombres. (311)

Detrás de todo este misterio egipcio se esconde en realidad el irrefrenable deseo humano, demasiado humano, de poder comunicarse de alguna manera con el Ser supremo, sin darse cuenta de que Dios carece de sexo, e insistir en su carácter de padre es un intento sacrílego y vano, que pretende rebajar a Dios al nivel del hombre...

Dios es omnipotente, pero solo relativamente, porque carece de lo que el hombre tiene: principio, sexo y un fin. Es para recordar bien y para siempre.

Diodoro Siculos nos comenta (312) que en la dinastía XII —unos veinte siglos antes de Joshua nacer en Nazaret— al faraón Ammenemes le apareció en un soporífero sueño de verano el Dios Hephaistos, un atrevido Dios griego, que le anunciaba la paternidad del hijo que esperaba su mujer. Ammenemes, al despertar lleno de alegría dio luego al hijo de Hephaistos el nombre de Senwosret (¡Sesostris!) y una educación y un trato muy especial, que solo podía merecer este hijo de Dios.

Caprichosos son los dioses, y de vez en cuando, quizás para burlar a la gente, hicieron nacer en vez de un hijo una hija de Dios...

El faraón Tuthmosis estaba casado con su reina Ahmose: no sabemos con certeza, si ella era o no su propia hermana, pero sí la historia de un amor divino quedó grabada sobre las rocas en el desierto de Bahari, que —una vez descifrada— nos comenta que el Dios Amón Crío-Prosopos, el Dios misterioso y oculto, se enamoró de la hermosa Ahmose y el fruto de este amor celestial resultó ser una niña. Esta niña —una vez adulta— subió al trono y bajo el nombre de Hatseputs dirigío durante veintiún años (1489-1468 a.cr.n.) la suerte de su pueblo con gran éxito.

Rhamses II —un faraón de la dinastía XIX entre los años de 1290-1224que era hijo del faraón Seton, el día menos esperado se proclamó hijo de Dios y para conservar el honor de sus progenitores, se apuró a aclarar que él es una encarnación de sus antepasados... No había causa para enojarse.

Referente a la historia de Samos, nos dicen los antiguos anales que entre los numerosos descendientes del fundador de esta colonia, llamada Sema, sobresalía el matrimonio de Mnemarkhos, un sencillo grabador de piedras y su bella mujer Parthenis, quien tenía la fama de ser la más hermosa entre todas las mujeres.

Mnemarkhos viajó en una oportunidad junto con su esposa a Grecia, donde llegaron también a Delphos y aprovechando la rara pero también más que grata oportunidad, se dirigieron al oráculo a fin de solicitar una respuesta acerca de la posibilidad de emprender también un viaje a Siria. La sacerdotisa le advertía a Mnemarkhos, que su viaje a Siria sería feliz, y tanto más, porque su esposa está en dulce espera, pero, el hijo que ella va tener, es del Dios Apolo, y una vez ya adulto, será el más grande sabio y al par un hijo de Dios, un Soter, para salvar a la humanidad.

Mnemarkhos quedó asombrado y —íntimamente conmovido por las palabras de la sacerdotisa— cambió inmediatamente el nombre de su mujer en Pythais. Ambos viajaron luego a Fenicia, en cuya capital Sidon les nació el hijo prometido, dándole nombre de Pythagoras, a fin de conmemorar su origen divino. (313)

El Dios Apolo —joven y apuesto— era muy sincero y no podía mantener en secreto que él era también padre del sabio Platón: lo anunciaba descaradamente en un sueño al mismo padre legal de Aristo, dejando bastante mal a su leal esposa Perictione. Pero el triángulo con un Dios jamás puede ser motivo de preocupación.

De vez en cuando tarda algo el reconocimiento de una paternidad divina. Alejandro Magno, el rey de los Macedonios, al entrar en el afamado santuario del Dios egipcio Amon Krio Prosopos, el Dios le dio la bienvenida exclamando con voz fuerte: «¡Eres mi hijo predilecto!» Una pronunciación que luego se repitió en Palestina tres siglos después. ¡La historia siempre se repite!

Alejandro, íntimamente convencido de las palabras pronunciadas por un sacerdote ventrílocuo, en adelante, denegando la paternidad de Filipo, escribía las epístolas a su madre Olimpia, iniciándolas de esta manera:

«¡Alejandro, el rey de los Macedonios, hijo del Dios Amon, saluda a su madre Olimpia!»

No vamos a decir ahora qué le contestó luego su prudente madre... (314)

El emperador Augusto nació diez meses después y por esta razón le dijeron que era hijo de Apolo. Su nacimiento en el año de 62 an.cr.n. tenía sus llamativos antecedentes. Julio Marato nos dice que pocos meses antes de su nacimiento acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos los habitantes de Italia. El milagro significaba que la voluntad divina preparaba un rey para el pueblo romano, y al nacer, el más famoso astrólogo y matemático romano Publio Nigidio Figulo declaró que nació un dueño del universo, un hijo del Dios Apolo.

Para epilogar esta serie de semejantes casos, cerraremos lo relatado con la noticia de que casi en el momento en que el hijo del carpintero de Galilea dejaba esta tierra, ya había aparecido otra estrella, cuya madre había tenido un sueño, en el que le aparecía Proteos, el dios egipcio, y le comunicaba que el hijo que iba a nacer era de él. Theophrastos nos comenta luego la vida de este hijo que llevaba el nombre de Apolonio de Tyana, cuyos hechos y dichos podrían llenar las páginas de una nueva biblia.

Regresando de nuevo a nuestra cuestión, llegamos a la conclusión de que el carpintero de Nazaret en la época del nacimiento de su primogénito probablemente era ya de avanzada edad y —gastado por la pobreza y por las inclemencias de su siempre turbulenta época— un desconocido día, agotado y consumido por los años de duros trabajos, pasó a la eternidad, sin siquiera ser recordado por la ingrata y olvidadiza posteridad. El presente no debiera olvidar, que gracias a su inmensa bondad hoy puede existir la cristiandad. (315)

La concepción inmaculada

Es el epílogo de una visita divina, reservada para algunas mujeres previamente selectas por la voluntad divina... (316)

La definición concisa requiere una información algo más detallada; por eso a título de prólogo creemos conveniente brindar al lector una información previa y exhaustiva para poder comprender luego a fondo el real contenido del término de las dos palabras «concepción inmaculada».

El anuncio de la voluntad divina, que por medio del ángel Gabriel —cuya versión en castellano significa «fuerza de Dios»— ha sido transmitido a la madre de Joshua, tiene numerosos antecedentes.

En la elección de la mujer los dioses fueron muy exigentes: preferían que la mujer fuera ante todo joven y bella, porque no buscaron siempre las vírgenes, donde la paternidad tenía que ser luego declarada, que no era nunca muy grata.

La decisión divina —en la mayoría de los casos— ha sido previamente anunciada por medio de un sueño de un mensajero o (317) el Dios lo hizo personalmente. (318)

Acerca de una visita personal del Dios, Herodotos nos comenta que en Babilonia en el templo del Dios Belo o Bala, en la última torre de este magnífico santuario se hallaba una capilla, en cuyo interior había una cama regia, hermosamente arreglada y a su lado una mesita de oro. No había allí ninguna estatua ni otra cosa.

Esta capilla era un lugar sacro-santo, en que no podía entrar ningún otro ser humano, solo y exclusivamente una mujer, que previamente ha sido declarada como la «hija del país, electa por el Dios Belo».

Nos comentaron los caldeos —llamados así los sacerdotes del templo— que Dios llega siempre en la noche y duerme en esta cama acompañado por la mujer elegida. Herodotos no estaba dispuesto de aceptar lo comentado por los sacerdotes del Dios Belo, y dijo: «¡Yo no les doy ni el mínimo crédito!» (319)

Nosotros creemos lo relatado con cierta reserva, en cuanto estamos convencidos de que el Dios Belo seguramente encargó con su representación a un joven sacerdote. Prestar crédito a lo absurdo es una cuestión de fe. (320)

Ya hemos citado previamente los comentarios de Plutarchos referente a la teología de los egipcios, en virtud de la cual, puede existir el amor divino que un Dios tiene reservado para una belleza humana (321). Ellos sostienen que el espíritu de Dios —la Hagia Pneu o una Rafaga de Luz (322)— puede producir una concepción.

San Agustín en esta cuestión llega todavía más lejos... El sostiene que Dios puede encargar esta tarea también a uno de sus ángeles. (323)

Los egipcios inventaron el sexo para los dioses...

Llamativo era el comportamiento del politeísmo. El Júpiter de los romanos, sin descender de los cielos, enviaba solo su rayo si quería dejar un hijo a los humanos. Osiris de los egipcios, el Dios Sol, se contentaba con enviar una potente Ráfaga de Luz. — El Dios Baal de los fenicios, demasiado cómodo, se hizo representar por uno de sus sacerdotes, el Dios de S. Agustín prefería dejar esta tarea para sus propios seres celestiales, solo los dioses de los griegos, los más desconfiados, preferían hacer la visita amorosa personalmente. Este caso lo trataremos inmediatamente...

Unos seis siglos antes del nacimiento del primogénito del carpintero en Nazaret de Galilea, Eurípides nos comenta la muy instructiva historia de la bella Creusa. Nos dice que ella era la hija preferida del rey Erecteo en la ciudad de Atenas y al par también novia de Xutho, hijo del rey de Corinto.

Creusa decidió un día hacer un paseo solitario no muy lejos del palacio; durante su paseo por la montaña se encontró con un joven pastor de chivas; el joven era sencillo, pero muy ¡muy apuesto! Conversaron animadamente y al fin, cansados de tanto trepar, decidieron descansar un rato en la Gruta de Makra...

Creusa, al regresar a su palacio, pronto se dio cuenta de que ya no estaba «sola» y durante diez meses de angustia, ya que como novia de Xutho, tenía serios problemas de esconder su situación nada agradable para ella. Al fin del décimo mes dio muy secretamente a luz un niño, a quien poco después, venciendo su amor maternal, hizo exponer por sus sirvientas más íntimas en las montañas a la merced de las águilas y demás depredadores. Para no destruir su futuro con Xutho, tuvo que hacer desaparecer de esa cruel manera el fruto de un repentino amor, cuya delicia se trocó luego en continuos remordimientos y un conflicto sin tregua con su vulnerada conciencia.

Creusa de esa secreta manera salvó su manchado honor y muy pronto después se casó con su novio. Su matrimonio, sin embargo, resultó ser infructuoso y por ello —después de varios años— ya demasiado afligida, ella y su marido decidieron dirigirse al oráculo de Delphos a fin de implorar un auxilio para terminar con la esterilidad que la perseguía.

La sacerdotisa, que ya sabía todo, la consolaba diciendo que su desgracia puede trocarse en felicidad, nacida de su propio pecado y para no adivinar el sentido de su dicho, hizo traer el hijo, que el «pastor» Apolo le encargó criar y educar hace unos quince años. Lo presentó a Creusa, diciendo: «Aquí tienes tu propio hijo, Ion, a quien tú abandonaste poco después del parto y Apolo, el Dios —muy enojado— me lo trajo y me encargó criarlo y cuidarlo.»

Creusa, invadida por una catarata de felicidad, abrió sus brazos..., pero el hijo, Ion, no podía creer todavía que estaba frente a su madre. Para convencerlo, Creusa contó a su hijo —bañada de lágrimas— la historia apasionada que había tenido con el pastor de chivas, que era en realidad el Dios Apolo. Al ver que su hijo todavía vacilaba en reconocerla como madre, mostró al indeciso hijo las ropitas que la sacerdotisa hizo traer, y dijo: «¡Mira, mi hijo! Me uní con Apolo en un furtivo lecho en la Gruta de Macra, y en la décima revolución del mes, te dí ocultamente a luz. Después de mi parto, te envolví en estas ropitas con mis manos virginales

Ion, al escuchar el relato de su madre, casi creyó lo revelado, pero con una pizca de duda todavía le dijo a Creusa: «Cuídate, madre mía! ¡No culpes al Dios por tu falta, como le suele ocurrir a las vírgenes que quedan embarazadas!...» (324)

Referente a la concepción inmaculada, algo semejante como los casos hasta ahora relatados ocurrió en una choza en la aldea de Nazaret.

Apareció el ángel Gabriel y después de sus saludos anunció a la sorprendida novia del carpintero, que «va a quedar embarazada y dará a luz un hijo, que será grande y lo llamarán el Hijo de Altísimo!» El ángel, al ser preguntado cómo podría ocurrir esto, le dijo: «El espíritu santo —Hagia Pneu— va a descender sobre Ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será santo y con razón lo llamarán hijo de Dios. (Luc.1/28) Y todo esto ocurriría, porque para Dios nada es imposible». (325)

Para epilogar esta tan espinosa cuestión, creemos que en base a lo anteriormente relatado, el lector sabrá sacar sus conclusiones y tendrá la oportunidad, de decidir a favor o en contra de los grandes escolásticos; coincidir con Plutarchos o negar lo que pregonaron los ebionitas; el autor de esta obra queda con los ebionitas y abraza también a los nestorianos...

La cuestión acerca del censo

El paralelismo bíblico entre los conceptos Herodes el Grande, natividad en Belén y el censo parece ser una columna —teológicamente— firme, pero la realidad histórica halló en este pilar varias y serias fisuras...

Después del total fracaso del gobierno de Herodes Archelao —Señor sobre Judea, Samaria e Idumea— el emperador Augusto tuvo la necesidad de terminar con éste y optó por enviarlo al exilio a la ciudad de Lyon en Galia. Sus territorios fueron anexados a Siria, que fue gobernada por el Legado Pro Praetore, un tal Quirino.

Éste, al mismo tiempo ordenó realizar el correspondiente censo en los territorios, que por orden del emperador fueron anexados a Siria — es decir Judea, Samaria. La forma y finalidad de este censo no era la llamada «Capite censi» para saber la cantidad de judíos que estaban bajo su férula, sino exclusivamente para poder determinar el tributo territorial sobre los bienes existentes del pueblo, que siempre protestaba. (326)

El censo ordenado por el emperador era un postulado de la gran calamidad financiera y política que sufría el gobierno de Augusto. En ese año de 6 p.cr.n., alrededor del fin de septiembre, —cuando las tormentas sobre el Mediterráneo impiden la navegación comercial e interrumpen la continuidad de la importación de los granos desde Egipto— apareció en Roma el temible enemigo, el hambre, que nunca llega solo, sino con sus tres cómplices: la rebeldía, las protestas y la subversión. Los depósitos de granos estaban vacíos y el tesoro de la nación, el dinero, el denario brillaba por su ausencia. Los gritos de los estómagos acallaron los aplausos del circo. (327) Por ello, el censo tributario tuvo que ser ordenado con urgencia (328), pero tenía que ser realizado estrictamente según lo establecido por el Derecho Romano (329).

Referente a la época y el año, en que el citado censo ha sido realizado, Flavius Josephus nos dice que esto ocurría exactamente treinta y siete años después de que Octavio derrotó a Antonio en la batalla naval de Actium, el dos de septiembre de 31 a.cr.n. (330), es decir, en el año 6 de nuestra era, y en el mes de septiembre; pues Roma jamás ordenó un censo durante los meses del invierno, cuando azotaban las tormentas de nieve en Palestina, recordadas por la historia en más de una oportunidad.

Antes de tratar la cuestión acerca de dónde tenía que ser realizado el censo ordenado, para la mejor ilustración del lector consideramos imprescindible informar que el emperador Augusto, después de la muerte de Herodes el Grande, unos cuatro años antes de que comenzara nuestra época, repartió el reinado de su dilecto amigo entre sus tres hijos: Archelao, Herodes-Antipas —ambos hijos de Herodes el Grande y de Malthace madre samaritana— y Philip, cuya madre era Cleopatra de Jerusalén. Este tercer hijo era casado con Salomé, cuyo nombre entró en la Biblia.

Archelao recibía el título de Etnarca y gobernaba Judea, Samaria e Idumea.

Herodes Antipas con el igual título de Etnarca, era el gobernador de Galilea y Perea.

Philip gobernaba sobre los territorios poco y nada judíos de Batanea, Gaulanitis, Trachonitis y Auranitis. (331)

Después de que Archelao, por causa de su desgobierno, fue enviado al exilio, sus territorios Judea, Samaria e Idumea fueron anexados a Siria, gobernada por Quirino, pero para auxiliar a éste en su tarea, el emperador envió por primera vez un «procurador», un tal Coponius, para gobernar estas tres provincias bajo la supervisión del Legado Gobernador de Siria.

Quirino, al poner en el cargo al procurador Coponio, anunció a los sorprendidos judíos en Judea el censo tributario, exclusivamente para los territorios anexados. (332)

De esa manera queda aclarado que el censo se realizó cuando nuestro profeta Joshua ya cumplía su sexto o séptimo año —en un mes de septiembre en el año 6 de nuestra era— exclusivamente sobre los territorios anexados. El censo era con fines tributarios para cargar con impuestos a los respectivos fundos. Nadie, absolutamente nadie tenía que moverse ni un paso, porque los titulares fueron censados en sus respectivos asentamientos y domicilios.

Queda refutado de esta manera el erróneo comentario del evangelista y médico griego Lucas, que jamás fue discípulo del Maestro y muy a posteriori se juntó con el tardíamente convertido Paulus. (Luc. 2. 1-7) Y se aclara también, que el carpintero de Nazaret no tenía necesidad de moverse de su casa sencilla, porque Nazaret en la baja Galilea era gobernada por Herodes Antipas, un territorio, que no estaba cargado con el censo; y si hubiera sido posteriormente, tampoco hubiera debido moverse de su fundo, porque el censo tributario se realizaba en el lugar del domicilio. Repetimos esta aclaración con la finalidad de excluir cualquier duda...

Para epilogar esta cuestión, surgida referente a la simultaneidad de Herodes el Grande, el censo y su relación con el nacimiento de Joshua, creemos que hemos tenido la oportunidad de demostrar con olímpica claridad, que Herodes el Grande murió cuatro años antes de nuestra era, que Joshua no era contemporáneo de este gran estadista y que el censo ha sido ordenado en el año 6 p.cr.n. Pero en este año Joshua cumplía ya su octavo año de edad, como lo veremos más adelante.

Lo imperfecto y erróneo tiene que hacer su genuflexión ante la verdad, revestida de evidencias.

¿NACIÓ EN BETHLEHEM? El rey David y todos los habitantes de esta gran aldea judaica... pero la realidad no coincide con el piadoso relato de la Biblia...

La potente voz de los profetas desde un rosario de siglos ya se confundieron con el infinito tiempo, pero sus escritos exigen rigurosamente que sean indefectiblemente cumplidos por algunos hechos de la posteridad. Lo postulado y anunciado por las profecías es un caso además de un nonsens, en cierta manera es perversa por ser inversa, porque obliga al posterior presente a acomodarse con el anterior pasado.

Una de las profecías predijo que el Mesiash, que un día aparecería en Judea, sería un descendiente de la casa real de David. Los discípulos entonces, para justificar el título de Mesiash del Maestro, lo hicieron nacer en el mismo lugar donde nació el pastor —y luego rey— David; en Bethlehem, olvidando completamente que la identidad del lugar de un nacimiento jamás puede justificar un parentesco.

Insistir en esto —absolutamente ilógico— sería equivalente con el propósito de un viaje que los padres del Maestro hubieran debido hacer desde Galilea hacia a Bethlehem: emprender un viaje de 135 km de largo a través de las montañas con una mujer en el noveno mes de su gravidez solamente para hacer nacer al hijo en el mismo lugar, donde siglos antes nació el rey, realmente hubiera sido un hecho sin sentido. Y menos mal que este viaje jamás se realizó..., pues hoy en nuestro iluminado presente no nos cabe ninguna duda de que Joshua ha llegado a este mundo en una aldea anónima, desconocida en la baja Galilea, llamada Nazaret... (333)

Si el plan —hacer nacer al Maestro y pretendido Mesiash en Bethlehem— era para justificar su descendencia de la sangre de David, el argumento se descalifica por dos diferentes razones:

El lugar del nacimiento de la descendencia no tiene que ser forzosamente idéntico con el lugar donde nació el antepasado.

Además estamos convencidos de que la entera población de Judea puede considerarse como directa descendiente del rey David por causa de la mega-familia de este rey polígamo; David, además de Melcha, que era la hija del rey Saul, se unió con una serie de mujeres (334). Solo en Hebron tenía seis hijos y otros once de otras ocho mujeres y de dos concubinas (335), en total dieciocho hijos representaron una mega-familia, que unos siglos después podía ofrecer un número equivalente con el quántum de toda una población. La descendencia produce el parentesco de todos con todos... y por esta misma razón nos dice Séneca que no hay rey que no tuviera la sangre de esclavos, ni esclavos que no pudieran tener la sangre de reyes. (336)

En la genealogía bíblica de Joshua aparece como su antepasado el nombre de Salomón. Indudablemente era un rey magnífico, pero fruto de un evidente adulterio que el rey David tuvo con la mujer de Urias, la bellísima Beeth Sabe. La muerte del marido engañado Urias no ocurrió por casualidad, sino por causalidad; por ello esta muerte clama al cielo desde ese tiempo...

El evangelista hubiera podido elegir entre los dieciocho hijos a otro, para evitar que el Maestro y Mesiash sea descendiente de un hijo adulterino, pero nacemos todos de un querer sin querer y no fuimos nosotros los que hemos inventado la olímpica mentira, según la cual el amor es un pecado...

Además del pretendido parentesco real, hay otros dos argumentos para recordar...

El tercer evangelista —Lucas, el médico— declaraba lisa y llanamente tanto a Pedro como Juan —el cuarto evangelista— analfabetas (agraphoi) y hasta idiotas. (Act.4.13). Efectivamente sabemos que Juan, cuando dictaba a unos amanuenses sus ya más que deficientes reminiscencias, estaba en una edad muy avanzada, cuando la memoria brilla ya por su ausencia.

Además de esta deficiencia, los evangelistas (Mt.- Mr.- Juan) fueron contemporáneos de Joshua y por ello difícilmente habrían podido presenciar el nacimiento del maestro. Referente al mito del nacimiento, comentado por el médico Lucas, que jamás conoció a Joshua, estimamos que merece un breve comentario.

Creemos que todo este relato mítico era producto de una evidente interpolación de autores anónimos del protocristianismo para justificar el fiel cumplimento, lo que profetizaba Miqueas unos setecientos años anteriormente. La ley «...ut adimpleretur» una vez más entró en vigencia.

Solo Juan nos comenta que Joshua estaba convencido de ser el Mesiash... Fue él el único que pudo testimoniar una larga conversación de Joshua con una mujer de Samaria. La mujer de Samaria, epilogando sus preguntas al fin le dijo: «Ya sabemos que el MESSIAS está por llegar, que nos anunciará luego todo» a lo que Joshua contestó: «¡Ego eimi, ho laloon soi! ¡Ego sum, qui loquor Tecum!» — ¡Yo soy ese Messias, el que habla contigo!

Joshua no nació en Belén, porque por causa de un censo, sus padres no tenían que ir desde Nazaret a Belén.

A Joshua hicieron nacer en Belén solo para justificar lo sostenido por el profeta Miqueas.

Joshua, el Santo Rebelde, nació en una pobre aldea de Baja Galilea, llamada Nazaret, una aldea más que pobre, habitada por un puñado de humildes y menesterosos pobladores, visitado siempre por sus tres vecinos: el Hambre, la Pobreza y los Bandidos de Arbella.

Lo único que esta gente tenía en su lejana y pagana Galilea, lo que nadie, absolutamente nadie les podía quitar, fueron la esperanza y su fe en Dios, que las oraciones contestaba con su silencio y tardaba cada vez más y más en cumplir lo prometido por su profeta MIQUEAS.

In Anno Domini...

Basándose en el relato de Eusebio (337), Joshua nació 28 años después de la muerte de Antonio y Cleopatra, los que fallecieron en el año 30 antes de nuestra cronología, lo que significaría que nuestro profeta habría nacido dos años antes de nuestra cronología oficial y dos años después de la muerte de Herodes el Grande.

Al decir que su nacimiento coincidiría con el comienzo del censo, esto significaría —según los cálculos de Eusebio— que el joven Joshua ya habría cumplido sus seis o siete años de edad.

Eusebio sostiene que la fecha del bautismo de Joshua (338) es el 15° año del reinado del emperador de Tiberio, es decir en el año 29 de nuestra cronología, y en el cuarto año del gobierno del procurador Pontius Pilatus (26+4=30) nos arroja el año treinta de nuestra cronología; y, al agregar que en este año treinta «... Joshua arkhomenos hos eton triakonta» estaba llegando ya a su treinta años de edad, nos permite creer, que Joshua —al parecer— nació en el año «O» de nuestra cronología oficial o quizás algunos meses antes...

Conjeturas acerca de los meses y días de su nacimiento nos las ofrece Clemente de Alejandria, que en su obra de Stromateis nos dice que Joshua probablemente nació el día 19 de abril; parece que no se sentía muy seguro en eso, porque luego dijo que no era posible y que en realidad nació el día 20 de mayo; el sabrá por qué razón luego fijó la fecha exacta en el dia 17 de noviembre. La inseguridad en la fecha del nacimiento de nuestro profeta seguió su curso durante siglos y siglos hasta que el Papa Liberio en el primer año de su reinado (año 353 p.cr.n.) —durante el imperio de Constantino II— fijó una fecha por motivos netamente político-religiosos, indicando que en adelante el día del natalicio de Joshua sería exclusivamente el día de 25 de diciembre. Eligió este día solamente con la finalidad de suprimir de esta manera y para siempre la posibilidad de festejar el día del nacimiento de Mitra, que era el hijo del Dios Sol, que descendió de los cielos una serie de siglos antes del cristianismo para salvar al mundo hundido en sus pecados...

Por si acaso alguien quisiera expresar su duda acerca de la exactitud del año, mes y día del nacimiento de Joshua, sería suficiente recordar las propias palabras del Maestro, que al sostener que estaba al lado de su padre ya antes de la creación de este mundo y en realidad descendió directamente del cielo (Ju. 6,41), no nos cabe ninguna duda de que él mismo indirectamente niega su nacimiento terrenal con toda la topografía inventada... (Joh. 10,30 + 17,5 y 24) (339)

LOS MITOS jamás quieren estar solos; su destino es seguir siempre un acontecimiento...

De esa manera trataremos muy brevemente la mítica historia de los magos y la de la estrella, que se dignó a descender de su curso en el cielo para señalar la senda a algunos reyes perdidos...

La citada visita de los magos —un producto piadoso del único y visionario evangelista, dotado de una realmente envidiable y policromática fantasía— nos presenta un cuento jamás ocurrido, pues jamás los monarcas en los países vecinos habrían tenido interés de averiguar y ver personalmente, dónde y a quién nació un heredero; tampoco habrían tenido interés de alejarse de su propio país, emprendiendo un viaje lleno de doble peligro, ya que en la ida les esperaban los eventuales y casi seguros asaltos y al regresar les esperaba la sorpresa de que en el trono imprudentemente abandonado ya sentaba un otro...

Strabo —el eximio geógrafo— seguramente habrá tenido ganas de entrevistarse con estos tres viajeros que con tanta precisión lograron realizar una cita en ese encuentro imposible, por causa de las enormes distancias que les separaba a uno de los otros... ¿Cómo podía coincidir Gaspar de Caldea con su colega Melchor de Pamphilia y los dos con Baltasar, que habitaban en la inmensamente lejana Etiopía?... pues la comunicación en estos lejanos tiempos era más que precaria todavía.

Lo único que hace simpática a esta fábula son los regalos que trajeron: el oro, el bálsamo y el incienso.

Lamentablemente todos estos magníficos regalos quedaron en el mito, porque si el pobre carpintero los hubiera recibido, nunca habría tenido más discusiones con la indigencia, que le seguía como la sombra... No sin causa su hijo, nacido en la pobreza, perseguiría luego a todos aquellos, que por su inconducta sembraron el pauperismo...

Pero el mito, confabulado con la fantasía, seguía su curso e inventó la historia de una estrella que se dignó descender a la tierra para mostrar un camino, iluminado por los rayos del «invencible Dios Sol» Mitra...

La fábula es un reverendo mito que el hombre, calificado como sapiens, no puede aceptar sin sufrir una auto-descalificación. Sin embargo, el caso merece ser investigado, porque las estrellas, al igual que los ángeles, acompañan en la biblia a algunos privilegiados. Los judíos ya habían tenido contacto anteriormente con la estrella de Remfan (act. 7/43) y mucho tiempo después con la «Estrella del Cielo», llamando así al rebelde Bar Cochebas, que, aprovechando una profecía (340), se declaró «Hijo de la Estrella»...

El procurador Rufus (341) quedó encargado de apagar el incendio que este «hijo de la estrella» desató en Judea...

Pero la estrella no era un privilegio reservado únicamente para los judíos. Aelio Lampridio nos comenta que cuando el emperador Alejandro Severo llegó a este mundo, el día de su nacimiento apareció una estrella de «primera magnitud', que brilló un día entero sobre el Arca Caesarea y el mismo sol quedó envuelto en un halo refulgente..., y los augures proclamaron con voz de heraldo, (342) que en este día había nacido un dueño del Supremo Poder.

El infanticidio

Joshua no nació en Belén y tampoco llegaron allí los magos, los cuales difícilmente habrían podido presentar sus saludos a Herodes el Grande, porque al nacer Joshua ya dormía hace dos o cuatro años en su mausoleo y difícilmente habría podido ordenar una masacre entre los inocentes niños, menos aún, cuando todos ellos en realidad fueron descendientes del rey David... Este infanticidio era un producto más de la multicolor fantasía del siempre visionario aduanero Mateo, el evangelista.

¿Por qué razón incluía en su evangelio semejante fábula? Creemos que su relato tenía dos principales motivos; por un lado quería cumplir con su obsesión, ubicar una profecía existente, que en realidad se refería para otro caso ocurrido en Egipto (343), y al mismo tiempo quedarse bien también con el profeta Jeremías, que lamentaba los niños en el cautiverio babilónico... (344). Mateo «ubicaba» también para hechos no existentes profecías tampoco existentes (Mt.2,23!) El hizo lo imposible para justificar un verbo «...ut adimpleretur».

Mateo inventó también una «fuga» a Egipto, que —por falta de motivo— tampoco se realizó, ya que no tenían porqué temer a un rey hacía tiempo muerto, pero inventó para poder aplicar y justificar de nuevo una profecía de Ozeas, que predijo: «¡Ex Egipto llamé a mi hijo!» (345)

El infanticidio es un macabro invento de los fenicios, que sacrificaron niños en tierna edad para sus Dioses de Baal, sedientos de sangre. (Ver nota 454)

Una costumbre, que luego se propagó y era peor que la peste. De Fenicia, este rito sangriento pasó a su colonia de Karthago y lamentablemente apareció también en el Oriente...

Los romanos mostraron en este sentido por lo menos más humanidad que otros pueblos, porque ellos, a los niños indeseados, sin quitarles la vida los expusieron al lado de la columna lactaria a disposición de cualquiera que quisiera apropiárselas.

Tenemos la íntima sensación de que este infanticidio, relatado por Mateo, era tomado directamente de una página de la historia de Roma, escrita por Dionisio de Halicarnassos o por Suetonius, el Tranquilo. Precisamente este último autor nos comenta que él mismo escuchó de parte de Julio Marato, que pocos meses antes del nacimiento del emperador Augusto se produjó en Roma un prodigio — caso que fue testimoniado por toda la población de la península.

El prodigio interpretado significaba que la naturaleza preparaba un rey para el pueblo romano. El Senado, compuesto en su totalidad por republicanos, se asustó mucho y por medio de un «Senatusconsulto» (¡Ley!) prohibió criar a los niños que naciesen en este año... Sin embargo, aquellos, cuyas esposas estaban encintas, esperando cada cual que la predicción le favoreciese, consiguieron impedir que el «Senatusconsulto» fuera llevado a los archivos públicos y tuviera vigencia...; y de esa manera nació a los diez meses, como los «Hijos de dioses «, el hijo del Dios Apolo, Octavio, el posterior emperador Augusto... (346)

¿Joshua o Emmanuel?

El evangelista Mateo insistía una vez más —fiel a su consabido «... ut adimpleretur»— para que se cumpliera la profecía (Izaias 7,14) en la que Joshua (o Jesús) tendría que ser llamado Emmanuel, cuya versión en castellano significaría el deseo más íntimo de todos los creyentes: «¡Dios está con nosotros!» (Mt. 1/23). Llamativamente el ángel no estaba dispuesto a cumplir la profecía —puesta en su boca por el evangelista— pues eligió el nombre de Jesús, que es la versión helenizada de Joshua, y que en la historia judía era hijo de Nun, un sucesor de Moisés (347) que conducía el ejército judío contra los Amalekites. (348)

UNÍ O PRIMOGÉNITO: es una cuestión o disidencia que la iglesia tiene con los evangelistas Mateo y Lucas, y no nos cabe duda alguna de que la razón tiene la insobornable verdad, auxiliada por la lógica, porque si los únicos dos evangelistas, Mateo (Mt.1/25) y Lucas (2/7) sostienen que Joshua era «primogénito», —¡et non cognoscebat eam (Miriam) DONEC peperit filium suum PRIMOGENITUM!— esta misma afirmación de ambos ratifica Marco (Mr. 6/3) al decir: «¿acaso no es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón y sus hermanas. Acaso no viven aquí entre nosotros?»(349)

Los teólogos del cristianismo insisten y fomentan la virginidad —Post Jesum natum— basándose en un tambaleante argumento del Pentateucos (Mos.1,13,8) y pretenden sostener la tesis «Unigenitum», diciendo que en el texto griego —que tiene el carácter de oficial— las palabras «... kai adelphos iacobou..., kai hai adelphai...» (Mr.6/3) en realidad no significan hermanos, sino primos o sobrinos. La semántica de los teólogos cristianos —además de que es categóricamente errada— pone en evidente duda su correcto dominio del griego antiguo, porque deberían saber que en griego antiguo la palabra anepsios-ai (Koloss 4/10) indistintamente significa primo, pero de vez en cuando también sobrino, aunque el griego clásico para la voz del sobrino tiene diferentes voces, en cuanto el hijo del hermano será «ho adelphidous» y su hija, mi sobrina, será «he adelphide» A su vez el hijo de mi hermana será «ho adelphopais» y la hija de mi hermana «he adelphide».

La correcta semántica refuta directamente los argumentos viciosos de la iglesia e indirectamente excluye la mantención de la virginidad post partum, excepto si la iglesia cristiana en este sentido quisiera incorporar como dogma lo pronunciado por la Creusa de Eurípides, quien al querer convencer a su hijo Ion acerca de su maternidad —agarrando las ropitas en su mano— le dijo: «¡Mira, mi hijo! Después del parto te vestí con estas ropitas con mis manos virginales» (350)

El argumento oficial que pretende defenderse con el parentesco en el grado de «sobrino» —además de ignorar que «Adelphidous» no es idéntico a «Adelphous»— aquel que pretende basarse en un parentesco que se anula en el momento de ser pronunciado, pues ni Joshua ni nadie puede tener un sobrino sin contar con un hermano o una hermana... ¡Lógica locuta, causa finita!

Gracias a este error voluntario, la virgen de los cristianos sigue siendo virgen, igual que Creusa en la tragedia euripídica — ¡porque esto le conviene a alguien! Hoy en nuestro presente la virgen es casi la única venerada, porque casi nadie recuerda ya al hijo y menos todavía al padre.

¡Los únicos que no creían en su virginidad eran Joshua y su madre!

La imagen de Joshua

Los millares de cuadros y estatuas son —sin duda alguna— productos de la fantasía, pues además de sus contemporáneos solo dos evangelistas nos pudieron contar algo y recordar su imagen real y verdadera...

La tradición, que jamás fue íntima amiga de la verdad y menos todavía de la realidad, nos dice que el condenado durante su via crucis —al dejar frotar su semblante, bañado en sudor, sangre y lágrimas— dejó su imagen sobre el velo blanco de la piadosa Verónica; lo lamentable es, que este mismo relato es también un dudoso producto de un apócrifo.

Algo más real merece crédito, que el muy agradecido príncipe Abgar, etnarca de Edesa, había ordenado a un hábil pintor que hiciera el retrato del benefactor suyo y de su pueblo; es realmente una pena, que este cuadro no lograra sobrevivir las inclemencias de los siglos, pues un fiel cuadro hubiera podido servir de fuente a la posterior imaginación de tantos...

La exagerada fantasía ya se muda en mentira, pariente del ridículo. Antonio Piacenza dio su testimonio, que él ha tenido la suerte de ver la impresión de los pies que Joshua dejó sobre la tierra arenosa de Palestina... Tampoco podemos dar crédito a Andrés de Creta, quien pretende haber visto un cuadro que el evangelista Lucas habría pintado sobre nuestro profeta. Lo sostenido es para olvidar, porque este médico griego Lucas jamás conoció al Maestro. Mucho después, cuando Joshua ya no vivía sobre la tierra de Palestina, él se unió con Paulo, asistiéndole en sus peregrinaciones para convertir al mundo.

Gregorio, Crysóstomo, Ambrosio y Jerónimo imaginaron un Joshua bello y hermoso, pero Irineo de Lyon sostenía —ignoramos de dónde sacó su información— que Joshua tenía una estatura escasa... quizás fue influenciado por Orígenes, donde se sostuvo lo mismo.

Comodiano sostenía con cierta maliciosidad que Joshua aparentaba como un siervo de poca categoría y nada bella figura. Probablemente por esa razón escribía el fariseo Saul —que tampoco conocía personalmente al Maestro, sino solo por referencias— a su gente en la ciudad de Philippi, que Joshua, humillándose, tomó la imagen de un siervo. (¡alla heautonekenosen morphen doulou labon!) (Philip.2/7)

Una información más veraz habría tenido el mártir Justino, pero su información la llevó a la muerte... Para no quedar totalmente frustrado, es recomendable leer lo que nos dice en este sentido Clemente de Alejandría (Orígenes, Contra Celso VI.75) y muy especialmente Tertuliano en su obra acerca de «De carne Cristi». (350bis)

Es inútil querer reproducir una imagen — producto de la fantasía libre de sus autores; es preferible sacar conclusiones de lo dicho por un evangelista que conocía al maestro personalmente. Juan nos comenta que cuando Joshua le dijo a los judíos que Abraham se alegró al pensar que vería su día, los judíos le replicaron diciendo: «No tienes ni cincuenta años y dices que has visto a Abraham!» (Joh.8/57)

Solo un ser perseguido por la pobreza —compañera del hambre— se desgasta demasiado y solo así habría ocurrido, que Joshua —que apenas tenía treinta años— aparentaba ser un hombre maduro cercano a los cincuenta.

En la amplia lista de las enfermedades que perseguían al rico igual que al pobre, no estaban ausentes las temidas ophthalmo-patias. La prebiscia de vez en cuando se apuraba demasiado y a otros les visitaba hasta en relativamente temprana edad la miopía.

Este mal sentaba sus reales no solo en la política, sino que estaba también presente en los palacios y tampoco faltaba en las chozas de los pobres...

Al discutir acerca de un impuesto, uno de los discípulos de Joshua le trajo un denario y él miró la moneda y preguntó: «¿De quién es esta cara y el nombre que está escrito?» (Mt.22/20) La pregunta del Maestro nos permite imaginar que su vista no estaba en óptima forma; padecía una prebiscia acelerada o una miopía, que le impedía ya una lectura fluída.

Su vestido era blanco como el de los essenios; vestidos permitidos, siempre que no fueran de tela, pues ésta estaba exclusivamente reservada para la clase sacerdotal. (351)

La palabra higiene no figuraba en el diccionario de todos los pueblos en la antigüedad. Este «privilegio» era reservado para los latinos y judíos. El clima áspero de la península balcánica impedía las frecuentes abluciones, y sabemos que los pueblos Dardanios (hoy llamados Serbios) y los Illyrios se bañaron durante toda su vida solamente en tres oportunidades; dos veces sin su voluntad: ¡al nacer y al morir! y solo se lavaron —quizás muy de mala gana— antes de casarse... (352) Muy por el contrario los judíos: se purificaban a cada rato y las abluciones tuvieron un carácter religioso..., por ello, les extrañaba ver que los discípulos de Joshua comieran el pan sin lavarse las manos.

Joshua defendía a sus discípulos diciendo que «... comer, sin lavarse las manos, no hace impuro al hombre» (Mt. 15/20) y agregó, que para ser lavado, es suficiente que sus pies sean lavados. (353)

Parece que las palabras del Maestro fueron tomadas muy en serio y no solo por sus discípulos, sino por otros de sus oyentes también, pues el emperador romano Marco Aurelio —al cruzar Palestina— quedó sorprendido por la absoluta falta de higiene, comparándolos con los Sarmatas y Quados. (354)

Para epilogar esta cuestión acerca de la imagen y el cuerpo del Maestro —con el derecho de aquellos, que siglos después de dejar esta tierra, se atrevieron a darnos el fruto de sus imaginaciones— creemos que Joshua en su treinta años de edad ya era un hombre exhausto, quemado por el fuego de afuera y de adentro. Agitado por su ser inquieto, deambulaba días y semanas perseguido por su enorme pobreza, por los gritos de su rebelde estómago y por la ardiente sed de hacer el bien y proclamar «urbi et orbi» — su agria protesta contra la trinidad de aquellos oscuros tiempos: La hipocresia, la explotación y la injusticia.

La imagen real de Joshua en nuestro presente —a la manera pitagórica— ha sido estilizada, bien dogmatizada y reducida a la forma de una pequeña, redonda y blanca hostia, obligado de esta manera a estar siempre —día y noche— entre y para los seres humanos.

El alma de Joshua

Este hombre no ha tenido maestro
¿y cómo sabe tanto?
Juan, 7/15

Joshua y sus estudios

De acuerdo con una costumbre inveterada de que el primogénito seguirá la profesión de su padre, no tenemos ni la mínima duda de que Joshua, desde sus trece años de edad, aprendió al lado de su padre Joseph el arte de la carpintería; una idea, cuya veracidad ratifica una pregunta de sus vecinos en Galilea: «¡¿De dónde le viene todo esto? ¿Qué pensar de este don de sabiduría? ¿No es éste el carpintero? El hijo de María y hermano de Santiago...?!» (Mr. 6/3) Él ejerció esta profesión hasta que un día —al sentirse como encarcelado en su aldea— decidió ver lo que existía fuera de su círculo tan reducido.

