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La pregunta por la técnica

El desierto universitario

El Nacional, martes 29 de junio de 1999

Cuando era estudiante, escuchaba una frase que para ese momento ya me parecía sin sentido: «La Universidad Central de Venezuela es un reflejo del país». Quienes esto afirmaban querían significar que siendo la universidad un aparato ideológico del Estado, parte de la superestructura social, ella reflejaba en su funcionamiento una crisis que en realidad existía en la base económica y en «la producción de la vida material». Por tanto, de alguna manera la universidad en sí misma no era responsable de su desperfecto, mala administración, carencias y descriterios; era un simple reflejo de un núcleo de problemas cuya entidad real se encontraba fuera de sus puertas y paredes.

Hoy, cuando la división de la sociedad en infraestructura y superestructura ideológica ha perdido su capacidad para explicar algo en la vida, y ahora que la cibernética nos ha enseñado que no existe separación entre lo material y lo simbólico, o entre hardware y software, la crisis de la universidad le pertenece a ella misma por derecho propio.

Sin embargo, profesores, estudiantes y empleados están tan metidos en sus incapacidades, disfuncionamientos, mediocridades y cortedad de visión que no pueden darse cuenta de lo embadurnados que están con las viscosidades que ellos mismos han contribuido a producir e incrementar. ¡Pobre de quien ose murmurar que el rey está desnudo y además maloliente!

La universidad es un desierto. Pero un desierto de aquello que debería definirla como tal universidad: casa que vence las sombras de la ignorancia; campo de cultivo del bien más rentable, óigase bien, más rentable, que puede producir sociedad alguna actualmente, la información; semillero, en consecuencia, de valor agregado, aquel que nace del manejo eficiente de los procesos, la tecnología y la información. En su lugar, la universidad ha albergado y alberga lo peor del leninismo y estalinismo latinoamericano, lo peor del puntofijismo mezclado con los centralismos de izquierda, por tanto, el zumo del clientelismo, la alcahuetería política, el paternalismo y la mendacidad que ya forman parte de un modo de ser, trasladado impunemente de generación en generación, sin remedio y con secuelas por lo menos hasta la mitad del próximo siglo. ¿Y por qué lo peor? Porque todo esto está disfrazado con el lenguaje de la cátedra, la intelectualidad lisonjera, el coqueteo con la palabra ataviada de propiedad y rigurosidad.

Los mecanismos de actualización de los pensa están atascados por la legislación que los regula y la mezquindad de una burocracia preocupada más por conservar intacto su pequeño feudo de «saber», que por involucrarse y abrirse a las nuevas corrientes y problemas del pensamiento y el mundo. En consecuencia, las escuelas no tienen dispositivos para ponerse al día. No pueden contratar nuevo personal porque no definen líneas prioritarias de trabajo, sus reglas de contratación son muy estrechas, y no tienen presupuesto o lo malbaratan, puesto que tampoco diseñan maneras de procurarse recursos mediante su propia actividad como prestadores de servicios para la creación y formación de valor agregado en el país. Las pautas de administración universitaria pueden definirse con las frases «como vaya viniendo vamos viendo» y «las liebres detrás de los perros». El equipo que se utiliza para la investigación y las bibliotecas también están obsoletos y atrasados. No existen salas de computación para los estudiantes salvo, excepcional e insuficientemente, en las Facultades de Arquitectura, Ingeniería y Ciencias, de manera que una porción importantísima de la comunidad universitaria permanece ignorante de la herramienta más poderosa y relevante de los últimos 50 años: Internet.

Debo confesar que doy clases porque me gusta y tengo muy poco que perder desde el punto de vista crematístico, del poder o del prestigio profesional señalando estas cosas que traducen, dichas así, la tristeza y la rabia que siento por la universidad. Probablemente lo que arriesgo sea la oportunidad y la esperanza de que eventualmente un estudiante levante su mano y, en un instante con su pregunta, ponga en duda todo el edificio conceptual que me ha tomado tanto esfuerzo armar. Para hacerle caso a mi amigo Argenis, quien me recomienda un cambio en mi energía libidinal, es decir, que me ría del marasmo, la precariedad y la incapacidad como si estas cosas no ocurrieran y no nos afectaran, creo que puedo burlarme de mí misma recordando lo que escribió Max Weber a propósito de la vida académica: «¿Cree usted que podrá soportar sin amargarse y sin corromperse el que año tras año pase por delante de usted una mediocridad tras otra? [...] He de decir que yo al menos he conocido muy pocas personas que puedan soportar esto sin daño para su vida interior».

Otrosí: oyendo a Simón Díaz cantar Sabana acompañado por la flauta de Luis Julio Toro y el Ensamble Gurrufío, uno escucha la descripción de un paisaje y un país que parece otro, otro distinto... y que no sabemos si aún existe. Las interpretaciones del Morrocoy Azul nos permitieron olvidar un rato el desmadre de la Constituyente y el tinglado político que vemos a diario por la TV y la prensa. Y entonces, uno lamenta que nos hayan hipotecado y nos sigan hipotecando las posibilidades de que más Ensambles Gurrufíos nazcan y cumplan años en este país.


 Otros textos de María Eugenia Esté

María Eugenia Esté: abogado graduada en la Universidad Central de Venezuela, candidata a doctor en el postgrado de FACES, UCV con un trabajo de tesis en torno al tema de la construcción de subjetividad y la tecnología. Es profesora de «Sociología de la Técnica y la Tecnología» en la Escuela de Sociología de la UCV e imparte un seminario en el postgrado de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, titulado «Dispositivos Tecnológicos».

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