|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Casas muertas
Índice
Capítulo I. Un entierro1 Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afecto le profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era un acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tanto arrastrarse de las alpargatas había extinguido definitivamente la hierba del camino que conducía al cementerio y los perros seguían con rutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les precedían señalando la ruta mil veces transitada. Pero había muerto Sebastián, cuya presencia fue un brioso pregón de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprendían que su caída significaba la rendición plenaria del pueblo entero. Si no logró escapar de la muerte Sebastián, joven como la madrugada, fuerte como el río en invierno, voluntarioso como el toro sin castrar, no quedaba a los otros habitantes de Ortiz sino la resignada espera del acabamiento. Al frente del cortejo marchaba Nicanor, el monaguillo, sosteniendo el crucifijo en alto, entre dos muchachos más pequeños y armados de elevados candelabros. Luego el padre Pernía, sudando bajo las telas del hábito y el sol del Llano. En seguida los cuatro hombres que cargaban la urna y, finalmente, treinta o cuarenta vecinos de rostros terrosos. El ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de enfermos. Así, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombros bajo la presión de un peso inexistente, se les veía transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corredores de las casas. Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de Sebastián era sabida por todos ella misma no la ignoraba, Sebastián mismo no la ignoraba desde hacía cuatro días. Entonces comenzó el llanto para ella. Al principio luchó por impedir que llegara hasta sus ojos esa lluvia que le estremecía la garganta. Sabía que Sebastián, como confirmación inapelable de su sentencia a muerte, sólo esperaba ver brotar sus lágrimas. Observaba los angustiados ojos febriles espiándole el llanto y ponía toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced a un esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbiaba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde Sebastián se moría. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca de una medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y le corría libremente por el rostro. Más tarde, en la noche, cuando caminaba hacia su casa por las calles penumbrosas y, más aún, cuando se tendía en espera del sueño, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convertía la desesperación en un dolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno después, cuando el amanecer comenzaba a enredarse en la ramazón del cotoperí y ella continuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sueño que nunca llegaba. Ahora marchaba sin lágrimas, confundida entre la gente que asistía al entierro. Habían dejado a la espalda las dos últimas casas y remontaban la leve cuesta que conducía a la entrada del cementerio. Ella caminaba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sentía tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido se negaba a aceptar, que a ratos parecíale que ella y la que caminaba con su cuerpo eran dos personas distintas y que bien podía la una seguir con pasos de autómata hasta el cementerio, en tanto que la otra regresaba a la casa en busca del llanto. Dos mujeres la acompañaban. A un lado su madre, doña Carmelita, con el mohín de niño asustado que la vejez no había logrado borrar, llorando no tanto por Sebastián muerto, como por el dolor que sobre Carmen Rosa pesaba, sintiéndose infinitamente pequeña y miserable por no haber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, la hermana, preñada como el año pasado, heroicamente fatigada por aquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advertía en la atmósfera la fluencia del amor de las dos mujeres, la ternura de ambas sosteniéndola para que no diera consigo en tierra. En el trecho final cargaron la urna cuatro hombres jóvenes como Sebastián, aunque no vigorosos como lo fuera él antes de caer. Eran cuatro perfiles en ocre, aguzados como la cabeza del gavilán. Su juventud naufragaba en las miradas tardas, en los desfiladeros de los pómulos, en los pliegues que circundaban los ojos. Uno de ellos, primo hermano de Sebastián, había venido en burro desde Parapara. Los otros tres eran de Ortiz y Carmen Rosa los conocía desde niños. Había corrido con ellos por las márgenes del Paya, había matado palomas montañeras junto con ellos. El más alto, Celestino, sobre cuyos hombros caía poco menos del peso total de la urna, había estado siempre enamorado de ella, desde que corrían a la par del río y mataban pájaros. Ahora cargaba el cadáver de Sebastián, soportando el mayor peso por ser el más alto, y dos lágrimas de hombre le bajaban por los pómulos angulosos. Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que colgaba de esa puerta: «No salte la tapia para entrar. Pida la llave». La tapia era de tan escasa altura que bien podía saltarse sin esfuerzo. Y no había a quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que murió el viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron dueños de aquellas tierras sin guardián, campeaban entre las tumbas y por encima de ellas, ocultaban los nombres de los difuntos, asomaban por sobre de la tapia diminuta. A escasa distancia de la puerta, la marcha del cortejo se tornó lentísima. Los cuatro hombres que llevaban la urna iniciaron, con gravedad de ceremonia ritual, un viraje de sus pasos destinado a hacer girar el ataúd hasta situarlo de frente al portal del cementerio. Como en una conversión de escuadra militar, pero incalculablemente más despacio, tres de los cargadores giraban alrededor de aquel que se mantenía en el ángulo delantero izquierdo. Este último se limitaba a mover los pies, levantando humaredas de polvo seco, simulando pasos que no daba. Era una evolución muy semejante a la que cumplían los cargadores de la imagen de Santa Rosa, cuando la procesión doblaba la última esquina de la plaza y tomaba el rumbo de la iglesia. Cesaron los murmullos y los rezos, las mujeres acallaron el llanto por un instante, y sólo se oyó el arrastrarse isócrono de los pies, un largo y patético chaschas que encerraba para aquellos hombres una honda expresión de despedida. Después lo enterraron. Eso no lo vio Carmen Rosa. Cerró los ojos con desesperada fuerza, reclinó la cabeza sobre el hombro de la madre, sintió en la garganta una sal