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El comercio en la era digital

Mike Moore
Director General de la Organización Mundial del Comercio

Ginebra, martes 17 de julio de 2001

Internet es algo maravilloso, quizás la principal fuerza de liberalización desde que se inventó la imprenta.

Da igual que uno viva en Kalamazoo o en Kuala Lumpur, basta hacer un simple clic en Amazon.com para pedir el último disco compacto de Madonna. De Shanghai a Santiago, la gente puede leer el New York Times en línea. Y en las subastas de Yahoo!, es posible comprar prácticamente de todo a cualquiera, donde sea.

Internet nos facilita muchas y muy variadas cosas —entre ellas la de sortear obstáculos al comercio e ineficientes burocracias. De ahí que una novísima empresa del mundo de Internet pueda alcanzar más rápidamente un mercado mundial que una nueva acería. Pero incluso la economía digital puede sucumbir al papeleo y al proteccionismo. Los gobiernos, independientemente de sus buenas intenciones, pueden obstaculizar el desarrollo mundial del comercio electrónico. El éxito de Internet se debe, en mayor medida de lo que en general se reconoce, a la libertad de comercio establecida a través de las negociaciones en la OMC.

Empiece por su ordenador. Desarme un ordenador personal proveniente de los Estados Unidos y vendido en Europa y podrá ver "chips" de memoria del Japón y Corea, un microprocesador de Costa Rica, una unidad de disco de Singapur y un teclado principal de Taiwán, todos ellos montados en Irlanda. El comercio internacional de este tipo de equipo de informática ingresa en muchos países libre de derechos gracias al Acuerdo sobre Tecnología de la Información de la OMC, firmado en 1997. Para 2004 se habrán así eliminado los aranceles sobre unos 600.000 millones de dólares EE.UU. anuales por concepto de comercio de semiconductores, ordenadores, equipos de telecomunicaciones, circuitos integrados y demás equipo de informática. Sin la OMC, su ordenador personal tendría un precio que lo haría menos asequible.

Otro importante acuerdo alcanzado en la OMC en 1997, el relativo a las telecomunicaciones básicas, está reduciendo el costo de los servicios de telecomunicaciones de los cuales depende en definitiva el fenómeno mismo de Internet. En virtud de ese acuerdo, 85 países, a los que les corresponde más del 90 por ciento de los ingresos mundiales generados por el sector de las telecomunicaciones han convenido en autorizar a las empresas extranjeras a desarrollar operaciones en sus mercados, por lo general previa creación de una nueva empresa o adquisición de una ya establecida. Los resultados, en particular en los mercados anteriormente sujetos a monopolio, son espectaculares; la competencia ha hecho caer los precios de todo: desde la llamada a la tía en Australia y la navegación por Internet en el propio móvil hasta el recurso a intranets y a la transmisión de datos por satélite. En virtud del acuerdo los gobiernos participantes se comprometen además a imponer en sus mercados de telecomunicaciones una reglamentación favorable a la competencia y no discriminatoria.

Dado que muchos servicios, a diferencia de los productos físicos, se pueden suministrar en forma digital, el suministro de servicios representa la mayor parte de las transacciones que se realizan a través de Internet, con inclusión de los servicios de distribución por conducto de los cuales uno puede elegir, pedir y pagar productos físicos. En el sistema de la OMC, y en el sistema jurídico internacional en conjunto, la única garantía que existe del derecho de una empresa de suministrar servicios internacionales por Internet viene dada por los compromisos asumidos por los gobiernos en el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS). También reviste importancia el Acuerdo de la OMC en materia de propiedad intelectual (Acuerdo sobre los ADPIC), en virtud del cual los Miembros se comprometen a promulgar y hacer observar una legislación moderna sobre derechos de autor, patentes y marcas de fábrica o de comercio. Como la falta de protección de la propiedad intelectual es un importante desincentivo para la exportación de la tecnología más avanzada, esto favorece la inversión extranjera y la difusión de nuevas tecnologías, por ejemplo, y no en último lugar, en el sector de los medios de comunicación y en el de la tecnología de la información.

Los actuales Acuerdos de la OMC aportan ya por ello los cimientos para un comercio internacional por Internet. Pero los gobiernos podrían hacer aún mucho más para promover el comercio electrónico. Dado que los compromisos contraídos en el marco del AGCS son la única garantía del derecho de suministrar servicios electrónicamente, el éxito en la actual ronda de negociaciones sobre la liberalización del comercio de servicios, cuyo objetivo es ampliar el número de países y sectores abarcados por los compromisos contraídos en el marco del AGCS y reducir las restricciones en materia de acceso al mercado y de trato nacional en una gran variedad de sectores, redundaría en una seguridad mucho mayor del comercio realizado a través de Internet. En particular, la aceptación de nuevos compromisos en el sector de las telecomunicaciones fortalecería considerablemente la espina dorsal de la nueva economía. Es probable que los gobiernos tiendan a dar prioridad a aquellos servicios que se prestan más a ser suministrados por Internet, pero también deberían pensar en facilitar la actuación de los proveedores de servicios extranjeros en el exterior. De ese modo, por ejemplo, las empresas de informática de los Estados Unidos podrían emplear más programadores informáticos de la India.

Un segundo acuerdo sobre tecnología de la información permitiría la extensión del régimen de franquicia al comercio de una variedad más amplia de equipo informático, por ejemplo tarjetas de circuitos.

Nuestro último y quizás máximo mayor desafío sea contribuir a acortar la distancia existente entre ricos y pobres en el ámbito digital. No todo es negro en ese sentido. El sector de la tecnología de la información de la India está creciendo vertiginosamente y los cultivadores de té en Kenya pueden utilizar ahora Internet para verificar los futuros precios de sus cosechas. Pero estos ejemplos son la excepción, no la regla. A nivel mundial, sólo una de cada 20 personas tiene acceso a Internet. Hay más conexiones a Internet en Singapur que en toda África. Los gobiernos de los países ricos deben hacer más esfuerzos urgentemente para acortar tal distancia en el ámbito digital. Los gobiernos de los países en desarrollo también pueden ayudarse a sí mismos asumiendo en la OMC el compromiso de liberalizar sus mercados de telecomunicaciones. La mayoría de los países en desarrollo dicen temer más la marginalización que la globalización. Algunos ecologistas radicales atacan la globalización por considerar que destruirá el medio ambiente. Pero la nueva economía comporta efectos ambientales muy positivos. Una libra de fibra óptica conduce tanta información como una tonelada de cobre. En última instancia la eficiencia es sinónimo de conservación.

Internet puede convertirse en la principal fuerza unificadora jamás vista en el mundo, al hacer que el conocimiento, base de todo progreso, quede al alcance de todos. Pero la velocidad con la que la revolución electrónica se expande en el mundo rico crea paralelamente el peligro de una marginalización todavía mayor de los pobres. Una manera de contrarrestarlo es eliminar las barreras entre los mercados, las cuales perjudican sobre todo a los países en desarrollo. Por ello considero fundamental el lanzamiento por los Miembros de la OMC de una nueva ronda de negociaciones en Qatar en noviembre. Si dejamos pasar las oportunidades de la era de Internet, serán los pobres y los débiles, como siempre, los que pagarán el precio más alto.



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