En la capital de Galilea, en Sepphoris, tuvo la oportunidad de acrecentar sus perspectivas, contactándose con griegos y fenicios, con comerciantes de ultramar y seguramente no le faltó una oportunidad —aprovechando sus conocimientos en el arte de la carpintería— de hacer un viaje prácticamente sin cargo desde el ya famoso puerto de Herodes el Grande en Caesarea hasta Alejandría, donde en las astillerias de Naukratis, todos los que sabían algo de carpintería fueron bien venidos. Una vez en Alejandría, con toda seguridad Joshua pudo haber tomado contacto estrecho con sus correligionarios y ampliar generosamente sus conocimientos, no solo en su profesión artesanal, sino más bien —teniendo contacto con la casta intelectual y con los sacerdotes egipcios de Serapio y con los «terapeutos»— regresó cargado de las más exóticas ciencias del super-culto y al par misterioso Egipto un día, vía marítima, a su patria chica que le resultó ser demasiado estrecha ya para sus amplias perspectivas.

Motivado por las experiencias que tuvo con los terapeutos tomó contacto con los essenios, dispersos en casi todas las aldeas y no solo en Judea sino que también estaban presentes en Galilea...

Ya hemos tratado anteriormente que los integrantes de esta secta no estaban reunidos solamente dentro de su monasterio en Qumran, sino que vivían dispersos en las numerosas aldeas de Judea y desde luego no faltaban tampoco en la mayoría de los 204 aldeas de la «pagana Galilea»; llamada así esta parte norteña de Palestina por causa de su variada mezcla étnica, en que sobresalían los fenicios, egipcios, griegos y la «chusma», que recibieron este nombre porque fueron traídos desde el otro lado del río Jordán de Trachonitis y Gaulanitis para poblar la recién fundada ciudad de Tiberias.

Estaban presentes los essenios de toda Palestina, dirigidos desde la central de su monasterio a fin de preservar de esa manera la unidad y la inmutabilidad de su teología. Sus grupos aislados —al parecer— no fueron muy pacíficos, porque la manera como los romanos se ensañaron en la destrucción de esta secta, nos permite sacar la conclusión de que —además de los fariseos— fueron estos essenitas los que sembraron a manos llenas las semillas de un ultra-nacionalismo, fueron ellos que en salvaguardia de la fe y de las tradiciones no demoraron en susurrar al oído de sus confidentes lo que luego Joshua propagaba sin temor y con voz en cuello: «¡Yo no he venido a la tierra para traer la paz, sino la discordia! ¡Yo he venido para traer el fuego, y que más quiero, que se incendie ya!...» (Luc. 12/49)

La sorprendente casi identidad existente entre las doctrinas de los essenios y luego de las pronunciadas por Joshua nos permite imaginar que entre Joshua y los essenios existía un contacto estrecho sin siquiera llegar a una real identidad. (355)

GALILEA, tierra de Zabulón y vecina de Fenicia, dueña de tantos caminos y rutas comerciales que juntaron el puerto de Caesarea con el lejano Oriente.

Allí mismo, en estas tierras deambularon y cruzaron en todas las direcciones fenicios, griegos, egipcios y judíos, dispersos en la Diáspora, en Cilicia. Filósofos cínicos epicúreos y toda clase de gente..., comerciantes, médicos magos y demás embaucadores.

Galilea, precisamente por su muy especial situación geográfica, se prestaba a ser un país étnicamente remezclado, también era la vía comercial de la cuenca mediterránea hacia el lejano Oriente.

A pocos kilómetros de Galilea y de Nazaret, uno ya se hallaba en la metrópolis, Sepphoris, habitada por gente mezclada. Era imposible no aprender un montón de cosas, aprender una serie de idiomas; vivir entre esa gente, en cualquiera despertaba la inquieta curiosidad y las ganas de salir de un estatismo aburrido... Estar con esta pigra masa de gente, representante de todas las naciones alrededor, creció en cualquiera el deseo de comunicarse... De esa manera no nos cabe duda alguna que Joshua en este ambiente —además de su arameo— aprendió también el delicioso y fluído idioma de los griegos y de los egipcios periambulantes y aprendió el arte de ventrilocuos; éste resultó ser una destreza que podía en entonces tiempos impresionar y hasta convencer la multitud de ignorantes y necios, especialmente cuando los exorcistas pretendían expulsar el demonio de unos epilépticos... (356)

Mitrídates, el rey de Ponto, dijo en una oportunidad que el hombre tiene tantos corazones, cuantos idiomas habla..., y estamos convencidos de que Joshua habría tenido por lo menos cuatro corazones, pues dominaba el hebreo, entendía algo del idioma egipcio, hablaba fluído el arameo y dominaba el koine griego, que no era precisamente el idioma de Aristóteles. Con ayuda del griego no solo le permitió visitar algunas ciudades griegas como Hyppona y Gadara en Dekapolis, sino que le facilitaba tener un fluído contacto con aquellos predicadores periambulantes estoicos, pitagóricos y con judíos helenizados, provenientes de la afamada escuela de Tarsos en Cilicia. (357) No nos cabe ninguna duda de que en Alejandría habrá tenido contacto con algunos integrantes de la escuela de Alejandría, comparable con una colmena de la que fluía la miel de las ciencias más excelsas, cuya magnitud puede sorprender con irresolubles problemas — hasta a nuestro hiper-civilizado presente. Basta recordar, que entre los tantos que cruzaron las tierras judías estaba el canaaite Sandon, que enriquecía con su exquisita sabiduría al mismo C. J. César.

Joshua, el ya muy esclarecido judío de Galilea, con la ansiedad de aquellos que quieren saber todavía más, no podía resistirse a las excelsas ideas que la cultura helénica sembraba a manos llenas. Aquel que por medio de sus propias esfuerzos y experiencias llega a la cima de las alturas, no podía conformarse con la estrechez intelectual, con la miopía e inflexibilidad de los fariseos y menos todavía con el ateísmo de los sadduceos. Sin importar lo que dirían otros, Joshua proclamaba la «trinidad» del ser humano (358) y el «Anekhou kai Apekhou» —soportar y abstenerse— una teoría de los estoicos. (359)

Durante su temprana juventud —antes de que hubiera salido de su estatismo galileano— estaba atado a su aldea, a los vecinos y a la tradición de los sabbath, concurrir a la sinagoga local, para aprender la ley mosaica. Esta costumbre —en cierta manera innata— siguió durante su misión y peregrinación y cuando el destino le condujó a su pueblo natal, entró en la sinagoga por nostalgia — quizás para darse cuenta de que realmente nadie, absolutamente nadie es profeta en su patria... (360)

Al aprender mucho o ya demasiado, Joshua sentía la irrefrenable necesidad de salir de su estatismo y transmitir a otros lo que él había aprendido.

Por ello tuvo que abandonar a su familia —madre y hermanos— y su salida definitiva del ambiente familiar engendró una jamás reconciliable discordia entre ellos y también una separación afectiva, que se trasunta claramente en algunos tópicos de los evangelistas. (Mt. 12/49 + 10/36), donde el Maestro, frente a su familia carnal, brindó preferencia a sus discípulos. La reacción de su familia —humanamente entendible— no podía ser de otra manera, como nos relata Marco. (Mr. 3/21)

¡El que tiene vocación, se va! Sin siquiera mirar ni un momento atrás y por ello —según los informes del «Evangelio de Acuario»— cuando el principe real de Orisa en la India, Ravanna, llegó a Galilea, impresionado por la inteligencia del joven Joshua, lo llevó a su regreso consigo a la India para que aprendiera la sabiduria de los brahmanes.

Joshua ha sido aceptado como discípulo en el templo de Jaganat y allí estudió los Vedas y las leyes Maniacas. Comienza a interiorizarse con el sistema de las castas y moviéndose entre las Sudras y Vavaysias se subleva íntimamente contra semejante discriminación; como resultado de su cuatro años de permanencia en Jaganat llegó a la conclusión de que no podía aceptar la existente desigualdad entre los seres humanos y al llegar a Katak descalifica los ritos brahmánicos y en Bihar predica la igualdad humana.

Los sacerdotes brahmánicos en Benares lo quisieron eliminar, pero él, al enterarse de semejante macabro plan, huye y en Kapivastu en Himalaya/Nepal se junta entre los buddhistas con Barataarabo y aprende la sabiduría de Gautma; allí se encuentra también con el sabio sacerdote Vidyapati.

Aprovechando la «senda de la seda» llega con unos karawanes por el valle de Kashemira a Lahore, donde queda por un tiempo con el sacerdote brahmánico Ajainin.

Desde Lahore llega a Persia. En Persépolis se encuentra con los magos en las grutas de Cyro y aprende allí la importancia del Silencio.

Después se fue desde Persépolis a Siria, donde conoce a Ashabina, al más eminente sabio de Assiria; junto con Ashabina visita Babilonia y permanece durante siete días en las llanuras de Shinar.

De Babilonia regresa por un breve tiempo a Galilea, pero aquel Joshua con sus ya amplias perspectivas no podía conformarse con el infimo nivel intelectual de su ambiente en la aldea de Nazaret. Desde Caesarea embarcó en una nave comercial y llegó a Alejandría, tomando allí un estrecho contacto con la ya secular diáspora y posiblemente también con la secta de los terapeutas en Heliópolis, donde tomó contacto con los sacerdotes más ilustrados de Egipto en aquellos tiempos.

A su regreso de nuevo a Galilea, separandóse de su familia, comenzó a cumplir con su vocación de enseñar y despertar a la gente hundida en una pasiva y resignante indiferencia ante su propia desgracia.

El maestro, cargado con las mejores enseñanzas del misterioso oriente, abrió la puerta de su escuela y comenzó a predicar...

Vocación con inteligencia

La inteligencia es un don divino que cada uno recibe en el momento en que el Dios Vaticano le auxilia al recién nacido a pegar el grito sagrado de la vida, el primer vagido, anunciando al infante que la vida comienza con un llanto propio seguido luego en la partida por las lágrimas de otros.

Cada uno recibe este don divino ya en la cuna como un pedazo de diamante crudo, que la vida esmerila luego y lo transforma en un brillante...

¡Solo los quilates son los que diferencian al hombre!

Al analizar los dichos, preguntas y respuestas de nuestro profeta, llegamos a la conclusión de que con su natural inteligencia sobresalía siempre a sus oponentes, sin haber estudiado la retórica de Quintiliano, ni siquiera las filosas reglas de la lógica...

Si una pregunta de sus oponentes le resultaba incómoda o compleja, sabía evadir con otra pregunta que a su oponente dejaba perplejo, lo que le permitía no contestar. (Mr. 11.27-33) Creemos que, en semejante situación, ni siquiera un Protágoras hubiera hallado mejor medio para liberarse de la obligación de replicar... (361)

Con semejante habilidad logró salvarse en una oportunidad de una inminente lapidación... pues, al identificarse con la persona de Dios, diciendo «Yo, y el padre somos la misma cosa», sus oyentes, sin increparlo, comenzaron a buscar piedras para lapidar al atrevido sacrílego, pero Joshua los desarmó con las palabras: «¿Acaso no está escrita en «vuestras» leyes el dicho 'Yo lo digo, Uds. son dioses'? (362)

Cuando sus oponentes —referente al impuesto— lo enfrentaron con un dilema, los desarmó magistralmente con su respuesta: «¡Dar al Cesar, lo que es del Cesar y a Dios, lo que a Dios corresponde!» (Mt. 22/21)

Sabía mudar una pregunta de su oponente con su respuesta en una afirmación. Y de esa manera logró confundir al mismo Poncio Pilato, cuando éste le preguntó: «¿Eres tú rey de los judíos?» — «¡Tú mismo lo dices!» le replicó el ya muy sufrido hombre. (Mr. 15/2)

E. Renan nos dice que Joshua era cortante en su manera de hablar, lo que indicaba a un hombre que se siente impotente para persuadir. (363) No coincidimos con el filósofo, pues en las cortas respuestas del Maestro descubrimos un discípulo imaginario del legislador Lycurgo de Esparta, quien recomendaba a su pueblo hablar breve y dar respuestas concisas, que se clavan en la mente de aquel que nos pregunta. (364)

Joshua, graduado en la escuela de su agitada juventud, entre experiencias nuevas, pobreza y desilusiones, sabía manejar su vida, conducido por su natural inteligencia que el Dios Vaticano (365) puso en el primer momento de su llanto en su pesebre en la aldea de Nazaret, un pueblito al fin del mundo en la pagana Galilea.

Para ser grande, no hace falta nacer de sangre de reyes, los cuales frecuentemente nacen de sangre de esclavos... (366) La vida exige del hombre solamente que mantenga pura e intachable su Trinidad Humana: su corazón, su alma y su mente — esa inteligencia, regalo de los dioses.

¡Daemonium habes! ¡Eres loco!

Juan 7/20

En el comportamiento de nuestro profeta aparecieron, en más de una oportunidad, alteraciones y signos preocupantes que permitieron a sus oponentes llamarlo sécamente: «¡Loco!» y a sus discípulos y familiares meditar seriamente acerca de su salud mental pues...

Presentaba una categórica incoherencia mental, una falta de ajuste al medio ambiente, al negar a uno de sus discípulos, enterrar a su recientemente fallecido padre, con un argumento absurdo de tono imperativo diciéndole: «¡Síganme y dejen que los muertos entierren a sus muertos!». (Mt. 8/22) Detrás de todo absurdo existe una probable interpretación. Los teólogos cristianos desde luego tendrán la suya. Ad analogiam de semejante caso hemos leído una convincente crítica de un esteta de gran renombre hecho sobre un cuadro futurístico, diciendo: «Mejor no se habría podido ilustrar la magnífica obra de un excepcionalmente talentoso pintor.» — ¡La sorpresa vino después! ... ¡el pintor talentoso era un chimpancé!...

Referente a su edad, Joshua se proclamó más antiguo que el mismo Abraham y con eso demostraba una indiscutible «desubicación temporal» al decir: «Antes que Abraham hubiera nacido yo estaba ya!» (367) Sus oyentes comenzaron de nuevo a buscar piedras para lapidar al sacrílego.

Joshua seguía exagerando en la cuestión de su edad, pues en unas de sus oraciones le dijo: «Ahora tú, padre, dame junto a Ti la misma gloria que yo tenía a tu lado desde antes, que comenzara el mundo.» (Juan 17/5) «Tú, padre, que me amaste ya antes de la creación de este mundo». (...pro kataboles kosmou...) (Juan 17/24) (368)

Las frecuentes censuras de sus oponentes, que le increparon diciendo «¡ahora sabemos que eres loco! ¡endemoniado!» (Juan 8/52) y el argumento de sus propios familiares, que querían detenerlo porque se hizo loco = quoniam in furorem versus est = ¡elegon gar hoti exeste! — seguramente tenían sus causas más que serias. (Mr. 3/21)

Indudablemente surgía cierta clase de megalomanía. Él se consideraba rey — proclamando esto mismo en la sinagoga de Nazaret (Luc. 4/18) en su aldea natal. Su propia gente, escandalizada por lo dicho, lo agarraron y querían despeñarlo desde la «Roca Tarpeya» de Nazaret. Le negaron el reconocimiento y la genuflexión...

Al ser preguntado por Pilato: «¿Eres el rey de los judíos?» consideraba la pregunta como una ratificación de parte de la autoridad, respondiendo: «¡Tú mismo lo dices!» (Juan 18/34)

Joshua reservaba para sí el soñado título de Mesías —en griego Khristos— pues durante un viaje cruzando Samaria, cansado por la caminata, se sentó sin más al borde del pozo de Jacobo en la aldea de Sikar. Allí vino una samaritana para sacar agua del pozo y le dijo: «Yo sé, que el Mesiash, que se llama Khristos, está por venir... Él al llegar nos enseñara todo» — Joshua afirmo: «Ese soy yo, el que habla contigo». (Juan 4/26)

Progresivamente requería siempre más y más poderes para sí. Se autoproclamaba rey, luego Mesiash y al fin se consideraba ya el Hijo de Dios y algo más: se identificaba directamente con el mismo Dios, diciendo: «¡Aquel que me vio, vio también a mi padre!» (Juan 14/9), porque «ego et Pater UNUM sumus!» ¡Yo y mi padre somos una misma cosa! (Juan 10/30) y porque «¡Yo estoy en el padre y el padre está en mí!» (Ju. 14/10)

Después de que sus propios discípulos lo reconocieron por lo menos como Hijo de Dios (Mt. 14/33), él no tenía inconveniente en insistir en esto, hasta ante el sacerdote supremo; éste —al preguntar «¿Eres tú Khristos, el Hijo del bendito Dios?»— Joshua le dijo: «¡Ego sum! ¡Soy yo!» (Mr. 14/61)

No tenía el mínimo inconveniente en proclamar ante todos sus oyentes: «Ha sido otorgado para mí ahora todo poder — tanto en los cielos como también sobre la tierra» (Mt. 28/18) y llegó a tal extremo, que dijo: «Los cielos y la tierra pudieran desaparecer, pero jamás mi enseñanza».

Solo quedó en el aire una posible pregunta... ¿Para quien servirán sus enseñanzas, si no existiera este mundo, ni nada, ni nadie?

Luego proclamaba ser también un símbolo. «¡Soy el pan viviente, que ha bajado del cielo!» (Ju. 6/41) «Soy el pan vivo... El que coma este pan vivirá para siempre... Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él... y así quien me come a mí, tendrá de mí la vida»... (Juan 6/28-58)

Cuando oyeron todo esto, muchos de los que habían seguido a Joshua, dijeron: «Este lenguaje es muy duro ¿Quién puede escucharlo?» (Juan 6/61) y a partir de este momento, muchos de sus discípulos dieron un paso atrás y dejaron de seguirlo.

Lo proclamado resultó ser para sus oyentes una serie de ideas delirantes, una lisa y llana invitación para una anthropo-phagia.

Comer el cuerpo y beber la sangre del tantas veces autoproclamado Dios era una categórica «theophagia», tomada de alguna manera de la religión griega — muy en boga entre algunos pueblos griegos, los cuales, influenciados por la teología egipcia, estaban convencidos de que el espíritu de Dios, la Hagia Pneu, podría estar presente en una de las vacas que estaban pastando en el campo. Por eso la gente tenía la costumbre de colocar una torta de trigo pisado sobre el altar antes del regreso de la tropa de reses. Al atardecer —mientras regresaba la tropa — aquel animal, que se acercaba al altar para comer la torta, lo indicaron como portador del Espíritu Santo y lo sacrificaron. Seguidamente comieron su carne, para fortalecerse con el cuerpo de Dios —el alma y el cuerpo— mientras la grasa de la vaca sacrificada la quemaron sobre el altar, cuyo humo negro ascendía al cielo como un signo de veneración del consumido Dios.

La idea no era delirante, sino la fiel copia de una costumbre religiosa helénica-egipcia, adaptada y dogmatizada luego por el cristianismo, silenciando que el rito es una evidente theophagia.

Psicodrogas en la Palestina

Referente a la salud mental de nuestro profeta surgió casi espontáneamente el interrogante de si su comportamiento —de vez en cuando inentendible— habrá tenido algo que ver quizás con el consumo de algunas drogas, entonces muy en boga en Egipto y también en la misma Palestina. Creemos que esta cuestión merece ser analizada.

Tanto más porque las frecuentes alucinaciones de Joshua, la incoherencia mental en sus expresiones, su insistente desubicación temporal y su hipertrofiado Ego nos permiten conjeturar, que tanto él como también algunos de sus discípulos habrían tenido algo que ver con la inveterada costumbre de los egipcios y demás orientales, que se estimulaban con algunas de las múltiples drogas de uso común y natural: psico-drogas, cuyo uso contaba con el visto bueno de la religión de turno.

Algunos de estos fármacos tenían efecto curativo; otros efectos hipnóticos o alucígenos, y estaban al servicio de la religión.

Cada uno de ellos merece ser analizado para calmar la sed de los estudiosos.

Según la opinión de los más antiguos autores de lejanos tiempos, el mal está sembrado en nosotros mismos; pero los dioses, siempre bondadosos con el hombre, desparramaron una serie de fármacos, tomados de las plantas y minerales. Plutarchos nos dice, entre otros, que aquellos que perdieron la claridad de la vista, se curaron aspirando los vapores que saturaban el ambiente de una fundición de cobre; esto nos explica que algunos efectivamente tenían la suerte de recuperar su buena vista, pues en caso contrario no hubieran dado a esta clase de remedio el visto bueno. (369)

Drogas de efecto hipnótico fueron los frutos de la belladona y del papaver somniferum (370), el cual con su contenido de opium producía un profundo sueño, con el que se olvidaron también de sus dolores los quirúrgicamente intervenidos. Un poderoso somnífero era también la mandrágora, llamada también «antimalo» o cyrcea, cuyas raíces fueron empleadas para encantamientos. (371)

Las drogas con efectos hipnóticos produjeron sueños visionarios. Referente a esto, M.T. Cicerón nos dice que durante el sueño el cuerpo yace inerme, como si estuviera muerto ya, pero el espíritu y el alma —muy por el contrario— están llenos de vida y se hacen divinos, pues reciben las visitas de dioses; por eso el joven Plinius los llamaba «los avisos del cielo».

Las drogas de carácter y efecto «purificantes» tenían la finalidad de curar a los despiertos, exhaustos y todavía fatigados por el sofocante calor del día; los orientales, egipcios y árabes dormían durante la noche muy intranquilos — la fatiga estaba sentada sobre sus pechos como un pesado duende. Y al despertar en la mañana tenían la costumbre de encender casi inmediatamente unas resinas para ahuyentar el aire pesado y recuperar las ganas de aguantar un día más.

Encendían también myrrha, una clase especial de cipreses; ésta purificaba las almas con su penetrante humo, liberándolas de un pesado aturdimiento. La myrrha ha sido llamada en el Oriente «¡la droga que nos salva del mal!»

La bondad de esta droga ha sido hallada unos cinco siglos antes del nacimiento de nuestro profeta, cuando la peste negra cegaba la vida en Atenas como la guadaña al sorprendido trigo — relatado todo esto tan magistralmente por Tukydides.

Solo el médico griego Akron de Agrigento de Sicilia logró frenar esta peste, por ello fue invitado para salvar a este desesperado pueblo.

Dícese que este médico encendió en la ciudad grandes cantidades de myrrha y por medio de su humo desinfectaba el ambiente y liberaba a la ciudad, destinada ya a ser un gigantesco cementerio...

La droga que liberaba a los egipcios y palestinos de sus congojas fue la llamada kiphi; era una psico-droga, una mezcla de 16 diferentes ingredientes; la llamaron también Kip, lo que significaba «la droga para quemar».

Acerca de su composición nos brinda un amplio informe el Papiros Ebbers; y Manethos en su obra «Egipciaca» — también Plutarchos, en su relato sobre Isis kai Osiris. (372) Según los coincidentes informes los ingredientes de la droga kiphi o kip fueron miel, vino, pasa de corintos, cyrus, resina, myrrha, aspalathus, seselis, mastic, asfalto, hojas de higo, enebro, kardamon y cáñamo. Durante la preparación de esta droga la gente cantaba hymnos religiosos; kiphi desprendía una fragancia aromática y muy agradable al ser quemada. Tenía un efecto algo excitante y al par despertaba cierta euforia. Los que aspiraban su humo, se sentían liberados de sus angustias y apoderados de una benigna indiferencia que tranquilizaba las agitadas almas.

Homero en su «Odyssea» nos cuenta que las mujeres en la ciudad de Theba, en Egipto, inventaron una droga, que ellas la llamaron Nepentik.

Esta droga la tomaban con vino y tenía un efecto tranquilizante, que a las mujeres —infundiendo el sentimiento de cierta indiferencia— permitía pasar por alto las angustias que han tenido por causa de la deslealtad de sus respectivos maridos. Diodoro Siculos nos comenta que el nepentik luego ha sido importado desde Egipto por las damas de Grecia. (373)

Además de Kiphi y Nepentik había en Egipto y en Palestina un arbusto, llamado Silicyprios, que daba un fruto con nada agradable fragancia, pero cuyo jugo ha sido tomado como droga. (374)

Aulos Gellius nos informa que el académico Karneades y el estoico Zenon purgaban sus cuerpos con el Eleboro Blanco para impedir que los humores corrompidos alterasen el vigor de sus espíritus. (375)

El resto de las psico-drogas fueron exclusivamente alucígenos, aprovechados en las diferentes liturgias religiosas.

La Hiedra (¡Efeu!) fue masticada como las hojas de coca en algunos países sudamericanos. Masticar la Hiedra producía alucinaciones exageradas y los que la masticaban creían ser poseídos por Dios. En la ciudad de Nyssus en Arabia sus habitantes introdujeron esta planta para no tener la necesidad de importarla. (376)

Una suave, pero alucinante droga era el incienso (Thus!); esta droga era producto de un arbusto muy común en Arabia Félix; quizás por esta razón la llamaban Thurifera Arabica. (377)

Dioscorides, el gran farmacólogo de la antigüedad, nos advierte que su consumo puede ser peligroso, pues «si se bebe, causa locura y si se toma mezclado con vino, el hombre pasa a la eternidad.» Sin embargo, quemado sobre carbones encendidos, larga un muy agradable humo blanco y despierta en aquellos que inhalan, una sensación eufórica como si hubieran tomado algunos sorbos de un muy fogoso vino». (378) Su tan agradable y fragancioso humo conquistó el mundo antiguo entero: Su uso fue incorporado por los sacerdotes romanos, que honraron de esta forma a sus emperadores. Los egipcios la llamaron «la droga de la inmortalidad» — inventada por la Diosa Isis.

Tanto en Egipto como también en Palestina era una costumbre quemar el incienso ante los altares de los dioses en todas las fiestas religiosas. En el mismo Egipto, cuando la gente comenzó a cosechar el poroto, lo comían con miel y levemente embriagados con el humo del incienso, cantaron himnos religiosos, en que cada verso terminaba con una advertencia: «¡Glotta Tuekhe, Glotta daimon!» — ¡La lengua es la felicidad, la lengua es la maldición! El muy parlanchín pueblo egipcio sabía por qué razón cantaban esta tan prudente exhortación.

El incienso con su humo fragancioso despertaba en la gente cierta clase de euforia —hasta éxtasis— un estado anímico que liberaba a los creyentes de la necesidad de entender lo creído; embobados por el humo y sin entender nada de las doctrinas y dichos, solo exigieron de su religión —saturada de misterios— una protección para el presente y una vida mejor en el más allá...

Los egipcios estaban encantados con el humo y con su religión. Osiris muere y resucita cada año «¡La muerte entierra a la misma muerte!» y promete al hombre la eternidad. Nadie en Egipto quería morir. (379)

Otra droga alucinante era la Kannabios de los esquitas, importados por los comerciantes griegos, que tenían sus colonias y factorías en las orillas del Mar negro. Skythopolis era una ciudad entre Galilea y Judea — en su mayoría habitada por sirios. En estos tiempos lejanos los fenicios y comerciantes griegos hicieron un muy variado intercambio comercial. La kannabios tenía unas aceitosas semillas que fueron quemadas sobre piedras precalentadas; los granos quemados levantaron grandes humaredas de un sahumerio, y Strabo y Herodotos nos dicen, que aquellos que inhalaban este humo, cayeron en éxtasis — teniendo la sensación, de que estaban bañados en aguas de mil fragancias; estos embriagados fueron llamados kapnobatas (380).

Los kapnobatas estaban convencidos de que experimentaban una metempsicosis transitoria en cuanto el alma abandona el cuerpo y luego regresa — y al despertar cuentan sensaciones rarísimas... (381)

También en la Grecia —amenazada casi constantemente por el hambre— aprovecharon la «Metempsicosis de los Kapnobatas». Anualmente organizaban la fiesta de los Hongophagos, reservada exclusivamente para los ancianos. Reunidos estos alrededor del altar, al son de cánticos religiosos, comían el «Hongo de la despedida», la muy conocida Ammanita Muscarina. Era un hongo rojo como la sangre, sembrado de pepitas blancas como el alma humana.

Después de que comieron este hongo, los ancianos cayeron en un largo y muy profundo sueño sin despertar... por causa de las triples toxinas Muscarina, Atropina y Bufotenina. Este método era un medio legalizado para la limpieza étnica de un país, donde crecía la gente, pero jamás el pan. (382)

La razón por la que los antiguos pueblos buscaron su refugio en las drogas nos explicará el raro pero entendible comportamiento de los tracos: éstos tenían la costumbre de festejar entre llantos y lágrimas el nacimiento de un nuevo Ser, que tenía la inmensa mala suerte de llegar a esta tierra... montaña de miserias y valle solamente para lágrimas. Los tracos despedían a sus muertos con gran hilaridad y festines (si tenían algo para comer), porque al morir tenían la felicidad de liberarse de las guerras, heridas, dolores y de un montón de miserias más. Ellos no fueron en estos lejanos tiempos los únicos que —al despertar— ya maldecían el día y al acostarse pedían a sus dioses, que no les permitieran despertar.

Las drogas en la antigüedad fueron inventadas siempre por los pueblos castigados por mil miserias. Las drogas les permitieron olvidar y —muy de vez en cuando— también sonreír y soñar...

El carácter se viste con virtudes y pecados...

EL CARÁCTER de uno se viste con virtudes y pecados; ambos andan siempre juntos, pues no hay virtuoso que no tenga también algunos pecados y ni el hombre malo carece por lo menos de algunas virtudes.

Joshua era un hombre. Igual que tú y yo. De manera que tenía su carácter... Nuestro deber es presentar ahora el alma de nuestro profeta, este ser misterioso y tan escurridizo, cargado de virtudes y pecados escondidos en el corazón, que con cada uno de sus pulsos nos hace recordar que el tiempo nos empuja hacia nuestro destino.

La exquisita persona de Joshua está cubierta ya hace tiempo con el silencio de la indiferencia; los que recuerdan a la madre, suelen olvidar el nombre del hijo... Hoy solo las pequeñas hostias blancas y redondas nos hacen recordar de su vida y nombre perenne.

En adelante —prescindiendo de toda clase y estilo de panegírios u homilías— intentaremos presentar los rasgos característicos de su alma humana.

Recordaremos sus virtudes, pero también lo que nuestro presente pudiera considerar como yerros, faltas o pecados.

Tenemos que conmemorarlos «sine ira et studio», con la objetividad ciceroriana, porque al cubrir los vicios del pasado con el silencio, solo tendríamos que admitir que el presente tampoco se hizo mejor de lo que fue el pretérito. Nuestro profeta Joshua era un hombre de carne y hueso, tenía su mente y alma cargadas de virtudes y pecados... Ha llegado el momento de enumerarlos...

Él mismo se autocalificaba diciendo: «Aprendan de mí, que soy paciente de corazón y humilde.» (Mt. 11/29)

Llamativo era su gran coraje, pues sin mayores miramientos, enfrentábase con las autoridades religiosas, cuyos veredictos —revestidos del dicho «palabra de Dios» fueron de jure y de facto inapelables.

Con el mismo ímpetu censuraba la inflexibilidad en las interpretaciones de la ley mosaica y pregonaba que el Sabbath está hecho para el hombre y de ninguna manera viceversa (Mr. 2/27); fustigaba con todo su coraje y vehemencia a los responsables por la explotación inclemente del hombre. (Mt. 23/13)

Con igual santa ira entró en el atrio del templo y echó a todos los que comerciaban con cosas de «Santería». Con este acto metió su dedo en la llaga más sensible de la casta sacerdotal, que además de Dios adoraba también al Dios Mamón. Esta clase de politeísmo —Dios y dinero— es como el cáncer, que es todavía incurable, porque hasta en nuestro presente siguen los siervos de Dios adorando lo invisible junto con el contable y bien visible dinero. Las alcancías son hermanas de los altares.

A su vez era un ser tímido: un rasgo indiscutible del estoicismo helénico que cruzaba las fronteras de Palestina sin aduana y pasaporte alguno.

Las insistencias del Antioco IV de Epiphanes fueron unas semillas para propagar el helenismo; algunas cayeron sobre las rocas, otras en tierras fecundas...

Decir que Joshua era un hombre santo carece de sentido; seguir con la enumeración de sus virtudes, sería pleonasmo.

Joshua tampoco podía liberarse de un bulto que el hombre tiene que llevar sobre su espalda; bulto cargado de yerros, faltas y pecados...

Su ego era algo más que sagrado. (Mt. 11/29) Exigía para sí un amor incondicional, que superaba ampliamente la dilección que uno podría tener para con sus padres e hijos... (Mt. 10/37) «¡El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí! ¡El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí!» Lo postulado se identifica con una egolatría superlativa.

Sin embargo al postular para sí un amor absoluto, que incluye el odio a los demás seres —antes tan queridos— esto ya raya con algo patológico.

«¡Aquel que desea venir a mí, si no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, hasta a su propia alma, no puede ser mi discípulo!» (Luc. 14/26)

Algunos de sus discípulos, escuchando semejantes condiciones, realmente no tenían otra alternativa que repetir de nuevo las mismas palabras de asombro: «¡Pero, que palabras duras! ¿Quién puede aguantar?» (Ju. 6/61)

No era fácil renunciar al amor de todos los seres queridos: padres, mujer e hijos..., pero los pocos que decidieron aceptar semejantes condiciones, fueron por lo menos consolados con la promesa de una vida eterna como premio de sus renunciaciones, desamor y deslealtad para con sus seres mas íntimamente amados. (Mt. 19/29)

Cuando el Maestro ha sido enviado a la cruz, los discípulos fueron invadidos por la más oscura desilusión...

Joshua negaba la pietas que sus discípulos habrían tenido para con sus padres, y la ausencia de esta virtud era la consecuencia de su nada amistosa situación familiar con su madre y con sus hermanos, a quienes no quería ni recibir (Mr. 3/33), ni los consideraba como madre y hermanos (Mr. 3/35), seguramente por haber sido tachado por ellos previamente como loco y lo querían agarrar y retener (Mr. 3/21). Joshua consideraba que la propia familia era enemiga de él y no quería vivir más con ellos (Mt. 10/36) y se trasladó a Cafarnaum para vivir allí en adelante...

E. Renan nos dice que Joshua tenía un carácter muy irritable. Cosas insignificantes podían desatar su enojo. (Mr. 10/13-16) Algo injusto, porque el pobre árbol de higo difícilmente podía tener frutas fuera de su tiempo. Ni por eso tenía que ser maldito y condenado para una estirilidad en adelante (Mt.21/19). Era un acto contrario a su propia parábola, en la que recomendaba ser paciente y sereno en semejante caso. (Luc. 13/6-8)

Su sentimiento para vengarse era desproporcionado. A las dos ciudades de Cafarnaum y Beethsabe las amenazaba con una pena peor que la que sufría Sodoma. (Mt. 11/20-24) El evangelista Mathias no nos dice la causa del enojo de Joshua, pero la palabra sodomía nos permite imaginarlo...

Tampoco faltaba el miedo detrás de su gran coraje. Cuando Juan el Bautista fue atrapado, nuestro profeta se asustó mucho y se retiró inmediatamente a Galilea (Juan 7/1), pero con poca suerte, porque en su propia aldea de Nazaret sus vecinos querían tirarlo desde lo alto de una montaña. (Lu. 4/29)

No tenía inconveniente en sembrar la discordia entre los familiares (Mt. 10/34) y proclamar su revolucionario programa, que en vez de paz prometía traer el fuego... (Luc. 12/49) Su plan —de carácter netamente subversivo— no era lo más grato para la autoridad secular. A Herodes Antipas, que hizo decapitar a Juan Bautista, lo trataba secamente como «¡el zorro!» (Luc. 13/32), no obstante que Antipas —como etnarca de Galilea y Perea— era la autoridad legal y suprema. Su poco y casi ningún respeto a la autoridad secular no parece coincidir con la opinión de su posterior apóstol Pablo. (Ad Rom. c.13)

Joshua recomendaba a sus oyentes jamás injuriar a nadie (Mt. 5/22), pero ignoramos cuál es el peor insulto para un judío — ¿decir Raca o loco? Pero sí sabemos que él insultaba a los fariseos y sadduceos llamándolos hijos de serpientes.

Los actos y dichos del «consejero» no coincidieron siempre con lo aconsejado.

Le concedimos a Joshua la indulgencia, porque él era —igual que tú y yo— un hombre. Y, ¡errare humanum est!

Relaciones

JUAN BAUTISTA y JOSHUA: Para que el lector comprenda mejor la personalidad de nuestro profeta, ofreceremos a continuación las vidas paralelas entre ambos.

Los dos apenas se conocieron; recién cuando Joshua se bautizó, tuvieron la oportunidad de conocerse mutuamente.

Cada uno tenía para el otro un significativo elogio: Joshua —fiel a la mentalidad religiosa judía, que admitía la posibilidad de metempsicosis— revelaba a sus discípulos que Juan Bautista estaba invadido por el alma del profeta Elijah. (Mt. 11/14)

Juan Bautista, a su vez, no tardó en confesar a sus numerosos oyentes que «Joshua —aunque vino después de mí— ¡estaba ya antes que yo!» (Ju. 1/27) Nos parece que Bautista no estaba muy convencido acerca de este texto —puesto en su boca— pues luego desde su cárcel hizo llegar su pregunta, producto de su seria duda. (Mt. 11/33)

Se entendieron perfectamente y tanto más, pues no existía entre ellos un paralelismo en su actividad; más bien sus actividades eran como en las corridas de estafeta: cuando Juan terminaba su acción, Joshua iniciaba la suya. Él comenzó a pregonar su programa, tomado de Juan Bautista, con estas memorables palabras: «¡Metanoiete! ¡Poenitentiam agite, appropinquavit enim regnum Coelorum!» — ¡Arrepiéntete! ¡porque el reino de Dios ya está cerca! (Mt. 4/17) El signo y el dicho era idéntico, pero no el programa. (383)

El etnarca de Galilea y Perea, Herodes Antipas, verdugo de Juan Bautista, estaba convencido de que en el cuerpo de Joshua sobrevivía en realidad el alma de Juan Bautista (Mt. 14/1 + Luc. 9/7), y ésta era la causa por la que algunos fariseos que simpatizaban con nuestro profeta, le recomendaron que sería mejor alejarse lo más posible por las intenciones de Antipas de matar a Juan por segunda vez... (Luc. 13/31)

JOSHUA y LAS SECTAS JUDÍAS: Controvertida era su relación con los muy instruidos, pero inflexibles fariseos. En la oposición de ellos no había tregua... No sabemos, si será cierto o no, lo que sostiene E. Renan, cuando dice que Joshua era cortante en su manera de hablar y quizás por ello, cuando no hallaba inmediatamente una adecuada respuesta, contestaba con un argumento ad hominem, injuriándolos con epítetos, tomados del diccionario de Juan Bautista, que llamaba también a sus oponentes: «¡Hijos de serpientes!» — un epíteto ampliamente citado en los evangelios. (Mt. 12/34)

Semejante adjetivo no parece haber salido de la boca de un hombre santo que podía permitirse el lujo de llamarse «¡manso, bondadoso y humilde!» (Mt. 11/29)

No obstante de las controversias que Joshua tenía con los fariseos, algunos entre ellos tenían una gran simpatía con nuestro profeta, pues además de que lo advirtieron acerca de los planes de Herodes Antipas, lo invitaron a comer en la casa del príncipe de esta secta... (Luc. 14/1)

En sus discusiones chocaban evidentemente entre sí dos diferentes mundos: a un lado la ortodoxia inflexible, que ejercía la justicia rigurosamente legal, y al otro lado Joshua con su mentalidad galileana y helenizada, que propagaba las ideas de la epieikeia, la equidad, esta dichosa rectificadora de la justicia ciega porque era demasiado legal.

Aparte de esta polémica prácticamente estéril entre Joshua y sus opositores, «los hijos de serpientes», en el fondo los fariseos admiraron a su loco y endemoniado Joshua y muchas veces lo trataron con simpatía.

Hablaron el mismo idioma. Discutieron con vehemencia; se amaron y —si era necesario— también se odiaron religiosamente. Cada uno tenía que arreglarse con su propia conciencia y resolver —sin preguntar al otro— por qué razón cada uno vino a esta tierra...

¡Fariseos! Al fin la picantería, escondida detrás de la controvertida relación que Joshua tenía con los integrantes de esta secta tan ortodoxa, consiste en la circunstancia de que el verdadero fundador del cristianismo —detrás de Joshua— no era el humilde pescador de Cafarnaum, llamado Pedro, sino precisamente un superinteligente fariseo Saul, egresado de la escuela de Tarsos, que luego tomo el nombre latino Paul...

Inescrutables son las sendas y direcciones de la voluntad del destino.

JOSHUA y SUS DISCÍPULOS: este es el título que llevará el segundo tomo de nuestra obra; solo trataremos ahora con unas pocas pero concisas palabras las relaciones que el Maestro tenía con sus discípulos.

Fueron simples pescadores — uno entre ellos un funcionario de la aduana, que controlaba el contrabando de los perspicaces fenicios que había entre Galilea y Gaulonia detrás del Mar Gennezareth. A excepción de éste, los restantes eran dueños de un muy discreto —por no decir ínfimo— nivel intelectual, a quienes el mismo médico griego Lucas, ayudante del fariseo Saul, los calificaba con su idioma patrio como «¡anthropoi agrammatoi eisin kai idiotai!», cuya versión castellana suena así: «¡gente analfabeta e idiota!» (Act. 4/13)

¿Por qué razón esta gente tan sencilla decidió colgar sus redes, abandonar su familia y sus tareas cotidianas, que les daba pan y sustento? Es una cuestión que merece una respuesta.

Ellos, al ser elegidos por Joshua —a quien lo consideraron como el verdadero rey de los judíos, dotado de poderes divinos— se sintieron catapultados hacia arriba y llenos de grandes ilusiones, y la promesa de una realidad espléndida que les esperaba en el reino de Joshua. Esto creyeron muy íntimamente y la madre de los Zebedeus hizo lo imposible para asegurar un asiento a cada uno de sus hijos al lado del trono. (Mt. 20/20)

Vivieron como el comprador de la lotería, ardientes por el lento fuego de la esperanza.