de lágrimas que ya no salían y en el costado una herida casi física, como de lanza. A sus oídos llegaron confusamente los latinazos roncos del padre Pernía y la voz atiplada del monaguillo que decía «Amén» pensando en otra cosa. 2 Regresaron por la misma ruta, ya sin la urna. Marchaban, también de vuelta, al paso lento y desgonzado de los que no quieren llegar a donde van. Tal vez era domingo. Sin duda era domingo, pero nadie pensaba en eso. Ninguna diferencia existía entre un martes y un domingo para ellos. Ambos eran días para tiritar de fiebre, para mirarse la úlcera, para escuchar frases aciagas: «La comadre Jacinta está con la perniciosa»; «Nació muerto el muchachito de Petra Matute»; «A Rufo, el de la calle real, se lo llevó la hematuria». Apenas el padre Pernía se preocupaba por recordarles cuándo era domingo, desatando la voz de las campanas para anunciar su misa. Pero aquel día, domingo o lo que fuera, el padre Pernía presenció la dura agonía de Sebastián, amaneció junto al cadáver y las campanas no llamaron a misa porque estaban doblando desde muy temprano. Carmen Rosa volvió a la casa, apoyada en el débil brazo de doña Carmelita y seguida por un irresoluto tropel de hombres y mujeres que no se despedían de ella porque no disponían de ánimo para hacerlo. Entraron todos por el portal de la casa, se agolparon largo rato en los corredores hablando a media voz o mirando a Carmen Rosa silenciosamente y se marcharon al fin, ya mucho después del mediodía, escurriéndose por el ancho zaguán que daba a la plaza. El patio era el más hermoso de Ortiz, posiblemente el único patio hermoso de Ortiz. En sembrarlo, en cuidarlo, en hacerlo florecer había empecinado Carmen Rosa su fibra juvenil, tercamente afanada en construir algo mientras a su alrededor todo se destruía. Tan sólo el tamarindo y el cotoperí, plantados allí desde hacía mucho tiempo, nada les debían, salvo el riego y la ternura, a las manos de Carmen Rosa. Nacieron para soportar aquel sol, para endurecer sus troncos en la penuria, e igualmente erguidos se hallarían en el patio aunque Carmen Rosa no hubiera nacido después que ellos para regarlos y amarlos. No así las otras plantas. Ni siquiera las añosas trinitarias que trepaban a uno y otro extremo del corredor desde que el padre Tinedo, cuando fue cura del pueblo, las sembró para doña Carmelita. Pero era Carmen Rosa quien las limpiaba de hojas secas, quien las podaba con las tijeras de la costura, quien las humedecía con agua del río cuando el cielo negaba su lluvia. Y ellas retribuían el esmero cubriéndose de flores para Carmen Rosa, farolillos encarnados la de la izquierda, farolillos púrpura la de la derecha, y elevándose ambas hasta el techo para servir de pórtico florido a todo el jardín. Tampoco las cayenas, éstas sí sembradas por Carmen Rosa, que se alejaban hasta el confín del patio y cuyas flores rojas y amarillas sabían mecerse alegremente al ritmo seco de la brisa llanera. Mucho menos los helechos, plantados en latas que fueron de querosén o en cajones que fueron de velas, alineados como banderas verdes en el pretil, los más gozosos a la hora de beber ávidamente el agua cotidiana que Carmen Rosa distribuía. Y aún menos los capachos, nunca hechos para ser abatidos por aquel viento áspero, a los cuales la solicitud de Carmen Rosa y la sombra del cotoperí hacían reventar en flores rojas cual si se hallasen en otra altura y bajo otro clima. Ni otras plantas más humildes que no engalanaban por las flores sino por la gracia de sus hojas y cuyos nombres sólo Carmen Rosa conocía en el pueblo: una de hojas largas veteadas en tonos rojos y pardos; otra de hojas redondas y dentadas, casi blancas, como de cristal opaco; otra de hojas menuditas que ascendían y caían de nuevo con la elegancia de un surtidor. Todas ellas, y la pascua con sus grandes corolas rosadas, y los llamativos racimos de las clavellinas, y el guayabo cuyos frutos eran protegidos desde pintones con fundas de lienzo que los libraban de la voracidad de los pájaros, todas aquellas plantas debían su lozanía, su vigor, su existencia misma a las manos de Carmen Rosa. Tanto o más le debía la mujer al jardín. Sembrar aquellas matas, vigilar amorosamente su crecimiento y florecer con ellas cuando ellas florecían, fue el sistema que Carmen Rosa ideó, desde muy niña, para abstraerse de la marejada de ruina y lamentaciones que sepultaba lenta y fatalmente a Ortiz bajo sus aguas turbias. Aquel largo corredor de ladrillos que daba vuelta al patio, aquel claustro con pórtico de trinitarias y relieves de helechos, eran su mundo y su destino. Desde ese sitio había visto transcurrir tardes, meses, años, toda su adolescencia, oyendo el canto de los cardenales y de los turpiales, respirando el aroma de las flores y el olor de las plantas recién mojadas por la lluvia. Y ella creía con firmeza ¿cómo podría ser de otra manera? que solamente su presencia en aquel pequeño cosmos vegetal del cual formaba parte, su contacto constante con el verde pulmón del patio, le había permitido crecer y subsistir, no abatida por fiebres y úlceras como los habitantes del pueblo, sino fresca y lozana como la ramazón del cotoperí. 3 El patio era diferente después de la muerte de Sebastián. Las lágrimas habían retornado a los ojos de Carmen Rosa y la silueta altanera del tamarindo le llegaba difuminada, como cuando la enturbiaba el aguacero. Aquel tamarindo de duro tronco era el árbol más viejo del patio y también el más recio. Ella creyó que Sebastián era invulnerable como el tamarindo, que jamás el viento de la muerte lograría derribarlo. Y ahora no acertaba a comprender exactamente cómo había sucedido todo aquello, cómo el pecho fuerte y el espíritu indócil se hallaban anclados bajo la tierra y el gamelote del cementerio, al igual que los cuerpos enclenques y las almas mansas de tantos otros. En el interior de la tienda trajinaba doña Carmelita. Escuchaba su ir y venir detrás del mostrador, cambiando de sitio frascos y botellas, abriendo y cerrando gavetas. Sabía que su madre realizaba aquellos movimientos maquinalmente, con el pequeño corazón estremecido por el dolor de la hija, debatiéndose entre el ansia de venir a murmurarle frases de consuelo y la certeza de que esas frases de nada servirían. La tienda ocupaba un amplio salón de la casa, situada justamente en la esquina de la manzana, con dos puertas hacia la calle lateral y otra hacia la plaza de Las Mercedes. ¡Medio kilo de café, doña Carmelita! chilló una voz infantil y Carmen Rosa reconoció la de Nicanor, el monaguillo que decía «Amén» en el cementerio. Después