Deambulaban junto con el Maestro, acompañándolo a todas partes; formaron un grupo minúsculo que atraía a la gente curiosa, sin que hubieran tenido la necesidad de anunciar la llegada del Maestro por medio de un heraldo; después de que los curiosos se congregaban, Joshua podía pregonar sus verdades y contar parábolas, aunque éstas no coincidían siempre con sus demás doctrinas.

Deambular sin descanso los fatigaba y no podían tranquilizar el estómago sordo que protestaba con afables palabras. Seguramente el grupo habrá tenido un pequeño fondo para adquirir los alimentos indispensables. Nunca le faltaban a Joshua los medios para mantener su grupo, porque Lucas, el médico griego nos comenta que Johanna —la esposa del procurador de Herodes Antipas, Khousa— junto con otras mujeres, le hicieron llegar sus aportes financieros, porque del aire vivían solamente los ángeles. (Luk. 8/1-3)

Para mantener el grupo siempre en la cercanía del Maestro, tenían que estar convencidos de que el futuro rey de ellos también es algo más que poderoso porque es el hijo del mismísimo Dios... y esto le escucharon de la boca de los endemoniados, que fueron expulsados por Joshua — gracias a su arte de ventrílocuo, que aprendió de los sacerdotes de Serapio en Egipto. (Mt. 5/6)

Obnubilados por alucinaciones (Mt. 17/1-13), persuadidos por los «diálogos», que el Maestro mantenía con los endemoniados —testigos de hechos y dichos— tuvieron una fe más firme que la roca... hasta que fueron invitados a comer la carne del Maestro y beber su sangre; entonces algunos —desilusionados hasta la médula— buscaron su salvación en la fuga, porque un rey muerto y comido ya no puede servir prácticamente para nada. (383 bis)

Las desilusiones de algunos discípulos contaminaron también las relaciones que Joshua mantenía con sus familiares...

El simple hecho de que el primogénito de la familia hubiese abandonado a su gente, cuando el padre de avanzada edad ya no podía asegurar la manutención de su numerosa familia, no creemos que habrá caído bien, tanto más, que ni sus doctrinas, ni sus hechos posteriores en Galilea lograron convencer a su familia; simplemente no le creyeron nada. (Juan 7/5) Después de que Joshua decidió salir de Nazaret y vivir en Cafarnaum (Mt. 4/12), su madre María y sus cuatro hermanos se negaron a peregrinar junto con él a las fiestas de Pascua en Jerusalén. (Juan 8/7-10)

Donde falta la fe, allí sigue creciendo la duda brazo en brazo con la incipiente aversión, que lentamente se hizo tan abierta y evidente, que al pobre Maestro su propia familia ya lo consideraba loco, y salieron todos juntos para atraparlo como a un furioso. (Mr. 3/20)

Semejante comportamiento ya intolerable provocó en Joshua la decisión de romper definitivamente con su familia y en adelante, cuando le anunciaron la llegada de su madre María acompañada por sus demás hijos, Joshua se negaba a recibirlos y no estaba siquiera dispuesto a reconocerlos como tal, diciendo: «Mi madre y mis hermanos son mis discípulos» (Mt.12/46-50) En otra oportunidad, justificando su tan extraño comportamiento, le dijo: «El verdadero enemigo de uno es su propia familia.» (Mt. 10/36)

No parece haberse reconciliado con su familia, ni siquiera después que lo bajaron de la cruz. Esto sucedió por dos razones: ninguno de sus familiares estaba presente en el momento más trágico de su vida y después, tampoco buscaba la oportunidad de encontrarse con aquellos que ya no le ligaba ni una sombra de piedad.

Solo Joshua habrá sabido la verdad de su aversión contra su madre y sus hermanos.

Solo Joshua y su madre María la conocía. Nadie, absolutamente nadie. Ambos llevaron su secreto a la tumba.

Las doctrinas de Joshua

Grandes pensadores de la antigüedad como Buddha, Pitágoras y Sócrates, desconocieron la importancia del proverbio: «¡Verba volant, scripta manent!»

Ninguno de ellos escribió ni una sola palabra — por ello, sus enseñanzas las conocemos solo de segunda mano y aunque sus discípulos también fueron grandes, ni por eso pueden garantizar la absoluta autenticidad de las mismas, porque la inclusión u omisión de una sola letra, puede cambiar totalmente el contenido de un dicho... Basta recordar el caso de la letra «iota», cuya inclusión en el término de «homo ousios» desató una lucha sin tregua con aquellos padres de la iglesia, que insistieron en el «homoiousios» naturaleza de Cristo...

Muy diferente es la situación de nuestro profeta, que tampoco se tomó la molestia de escribir sus doctrinas y pensamientos. Si hubiera tenido la idea de hacer esto —actividad que requiere cierta clase de estatismo— no hubiera podido cumplir con los postulados de su verdadera vocación de enseñar ambulando. De esa manera su dinamismo, que lo mantenía en continuo movimiento, le impedía grabar lo que predicaba y las palabras de sus enseñanzas volaron con los vientos y lo que sobreviviría las inclemencias de los siglos es el producto de una dudosa tercer mano de calidad más que cuestionable por diferentes y muy justificables causas. Pues dudosa es la autenticidad del «Discípulo» en su carácter de evangelista. Basta recordar que Lucas jamás vio a Joshua. Luego, el bajo nivel intelectual de aquellos que tenían la obligación de transmitir lo enseñado, difícilmente puede garantizar la calidad de lo transmitido. Y el tercer factor elemental, que puede influir en la autenticidad y en la calidad de lo transmitido es el hiatus, el considerable tiempo transcurrido entre lo oído y el momento de registrarlo por medio de un escrito. Este «hiatus temporal» es muy significativo y un factor preocupante, porque los dichos y hechos del Maestro, además de que fueron escritos por unos que ni lo conocían personalmente, en general fueron escritos cincuenta y hasta sesenta años después que desapareció el Maestro — en una época en que los supuestos autores de lo escrito se hallaban ya en la «cuarta edad», cuando la memoria deja solo algunas huellas... De esa manera a estas obras ni siquiera la antigüedad tertuliana puede les otorgar lo que en realidad no tienen: la absoluta credibilidad.

Fueron precisamente las causas arriba citadas las que permitieron también posteriores interpolaciones, producto de influencias culturales extrañas o de las opiniones equivocadas de autores incógnitos que podían mermar muy seriamente la autencididad de las doctrinas de Joshua. La coexistencia de los errores y contradicciones en los textos parecen ratificar lo sostenido arriba.

Lo transmitido en forma deficiente, revestido de la aureola de «¡Noli me tangere, quia Verbum Dei sum!» —¡No me toquen, porque es palabra de Dios!— impidío durante siglos, analizar las doctrinas transmitidas por las evangelistas con el auxilio de la lógica y las ciencias, pues «solo ellas pueden prestar al investigador las alas para llegar a las alturas que nos permiten ver con los ojos de águila, ver y luego saber diferenciar y hallar la verdad.»

Fortalecido por el dicho kantiano «Mensch, hab' den Mut, Dich Deines eigenen Verstandes zu bedienen» presentaremos los dichos y hechos de nuestro profeta —con la extensión que el tema merece— en las páginas siguientes...

Joshua habría comenzando su tarea de Maestro a los treinta años de edad, cuando Juan Bautista terminó su vida en la fortaleza de Macheron de Herodes Antipas, etnarca de Galilea y Perea. (Lu. 3/23)

Levantó la bandera caída de Juan Bautista con el mismo slogan que tenía el profeta xerophago: ¡Metanoiete! ¡Arrepiéntete! ¡Se acerca el reino del cielo!

No se entiende por qué y cómo esperaba hasta sus treinta años de edad. ¿Cómo aguantó durante tanto tiempo la explotación que sufría su pueblo, la mentalidad miope de la nada santa casta sacerdotal?

Ya sabemos, que en su juventud enriquecía su alma y sus conocimientos durante algunos años en Egipto y sabemos que había aprovechado las vías comerciales que los fenicios mantenían con la India. Hizo también un viaje allí, porque sus doctrinas y su vida parece como si fueran un perfecto calco de la vida y de las ideas de Buddha.

Al regresar a su aldea natal —ya que era judío— semanalmente visitaba la sinagoga de Nazaret y al interiorizarse con la Tora y con la legislación mosaica, tropezó con leyes petrificadas, las cuales resultaban demasiado estáticas frente a los postulados de tiempos nuevos, que cambian como las nubes que vienen y se van.

Su conciencia sensible se sublevaba contra la explotación inhumana, donde la fe y el dinero se hicieron sinónimos y por esta misma causa cada sacrificio resultó ser doble. Joshua, al ver y sentir todo esto, ardía su sangre —siempre rebelde de un galileo— y decidió intervenir, levantando su voz contra las montañas de la mentira y la hipocresía de la casta fariseo y sacerdotal.

Su programa para pregonar y fustigar tenía por finalidad hacer una reforma radical en aspecto religioso, moral y social, amenazando a todos aquellos que se atrevían a dudar en la verdad de sus palabras. (Mr. 16/16)

No todos entendieron el slogan de su programa, cuando dijo: «Yo he venido a la tierra para que los ciegos puedan ver y los que ven, que sean ciegos...» (384)

LA THEODICEA DE JOSHUA: mientras en nuestro mundo antiguo y en el actual existió y existe la innegable polarización de los conceptos Bonum Absolutum (Dios) y el Malum Necesarium (Set, Tifón, Satán, diablo) sería insensato insistir en un Monoteísmo absoluto, porque la coexistencia del Bonum y del Malum ya es por lo menos un «Krypto-Politeísmo».

Joshua, al darse cuenta de esta situación teológica —«trinidad» significaba padre, hijo y Hagia Pneu— convirtió este «Krypto-politeísmo» en un politeísmo abierto, semejante al politeísmo egipcio (Osiris, Isis, Horos o Ba-al, Khamon, Baal Adonis, Baal Melitta), sin incluir el polo negativo, el mal necesario (Satán, Set, Baal-zebub).

En la imaginación del ser humano —tanto en la antigüedad, como en nuestro presente— el Dios está expropiado del gran Cosmos y reservado exclusivamente para nuestro planeta. Las estrellas de nuestro macrocosmos solo son contempladas como las culisas en el teatro, una decoración para las noches..., una muestra gratis para imaginar las sombrías y funestas profecías del apocalipsis.

Reservar a Dios solo y exclusivamente para este planeta demuestra no solo una incurable miopía religiosa, sino también el irrefrenable deseo del ser humano, que quiere tener a Dios lo más cerca posible, como Séneca nos dice: ¡Queremos tener el Dios dentro de nosotros!

El politeísmo abierto, que Joshua introdujo en el mundo puritano judío, produjo un escándalo. Entronizar al egipcio Hagia Pneu, al espíritu de Dios con el Dios, creó una dualidad y al identificarse con esta dualidad (Dios + Hagia Pneu = Hijo) creó una trinidad y un politeísmo evidente, que era un sacrilegio para la ortodoxia judía, además humillante, porque la idea demostraba con olímpica claridad una procedencia intolerable, pues la idea era importada desde Egipto y Siria.

La trinidad egipcia en su versión cristiana, que interpola la idea de «hijo», no era un invento de Joshua, porque siglos y siglos antes ya había una fórmula del juramento en Egipto, que nos transmite Lukianos en su Philopatris:

«Juro por el gran Dios eterno y omnipotente,
por el hijo y espíritu del padre,
nacidos uno en tres y tres en uno,
¡éste es Osiris! ¡No hay otro verdadero!» (385)

¡Los creyentes quieren ver en lo que creen! Inventaron entonces —esta vez no los egipcios, sino los sirios y helenos— la imagen del espíritu de Dios. Aelian nos comenta cómo este Dios supremo de los griegos —Zeus— al sentirse enamorado de una virgen humana, tomó la figura de una paloma para poder posarse luego en la ventana de su adorada Pythia, que habitaba en la aldea de Aegyum en Grecia. (386) Los fenicios y sirios —por causa de un saludable intercambio cultural— incorporaron la imagen de la paloma para su propia religión; no tenían inconveniente en cederla luego también para el cristianismo.

La idea de Hagia Pneu Joshua la defendía en su carácter de hijo, que está sentando a la derecha de su padre sobre su trono en la infinitud de los cielos. Estaba dispuesto a perdonar cualquier pecado, hasta ser insultado, y dijo: (Mt. 12/31-32)

«¡Se perdonará a los hombres cualquier pecado y cualquier
palabra escandalosa que hayan dicho contra Dios! ¡Pero las
ofensas contra el espíritu santo no serán perdonadas ni en
éste ni en los siglos venideros!»

«¡El que insulta al hijo del hombre podrá ser perdonado,
pero aquel que insulta al espíritu santo jamás será perdonado!»

Palabras categóricas y al par muy significativas, pues en esta trinidad nuestro profeta Joshua ofrece y otorga a la Hagia Pneu la primacía — incluyéndose como la tercera persona frente a Dios.

Solo él sabía por qué razón dio diferentes rangos a los tres integrantes de su Trinidad de «¡uno en tres y tres en uno! ¡No hay otro verdadero! ¡Reza el dicho egipcio! y ¿¡qué dirían Dante y los cristianos!?

EL JURAMENTO: También en las cuestiones que versaban acerca del juramento, Joshua tenía una opinión contraria a lo que era vigente entonces en la religión judía. Referente a esta polémica existen las más diferentes opiniones —tanto en su pro como también en su contra— y por ello creemos que es necesario analizar este tema detenidamente...

Según nuestra opinión (387) el juramento es una afirmación religiosa, que en su carácter de un freno sagrado (388), tiene la finalidad de garantizar el cumplimiento de una promesa con el auxilio y la presencia de Dios, que tenía que testimoniar lo pronunciado.

El juramento religioso es un producto de la desconfianza humana y estaba en uso en todos los pueblos. El juramento que tenía un gran renombre y carácter plenamente religioso entre los judíos era el Korban, el juramento sacro-religioso en el que juraron por el tesoro de Dios. Ni en nuestro presente se puede desmentir la más estrecha coexistencia del Dios con el dinero.

Flavius Josephus cita la opinión de Teophrasto en su obra «Contra Apionem» referente a las costumbres de los tyrios. Parece que cada pueblo tenía para este fin sus propias fórmulas (389). Los judíos habrán tenido seguramente su muy profunda causa, si de vez en cuando confirmaron su aversión contra los griegos por medio de un juramento... (390) Quizás para no olvidarlos.

Donde hubo uso, jamás faltó el abuso; de esa manera los perjurios estaban in crescendo y con el dicho «finis sanctificat medium», justificados. Antioco Eupater —rompiendo su juramento sagrado (391)— derrumbó las vallas del templo sagrado... En cuestiones de perjurio, ni los judíos fueron una excepción y su escandaloso perjurio contra los romanos entró inborrablemente en las páginas de la historia. (392) Lo hicieron conducidos por el dicho, antiguo como el hombre, «oculum pro oculo — ojo por ojo, diente por diente».

Pythagoras ya se dio cuenta, unos cinco siglos antes de Joshua, de que los perjurios son unos sacrilegios que merecen la venganza divina. Para prevenir perjurios prohibió jurar... Grotius nos dice que Pythagoras aprendió esta norma entre los essenios, cuya teología y filosofía moral tiene muy largas raíces... Llegan hasta las ciudades de Tebas y Heliopolis en Egipto.

La necesidad de salvaguardar la venerada presencia de Dios e impedir que su santa persona sea mezclada en comercios humanos, en esto Joshua intervino enérgicamente y prohibió toda clase de juramentos diciendo: «Y ahora yo os digo a vosotros, que no juren nunca. Ni por el cielo, que es el trono de Dios (Mt. 23/22), ni por la tierra, que es el scabellum de Dios, ni por Jerusalén, pues es la ciudad del rey. Ni siquiera por tu cabeza (393), pues ni un solo cabello pudieras hacer blanco o negro. No jures ni por el altar (Mt. 23/18), pues el que jura por el altar, jura también, por lo que esta puesto sobre él».

Joshua locuta, pero la causa todavía no es finita; porque no obstante su mandato imperativo que prohíbe jurar, la gente sigue jurando y hasta los funcionarios designados prestan su juramento, extendiendo la no siempre casta palma de su mano derecha sobre la Biblia, en la que está escrito: «Prohibido jurar». (394)

Es realmente una pena pasar por alto un precepto, cuyo fiel cumplimiento brindará de nuevo valor a la palabra dada y devolverá la credibilidad, destruida por la eterna desconfianza del hombre. (395)

JOSHUA Y EL ORAR: El Maestro, al ser preguntado por sus discípulos acerca de la forma y manera de rezar, les recomendó: «jamás lo hagan en público, sino en la exclusiva soledad; (Mt. 6/6) y algo más, nunca lo hagan largamente como hacen los paganos, pensando que si rezan hablando mucho, con mayor seguridad serán escuchados. (Mt. 6/7) No hace falta alargar las oraciones, porque Dios sabe de antemano, qué es lo que vosotros necesitan de él».

Seguidamente les enseñó la formula del 'pater noster', diciendo que «Dios está en el cielo y es indispensable que su nombre sea santificado».

Hay que pedir que venga lo más pronto posible con su reino celestial.

¡Que se cumpla su voluntad! —¡Fiat voluntas tua! ¡Genetheto to thelema sou!— ¡Tanto en los cielos como también en la tierra!

Hay que pedir que nos conceda el pan cotidiano y también suplicar su perdón por los pecados cometidos y como cierta contraprestación —a título de penitencia, sin esperar el fin del séptimo año— nos ofrecemos inmediatamente a perdonar las deudas de nuestros deudores.

La oración epiloga con una solicitud difícil de entender, porque arduo es imaginar que Dios nos conducirá hacia una tentación. El Ser absolutamente bueno y justo no puede competir en esta tarea con el Malum Necesarium. Tentar es una tarea reservada exclusivamente para el Satanás o diablo... Parece que el obispo Jacobo opinaba lo mismo... (Epist. Jacob. 1/12)

En el «Pater Noster» de Joshua hay, entre varios pedidos, uno en que el hombre, renunciando a su derecho inalienable —la libertad de proceder— cede este derecho humano a Dios diciendo: «¡Fiat voluntas tua! ¡Genetheto to thelema sou! — ¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!»...

Al incluir en la oración esta solicitud, que más parece una renuncia, Joshua se identifica implícitamente con las doctrinas essenitas, que pregonan que nada, absolutamente nada en este mundo pudiera ocurrir sin la voluntad de Dios.

Este dogma essenita es ipso facto equivalente con la aceptación incondicional del Fatum, una indiscutible predestinación.

Esta teoría ha sido parcialmente aceptada también por la secta judía de los fariseos (396), pero muy especialmente por unos cerebros privilegiados de la excelsa cultura grecorromana (397); después fue proclamada y grabada profundamente en la mente de los pueblos orientales — con preferencia de los árabes.

El pueblo árabe estaba convencido de que nada le puede ocurrir sin la voluntad de Dios... y en sus batallas brillaron por su coraje sobrehumano. Basándose en su inamovible fe en el Fatum, los árabes pusieron en el año 1453 punto final a la historia de Byzanz.

EL FATUM Y LAS PROFECÍAS: El Fatum no tiene nada que ver con el presente; lo que ocurre con nosotros diariamente es la voluntad de Dios, destinada a nuestro presente. El Fatum es la inescrutable decisión divina, lo que más vale no preguntar para no desesperarse.

Conocer lo que nos reserva el futuro sería equivalente a un vano intento de querer cambiar los rieles de nuestro destino, pero la curiosidad humana es irrefrenable y no está dispuesta a detenerse ante las oscuras cortinas que guardan celosamente los secretos del futuro.

Para saber lo venidero, los grecorromanos tenían sus oráculos y los judíos —no menos curiosos— contaban con sus profetas, los cuales legaron una serie de predicciones que un rosario de siglos después tuvieron la obligación de una u otra manera de ser cumplidas.

De esta manera todos los actos y dichos de Joshua —de acuerdo a los postulados de los evangelistas— por medio de una profecía previamente existente tenían que ser ratificadas, para que se cumplieran otras dos intenciones: demostrar fehacientemente que los dichos y actos en realidad emanaron de una ya previa decisión divina y, con la intervención de una profecía acrecentar la credibilidad sin que ningún desliz en este sentido pudiera dañar algo... (Mt. 2/23) Lo importante era «¡ut adimpleretur! ¡Para que se cumpla!» aunque las respectivas profecías no fueran ni precisas ni concretas y pronunciadas siglos y siglos antes. Una voluntad divina articulada y luego detenida para que se cumpla, cuando esto nos convenga.

Para completar nuestro «soliloquio» referente a la cuestión de la voluntad divina —o Fatum— recordaremos la opinión de los pitagóricos, lo que ellos pensaron acerca de esto.

Según la opinión del neoplatónico Jamblikhos, éstos «no creyeron que algo pudiera ocurrir en este mundo sin la intervención directa de la voluntad divina» (398) y para que lo sostenido sea más comprensible, citaremos el caso de Thymaridas de Tarenteo. Este pitagórico tenía que viajar desde su Sicilia a Atenas y le acompañaron sus amigos y los demás pitagóricos al puerto.

Antes de embarcar, lo despedían diciendo: «¡Que los dioses cumplan todos tus deseos, querido Thymaridas!» A lo que éste replicó: «¡Pero cállate, amigo! ¡Lo que yo deseo para mí, será lo que los dioses decidirán acerca de mí!» De esta manera Thymaridas daba a entender que lo único que el hombre debiera hacer es someterse a la providencia divina, porque Dios es el único que puede disponer, porque es omnipotente... (399) El hombre queda con la facultad de proponer...

Al hombre, que se sentía privado de su poder de decisión, el estoico romano Séneca le consolaba: «Pero, ¿para qué preocuparte, Lucilio? ¡El que decide es el Dios! Pero este Dios está dentro de Ti...» (400)

El «Pater noster», pronunciado por nuestro profeta, era la plegaria por excelencia del hombre en la inhumana época. Era la oración del ser humano explotado, hambriento, cargado de deudas, del insolvente, perseguido por sus propios hermanos, que buscaba desesperadamente la protección del invisible Dios. Lo único que podía ofrecer —además de su anticipado agradecimiento— era su libertad de voluntad a favor de Dios...

De esa manera regresamos de nuevo a nuestro tema: plegarias y oraciones.

Para el judío creyente su plegaria era un íntimo soliloquio con su Dios; lo veneraba sin pronunciar su nombre y se hundía luego en el mar de su plegaria. La divinidad se limitaba a escucharlo, pero siempre contestaba con un profundo silencio; algunos quizás pensaron que Dios es sordo, por eso —para ser escuchados— cantaban en voz alta himnos y letanías acompañadas con el fragancioso humo del incienso. (401)

Los pitagóricos prefirieron un soliloquio con el Ser Divino, y algunos hasta tenían la costumbre de cubrir sus oídos por medio de una capucha para no ser perturbados por ninguna voz profana. (402)

Los filósofos recomendaron hablar con Dios, pero no pedir nada, porque «lo que Tú pides, sería lo que pedirá al mismo tiempo Tu vecino...(403), y lo que Dios Te concede ahora, necesariamente debiera negar al otro, que pedía lo mismo.» (404) Joshua tenía otra alternativa pasando por alto esta cuestión tan problemática, diciendo: «¡Petite, et dabitur vobis! ¡Pidan y se les dará!» (Mt. 7/7) Solo olvidó decir ¿cuándo y qué? Ya sabemos que es imposible cumplir con todos los ruegos, (405) y es una evidente falta de respeto con Dios, bendecir en ambos lados las armas antes de comenzar una contienda...

Pausanias se queja amargamente, censurando que «ahora la gente ya murmura al oído de los dioses deseos tan vergonzosos, que si alguien se acercara, callarían inmediatamente (406), pues lo que no quieren que sepa el hombre, se lo cuentan a Dios» (407); además a menudo queremos una cosa y pedimos otra. Y ni siquiera a los dioses les decimos la verdad. (408)

Por las causas citadas surgió en muchos la duda y de la incertidumbre la pregunta: «¿Te parece que sería conveniente al hombre rezar? Me dijeron que el Júpiter de Creta no tiene oídos, además estamos convencidos de que el Señor del mundo no está para escuchar ruegos (409), porque antes de que Tú hables, él ya sabe lo que pedirás. (Mt.6/8)

Otros muy pesimistas nos dicen que Dios no se ocupa con las cosas humanas. (410)

Perdidos entre estos y otros argumentos seguiremos los consejos de los pitagóricos, que nos recomendaban dirigirnos siempre a Dios, aun si a la manera de Demonax... ¿Para qué ir a una iglesia, si Dios está en nosotros?... (411)

La norma para seguir en esta tan enmarañada cuestión sería quizás el precepto del estoico Séneca, que nos recomendaba: (412)

«Vive con los hombres, como si Dios
Te viera y habla con Dios, como
si los hombres Te oyeran»

EL PECADO Y LA INDULGENCIA: el fatigado hombre de Galilea, el siempre descontento judío de Judea fue acompañado casi durante toda su vida de tres amigos, que jamás lo abandonaron y en lo bueno y en lo malo le seguían como la sombra, pisándole los talones.

Una era la miseria, el otro sus numerosos pecados y la tercera, el primo de ambos anteriores, las enfermedades.

Todos forman una familia muy unida, porque por causa de la miseria crecen los pecados así como el hurto y el castigo de la Ira Divina son las enfermedades.

La única manera de curarse de las dolencias consistía en un arrepentimiento... de esa manera el hombre podía liberarse por lo menos de dos amigos incómodos — del pecado y de los dolores, pero no halló remedio para el tercero; su miseria era incurable.

La relación de causa/efecto que existía entre los pecados y las dolencias era un invento de los sacerdotes, y el perdón consistía en un sacrificio sobre el altar de Dios, que no era gratis.

Íntimamente convencido acerca del parentesco que existía entre el pecado y la dolencia, Joshua se sintió autorizado para curar el mal; ipso facto otorgaba la indulgencia, sin obligar a nadie de hacerlo por medio de un costoso sacrificio. Semejante solución —inventada por Juan Bautista, luego seguida por Joshua— desató la santa ira de las autoridades teocráticas, que no estaban dispuestas, ni admitir, ni tolerar y menos todavía perdonar semejante «curanderismo religioso».

Lo que Joshua en su carácter de reformador religioso podía permitirse, perdonar los pecados, lo hizo por medio de sus curaciones. Curar es perdonar — según el concepto de la opinión judía en esos lejanos tiempos o a la inversa perdonar es curar.

Pero Joshua con su «alia effigie» antes de su partida transfirió este poder a favor de sus discípulos (Juan 20/19), sin darse cuenta de que al ceder este poder a la imperfección humana, permitió sacrificar sobre el altar de la curiosidad lo más sagrado que el hombre tiene: su intimidad, que solo él y su Dios debieran conocer — sin intermediarios.

La transferencia de este poder divino al imperfecto hombre resultó ser un semillero de abusos, que a la larga terminó en una saludable reforma... (413)

Hasta el orden lógico de una confesión en algunas religiones todavía vigente está viciado, pues los sacerdotes —en vez de impartir primero el castigo por los pecados cometidos y luego otorgar la indulgencia— lo hacen al revés: absuelven con la indulgencia y luego dictan la penitencia... Un categórico hysteron proteron cristiano. El acto de curiosear en lo más íntimo del hombre concluye con una penitencia escandalosa, pues la penitencia aplicada consiste en una repetición tibetiana de un paternoster o un Avemaría... La oración es un hablar con Dios. Un honor y privilegio. Jamás debiera ser degradada dándole el carácter de una penitencia.

Todavía es inentendible cómo la transferencia de la potestad de perdonar los pecados aparece solamente en el evangelio de Johannes y falta en los tres restantes; semejante situación se presta para sembrar la duda acerca de la autenticidad del texto y nos permite imaginar una posterior interpolación, cuyos fines no parecen ser los más castos...

Joshua era un hombre, y estamos convencidos de que al confiar tanto poder al débil y muy errático ser humano, cometió un error imperdonable el no haber aceptado una sabia recomendación del Talmud, que nos dice: «Solo Dios debe sondear, lo que está oculto».

El alma, la metempsicosis judía y Joshua

No hay muerte mayor, ni más
temible, que aquella donde
no muere la muerte.
S. Agustin: De civ. dei. VI.12.

ATHANASIA JUDÍA: La inmortalidad del alma es un invento de la irrefrenable ambición humana, que quisiera que el alma después de la inevitable muerte sobreviva de alguna forma.

La invencible ansia del hombre era un postulado del amor, implantado en el ser humano, que no podía imaginar ni permitir, que el amor que dio un profundo sentido a su vida y que lo ligaba estrechamente con sus seres más queridos, termine con la muerte.

Entonces el hombre inventó el alma; le dio un principio inmanente y permanente y la ubicó en la cabeza y lo que no cabía —por causa de la grandeza del alma— la parte más preciosa —la memoria— la ubicó en los lóbulos de la oreja... (414)

El alma —en el concepto de la gente de Galilea y Judea— es un ser incorporal e invisible; sin embargo siempre presente y precisamente por ser un ente espiritual, ipso facto es independiente del cuerpo y por ello, cuando el cuerpo regresa a la madre tierra, el alma prosigue con su vida eterna, aunque no para siempre, pues un día —por causa de una decisión divina— tiene que regresar a un cuerpo. No al propio, porque ya está muerto, sino a uno ajeno que recién comienza su vida o simplemente invade a un cuerpo que todavía tiene su propia alma..., caso que ocurrió con Juan Bautista.

La migración del alma era la llamada «metem-psicosis», que culmina en una reencarnación, idea cuya cuna estuvo en la lejana India y ha llegado por vía fenicia primero a Occidente y luego, desde allí, se propagó por Oriente, saturando la cultura semítica y babilónica. (415)

Los pitagóricos pregonaban en su Magna Grecia que el alma por su naturaleza es pre-existente; en consecuencia también es independiente del cuerpo momentáneo y al abandonar el cuerpo, comienza su ciclo de migraciones hasta que —cumpliendo su finalidad— penetra de nuevo en un cuerpo, esta vez en un cuerpo ajeno...

Heraclides Pontico nos refiere que Pitágoras decía de sí mismo que él en otro tiempo había sido Etalides y cuando éste murió, su alma pasó al Cuerpo de Euphorbio, que fue muerto por Menelaos en la batalla de Troya; seguidamente al abandonar el cuerpo de Hermotimo entró en el cuerpo de Pyrrho, que era un pescador en Délos y cuando este último murió, se hizo Pitágoras. (416)

En este mundo todo cambia de lugar..., los cuerpos celestes giran sobre su órbita y siempre regresan. Esta es la ley de la naturaleza, que por ser divina, extiende la vigencia de su ley también para el alma vagabunda. Un día el alma tiene que regresar, aunque no en el mismo cuerpo... El profeta Elijah invadió el cuerpo de Juan Bautista..., pero ya sabemos a dónde ha ido su alma, después que Bautista fue decapitado...(Mt. 14.1)

Indefectiblemente el alma regresa; la cuestión versa acerca del cuándo y en qué clase de cuerpo. El cuándo es indeterminado y depende de la decisión divina. Referente a la clase de cuerpo existen diferentes opiniones. La teología grecorromana hace llegar el alma errante al cuerpo de un recién nacido, pero la teología semítica oriental elige para el regreso del alma el cuerpo de otro Ser viviente ya hace tiempo.

Una vez que invadió un cuerpo ajeno, desplaza el alma del anfitrión (amphitrion) y actúa como si hubiera resucitado con su cuerpo anterior.

Esta es la resurrección, que ha sido aceptada y confirmada por Joshua, cuando proclamaba públicamente que en la persona de Juan Bautista estaba y actuaba en realidad el alma del profeta Elijah. (Mt.11/14)

La palingenesia judía

Como hemos mencionado anteriormente, la migración indefinida del alma, la metempsicosis, culmina en una palingenesia, un renacimiento del alma errante en un cuerpo ajeno. (417)

De esa manera los buenos y honestos serán premiados y les concederán un fácil regreso a una nueva vida, pero los malos sufrirán una condena eterna.

El regreso tiene sus condiciones. Las almas puras, que alcanzan un lugar muy santo en el cielo, tienen que esperar el cumplimiento de un número de ciclos para poder ingresar en un nuevo cuerpo (418) de un Ser viviente, cuya alma será suplantada por el advenedizo...

La metempsicosis con palingenesia, propagada por la secta de los fariseos, ha sido aceptada por Joshua incondicionalmente al reconocer, que en Juan Bautista actuaba en realidad el alma inmortal del profeta Elijah! (Mt.11/14) ¡Ipse est Elijah! No nos cabe duda alguna — Herodes Antipas pensaba lo mismo, pues al escuchar informes acerca de la actividad de Joshua, estaba convencido de que la intranquila alma de Bautista se agita ahora en las violentas palabras de este nuevo maestro. (Mt.14/1)

La aceptación incondicional de la palingenesia judía reaparece en la pretendida resurrección de Joshua crucificado; de acuerdo a los relatos de los cuatro evangelistas, después de que ha resucitado aparece ante sus discípulos «in alia effigie» con cuerpo e imagen completamente diferente, tanto que ninguno de sus discípulos se da cuenta de que detrás de esta resurrección en realidad había una metempsicosis con palingenesia fingida. (419)

Philo de Alejandría —a quien llamaban «el Platón judío» por su excepcional sabiduría— podía permitirse el lujo de proclamar que la «athanasia», la inmortalidad del alma, ya no era absoluta, pues una vida perversa podía destruir el alma (420) y solo la rectitud durante una vida entera podía garantizar una feliz perpetuidad, siempre en diferentes cuerpos...

Su opinión fue aprovechada por la secta de los sadduceos, saturados previamente por las doctrinas de los epicúreos.

De todas maneras han llegado a la inaudita pero acertada conclusión de que el alma se identifica con el cerebro, y cuando llega la muerte, ambos quedan desintegrados para siempre...; los únicos que sobreviven el rosario de siglos y pueden considerarse como eternos, son nuestros huesos blancos, unidos con la Madre Tierra... (421)

El cielo de Joshua

EL CIELO DE JOSHUA: El hombre está sobre la tierra, pero Dios y su séquito habita en el cielo azul, salpicado por las nubes que tienen el designio divino de cubrir con sus velos blancos el trono y el reino de Dios, que parece que durante su camino hacia esta tierra, le cambiaron los rieles del destino y ha llegado a otro planeta...

Referente al cielo que cubre nuestro mundo, en estos lejanos tiempos en la antigüedad era solo permitido —en vez de investigar— imaginar, cabalgando sobre el lomo de las fantasías.(422)

El escritor italiano Papini insistía diciendo que hay en el cielo misterios que ningún entendimiento terrenal podrá develar. Pero creemos que ya mucho antes de los cosmonautas, Joshua nos reveló el gran secreto enseñándonos que este inmenso cielo en realidad es el reino de Dios, cuyo trono sobre una columna de nubes es la sede de Dios y a la derecha del Omnipotente está sentando él... Quizás dijo esto para ratificar lo dicho por el insigne poeta Pyndaros, que dirigiéndose unos cinco siglos antes a nuestro profeta sin conocerlo, manifestó: «Tú, que estás sentado a la diestra de Tu padre, muy cerca del rayo que tiene el aliento del fuego...» (423)

El astrólogo en la obra de Papini es inconsolable, porque donde él quería hallar la perfección sublime de lo racional, halló solo la sorprendente ignorancia y cosmovisión miope, para quienes el cerco de las fronteras del cielo fue tejido por las nubes, ignorando olímpicamente la gigantesca grandeza de nuestro cosmos, que al solo imaginarla, nos hace sentir tan pequeños como un invisible punto. (424)

Los discípulos de Joshua —fiel a la enseñanza impartida por el Maestro— imaginaron que nuestra tierra está abrazada por los cielos, salpicados por las siempre presentes nubes blancas y oscuras y en las noches aparecen los millares de estrellas, que junto con la Luna iluminan el trono de Dios, que se apoya sobre una columna de nubes... (425)

Las nubes tienen la obligación de cubrir los secretos de los Seres celestiales y Dios hace sus revelaciones siempre desde unas nubes.

Su voz, adelantada por un relámpago, son los truenos. (Juan 12/29 + Apocal. 10/3-4)

En el bautismo de Joshua, Dios habló con voz humana, proclamando: «¡Este es mi hijo predilecto!» De esa manera Joshua ha sido elevado al rango de un hijo de Dios y para subrayar mejor todavía la importancia de lo revelado, Dios hizo descender su otro Yo, el Espíritu Santo, por medio de la imagen de una paloma blanca. (Mt. 3/16-17)

Juan Bautista no escuchó ninguna voz, aunque habrá visto a la paloma blanca (Juan 1/32) — un invento heleno-sirio; por eso, una vez que quedó detenido, hizo preguntar desde su cárcel en la fortaleza de Makheron a nuestro profeta: «¡¿Eres Tú, el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro?!» (Mt. 11/3)

Surgió entonces la necesidad de hacer ratificar lo revelado en su bautismo. Llevó entonces tres de sus discípulos a la cima del monte de Tabor, donde aparecieron Moisés y Elijah, saliendo de las nubes y casi inmediatamente, salía una voz de las nubes que decía: «Es mi hijo predilecto ¡Escúchenlo!» (Luc. 9/3)

En otra oportunidad ante la gente congregada «... ¡se oyó una voz, que venía del cielo!» Algunos, que estaban allí y escucharon la voz, decían: «¡Fue un trueno!» (Juan 12/28-29).

¡Escuchar y entender no es la misma cosa!

Escuchar voces provenientes del cielo no era un privilegio reservado solo para Joshua. También los romanos fueron avisados por unas voces potentes, que anunciaron la pronta llegada de los Galos, que vinieron con ira, sangre y fuego. (426)

En la ciudad de Kephalenia, los habitantes escucharon unos cantos celestiales que vinieron de las nubes (427), y en otra oportunidad la gente escuchó una gigantesca carcajada desde lo más alto del cielo... (428)

No es imposible que los habitantes de los cielos hayan querido burlarse de la estupidez humana con esta risotada...

Mira estos infinitos cielos
que abrazan suavemente a
nuestra tierra
Euripides: Frgt. 935

LOS CAMPOS ELISEOS: «¿Para quién hace su curso el cielo? Preguntó el estoico Séneca (429) y le respondió la teología helénica que cada hombre sobre esta tierra lleva en su Ser los imborrables signos de la «trinidad humana». El cuerpo, moldeado por la tierra, recibe su alma desde la Luna (430) después que ésta se une previamente con la mente, que llega directamente desde el Sol para este encuentro. (431)

A su vez, cuando el hombre termina su paso sobre el angosto puente que une las dos eternidades, llamada «vida», conquista de nuevo la libertad, que Séneca prefería llamar con el significativo nombre «el beneficio de la muerte». (432)

Demetrio Proserpina sostiene que cuando el hombre muere, se separa de la Trinidad humana el cuerpo —que vuelve a la tierra— y el alma, unida todavía a la Mente, se eleva con sus pecados y vicios al espacio que hay entre la tierra y la luna para comenzar allí su purificación, pues este lugar es el primer purgatorio que los antiguos conocían con el nombre de «Los Prados de Júpiter».

Dice Séneca en la Consolación: «¡Marcia! ¡No debes correr a la sepultura de tu hijo, porque allí encontrarás solamente tierra! El alma que buscáis ya emprendió su vuelo; está sobre nuestras cabezas en las inmensas alturas en el purgatorio, donde permanecerá durante algún tiempo, para purificarse de las manchas que el alma arrastra consigo como un mal recuerdo que pronto hará desaparecer el benigno olvido.»

El alma con la mente está aquí en el purgatorio de Empédocles, vagando entre la Tierra, la Luna, el Mar y el Sol, y cuando tiene expiados sus peores pecados, se eleva aliviada hasta lo más alto de los cielos, que para los antiguos fue siempre la Luna con su doble cara, donde cada una tiene su propio destino.

La última morada del alma purificada se halla ya en la Luna, donde la reina del cielo, Proserpina, vestida con un Khiton celeste, esperaba la llegada de las almas en esta siempre visible cara de la Luna, que el hombre puede contemplar día y noche desde la tierra.

Las almas que aquí entraban sufrían la segunda muerte, pues Proserpina les quitaba la mente, devolviéndola al Sol; y las almas «desmentadas» se transforman automáticamente en genios, que tenían que sufrir en esta parte de la Luna el segundo y último purgatorio.

Descpués de que los genios sufrían su purificación lunar, quedaban blancos como la nieve, y eran conducidos a la otra parte de la Luna, que no se puede ver jamás desde la Tierra, y allí está el Cielo de los beatos y santos, el Paraíso que los antiguos llamaban «Campos Elíseos».

No todos los genios pueden entrar aquí, pues Proserpina revisaba las almas y solamente los más cándidos pueden tener la dicha, que tampoco era eterna. En el mismo Elíseo, las almas dichosas con aquella «Nueva Luz» eran solo dueñas momentáneas de la Eternidad; tienen sin límites los espacios y se entremezclan con las estrellas y los mundos, pero llega también el momento en que el alma beata se confunde con la misma Luna, que antes y después de la vida sirve de cuna de las almas.

Dicen los antiguos que el alma —en la dicha infinita cuando se confunde su Ser con el de la Luna— muere por tercera vez, y esta vez baja del Cielo. Pues el alma, saliendo de su madre lunar, desciende de nuevo y encontrándose en el camino con una Mente que salió del Sol, llegan juntos a la Tierra, donde penetran en un cuerpo tierno de un recién llegado y en la tierra se dice que nació un hombre, aunque en realidad hubo solamente una reencarnación.

La gente de bien en Roma como un momento religioso llevaba una media luna de marfil sobre su calzado, expresando de esta manera que después de la muerte quisieran tener la Luna como morada perenne... (433)

Cómo era el Cielo en la Luna, nadie lo sabía con seguridad; la religión romana, para eliminar cualquier clase de duda, se limitaba a «re-ligar» a sus adictos a creer, porque para convencerlos, era necesario ver y poder volver.