llegaron dos o tres mujeres que hablaban en voz baja y respetuosa. Hasta el corredor trascendió apenas el rumor de esas voces, la resonancia del trajín de doña Carmelita, el tintineo de las monedas y el sonido amortiguado de los pasos que entraron y salieron de la tienda. Así fue atracando la tarde en el patio, haciendo más oscuro el verde del cotoperí y apagando el aliento caliente del resol. Por la puerta del fondo entró Olegario con el burro. A lomos del animal venía del río el barril con el agua. Olegario lo descargó al pie del tinajero, como todos los días, y se acercó tímidamente, dándole vueltas al sombrero entre las manos torpes, para decir: Buenas tardes, niña Carmen Rosa. La acompaño en su sentimiento. En ese instante sonaron de nuevo las campanas. Era el toque de oración pero Carmen Rosa se sobresaltó porque no había sentido correr las horas, ni apercibido la llegada del atardecer. En el vano de la puerta que unía el salón de la tienda con el corredor de la casa se dibujó la silueta de doña Carmelita. ¡El Angel del Señor anunció a María! dijo. Y Carmen Rosa respondió, como todas las tardes: Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. 4 Aquella noche Carmen Rosa permaneció muchas horas inmóvil, a la luz de la lámpara que doña Carmelita había traído consigo. Las sombras borraron el color de las flores y el perfil de las matas, destacándose solas contra el cielo las ruinas de la casa vecina. Había sido una casa de dos pisos y las vigas rotas del alto apuntaban por sobre de las ramas de los árboles como extrañas quillas de barcos náufragos. Una casa muerta, entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época desaparecida. Todos en el pueblo hablaban de esa época. Los abuelos que la habían vivido, los padres que presenciaron su hundimiento, los hijos levantados entre relatos y añoranzas. Nunca, en ningún sitio, se vivió del pasado como en aquel pueblo del Llano. Hacia adelante no esperaban sino la fiebre, la muerte y el gamelote del cementerio. Hacia atrás era diferente. Los jóvenes de ojos hundidos y piernas llagadas envidiaban a los viejos el haber sido realmente jóvenes alguna vez. Carmen Rosa había prestado siempre más atención que nadie a aquellas historias de un ayer alucinante. Cuando niña no empleó su imaginación en crear un mundo donde las muñecas son seres vivos, la tortuguita un ogro y el arrendajo un príncipe que espanta a las brujas con su canción. Eso quedaba para su hermana Marta que se ponía a llorar cuando a Titina, la muñeca, le daba calentura. Pero Carmen Rosa Prefería reconstruir a Ortiz, levantar los muros derruidos, resucitar a los muertos, poblar las casas deshabitadas y celebrar grandes bailes en «La Nuñera», con orquesta de siete músicos y farolitos de papel pintado. Y como a todos los viejos les deleitaba hablar del pasado, como ya no vivían sino para hablar del pasado, a Carmen Rosa le resultaba faena sencilla recoger evocaciones aquí y allá un personaje, un decorado, un episodio, una canción para reedificar con ellas una imagen viva de la ciudad muerta. Hermelinda la de la casa parroquial, la señorita Berenice la maestra de escuela, el descreído señor Cartaya, hasta Epifanio el de la bodega, tan gruñón y tan de pocas palabras, todos murmuraban más o menos lo mismo al ver asomar a Carmen Rosa: Ya viene esa muchachita con su curiosidad y su preguntadera. Pero no les desagradaba, naturalmente que no les desagradaba, oírla indagar por las cosas de ayer y mucho menos verla escuchar subyugada cuanto le referían, verdad o mentira, y reír cuando valía la pena hacerlo y enjugarse dos lágrimas cuando era triste lo que había acontecido tantos años atrás. Más aún, si pasaban tres días y Carmen Rosa no aparecía en la casa parroquial ni en la bodega, ni en el oscuro caserón del señor Cartaya, eran los viejos quienes se trasladaban a su casa con cualquier pretexto y la reconvenían: ¿Has estado enferma, muchacha? preguntaba Cartaya. Te fastidiaste de mis historias? rezongaba Epifanio. ¿No estás enamorada? insinuaba Hermelinda. Hermelinda, la de la casa parroquial, formaba parte indivisible de la iglesia, como el San Rafael que estaba al lado del altar mayor, o como la piedra rústica del bautisterio, o como las flores de papel blanco con lunares de moscas que rendían homenaje a la imagen de la Virgen del Carmen. Hermelinda había nacido en una casa cercana al templo, sólido templo de construcción que en construcción quedóse para siempre. Desde muy pequeña había pasado a vivir en la casa parroquial. Primero como niña recogida por la mano caritativa del padre Franceschini, para ir a los mandados y regar las matas del patio; luego, con el padre Tinedo, como empleada para todos los oficios, cocinar, lavar, aplanchar, barrer la casa y cuidar de la iglesia; ahora, con el padre Pernía, como disponedora de todas las cosas prácticas, suerte de ama de llaves, archivo de las vidas y de las muertes de todos los habitantes del pueblo. De los tres curas para quienes había servido, mucho más de los dos primeros que del último, hablaba Hermelinda sin parar cuando Carmen Rosa acudía a visitarla. Había tenido Ortiz otros curas, había trabajado también Hermelinda para ellos, pero jamás desfilaron por sus evocaciones ni mencionaba sus nombres. No ha pasado por este pueblo un hombre más inteligente, ni más bueno, ni más sabio que el padre Franceschini decía. Era un santo y era testarudo como todos los santos. No quiso nunca nacionalizarse venezolano porque le parecía que dejar de ser italiano era renegar de algo que había nacido con él. Y el padre Franceschini nunca renegó de nada. Aunque sabía que nacionalizarse venezolano, con todo lo que él tenía por dentro, significaba llegar a ser obispo... Y comenzaba a narrar las fiestas religiosas que el padre Franceschini organizaba, justamente cuanto Carmen Rosa deseaba porque al conjuro de ese relato se iba levantando Ortiz de sus escombros. ¡Qué procesiones, mi hijita, qué procesiones! Para la Semana Santa venía gente desde muy lejos, desde Calabozo, desde La Pascua, sin contar los de Parapara, San Sebastián y El Sombrero que se la pasaban metidos aquí. Figúrate que Ortiz tenía dos parroquias y dos jefes civiles y dos curas. Y el Viernes Santo se desprendía la Virgen de los Dolores desde Santa Rosa, tomaba después por la calle real, iba hasta Las Mercedes y volvía a Santa Rosa por otras calles, acompañando al Santo Sepulcro, al paso de una música triste de tambor y flauta, seguida por una colmena de mujeres con velas encendidas, hombres de liquiliqui y muchachos haciendo travesuras... Era