Nos comenta Séneca que el emperador Claudio —en una oscura oportunidad— condenó a muerte a una persona muy distinguida: a Cano Julio. Este, al oír la sentencia, se dirigió a su inclemente juez con cara de alegría diciendo: «¡Gracias! ¡Muchas gracias Te doy por ello, mi emperador!» Cano Julio consideraba que la muerte es en realidad un beneficio y al ver a su alrededor a sus amigos con lágrimas, les dijo: «¿Pero para qué el llanto? Ustedes investigan que las almas son inmortales, ¿¡o no!? Y esto lo voy a saber ahora con precisión». Se despidió de ellos prometiéndoles que una vez muerto, los visitaría sin falta para contarles todo lo que había visto en el cielo... (434)

Ignoramos por qué razón Cano Julio no cumplió su promesa, pues no regresó para contar las experiencias que juntó en el cielo...

La creencia en el más allá es una exigencia irrefrenable de la naturaleza humana, que impulsada por la curiosidad no puede conciliarse con la idea de perder un ser querido para siempre.

Si la Fe es demasiado profunda pero poco clara, entonces en aquellos en los cuales el amor es más fuerte que la muerte, solo puede producir un derrumbe y una conmovedora tragedia humana. (435)

El cielo de los Occidentales, el más allá de los Orientales y el de Joshua y de sus cristianos siguen sembrando en la inquieta alma del ser humano las vanas ilusiones de que después de la muerte sobrevivirá el amor..., sin darse cuenta de que ambos, Amor y Muerte, son unos enamorados, pues si perdiera su vida el Amor, de pena moriría junto con la vida la misma muerte.

Mientras tanto para seguir existiendo en nuestro celeste mundo, predicado y censurado por nuestro profeta y por sus seguidores, lo único que puede o quizás debiera hacer el ser humano, es aferrarse a su delgado, peligrosamente delgado hilo de la Fe. Pues sin saber qué es la vida, qué significan los sueños y qué hay detrás de la muerte, seguimos meciéndonos por los vientos de la inseguridad, como las arañas que están prendidas sobre la punta de su filamento. (436)

Los campos elíseos están en la Luna, que navega en el inmenso cielo y hace su curso con un eterno regreso. Para los pueblos orientales su imagen es un corazón ardiente, que parece flotar sobre un altar, encendido con llamas amarillentas... (437)

Joshua y los ángeles

El cielo de los pueblos orientales estaba habitado por los ángeles. Ni siquiera el riguroso monoteísmo judío logró liberarse de esta clase de krypto-politeísmo. Si bien la teología cristiana —por excelencia politeísta— intentó cubrir a estos mensajeros de Dios con el velo negro del silencio, ni por eso desaparecerán los ángeles de los libros sagrados, ni sus imágenes en las iglesias y menos todavía de la memoria de los creyentes, que los consideran como dioses menores, unos «alexicacos». (438) Los ángeles, alados, siguen viviendo en plena harmonía con aquellos teificados humanos, los cuales fueron precisamente inventados para reemplazar la tarea del ángel guardián; fueron y son estos sustitutos, los llamados Santos, cada vez más beatos y santificados, para satisfacer la creciente demanda de los creyentes.

En la época en que vivía nuestro profeta, los ángeles a cada rato intervinieron en la vida de la gente; aparecieron durante los sueños impartiendo órdenes y recomendaciones y en casos muy especiales aparecieron también personalmente. Presentaremos a éstos Seres celestiales, para que el lector tenga la información necesaria a fin de obtener su propia «ángelo-logia».

La palabra griega «aggelos» —en su versión castellana «ángel»— significa «mensajero» de Dios. Son inventos del hombre del politeísmo para poder contar entre los dos extremos —Dios y el Ser humano— con intermediarios

La idea de crear ángeles nació entre los pueblos orientales, afligidos, sufridos y jamás felices ni contentos... Ya al despertar maldecirían el día, que les reservaba solo la guerra con sus propias desgracias y la tan anhelada paz la hallaron solamente en unos profundos sueños que son hermanos mellizos de la muerte.

Fueron los egipcios quienes inventaron estos seres alados, que vinieron desde las altitudes con mensajes de Dios, para tranquilizar a los suplicantes, anunciar embarazos, exhortar e indicar caminos a tomar...

La idea le agradaba mucho a los lydios, que tenían la costumbre de copiar todo lo que vieron en Egipto. Ellos dieron alas también a sus dioses, y cuando estos piratas lydios tuscos llegaron y se asentaron en la península itálica —en Tos-cania, Etrus-cania— ofrecieron a los demás pueblos itálicos sus ángeles y dioses alados. (439)

Ni siquiera el pueblo de Ozarship Moisés —impregnado y saturado por la penetrante y misteriosa cultura egipcia durante cuatrociento treinta años— podía prescindir de estos Seres alados y el legislador los incorporó, porque los ángeles, según su opinión, fueron unos hijos de Dios... (440)

Había diferentes clases de ángeles. Los más citados son y fueron los «Kherubim», acerca de los cuales nos brindan un detallado informe Flavio Josepho, Filón de Alejandría, el Apocalipsis y otros. (441)

Para diferenciarlos tenían también sus respectivos nombres; cada nombre era una alabanza para Dios... Mikha-el = quien es tan grande como Dios; Gabri-el = la fuerza de Dios; Rafa-el representaba el poder curativo de Dios. (442)

De vez en cuando aparecieron sin alas, anunciaron cosas imposibles y tuvieron que experimentar también cosas peores que desagradables, seguramente porque les faltaban las alas... (443)

Hasta fueron dotados de sexo. Existían unos muy apuestos jóvenes, que al no poder resistir ante la hermosura de las mujeres, algunos ángeles se unieron con las hijas de los hombres, amándolas... Esto nos dice S. Agustín, (444) el obispo de Hyppona — muy convencido acerca de la verdad de su tan peculiar teoría; quizás era una suave alusión, referente al ángel Gabriel, que representaba la fuerza de Dios...

La teología egipcia-judía no podía liberarse de su constante tendencia de dar formas humanas a los Seres espirituales; quizás lo hicieron para que nos fueran más familiares. Les dieron dos alas y para asegurar un vuelo agradable y seguro, el apocalipsis les concedió bondadosamente cuatro alas más... (445)

Todos los ángeles fueron puestos al servicio de Dios y del hombre en la tierra. Frecuentemente vinieron personalmente; de vez en cuando —para ahorrar un largo viaje— aparecieron al hombre solo durante el sueño, anunciando concepciones inmaculadas, exhortaciones y demás indicaciones para tranquilizar a unos maridos celosos. (446)

Los ángeles se desempeñaron también en las funciones del egipcio Anubis-Theopompos, que conducía las almas ante los cuarenta y dos jueces, para que fueran juzgadas. El ángel de Dios conduce las almas también al paraíso, al reino celestial... (447) y libera los Santos encarcelados y encadenados con cadenas de acero inoxidable. (448)

Otros sabían curar. El ángel Rafael halló el santo remedio para curar la ceguera del viejo Tobías en el interior de un pescado. (Tobías, 5.5)

De vez en cuando otro ángel descendía con el solo fin de revolver las aguas de una pequeña Laguna, llamada Beth-Saida; bañándose luego adentro, se curaron todas clase las enfermedades. (449)

Aparentemente los ángeles no estaban siempre dispuestos a identificarse. El ángel Rafael, al presentarse ante Tobías —seipsum occultans— le dijo: «Soy el hijo de Ananias y me llaman Asarías...»; lo que no era cierto. Y el fariseo Saul, una vez que se hizo Paul, no les confiaba demasiado, pues en una de sus epístolas, que enviaba a los Gálatos defendiendo la infalibilidad de sus enseñanzas, les escribía: «Si viniera un ángel del cielo para anunciarles el evangelio de otra manera, que nosotros hemos anunciado, será maldito». (Ad Galat. 1/8) Su potencial aversión contra estos Seres alados nos permite imaginar que el real fundador del cristianismo no pareció reconocer que los ángeles fueron los mensajeros de Dios.

La idea del Angel Guardián es un producto de la «polarizante» teología egipcia, que con preferencia duplicaba todo: dioses buenos, dioses malos; tierra, anti-tierra; el hombre y su sombra; un alma en el cuerpo y otra extracorporal... El alma Khu en el cuerpo no estaba sola, porque su alter ego, el Akha fuera del cuerpo, le seguía como la sombra o un ángel guardián, impidiendo que le pasara algo.

El concepto fue importado por los curiosos helenos y Theanor proclamaba que el hombre no está solo, ni abandonado, sino que cada uno —en forma invisible— tiene a su lado un genio, que desempeña el papel de un ángel guardián (450), que durante la vida lo aconseja y defiende contra todo lo que pudiera ser mal (451). La idea se propagó y fue incorporada también en el cristianismo... (452)

El ángel guardián —después de la muerte del hombre— conduce el alma, cargada de pecados, ante el Supremo Tribunal... (453)

Menandros, el poeta, nos advierte que:

«Al lado de cada mortal se encuentra
desde el día de nuestro nacimiento
un genio familiar que nos acompaña
durante toda la vida, hasta la
sombría muerte»

Entonces no hay que dudar de la veracidad de lo sostenido por estos antiguos, pues hasta en nuestro hipercivilizado presente, hasta en la máxima soledad alrededor nuestro, nos sentimos acompañado por un Ser invisible...

Joshua, nuestro venerado profeta, jamás habló durante su relativamente corta vida acerca de los ángeles, que —según los relatos de los evangelistas— le rodearon desde su nacimiento hasta que después le sacaron de la cruz.

Su madre jamás le contó a su hijo primogénito cómo la visitó una vez un ángel. Tampoco su padre le comentó que otro ángel le confió durante un profundo sueño un secreto. Joshua, el Maestro, no recordó a los ángeles que rodearon su pesebre, porque era tan pequeño todavía y lo único que le acompañaba —a excepción de los ángeles— fue su llanto.

No recordaba que fueron los ángeles los que le asistieron durante sus cuarenta días de ayuno en el desierto. (Mt.4/11)

Solo Lucas nos dice que en la hora de la angustia de Joshua, descendió un ángel del cielo (Luc. 22/43) para confortarle. Lucas personalmente jamás conocía a nuestro profeta y los discípulos durmieron a esta hora profundamente; así que difícilmente se puede testimoniar lo sostenido; era un invento de este médico griego, dotado de una pintoresca fantasía. Pusieron en la boca de Joshua que pudiera pedir de su padre celestial unas doce legiones de ángeles para protegerse (Mt. 26/53); pero no podía hacerlo, para que los hechos del presente acomódense a las predicciones del pasado. Y como siempre aparecieron las ominosas dos palabras «...ut adimpleretur» = para que se cumplan las profecías.

De esa manera, los ángeles alrededor de la imagen de nuestro profeta solo servirán para decorar su figura — rodeada con el halo de una aureola, tejida de un bondadoso mito. Y para epilogar esta cuestión tan espinosa, terminamos con una pregunta aguda: Si los ángeles son unas almas ¿para qué tienen alas?

Nadie, a no ser niño...
cree en el infierno.
Juvenal Sat. XII.1-16

EL GI HINNON Y EL INFIERNO: Dos son los principios que caracterizan a nuestro mundo, uno es la inconmensurabilidad de las magnitudes máximas y mínimas; y el otro es la polarización con polos positivos y negativos... El Bueno y el Malo, Blanco y negro, Dios y el diablo...

Egipto tenía su Osiris, pero su maldito hermano Set estaba en el infierno de la tierra.. Baal Kkamon era el Dios benefactor de los fenicios, pero Baal Moloch y Baal Zebub recibían en el eterno fuego de su vientre a los niños sacrificados por los sacerdotes. (Mt. 12/22 + Luc. 11/15) (454)

Todas estas divinidades representaron una familia con una «oveja negra»... pero el caso en la teología judía era diferente, porque el oponente de Dios resultó ser el ángel de las ciencias. El ángel que mantenía en su mano alta la antorcha (Lucifer) para iluminar la reinante oscuridad. A este ángel los griegos dieron el nombre de «Phos Phoros»; el que nos trajo la luz y al ver mucho y demasiado, pareció no coincidir en todo con el Creador, ya que comenzó a contradecir (= dia ballein).

Por tamaña falta de respeto el ángel Lucifer ha sido castigado severamente; le cortaron sus alas..., y en su caída paró al llegar al infierno. Para que recuerde siempre la causa de su culpa (contradecir = dia ballein) le dieron el nombre «diablo». La palabra griega dia ballein no estaba al agrado de los judíos, que tuvieron una aversión innata contra todo lo que era griego; por eso tomaron en préstamo de los sirios la palabra «Satanás» que tenía su origen en Fenicia. (455)

El lugar donde reinaba Satanás era donde el fuego era inextinguible. Para todos los demás pueblos este lugar era el infierno, cuyo fuego de vez en cuando llega por los volcanes también hacia arriba..., pero para los judíos el sitio estaba en el Gi Hinnon, cerca de Hiero-Solima (Jerusalén), donde los desechos de la ciudad eran consumidos por las llamas y el eterno fuego, transformándolos en cenizas.

Este Gi Hinnon era el infierno de Joshua — el fuego inextinguible. A este fuego Joshua mandó a los malos (Mt. 13/42), a todos, a quienes él consideraba y llamaba con el épiteto de «hijos de serpientes». (Mt. 23/33) Para ser mandado por Joshua a este fuego de Gi Hinnon era suficiente que uno injuriara al otro con la palabra de «moros» (= loco). (Mt. 5/22) A este fuego llegan también un día los que cambiaron su religión (Mt. 23/15) y desde luego todos aquellos que cometieron el imperdonable pecado de ser ricos. (Luc. 16/22+6/24 + Mr. 10/25) Nadie puede ser opulento sin ser sospechado de haber sido un explotador de los pobres...

El infierno de los egipcios, el Gi Hinnon de los judíos, el Uku Pacha de los Incas, el pokol de los esquitas era «la morada de la muerte, que era peor que la misma muerte». (456)

Este lugar era reservado para todos aquellos que durante su vida se destacaron por sus maldades, mortificando a otros (457). En este lugar quedan encerrados, atormentados con incesantes suplicios y perpetuamente encadenados. (458)

Triple es la pena que sufren los condenados. Las penas son repartidas entre Dios y el diablo: Dios se reserva para sí dos y la tercera pena la deja para el diablo. Los castigos durante nuestra vida son los tormentos del alma —las angustias— la otra pena divina es el oscuro destino, que se anuncia a cada rato para los vivos, que les espera después de la muerte... Menos mal, que estos castigos, que se nos envían desde el cielo durante la vida, son de corta duración como la vida misma. (459) Pero el castigo reservado para el Señor del infierno es el que más horroriza al hombre, porque en el diccionario de Satanás falta la palabra que ni siquiera en nuestro presente aparece: la justicia.

El invento del infierno —aceptado también por Joshua— resultó ser un hábil medio, que amenazaba con perennes castigos a todos los malvados; castigos, productos de dobles juicios, en cuyas sentencias la justicia brillaba por su ausencia, pues el castigo era siempre sin fin.

Castigos perennes, cuya realidad nadie puede afirmar, pero tampoco se puede categóricamente refutar, aunque nuestro presente se permite el lujo de negarlo (460), y tanto más, porque ya en los tiempos más lejanos, algunos iluminados sabios levantaron su voz de protesta. M. T. Cicerón nos dijo que solo la ignorancia podía producir ese invento de los infiernos (461) y el estoico Séneca nos tranquiliza censurando: «...los muertos no debieran temer ni tinieblas ni cárceles ni torrentes de llamas..., porque todas estas cosas son un juego de los poetas, que nos quieren asustar con sus vanos terrores». (462)

Plutarchos niega rotundamente la existencia de un infierno, diciendo que semejantes ideas pueden solamente existir en la repugnante doctrina de los «antiguos» (463) y solo en la mente de ellos podían nacer semejantes y perversas ideas. (464)

Lukianos vacila y nos dice que si alguien tuviera todavía alguna duda acerca de esto, tendrá que seguir los pasos de Lucano, que regresó del infierno y nos afirma: «Yo he visto todo durante mi permanencia en el infierno y si hubiera alguien que dudara de mi palabra, váyase al infierno y verá que yo dije la verdad». (465)

Corta es la respuesta de M. T. Cicerón: «Solamente la olímpica ignorancia podía inventar los infiernos con todos aquellos terrores que me imagino que tú desprecias ya no sin causa». (466)

Los mitos y fábulas siembran en el credulo la Fe, que en algunos es firme como la roca; sin embargo, en las rocas la duda suele hacer fisuras, y el hombre que vacila prefiere una vida corta en vez de una eternidad en el inescrutable más allá.

Joshua creía en ambos, en el Satanás que vio caer del cielo cómo un relámpago (Mt. 4/11 + Luc. 10/18), y creía también en su Gi Hinnon. (467)

Solo él sabe por qué le hicieron luego descender a los infiernos, y solo él sabe por qué negó a los muertos llegar a la presencia de su Padre Dios. (Mr. 12.27)

Joshua y el amor, odio, pietas y justicia

La doctrina de nuestro profeta acerca del amor es tornadizo y gradual y llega hasta la incomprensible exageración.

Él exige amor para Dios: a Dios hay que amar con la trinidad humana — de corazón, alma y mente. (Mt. 22/34)

Hay que amar también al prójimo. A la manera como a Tí mismo (Mt. 22/29) y este amor es extensivo también para los enemigos. Este mandato suyo resultó ser además de exagerado también contrario de lo que solían pedir de Dios los salmos... En este mandato se trasunta un marcado estoicismo de nuestro profeta. (Mt. 5/44)

Existe también el amor propio y esta clase de amor Joshua tenía y postulaba para si con un grado superlativo de parte de Dios y de parte de sus discípulos. Dios lo amaba ya antes de la creación del mundo (Juan 17/55) y de parte de sus discípulos exige un amor absoluto y exclusivo, cuyos límites se rozan con la antítesis del amor — con el odio mismo.

Postulando este amor superlativo, llega progresivamente a esta exigencia..., en cuanto nos advierte que «aquel que a su padre, a su hijo pudiera querer más que a mí, no será digno de mí». (Mt. 10/36)

Pero de parte de aquel que quisiera estar en su cercanía, exige un amor exclusivo y tan superlativo, que fuera de este amor para los demás siente no solo una aversión, sino algo mayor: odio. Pues dijo, «aquel que se me acerca, si no odia a su padre, su madre, a su mujer, a sus hijos, hermanos y hermanas, no puede ser mi discípulo». (Luc. 14/26)

Y Joshua seguía postulando algo mucho más que eso. Exigía para sí un amor, que no solo debiera apagar el amor propio, sino en su lugar debiera entrar el odio a sí mismo. «Aquel que quisiera estar en mi cercanía, debiera odiar hasta su propia alma».

Amor —seguido como la sombra por el odio— son sentimientos de polos opuestos, que casi siempre terminan en un corto circuito... Más nos convence el himno del amor, lo que nos legó en una de sus epístolas el Fariseo Pablo, diciendo: (I. Corint. 13)

«Si yo pudiera hablar todas las lenguas del mundo, de los hombres y de los ángeles y si me faltara el amor, no sería yo otra cosa que bronce que resuena o campana que toca... Si yo tuviera el don de profecías, conociendo todas las cosas secretas..., y si tuviera tanta Fe, que me permitiera trasladar los montes, si no tuviera el amor, yo no sería nada. Si yo repartiera todo lo que poseo a los pobres, si entregara mi propio cuerpo — sin amor, para nada me serviría.

El amor es paciente y benigno; jamás actúa con bajeza, ni busca su propio interés; no se deja llevar por la ira y sabe perdonar y olvidar las ofensas... Le agrada la verdad, disculpa todo... el amor sabe esperar y soportar también todo.

Pasarán las profecías, callarán las lenguas del mundo, se perderán las ciencias, pero el amor nunca pasará».

Con este himno Joshua ha sido superado ampliamente por el apóstol—discípulo — solo Juan sigue con su pesimismo que recomienda no amar a este mundo, ni siquiera a los que están en este mundo. (Epist. Joh. 2/15)

Esto prácticamente significa no amar absolutamente a nadie ¿Qué pasará entonces en este y con este mundo? Sin amor estaría condenado a desaparecer.

Joshua desconoció el inmenso valor de la pietas y el categórico imperativo de Pitágoras, quien pronunciaba que los hijos jamás debieran olvidar la deuda que tienen con sus padres, que un muerto tuviera con aquel que lo pudiera rescatar de la muerte.

Su opinión acerca del matrimonio no era inflexible; si bien pronuncia la inseparabilidad del connubio (Mt. 19/6), también se brinda al hombre la posibilidad de recobrar su libertad en caso de una deslealtad de parte de la esposa. Nisi ob fornicationem. (Mt. 19/9)

Jamás Joshua habló contra los essenios, porque él mismo era uno de ellos, dispersos en las innumerables aldeas de Judea y Galilea.

Los essenios fueron célibes, porque estaban convencidos de que la donna e mobile jamás será fiel a su esposo. Joshua también era célibe, o porque era essenio o porque pensaba lo mismo... y quizás por esta razón admitía con una admirable flexibilidad el divorcio en caso de un adultério, lo que sus seguidores en el presente niegan rotundamente.

Joshua hasta elevó el celibato al rango de una condición «sine qua non» para poder entrar en el reino del cielo. (Mt. 19/10) Por esta misma razón todos sus ministros hoy en el presente son célibes y castos...no es un pecado tener sobrinos o sobrinas...

Referente a la delicada y cada vez peor tratada palabra «justicia», Joshua hallaba como único remedio y lo recomendó: «Makaroi hoi... dipsone tes ten diakiosuenen» — Felices son los que tienen sed por la justicia, porque serán saciados... (Mt. 5/6) Un día tendrán la justicia, pero si, en un futuro nada seguro.

No obstante Joshua, de vez en cuando, propalaba las ideas de la muy helénica EPIEIKEIA. Sin embargo, sus conceptos acerca de la justicia fueron discretos, y nos parece que desconocía el verdadero sentido del valor de la equidad, que es una dichosa rectificación de la justicia rigurosamente legal, pues para toda clase de falta prometía castigos perennes. (Mt.5/22) En el diccionario de Joshua faltaba la palabra MISERICORDIA.

Ignoramos cuál habrá sido su definición acerca de la maltratada palabra verdad. Nuestro profeta —una vez frente a Pilato dialogando acerca de su vocación divina— le dijo: «Yo he venido a la tierra para ser testigo de la verdad». (Juan 18/37) Y al ser preguntado por Pilato: «¿Qué es la verdad?» Joshua se encerró en un profundo silencio, porque su «verdad» resultó ser un mito y una frustración (Luc.9/27 + 23/24). Pilato salió al balcón para dirigirse al tumulto, porque como político y militar recordaba perfectamente la relatividad de la verdad y la justicia injusta de Crysippo. (468)

La creciente injusticia sentó sus reales en su patria y la culpable —según su opinión— era la inercia de la ley, que por causa de su sagrada inmutabilidad era estacionaria, y por eso no podía cumplir con los dinámicos postulados de los siempre renovados tiempos, que exigieron adaptación.

Al ver que sus severas censuras cayeron en un saco roto, y su voz, que clamaba por justicia, era el grito sagrado de un hombre solitario en la mitad del desierto, comenzó a sentirse impotente frente a la dirigencia teocrática. Progresivamente se apartó de la legislación religiosa de su propia patria, a tal extremo que en sus enseñanzas empleó el término de «vuestras» leyes, calificándose implícitamente como un judío apóstata, cuyo destino era ser un exilado en Samaria... (Ju.10/34)

Criticaba su religión, censuraba severamente la hipocresía de la gente, la ausencia de la justicia, los medios no tan santos para acrecentar la riqueza, la insensibilidad frente a las indigencias, pero lo que más lo indignaba era chocar casi diariamente con la explotación del hombre por el hombre.

El único remedio que tenía para este incurable mal, era acusar y denunciar, aunque sus censuras chocaron con oídos sordos...

Joshua quedó solo con sus discípulos y oyentes; con una parte ínfima de su pueblo sufrido por las inclemencias de su siglo, en que la rebeldía era un pan cotidiano. Un pueblo, perseguido casi diariamente por el hambre y la sed por una pizca de justicia.

No podía ofrecer mejor remedio que consolarlos con sus «ocho beatitudes» (Mt. 5/3-12) y recomendar mucha paciencia...

Joshua olvidaba que la paciencia es el pan de la rebeldía y del deseo de la venganza que el pueblo quiere tomar por las tantas injusticias sufridas.

Él mismo pronunciaba que se acercan los días de la vindicta... (Luc. 21/22)

Trataremos las causas de tanta desesperación en las páginas que siguen.

Joshua y la injusticia social

Joshua pregonaba incesantemente la necesidad de restablecer la justicia social, amenazando a los responsables que a sus culpas seguirán las penas en la misma medida. (Mt. 7/2)

Ni él ni nadie podía ser insensible ante semejantes problemas, cuando la indigencia y la progresiva pauperizacion del sufrido pueblo era el infame producto de la explotación del hombre, hecha por el hombre mismo; la pobreza, melliza del hambre, también lo perseguía a él...

Tuvo que levantar su voz contra su época inclemente, en la que Mamón, el Dios del dinero, era más venerado que Jahvé en el cielo (Luc. 16/13) y la forma resultó ser más importante para la gente que la esencia.

Su voz cortante y sus doctrinas sociales golpeaban incesantemente los muros artificiales, creados por la desigual distribución de los bienes humanos. Estos muros, que separaban las diferentes capas sociales, tenían que correr la misma suerte que tuvieron los muros de Jericó.

La explotación social, realizada por los pocos que tenían mucho, contra los muchos que tenían poco, llegó a tal extremo que podía vislumbrar ya una tormenta y explosión social...

A un lado estaban los ricos — brazo a brazo con la casta de los sacerdotes, al otro lado los romanos con su insaciable economía política, que basábase en una inhumana explotación de sus provincias. (469)

Sublevarse contra la explotación social era el equivalente de una mal solapada rebeldía —también contra los invasores romanos— y para impedir esto intervino la casta sacerdotal contra el rebelde profeta.

Joshua no ahorraba crítica ni censura y con voz en cuello atacaba a los responsables, diciendo: «Vosotros, escribas y fariseos, cargan sobre los hombros gravámenes insoportables y ni con un solo dedo auxilian a la gente de aguantarlo». (Mt. 23/4) Acaparan todo, las casas de las viudas (Mt. 23/14); un signo de la costumbre de la insaciable codicia, que logró sobrevivir las inclemencias de un rosario de siglos, porque hoy se hace lo mismo... Parece que nuestro presente sigue estando cargado con los mismos pecados que miles de años antes sufría nuestro pasado. (470)

El que diagnostica un mal, intenta hallar también el santo remedio. Para aliviar la carga tan onerosa, Joshua inventó dos remedios, que finalmente resultaron ser peor que la enfermedad.

Uno de los medicamentos que recomendaba era la pasiva resistencia, la santa inercia económica. (Mt. 6/34) Hay que olvidar el grito del estómago, que no se puede apaciguar con exhortos, porque el estómago es sordo. Y el mejor remedio es ni pensar en el día de la mañana, porque tenemos bastantes problemas para el íia de hoy. Sufficit die malitia sua Arketon te hemera he kakia autes — Basta el lío de cada día. Con este dicho horaciano de «carpe diem» (471) no era suficiente acallar la protesta del pobre; ni la parábola de los lirios que no trabajan, ni las aves que ni siembran ni cosechan, fueron suficiente para sembrar la paciencia. La santa inercia —antiprogresista— no podía ser una solución para prietos problemas, ni siquiera un acertado medio para calmar la sed ardiente.

Al sentirse frustrado con este remedio, recurrió a otro que resultó ser peor que el anterior: recomendaba corregir la desviación unilateral del flujo del dinero por medio del reparto de todos los bienes: «Vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres (Lu. 18/22) y recibirás dos valiosos premios, pues por un lado llegarás a la perfección, además recibirás un tesoro en el cielo».

Semejante remedio, que pretendía resolver el problema de la desigualdad en forma del reparto de los bienes, resultó ser un evidente fracaso, porque aquel que vendía todo, empobrecía al comprador, pero también a sí mismo, pues al repartir cada uno lo que obtenía, quedó prácticamente con nada y lo único que podían tener era la esperanza de vivir como los gorriones y los lirios.

La gente tampoco se entusiasmó con los premios prometidos; no había mucho interés en ser perfecto mientras el estómago estaba vacío y la pobreza apretaba. Fueron muy pocos los que pretendían ser perfectos, pero mucho más los que dudaban acerca del tesoro que recibirán únicamente en el muy inseguro cielo...

Joshua tenía que despertarse y enfrentarse con la realidad...

Pidió entonces que los que tienen, presten a los necesitados, aunque los prestamistas corrían el peligro de no cobrar las deudas al acercarse el «séptimo año» judío...

En esta cuestión Joshua era categórico y quizás demasiado exigente, porque proclamaba que hay que prestar, pero jamás esperar la devolución, sin soñar siquiera con la palabra «interés», palabra inventada por el griego Hesiodos unos setecientos años antes de que Joshua hubiera llegado a este mundo lleno de pecados.

Joshua pasaba por alto lo recomendado por Hesiodos, que aconsejaba «devolver todo y siempre algo más, para que el prestamista tenga las ganas de darte luego de nuevo, si estás angustiado por la necesidad».

Joshua conocía la semántica de la palabra Mutuum del griego «khresis» = ex meo tuum —de mi parte tuyo— y exigía un préstamo sin devolución, porque «solo pecadores prestan con otros pecadores para que reciban la igual cantidad. Hay que prestar sin esperar jamás una devolución». (Luc. 6/34) (472)

El término jurídico, el mutuum romano, insistía en la devolución — además con intereses, y la recién citada exhortación de Joshua no les agradaba y posteriormente esto era una de las tantas causas que pretendieron justificar la persecución de los cristianos.

La exhortación de Joshua pretendía frenar los frecuentes abusos del muy activo intercambio comercial, en que el negocio jurídico de préstamo desempeñó un papel principal.

En Palestina había un estrato social, que eran los parias humanos, los siervos, a los cuales nadie se dignó mencionar; la suerte de ellos fue cubierta con el velo negro del silencio, ni siquiera Joshua los recordó. Solo él sabría por qué razón no quería decir nada acerca de ellos...

En homenaje a estos desdichados seres humanos, que desconocían los beneficios de la libertad, ofrecemos al lector a continuación una breve información y recuerdo del presente, para cubrir de esa manera piadosa las heridas que sufrieron en el pasado.

Nadie se ocupaba en Palestina por la suerte de estos desdichados; solo el legislador, que sabía y recordaba como vivían los judíos como siervos, esclavos del pueblo egipcio durante cuatro siglos. Era Ozarship, Moisés, quien dio a los siervos un trato humano. (473)

Los romanos trataron a sus siervos inhumanamente y contagiaron con este imperdonable pecado luego a los paleo-cristianos, porque no obstante que recibieron el poco consolador título de «libertos de Cristo», prácticamente siguieron vegetando en sus situaciones infra-humanas — ni comparar con los beneficios que gozaban los siervos en las familias judías.

Los «libertos de Cristo», les gustara o no, seguían siendo siervos (esclavos) y tuvieron que seguir dentro de una institución antinatural e inapelable. La liberación, la manumisión de estos parias humanas no figuraba en la agenda de los paleo-cristianos.

El cristianismo, que desató una lucha entre las diferentes clases sociales en pro de una igualdad económica, en lo referente a la igualdad humana solo se limitaba a pregonar, que todos somos iguales ante Dios, pero no ante los humanos... Para el paleo-cristianismo la igualdad ante los hombres carecía de importancia; por ello, los seguidores de los mandatos de Joshua jamás aconsejaban ni a los judíos y menos todavía a los paganos y ni siquiera a sus propios correligionarios, que debieran manumitir y dar la libertad a sus siervos.

Ni siquiera se molestaron en imitar las humanas disposiciones de algunos emperadores romanos para mitigar los castigos corporales...; los paleo-cristianos apalearon a sus siervos y sus actos los consideraron justos y bien adecuados. No les concedieron el derecho de asilo, ni les reconocieron el altar de Palikon, a donde un siervo hubiera podido correr para salvarse... Este beneficio les podían asegurar únicamente los odiados paganos... (474)

El paleo-cristianismo no estaba dispuesto de reconocer a este asilo sagrado e inviolable, porque era «pagano», pero en realidad se negaron a reconocer, porque era contrario a su propio interés creado.

Solo se limitaron a aliviar algo la triste suerte de estos desdichados por medio de piadosas exhortaciones, recomendando a sus siervos la obediencia para con sus señores «con temblor y temor» y que «aguanten las desgracias como si vuestra obediencia fuera para Dios y no para un hombre». (475) A los dueños, que no podían ser llamados con el honroso título de «patrones», el paleo-cristianismo solo les recomendaba que tuvieran compasión de sus siervos, porque éstos tienen el elevado rango de ser «libertos del Señor» — Libertos de Dios.

El paleo-cristianismo hasta carecía de base moral para repartir piadosas exhortaciones, porque la misma Ecclaesia poseía siervos (esclavos) y los trató con dureza (476).

La situación de los siervos de la Iglesia era peor que la de los particulares, porque la Iglesia —como una institución, una persona jurídica— no podía ser obligada a manumitir y jamás por testamento, porque como ente jurídico sobrevive el ciclo biológico de los particulares. De esta manera el siervo de una iglesia vegetaba hasta su muerte, sirviendo humildemente a los intereses de un dueño, que desconocía la misericordia, ignoraba la muerte y el testamento en que podía liberar a sus siervos. (477)

El paleo-cristianismo jamás se sublevó contra esta institución infrahumana; muy por el contrario, la puso en servicio de sus propios y nada divinos intereses, porque el dinero jamás dejó de competir con Dios en el cielo... Para la ética cristiana carecía de importancia la «condición humana» , aunque ante Dios —predicaron los Padres— todos somos iguales. (478)

El paleo-cristianismo tampoco tenía ni el mínimo interés en cambiar esta institución, heredada de los paganos, pues Joshua mismo nos dijo que faltan solo algunos meses y años y ya está aquí el reino del cielo. Solo falta arrepentirse a tiempo todavía. (Mt. 4/17)

E. Renan nos advierte que aquellos que pretendieron ver en el paleo-cristianismo la doctrina revolucionario de los derechos del hombre y ver en Joshua un precursor de Toussaint Louverture como defensor de los derechos humanos (479) se equivocaron magistralmente.

La progresiva pauperizacion seguía durante los años de Joshua su invariable curso, y el que quería redimir su mundo injusto, tenía que darse cuenta de que enfrentábase con un infranqueable muro, construido de piedras de la maldad, hipocresía y miopía...; entonces nuestro profeta, encendido por la impotencia que invadía su Ser más íntimo, decidió recurrir a la solución final, declarando la guerra a su mundo inmundo...

Pregonaba palam et publice a todo el mundo: «Yo no he venido a la tierra para traer la paz, sino la espada y la discordia. Yo he venido para traer el fuego y que más quiero, que se incendie ya». (Lu. 12/49-51)

Cuatro décadas después se cumplió cabalmente la promesa de Joshua de vengarse. Aparecieron como las nubes oscuras que prometen tormentas las legiones de Vespasiano y desataron en la tierra de Abraham un fuego infernal, en el que se quemó todo: el templo y sus creyentes, los sacerdotes, los ricos y los pobres...

La furia del fuego junto con las espadas solucionaron todos los problemas pendientes. No había perdón para nadie. Hiero-Solima se hizo cenizas.

Las doctrinas de Joshua fueron sembradas; algunos cayeron sobre piedras, otros crecieron y criaron más semillas... El cristianismo esperaba solo el día para cosecharlas. Pero no podían evitar que entre algunas semillas caían también vientos, los cuales al querer cosecharlos, se trocaron en tormentas. Todo tiene sus causas.

Joshua y las contradicciones

Las doctrinas de Joshua fueron transmitidas a sus discípulos y demás oyentes oralmente, porque él jamás escribió algo —excepto una carta al príncipe Abgar, Señor de Edessa— si Eusebio nos dice la verdad.

Todas sus doctrinas fueron escritas varias décadas después por el discípulo que le asistía y escuchaba de la boca del Maestro sus palabras; el resto de los evangelistas tenían la necesidad de transcribir de lo copiado del original.

Cuando Mateo, el ex funcionario de la aduana en Cafarnaum, decidió reescribir lo que unas tres décadas antes escuchaba de la boca de su Maestro, él mismo se hallaba ya en una avanzada edad, cuando la parte más delicada del alma —la memoria— comienza su partida de la cárcel del cuerpo... ; signo que nos advierte que en adelante ni siquiera el espíritu de Dios estará dispuesto a quedar con nosotros. Memoria y Hagia Pneu nos abandona, aunque no a todos...

Con semejantes antecedentes no es raro entonces, que en los evangelios aparecieron contradicciones, que al ser puestas en la boca del Maestro — la responsabilidad quedara a cargo de los escritores.

Para apoyar lo sostenido, citaremos algunos ejemplos, para que el lector tenga la oportunidad de hacer su propio análisis y sacar sus propias conclusiones.

Joshua, dirigiéndose a sus discípulos, les dijo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt. 5/14), pero al darse cuenta de que en realidad se trataba de gente analfabeta hasta idiota (sine litteris et idiotae act. 4/14), cambió su opinión y proclamaba: «Yo soy la luz del mundo». Ego sum Lux Mundi. (Juan 8/12)

En su dicho favorito, heredado de Bautista, rezaba: «Arrepiéntete, porque ya está cerca el reino del cielo». (Mt. 4/17), y al ser interrogado por un fariseo acerca de la fecha de la llegada, Joshua le dio una respuesta de profundo sentido: «Para qué buscar, si está ya, porque el reino de Dios está en nosotros». (Lu. 17/20-21)

El prestamista de la parábola acerca de los talentos censura severamente a su deudor, por no haber colocado el dinero prestado en un banco y «a mi vuelta me lo hubieras entregado con los intereses». (Mt. 25/27) Esta parábola era puesta en la boca de Joshua, luego desmentida por el mismo, al decir: «Mutuum date» — Presta, pero jamás esperes la devolución. Condenando de esa manera implícitamente los intereses. (Luc. 19/23 contra Luc. 6.34)

Al impartir su mandato a sus discípulos, Joshua les advertía que no fueran a los paganos y ni siquiera a los samaritanos, sino a los «potius» = más bien vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel (Mt.10/5-6); sin embargo, el evangelista Marco, que nunca fue discípulo de nuestro profeta, nos comenta que Joshua —antes de ascender al cielo— le dio una orden a sus discípulos, diciendo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mr. 16/15), copiando fielmente lo citado por Mathias. (Mt. 28/19)

Como estaba convencido acerca de la verdad del metempsicosis —la migración del alma con reencarnación, pero siempre en otro cuerpo— Joshua sostuvo que en Juan Bautista agitaba en realidad el alma de Elijah (Mt. 11/14), aunque Bautista no estaba dispuesto de aceptar esto. (Juan 1/21)

Juan, el discípulo preferido por el Maestro, sostiene en su evangelio, que «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Juan 1/18), pero el Maestro lo refutó, diciendo: «Yo y mi padre somos una misma cosa — Ego et Pater unum sumus. (Juan 10/30) Y aquel que me ve, ve a quien me envió». (Juan 12/45)

El discípulo Juan parece que se refuta a sí mismo, porque sostiene que Juan Bautista, al bautizar a Joshua, dio su testimonio diciendo: «He visto al espíritu de Dios bajar del cielo como paloma y quedarse sobre él». (Juan 1/32) Si vio la paloma, vio a Dios. Y no solo Juan Bautista, sino también su discípulo tendría que haber visto, pues en el bautismo de Joshua estaba presente, porque todavía era discípulo de Juan y no de Joshua.

Sin embargo el Maestro les replica a ambos, diciendo: «Él, que me envió (a la tierra), es el padre (Dios). Ustedes nunca han oído su voz, ni han visto su rostro» (Juan 5/37); negando de esta manera también lo relatado por los evangelistas. (Mt. 3/16-17 y Mt. 17/1-13 + Mr. 9/1-12).

Al expulsar a los comerciantes de las «santerías» del atrio del templo, Joshua tenía un diálogo con los judíos, que pidieron una justificación acerca de lo actuado. En esta oportunidad, Joshua les dijo: «Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días». (Juan 2/19) Sin embargo, los que luego en el consejo testimoniaron sus palabras —pronunciadas ante muchos— fueron tachados por los evangelistas como testimonios falsos. (Mt. 26/60 + Mr. 14/58)

Detrás de todas estas contradicciones aparecen los tres principales culpables: el considerable tiempo transcurrido entre lo escuchado y lo escrito, la avanzada edad de aquellos autores, que lo escribieron o dictaron sus vacilantes reminiscencias a los escribas y al fin las posteriores interpolaciones, que en vez de aclarar lograron confundir.

El presente, que tampoco respeta los mandados de nuestro profeta, carece del derecho de ejercer la censura; señalar la imperfección es solo una respetuosa crítica que puede ser subsanada por una honesta y lógica hermenéutica.

Existen en el evangelio más auténtico de Mateo dos mandatos que son olvidados por los sacerdotes de Cristo: uno es el «No juren nunca» y hoy siguen jurando con asistencia sacerdotal sobre un libro que prohíbe jurar. (Mt. 5/33-37)

El otro mandato es «nolite multum loqui, sicut ethnici...» — Al orar no multipliquen las palabras como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar, serán atendidos. «Uds. no recen de este modo, porque antes de que pidan, el padre celestial, sabe lo que necesitan». (Mt.6.7)

Sin embargo, los creyentes en el presente —a la manera de los tibetanos— murmuran sus infinitos rosarios y susurran sus letanías copiadas del rito romano...

Parece que es muy difícil salir de un error, que hace siglos y milenios antes fue cometido, cuando —al querer adaptarse a otras religiones más antiguas— se olvidó regresar a la propia.

Los errores de Joshua

ERRARE HUMANUM EST: Beotius, el insigne filósofo del siglo sexto, cónsul de toda gloria y al final víctima de su propia valentía y grandeza humana, ha sido enviado a la muerte por el emperador Teodorico, que primero lo elevó y luego «...con su mano izquierda mandó a la muerte su propia mano derecha»...

Esperando en la cárcel al verdugo, Beotius escribió un tratado, buscando así su consolación en la filosofía, analizando el Padrenuestro de Joshua y advirtió, que el «fiat voluntas tua» = que se cumpla tu voluntad — si esto realmente ocurrirá, entonces el Ser humano pierde la independencia de su voluntad... y nace la predestinación.

De la «fiat voluntas tua» resulta la predestinación, que además de que quita el sentido de rezar, lógicamente descalifica al Dios, al decir: «et ne nos inducas in tentationem» = y no nos dejes caer en la tentación... Esto significa —nos dice Beotius en su silogismo— que de esa manera «... hasta las cosas malas vendrían de Dios...» Menos mal que Jacobo en su epístola (1/13) intentó corregir semejante suposición, que significaba despojar a Dios de una de sus condiciones esenciales: la bondad absoluta.

El «fiat voluntas tua» = que se cumpla tu voluntad era sin duda alguna un error humano del rebelde profeta.

Al caer Juan el Bautista, su voz clamante en el desierto no fue tragada por el silencio, porque el rebelde de Galilea seguía pregonando letra por letra los dichos y el programa del profeta encarcelado, diciendo: «Arrepiéntete, porque está acercándose ya el reino del cielo (Mt.4/17) y de tal manera, que algunos de los que están en mi alrededor, no morirán sin antes haber visto al hijo del hombre viniendo como rey». (Mt. 16/28 + Luc. 9/27) (480)

Y cuando Él llegue «... se apagará el fuego en el sol y caerán las estrellas». (Mt. 24/29) Un astrónomo que fue interrogado acerca de esto nos sonreía diciendo: «Es la expresión de una cosmovisión extremadamente reducida y limitada a nuestro planeta. Era el producto e índice del nivel intelectual de la gente común en esta época. Tenemos que perdonar su miopía, porque ni siquiera los cerebros privilegiados de la afamada escuela de Alejandría se atrevieron a imaginar algo acerca de las galaxias.

Joshua, el rebelde de Galilea no ha cumplido su promesa. Pero él no tiene la mínima culpa de eso, porque nuestro profeta era un hombre. Y —como hemos titulado este capítulo— «errare humanum est».

Influencias culturales y religiosas en las doctrinas de Joshua

La civilización oriental, especialmente babilónica, palestina y siria acusa una infiltración cultural y religiosa y una influencia penetrante de las culturas egipcias, iraníes con Mitra y hasta brahmánica desde la lejana India.

En las doctrinas de Joshua aparecen elementos religiosos y éticos desde el cercano Egipto.

El primer elemento religioso —que Egipto exportó a Palestina y al área helénica cultural— fue el concepto de HAGIA PNEU, el espíritu de Dios, una idea que luego fue importada por los iraníes con el nombre de SPENT MANJU y por Joshua con el simple nombre de SPIRITUS (Pneumatos Hagiou). (Mt.12/31)

Este es el mismo Hagia Pneu, espíritu santo egipcio, venerado en Heliópolis en Egipto, que «desciende de los cielos» a la tierra y uniéndose con la «hija del país» engendra un «hijo de Dios» para que la humanidad tenga un intermediario y salvador que la llevará a los cielos en las inalcanzables alturas.

Esta idea religiosa —exclusivamente egipcia— ha sido importada también a Palestina y ha sido predicada y fue celosamente defendida por nuestro rebelde profeta. (Mt. 14/23)

Con la importación del concepto de HAGIA PNEU, que engendra un «hijo de Dios», prácticamente ha sido introducida en Palestina la idea politeística de la TRINIDAD EGIPCIA (padre, espíritu e hijo). Los que introdujeron esta idea religiosa fueron los mismos egipcios, que habitaban en la muy poliétnica Galilea, la patria de nuestro profeta Joshua. Las ideas son de vez en cuando muy contagiosas y cruzan todas las fronteras.

Es imposible negar la penetración de la eximia cultura helénica en el área palestinense. La trajó Alejandro Magno y la confirmaron y extendieron los diadokhos; luego la propagaron lentamente los habitantes de las aldeas griegas que sembraban sobre las fecundas tierras de Palestina en Dekapolis...

Estos habitantes de las aldeas griegas propagaron las enseñanzas de «Stoa Poikile» —el estoicismo— que con su apotegma de «Anekhou kai Apekhou» (soporta y abstente) (481) aleccionaba a la gente a ceder y siempre ceder y aguantar... Y si te dan una cachetada, más vale que ofrezcas inmediatamente el otro lado de tu cara para otra cachetada... (Mt.5/39) Esto no era un mal consejo, porque la pasiva resistencia suele desarmar al agresor, aunque no siempre.

Joshua era un individualista, una persona realmente singular; no por eso podía negar y abstenerse de aceptar las bondades de la ética de los essenios, que diseminaron sus profundas enseñanzas en todas las aldeas de Judea y de Galilea, entre las cuales cabe recordar algunas de suma importancia: el celibato, por ejemplo. Sabemos que Joshua era célibe. Tomó la idea de «fiat voluntas tua» (=hágase tu voluntad) de los essenios y la incorporó en su «Pater noster» y también la idea de los ángeles y la advertencia de que «ya está acercándose el reino del cielo». Como también tomó el concepto del juicio final de los essenios, que ellos importaron unos siglos antes directamente desde Egipto. La idea del préstamo, es decir dar sin esperar la devolución, así como abstenerse de jurar y el concepto acerca del fuego inextinguible del infierno —limitado para la Gi-Henna— la metempsicosis con Palingenesia todo fue transmitido a Joshua por los essenios.

Semejante penetración cultural y religiosa se observa desde la lejana India... Unos cinco siglos antes de que nuestro profeta habría «descendido del cielo». (Juan 6/38,41,51) Buddha nació en Kapilaviustu en la India. (482) Su vida es un perfecto calco de la vida de Joshua o viceversa. Sabemos que un ángel anunciaba a la madre de Buddha el origen divino de su hijo que estaba por nacer. Como Buddha también Joshua comenzó a predicar recién cuando cumplía sus treinta años de edad. Parece que los evangelios copiaron fielmente la vida de Buddha, reemplazando su nombre con el de Joshua... En la vida de Buddha aparece una pobre viuda con sus dos moneditas; la misma parábola se encuentra en el evangelio. (Mr. 12/41)

Surge la cuestión de ¿cómo habrán llegado las circunstancias de la vida de Buddha y sus doctrinas desde la India hasta al Medio Oriente? Nuestra respuesta es muy sencilla. Creemos firmemente que fueron transmitidas como producto de un intensivo intercambio cultural por vía comercial, llamada la «Senda de la seda» (484), un camino pisado por innumerables caravanas que cruzaron la infinitud de los desiertos y crearon un firme puente, que juntaba así las diferentes culturas de Occidente y de Medio Oriente con las de la lejana India, visitado también por Joshua cuando joven.

Y repetimos una vez más que las ideas desconocen las fronteras; además el intensivo intercambio comercial entre Occidente y Oriente favorecía en estos lejanos tiempos una saludable permuta de los conceptos religiosas y culturales.

Para epilogar el título «Joshua y sus doctrinas» llegamos a la conclusión de que su realmente revolucionaria enseñanza censuraba la injusticia social (Mt. 7/2) en una inclemente época, en que Mamón, el Dios del dinero, era más venerado que el verdadero Dios, quien fue envuelto en un profundo silencio; y la forma desprovista de su contenido resultó ser más importante que la esencia.

Sus doctrinas intentaban destruir los muros artificiales, creados por la desigual distribución de los bienes que separaban al hombre del hombre, creando diferencias entre las castas sociales...

Quería acabar con la rigidez de los preceptos religiosos y transformar la fría letra de la secular ley religiosa, incorporando la idea de la epieikeia griega (483), para erradicar definitivamente la «injusta justicia» — el «summum jus summa injuria...» de los romanos. Quería, pero solo él sabrá por qué razón no lo hizo.

Sin embargo, sus doctrinas sociales no lograron reformar a los ricos ni sacar a los pauperizados de la indiferencia y de la pasiva resistencia. No podía atraer a los acaudalados por sus demasiado severas exigencias y tampoco logró conquistar a los pobres por causa de sus inconcebibles errores y sus contradicciones. No se puede pregonar el amor al prójimo (Mt. 19/19) y al mismo tiempo el odio contra los seres más íntimos. (Mt. 10/37) Joshua se sublevaba contra la omnipotencia de la ley, y al pregonar que el «Sabbath está para el hombre y no el hombre para el Sabbath» (Mr. 2/27) obligaba a la ley a hacer su genuflexión ante el hombre y no viceversa.

Para la ortodoxía judía esto era ya una mal solapada rebelión, la vecina de una anarquía, agravada por la circunstancia de que el irascible profeta no admitía ni la mínima crítica y menos todavía una censura. Muy por el contrario a todos aquellos que se atrevieron a no creer, los amenazaba con el inextinguible fuego. (Juan 3/18)

La gente se sentía desconcertada y hasta sus propios discípulos se alejaron de él. (Juan 6/61)

Las contradicciones hieren, los errores le quitan al predicador la credibilidad... y el resultado es doble: la desilusión y el fracaso.

Joshua el exorcista

JOSHUA, EL EXORCISTA: una creencia equivocada que logró sobrevivir sin tiempos y sin límites el rosario de siglos e intenta plegarse todavía a nuestro presente, pero felizmente se desprende del liso muro de las ciencias... La carencia de Dopamina y el corto circuito en el cerebro ya no se llama «demonio» sino Epilepsia.

Una loca creencia antigua sostuvo que los malignos espíritus —los llamados Kako-demonios— pueden invadir a seres vivientes para castigar el cuerpo y sembrar trastornos en el alma del poseído.

Los pueblos latinos lo consideraban como enfermedad y lo designaron con el nombre de «Morbus Sonticus» y los —por excelencia— teocráticos romanos lo llamaban «Morbus comitialis», porque cuando un epiléptico cayó durante un proceso electoral al suelo e hizo sus convulsiones, los pontífices inmediatamente interrumpieron el acto electoral y creyeron que esto era un signo del disgusto de Dios. Para este fin los políticos teocráticos siempre tenían un epiléptico que debía simular un ataque cuando, en un acto electoral (Comicios) donde el voto era oral, no les parecía conveniente seguir con las elecciones...

El Morbus Sonticus de los latinos era el Morbus Comiciale de los romanos, —a quien los griegos llamaron el «Hieros Nosos» (enfermedad sagrada)— y no sabían cómo este mal podría ser curado, porque el hombre que padecía de esta desgracia, parecía como si estuviera realmente poseído por un demonio. Los griegos no sabían que hacer contra esta enfermedad. Los orientales sí. Ellos sabían perfectamente que el único remedio posible era expulsar al demonio que invadía a un desgraciado. La tarea de expulsar —llamada exorcismo— era un oficio que podían ejercitar exclusivamente los más hábiles sacerdotes ventrílocuos.

Entre los pueblos orientales —Egipto, Palestina, Siria— el exorcismo tenía su rito muy especial. Antes de conjurar, el exorcista tenía la costumbre de mantener un «diálogo» con el demonio, interrogando al invasor por su nombre y por otros datos; ya que el inconsciente poseído difícilmente podía contestar, la respuesta vino de la boca del exorcista... Basta recordar a los sacerdotes de Serapio en Alejandría y de los ministros del Dios Amón Krio Prosopos en el oráculo en Libia, quienes fueron grandes adeptos y sumamente hábiles ventrílocuos.

Lukianos de Samosata nos dice que «... todos conocen a aquel sirio de Palestina que era un maestro en tales curaciones, que si encontraba a su paso hallaba a un endemoniado con los ojos en blanco y la boca llena de espuma, lo levantaba y sanaba de su morbus sonticus. (485) Lukianos, autor de filosa censura, no nos dejaba duda de que el citado exorcista «sirio» era nuestro profeta Joshua, que por ser oriundo de Galilea, ha sido considerado más bien sirio que judío, porque Galilea era prácticamente habitada por sirios y fenicios y contaba con relativamente pocas aldeas judías. (486)

Después de nuestra introducción presentaremos ahora la tan especial actividad de nuestro «exorcista sirio» en su tarea de expulsar los demonios. Cada caso citado por los evangelistas tiene su sabor singular, pero para conocer a fondo esta agilidad, creemos que será suficiente recordar solamente algunos que merecen una particular atención.

Joshua tenía la costumbre de averiguar primero el nombre del demonio y seguidamente lo expulsaba, sin siquiera poder impedir el eventual y casi siempre seguro regreso del demonio.

Lo que más nos impresionó fue el caso de un endemoniado que habitaba en un cementerio en la tierra de los Gerazenos o de los Gadarenos (es una cuestión topográfíca, en la que ni el evangelista hallaba una adecuada solución). (487)

Este paranoíco, al ser interrogado por su nombre, le dijo, que se llamaba «Legio» (488), porque «somos tantos» y seguidamente se lamentó: «¿Para qué viniste, Joshua, hijo de Dios antes de tiempo, para castigarnos?» Pero los demonios recibieron la orden de salir y éstos —antes de cumplir lo ordenado— pidieron al exorcista Joshua que por lo menos les permitiera invadir el cuerpo de los cerdos de una piara de chanchos que estaban pastando allí. Al recibir el permiso con la palabra «Hypagete» invadieron la tropa de los chanchos, que empezaron enseguida a correr enloquecidos al mar y se hundieron todos... No sabemos quien contó el número de estos cerdos, pero el evangelista nos dice que fueron dos mil puercos. (Mr. 5/13)

No hay causa sin efecto..., y mientras Joshua realizaba el exorcismo, estaba siempre rodeado por los curiosos y por sus discípulos y esto resultó ser un excelente medio para proclamarse ser el hijo de Dios; los «demonios» lo sostuvieron — para prevenir cualquier clase de duda o crítica por causa de una «laus propia».

Hoy ya no es un secreto que el Morbus Sonticus o el Hieros Nosos es el equivalente de la epilepsia, se anuncia con ligeros mareos y la llegada del mal se manifiesta con caídas acompañadas con contracciones de carácter tónico y rigidez y el proceso continua durante un breve tiempo con convulsiones clónicas, con la simultánea pérdida del conocimiento. Es inútil preguntar algo al endemoniado —por no decir epiléptico— porque no va a poder contestar ni una sola palabra. La respuesta quedará a cargo del exorcista ventrílocuo.

Liberar el poseído de su demonio mayormente no era un problema, porque los adeptos en Egipto, por ejemplo, sabían perfectamente que el demonio sale del cuerpo solo y sin intervención alguna en el momento en que cesa el ataque; de esa manera el exorcista siempre tenía éxito; lo difícil era impedir el regreso del demonio, que a su vez era lo más natural, porque aquellos que sufrían este mal tenían sus ataques periódicos, y los exorcistas explicaron estos actos, diciendo: «El demonio que sale, también vuelve y de vez en cuando con siete compañeros más». (Mt. 12/43) (489)

Los sadduceos negaban rotundamente como causa para un exorcismo la metempsicosis, es decir la coexistencia de dos almas diferentes en un solo cuerpo, porque para ellos, que fueron unos singulares visionarios como Jordano —el Dominicano— de estos lejanos tiempos, el alma —pregonada por los fariseos— era idéntica al cerebro; en consecuencia tampoco creyeron en la athanasia del alma, porque se dieron cuenta de que el «alma = cerebro» se desintegra después de la muerte junto con el cuerpo. El privilegio de la inmortalidad —la athanasia— según ellos ha sido reservado solamente para los huesos, que —venciendo a la muerte como un legado del pasado— lograron sobrevivir los infinitos tiempos.

Joshua no podía prescindir de exorcizar, pues para él, el exorcismo era un medio imprescindible para anunciar lo que él mismo no podía decir. Evidentemente tenía que combatir las enseñanzas de los sadduceos (Mt. 16/11/12) para no perder su propia credibilidad.

De vez en cuando un río de dificultades nos inunda las sendas que nos debieran conducir a la verdad y a lo razonable.

Joshua el médico

Apenas el hombre abandona su cuna y hace los primeros pasos en su incipiente vida, lo acompañan casi inmediatamente los dos socios, que jamás lo abandonarán durante su vida: su propia sombra y las enfermedades...

La salud es un regalo de Dios o una concesión del destino, pero la mentalidad oriental nos enseña que Dios quita la salud en seguida, cuando el hombre comete un pecado. El único y santo remedio es arrepentirse y obtener el perdón divino por medio de un sacrificio en honor del Dios ofendido.

El pecador tenía que ofrecer el sacrificio en el templo de Hiero-Solima; allí mismo podía adquirir el objeto, que no era barato. De manera que el pecador tenía que pagar para obtener la indulgencia. Para un indigente esto resultaba ser un segundo y nuevo sacrificio, sin siquiera estar seguro de que el perdón funcionaría luego como un santo remedio...

La gente en Palestina —gracias a su tercer socio, el hambre— estaba a salvo de las enfermedades de la abundancia y de esa manera sufría «inculpado» de relativamente pocas enfermedades; pero algunos pecados resultaron «imperdonables» porque la enfermedad por su naturaleza era «incurable»... La lepra por ejemplo atacaba a los buenos y a los malos y el hombre padecía también otras dolencias, que no estaban dispuestas a abandonarlo ni siquiera al precio de varios sacrificios...

Antes de que nuestro profeta, el médico Joshua, hubiera «descendido del cielo» (Juan 6/38) en su Palestina con el oficio de curar, ésta fue una tarea de los ángeles. El ángel Rafael remediaba la ceguera del viejo Tobías..., otro ángel descendía de lo alto para hacer turbulencias en un pequeño lago, situado en la cercanía de la puerta de las ovejas en Jerusalén, llamada Beeth Sabe. Allí se juntaban todos aquellos que sufrían de artrosis, reuma y hasta los paralíticos, esperando tranquilamente las repentinas turbulencias curativas de las aguas. Estaba, entre otros, un paralítico que tenía 38 largos años esperando en vano que se le acercase alguien para ayudarlo a entrar en el lago. El egoísmo humano carece de límites...

Joshua salvó a este hombre, pero al curar al paralítico, (Juan 5.1.-16) cometió un pecado porque le devolvió su salud en un día de Sabbath. Solo la miopía espiritual podía censurarlo, siguiendo con su genuflexión ante una inflexible ley, sin darse cuenta de que esta misma ley era la obra no de un pueblo entero, sino de un solo hombre, el legislador Moisés.

Joshua, el médico, contaba con unas fuerzas curativas muy especiales, una dote dada por Dios, que suele otorgar también para algunos hombres en nuestro presente. (490)

El evangelista Marcos nos relata un caso realmente sorprendente. Nuestro profeta Joshua —rodeado por un tumulto de curiosos— al sentirse que alguien rozaba su vestido, se dirigió a sus discípulos con esta pregunta: «¿Quién me tocó? Pues siento que salió fuerza de mi cuerpo». Uno de sus discípulos, estupefacto por la pregunta, respondió —casi censurándolo—: «¿Cómo puedes preguntar esto, cuando estamos todos apretados por el tumulto?»

A su lado una mujer se declaró tímidamente como la culpable, explicando al maestro que le tocó su ropa porque estaba convencida de que si le acariciaba, por lo menos la orla de su vestido, obtendría la cura de su lenta hemorragia; efectivamente la fuerza curativa que salió del cuerpo de Joshua hizo la hemostasia en la mujer, porque ella sintió inmediatamente que dejó de sangrar... (491)

El evangelista Lucas, el inteligente y muy estudiado médico griego, nos dice (Luk. 6/19), que de esta forma Joshua curó a muchos. (492)

En sus otras curaciones descubrimos semejantes métodos, a los que emplearon los sacerdotes de Serapio en Alejandría para devolver la vista a unos ciegos.

Uno de los discípulos de Joshua, al advertir la presencia de un ciego entre los demás oyentes, le preguntó al maestro: «¿Es un ciego desde su nacimiento? ¿y quién habrá pecado? ¿Él o sus padres? Porque como castigo ha llegado a este mundo envuelto en una tenebrosa oscuridad». Joshua, sin siquiera negar la veracidad de la teoría de la causalidad —pecado engendra enfermedad— les dijo: «Este hombre es ciego sin pecado, pero mientras yo estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo». Al decir esto, hizo un poco de lodo con tierra y saliva, untó con esta masa los ojos cerrados del ciego y le dijo: «Anda a lavarte en la piscina de Siloe». (Juan 9/1-12) El ciego se fue a la piscina — no sabemos cómo, ya que era ciego, pero el evangelista nos comenta que se lavó y regresó con los ojos abiertos... El ciego recuperó su vista gracias a la saliva del maestro.

En la curación de un sordomudo (Mr. 7/31) empleó también el método de la saliva; pero esta vez no escupió sobre la tierra, sino previamente metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua al sordomudo y le dijo: «Effeta» (Ephphetha), que quiere decir: «Ábrete» y en seguida el hombre «recuperó» su oído y la facultad de hablar... (Mr. 7/31-35)

Como los sacerdotes de Serapio en Alejandría, Joshua curaba por medio de su propia saliva. Para aprender esta forma de sanar no había necesidad de ir a Egipto. Pudo haber estudiado entre los curanderos egipcios que abundaban en la multiétnica Galilea, y los judíos en la Diáspora conocían también esta forma de curación. El intercambio comercial y cultural entre Egipto y Palestina era más que eficiente...

Para la mejor ilustración del lector presentaremos a continuación un breve relato de Suetonio referente a una curación...

Al empezar la guerra civil, Vespasiano marchó a Alejandría a fin de apoderarse de las fronteras de Egipto; allí quiso consultar a los oráculos sobre la duración de su reinado; entró solo en el templo de SERAPIO, haciendo salir antes a todos. Después de hacerse propicio el Dios, volvióse y creyó ver al liberto Basilides, que le presentaba —según las costumbres del templo— tallos de verbena, coronas y pastelillos...

Sin embargo, nadie había introducido a Basilides, a quien una enfermedad nerviosa impedía andar ya hacía mucho tiempo y a quien todos suponían muy lejos de allí... Luego, una circunstancia particular vino a imprimir el sello de grandeza y majestad a la persona de Vespasiano..., en cierta manera improvisado.

En efecto, dos hombres del pueblo, ciego el uno y cojo el otro, se presentaron ante su tribunal suplicándole curarlos, pues decían que mientras dormían, les apareció SERAPIO, diciendo al ciego que recobraría la vista, si el emperador Vespasiano le escupía en los ojos, y al cojo anunciaba que caminaría recto, si el emperador se dignaba tocarle con el pie. El emperador no podía creer en el éxito de aquel remedio y ni siquiera se atrevía a intentarlo, pero al final, vencido por las instancias de sus amigos, Vespasiano probó hacer lo que le pedían delante de la asamblea, y efectivamente el ciego recuperó la vista y el cojo caminaba derecho... (493)

Los efectos de una curación, realizada por Joshua, no resultaron ser siempre positivos. Ni para él, si lo hacía un día sábado, y menos para los sacerdotes, que se sentían ofendidos, porque por medio de estas curaciones —sin los correspondientes sacrificios— el tesoro del templo quedaba privado de un beneficio.

Joshua no tenía el privilegio de ser el único, aunque sí el primero en sus curaciones milagrosas. El casi contemporáneo Apolonio de Tyana de la ciudad de Tarsos en Cilicia salvó la vida de un joven muchacho que fue mordido por un perro rabioso (494) y el afamado rabí HANINA BEN DOSA hizo curaciones milagrosas hasta en el siglo de nuestro profeta — según las referencias del teólogo Vermes.

Cada siglo produce sus propios y grandes fenómenos y la fama de ellos puede sobrevivir las inclemencias de siglos y la cortina negra de los tiempos, únicamente si sus titulares contaban también con la modestia de saber callar sobre sus grandes hazañas y hechos, como lo hizo Joshua. (Mt. 9/30 + Mr. 1/44-3/12-5/39-43)

Aquellos que alardean con sus dones recibidos tendrán su fama muy ancha en el presente, pero el futuro les sellará la celebridad con el profundo silencio musoniano... (495) especialmente cuando descubriera en el hecho lo imposible de lo relatado. (Mr.7,35)

Los milagros de Joshua

LA LEVITACION la tienen solamente las aves y los ángeles, siempre que sus alas estén intactas... En la iglesia de San Pablo, fuera de Roma, hemos visto sobre el baptisterio la marmórea imagen del ángel LUCIFER con alas muy recortadas... Ahora sabemos por qué razón era incapaz de frenar su caída, y llegó hasta el Infierno...

La imagen del ángel Lucifer puede servir de símbolo, pero no puede satisfacer los postulados de las ciencias, pues el hombre instruido se pregunta ¿qué tiene que ver un espíritu sin masa con el poder de la «g» (9,81) de nuestro planeta?

Otra cosa sería la levitación de cuerpos que cuentan con su masa. Pero, ya que nada es imposible en este mundo, vemos que hasta un apenas perceptible vientecillo es capaz de levantar unas hojas caídas hacia las alturas, entonces también el poder del alma=cerebro pudiera hallar en ciertas circunstancias este punto neurálgico, donde las fuerzas centripetal y centrifugal se anulan mutuamente y el hombre comenzaría a levitar. Ese don divino no ha sido concedido a ningún ser humano hasta ahora, aunque sí ha sido permitido que el ser humano otorgue este poder a unos objetos inanimados (496).

Nuestro profeta Joshua carecía del don divino de la levitación y ya que era un ser humano, también el estaba sometido al poder de la «g» (9,81).

En consecuencia carecen de credibilidad los comentarios de los evangelistas acerca de su habilidad de «ambulare supra mare» = de caminar sobre el mar... (Mt.14/22 + Mr. 6/45 + Juan 6/16) Lo más razonable entre los citados comentarios es el relato de Juan, quien nos dice (6/19): ...«caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca... quisieron subirlo a la barca, pero en seguida tocó la orilla a donde se dirigían».

La expresión de «ambulantem supra mare» ( = peripatounta epi tes thalasses...) es físicamente inaceptable, porque la conditio sine qua non de este acto requiere la posibilidad de una adherencia, que un pie no puede hallar sobre un elemento líquido como es el agua. Otra cosa es entrar al agua en la orilla para acercarse a una lancha que está llegando a la costa. (497)

Joshua carecía de la facultad de hacerse independiente de la ley de Newton (g) y esta falta de independencia quedó bien clara, cuando —invitado por el diablo— él se negó rotundamente a tirarse desde la parte más alta del templo (Mt. 4/5) y tampoco estaba dispuesto a dejarse precipitar desde un despeñadero en Nazaret, donde se escapó de las manos de sus enfurecidos vecinos y correligionarios... (Luc. 4/30)

El que tiene el don divino de hacerse independiente de la ley de Newton ni debiera temer las piedras, la lapidación (Juan 8/59 + 10/31), pero Joshua prefirió «ocultarse» (ekrube), cuando se enfrentó con semejante peligro en su vida.

Solo el progreso científico de nuestro presente permitió al hombre saber cómo perder su peso, y flotar sin caer o levitarse.

Son estos privilegiados hombres —sin haber sido Santos y que navegan en el cosmos— nos contemplan desde muy arriba y se dan cuenta de que nuestro mundo además de redondo, es demasiado pequeño.

Pan y vino

PAN Y VINO: Seres humanos que pretenden contar con un origen divino y que sienten la inspiración celestial de predicar la verdad de Dios, indefectiblemente tendrían que sembrar la credibilidad por medio de hechos y actos que un ser humano difícilmente podría hacer: realizar milagros...

De esta manera Joshua no podía ser una excepción, y tenía la necesidad de demostrar su origen divino en forma de acontecimientos sobrenaturales, para impresionar primero y luego obtener la credibilidad.

Numerosos fueron los milagros relatados por los evangelistas que hizo nuestro profeta; y nos llama la atención tanto la cantidad como también la calidad de ellos, los cuales, en vez de conquistar la admiración de su pueblo y de la vecindad entera, aparentemente solo cosecharon la duda, la incredulidad y la indiferencia..., hasta de sus propios familiares (Juan 7/5), porque ni siquiera sus propios hermanos creían en él.

En una de sus odas Horacio nos dice que para saborear las maravillas del vino de Ismaros, basta oler algunas gotas que están en el fondo del ánfora. De igual manera, consideramos que no es necesario analizar todos sus milagros, pues para poder sacar conclusiones, sería suficiente citar solamente algunos. El lector tendrá así la posibilidad de construir sus propias premisas a fin de obtener las conclusiones transparentes y razonables.

LA MULTIPLICACIÓN DEL PAN: El comentario del discípulo Mateo acerca de la multiplicación del pan —en dos diferentes oportunidades (Mt. 14/13 + 15/32)— fue luego copiado por los demás, que se olvidaron de relatar la segunda multiplicación, pero coincidieron entre sí en que había una reunión de unos cinco mil hambrientos oyentes, a los cuales —por indicación de nuestro profeta— fueron repartidos solo cinco panes; comieron todos y quedaron tan satisfechos, que al juntar las migajas caídas, lograron llenar doce grandes canastas con este resto de cinco panes...

El milagro se realizó en las manos de los discípulos, que distribuyeron los panes... pero la cantidad resultó excesiva —casi tres toneladas de pan— pues los hambrientos dejaron caer todavía migajas de llamativa abundancia. El milagro comentado deja algunos interrogantes. (498)

La multiplicación del pan parece ser una repetición —casi una fiel copia— de lo que el profeta ELIJAH hizo para apagar el grito del estómago de su hambriento pueblo unos varios siglos antes. (499)

Lo que nos llama la atención es como Joshua, que conocía perfectamente la desesperante situación de su pueblo en Galilea y los estragos —causados por el hambre, un huésped jamás invitado pero siempre presente— no le solucionó el problema por medio de la multiplicación del pan ni para su Galilea y ni siquiera para Palestina, aunque era urgente, porque la cosecha nunca podía alcanzar a la demanda.

Por lo menos EL VINO, esta bebida de «pueblos valientes» nunca faltó en Palestina y aquellos, que tenían la posibilidad de tenerlo, no vacilaron mucho cuando tuvieron que elegir entre el vino y el agua. Ni siquiera Joshua prescindió de beberlo; podía hacerlo, porque era un essene, pero no como Juan Bautista. (Luk. 1/15) La gente censuraba a Joshua diciendo: «Es un comilón y un bebedor». (Mt. 11/10)

En su última cena con sus discípulos, al ofrecer el cáliz con vino para beber, identificó el vino con su propia sangre y afirmó que ...«el vino nuevo beberé recién en el reino del cielo...» (Mr. 14/25); aunque el prefería el añejo Vetus melius est. (Luc. 5/39)

Según lo relatado por Juan (Juan 2/1), Joshua ha sido invitado a una boda en una aldea cercana a Nazaret en Kanaa. Durante la fiesta creció la alegría y desapareció el vino... María, su madre, al advertir esto le dijo a su hijo y seguidamente indicó a los siervos: «Cualquier cosa que mi hijo diga a vosotros, háganlo». Y lo hicieron. Se llenaron las ánforas vacías con agua, que se trocó en un vino fino de mucha calidad, mejor que el anteriormente tomado... Sin embargo, lo relatado por Joh. 2.5. no parece coincidir con lo sostenido por Mr. 3.21.

Los milagros son como la historia: tienen la costumbre de repetirse. El presente no tiene otra solución que aceptarlos o negarlos, ya que lo relatado no puede ser verificado pero tampoco refutado... Lo recién comentado nos parece como una repetición de semejante milagro, que ocurrió en Grecia...

Pausanias, el muy antiguo autor nos dice en su descripción sobre Elida, que en este pueblo —en la plaza del mercado de los menios— había un pequeño templo consagrado a Dionysios. La imagen de esta divinidad fue una obra maestra del afamado Praxíteles.

Los eleos veneraron a Dyonisios con la máxima reverencia. Ellos estaban convencidos de que este Dios, protector de todas las viti-viniculturas, también estaba presente en sus fiestas del vino, llamadas «Zya».

Fiel a la tradición y a las costumbres, en el día de su aniversario los sacerdotes del santuario trajeron al templo tres grandes calderas completamente vacías y las colocaron en la mitad del templo en la presencia de todos los creyentes. La ceremonia podía ser testimoniada por todos los presentes, que constataron que las calderas estaban vacías. Seguidamente cerraron las puertas del templo y las sellaron para asegurar la inviolabilidad.

Al otro día a la misma hora —después de que la integridad de los sellos fue confirmada por los presentes— los sacerdotes abrieron la puerta y al entrar en el templo, la gente pudo confirmar el hecho de que las calderas estaban repletas de un más que exquisito vino...

Pausanias todavía agrega diciendo que lo relatado estaba confirmado por los ciudadanos dignos de todo respeto, jurando la absoluta verdad de lo referido. Los habitantes de otra ciudad de Andrios tenían su propio milagro: ellos afirman que durante la fiesta de Dyonisios el vino fluyó en abundancia de las paredes del Santuario consagrado a este Dios. (500)

Valerio Máximo a su vez nos relata otro milagroso caso. Estamos convencidos de que la iglesia cristiana daría cualquier precio, si pudiera contar con la repetición de semejante fenómeno, lo que había ocurrido con Xerxes, el rey de los Persas.

Dícese que el vino —vertido en la copa del gran rey de los Persas— se trocó en el acto en sangre roja; y este milagro se repitió en tres oportunidades más, siempre con este mismo rey, como si esto hubiera querido ser una severa advertencia para él, que en una cercana guerra con los griegos correría la sangre en riachos, pero la sangre de su propio pueblo. (501)

Según la más antigua mitología, el vino —brotado de la tierra en forma de unas uvas— contiene la sangre de aquellos que luchaban contra los dioses. A su vez la sangre vertida de los que vinieron a la tierra (Osiris) para redimir el mundo, una vez que quedaron atrapados por la maldad (Set, Typhon), vertieron su sangre para lavar los pecados (Mitra). Hoy lo beben los cristianos, tanto en sus templos como en sus fiestas para alegrarse...

Resucitaba muertos

JOSHUA Y LOS MUERTOS: Los evangelistas nos citan varios casos, relatando cómo Joshua logró devolver la vida a unos aparentemente fallecidos, pues en varios sucesos aparece, que ya ha llegado el hombre de la guadaña, pero no todavía la hora en que se abre una ventana en el corazón, desde donde el alma se va y dice su último adiós al cuerpo inerte y fallecido.

De esa manera creemos que carece de sentido analizar, si la hija de Jairus (Mr. 5/39) o el jovende Naim (Juan 7/11) fueron realmente muertos o solo sumergidos en un profundo sueño, que es el hermano de la muerte, cuando fueron «despertados» por el milagroso maestro. Para que el lector tenga la oportunidad de ver también el otro lado de la medalla, citaremos un caso, narrado por Apulejus...

Cuando Asclepiades regresó un día a su ciudad, vio una inmensa pira puesta en una plaza y alrededor de ese lugar en pie y en traje de luto, sumida en la mayor tristeza, una incalculable multitud, que había acudido para asistir a los funerales.

Por un impulso de curiosidad se acercó para saber quién era el difunto, porque nadie había contestado a sus preguntas, o porque esperaba hacer algunas observaciones como médico.

Asclepiades miraba a aquel desdichado, cuyos miembros ya estaban cubiertos de aromas, y su rostro impregnado de esencias por mano de los embalsamadores. También estaba ya preparada la comida y el festín fúnebre.

Observando con atención el cuerpo del muerto, vio algunos signos y al tocarlo, comprendió que quedaba todavía un resto de vida.

«Este hombre vive» exclamo. «Dejad esas antorchas. Apagad su fuego. Destruid esa pira».

Óyese en seguida un rumor. Unos decían que era preciso creer en los médicos, otros se burlaban de la medicina. Finalmente, —contrariando la voluntad de los parientes, que no prestaban fe a sus palabras, porque ya estaban esperando la herencia— Asclepiades consiguió —no sin gran insistencia— una limitada dilación de los funerales, y dentro de un breve tiempo —arrancando este desdichado de las manos de los sepultureros— le devolvió el aliento y poco a poco la vida; fue reanimado gracias a su ciencia y a ciertos fármacos.

Lo cierto es que aquel hombre tendido sobre una pira y casi ya cremado, le debió la vida... (502)

Algo semejante fue el caso de la resurrección de Lazar, comentada con gran detalle por el evangelista Juan.

Ignoramos por qué razón Joshua vertía lágrimas al recibir la noticia de que su amigo había fallecido ya. Si él sabía que dentro poco le devolvería de nuevo la vida, no tenía sentido dejar correr las lágrimas. Pero si no podía resistir el llanto, entonces no estaba muy seguro en su ciencia... De vez en cuando es algo difícil salir de un dilema tan enmarañado.

Al fin acompañado por sus discípulos, Joshua ha llegado a la casa del fallecido amigo y las hermanas del difunto le contaron la triste noticia. Joshua —íntimamente conmovido— se acercó al sepulcro, que era una cueva tapada con una piedra y ordenó que le sacaran el pedernal. Marta, la hermana del muerto, se le aproximó y dijo: «Señor, mi hermano ya tiene mal olor, pues hace cuatro días, que murió»...

Entonces quitaron la piedra y Joshua —levantando su mirada al cielo— habló: «Gracias Te doy, mi padre, por haber escuchado mi oración». Y después de decir esto, gritó muy fuerte: «Lazar Deuro exo» = Lazar Ven afuera — Realmente ocurrió el milagro, pues el muerto apareció erguido y salió afuera... Aunque no sabemos, cómo logró hacerlo porque Lazar tenía los pies y los manos vendadas y la cabeza era cubierta con un velo. Por lo cual Joshua les pidió: «Desátenlo y déjenlo ir».

De esta descripción surgen varias interrogantes. Creemos que Lazar difícilmente haya podido salir al recibir la llamada de Joshua, porque su cuerpo —completamente vendado— le imposibilitaba andar. Del categórico imperativo «Desátenlo y déjenlo ir» surge espontáneamente la pregunta: ¿A dónde? ¿A quién creer? ¿Al relato del iliterato e «idiota» (Act. 4/13) Juan —quien nos dejó perplejo con su increíble cuento— o al superinteligente discípulo de la afamada escuela de Tarsos, el ex fariseo PABLO, el verdadero fundador del cristianismo? Pues éste —unos treinta años después que Joshua fue enviado a la cruz, en presencia del Rey Agripa II y del procurador Festus Porcius proclamaba con voz viva que Moisés y también los profetas anunciaron que Khristus (Mesiash) sería el primero que resucitaría de entre los muertos. (act. 26/23) En consecuencia, si prestamos nuestro crédito al relato de Juan (11/1-44), entonces Joshua no era el anunciado Mesiash; pero sí preferimos creer en los dichos del apóstol Pablo, entonces declinamos creer en el informe del evangelista Juan. Tertium non datur.

Resucitar a Lazar o a un cualquier muerto era contrario a la idea de la metempsicosis de Palestina, que no admitía el «regreso» de un alma, una vez liberada de un cuerpo fallecido. El «regreso» para el mismo cuerpo era un elemento categóricamente egipcio, declinado por la teología judía. Esta categórica declinación habrá sido la verdadera causa por la que el consejo del Sanhedrin tuvo la idea de asesinar también al resucitado Lazar. (Juan 12/10)

Los pontífices y los capos de los fariseos, al escuchar lo ocurrido, en vez de quedar estupefactos y ser admiradores de nuestro profeta, comenzaron a deliberar sobre cómo eliminar a este hombre. Ellos pensaron que si lo dejaban que siguiera con sus milagros, todos se iban a entusiasmar con él... omnes credent in eum, et Venient romani , — kai eleusontai. Y vendrían los romanos y nos quitaran nuestro país... (Juan 11/48)

El argumento de «Baculus in angulo, ergo pluit» resultó un razonamiento sin fundamento, porque los romanos ya estaban hacía tiempo adentro, además mientras no existiera una rebeldía abierta, los romanos, dueños de una política muy sensata, dejaron al pueblo judío cierta clase de autonomía y libertad en su culto. Ni siquiera les importaba mucho quien quisiera ser rey de los judíos, mientras el pretendiente para este cargo demostrara su lealtad al emperador de turno en Roma. Evidentemente los judíos en la ortodoxa Judea no estaban dispuestos de aceptar a un pretendiente que era proveniente de la pagana Galilea.

Resucitar muertos no era un privilegio reservado únicamente para un rebelde y galileo, como era considerado nuestro profeta Joshua.

Ya hemos dicho anteriormente que en Egipto había unos sacerdotes, llamados «Adeptos», que podían herirse y producir inmediatamente una hemostasia. Podían enterrarse por semanas en un estado cataléptico y después se «resucitaban»... Apulejus nos comenta el caso de uno de ellos, que se llamó ZACLAS.

He aquí su pintoresco informe ...«Este sacerdote egipcio se comprometió conmigo —por un determinado precio— a hacer salir el espíritu de un difunto de los infiernos y resucitarlo.

El sacerdote adepto tomó una cierta hierba y de ella puso tres ramos en la boca del muerto, otro sobre el pecho y haciendo un giro hacia el Oriente, donde nace el sol, comenzó su oración... Todos los que estaban allí curioseando querían ver el gran milagro.

Yo me metí en el medio de la gente y me paré detrás del tumulto sobre una piedra muy grande, desde donde miraba con gran atención todo lo que pasaba.

El muerto comenzó efectivamente a vivir lentamente: el pecho se alzaba, sus venas empezaron a palpitar y cuando el cuerpo ya estaba saturado por su espíritu, se levantó y dijo: «¿Por qué me has hecho tornar a vivir, después de haber bebido del río Lete? Déjame, por Dios, déjame y permítanme regresar a mi reposo».

El sacerdote egipcio, al escuchar esto se enojó mucho y le respondió: «Más vale que comentes ya aquí todos los secretos de tu muerte».

Entonces el difunto resucitado se levantó de su lecho y habló al pueblo presente de esta manera: «Yo, sí, fui muerto por mi mujer. Ella me envenenó para dejar mi casa y mi cama al adúltero».

Después la viuda tomó las palabras con una audacia y comenzó a altercar con el marido resucitado...» (503)

Al margen cabe recordar que semejante causa de una muerte no era ni la primera ni siquiera la última en la historia, aun sin devolver la tan maliciosamente quitada.

Los citados casos no son los únicos. Valerio Máximo nos comenta el incidente de ERYS DE PAMPHILLA; este joven soldado cayó en una sangrienta batalla; estuvo durante diez días entre los demás muertos cuando sus camaradas comenzaron a juntar los cadáveres para quemarlos; en el momento en que colocaron su cuerpo sobre la pira, repentinamente recuperó la vida. (504)

En la habilidad de resucitar muertos, Joshua no era el único. Un contemporáneo suyo, Apolonio de Tyana logró también devolver la vida a unos fallecidos — según los comentarios del «evangelista» Philostratos.