poblar las ruinas. El padre Franceschini, con el musical acento italiano, derramaba un sermón elocuente desde el púlpito de Santa Rosa y prometía, después de hacer llorar a sus feligreses con la pasión de Cristo, convertir aquella iglesia en una de las más bellas de la provincia venezolana. Los altares estallaban de flores cortadas en los jardines de Ortiz y la Virgen del Carmen no se resignaba a las flores blancas de papel con lunares de moscas sino que al pie de su imagen terminaban de abrirse las mejores rosas del pueblo. Damas de crinolina y trajes de encajo susurraban una oración o escondían una sonrisa detrás del abanico de marfil. Carmen Rosa guardaba una fotografía de la abuela, que el sepia del tiempo hacía más evocadora, ensayando un paso de minuet. ¡Minuet en Ortiz, Santo Dios! Pero luego Hermelinda dejaba de hablar del padre Franceschini y comenzaba Ortiz a derrumbarse. Llegó la fiebre amarilla en el 90. En seguida aparecieron el paludismo, la hematuria, el hambre y la úlcera. Se esfumaron los airosos contornos del padre Franceschini. La espléndida iglesia quedó a medio construir, desnudos los ladrillos de las paredes, arcos sin puertas, ventanas sin hojas. Vinieron muchos curas, mi hijita, pero ninguno soportó esto. Hasta que un Domingo de Ramos, montado en un burro como Jesús, llegó el padre Tinedo y se quedó con nosotros. Ése sí era otro hombre. Muy distinto al padre Franceschini, es verdad, pero otro hombre. ¡Dios lo haya perdonado! Y sonreía siempre al nombrarlo. Porque el padre Tinedo no había tenido ni la prestancia, ni la cultura, ni la elocuencia, ni el abolengo del padre Franceschini. Era simplemente un hombre del pueblo con una sotana encima y el hormigueo del corazón por dentro. Hasta tomaba aguardiente refunfuñaba Hermelinda. Cuando yo le reclamaba, me respondía que lo hacía para espantar las enfermedades, que el alcohol era un gran desinfectante, que su olor auyentaba a los mosquitos malignos. Pero la verdad, mi hijita, era que tomaba porque le guataba mucho. Fue realmente un gran bebedor el padre Tinedo. Epifanio, el de la bodega, le despachaba la primera yerbabuena «Dame mi yerbabuenita, Epifanio...» cuando apenas había concluido sus oraciones matinales. Y entre yerbabuena y yerbabuena se le pasaban las horas del día y algunas de las de la noche. A la casa parroquial lo trajeron en vilo uno que otro sábado, cuando la yerbabuena podía más que él. Pero era muy bueno, mi hijita. No hubo casa con calentura o con hambre, aquí en Ortiz o en las afueras, donde no se apareciera el padre Tinedo, con sus tragos encima, dispuesto a dar lo que tuviera. Primero daba lo suyo y después lo de la Virgen del Carmen y lo del templo, y lo que le cayera en la mano. Decía que la Virgen no necesitaba velas, ni la iglesia que la terminaran, ni Santa Rosa procesión, mientras se estuvieran muriendo como moscas los prójimos. Y sacaba lo poco que caía en los cepillos de los santos para comprar quinina y leche condensada. ¡Dios lo haya perdonado! Además, la gracia llanera del padre Tinedo no se dejó desmantelar por el turbión de desgracias. Su buen humor, agudizado por el espíritu de las yerbabuenas, logró sobrevivir no obstante que sobre sus débiles espaldas se derrumbó la ciudad y hubo tres días de recitar siete «De profundis» en el cementerio. Una vez refería Hermelinda estaba diciendo un sermón contra el egoísmo. ¡Ay, mi hijita!, y con la iglesia llena de beatas, delante de las señoritas viejas más decentes de Ortiz, lo terminó de esta manera: «Y esto del egoísmo lo he dicho también por ustedes, que nada le dieron a Dios, ni tampoco le dieron al diablo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén»... Y se bajó del púlpito. ¡Dios lo haya perdonado! 5 El señor Cartaya no veía el pasado de Ortiz a través de sus curas. Por el contrario, con todos ellos había tenido argumentos porque el señor Cartaya fue federalista en su adolescencia, liberal y crespista luego, masón siempre. Aún ahora, viejo y vacilante como andaba por el estrecho corredor oscuro de Vargas Vila que eran los únicos supervivientes de su biblioteca librepensadora. A Carmen Rosa le placía particularmente la charla del señor Cartaya porque ninguno como él evocaba el fausto de otros tiempos. Había sido también músico de la banda, porque el Ortiz remoto tuvo banda y el señor Cartaya tocaba entonces la flauta bajo los robles de la plaza, como también la tocaba en la orquesta que regía los grandes bailes, y la hacía llorar en la procesión de la Dolorosa o estallar de pasodobles en las tardes de toros coleados. A la casa del señor Cartaya se le había caído la mitad, no obstante haber sido en su origen una sólida construcción española de dos pisos, vigas de dura fibra, calicanto y ladrillos bien cocidos. Ahora lucía como seccionada por el mandoble de un gigante, como esas casas belgas partidas por los cañones alemanes que Carmen Rosa había visto en las postales aliadas de 1917. No es que fuera la casa de Cartaya porque éste la hubiera comprado o heredado, sino que pasó a ocuparla graciosamente cuando sus dueños la abandonaron y empezaron a poblarla los lagartijos y a espinarla los ñaragatos. A Cartaya se le nublaron los ojos. En aquella casa había tocado la flauta con toda el alma juvenil aventada en las notas del vals, confundido en la orquesta, mientras Isabel Teresa, rubia e hija de godos, educada en Caracas por monjas francesas, apenas se enteró de la existencia de un músico liberal y masón que casi desfallecía mientras tocaba la flauta y la miraba. Al poco tiempo se casó con el general Pulido y se marchó para siempre de Ortiz. Pero al pobre Cartaya le quedó aquel recuerdo, el de una sonrisa que le concedió Isabel Teresa, el de una mirada de los insólitos ojos verdes de Isabel Teresa, punzándole el corazón con la saña del ñaragato. Por eso ocupó la casa cuando ya nadie quiso habitarla, la limpió de sabandijas y de plantas salvajes y decidió esperar en ella la muerte, solterón y solo, fumando sus tabaquitos de a locha y adivinando su Renan con ojos ya cansinos. Hasta que llegó Carmen Rosa a preguntarle por los tiempos viejos. Ésta era la capital de Guárico, niña. La ciudad más poblada y más linda del Guárico, la rosa de los Llanos. «Sol de los Llanos», por cierto, se llamaba la logia, y el señor Cartaya, que llegó a ser grado 33, se sentaba entre el doctor Vargas y Rosendo Martínez, para oírlos hablar de la Revolución Francesa o de Thiers y Gambetta. Era una logia pulcra y culta, ceremoniosa y caritativa, digna enemiga de su temible contendor el padre Franceschini. El combate