Notable es el caso de una joven muchacha, que en el momento en que estaba por contraer nupcias con su elegido, falleció repentinamente...

Apolonio de Tyana la trató con esencias, hablando con ella. La joven se levantó y regresó a la vida — Nos parece que la «muerta» sufrió solamente una «lipotimia»... (505)

Y para epilogar esta cuestión tantas veces discutida —tanto en pro como también en contra— le confiaremos a nuestros lectores un secreto, de cómo resucitar a uno de sus seres queridos, si le cayerá muerto en un momento menos oportuno.

El «secreto» —durante tanto tiempo escondido— nos lo confió no el milagrero y contemporáneo de Joshua, Apolonio de Tyana, sino Apolodoro en su obra que lleva el título de «Biblioteca».

Él nos relata que el hijo del rey MINOS de Creta —llamado GLAUCO— mientras estaba persiguiendo una laucha, cayó en un gran recipiente lleno de miel, en el que el infeliz muchacho se ahogó, hundido en tanta dulzura. Su padre Minos, al enterarse de lo ocurrido, corrió ahí, levantó el inerte cuerpo de su tan amado hijo y lo depositó sobre el césped. Meditando qué iba a hacer, vio que una serpiente se acercó al cuerpo de su hijo Glauco. Con una piedra mató a la serpiente, pero inmediatamente apareció otra, que al ver su congénere, se alejó y muy pronto regresó con una planta en la boca que puso sobre el cuerpo de la serpiente muerta; el animal muerto comenzó a moverse y lentamente recuperó la vida.

El rey Minos, al observar esto, puso inmediatamente la planta sobre el cuerpo inerte de su hijo Glauco y el muchacho abrió sus ojos y preguntó a su padre, qué fue lo que le ocurrió...

Hasta allí los comentarios del afamado gramático Apolodoro, quien nos confiaba este secreto y lo legaba para la posteridad, unos 140 años antes del nacimiento de un niño judío en la aldea de Nazaret en la pagana Galilea. (506)

Cada pueblo del mundo antiguo tuvo su propia cosmovisión, su mentalidad peculiar y su grado de fe y credibilidad que prestaba para hechos y actos, que sobrepasaban los límites de la naturaleza. Lo que nos llama la atención es precisamente la considerable diferencia que existía en el grado de la credibilidad entre los judíos y entre los habitantes de las ciudades de LYSTRA y DERBEN en Lycaonia, no muy lejos de la ciudad de Tarsos en Cilicia, famosa por su escuela, que como un faro irradiaba su exquisita cultura en todas las direcciones del Asia Menor.

Así, cuando los discípulos de Joshua —el fariseo Pablo y Barnabas— llegaron a la ciudad de LYSTRA, y el tumulto, al ver cómo le devolvieron la salud a un hombre rengo, comenzó a gritar: «Los dioses descendieron a nosotros». La gente, que asistía a este milagro, consideró por causa de su elocuencia, a Barnabas como JÚPITER y a Pablo como el dios Mercurio. Esta no era la fe y la credibilidad de un pueblo inculto; muy pronto aparecieron también los sacerdotes del santuario consagrado a Júpiter; trajeron coronas y bueyes para sacrificarlos en honor de estos dioses que se dignaron descender de los cielos. (Act. 14/7-19).

Los judíos eran más cuidadosos en quien prestar su fe y su credibilidad y negaron rotundamente cualquier intento que pretendiese introducir elementos extraños a su religión. No podrían perdonar a Joshua la mal solapada introducción de ideas y formas egipcias y menos todavía sus curaciones del tipo Serapio o resucitaciones, que eran contrarias a la enseñanza de la teología judía, como por ejemplo el «regreso» del alma al mismo cuerpo, pasando por alto la teoría oficial de la metempsicosis, que era la encarnación del alma en un cuerpo ajeno.

ERYS DE PAMPHILIA al regresar de nuevo a la vida y al contar sus experiencias vividas en el más allá, pensaba quizás lo mismo que Arquitas de Tarento, que dijo: «Si alguien pudiera ascender al cielo y pudiera contemplar la naturaleza del universo, la belleza de los astros, esta clase de admiración seguramente le dejaría insatisfecho. En cambio, se sentiría realmente feliz si tuviera alguien a quien pudiera contarle lo que había visto». (507) «Es una verdadera pena», dijo el escriba Apiarius, «que Lazar, al ser resucitado por su amigo Joshua, no hizo lo mismo que Erys de Pamphilia, que contó todo lo vivido en el más allá durante estos cuatro días de muerto».

Pausanias no esconde sus dudas referente a los milagros. Él afirma que aquellos a los que les gusta escuchar relatos milagrosos son ellos mismos, que suelen añadir luego algo a las maravillas oídas y de esta manera echan a perder la verdad, mezclándola con el invento (508). Una sentencia aguda que Polibio completó manifestando «...que es una debilidad humana, dar crédito a cosas que exceden los límites de lo razonable». Pero mientras los milagros puedan contribuir a conservar el respeto y el temor a la divinidad en el pueblo, los antiguos autores merecerán la indulgencia cuando relatan sus milagros. Sin embargo, es necesario recordar que solo hasta cierto grado se excusaba la ignorancia y la excesiva credulidad, porque pasando los limites, sería repudiable. (509)

Semejantes argumentos claros y categóricos ni siquiera los cristianos podrían refutarlos.

Y por eso el rebelde de Galilea, el milagrero, tenía que desaparecer. ¿Por qué? Y ¿cómo? Esto lo trataremos en las páginas que siguen.

Verdad - mito - duda

Joshua ha sido perseguido porque se llamaba PROFETA. En nuestra obra lo llamamos ciertamente con toda nuestra simpatía a este rebelde de Galilea con el nombre de «Profeta», pero no por eso creemos que era realmente uno de estos adivinos; dado que él —al proclamarse hijo de Dios— ipso facto excluye la posibilidad de haber sido un profeta, porque este oficio estaba exclusivamente reservado para unos seres humanos.

Si bien Joshua profetizaba en más de una oportunidad, no por eso puede ser considerado como profeta, lo que intentaremos demostrar con los argumentos que siguen:

Los fariseos, discutiendo acerca de la personalidad de Joshua, le advirtieron a Nikodemos, diciendo: «Estudia mejor las escrituras y verás que de Galilea no salen profetas». (Juan 7/52) Y Joshua era precisamente de Galilea.

Pero era mejor que Joshua no fuera profeta, porque de esa manera no podría ser tachado de haber cometido una serie de descalificantes errores. Ser profeta en la antigüedad era un oficio, que poco y nada tenía que ver con la confiabilidad; sus adivinanzas jamás fueron concretas, se prestaron para una gran variedad de interpretaciones...; solo la benigna posteridad tiene el grave error de dar a ellas el «visto bueno» por medio del consabido dicho «... ut adimpleretur» = para que se cumpla... tal y tal profecía, aunque entre ellas alguna ni siquiera fue pronunciada (Mt. 2/23)

Joshua pronunciaba algunas profecías, aunque no tenía éxito con ellas. La única que se cumplió cabalmente, era su predicción acerca de la destrucción de la ciudad de Jerusalén: lo que predijo ocurrió unas cuatro décadas después. Pero esto era mucho más que previsible, porque la nave del estado de Judea y de Palestina se acercaba cada vez más y más a la catarata; este proceso de la lenta desintegración ya era irremediable, ni detenible, pero bien previsible.

En otra profecía predijo que pronto llegará el fin del mundo con todos sus horrores en un cataclismo en que desaparecería la tierra y los cielos; solo sobrevivirían sus dichos y enseñanzas. Pero olvidó aclararnos, para quiénes sobrevivirían sus dichos, si ya no existe un solo hombre que pudiera escucharlo ¿Y dónde sobrevivirían sus dichos si desaparece el mundo entero?

Joshua cometió el grave error de epilogar su funesta profecía acerca del fin del mundo afirmando: «En verdad les digo que no pasará esta generación sin que sucedan todas estas cosas». (Mt. 24/34)

«No pasará esta generación... Les digo y es pura verdad que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto el reino de Dios». (Luc. 9/27)

Su «pura verdad» se permutó con la mentira. El rosario de los siglos lo desmentiría categóricamente. Solo él sabrá la causa de su propio error... Pero nosotros creemos que Joshua —si predijo algo— nunca quizo ser un profeta, sino algo más, mucho más...

Joshua ha sido perseguido también porque se atrevía llamarse Mesiash, sin poder liberar a su pueblo de la servidumbre romana.

Sin duda alguna él —en su ser más íntimo— sentía la vocación de ser el Mesiash de su atribulado pueblo; tenía que ser el rey poderoso que llega para liberar a su sojuzgada nación de los invasores romanos. Tendría que terminar definitivamente con el hambre y las miserias y devolver la dignidad humana a los injustamente sometidos... pero para poder cumplir con semejante programa hubiera necesitado por lo menos doce legiones de los ángeles de su padre celestial.

Ignoramos quién fracasó en la realización de este plan: si Joshua no quiso pedir ni aceptar el auxilio celestial (Mt. 26/53), solamente para poder cumplir con unas profecías ambiguas, entonces no tenía derecho a considerarse como Mesiash (Juan 4/26); y por su fracaso ni los oponentes suyos, ni siquiera sus desilusionados discípulos podían considerarlo en adelante como el «redentor». Al ver que su Mesiash resultó ser débil y que fracasaba, huyeron desilusionados. (Mt. 26/56)

Al prescindir del auxilio divino, ipso facto dejó de ser el esperado Mesiash, porque al rendirse ante su destino no logró salvarse ni siquiera a sí mismo y sufrió la suerte de aquellos «redentores», los cuales en un momento inoportuno se dejaron atrapar...

En la historia del pueblo judío Joshua no era ni el primero ni el único, ni siquiera el último, que pretendío ser el Mesiash...

Y por último Joshua ha sido perseguido porque se atrevía a llamarse «hijo de Dios». La ortodoxia judía no podía permitir la importación de un elemento religioso de origen netamente egipcio y greco-romano. La penetración de ideas extrañas, como era entonces la arrolladora cultura helénica, ya fue combatida desde las épocas de los diadokhos.

Joshua pretendía ser hijo de Dios sin siquiera saber cuál era la imagen de su pretendido padre, porque él mismo dijo: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Juan 1/18) «Vosotros jamás han oído su voz, ni han visto nunca su rostro» (Juan 5/37); solo su espíritu era visible por medio de la imagen de una paloma blanca (Mt. 3/16), pero este invento de los evangelistas resultó ser un elemento religioso de Siria, que intentaron interpolar en sus comentarios. Quedaron refutados por las palabras del maestro mismo... (Juan 1/18, 5/37)

Joshua se dejó declarar como hijo de Dios por otros (Mt. 14/33) y al hacer hablar a los demonios, sin duda alguna él mismo era el autor de la proclamación. (Mr. 1/24, 3/11, 5/7) Y cuando Caiphas, el sacerdote supremo, le preguntaba: «¿Serás tú Cristo, el hijo de Dios?» Joshua le contestó —indirectamente ratificando lo dicho— con la respuesta: «Tu dixisti Su eipas — Tú lo dices». (Mt. 26/64)

Declararse ser hijo de Dios significaba no solo la introducción de un elemento religioso del repudiado politeísmo egipcio, sino la evidente negación del ortodoxo Monoteísmo patrio. Su autoproclamación, aun si era indirecta, engendraba inevitables consecuencias...

Nuestro profeta Joshua lentamente se dio cuenta de que con la autoproclamación de ser el HIJO DE DIOS cometió en realidad un grave error, pues su acto resultó una mal solapada introducción de la politeísta TRINIDAD egipcia, que en el rigurosamente ortodoxo país Judea no podía ser admitida, ni por un momento tolerada; entonces —meditando acerca de esto— la única solución aceptable para él pareció ser subir un grado más en la escalera de Jacobo e identificarse con su padre celestial y hacerse directamente DIOS.

El remedio resultó peor que la enfermedad, porque semejante autoproclamación era para el judío creyente una blasfemia y evidente sacrilegio o el acto de un loco.

Por eso Joshua ha sido perseguido una vez más, aunque el Sanhedrin todavía no podía decidir cuál de las dos alternativas formarían la causa de un futuro juicio. Causas para perseguir a Joshua no faltaban al Sanhedrin, sino que abundaban.

Para saber cómo Joshua logró hacerse Dios, merece ser examinado.

Al identificarse con su padre, Joshua manifestó indirectamente que no estaba dispuesto a aceptar haber nacido de un ser humano, y a aquellos que querían saber algo más acerca de su origen, les contestaba: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo (Juan 6/41) «Yo no soy de este mundo. Yo soy de arriba» (Juan 8/23) «Yo no he venido por mi voluntad propia, sino Dios, mi padre, me envió. De él salí yo. De él vengo (Juan 8/42)... porque yo he tenido la gloria al lado de Dios desde antes de que comenzara la creación de este mundo». (Juan 17/4)

Estos son palabras más que claras, que niegan categóricamente su nacimiento terrenal, su concepción inmaculada y refutan con olímpica luminosidad los relatos de los evangelistas, que inventaron hechos jamás ocurridos para justificar profecías ambiguas y jamás concretas.

Solo el discípulo Juan (17/4) y el genial apóstol a posteriori, Pablo (ad Koloss 1/15) se dispusieron aceptar y reconocer su origen celestial «previo» de la creación de nuestro mundo, negando indirectamente el mito de la concepción inmaculada «egipcia» y su nacimiento como hijo de Dios a la «grecorromana».

«Dios es invisible», le dijo, «pero aquel que me ha visto, ha visto también al padre». (Juan 10/30) «Yo y mi padre somos una misma cosa». (Juan 10/30) «Sepan de una vez, que el padre está en mi. Y yo estoy en mi padre». (Juan 10/38)

De esa manera Joshua proclamó una relación inmanente —semejante al círculo de Moebius— y más que expresiva, pues no deja duda alguna de que al eliminar la relación natural de hijo con el padre, ipso facto se califica idéntico a Dios mismo, entrando de esa forma en la trinidad egipcia, asiria, babilónica, cristiana, como el «segundo» de los tres principales colores, que salen del prisma...

Al considerar a Joshua como un ser idéntico a Dios, surgió espontáneamente la pregunta: «Cur Deus Homo?» — «Por qué razón Dios se hizo hombre?» La respuesta resultó ser más que complicada.

El afamado escolástico Anselmo de Canterbury —autor de esta misma pregunta— la completaba con otra: «¿Por qué razón solo el hijo se hizo hombre en la trinidad y por qué no lo hizo el padre también?»

Después de sus meditaciones él llegó a las siguientes conclusiones: «Si el padre Dios se hubiera hecho hombre también, en este caso en adelante habrían sido dos hijos en la trinidad, uno de Dios y uno de María, pero esta complicada situación produciría al mismo tiempo dos nietos, en cuanto Dios sería nieto de los padres de María y el hijo de Dios sería al par el nieto de María.

Para terminar con los absurdos resultados de la dialéctica escolástica, la iglesia —perdida en el laberinto de su propia hermenéutica— no podía cometer peor error que prohibir en adelante los estudios de Aristóteles. No era necesario recurrir a la dialéctica para demostrar que la «theificacion de Joshua» ipso facto resultó equivalente también a un incesto sagrado, excepto si se declara la intervención de la tercera persona en la trinidad como exclusivo.

No todos estaban dispuestos a aceptar una identidad con el Omnipotente Néstor, el patriarca de Bizancio, palam et publice pregonaba que «la carne no puede generar más que carne». De esa manera negó categóricamente el «parentesco divino».

Otros dijeron que si Joshua hubiera sido Dios, no se entendía por qué razón oraba. Nadie ora a su propia persona (Mr. 6/46), además precisamente por su carácter de «omnipotente» un Dios ipso facto sabe todo, sin tener la necesidad recurrir a preguntas y demás interrogantes (Luc. 9/18 + Mr. 6/38 + Juan 11/34).

Tener la gana de hacerse Dios no era un privilegio reservado para un Galileo en Palestina. Para este fin había llegado a la muy encerrada Palestina la excelsa y arrasadora cultura helénica, que contaba con sus propios modelos, cómo y de qué manera el hombre podría trocarse en Dios.

Plutarchos nos comenta que Menekrates de Siracusa se consideraba Dios, que se dignó a descender del cielo con cuerpo humano. Todos aquellos, que estaban en su séquito, lo adoraron. Vestido de toga purpúrea con corona, aureóla y cetro proclamaba ser el «creador de todos los seres vivientes» y en la epístola, que mandó al rey Filipo de Macedonia, firmaba «Menecrates, el creador y destructor de todos los seres vivientes».

Filipo no tomó muy en serio la divinidad de este siracusano, más bien quería darle una saludable lección. Lo invitó y preparó para él una espléndida fiesta; lo ubicó a la cabeza de su mesa real y mientras los otros convidados comían opíparamente, a este dios, que se dignó a descender directamente del cielo, le sirvieron únicamente humos del incienso.

Durante un tiempo le agradó el homenaje a Menecrates, pero luego se sublevó su estómago vacío y también comenzó a toser por causa del demasiado humo... Entonces se levantó y salió del festín — frustrado y muy indignado..

Menecrates de Siracusa no era el único que —siendo hombre— quería ser Dios. Los emperadores romanos fueron todos ex oficio dioses humanizados o humanos divinizados. Otros inventaron cualquier cosa para ser elevado a este tan codiciado rango.

El cartaginés ANNO amaestraba tordos y loros, enseñándoles en la oscuridad de la noche las palabras «Anno es Dios». Una vez que aprendieron la lección, los soltaba para que pregonaran urbi et orbi su divinidad, pero Eliano Claudio nos comenta que las aves amaestradas —una vez en libertad— sufrieron una amnesia total y ANNO quedo sin creyentes. (510)

Para epilogar esta tan espinosa y enmarañada cuestión, recordaremos las palabras del Patriarca de Bizancio, que nos advertía: «... un engendrado nunca podría ser al mismo tiempo idéntico con su padre. Ni el Dios jamás se mezclaría con el hombre, porque la divinidad es como el sagrado óleo, que jamás se inmiscuirá con el agua ni siquiera con el agua bendita» — Tendrá razón el santo hombre de Bizancio o no, esto lo resolverán aquellos que sepan elegir entre la lógica y la Fe.

Causas para enjuiciar

Quien me odia,
odia también a mi padre
Qui me odit, patrem meum odit
Juan 15/23

La relación de nuestro profeta Joshua con los conservativos fariseos y con la clase sacerdotal en la —por excelencia— ortodoxa Judea resultó algo semejante a lo que podría experimentar un pastor de una secta protestante dentro de un pueblo español, perdido en las montañas y hundido en su místico catolicismo, mezclando su fe con la plata... El resto es para imaginar.

Joshua deambulaba sin descanso: un día estaba en Galilea, dos días después de andar o moverse a lomo de burro ya se encontraba a 90 kilómetros más al sur, en Bethania y en Jerusalén, reformando la «ley de ellos» (Juan 10/34), no lo «nuestro», censurando todo lo que hasta ahora era intocable y res sagrada... Con su actividad culminaba moviendo el piso de la secular torre de marfil del poder teocrático.

En la santa ciudad de Hierosolima la intolerancia religiosa ha sido siempre escrita con mayúsculas; sus sacerdotes, pero muy especialmente los fariseos «censores», inflexibles defensores de la ley mosaica, no estaban dispuestos de tolerar por demasiado tiempo las andanzas —destructivas para ellos— de este judío apóstata de Galilea que apareció casi al mismo tiempo cuando al fin desapareció el essene Bautista, «la voz clamante del desierto», otro rebelde religioso y nacionalista hasta la médula.

En la época en que vivía nuestro profeta Joshua, Palestina era un hervidero de avispas, molestas por la presencia romana en su santa colmena. En esta turbulenta época, en que casi a cada rato surgían libertadores en este sufrido —y por todos lados explotado— pueblo, no tanto los vencedores de los invasores sino también los representantes del poder teocrático tenían los ojos y los oídos bien abiertos para prevenir estallidos sociales, antes de tener que lamentarse después.

Al ver en las andanzas de Joshua la siembra del eventual estallido de una rebeldía, comenzaron a juntar y acumular las pruebas para poder eliminar la actividad subversiva de este hombre, que vino desde la muy pagana Galilea con ideas extrañas para desatar una revolución religiosa en la santa Judea.

A los sacerdotes y fariseos no les faltaban causas y argumentos para proceder contra este Galileo. Apoyados por la masa de comerciantes por haber recomendado no devolver lo prestado —ni soñar con los intereses— los comerciantes judíos se sentían también injuriados al ser calificados como pecadores por ejercer un comercio legal... (Luc. 6,34)

En el aspecto religioso lo acusaron de haber pretendido introducir un mal solapado politeísmo egipcio con el desdoblamiento del estricto monoteísmo, creando al lado de Dios otro en la forma de la Hagia Pneu egipcia; tomaron muy mal que pretendiera subordinar la ley ante el hombre, predicando que «el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el Sabbatho». (Mr. 2/27) Él no interpretaba sino que innovaba al emplear las ominosas e hirientes palabras de «vuestras leyes» — no obstante que era judío. (Juan 10/34)

En Judea no podían pasar por alto que —impulsado por su irrefrenable odio— predijo la destrucción del sagrado templo junto con Hierosolima (Mt. 24/1-23), aunque poco y nada les importaba la venganza que pronunciara contra la ciudad donde tenía su residencia, precisamente en Cafarnaum de Galilea. (Mt. 11/20)

Y para colmo, este pretendido Mesías se atrevió a cometer el sacrilegio de llamarse hijo de Dios y luego cometió el intolerable sacrilegio de identificarse con Dios (Ju. 10/30), sosteniendo que descendió de los cielos y vivía ya antes que Abraham. (Ju. 6/41)

Este siempre irascible hombre que injurió y propagaba constantemente su «himno al odio» (511) y al mismo tiempo —impregnado ampliamente por el detestable estoicismo helénico— recomendaba amar a nuestros enemigos —que nos invadieron y quitaron la libertad a nuestra nación— (Mt. 5/43). ¿Odiar a nuestros seres más queridos y amar a nuestros pésimos enemigos? ¿Quién entiende a este hombre? Debe estar invadido por el diablo. (Ju. 10/20)

El San—Hedrin tenía manos atadas. (Ju. 18/31) Entonces tenía que hallar argumentos políticos para conseguir una condena con la pena máxima. Lo acusaron de que sembró una rebeldía popular, diciendo: «Yo no he venido a la tierra para traer la paz. No he venido para traer la paz, sino la espada. (Mt. 10/34) Yo he venido para traer el fuego a la tierra y que más quiero, que se incendie ya». (Luc. 12/49)

Causas y argumentos para enjuiciarlo no faltaban al San-Hedrin. Este hombre de Galilea predicaba como si fuera samaritano en la ortodoxa Judea; tenía que desaparecer...

Pero ¿por qué? Caifás, el sacerdote supremo del templo y yerno del muy poderoso Ananías, tenía su categórica respuesta para esta pregunta. Tomó la palabra y dijo: «Si este hombre sigue con su programa subversivo, puede estallar una revolución aquí y los romanos nos quitarán lo que todavía tenemos y terminarán con nuestro santo lugar. Por ello, opino que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda una nación entera desaparezca por causa de un solo hombre».

Al decir esto, el sacerdote supremo Caifas colocó la estola, que oficializaba su dicho, sobre su cuello y pronunciaba ex oficio que este hombre, nuestro profeta, debería morir para que Dios nos conceda que nuestros hermanos en la diáspora regresen de nuevo a la santa tierra. (Ju. 11/49-54)

Al enterarse de lo ocurrido y al darse cuenta de que los judíos en Judea habían decidido acabar con él, Joshua se retiró a su patria Galilea.

A los judíos en Hierosolima les faltaba que alguien les ayudara para convencer a Joshua de que tenía que regresar a Judea, porque en Galilea hubiera estado seguro.

Este problema del Sanhedrin lo resolvieron en Galilea no los opositores de Joshua, sino sus propios hermanos, que nunca fueron ni sus creyentes, ni siquiera sus amigos, sino muy por el contrario, lo consideraron un mentecato, a quien querían ya una vez apresar como rematadamente loco. (Mr. 3/21 + Mt. 10/36)

Cuando Joshua buscó su refugio en Galilea (Ju. 7/1-13), sus hermanos lo trataron duramente y le espetaron, manifestando: «Salga de aquí» (Metabethi enteuthen) «Vete a Judea para que tus discípulos vean tus obras. Si pretendes ser famoso, no tienes que obrar a escondidas. Tienes que presentarte ante el mundo». Sus hermanos hablaban así con él, porque ni siquiera ellos creían en él. (Ju. 7/5)

Entonces Joshua les contesto: «Bien. Vayan Uds. a Jerusalén, pero yo no voy a esa fiesta». (512) Y al decir esto, Joshua se quedó en Galilea...

Sin embargo, luego cambió de opinión y después de que salieron sus hermanos, emprendió el viaje a Jerusalén, tratando de hacer esto ocultamente, para que no lo supiera la gente.

Empujado por sus propios hermanos y también por su destino, Joshua emprendió un viaje a Hierosolima..., para nunca más regresar a su amada tierra de Galilea..., porque aquel que después de su pretendida resurrección visitaba a sus discípulos en las orillas del lago Genezareth y a quien ni sus propios discípulos reconocieron, no era él...

Joshua y Kaiafas...

EL JUICIO: es difícil llamar con esta honrosa palabra al histórico conjunto de los 23 integrantes del «pequeño» Sanhedrin presidido por el Sacerdote Supremo Josef, con sobrenombre Kaiafas (513), quien vociferaba cargos contra un humillado, torturado y martirizado Joshua...

Y todo este macabro teatro ha sido realizado en plena noche, no obstante que la «Mishna Sanhedrin IV,1» establecía que los casos criminales debían juzgarse durante el día, prohibiendo categóricamente hacerlo durante la noche; incluso tenía que ser suspendido un juicio, si éste no había terminado al caer la tarde; un sistema procesal que nos parece fue impuesto por los invasores romanos. (514)

En el caso de Joshua, el juez legítimo y natural era el gobernador de Judea, Pontius Pilatus, pues el Sanhedrin, si bien podía investigar una denuncia y actuar en su carácter de fiscal —acusando a un reo— pero para juzgar —con mayor razón en caso de un crimen de «lesa majestad»— la sentencia era un derecho exclusivo del «praefecto» romano (515), designado exclusivamente por el emperador romano de turno. La jurisdicción del San-Hedrin era considerablemente limitada.

Pontius Pilatus (26-36 p.cr.n.), integrante de la poderosa orden de los caballeros romanos, ha sido designado en el año 26 por el emperador Tiberio para reemplazar en Judea al gobernador Valerius Gratus y gobernar esta provincia, en la que la paz parecía estar siempre ausente.

Pilato gobernó Judea durante diez largos años; su tarea no era fácil; le pusieron demasiados piedras en su camino. Después de los primeros rozamientos llegaron las controversias y luego los choques abiertos; la primera pelea la tuvo con los judíos, cuando pretendió introducir la efigie del emperador. Todo en vano, pues su plan se estrelló sobre el granito de la inflexibilidad judía.

Semejante fracaso tenía que contabilizar en su plan de traer agua por medio de acuaductos desde una distancia de alrededor de 23 millas romanas. (516)

La idea era buena y aplaudida por los judíos; el problema vino después, cuando Pilatus quería cubrir los cuantiosos costos con el tesoro del templo — el intocable «Korbonas».

Pilatus perdió la paciencia en esta controversia y para dispersar el tumulto de los que protestaban a viva voz, hizo vestir a sus soldados como paisanos y logró dispersar a los revoltosos... pero ¿a qué precio? La violencia empleada contra ellos sembró entre los judíos el disgusto, el resentimiento y el deseo de vengarse algún día... Y efectivamente, un día le presentaron la factura con el caso de Joshua... Prácticamente por medio de un chantaje político le obligaron a condenar a un judío correligionario que —según el gobernador Pilato— era un hombre en todo aspecto, un visionario, pero nada de rebelde.

Regresando al juicio, sabemos que Joshua ha sido detenido y llevado ante Kaiafas; durante toda la noche quedó a merced de él y de la policía, que lo atormentaba y lo humillaba hasta los extremos.

Al ser preguntado por el Sacerdote Supremo: «¿eres tú Cristo, el hijo de Dios?» el desgraciado y atormentado Joshua le dijo con las últimas fuerzas que le quedaban todavía: «Tú lo dices», agregando: «Pero yo les digo que a partir de hoy Uds. verán el «hijo del hombre (= a mí) sentando a la derecha del Dios poderoso y llegando entre las nubes» (Mt. 26/64) «blasphemavit» exclamó Kaiafas. «¿Qué les parece?» dirigiéndose al Sanhedrin menor. «Merece la muerte» gritaron todos... y continuaron con los tormentos...

Hoy sabemos perfectamente cuál sería la reacción de un juzgado después de semejante respuesta, pero Judea y su gente no contaba en estos lejanos tiempos ni con un Celso, ni con las ciencias de Hipócrates, ni con la sabiduría de un Galeno, sino únicamente con una tonelada de prejuicios y de Odios contra todos aquellos que se atrevieran a martillar con sus doctrinas, censuras y reformas, las columnas de su fe y cimentadas con la inflexibilidad — firme hasta la muerte... Solo los posteriores paleo-cristianos, víctimas de los tormentos más atroces e imaginables, heredaron este valor sobrehumano de los judíos ortodoxos, que dejaron esa tan escasa y rara virtud para esta secta judía de los neólogos, llamados cristianos.

Luego condujeron al quebrado y atrozmente atormentado y humillado Joshua ante el procurador Pontius Pilatus, acusándolo de sembrar la rebelión y de atreverse a llamarse con el título de «rey de los judíos».

Pilatus cometió también el error procesal de Kaiafas, pues al dirigirse a Joshua —en vez de inquirir— más bien parecía sugerir, le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Evitando una respuesta directa, Joshua le contestó: «Tú dices que soy rey. Pero ¿de Ti viene esta pregunta o te dijeron otros acerca de mí?... Te advierto que mi reino no es de este mundo, y si yo fuera rey como los de este mundo, mi guardia había luchado para no caer en las manos de los judíos. Mi reinado no es de aquí» ¿Entonces eres rey? «Tú dices que soy rey. Yo he venido para testimoniar la verdad» «Pero ¿qué es la verdad?» le replicó Pilatus sin esperar la respuesta, pues seguramente recordaba la justicia y la verdad de Crysippo (Ju. 18/28-40) acerca de la «injusta justicia y la justa injusticia». (517) y (468)

Pilatus —influido por los pedidos de su propia mujer y también convencido de la inocencia de este hombre— lo quería dejar libre, pero su plan chocó con la inflexibilidad judía, en cuanto Kaiaphas, aprovechando la oportunidad para ajustar cuentas con el gobernador, le espetó con un atrevido chantaje político: «Si tú lo dejas libre, demostrarás que no eres leal a tu emperador, porque todos los que se autoproclaman rey, accionan contra la voluntad de César.» (Ju. 19/12)

Una «slavonic interpolatio» nos hace saber que Kaiafas y sus seguidores —al ver que Pilatus vacilaba y comenzó a «lavarse las manos»— decidieron también «untarlas» con treinta talentos. (518)

En estos antiguos tiempos ya era ciertamente una cosa cotidiana en Roma, poder comprar todo: honores y cargos, y con dinero se compraba la más cerril fidelidad... Hombres y dioses se conquistan con regalos y ni el mismísimo Júpiter rechazaba las dádivas... Ni siquiera el más estricto monoteísmo logró liberarse de las alcancías en las que se juntan los sacrificios a favor del Dios Mamón...Los altares y las alcancías son hermanos mellizos...

De este pecado no fueron libres ni Pilatus y menos todavía aquellos que lo siguieron..., Cumanus, Felix (act. 24/26) y el ex librero Gessius Florus, cuyas avaricias y corrupciones fueron algunos de los principales factores que desataron luego la guerra que llevó a una nación entera a la sepultura entre los años 67-70.

No podemos acusar a Pilatus de semejante pecado, porque tampoco podemos confiar en la verdad de la interpolación eslavónica — aunque sabemos que la justicia tiene la mala costumbre de dejarse tentar por el Dios del dinero...

Antes de pronunciar su veredicto, Pilatus —al enterarse de que Joshua era de Galilea— decidió enviar al ya atormentado Joshua junto con sus acusadores a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y de Peraea, para repartir las censuras de su propia conciencia. Por causa de las fiestas de pascua, Herodes estaba en Hierosolima. Al ver a Joshua —envuelto en un profundo silencio— Herodes Antipas pensó que siguía viviendo en este hombre el alma del ajusticiado predicador Juan Bautista (Mt. 14/1) y quizás al sentirse perseguido por el tan injustamente decapitado Bautista, prefirió devolver su súbdito galileo a Pilatus.

Éste —hace tiempo ya acusado y acosado por los siempre descontentos judíos— al ser puesta también en duda su lealtad con el emperador Tiberio, ahora no tenía otra solución que ceder ante el insidioso y hábil chantaje político y ante las exigencias de un enfurecido tumulto de gente; entregó un santo rebelde a su al parecer inevitable suerte..., porque también «del otro lado» apareció una suma de dinero — como veremos más adelante...

Solo en esta sorda lucha alrededor del dinero, podía ocurrir que un muerto resucitara sin haber sufrido realmente la muerte...

La Cruz

LA CRUZ: El gobernador romano de Judea, Pontius Pilatus, íntimamente estaba convencido de la inocencia de este ya martirizado pobre hombre, que más bien merecía la compasión que una condena, sin embargo frente a la insistente presión judía —al no hallar ninguna otra mejor solución— tuvo la trágica necesidad de mandar a la cruz a este hombre, cuya máxima culpa consistía en el hecho de que en realidad no tenía ninguna...

Esta clase de castigo estaba estrictamente reglamentada según las costumbres y derechos de «More majorum romanorum», es decir que ni un ápice debía ser diferente a como estaba prescrito en el derecho penal romano. (519)

La finalidad de esta clase de ejecución era producir una muerte que demorase bastante tiempo en llegar... Días y días los atados sufrían los castigos de la intemperie y los ataques de las aves de rapiña sin poder defenderse, hasta que varios días después al fin llegaba el «beneficio de la muerte, para obtener la paz para siempre»...

El condenado a la cruz —privado de sus vestidos— una vez desnudo (520) tenía que ser azotado (Mr. 15/15) y portar seguidamente sobre sus espaldas su propia furca (521), que debía ser un «Lignum infelix», un árbol que no produce frutos.

La ejecución se realizaba fuera de la ciudad; por ello, el condenado era conducido «extra portam», fuera de los muros de la ciudad (522) al lugar de la ejecución, donde se procedía a la llamada «crucifixión», un procedimiento que consistía en dos diferentes operaciones:

Primero el condenado era «atado» al árbol infelix por sus manos extendidas y luego por los pies para impedir que el cuerpo sufriera una caída que pudiera causar una asfixia con la repentina muerte, contraria a la finalidad de esta clase de ejecución, que precisamente quería postergar su llegada. (523) Por esta misma causa el derecho romano penal excluye el empleo de «clavos», porque sería contrario además a sus costumbres y derechos y provocaría una abundante hemorragia y rápida muerte.

Seguidamente, la cruz era colocada en forma vertical en un pozo previamente excavado (524), dejando al condenado en esta situación hasta que la muerte sobrevenía lentamente por múltiples causas, como tormentos de aves, intemperie, hormigas, deshidratación o por un edema pulmonar. La agonía podía durar varios días — según el estado físico del reo...

El empleo de la fractura del fémur —según los testimonios de los más antiguos autores— tenía una doble finalidad: cierta clase de «tiro de gracia» para aquellos que merecían ya ser liberados de las penas que sufrieron durante varios días.

Pero lo emplearon también para algunos con el fin de atormentarlos algo más y de acelerar de esa manera la llegada de la muerte. (525)

Nuestro profeta Joshua, fiel a las reglas y modalidades arriba citadas, fue desvestido y cruelmente azotado (Mr. 15/15), luego llevó la cruz sobre su espalda (Juan 19/17) y ha sido conducido al Gólgotha con otros dos delincuentes, que igualmente fueron crucificados «de more majorum romanorum».

Es imprescindible aclarar aquí la manera como los tres fueron ligados a sus respectivas cruces. Sin excepción alguna, los tres ligados, fueron atados a la furca y no —como hace muchos siglos ya— por medio de un imperdonable pia fraude insisten sosteniendo que Joshua fue clavado a la cruz.

El mismo evangelista Marco nos comenta que «al caer la tarde, José el Arimateo, se presentó ante el procurador Pilato y solicitó la entrega del cuerpo de Joshua. Pilato, sorprendido por el pedido, le extrañó mucho la noticia (...Pilatus autem mirabatur, si jam (Chr) obiisset... Ho de Pilatos entaumasen ein édé tethéken...) (Mr. 15.44), pues sabía que los crucificados, solamente y exclusivamente atados, suelen vivir varios días. Por ello Pilatus le preguntó al centurión, si era cierto que Joshua había muerto. Al recibir la confirmación dio su venia para sacar el cuerpo. El verbo «mirabatur» = verbo pasivo (enthaumasen) confirma que Joshua ha sido atado sobre su FURCA (llamado crux).

Ninguno de los evangelistas habla acerca de la crucifixión por medio de clavos. Ni siquiera Johannes lo menciona directamente, y al decir que el apóstol Tomás pretendía colocar sus dedos en el lugar de las heridas causadas por los clavos, diciendo «no voy a creer hasta que vea las marcas en sus manos» ni siquiera menciona los pies «hasta que no palpe las heridas en su costado».

El discípulo Tomás no estuvo presente en la crucifixión, de manera que difícilmente habría podido hablar de clavos y heridas al costado. Los discípulos —al ser apresado Joshua— quedaron profundamente desilusionados y buscaron su salvación en una fuga desesperada, excepto Pedro, que no huyó —instigado por la curiosidad— pero negó rotundamente que hubiese sido uno de los discípulos.

La historia de Tomás es una interpolación hecha a posteriori para justificar el piadoso fraude con los clavos, olvidando que aquel que puede vencer la muerte, no le cuesta nada recuperarse también de las heridas... Risum aut fletum teneatur = ...es para reír o llorar.

Crassus, el general romano, mandó también a la cruz a todos los esclavos apresados después de su memorable victoria contra Espartaco. Todos fueron ligados con cordones a una cruz con bifurcación de forma de «Y» (Ypsilon griega = Y).

También Alejandro Magno —enfurecido por la resistencia de los tyrios— ofreció a los vencidos después un triste espectáculo: «... unos dos mil hombres, que se habían salvado de la homicida rabia del rey de los macedonios, fueron atados a sendas cruces y colgados durante un largo tiempo en la costa del mar...» (526)

Basta contemplar el cuadro del pintor Antonello de Messina para ver cómo fueron ligados y atadas las manos y brazos sobre las ramas bifurcadas de un «Arbor infelix» aquellos que fueron condenados — los «Cruciatus» que tenían que sufrir los largos tormentos (diu cruciatos), esperando la llegada del «Beneficio de la Muerte». (527)

La burla, la crítica y las censuras

LA BURLA Y LAS CENSURAS... tendido sobre una cruz por encima de todos los curiosos que lo rodearon y vociferaban sus burlas, habrán intensinficado profundamente los sufrimientos de un hombre ya humillado, golpeado, torturado y martirizado, y muy especialmente, cuando las mofas despertaron en su ser más íntimo el desgarrante sentimiento del abandono e impotencia.

Aquel, que tantas veces dejó pronunciar por otros y se autoproclamaba ser nada menos que el hijo del omnipotente Dios y hasta idéntico con su padre celestial, ahora «el impotente Dios» tenía que escuchar el escarnio que le insultaba, diciendo:

«Si eres el hijo de Dios, líbrate del suplicio
Baja de la cruz.
Éste que ha salvado a otros y no puede
salvarse ahora a sí mismo.
Tú que eres el rey de Israel, baja ahora
de la cruz y creeremos en Ti» (Mt. 27/39-44)

No nos cabe la mínima duda de que a este sufrido hombre no le faltaba el deseo de bajar y demostrar al mundo que sus verdades proclamadas fueron y son ratificadas por el todopoderoso, pero al no poder librarse de su cruz, realmente no habrá podido ocultar su enorme desilusión, cambiada ya en una protesta amarga, culminada en un desesperante grito: «Eloy, Eloy Lamma Sabaktani» — «¡Pero Dios mío! ¡Dios mió! ¿Por qué me abandonaste?»

Este tan esperado auxilio celestial —denegado para el hijo— era un difícilmente perdonable error del padre-Dios, porque el silencio celestial permitía luego a Celso embestir hasta a los apologetas de Joshua con sus filosos dilemas y la burla de los judíos y el escarnio de los romanos...

Cecilio, uno de los tantos integrantes de la ya decadente aristocracia romana, pregunta no sin agria ironía: «¿Con qué derecho se burlaban los cristianos de nuestros dioses, llamándoles impotentes? ¿Acaso el Dios supremo de ellos ha vengado a su hijo crucificado? (528)

Los argumentos de Celso son muy agudos y su lectura no es recomendable para aquellos que no se sienten muy firmes en las cuestiones de la fe... El argumento que sostiene que «hay que tener fe para entender» es la conversión ontológica del precepto lógico que acertadamente reza: «Primero hay que entender para poder creer»...

A veces la vida nos presenta situaciones en las que tenemos que armarnos con el valor de querer y poder pronunciar la verdad, sin preocuparnos siquiera por las no siempre positivas e ingratas reacciones. (529)

Qu. Caecilius embiste con su filoso dilema «Vuestro Dios no socorre a Vosotros y no lo hace, porque no quiere o no puede ayudarlos ... Si no quiere, entonces él es injusto y si no puede, además de que es impotente, desde luego no puede ser Dios». (530)

¿Para qué combaten Uds. cristianos tanto a nuestros dioses, si según vuestra opinión ni siquiera existieron? Si existieron, entonces fueron y son más antiguos que vuestro recién nacido Dios Joshua. Y si no existieron, entonces ¿para qué atacarlos? Realmente un tertium non datur.

Los apologetas de los antiguos dioses grecorromanos adquirían sus filosos dilemas en las mejores escuelas de la retórica y dialéctica helénica, conducidos por Molon en la isla de Rhodas y por Possidonio, el ilustre Maestro de Pompeyo el grande...