entre los masones y el cura paraba en un armisticio todos los años, el 30 de agosto, día de Santa Rosa. Por algo era ella la patrona del pueblo, la más primorosa de todos los pueblos del Llano. Ese día el señor Cartaya olvidaba su grado 33 para tocar la flauta, montado en el alto coro de la iglesia, mezclando sus notas afiladas con las del bronco corazón del órgano y con la voz de barítono napolitano del padre Franceschini. Y seguía tocando la flauta luego, señalando el rumbo a las tiernas voces de las Hijas de María, en todo el recorrido de la procesión. Y más tarde, bajo los robles de la plaza; y en el baile de gala hasta la madrugada y aun después del baile acompañando a los arrendajos del amanecer, cuando corría con generosidad el brandy, que todos los años corría. Ortiz echaba la casa por la ventana, niña. Y los orticeños nos fajábamos con los coleadores del bajo Guárico, con los Galleros del Calabozo y Zaraza, con los cantadores de Altagracia y La Pascua. Y en materia de fuegos artificiales, nadie podía con nosotros. Medio siglo, ¡y qué medio siglo!, no había logrado marchitar el orgullo del señor Cartaya con respecto a los fuegos artificiales de Ortiz. El amanecer del día de Santa Rosa se anunciaba por el estampido de cohetes y cohetones, más madrugadores aún que las campanas de la iglesia. Apenas concluida la misa, ya estaban allí los triquitraques y los buscapiés, culebrillas rojas serpeando entre los zaguanes, asustando a las beatas con su chisporreteo, enredándose entre las piernas de «La Burriquita». Y al promediar la tarde, cuando Santa Rosa surgía linda y juvenil por el ancho portal de la iglesia, resonaba el trueno gordo de los voladores que ascendían desde Las Topias, Banco Arriba y El Polvero. Eran barrios del viejo Ortiz, niña suspiraba Cartaya. No intentes buscarlos ahora porque ni las ruinas quedan. Ahí mismito, tres cuadras más allá de la carretera, donde ahora no se ve sino paja seca y no se oye sino la escapada de las iguanas, se levantaban las casas de Las Topias, Banco Arriba y El Polvero, cuando Ortiz era ciudad... Pero lo realmente grandioso era la noche. Para la noche de Santa Rosa reservaba el pueblo su atronante homenaje en luz y pólvora a la tierna patrona. Meses enteros pasaban el italiano Cecatto, su mujer y sus hijos, fabricando aquellos surtidores de llama que luego se abrían en la noche llanera. La girándula que daba vueltas enloquecidas y lanzaba chorros de luz en todas direcciones. El árbol de fuego que florecía de candela su ramazón hasta quedar convertido en el boceto otoñal del varillaje. El castillo de fuego que ardía entre estampidos como en una escena fantástica de guerra y vandalaje. El toro de fuego, resoplando llamas por las toscas narices de cartón, monstruo infernal batallando entre la hoguera que lo destruía. La última gran fiesta de Ortiz precisaba el viejo Cartaya fue en el 91, cuando Andueza preparaba el continuismo. Carlos Palacios, primo de Andueza, lanzó su candidatura a la presidencia del Guárico y lo festejó con bailes y terneras que hicieron época. En la plaza de Las Mercedes se levantó en siete días, con troncones de madera y piedras del río, un circo de toros. «Los Cimarrones» se llamaban los toreros que vinieron desde Caracas para la corrida. Y corrió el aguardiente como si hubiera sido lluvia del cielo. Y yo toqué la flauta tres días con sus noches. Y ni Andueza pudo reelegirse, ni Carlos Palacios llegó a presidir el Guárico, porque no se lo permitió mi general Joaquín Crespo, de Parapara. Fueron los últimos destellos de «la rosa de los Llanos». Ya había pasado la fiebre amarilla pero el paludismo comenzaba a secarle las raíces a la ciudad llanera. Sin embargo, bajo la presidencia de Crespo, parapareño que es casi como decir orticeño, vivió Ortiz horas de fugaz esplendor, debatiéndose contra un destino que estaba ya trazado. El doctor Núñez, secretario general de Crespo, había nacido en el propio Ortiz. En su casa, «La Niñera», se celebraron grandes banquetes a los cuales asistió Crespo en persona en más de una ocasión. Cartaya recordaba al caudillo llanero, montado entre los tranqueros de la calle real. Y desde que lo mataron concluía Cartaya hubo que borrar del lenguaje venezolano la palabra «caudillo»... 6 En otras ocasiones el señor Cartaya se desviaba de los acontecimientos de proyección histórica, del acampar de guerrillas famélicas en las calles de Ortiz, de la descripción de festejos y ceremonias, para referir retazos de vidas de gentes de la región. Los héroes de esos relatos estaban todos muertos y sepultados, no en el humilde cementerio nuevo de tumbas encaladas sino en el viejo y lujoso camposanto cuyos altivos túmulos abandonados podían verse aún, asomados entre cujíes y chaparrales, si se caminaba un buen trecho desde la iglesia de Santa Rosa, rumbo al noroeste. Cuénteme la historia de Juan Ramón Rondón le pedía Carmen Rosa una noche. Pero niña rezongaba Cartaya complacido. ¿Otra vez? Si ya te la debes saber de memoria. Carmen Rosa esbozaba un ademán de protesta que sabía innecesario porque ya Cartaya se disponía a reiniciar aquel relato tan propicio a las noches sin luna, cuando las pocas luces del pueblo adquirían un brillo blanquecino y emanaba una tristeza recóndita de las casas caídas. Juan Ramón Rondón era un muchacho de Ortiz, buen jinete y buen gallero, que llevaba amores clandestinos con la esposa del hacendado Pedro Loreto... »Cuando el marido ensillaba la mula y tomaba la trocha que conducía a la hacienda, Rondón la esperaba en la otra orilla del río, a la sombra de un bosque que la estación de lluvias salpicaba de pascuas moradas. »Hasta que una vecina contaba Cartaya, extrañada por aquellos paseos de la señora, le fue con el cuento a Loreto. Y el marido, ya en sospechas, anunció un viaje largo de cinco días, se despidió de su mujer con el más tierno abrazo y, en la mula bien provista de bastimento, salió por el camino real que iba a La Villa. »Los amantes decidieron encontrarse esa noche en la casa de ella. Era justamente su más hondo deseo, besarse entre cuatro paredes y no en el monte, no hostigados por las espinas de los cardones, no con la mitad del corazón puesta en el beso y la otra mitad encogida por el temor de que alguien, un cazador, un niño vagabundo, un caminante extraviado, los sorprendiese. »Aquella misma noche continuaba Cartaya esperó Juan Ramón Rondón que se apagaran las luces de Ortiz, que se cerraran las puertas del billar, que se retiraran los conversadores de las esquinas, antes de tomar el camino de la casa de Pedro Loreto. »Pasada la plaza de Las Mercedes, ya apagado a su espalda el rumor del Paya, Juan Ramón vio venir en sentido contrario una hamaca que cargaban dos hombres de larga sombra. Al principio supuso que traían un enfermo, pero luego, al observar el lado azul de la cobija hacia arriba, a la luz del farol que un tercer hombre llevaba, comprendió que se trataba de un cadáver. »Ya se cruzaba con ellos. Se descubrió Juan Ramón y formuló sin detener el paso la pregunta ritual: »¿Quién es el difunto? »Y el del farol, flaco bejuco embozado, respondió con voz ronca que se tornaba prolongado calderón en el arrastrar de las oes: »¡Juan Ramón Rondón! »Su propio nombre. Se estremeció y preguntó luego, como si ya estuviera enterado de la forma en que había muerto aquel desventurado homónimo suyo: »¿Quién lo mató? »¡Pedro Loreto! le respondió la espesa voz del hombre del farol. »Y se alejaron en tanto que Juan Ramón Rondón proseguía su camino sin entusiasmo. Aquel muerto que tuvo su mismo nombre, asesinado por un hombre cuyo nombre era igual al del marido de su amante, lo había puesto caviloso y desazonado. En ese trance se hallaba cuando, al doblar un recodo, divisó un segundo farol que avanzaba a su encuentro. »Era una hamaca idéntica a la primera, una cobija con el lado azul hacia arriba, un cadáver de iguales dimensiones. No así los cargadores, esta vez dos ancianos desharrapados, de franelas mugrientas: ni el farolero, esta vez un enano de hinchada, monstruosa cabeza. »¿Quién es el difunto? volvió a decir impensadamente Juan Ramón, como movido por una voluntad ajena a la suya. »Y el enano, con voz más ronca que la del primer farolero, aún más sostenido el calderón de las oes: »¡Juan Ramón Rondón! »¿Quién lo mató? »Conocía de antemano la respuesta que se le venía encima: »¡Pedro Loreto! »Otra vez su nombre y otra vez el del marido a quien burlaba. Los dedos fríos del miedo se cerraban en la garganta de Juan Ramón, le paralizaron el correr de la sangre, le espantaron el amor y el deseo. Conteniendo el aliento desanduvo lo andado y regresó a su casa. »Cien pasos más allá de la segunda hamaca concluía Cartaya pasó Pedro Loreto toda la noche, con una lanza apureña en la mano, esperando a un hombre para clavársela en el costado. A Carmen Rosa le agradaba en extremo aquella historia donde nada sucedía finalmente. Donde no obstante los augurios de muerte que la voz y los gestos de Cartaya sugerían mientras la relataba, las cosas continuaban como estuvieron y los amantes seguían viéndose y besándose asustados en un umbroso recodo del río. Capítulo III. La señorita Berenice7 Cuando Carmen Rosa nació ya Ortiz había comenzado a desplomarse. Entre ruinas dio sus primeros pasos y ante sus ojos infantiles fueron surgiendo nuevas ruinas. Aquella casa de dos pisos, frente a la plaza, no estaba todavía tumbada cuando Carmen Rosa hizo su primera comunión. Se derrumbó más tarde, cuando sus dueños la abandonaron y vinieron unos hombres desde San Juan a llevarse las tejas y las puertas. Carmen Rosa recordaba las sólidas puertas de oscura madera y las aldabas formadas por monstruos de metal con cuellos de serpientes en cuyos vientres de cabras se engarzaban las pesadas argollas. Era una de sus travesuras favoritas hacer sonar las grotescas aldabas cuando regresaba con Marta de la escuela. Marta le tenía miedo al ruido bronco del golpe, le tenía miedo a las horribles quimeras de las aldabas, y a los dueños de la casa cuando la casa tuvo dueños y a los fantasmas de la casa cuando los dueños la deshabitaron. Pero tenía que quedarse en su sitio, porque también le daba miedo echar a correr, mientras Carmen Rosa tomaba con ambas manos aquellos feroces demonios de bronce y los dejaba caer una y otra vez sobre las chapas de metal de la puerta. El recinto de la escuela era el corredor de la casa de la señorita Berenice, ocupado por tres largos bancos sin espaldar, la mesa de la maestra y un viejo pizarrón que la señorita Berenice encharolaba todos los años. Era una escuela de niñas. Las alumnas no pasaban de veinte en aquellos tiempos, pero muy rara vez asistieron todas juntas a clases. Siempre sucedía lo mismo: Manda a decir misia Socorro que Elenita no puede venir hoy porque está con calentura. Que la niña Lucinda no se pudo levantar hoy de la cama. La que no se enfermaba nunca era Carmen Rosa. Y como, por añadidura, era la única que prestaba real atención a las cosas que la señorita Berenice decía, alguien hubiera podido pensar que la maestra dictaba las clases exclusivamente para ella. Como tú eres la consentida... se lamentaba Marta, o Elenita o cualquier otra. Y Carmen Rosa sonreía sin concederle importancia al dicho. Si ella gozaba el privilegio de venir diariamente a clase era porque el paludismo no le hacía arder la sangre; si podía estudiar en la casa era porque el anquilostomo no le había roído la voluntad. Y le sobraban fuerzas para saltar por sobre las hierbas que asomaban entre las grietas de las aceras y para encaramarse a las matas de guayaba y para nadar en el río y para lanzar piedras a los pájaros, como los varones. Una vez fue con los varones y con Marta hasta el cementerio viejo. Marta, naturalmente, temblando de miedo se negó a acompañarlos. Pero Carmen Rosa le infundió ánimo, y como estaba con ellas la figura guardiana de Olegario, Marta concluyó por arrostrar la aventura. Era preciso abandonar el camino y atravesar una siembra de frijoles para divisar la tapia del cementerio abandonado. Ya no existía el portal. La propia tapia se había derrumbado en muchos sitios, pero la trabazón de los bejucos, las pencas superpuestas de las tunas, los troncos y las ramas de los cujíes, ocultaban las tumbas. Olegario usó el machete y abrió una pequeña trocha para que pasaran las niñas. Ya los varones se habían escurrido por entre las lianas como cabras y uno de ellos, tenía que ser Panchito, se había trepado al mausoleo más alto y desde allá arriba silbaba imitando el canto de los turpiales. Carmen Rosa estaba maravillada. Aquel había sido, sin duda alguna, el cementerio de la gente rica de Ortiz, cuando Ortiz fue flor de los Llanos y capital del Estado Guárico. Del mar de plantas ásperas surgían, aquí y allá, las grandes masas blancas de las tumbas. Había una de más de cinco metros de altura cuyo tope se alzaba como torre de piedra por encima de la ramazón del cují más crecido. Por el suelo, tiradas, cual si un ventarrón las hubiera arrancado de su base, yacían cuatro enormes copas truncas. Otra gran tumba remataba en una cruz de hierro, y colgante de un brazo de la cruz, se mantenía una corona. Era una corona