Los apologetas, egresados de estas escuelas, contaban con las filosas armas de la lógica y dialéctica y sus defensas resultaron ser además de acertadas, también muy agrias, porque los brazos y las manos que empuñaron sus plumas, escribieron con la tinta negra del orgullo nacional, del odio y del deseo de vengarse...

Stabat mater..?

«STABAT MATER DOLOROSA»... un himno conmovedor; lo lamentable es que carece de la realidad, porque su madre estaba durante esos días en Nazaret, unos 125 kilómetros lejos de Jerusalén...

Entre aquellos que en estas tan trágicas horas de nuestro profeta estaban presentes y lo acompañaron hasta el Gólgotha — además de sus oponentes y demás enemigos, fueron aquellos muy dolientes que lo amaron y veneraron...

Por su ausencia brillaron sus desilusionados y muy acobardados discípulos, incluyendo a Juan, su alumno más dilecto, que en su propio evangelio pretende insistir con su presencia, inventando una «delegación», en que el sufrido crucificado confía el cuidado de su madre «presente» a él. Ni él ni la madre de Joshua estuvieron presentes. Él fue cobarde y se fugó como los demás. Y la madre quedó en Nazaret, a unos 125 km de distancia de Hierosolima, ignorando todo lo que había ocurrido acerca de su hijo.

Un gran número de mujeres (Lu. 8/1) estaba presente contemplando los tristes acontecimientos desde una cierta distancia... no en balde dijo un sabio romano que si un hombre tuviera el valor de una simple mujer, pudiera considerarse un héroe, porque el sexo débil cuenta con un valor extraordinario...

Entre sus más íntimos que lo acompañaron hasta el Gólgotha estaban las dos Marías. María de Magdala, María, la madre de Santiago y José y Salomé, la esposa del pescador Zebedeo. (Mt. 27/55) Lucas, el médico griego y evangelista, al no tener la seguridad acerca de la veracidad de la fuente, se limitó a recordar que se congregó allí un gran número de mujeres —no de Galilea, sino de Jerusalén— todos envueltas en desconsolados llantos y bañadas en lágrimas. (Lu. 23/27)

No estaban presentes sus familiares — por dos causas más que claras:

Joshua, que vivía en su celibato tipo essenita, hacía tiempo que dejó de convivir con su numerosa familia en Nazaret; fijó su residencia en la ciudad de Cafarnaum casi desde el momento en que comenzó a predicar su programa misionario. (Mt. 4/12) Tenía su primer gran conflicto con su propia familia, los cuales —como gente sencilla e iliteratos— no lo entendieron y llegaron hasta tal extremo, que un día lo quisieron atrapar y atar como totalmente loco. (Mr. 3/21) Desde este momento la paz familiar quedó rota y el profeta se alejó de su propia familia, porque los consideraba enemigos (Mt. 10/36), hasta el punto de negar el parentesco con ellos... Solo así podía ocurrir que en una oportunidad, cuando le anunciaron que su madre y sus hermanos vinieron a verlo, él se negó a recibirlos y extendiendo sus manos hacia a sus discípulos, les dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos». (Mt. 12/48) Por eso, insistimos, está justificada la ausencia de sus familiares en estos días tan trágicos.

Independiente de la enemistad que existía entre el profeta y su madre y sus hermanos, la piedad más sagrada —un postulado de la naturaleza humana— impide contemplar la ejecución de un familiar..., y esta regla es vigente en máximo grado para una madre, que no puede admitir contemplar cómo le quitan a su hijo, a lo que ella le dio un día: la vida.

Por esta misma razón, coincidiendo con los restantes evangelistas (Mt. = Mr. = Luc.), estamos convencidos de que la madre de Joshua no estaba presente en el Gólgotha. Para insistir por lo menos indirectamente en la presencia de ella, el autor del cuarto evangelio inventó una delegación —desde luego jamás realizada— por causa de la ausencia de ambos: madre y discípulo. (Ju. 19/35)

Por otras dos causas más la madre de Joshua no podía estar presente en la ejecución de su hijo.

Una era el peculiar carácter de las fiestas de Pascua de los asimos (Peaj), que se celebra desde el día 15 de Nisán (marzo/abril); una fiesta típicamente familiar, en cuya ante-vigilia se congrega toda la familia a fin de buscar minuciosamente todo lo leudado, incluso las migajas más pequeñas, que luego queman y aventan.

Es una fiesta que no admite peregrinar y emprender un largo viaje hacia Jerusalén.

Otro elemento importante, que impedía un viaje hacia la lejana ciudad, era el clima. Durante la época de marzo/abril —por lo menos en esos tiempos— aparecían temporales, nevadas y ventiscas gélidas en Galilea. Un viaje de alrededor de 125 km —a lomo de burro— hubiera significado por lo menos dos días de odisea por el valle del río Jordán; semejante excursión no era recomendable para una mujer cincuentona, que en esos antiguos tiempos ya estaban marchitadas, envejecidas y casi ancianas.

Ni la piedad humana, ni el carácter de las fiestas de Pesaj, ni el estado climático reinante en esos meses, ni la considerable distancia que separaba Hierosolima de Galilea pueden ratificar la pretendida presencia de la madre de Joshua en el Gólgotha.

Ni siquiera una pretendida invocación «Madre, es tu hijo» «Hijo, es tu madre» puede ser justificada. La madre de Joshua vivía con sus cuatro hijos Jacobo, Simón, Josef, Judas y varias hijas en plena paz familiar en su aldea de Nazaret.

No existía ninguna causa para confiar su cuidado a una persona extraña, aunque fuera un discípulo.

Ni la madre, ni el discípulo estaban presentes. Ella se quedó en Galilea. Y él estaba en cualquier lugar, pero no en el Gólgotha.

Sus últimas palabras...

El martirizado Joshua, pendiendo sobre la cruz, seguía dejando mensajes que merecen ser analizados.

Este hombre, que durante toda su vida —inspirado con la santidad de un monje essenita e impregnado por el estoicismo griego— pregonaba y recomendaba amar hasta al propio enemigo, quedó fiel y leal a sus doctrinas al dirigirse a su padre celestial: «Padre. Perdónalos. Porque no saben estos, que es lo que hacen ahora conmigo». (Lu. 23/34)

Al escuchar el pedido de uno de los crucificados: «Joshua. Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» le contestó: «En verdad te digo que HOY mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lu. 23/34)

Los errores —como la sombra— nos acompañan hasta la mismísima muerte... Ni Joshua podía cumplir con su palabra dada, porque si hubiera muerto sobre la cruz, primero tenía que descender por tres largos días al infierno. Además, como veremos más adelante, su muerte ha sido postergada, y de esa manera su promesa «HOY estarás conmigo en el paraíso» tenía que ser postergada también, por no decir que quedó incumplida.

Joshua era un hombre y errare humanum est, usque ad mortem.

Fidedignos son los relatos de los evangelistas (Mt., Mr.) que nos dicen que las últimas palabras de Joshua fueron una protesta amarga, surgida de una profunda desilusión: «Eloy Eloy Lamma sabaktani» — «Dios mío, Dios mío ¿Por qué me abandonaste?» (Mt. 27/46 + Mr. 15/35)

No era este grito un llamado hacia el profeta Elijah, para que viniera a liberarlo. Era la protesta de un hombre que presintió una inevitable muerte; ante sus ojos comenzaron a correr los momentos de su vida entera, y tenía que darse cuenta de que todo era una ilusión como la policromática pompa de jabón que bailotea; estaba ya por reventar, dejando detrás suyo una muy dolorida desilusión...

Su pretendida muerte se puede interpretar de mil maneras posibles para satisfacer postulados teológicos a la paulina (ad Korinth. I. 15/12), pero la muerte, que a todos los seres vivientes hace absolutamente iguales, no admite especulaciones teológicas al consumo popular, tan variable como son los siglos. La muerte es simple y soberana como el milagro del nacimiento, y el hombre que tuvo la desgracia de nacer, un día va tener la suerte de morir.

Joshua —como un postulado inexorable de la teología egipcia— tenía que morir, pues era la condición sine qua non para poder luego resucitar, como lo hizo Osiris... Hasta la naturaleza muere durante el invierno, pero en la primavera resucita, se viste de mil colores y envueltos en mil fragancias pregona la resurrección de la vida que jamás muere, porque la misma muerte es solo un largo sueño que termina siempre en un despertar.

La muerte, que no llegó...

LA MUERTE, QUE NO HA LLEGADO... Morir sobre una cruz —según la opinión de M. T. Cicerón— era el medio más atroz y horrible, porque la finalidad de emplear este medio de ejecución era que la muerte llegara muy lentamente a los ajusticiados...

Los infelices esclavos (siervos) fueron crucificados unos 71 años antes de que Joshua hubiera llegado a esta tierra. Licinio Crasso mandó a la cruz a unos 6000 sublevados siervos del derrotado ejército de Spartacus, colocando sus cruces al lado del camino que unía la ciudad de Capua con la Ciudad de Roma...

El ardiente sol asaba a estos infelices, luego las lluvias calmaron algo sus heridas, sin calmar su ya insoportable sed; fueron incesantemente atormentados por miles de moscas, que les anunciaban con sus malditos zumbidos que dentro de pocos días estarían a merced de ellas, quienes sembrarán en sus cuerpos muertos de nuevo la vida por medio de los gusanos...

Nos llama la atención que todo esto se lo hicieron a Joshua precisamente durante los días de la tan sagrada pascua judía, cuando les sobraba tiempo antes y después para organizar su macabro juicio. ¿Por qué razón programaron su crucifixión para el día previo de Sabbath de pascua, no obstante que sabían que ningún cuerpo podía estar sobre la cruz en este día? Esta cuestión sabrán seguramente contestar los rabinos y exégetas del Talmud de Jerusalén.

Los tres crucificados —según lo reglamentado por el derecho penal romano— fueron atados a la cruz y no clavados. No les habría podido causar ninguna clase de congestión pulmonar, ni una insoportable deshidratación durante el llamativamente reducido tiempo que quedaron sobre la cruz, y menos todavía —en el caso de Joshua— un infarto a causa de un disgusto por la «pretendida traición de uno de sus discípulos», o más bien por el dolor de ver que todos lo abandonaron buscando su propia salvación en la fuga.

La citada causa de un pretendido infarto es el clásico ejemplo de la estupidez humana, que escudándose detrás de un título profesional de cuestionable calidad, sostiene una muerte imprescindible para la teología cristiana.

Para que el lector tenga la oportunidad de sacar sus propias conclusiones, presentaremos a continuación el texto íntegro de un informe periodístico:

    Se sostiene que Cristo murió en la cruz por haber sufrido un infarto. Turin, Italia (EFE). Jesu-Cristo murió de infarto como culminación de una afección cardíaca, que ha revelado sus primeros síntomas con la traición de Judas y esto le había causado un espasmo vascular coronario.

    Las revelaciones fueron hechas por el médico-misionero Giuseppe Toscano durante una conferencia, brindada en la fundación de Carlos Erba.

    Según el médico-sacerdote Toscano, la mancha de sangre que presenta el sudario, a la altura del corazón de Jesucristo, es un testimonio irrefutable de que la muerte del salvador se produjo como consecuencia de un infarto.

    El misionero-médico sostiene que la traición de Judas sumió a Jesucristo en un profundo estado de angustia con un posterior espasmo, que al ocurrir en la cruz sufrió dolores muy agudos, que culminaron en una hemorragia que invadió el pericardio.

    También afirma que «...cuando la lanza del soldado penetró en el costado de Jesús, brotó un chorro de sangre de su corazón, lo que no sucedió habitualmente en los que morían en la cruz, que quedaban exangües ???()

    Como conclusión, el misionero italiano destaca «...que el santo sudario con su vasta mancha de sangre a nivel del corazón revela indiscutiblemente que Jesucristo murió por infarto»...

Hasta allí el artículo con su pintoresco relato en el cual, al insistir acerca de una afección cardíaca previa, el buen sacerdote-médico que —sin darse cuenta— se proclama un «nestoriano» y por su evidente herejía tendría que arreglarse luego con el Vaticano.

Referente a su diagnosis hecha en base al «Santo Sudario», tenemos que llamar su atención; el sudario dejó de ser santo cuando el carbono 14 demostró que ha sido confeccionado unos catorce siglos después de que Joshua ha sido liberado de la cruz y de esa manera su teoría del infarto, apoyada por el sudario, cayó en el vacío junto con su pretendida causa. La traición de Judas es otro mito, pues ¿quién no conocía a Joshua en Hierosolima? No había necesidad de señalarlo. De esa manera la teoría del médico-sacerdote, que pretendía ser irrefutable, quedó refutada; el resto de su diagnóstico quedará a cargo de los cardiólogos y forenses...

Joshua al expresar que tenía sed, en vez de darle vinagre por medio de una esponja, unos asistentes vestidos de blanco le dieron belladona, porque apenas pronunciaba «Padre, en tus manos recomiendo mi alma» o «Consummatus est», según algunos expiró, pero en realidad cayó solo desmayado como un lipotímico; gracias a la íntima amistad y también «algo más» que la amistad de José Arimatea tenía con Pilatus, Joshua pudo ser liberado de la cruz.

El resto quedó a cargo de los asistentes ángeles, vestidos de blanco, los cuales en realidad fueron unos essenios, hábiles médicos curanderos que se encargaron de rehabilitarlo. Lo lograron y por ello el que no murió, tampoco tenía que ser enterrado, sino solo algunos vestidos que hallaron en su tumba después de que Joshua «resucitó».

Oficialmente Joshua tenía que morir, pues precisamente su muerte tenía que ser la roca, sobre la cual el fariseo —convertido en apóstol— habría de edificar la dogma del posterior cristianismo. (I. Korinth. 15/3)

El silogismo invertido de Pablo habla con olímpica claridad: indefectiblemente Joshua tenía que morir con la sola finalidad de poder resucitar. Solo una resurrección puede ratificar la inmortalidad y no solo del alma, sino también del cuerpo; una doctrina hasta ahora inaudita, atrevida y nueva, porque hasta ahora lo que la primitiva teología admitía era únicamente la posibilidad de que el alma, liberada de un cuerpo muerto, puede penetrar en un cuerpo ajeno, como era el caso del profeta ELIJAH, cuya alma penetró en el cuerpo vivo y agitado del essenio, Juan el Bautista. (Mt. 11/14)

Por todas estas razones Joshua tenía que —por lo menos oficialmente— morir y para despejar cualquier duda acerca de su «segura» muerte, Juan, el único evangelista convencido acerca de la veracidad de lo sostenido por otro desconocido —ya que él al no estar presente, no vio nada de lo que relata— nos dice que a Joshua no le rompieron el fémur, porque ya «estaba muerto» y por ello un soldado le hirió con su lanza y al instante salió sangre y agua. (Ju. 19/34) Una hemorragia puede tener solo un ser vivo, un cadáver jamás sangra. Por lo menos Juan dijo que Joshua venció la muerte. (Ju. 19/34)

El evangelista Juan dijo: «Aquel que vio todo esto hizo el testimonio acerca de la verdad de lo dicho». Este testimonio de un desconocido demuestra claramente no solo su ausencia en estos momentos trágicos, sino que hace insostenible su relato acerca de la delegación con que Joshua le confiaba el cuidado de su madre. (Ju. 19/35)

Durante siglos y siglos siguieron las correcciones e interpolaciones en los primitivos evangelios... De allí vienen los errores, contradicciones y relatos equivocados... hasta mencionar sangre y agua juntos, refutando toda teoría acerca de la «hemolisis». Pero ¿qué sabían estos iliteratos acerca de las ciencias de la hematología?

Aquel que nos cuenta que un soldado hirió con su lanza al ya «muerto», no estaba presente y desde luego tomó su relato de segunda mano, olvidando que un soldado romano jamás hirió a un cadáver, porque para un romano éste era una res religiosa.

Joshua no murió en la cruz... ni siquiera en Palestina, como lo trataremos más adelante.. (531)

Para seguir con su vida, tenía que ser bajado de su leño y de esta tarea se encargó José de Arimatea, un integrante del Sanhedrin Grande, que desde el principio estaba convencido acerca de la inocencia de Joshua perseguido por sus pares.

Era una persona importante y amigo del procurador romano y podía permitirse el lujo de pedir el cuerpo del «ejecutado» unas tres horas después de la crucifixión. Pilatus, al escuchar el relato del ejecutor centurión que Joshua ya había expirado, dio su beneplácito a su «entierro»...

¿Por qué razón el centurión ratificó ante el prefecto romano la muerte de Joshua? Es un secreto que José de Arimatea y el centurión, encargado de la ejecución, llevaron a la tumba...

Después de que un gran bulto de telas —que parecía un cuerpo totalmente vendado— ha sido depositado en la tumba, aparecieron ante su entrada unos guardias romanos, pagados a posteriori para mantener su silencio (Mt. 28/13)... porque llevaban a la tumba en la gran oscuridad reinante solamente un montón de telas, que aparentaban como un cadáver envuelto en lienzos..., pues efectivamente después de haber «resucitado», hallaron solo las telas y el que «resucitaba», un joven essenio, no era reconocido ni por los más íntimos discípulos de Joshua..., porque no era él sino un sustituto con por lo menos diferente semblante (in alia effigie) y hasta totalmente distinta voz...

Es una cuestión más que espinosa y lo trataremos con mayor profundidad en el capítulo, que se ocupara con este problema...

Fenómenos...

FENÓMENOS... Para subrayar mejor la importancia de la «teología pauliana» de una segura muerte de Joshua, el auxiliar y asistente médico griego de Pablo, Lucas, que jamás vio a nuestro profeta, copia fielmente lo relatado por Mateo, diciendo que cuando el crucificado gritaba de nuevo con voz fuerte, en este momento murió; inmediatamente la cortina del templo se partió en dos, de arriba abajo —las rocas se partieron— los sepulcros se abrieron y resucitaron varias personas santas que durmieron... Saliendo de sus sepulcros llegaron hasta la santa ciudad de Hierosolima y aparecieron a muchos»... (Mt. 27/50-54)

La rotura de la cortina del templo no podía ser vista por aquellos que lo relatan, por no haber tenido acceso a este lugar.

Lucas —que no conocía a nuestro profeta y que se enteró solo de segunda mano de lo ocurrido acerca de su crucifixión— nos hace saber que también había una oscuridad reinante durante tres largas horas, un fenómeno que por causa de acumulación y turbulencias excesivas de nubes tormentosas suele repetirse también en nuestro presente, pero lo problemático es la resurrección de muchos muertos que —saliendo de sus tumbas— se van a la ciudad presentándose —nos imaginamos— ante sus propios parientes... resucitados antes que Joshua. (Mt. 27/52)

Este relato del evangelista Mateo impugna lo sostenido por Pablo, que en su apología presentada ante el rey Agripa II, sostuvo que «Christus si PRIMUS ex resurrectione mortuorum»... = Cristus será el PRIMERO en resucitar de entre los muertos... (Act. 26/23)

Quién entre los dos tendrá mayor autoridad de impugnar al otro, Mateo a Pablo o viceversa, este problema quedará por resolver a los respectivos teólogos, entre los cuales no faltó uno que —para quedar bien con ambos relatos— intentó resolver la controversia con una decisión salomónica, sosteniendo que los resucitados en esta oportunidad en realidad no tenían cuerpo, sino fueron solamente sombras que —dejando luego detrás también su sombra— pasaron directamente al cielo... Una hermenéutica digna de ser aplaudida, pero dentro de un teatro.

La historia tiene la costumbre de repetirse, pues semejantes fenómenos ocurrieron no solo en los momentos en que estaba naciendo un futuro rey —que se destacará luego por su grandeza humana— sino también en caso de su deceso...

Suetonio nos comenta que al morir Julio César, fue elevado inmediatamente al rango de los dioses y esta teificación no era solamente producto de un decreto, sino también un espontáneo postulado del unánime sentimiento del pueblo, que estaba persuadido acerca de su divinidad. No sin causa los judíos en Roma velaron durante muchas noches junto a las cenizas...

Dícese que en esta oportunidad apareció también un cometa con una larga cola que se alzó a la hora undécima y brilló durante siete días consecutivos.

La gente estaba convencida de que este cometa era el alma de César, y por ello, en adelante lo representaban con una estrella sobre su cabeza. (532)

EL FACTOR CUANDO: El infinito tiempo, que corre sin detenerse ni para un momento, parece detenerse solo ante grandes acontecimientos.

Y de esa manera sabemos que el día en que el fundador del posterior cristianismo tenía la triple obligación de morir sobre una cruz para cumplir con los postulados del Sanhedrin judío —nolens volens del procurador romano y de la posterior teología cristiana— según los cálculos del entonces obispo San Agustín de Hippona en la cercanía de Karthago habrá sido el día 21 del mes de Nisán, en que Judea festejaba su pascua de acimo, el último día ante el santísimo Sabbath de pascua.

Ese día a su vez correspondía en Roma al año 782, contando desde la fundación de Roma y habrá sido el día VII de Kalendas de abril (= 25 de marzo) durante el décimo quinto año del reinado del emperador Tiberio, que corresponde al año 29 p.cr.n., cuando fueron cónsules los hermanos C. Fufio Gemino y L. Rubelio Gemino. (533)

La insobornable historia nos enseña que el pueblo de Judea casi nunca estaba conforme con sus reyes de origen ni siquiera siempre judío, ni estos con sus siempre rebeldes súbditos. El lento fuego cubierto de cenizas estaba constantemente a la espera de un momento oportuno para trocarse en llamas gigantes. (534)

El siempre sufrido pueblo esperaba la llegada de un Mesías, que les pudiera liberar de los dos implacables enemigos: el invasor romano y los estragos del hambre, que suelen ser seguidos por las pestes.

En realidad esperaban un super-hombre que les pudiera devolver la libertad, pisoteada por unos advenedizos que dijeron ser romanos.

Durante su historia en el primer siglo no les faltaban valientes, pero todos fueron vencidos y ahora, que les apareció un hombre débil, sin espada, que solo amenazaba con doce legiones de ángeles en vez de liberar a su pueblo afligido, con sus censuras y reformas comenzó a taladrar la nave en que estaba navegando un pueblo entero... Los responsables conductores de la teocracia judía realmente no podían permitir que por culpa de un solo hombre se hundiera una nación entera..., y tenían o no una razón justificable para prevenir un mayor mal con un ardid político, lo mandaron a la cruz...

La venganza es propia del ser humano. Joshua, el martirizado, prometió a sus propios correligionarios devolver un día todo con creces (Lu. 21/22 + 23/38) y su promesa se cumplió, aunque para esto demoró unos bimilenios... Por los pecados de nuestros antepasados tenemos que sufrir nosotros, hijos del presente... Hasta Dios resultó ser injusto en permitir el sacrificio del tipo Holocausto.

Por las ominosas causas Joshua tenía la impostergable obligación de morir sobre la cruz, porque sin la muerte no hay resurrección.

Si no murió, entonces la torre se Babel se vendría abajo. Entonces hay que insistir y trocar el mito en una inimpugnable realidad.

Solo de esta única manera pueden pregonar sus seguidores la tan clásica «Antanaclasis», que diría:

Joshua emit morte inmortalitatem

Por medio de la cruz Joshua conquistó la inmortalidad

Osiris descendió de los cielos para ver los infiernos...

«DESCENDIT AD INFEROS» reza el doble credo cristiano (535), copiando fielmente una de las doctrinas de la milenaria teología egipcia...

Pero no había tal descenso hacia a los infiernos, que los confundidos padres —por causa de una expresion del apostol Pedro (Act. 2/31)— decidieron incluir en el credo sin darse cuenta de que estas ominosas tres palabras «...descendit ad inferos» en realidad resultaron ser una indiscutible copia de la más antigua teología «osírica» egipcia, en virtud de la cual también el Dios Sol Osiris tuvo que descender al infierno para que fuera asesinado allí anualmente por su propio hermano SET y para que tuviera luego la oportunidad de resucitarse de nuevo..., y con el inmediato «creciente» del adormecido Nilo, fecundando los campos sedientos..., traía con la doble cosecha la redención a su atribulado y hambriento pueblo.

No había un descenso al infierno, porque el tantas veces citado fuego eterno estaba en GI HENNA, en la cercanía de los muros de Hierosolima...

No había tal descenso a los infiernos y esta errada inclusión en el credo la refutó Joshua mismo, porque yendo sobre la cruz al escuchar el ruego de uno de los crucifigados, le dijo: «Amen dico Tibi, hodie mecum eris in paradiso» — «Tengas la seguridad de que HOY estarás conmigo en el paraíso». (Luc. 23/42)

No había tal descenso, porque Joshua no murió en la cruz. Descendió de la cruz sin perder su vida.

Cuestión acerca de la resurrección

Tranquilizaos, oh Mystos
Vuestro Dios ha resucitado
Sus penas, sus sufrimientos
aseguran vuestra salvación...
Julius Firmicus Maternus: De Errore XVIII.
Ritual del Dios Mitra

Celso niega la resurrección
de Joshua
Celso:
Orígenes VII. 52

JOSHUA, el hombre, ha sido predestinado por los profetas para sufrir una humillante muerte y... las profecías no admiten ninguna clase de excepción. Lo previsto por los siempre ambiguos vaticinios tiene que ser cumplido..., ut adimpleretur..., porque los hechos del presente tienen la obligación de acomodarse y adaptarse a los siempre inciertos y oscuros presagios del pasado.

«Dios ha muerto» dijeron algunos soldados romanos que hacía unas horas antes lo azotaron sin la mínima misericordia. «Dios ha muerto», le repetía estas mismas palabras un rosario de siglos después el insigne y loco filósofo alemán Nietzsche.

Sin embargo, después de su tan discutida muerte y todavía más dudosa resurrección (536) —gracias al genial fariseo Pablo— la fama y el nombre de Joshua comenzó su entrada triunfal en las celosamente cuidadas y reservadas páginas de la historia... Con un puñado de sus antes cobardes discípulos, que buscaron su salvación en una desesperada fuga —reforzados ahora con el auxilio del genio de la escuela de Tarsos— comenzó a crecer la bolita de nieve de esta nueva religión, un brote del puro judaísmo, y rápidamente se trocó en un alud arrollador que —barriendo todo lo que antes era sagrado— enterró el politeísmo en su mundo antiguo, creando otro, inaugurando de esa manera una nueva época en la historia de nuestro mundo.

Joshua tenía que morir para poder resucitar, porque sin Cristo resucitado sería vana toda nuestra enseñanza, le dijo el apóstol convertido (Paul I. Corinth. 15/14) y al resucitar de la muerte ÉL será el primero. (Act. 26/23)

Este hombre sabio de la escuela de Tarsos, y en el fondo de su alma por parecer siempre un leal fariseo, no estaba dispuesto a reconocer los casos del resucitado Lazar ni otros semejantes milagros del maestro, ni siquiera lo que el ex aduanero Mateo pregonaba en su evangelio, que al «morir» Joshua se abrieron las sepulturas de los muertos, que resucitaron y aún sin salir de sus tumbas después de la «oficial» resurrección de nuestro profeta, entraron en la ciudad presentándose ante muchos. Lo hicieron así seguramente para no refutar al apóstol, que en la posibilidad de la resurrección daba la prioridad a Joshua. (Mt. 27/5/3)

Joshua tenía que resucitar para justificar la legalidad de una piedra fundamental de la nueva religión... Pero uno puede también «resucitar» de un desmayo, y estamos convencidos de que nuestro profeta felizmente no murió sobre la cruz, frustrando de esa manera el cumplimiento de una condena injusta: el deseo del Sanhedrin y el postulado insensato de una teología egipcia, que preveía la muerte de Osiris para poder luego resucitar junto con su hijo Horos, repitiendo esto anualmente.

Los fenómenos naturales, una tormenta por desatarse con su oscuridad impresionante irrumpió en este teatro de un patíbulo nefasto... La lluvia torrencial enmudecía a la gente con sus agrias burlas, los cuales —aterrados por el concomitante terremoto— buscaron su salvación en una desesperada fuga...

Los únicos que quedaron fueron algunos amigos del maestro —fieles «hasta la muerte»— Joseph de Arimatea, un respetado integrante del Sanhedrin, además Nicodemo, que tanto admiraba al maestro y algunos jóvenes essenios, vestidos de alba (blanco), entre los cuales uno le dio al sufrido y sediento Joshua una última bebida «bien preparada».

Es necesario recordar al lector que los essenios fueron también destacados médicos, que conocían los secretos más íntimos de esta tan compleja ciencia y los secretos de los adeptos egipcios, que les permitía poner el cuerpo por medio de una bebida en un estado cataléptico, que un lego difícilmente pudiera diferenciar de un difunto.

El evangelio de Juan nos relata que Joshua —al recibir esta última bebida— la primera que él aceptó, seguidamente dijo: «Consummatum est» y cayó en un estado como si estuviera muerto..

Sin embargo no murió, porque nadie muere sobre la cruz en unas pocas tres horas, sino recién algunos días después, porque semejante condena tenía precisamente la finalidad de demorar excesivamente la llegada de la muerte...

Un essenio vino a la cruz para brindar su auxilio a otro essenio crucificado, porque aunque esto sorprenderá quizás a muchos, a nosotros sin embargo no nos cabe la menor duda de que Joshua era uno de los tantos miles, perteneciente a esta secta, que vivían dispersos en toda Palestina; misioneros por medio de la ejemplar vida que llevaron, que recibieron las indicaciones directamente de parte del Pater Patratus, que dirigía también la vida monacal de los demás integrantes, que entre sus más variados quehaceres se dedicaron también a escribir las doctrinas de su propia y muy peculiar teología, conservándolos en unas ánforas y tinajas, productos de su propia alfarería...

Ánforas cubiertas de cuero que fueron descubiertos en el desierto un rosario de siglos después... La naturaleza jamás esconde los secretos confiados, además no podemos olvidar que la casualidad es hermana de la causalidad.

Durante esta tormenta, terremoto y gran oscuridad «desataron» a Joshua de la cruz; ha sido puesto en una sábana, que no era la que conservan en la ciudad de Torino, manchando esta tela con «su sangre coagulada», con abundante «sudor en que estaba empapado»...

Aprovechando la reinante oscuridad y confusión que sembró el pánico entre la gente, ha sido llevado a un lugar —obviamente no revelado por los escritos canónicos— para que fuera curado de sus heridas; escapando de esa manera de una lenta muerte a la que Joshua logró sobrevivir sin poder cumplir con su promesa dada a uno de los crucificados que le suplicaba... (Luc. 23/43)

Casi al mismo tiempo cumplieron también religiosamente con las ceremonias de un fingido entierro, llevando un montón de telas, paños abultados que parecían ser un cadáver envuelto en sus largos lienzos, y lo depositaron en la cueva, cerrando luego la apertura con una piedra. La guardia le dio la prefectura romana; ellos saben por que razón no le tomaron muy en serio su oficio de impedir que «el cuerpo» no fuera hurtado por nadie. Recibieron de parte del Sanhedrin todavía unas pingües prebendas y la promesa de que serán exculpados ante sus superiores. (Mt. 28/13)

Al otro día a la mañana apareció María Magdala ante la tumba, que ya estaba abierta y sin guardias; solo dos o tres jóvenes, vestidos en alba, le comunicaron que aquel a quien ella buscaba ya había resucitado. Y no obstante que uno, a quien ella consideraba como el jardinero, se presentó como Joshua; María no lo reconoció porque tenía otro semblante y figura... Ni éste, que pretendía ser Joshua, permitió ser tocado, diciendo: «NOLI ME TANGERE».

No era Joshua, sino uno de los jóvenes essenios, parecidos a unos «ángeles», los que le auxiliaron después de que lo desataron de la cruz. Tampoco fueron sus acobardados discípulos, que se fugaron miserablemente, sino sus correligionarios essenios, que tomaron muy en serio uno de sus preceptos, que rezaba:

«Ginou pistos akhri thanatou»

«Sé leal a tu ser querido hasta la muerte»

Los romanos, al enterarse de que el ajusticiado desapareció de su tumba, donde hallaron solo un montón de telas y paños abandonados, no se sorprendieron mucho por la noticia, porque para ellos la resurrección era una cosa casi natural y más que conocida...

Ellos recordaron el caso de ACYLIO AVIOLA, que regresó a la vida cuando las amarillas llamas de la pira envolvían casi ya íntegramente su cuerpo inerme. (537) Conocían también el caso de Erys de Pamphilia, que al caer muerto en una batalla, estuvo tendido durante diez días, muerto entre los demás cadáveres... Al ser recogido para su entierro y cremación, le regresó también la vida, que hacia tiempo que le había abandonado y luego comentó a todo el mundo lo que el había visto y experimentado en el más allá... (538)

Joshua no podía ni debía ser una excepción, porque todos los fundadores de las grandes religiones indefectiblemente tenían que morir con la única y exclusiva finalidad de poder resucitar luego. Sin la muerte no hay resurrección y sin la resurrección no hay ningún otro elemento para adquirir la «credibilidad». Sin la credibilidad no habrá creyentes e indefectiblemente desaparecerá cualquier religión.

Por ello tenía que morir también Dionisios (539), también Osiris en Egipto y Baal Marduk en Babilonia. Este último también fue apresado, condenado a la muerte, azotado y ajusticiado. Al morir, también como en el credo cristiano, Baal Marduk tenía que descender a los infiernos para salvar allí a los injustamente sufridos y luego tenía que resucitar. Al cristianismo nunca le faltaron modelos para adaptarse, ni para absorber una idea a fin de hacerla renacer... En este proceso se repite la historia de la Mariquita con la avispa. Natura docet homines.

Los integrantes del Sanhedrin estaban convencidos de que el indeseable profeta murió y que su cuerpo había sido hurtado por sus propios discípulos; por ello dieron a los guardias prebendas, para que transmitan semejante mentira. (Mt. 28/11-15) Pero acerca de una resurrección no solo Celso, sino también el «Platón judío», Philo de Alejandría, expresó su seria duda diciendo: «Nadie, absolutamente nadie puede ser mortal y al mismo tiempo inmortal». (540) Un difícilmente refutable argumento.

Quizás Philo nos quería decir que los únicos que realmente son inmortales, son los productos del alma —el infinito tiempo y la tierra— y si los dejaran realmente en paz, nuestros blancos huesos, escondidos en la madre tierra.

En la ciudad de Torino la iglesia cristiana guardaba celosamente un largo paño (4,36/1,10) tejido en lino con la técnica empleada de «tres a uno» de color gris con tendencia hacia al amarillo, que parece representar el semblante de nuestro profeta, como si su imagen hubiera sido impregnada por la técnica (TV y Láser) momentáneamente aplicada. Dícese que las manchas rojizas tienen origen de sangre del grupo AB del tipo receptor universal y hallaron también copiosos manchas del sudor —amoníaco— lo que significaría que en esta tela ha sido puesto un hombre vivo... pero este hombre no era Joshua por dos causas principales: primero porque este hombre era del grupo sanguíneo de la clase AB, es decir habrá sido un «receptor universal», mientras suponemos que la sangre de Joshua habrá pertenecido al grupo «0» como «dador universal». Solo este grupo de sangre podía ser ofrecido para tomar o beber, para salvar a la gente. (Ju. 6/55) Joshua era dador, no receptor (Salvatori oportet et magis decet Dadorem esse).

Luego este hombre, puesto vivo todavía en esta tela, tampoco habría podido ser Joshua, pues gracias al carbón 14 hoy sabemos que esta tela ha sido tejida unos trece siglos después de la crucifixión del redentor de los cristianos, Joshua. Por ello, lo único y lo mejor que la Iglesia puede y hasta debiera hacer —y lo más pronto posible— es dar de baja a esta tela para evitar una veneración «sine causa».

Como el Sanhedrin presentía que en la cavidad había sido enterrado solo una cantidad de telas que parecían cubrir un cuerpo, hablaron ya con cierta anticipación acerca de un cuerpo «hurtado», que en realidad había sido salvado con vida por unos essenios, hermanos de Joshua, y aquel resucitado al día siguiente, Sabbath bien temprano a la mañana, no era Joshua, sino un joven essenio, que con su vestido blanco aparentaba ser un ángel con estatura y semblante completamente diferente. Intentaba aparecer ante María de Magdala como si fuese Joshua resucitado, sin embargo con su «noli me tangere» —«No me toques»— no le permitía a la mujer acercarse con demasiada intimidad. Este alterego de Joshua, que tenía la misión reemplazar al maestro cucificado, tampoco fue reconocido más adelante por los desilusionados y fugados discípulos, como lo veremos en el capítulo siguiente.

Epiphania

EPIFANÍA DE JOSHUA: Los respectivos relatos de los evangelistas nos comentan que unas fieles mujeres, al día que sigue al Sabbath, bien temprano al salir el sol salieron desde sus casas a fin de comprar unos ungüentos aromáticos y luego fueron a la bóveda para untar el cuerpo de Joshua, supuestamente allí depositado.

Un relato poco y nada verosímil. Al llegar a la bóveda en semioscuridad todavía, hallaron el lugar sin guardias, la cripta abierta y adentro un joven, vestido de blanco, sentando sobre una piedra, quien les ha anunciado que el Joshua de Nazaret ya no está, pues ha resucitado y está yendo hacia Galilea.

Las tres mujeres, invadidas por un terror mezclado con la incredulidad y alegría, fueron del lugar, callando acerca de lo oído y ocurrido ese día tan temprano. (Mr. 16/8)

Con el introito de este acontecimiento comenzaba una discreta serie de apariciones, en que el supuestamente resucitado Joshua se presentó ante unos pocos amigos y discípulos...

Primero se acercó a María de Magdala mientras ella estaba todavía ante la bóveda, pero ella no lo reconoció, porque aquel que pretendía ser el Joshua resucitado, tenía un semblante completamente diferente. (Juan 20/14)

Esta misma persona, más adelante acercándose a otros dos ex discípulos, yendo hacia una aldea de Emmaus, tampoco lo reconocieron, porque este Joshua «ostensus est in alia effigie...» = apareció bajo otro semblante a los dos de ellos, y lo mismo ocurrió luego con algunos de sus discípulos... (Juan 21/4), pues no lo reconocieron (=non tamen cognoverunt...), quizás —como Lucas intenta explicar lo inexplicable— porque «Oculi autem illorum tenebantur, ne eum agnoscerent» (Luc. 24/16) = a los ojos de ellos había algo que impedía reconocerlo...

Los comentarios de los evangelistas olvidaron agregar un factor muy importante «El timbre de la voz». El semblante puede ser cubierto con un prosopon, pero el timbre de la voz es invariable y por ello es inconfundible.Aquel reemplazante del todavía convalesciente Joshua tenía otra altura, otro semblante, otro timbre de voz; era realmente irreconocible. Semejante reemplazo servía solo para sembrar la consternación y la incredulidad.

El autor del tercer evangelio, el griego Lucas, que jamás tuvo un contacto personal con nuestro profeta, comentó haber escuchado de otros —que a su vez se enteraron de unos desconocidos— y con la autoridad que pretendía tener, insistía en que Joshua había sido resucitado por una «decisión divina»; por ello no podía ni debía presentarse ante todo el pueblo, sino solamente ante unos pocos que le fueron indicados (Act. 10/41), sus discípulos, que vinieron con él desde Galilea y las siempre leales mujeres María de Magdala, Salomé y María, la madre de Jacobo. (act. 13/31)

No se presentó este «krypto Joshua» de «alia effigie» = de otro semblante, de otra voz, de otra estatura ante su madre en Nazaret, como pretende sembrar esta posibilidad un Pontifex momentáneo, porque la madre de Joshua, que quedó en su aldea en Nazaret, tampoco hubiera podido «reconocer» a un pretendido hijo resucitado, que no era su hijo. Los ojos de una madre son insobornables, imposibles de engañar.

Tampoco se presentó ante su amigo José de Arimatea, porque el verdadero Joshua estaba con él escondido en plena recuperación de sus heridas, causadas por los crueles azotes.

Al propagarse la noticia acerca de su resurrección crecieron con la duda también las críticas, censurando al resucitado porque no se presentaba ante el tumulto que fue testigo de su muerte.

Muy posteriormente el fariseo, convertido en Pablo para disipar por lo menos algo la creciente incredulidad, afirmaba lo que no sabía, ni habría sabido —que el resucitado apareció ante sus discípulos, ante 500 otras personas y frente a uno más, que era él. (I. Corint. 15/11)

El informe acerca de su encuentro con el discípulo Tomás, relatado por los «autores» (541) del cuarto evangelio, nos parece que es una interpolación posterior, que pretendía justificar una crucifixión brutal con clavos, que en realidad —fiel a lo reglamentado y muy estricto derecho penal romano— jamás existió. Además, un cuerpo que logró vencer la misma muerte ¿cómo no logró recuperarse también de sus heridas?

Semejante inclusión para justificar algo no existente sirve solo para acrecentar la incredulidad acerca de lo relatado y absurdo.

Los citados comentarios adolecen de ni siquiera bien disimulados errores. No nos parece verosímil que tres mujeres, al salir el sol, se vayan a comprar ungüentos para untar el cuerpo de un enterrado. Porque un cadáver está ya envuelto, enrollado y religado en un montón de paños, y untar los paños sería una reverenda locura.

También Pablo dice haber visto a Joshua... Saul, al caer desmontado, los hombres que lo acompañarban, oyeron la voz, pero no vieron a nadie. (Act. 9/7) Y Saul —convertido ya en Pablo— en su prédica ante el tumulto nos dice que sus compañeros que estaban con él vieron todo, pero no oyeron la voz que me hablaba. (Act. 22/9)

¿Cual habrá sido la verdad entre las dos versiones?...

Para epilogar esta cuestión tan espinosa, cabe aclarar aquí y de nuevo, que entre los pueblos de Palestina existía la resurrección del alma, pero no del cuerpo. La reencarnación se realizaba de tal manera, que el alma de un fallecido podía penetrar eventualmente en otro cuerpo, pero vivo, como ocurrió con el alma errante del profeta Elijah... (Mt. 11/4 + 17/12 + Luc. 9/7-9 + Juan 1/21)

La idea de la reencarnación judía ha sido reprogramada por el reformador religioso Joshua, que adoctrinaba que la inmortal alma tendrá la facultad de regresar un día a su propio cuerpo, sin invadir —como lo hicieron los profetas y hasta los demonios— un cuerpo ajeno...