de metal, con florecillas negras hechas de una pasta vidriada que inexplicablemente había resistido al tiempo y a los rigores de aquel descampado. Pero no se leían nombres ni inscripciones en ninguna de las tumbas. Carmen Rosa y los otros buscaron afanosamente una palabra escrita, un apellido, una fecha, pero no los hallaron. Era un cementerio anónimo, impersonal, tanto que la ausencia absoluta de caracteres hacía sospechar por un instante que ahí no estaba enterrado nadie y que aquel era apenas un antiguo y desamparado modelo ornamental de cementerio. Los pasos infantiles resonaron largo rato, en diversas direcciones, sobre las hojas secas y resecas que cubrían el suelo. Eran hojas de varios veranos, desde la recién caída, hasta la que ya era parte de la tierra, tierra misma. Los detuvo la pared del fondo, que no era propiamente una pared sino una múltiple tumba vertical, agujereada de bóvedas. Panchito introdujo la mano derecha, el brazo entero, por una de aquellas oquedades y, despertando el grito entusiasta de sus compañeros, extrajo una calavera. Carmen Rosa inició un gesto de desagrado. No tenía todavía un concepto definido de la muerte, pero no le caía en gracia la muerte, como no le caían en gracia el dolor, ni el llanto, ni la melancolía. Martica, por su parte, rompió a llorar, aterrada. Olegario gruñó una reprimenda: ¡Ah, muchacha más zoqueta! Pero Panchito sepultó nuevamente la calavera en el negro boquete que la anidada y se acercó a consolar a la afligida: Si yo hubiera sabido que te ibas a poner a llorar, no la saco. Pero ¿sabes? Ese hombre se murió hace como cien años. A lo mejor no era ningún hombre sino un araguato. ¿Tú no has oído decir que los araguatos tienen los huesos igualitos a los hombres? Además, Martita, te pones muy fea, cuando lloras. Y a mí no me gusta verte fea. Este último argumento resultó tal vez el más poderoso. Martica dejó de llorar, enjugó las dos últimas lágrimas con el extremo de la manga de su vestido y esbozó una tenue y confiada sonrisa. Para aquel entonces Panchito tenía once años y Martica no pasaba de ocho. 8 El padre de Carmen Rosa estaba vivo. Estuvo vivo mucho tiempo, sin estarlo. Antes de «la tragedia», que así decían todos en el pueblo al referirse al suceso que mató en vida al señor Villena, el padre de Carmen Rosa fue uno de los hombres más importantes de Ortiz, tal vez el más importante en la balanza del respeto público. El señor Cartaya se le había repetido muchas veces: Tu padre era un hombre recto como el tronco del tamarindo. Y trabajaba como no ha trabajado jamás nadie en este país de zánganos. Aunque nació muchos años después que yo, la verdad es que yo lo trataba con la consideración que se debe a los mayores. Pero no era solamente el señor Cartaya. Carmen Rosa oía hablar en todas partes de su padre como si estuviera muerto, aunque en realidad seguía estando vivo y comiendo con ellos en la misma mesa y paseándose al despuntar la mañana por entre las matas del jardín. Y en todas partes elogiaban por igual su extinta laboriosidad infatigable, su extinto corazón frente a la vida, su extinta lucidez de pensamiento. Su padre había sido agricultor, ganadero, comerciante. Tuvo una hacienda, entre Ortiz y San Francisco de Tiznados, de café y tabaco. Dentro de la hacienda estaba el hato, con cincuenta vacas lecheras. A Carmen Rosa la llevaron una vez a la hacienda, cuando tuvo la tos ferina. Pero sólo le quedaron dos recuerdos gratos: el bucare florecido que moteaba la grana el anchuroso verdor del cafetal y el llanto afanoso de los becerros en demanda de la ubre. Lo demás fue ahogarse de tos entre las faldas de su madre. Además de la hacienda y el hato, don Casimiro Villena tenía el almacén de Ortiz, «La Espuela de Plata. Detal de Licores», encajado en un ángulo de la casa con puertas hacia la calle lateral y hacia la plaza Las Mercedes. Aquí y allá se prodigaba con singular diligencia. Se levantaba de madrugada, montaba el caballo ensillado por Olegario y llegaba al hato con el amanecer, a vigilar el ordeño de las vacas, a cooperar en el ordeño con sus propias manos. Llevaba él mismo las cuentas de la hacienda y sabía exactamente el número de matas, dónde estaban sembradas, cuánto producían en cada cosecha. Iba hasta Villa de Cura en mula, a negociar los productos de la hacienda y a comprar mercancías para «La Espuela de Plata». Despachaba tras el mostrador, cuando estaba en la casa, quitándole el puesto a Olegario. ¡Medio de manteca, don Casimiro! y servía la manteca. ¡Dos torcos, don Casimiro! y llenaba los vasitos de torco. ¡Una vara de zaraza, don Casimiro! y medía la vara de zaraza. Y cuando no había nada que hacer en la tienda, o era domingo, don Casimiro desclavaba cajones, fabricaba taburetes y repisas, curaba el moquillo a las gallinas o desarmaba un despertador maltrecho para hacerlo marchar de nuevo. Carmen Rosa recordaba solamente las postreras manifestaciones de aquella permanente, febril actividad, de aquel siempre estar haciendo algo útil que delineaba la imagen de su padre, no como la de un ser humano con debilidades y desfallecimientos, sino como la de una operante maquinaria con apariencia de hombre. Después sobrevino «la tragedia». La tragedia se produjo durante la peste española, al concluir la guerra europea. Sobre aquel pobre pueblo llanero, ya devastado por el paludismo y la hematuria, ya terrón seco y ponedero de plagas, cayó la peste como zamuro sobre un animal en agonía. Murieron muchos orticeños, cinco por día, siete por día, y fueron enterrados quién sabe dónde y quién sabe por quién. Otros, familias enteras, huyeron despavoridos, dejando la casa, los enseres, las matas del patio, el perro. Desde entonces adquirió definitivamente Ortiz ese atormentado aspecto de aldea abandonada de ciudad aniquilada por un cataclismo, de misterioso escenario de una historia de aparecidos. Don Casimiro Villena cayó enfermo. La peste lo derribó con una fiebre que iba más allá del límite previsto por los termómetros. Su piel quemaba a quienes la tocaban, como las piedras de un fogón encendido. A las pocas horas de aquella ininterrumpida combustión interior, don Casimiro comenzó a delirar, a balbucir frases incoherentes, a relatar episodios que nunca habían sucedido, a ver fantasmas en los rincones del cuarto. ¡Déjame en paz, alma de Julián Carabaño, déjame en paz! Incluso voceaba palabras soeces que doña Carmelita jamás había escuchado antes y que oía entonces sin entenderlas, sacudida de espanto, acurrucada en el mecedor de esterilla y encomendándose a las ánimas del purgatorio. Finalmente, después