Una cuestión más que confusa es la transferencia de los poderes, muy especialmente el poder de perdonar los pecados cometidos. (Juan 20/22+ Psalmus 110)

Por causa de su totalmente diferente semblante, estatura (y timbre de su voz), el pseudo-Joshua difícilmente habría podido transferir legalmente poderes; si era irreconocible, entonces la transferencia de poderes ipso jure es cuestionable; es un problema teológico, que en el caso choca con ex axioma jurídico que nos dice que «el que carece de poder, difícilmente pudiera transferirlo»...

A Joshua, recuperado de su salud, no le quedaron otras alternativas que quedarse con un inseguro futuro o seguir el ejemplo de grandes personajes y ascender directamente al cielo para cubrir de esa manera su alejamiento de este lugar tan agreste e inhóspito.

¿Cuál era la solución de Joshua? Lo veremos en el siguiente capítulo...

Credo cristiano

TÚ QUE ESTÁS SENTADO A LA DIESTRA DE TU PADRE
Pyndaros. Fragmt.
SEDET AD DEXTERAM PATRIS. . .

Nuestro profeta Joshua —después de que los médicos essenios lograron recuperar las heridas sufridas— tenía que enfrentarse con su destino, que le permitía elegir entre tres posibilidades; quedarse y enfrentarse de nuevo con un inagotable mal, que desconocía la misericordia y reconciliación o podía elegir dos sendas: la vertical, que le inventaron sus propios seguidores y la horizontal, que le recomendó su inalterable destino, aconsejando seguir peregrinando sobre esta inmensamente grande tierra, dejando atrás cada vez más lejos su patria, donde veneran religiosamente las profecías, pero en la que existió la mala costumbre de matar a los profetas...

Solo dos evangelistas se animaron a comentar que el maestro resucitado, manteniendo su otro semblante, salió de Jerusalén a Bethania y ha sido elevado al cielo... (Mr. 16/19 + Lu. 24/50) El reparto de poderes, mencionado por Juan (Ju. 20/23) ha sido silenciado por Mateo, Marco y Lucas.

Más adelante en sus posteriores escritos, Lucas sostuvo —sin haber asistido a este ascenso— que Joshua desapareció en una nube y al lado de los estupefactos discípulos aparecieron dos jóvenes vestidos de alba (Act. 1/9-10), dando una explicación innecesaria y repitiendo lo que Joshua predijo ya tantas veces a sus seguidores..., que un día sin falta regresaría.

El único que nos podía indicar el fin de su viaje... para sentarse al lado de su divino padre, era el poeta griego Pyndaros...

Joshua no fue el primero que ascendió directamente al cielo... Unos 716 años antes el primer rey de los romanos, un tal Rómulo, también había sido elevado al cielo. Por lo menos así afirmaba uno, que vio este ascenso y que dio su testimonio bajo un juramento divino. Era un evidente perjurio para prevenir un tumulto, porque la realidad era muy diferente... Livius nos comenta que mientras Rómulo asistía a una asamblea en un paraje cercano a la Laguna de la Cabra, se desató una tormenta repentina y el rey, envuelto en unas densas nubes, fue arrebatado a la vista de todos hacia a las alturas... El pueblo, al ver su trono vacío, creyó en lo que les mentían, pues en realidad Rómulo fue asesinado en el senado y descuartizado de tal manera, que cada uno de los senadores llevó una parte de su cuerpo... Lo extraño es, agrega Livio, que el pueblo con tanta facilidad presta Fe al juramento de un solo hombre. (542)

A los discípulos de Joshua, todos creyentes judíos que aunque todo lo que tenía el sabor de ser griego lo rechazaron categóricamente, parece que esta frase de Pyndaros les agradaba mucho y la aprovecharon para su propio relato, sin darse cuenta de que con esto copiaron en realidad la Santa Trinidad Egipcia: Dios, su Hijo y el Espíritu de Dios.

Sabemos que el hijo ya no está «sentando» a la diestra de su padre, como reza el credo, porque el dogma «Hoc est enim corpus meum» le obliga a estar eternamente en millones de pequeñas hostias, escondidas en el tabernaculum de los innumerables templos e iglesias...

El dogma impugna al credo; el credo desautoriza al dogma ¿En qué creen los cristianos?

Kashemira

(Speithis Regnum)

«Qué significa esto, que dijo:
me buscarán y no me encontrarán,
porque yo donde vaya,
Uds. no pueden ir...»
Juan. 7/36

KASHEMIRA: La Verdad y la Realidad —durante dos milenios artificialmente callada y enterrada y hasta lacrada en una cripta— no hace mucho tuvo la suerte, por causa de un terremoto científico, de liberarse de sus cadenas y nos contó que después de que Joshua, sacado del «madero=lignum» (Act. 10/39) con el auxilio de sus íntimos, logró restablecerse de sus atroz tormento, tomó su indeclinable decisión de decir adiós a su más que hostil país y aprovechando la senda de las caravanas, tomó la dirección hacia la lejana y misteriosa India, que conocía tan bien, cuando llegó por el valle de Kashemira en su juventud a Benares y Lahore, donde era huésped del sacerdote brahmánico Ajainin.

Este viaje de su «regreso» ratifican también numerosos documentos, entre ellos algunos tibetanos, los cuales el Dalai Lama no estaba a dispuesto publicar, porque su paz político-religiosa con el Vaticano se lo impedía..., pero una exhausta investigación histórica y científica de Fida Mohammad Hasnain sostiene que Joshua —aprovechando la «senda de la seda»— ha llegado desde Judea con el auxilio de unas caravanas a la ciudad de Srinagar, capital de Kashemira.

Joshua residió en esta ciudad y enseñaba allí bajo el nombre de Guru Yus Assaf o Issah Mahdi. Allí murió y ha sido enterrado en su Mausoleo, llamado Rosabal, muy visitado por los cristianos que viven en la India...

Si esta afirmación científicamente documentada resultara ser probada, entonces esto producirá una ineludible e impostergable reprogramación del bi-milenario mito, envuelto en la toga blanca del credo. Una inevitable reprogramación, cuya filosa verdad podría causar serias fisuras en las tantas veces reformadas doctrinas petrificadas y pudiera eventualmente triturar las verdades y absurdos dogmas y credos..., obligando a los guardianes de la fe, aceptar y acomodarse a los postulados de las ciencias del presente, si quieren sobrevivir y evitar un total derrumbe...

Los huesos de Joshua, los únicos que son inmortales, están en su Mausoleo y ¿dónde está su alma? La libertad «re-ligada», que recorta las alas de la realidad, de la verdad y de la lógica, y el absurdo que con cierto eufemismo lo llaman dogma, sostiene que el proto-fundador del posterior cristianismo está al mismo tiempo arriba y abajo. Arriba, porque está sentando a la derecha de su padre, pero por una invocacion sacerdotal —«hoc est enim corpus meum»— le obliga a bajar incesantemente de su trono celestial, escondiéndose en una pequeña, redonda y blanca hostia para repartir el rito de la theophagia griega, cuyo fin natural ya raya con un evidente sacrilegio. (Mt. 15/17)

¿Y dónde estará el inmensamente grande Kosmokratos, el Dios creador de las inconcebibles «tera» magnitudes y de los inmensamente «attoi» pequeños? Seguramente no estará sentando sobre una nube, como lo hacen imaginar con la miopía humana que creó un Dios solamente para nuestro tan reducido planeta. Dios está muy por encima de todas sus creaciones, encima de las millones de Galaxias... Casi con toda seguridad estará allí, donde el tiempo se confunde con el espacio..., y este punto estará quizás exactamente allí, donde lo infinitamente grande se cruza con lo infinitamente pequeño...

O quizás Séneca tendrá razón, cuando sostiene que Dios está dentro de Ti, Lucilio...

El alma/cerebro de vez en cuando se subleva, pero la intuición nos confirma que Dios está presente, aunque nos castiga —el sabrá porqué— con su silencio...

Dios jamás habla, solo sus sacerdotes nos mienten cuando cierran sus dichos o lecturas con las consabidas tres voces «palabra de Dios»...

Es conveniente recordar una vez más, que el historiador no inventa como lo hace el poeta, sino que tiene la obligación de decir lo que le parece como verdad y realidad, porque lo que la religión del presente pretende esconder, mañana lo revelará el infinito tiempo, que vio, ve y verá siempre todo.

Al tiempo no le importa que las revelaciones se hundieran en un mar de desilusiones o que el terremoto —hermano de los infinitos tiempos— triturara mitos y doctrinas milenarias. El Tiempo y el Espacio son los brazos de Dios...

Las ciencias, que buscan la verdad, no pueden ni debieran ser amedrentadas con las amenazas de condenas con fuegos eternos... (Mr. 16/16) Los argumentos de Celso son muy agudos y filosos; no es recomendable que sean leídos por aquellos que no se sienten muy firmes en las cuestiones de la Fe, porque el argumento que sostiene que «hay que tener Fe para entender» es la conversión ontológica del precepto lógico, que acertadamente reza «primero hay que entender para luego poder creer». El caso contrario será un intento de querer esclavizar la inteligencia humana..., una amenaza, pronunciada por el intransigente y autoritario Pablo, quien dice: «... et in captivitatem redigentes omnem intellectum» (II. Korinth. 10/5) Apresamos toda la inteligencia a que obedezcan a Cristo... Y en esto Pablo no perdonó ni siquiera a los ángeles (Ad Galat. 1/8), aunque vendrán con una doctrina directamente desde los cielos... «palabra de Pablo Palabra de hombres»...

Preferimos la libertad que hemos tenido durante cuatro décadas en nuestra cátedra. Siempre hemos enseñado la verdad con fidelidad, como nos recomendaba precisamente el autor del Apocalipsis: «Ginou pistos akhri thanatou — esto fidelis usque ad mortem» — Sé leal hasta la muerte. Este apotegma nos acompañó al escribir cada letra de nuestra obra.

Epílogo

El presente teme a las pirámides
Las pirámides temen a los infinitos tiempos'
con sus erosiones...

Del milenario tronco del pueblo de Ozarship —Moisés— nacieron tres poderosas ramas: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

Las tres resultaron ser invencibles y lograron resistir todas las embestidas como lo hizo la eximia cultura helénica... Roma podía vencer a Grecia, pero ésta venció luego a su vencedor con su invencible cultura...

Los judíos tampoco podían resistir y fueron sometidos por el entonces dueño del mundo, pero gracias a su inflexible lealtad con su religión —si bien no podían vencer— lograron convencer y lentamente imponerse a sus vencedores por medio de sus dos religiones, brotadas ambas de su propio tronco: ... (543) el cristianismo, que es una edición del puro judaísmo, acomodado al gusto indo-europeo, y el islam, que es a su vez un derivado del paleo-cristianismo judaizante de Zenobia, amoldado al gusto de los Árabes. (544)

Estas dos últimas religiones resultaron ser los invencibles brazos del verdadero Mesiash, del tantas veces anhelado Mesiash, que como un tornado barrió luego las legiones de Roma y arollaba a Bizancio.

El paleo-cristianismo, nacido de dos sueños, resultó ser el producto de un sencillo, pero rebelde judío en Galilea, que al escuchar atentamente los gritos, postulados de tiempos que exigían una impostergable reforma de todo lo que resultó ser demasiado rígido y inflexible. Este rebelde de Galilea, dueño de las policromáticas y misteriosas ciencias del Oriente (545), al regresar de la India de nuevo a su patria chica en Galilea, comenzó a propalar sus doctrinas, las cuales luego fueron reformadas y reformuladas por el igualmente muy instruido, pero en el fondo invariablemente fariseo e inflexiblemente autoritario Pablo (Ad Galat 1/8), que —aprovechando la simpatía del fundador Joshua hacia la Hagia Pneu egipcio— el monoteísmo puro judío fue convertido en un krypto-politeísmo (trinidad), que como los hongos después de una benigna lluvia matinal hizo crecer miles de númenes alexicacos a la romana (los beatos y Santos) con la concomitante idolatría, porque el creyente quería ver en lo que creía.

La Fe, impuesta por medio de noli me tangere, inflexibles dogmas donde el absurdo pretende ser racional, no admite en su diccionario teológico la palabra «duda» y en consecuencia el apóstol Pablo, instruido en la afamada escuela de Tarsos, declaró su guerra sin tregua a todo lo que era ciencia. (545)

El presente contempla angustiado a los pirámides, pero estos gigantescos testimonios del pasado a su vez temen a los infinitos tiempos, que siembran las erosiones y fisuras hasta en el granito. Todos los que no pueden escapar a las reglas del principio y del fin, todo lo que tiene su principio, navega hacia un tobogán (546) que conduce indefectiblemente luego a su fin. La vida se alimenta con la muerte.. y de esta regla ni el cristianismo del presente puede ser una exepción.

Los sueños y el cristianismo

«¿Quién se atrevería a decir
que todos los sueños son verdaderos?»
M. T. Cicero: de adivinat. II.1.

«El cristianismo es una religión de ensueño,
porque nació de dos sueños»...
Apiarios: sentent

LOS SUEÑOS: Para aclarar la verdad del contenido del apotegma arriba citado, nos proponemos brindar al lector un amplio informe acerca de la opinión tanto de los grecorromanos como también de los orientales, cómo ellos valoraron los sueños en la más lejana antigüedad y muy especialmente en el primer siglo de nuestra historia, en que nacía y vivía nuestro rebelde de Galilea.

Pausanias nos dice que en el templo de la Diosa de Hera hay una estatua de una mujer, sosteniendo en su brazo derecho un niño blanco, dormido, y en su brazo izquierdo un niño negro, igualmente dormido; cada uno de estos niños tiene sus pies hacia distintas direcciones. Las correspondientes inscripciones nos aclaran que las respectivas figuras representan el sueño y la muerte junto con la noche, que es la nodriza de ambos. (547)

Los sueños nos enseñan cómo será cuando un día nos llega la muerte (548), pues soñar es en realidad un modo de vivir, porque la vida misma a veces es un sueño (549). Los sueños vienen desde muy lejos y son avisos del cielo. (550) El hombre que sueña es semejante al moribundo, ante quien se abre la oscura puerta de un futuro incierto.

Possidonio de Rhodas citaba durante su agonía a seis de sus contemporáneos, prediciendo la fecha exacta de la muerte de cada uno de ellos.

Cuando en la India Kalano, el filósofo gymnosophista, subió a la ya ardiente hoguera, le gritó como un último adiós antes de morir a Alejandro Magno: «Alejandro, Te veo que me seguirás muy pronto a donde ahora voy yo». Lo que Kalano predijo era muy cierto, porque pocos días después de que Alejandro llegó a Babilonia se enfermó gravemente y allí mismo murió.

Los antiguos creían firmemente que el hombre puede comunicarse por medio de los sueños con los dioses, que anuncian luego al creyente acerca de un futuro e inesperado acontecimiento... Alejandro Magno soñaba que el hijo de Antipater, un tal Cassandro, estaba atentando contra su vida y Vitruvio, el arquitecto romano nos comenta que efectivamente fue Cassandro quien llevó el agua de Styx para envenenar al rey. (551)

Cayo Graccho contaba a sus amigos que en una noche —mientras soñaba— le apareció su hermano, el asesinado Tiberio, que le advertía que dentro de muy poco tiempo sufriría la misma muerte... Y sabemos que este «aviso del cielo» no era un engaño. (552) Los avisos que nos llegan por medio de los sueños no siempre son claros.

Amilkar, el general de los Carthagineses, mientras sitiaba a Siracusa en Sicilia, soñaba que el día que sigue a la noche estaría en la ciudad sitiada, cuyas puertas resistían ahora a todos sus esfuerzos. La promesa, que le llegó por medio de un sueño, se cumplió fielmente, pues Amilkar logró efectivamente estar al día siguiente en la ciudad de Siracusa, aun si no como lo imaginaba, pues no estaba allí como vencedor sino como vencido, uno entre los miles de cautivos... (553)

La oneiro-logía, la interpretación de los sueños, era un oficio muy peligroso. Aquel que pretendía ejercer esta ciencia tan riesgosa, tenía que aprender también el arte de cómo salir ileso cuando tenía que interpretar los sueños de un ser o un rey poderoso.

Seleuco Nikator, el diadoko rey de Babilonia, pasó una noche inquieta. Soñó una cosa tan extraña, que lo hizo despertar. Soñaba que perdía todos sus dientes y para comprender lo que esto significaba, hizo llamar su oneirólogo real.

El caldeo, intérprete oficial de los sueños del rey, dio su veredicto sin pensar mucho, diciendo: «Tus sueños, oh rey, significan que durante el resto de tu vida Dios te quitará la vida de toda tu familia».

El rey se enfureció e inmediatamente mandó al imprudente profeta de esta tan triste noticia al suplicio. Seguidamente hizo llamar a otro intérprete y éste, al escuchar el relato del sueño real, su cara atenta se trocó en una amplia sonrisa. Felicitando al rey, le dijo: «Seleuco Nikator, eres hijo predilecto de los dioses, pues por medio de este sueño acaban de anunciarte que te otorgarán una tan larga vida, que sobrevivirás a todos los tuyos». Refieren los anales que el rey Nikator quedó tan encantado con el inteligente augur, que con mucha prudencia dijo lo mismo —pero a la inversa— que su socio ejecutado, lo hizo designar en seguida como intérprete y consejero real.

La gente soñaba también en el misterioso oriente, pero los sueños orientales tenían en la mayoría de los casos una muy signicativa importancia, pues lograron cambiar hasta los rieles de la historia. Para demostrar la veracidad de lo sostenido, presentaremos al lector los transcendentales sueños de unos cinco personajes...

Kharemon, el bibliotecario de la afamada escuela de Alejandría, nos comenta en su libro escrito con hieroglyphos, que en un sueño nocturno apareció al faraón Amenophis la Diosa Isis, quejándose por los daños causados en su santuario... Al ser llamado el intérprete de los sueños, el escriba Phritobautes, le advertía al alarmado faraón que este aviso era un mandato de la Diosa, que su nación debiera ser purgada inmediatamente de su contaminada población..

Seguidamente el faraón Amenophis ordenó la expulsión de 250.000 habitantes de su pueblo, cuyos dos caudillos llevaban el nombre de Tisithen (Moisés) y el otro un tal Peteseph. (554)

Manetho en su «Egypciaca» cita al faraón Bochoris de la dinastía XXIV, mencionado también por Flavius Josephus, que nos comenta que este rey de los egipcios, al consultar al afamado oráculo del Dios Amon Krio-Prosopos (555), este Dios por medio de sus sacerdotes ventrílocuos le hizo saber que tenía que sacar de su nación todas las personas contaminadas de lepra y deberían ser conducidas al desierto o dejarlas morir en el mar (556)...

Y con estas dos intervenciones sacerdotales comenzó la gran emigración del pueblo judío, que después de décadas logró al fin llegar a la tierra prometida...

Dos sueños maliciosamente interpretadas por los oneirólogos y del oráculo de Amón. Pero, como dice una apotegma, no hay mal que por bien no venga, este pueblo tantas veces mortificado logró ser la levadura de y entre los pueblos y sigue siendo invariablemente la levadura que le da el sabor al pan que sale del horno de la historia.

El dios de los judíos demostró en más de una oportunidad, que en los momentos de angustia estaba siempre firmemente al lado de su pueblo.

Sannaballetes, el poderoso caudillo de los Samaritanos, dotado de un buen olfato político, abandonó a tiempo todavía el caso y la alianza con el rey de los Persas, Darío, y con unos ocho mil hombres suyos se juntó con el ejército de Alejandro Magno, a quien pidió el permiso para construir el templo en el monte Gerizim en Samaria, para poder dividir de esa manera el pueblo judío con Samaria entre Judea y Galilea definitivamente.

El sacerdote supremo en Judea en este tiempo era Jaddus. Angustiado éste y temiendo fatales consecuencias por su lealtad con Darío, esperaba la llegada de Alejandro Magno con pavor y terror, asustado hasta la médula. Al terminar su sacrificio vespertino en el templo, cayó en un profundo sueño, en que le apareció su Dios, quien le confortó y le ordenó que abriera las puertas de Hierosolima para esperar al rey, vestido con su ornamento sacerdotal. «No te voy a abandonar», le dijo el Dios, «pero haz, como yo te ordeno». (557)

Jaddus, al despertar, cumplió inmediatamente lo ordenado; se vestía en su ornamento sacerdotal con su mitra de oro y acompañado por su séquito, salió de la ciudad a un lugar llamado «Saphein» (Mons scopus), unas veinte millas de Jaffa al lado de una aldea de Kapharsaba. (558) Allí se detuvo, sintiendo su palpitante corazón en el cuello...

Pero, qué milagro, Alejandro, al ver a Jaddus en el centro de su séquito con su ornato de hyacynto azul y oro, se acercó e hizo su genuflexión ante el atemorizado sacerdote Jaddus.

Parmenión, el general sorprendido ante semejante espectáculo, le preguntó a su Señor, cuál era la causa de su genuflexión ante este judío, a lo cual Alejandro le comentó que cuando era todavía joven en la aldea de Dium en Macedonia, meditaba cómo debiera conducir su ejército hacia al Oriente, y al caer en un profundo sueño, le apareció este sacerdote con su igual ornato, que le instó a salir inmediatamente, ofreciéndose a que él mismo le conducirá de una victoria a otra...»Y ahora esta misma persona, que cumplió su promesa, está parado ante mí. Por esta razón me incliné ante su magnifica figura» dijo Alejandro.

El dios de los judíos cumplió cabalmente con su promesa, cuando le prometía a su acobardado sacerdote la protección divina.

Sabemos que Alejandro en esta oportunidad dio a manos llenas toda clase de beneficios a ellos y todo lo que querían y lo que ni siquiera se atrevieron a pedir. Alejandro los trataba como si Jaddus hubiera sido el autor de todas sus victorias en el Oriente. (559)

El dios de los judíos —por lo menos en la antigüedad— era muy comunicativo con su pueblo, aunque nunca se presentó personalmente, sino solamente por medio de los sueños... Lo sostenido testimonia el caso del rey judío, Hyrcano, que durante un profundo sueño mantenía un diálogo con su Dios, suplicándole que le indicara cuál entre los tres hijos suyos debiera ser el heredero de su trono un día... La decisión divina para Hyrcano esta vez no era ni lo esperado ni a su agrado, porque Dios eligió al hijo menos querido, Alejando Jannaeus (560), que a lo largo resultó ser el verdugo de su sufrido pueblo... (561)

El ser humano, que creaba a sus dioses dándoles su propia imagen, cometió un error humano, pero era imperdonable dar al Dios el sexo masculino, que era considerado como un sacrilegio proveniente del repudiado Egipto, donde la Hagia Pneu, el espíritu de Dios tenía la rara costumbre de descender a la tierra, dejando detrás suyo un «grato recuerdo» — por no decir, una situación embarazosa...(562)

Un sencillo judío en Galilea de avanzada edad estaba por casarse con una joven muchacha; pero al advertir que ella estaba ya en dulce espera, el hombre, sintiéndose mancillado en su honor, en vez de hacer un escándalo quería despedirla en la forma más silenciosa... Y mientras deliberaba acerca de este problema, cayó en un profundo sueño, en que le apareció un ángel de Dios, que recomandaba tomarla como esposa, porque lo que ella tenía bajo su corazón, era un hijo de Dios...

Al fruto de este inocente, pero muy significativo sueño le dieron luego el nombre de Joshua, que una vez trocado en hijo de Dios, con su trinidad tipo egipcia, barriendo el monoteísmo judío, logró restablecer el politeísmo egipcio babilónico...

Solo le faltaba al incipiente paleo-cristianismo todavía un sueño más para obtener el visto bueno de parte del poder imperial.

Este sueño —según los comentarios de Lactancio— lo había tenido un día el emperador Constantino, que antes de la batalla decisiva contra su oponente Maxencio —dícese— le apareció en el sueño una cruz sobre el cielo con la inscripción «in hoc signo vinces» y efectivamente al otro día Constantino venció al muy cristiano-philo Maxencio... Y seguidamente con el edicto imperial en Milano en el año 313 legalizaba la nueva religión, cuyos sacerdotes comenzaron a devolver ahora con el furor de venganza a los paganos con creces, lo que ellos sufrieron durante tres largos siglos. El oculum pro oculo, dentem pro dente, programa político, ha sido incorporado en el proto-cristianismo.

Séneca en su himno al sueño nos dice que este don divino es «domador de los males, es reposo del espíritu, es parte mejor de la vida humana».

El sueño en el que se mezcla la mentira con la verdad, revela y a la vez oculta el porvenir. El sueño es compañero de la noche, que llega igual tanto para el rey como para el esclavo. (563)

Los sueños tienen que cumplir con un doble deber: respetar y hacer cumplimentar «los avisos del cielo». Los sueños nos enseñan cómo será un día la muerte. Soñar es un modo de vivir, porque la vida misma es a veces solo un largo sueño, que durará hasta que un día no habrá un despertar.

Por todas las cosas comentadas regresamos una vez más a nuestro lema «el cristianismo es una religión de ensueño, porque nació de dos muy significativos sueños»... Uno era el sueño de un carpintero Galileo de Nazaret... el otro sueño era del emperador Constantino...

Los sueños son avisos del cielo ()

La tragedia de dios y del hombre

LA TRAGEDIA DE DIOS: En la época cuando el hombre se atrevía solo a humanizar a sus dioses, Joshua, al proclamarse hijo de Dios, autorizó al hombre en adelante a teificarse..

Y el hombre en nuestro presente, en su irrefrenable afán de seguir con esta doctrina, llegó ya a tal punto, que —desplazando al Dios y olvidando ya de hablar con su hijo— ahora adora a sí mismo en sus ídolos futbolistas y los hombres santificados y bandidos a cambio de un pago previo escuchan pedidos no siempre santos.

Pero lo más olvidado resultó ser el creador de nuestro inmundo y pagano mundo, y sin cometer ningún sacrilegio creemos firmemente que Dios hasta que no barra con toda esta catastrófica idolatría y prepotencia del teificado ser humano, no podemos llamarlo «omnipotente».

Creemos que ha llegado el tiempo de liberar el sagrado nombre de Dios de todos los teificados seres humanos, los cuales silenciando a Dios, adoran solamente al hombre divinizado y solamente en caso de urgencia recuerdan al Dios olvidado, obligándolo a escucharnos... Pero el Dios tiene también problemas, pues de vez en cuando se enoja consigo mismo: se enfrenta con sus propios nombres, con su propio imagen en el espejo de la Historia. Alah contra Jahvé...

¿Qué dirían en esta tan espinosa cuestión los teólogos?...

LA TRAGEDIA DE JOSHUA: consiste en la circunstancia en que él inventó cómo el hombre puede elevarse al rango de un Dios, primero fue reprogramado por sus seguidores (ad Galat 1/8) y lentamente desplazado por su propia madre y por los millares de Santos, creados por el Único Santo, que vive. Tampoco puede sentarse tranquilamente al lado del trono de su padre Dios, porque un dogma inflexible le obliga a descender y estar al mismo tiempo en las innumerables pequeñas redondas y blancas hostias que se dirigen luego hacia unas vías sacrílegas.

Joshua no es olvidado. Su oración al Pater noster en el presente se repite como penitencia después de una confesión con indulgencia.

LA TRAGEDIA DEL HOMBRE: la sombra del ser humano es la duda, y sublevándose a cada rato contra su presente, prefiere su miserable HOY en vez del feliz, pero inseguro mañana. El hombre antiguo admiraba la sabiduría de los egipcios, los cuales tenían una rara, pero en cierta manera muy acertada costumbre. Para sus festines colgaban un esqueleto humano en un lugar bien visible para advertir a los presentes con el macabro apothegma: «Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris». Este esqueleto, lo único inmortal que queda detrás de nosotros, tenía un fin, que el anfitrión diga a los que quedaron perplejos y sorprendidos: «Mírenlo bien. Coman y beban ahora, porque cuando mueran, Uds. serán lo mismo que ahora ven». (564)

Es difícil conciliar la cruda realidad con el magnífico futuro que los sacerdotes nos prometen después de la muerte, diciendo que recién con la muerte comenzará la vida eterna, donde solo muere el Tiempo y la Muerte misma. Y si no es así, ¿quién tendrá la culpa? Dios nunca es culpable, nos dice Luciano; la culpa será de aquel que lo elige. (565)

La duda sigue al hombre como la sombra... Hieron, el tirano de Siracusa, inquieto por una duda, se dirigió a su filósofo Simonides, un hombre sabio que siempre estaba a su lado en su corte imperial.

«Dime, maestro ¿qué cosa es la religión? Y ¿qué cosa es Dios?» Simonides, un poco sorprendido, le dijo que si quería recibir una respuesta adecuada, debería concederle un día entero para pensar. Hieron se lo concedió, pero preguntando al día siguiente, Simonides —en vez de dar su respuesta— le pidió dos días más..., y como siempre duplicaba los días, Hieron un día perdió la paciencia y le preguntó por qué eludía dar la respuesta, multiplicando los días para deliberar. Simonides sin poder excusarse más, respondió: «Señor, necesito siempre más y más tiempo, porque cuanto más lo considero, tanto más oscuro me parece. (566)

El cuadro de la Diosa Minerva de Sais en Egipto —otros dicen que era Isis— tenía la siguiente inscripción: (567)

«Yo soy el universo, el pasado, el presente y el futuro
Y ningún mortal ha podido tocar todavía el velo de mi secreto»

Por todo ello es inútil investigar; lo mejor es creer, pero lo entendible (568), sin curiosear a la manera de Hieron, porque los dioses y el Dios viven ocultos, envueltos en un profundo silencio. Dios jamás habla (Juan 5/37), pero los sacerdotes cristianos —al terminar su lectura— suelen decir «palabra de Dios», refutando de esa manera este mismo tópico del evangelio...

Dios vive oculto, solo sus actos son visibles, hablan. El hombre debiera tener un oído muy fino para «escuchar, lo que había visto».

Pero la tragedia del hombre consiste en la dolorosa circunstancia que a nuestro grito hacía el cielo EFFETHA, Dios jamás se muestra y jamás nos contesta... (Juan 5/37), envolviéndose en un profundo silencio, el hombre comienza a prestar su fe a las verdades de Polibio Megalopolitano y dos mil años después, a su discípulo Nietzsche, los cuales proclamaron a voz viva la muerte del Omnipotente.

Sin embargo, el hombre invadido por la duda, antes de que quisiera comenzar a cantar su requiem para los dioses, debiera recordar la tan ejemplar historia del faraón Seton...

Cuando Egipto era invadido por Sanakaribbo, el rey de los árabes en Paetrea-Sinaí, y al mismo tiempo también por los asirios, los guerreros de Egipto no quisieron tomar las armas en defensa de su faraón Seton. Sintiéndose este sacerdote rey abandonado por su propia gente, entró en el templo del Dios Amón y a los pies de la estatua de su Dios lamentaba la desgracia que iba a descargarse sobre su cabeza...

En medio de sus sollozos y lamentos lo sorprendió el sueño; según se dice, se le apareció el Dios y le animó, asegurándole que obtendría la victoria.

Después de que Seton llegó con su poca gente a Pelusio para enfrentar a sus enemigos, ocurrió que los ratones agrestes, existentes en el campo vecino —que tenía ocupado el enemigo— comieron en una sola noche todas las aljabas, los nervios de los arcos y finalmente las mismas correas, que servían de asas a los escudos... Al salir el sol, los invasores se hallaron completamente desarmados, dándose a la fuga desesperada, pereciendo un gran número entre ellos. Todavía se ve en el templo la estatua de mármol del faraón Seton con un ratón en la mano derecha estrechado y al pie de su estatua hay una inscripción, que dice: (569)

«Mírame, hombre, y aprende de mí, a ser religioso»

LA TRAGEDIA DE LA RELIGIÓN CRISTIANA: En la historia de los pueblos es un caso muy frecuente, que el poderoso, al vencer al débil, sin darse cuenta, siembra vientos y luego queda sorprendido, cuando cosecha tormentas...

Algo muy semejante ocurrió con Roma, pues al vencer a Grecia, éste doblegó luego a su vencedor con su exquisito espíritu helénico, y apoyado con su magnífica cultura. La historia se repitió con Pompeyo de nuevo, pues éste al doblegar a Jerusalén, seguramente no soñaba que surgirían caudillos rebeldes como hongos después de una llovizna matinal; surgieron rebeldes, y entre ellos apareció también un tal Joshua que se llamaba Cristo, y cuyas doctrinas redentoras arrasaron luego hasta imperios y prácticamente transformaron la imagen del medio mundo.

La lucha entre el imperio y el cristianismo se desataba porque las revolucionarias doctrinas de la nueva fe rompieron el anillo de la alianza que existía entre el estado y la religión, donde ser religioso ipso facto significaba también ser patriota.

La rotura de la citada alianza trajó consigo el derrumbe del dique de un infernal odio que felizmente, —aun si a precio de riachos de sangre— terminó con una beneficiosa reconciliación...

Se unieron entonces de nuevo el Foro de Roma con su razón, Attica con su belleza cultural y la cruz de Cristo con su mística revelación. Después de esta nueva alianza la Catedral de los cristianos —fusionándose con los «otros dos», bajo la benigna capa de religión— se transformó en un programa político, que «re-ligaba» a sus correligionarios con la fe del mito y el miedo. (570)

Después del Edicto de Milán, Roma y el Cristianismo, Estado y Religión, comenzaron a marchar de nuevo juntos, con el solo cambio que en lugar de Jove — entró la cruz de Cristo.

En cuestiones de la moral y de la fe, la nueva religión tomó las riendas; la conducción a su vez quedó a cargo del poder secular, porque la iglesia entendió perfectamente, que el barco del estado, bomboleando sobre las olas agitadas de la historia, no se puede gobernar con un rosario en la mano. El timón requiere la fuerza de las dos manos si no quieren terminar en un naufragio. Roma y la Cruz marcharon juntos, unidas estrechamente en la alianza, pero con programas separados, pues repetimos una vez más la verdad de Renan, que «el evangelio forma solo fieles» (571) pero el estado es que puede formar patriotas y ciudadanos.

El cristianismo doblegó a Roma con su religión, porque éste al divinizar los hombres, ipso facto destruyó sus airados dioses (572), sembrando de esa manera la incredulidad arriba, y la superstición abajo. Fue un error fatal o quizás providencial de Roma que en esta oportunidad a él le tocó la suerte de «contaminar» a sus vencedores, al cristianismo, que también como ellos, comenzaron a divinizar al hombre y a la par humanizar a Dios, sometiendo la decisión divina a la voluntad de sus sacerdotes. (573) Lo decimos todo esto sine ira et studio, y sin temer la censura (574), no obstante que sabemos muy bien, que decir la verdad antes de su tiempo, puede ser calificado como herejía...

Th. Mommsen —influido quizás demasiado por la visión nada optimista de Plinio (575) y también convencido de las razones de Polibio Megalopolitano (576)— trata la religión con cierta dureza al hablar acerca de las creencias en el absurdo, calificándola como «gangrena intelectual» (577). Indudablemente su pesimismo era fruto de su época, cuando con cierta ironía algunos censores dijeron que «antes los romanos colgaron en la cruz los ladrones, y ahora se crucifica la cruz en el pecho de los delincuentes». En nuestra cruel y decadente época para ser venerado hay que ser santo o bandido... (578)

Sin embargo, en esta cuestión tan espinosa, nosotros opinamos lo mismo que Simonides, y hasta tenemos la misma fe que el Faraón Seton (579), pues estamos convencidos de la razón de Voltaire, que nos dejó como un legado el dicho: «Si dios no existiera, habría que inventarlo» (580), porque solo el hombre que reconoce al Dios, puede merecer el orígen divino (581); a los demás «Sergios de Marcial» (582) que dudan de todo esto, les otorgamos con la benevolencia cristiana la indulgencia, especialmente para aquellos que en las tormentas de la fe naufragan y se sumergen para siempre en el mar de lo infinito..

Sin embargo, antes de pronunciar un anatema urbi et orbi: audiatur el altera pars, esta vez presentaremos al lector quizás consternado, la opinión infalible de algunos grandes. Papas, referente a Joshua y su cristianismo, que ellos mismos timonearon en la siempre tormentosa historia...

Los sabios autores de los «Libros Apócrifos» nos citan unos selectos textos de la obra de Pierre de la Luz acerca de la historia de Papas, editado en el año 1960 con el nihil obstat. Imprimiatur de Albin Michel.

En esta obra en el primer tomo p./148 esta citada una epístola del Papa Gregorio VII (1073-1085), dirigido a Hugues de Die, legado pontificio el día 9 de marzo del año 1078; en esta carta suya el Papa dice: «La costumbre de Roma consiste en tolerar ciertas cosas y silenciar a otras»...

A su vez el Papa León X (1513-1521) en su carta dirigida al Cardenal Bembo cita a Pico de la Mirandola con el siguiente texto: «... quamtum nobis nostris quaeque ea de Cristo fabula profuerit, satis est omnibus seculis notum»..., cuya versión castellana significa: Desde tiempos inmemoriales es sabido cuán provechosa nos ha resultado esta fábula de Jesucristo.

Años más tarde, su tercer sucesor Alejandro Farnesio, el Papa Pablo II (1534-1549) confiaba al Duque de Mendoza, entonces embajador de España en Roma, que al no haber podido encontrarse prueba alguna de la realidad histórica de la leyenda cristiana de Cristo, se veía obligado a reconocer que solo se hallaba ante la figura de un Dios mitico y solar.

En una ocasion Lorenzo Corsini, el Papa Clemente XII (1730-1740), protector de Voltaire, decía a R. P. Montfaucon: «Se me reprocha que de vez en cuando me entretengo con Tasso, Dante y Ariosto. Pero ¿es que no saben que su lectura es el delicioso brebaje que me ayuda a digerir la grosera sustancia de los estúpidos doctores de la iglesia? ¿Es que no saben que esos poetas me proporcionan brillantes colores con ayuda de los cuales soporto los absurdos de la religion?»

Hasta allí la opinión de cuatro grandes Papas de la historia. La verdadera causa de todas estas confesiones de los citados Pontífices radica en que llegaron a la conclusión de que presiden una religión que nació del sueño de un humilde y viejo carpintero y quedó legalizada por causa de otro sueño, el de un emperador pagano...

Una religión de ensueño, que había nacido de dos sueños.

La religión cristiana, cuya tragedia humana se culmina en la acusadora verdad, que mientras pregonaba el amor al prójimo, sembraba con manos llenas las semillas del odio contra el judaísmo... Las hogueras de Tor Quemada se trocaron luego en un incendio, llamado HOLOCAUSTO, cuyas inocentes víctimas claman al cielo, pidiendo al Omnipotente que jamás sean olvidadas en este mundo tantas veces tan inmundo...

LA TRAGEDIA DEL AUTOR: consiste en que debe cumplir indefectiblemente con los postulados de su obligación, pregonar la verdad y sine ira et studio solamente la verdad, porque el historiador es el abogado insobornable de la realidad...

Plutarchos, este bimilenario autor, nos dice que «la pintura es una poesía silenciosa y una obra escrita es una pintura que habla».

Por causa del tan significativo parentesco del citado apotegma ocurre que el escritor a veces sufre las desgracias del pintor, que cuanto más trabaja sobre un retrato, tanto peor sale luego el cuadro. Es muy difícil ser un buen escritor de la historia, porque en cada palabra tiene que cuidar de no desviarse en el laberinto de la siempre compleja historia.

Para tocar un piano, las teclas negras son tan necesarias como las blancas... Por ello, armado con la objetividad ciceroniana en nuestra monografía acerca del Santo Rebelde de Galilea, creemos que hemos dicho todo lo que las fuentes nos facilitaron, sin cometer jamás el imperdonable error de ver en el pasado solamente lo positivo y bueno y mirar de soslayo lo decadente y negativo, lo que tan fácilmente suele perdonar y olvidar el presente del infinito tiempo.

De esa manera tuvimos que recordar también lo negativo y «tocar las teclas negras», porque cuando la posteridad pretende cubrir con el velo rosado del perdón los defectos del pretérito, esto le demostrará que el presente tampoco se hizo mejor de lo que fue el pasado.

La realidad y verdad histórica tiene el deber de reemplazar lo legendario y mítico, revestido con la toga de la mentira y el piadoso fraude.

El poeta Keats levantó en una oportunidad la copa, proponiendo un brindis: «Para apagar la memoria de Newton» — Al pedir una explicación uno de los presentes acerca del tamaño sacrilegio científico, Keats le respondió: «Le pido esto, porque Newton ha destruido el encanto del arco Iris por medio de su prisma» — «Es muy cierto», intervino otro. «Efectivamente Newton nos permitió de esa manera tocar el arco Iris que antes era inalcanzable».

Al escribir nuestra obra hemos decidido que cada palabra nuestra debiera ser el prisma newtoniano, que nos permitirá reemplazar lo legendario y mítico de un arco Iris alrededor de la figura de nuestro rebelde de Galilea con la irrefutable verdad histórica.

Plutarchos nos dice que el pintor Apolodoro tenía la costumbre de firmar todos sus cuadros con el apotegma «todos pueden exponer, pero solo algunos pueden imponer».

El autor de esta obra estaría muy contento si nuestra «exposición» nos pudiera salvar de la agria crítica: «Pero este escritor naufragó, antes de embarcar».

Y si esto ocurriera, aquellos que nos quisieran censurar, ni un momento debieran olvidar que con su objeción cometen el imperdonable error de pretender desautorizar lo sostenido por los más antiguos autores judíos y grecorromanos... Para éstos, ellos mismos otorgarán la indulgencia sin siquiera con una posterior penitencia, porque sería injusto castigar a aquellos que parecen naufragar en el inmenso mar de la miopia empañada por la ignorancia....

Colophono

Esperamos, que el Tiempo y el Lector nos dirá:

«En esta obra hay verdad y novedad
Y lo que tiene como verdad, es realmente una gran novedad
Y todo su novedad es una irrefutable verdad»

Y ahora —antes de que a nuestros lectores ocurriera lo mismo que pasó con Euthymo, que escuchó «atentamente» las palabras de Pablo (Act. 20/9)— creemos que nuestras palabras deben ser selladas con el silencio de Dios y el silencio musoniano.

con el infinito tiempo


Primera parte
Tercera parte

Obra suministrada por el autor.


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