de muchos días de arder como un pabilo, cedió la fiebre. Pero quedó el delirio, el desvarío, la ausencia. Don Casimiro Villena dejó de ser quien era para transformarse en una sombra que vagaba por los corredores de la casa gruñendo murmullos que no llegaban a palabra, articulando palabras que no llegaban a frase. Doña Carmelita sostenía que no fueron la peste ni la fiebre las causas verdaderas de «la tragedia», sino el tanto trabajar, el escaso dormir, el demasiado hacer y pensar, la preocupación trascendental de don Casimiro por los problemas grandes o pequeños de este mundo. Ella lo aseaba, lo vestía, le servía la comida en la boca como a un niño. Ella interpretaba a su manera los gruñidos y sostenía con él extraños diálogos: Yo creo, Casimiro, que debemos realizar a cualquier precio esa pieza de género blanco que nos queda en «La Espuela de Plata». El turco Samuel, que pasa por Ortiz cada cuatro semanas, vende género más barato y por cuotas... ¡Uhm!... rezongaba ausente don Casimiro. Me contenta que estés de acuerdo, hijo continuaba ella imperturbable. También quería consultarte sobre Martica. Sigue llorosa y deja la comida. Yo creo que esa muchacha necesita un reconstituyente y habrá que pedirlo a San Juan... No así Carmen Rosa. Carmen Rosa comprendía cabalmente que don Casimiro Villena, su padre, aunque comiera con ellas en la mesa y paseara por los anchos corredores al despuntar la mañana, estaba muerto desde hacía mucho tiempo. 9 No el padre, no la madre, sino la señorita Berenice, maestra de escuela, fue el personaje de mayor relieve en el transcurso de la infancia de Carmen Rosa. El padre, don Casimiro Villena en pleno goce de sus facultades fue siempre una energía inaccesible. Entre la hacienda, las vacas lecheras, los viajes a La Villa, «La Espuela de Plata», los pequeños quehaceres que él se inventaba, se le iban como agua entre las manos las horas del día. Tiempo para hablar con las niñas, para acariciar a las niñas, nunca le sobró. Carmen Rosa recordaba, como suceso excepcional e inusitado, la ocasión en que don Casimiro la llevó de la mano hasta la plaza. Era domingo y pasó por Ortiz un italiano con una osa domesticada. La osa se llamaba Maruka y movía los pies torpemente al son de una pandereta que golpeaba su dueño. Era un italiano triste, de largos bigotes lacios, una osa triste, simulando una música y un baile a la vera de un pueblo triste. Pero Carmen Rosa aplaudió hasta enrojecerse las manos y gritó una y otra vez con el italiano: ¡Baila, Maruka! Don Casimiro le compró esa tarde caramelos en la bodega de Epifanio, unos largos caramelos de menta rayados en blanco y rojo, y hasta la montó a cabrito en sus hombros, al regreso, cuando ella se mostró cansada. Carmen Rosa se entusiasmó tanto que, una vez en la casa, se atrevió a pedir: Papaíto, ¡cuéntame un cuento! Pero don Casimiro, sorprendido del tono y de la demanda, se limitó a responder con su gravedad de todos los días: Yo no sé de cuentos, hija. En cuanto a la madre, doña Carmelita, siempre había sido una sombra. Una sombra de don Casimiro primero, una sombra de don Casimiro luego, una sombra de la propia Carmen Rosa más tarde. Era dulce y buena doña Carmelita. Gustaba de socorrer a los pobres y de consolar a los afligidos. Rezaba sus oraciones con ejemplar devoción y se multiplicaba ante el lecho de los enfermos. Pero por la infancia de Carmen Rosa pasó como una sombra amable que la vestía diariamente de limpio, le anudaba hermosos lazos azules en el pelo y la reprendía muy de tiempo en tiempo, cuando era imposible dejar de hacerlo: Carmen Rosa, ¡no te subas a las ramas del cotoperí que tú no eres un muchacho varón! La señorita Berenice era muy diferente. Ella nunca se había casado, ni había tenido hijos soltera, «ni para Dios, ni para el diablo», como hubiera dicho el padre Tinedo. Su vida era un pequeño territorio que limitaba por todas partes con la escuela y con las matas de guayaba. Unas guayabas grandes como peras, de carne blanca y agridulce, que la señorita Berenice defendía heroicamente del sol y del viento, de la lluvia y de los pájaros, pero no de sus discípulas. Era una mujer pálida, de una pulcritud impresionante, siempre olorosa a jabón y a agua del río, siempre recién bañada y vestida de blanco. Cuando el pelo rubio comenzó a encanecer y, más aún, cuando encaneció totalmente, Berenice fue adquiriendo visos de lirio, de nube, de velero. No era Carmen Rosa la consentida, como pensaban las otras, sino el orgullo de la señorita Berenice. Había pasado muchos años dando clases en aquella escuelita algún día la jubilaría el Ministerio de Instrucción, ya se lo habían prometido y jamás se sentó en los bancos de su corredor una muchacha más atenta, más estudiosa, más curiosa que aquella. Llegaba la primera, con Martica a rastras y se marchaba la última, después de comerse las mejores guayabas y de hacer mil preguntas fuera de clase que las más veces ponían en grave aprieto a la maestra: Señorita Berenice, ¿a qué distancia de nosotros queda la estrella más lejana? Señorita Berenice, ¿por qué no se derrama el agua de los mares cuando la tierra da vueltas? Señorita Berenice, ¿por qué las gallinas necesitan un huevo para tener sus hijos? Señorita Berenice, ¿de dónde salió la madre de los hijos de Caín? Tal vez Berenice escondía la añoranza de haber tenido una hija exactamente igual a Carmen Rosa. Tal vez pensaba acongojadamente en ese deseo no cumplido, a la hora del ángelus, cuando la casa se quedaba sola y la luz amarillenta de la lámpara de carburo hacía más desolada su soltería. Pero eso no significaba que Carmen Rosa fuera la consentida. Cuando se realizaron los exámenes de instrucción primaria, la señorita Berenice tuvo la oportunidad de demostrar a las demás alumnas, y de demostrárselo a sí misma, que su interés hacia Carmen Rosa no se debía a una predilección caprichosa, ni a una injusta discriminación para con las otras niñas del pueblo. Había llegado un bachiller desde Calabozo, representando al Consejo de Instrucción, y constituyó el jurado examinador junto con ella misma y el señor Núñez, maestro de la escuela de varones. Por mucho tiempo recordaron en Ortiz aquellos aciagos exámenes que no pasaron de la prueba escrita. Se presentaron diecisiete alumnos, entre hembras y varones, de edades muy diversas. Pericote, por ejemplo, que era el mayor, ya usaba pantalones largos y se afeitaba el bigote. Aspiraban todos a pasar al quinto grado, a servir de semilla para la creación de un quinto grado en Ortiz, que no existía desde mucho antes de la peste española. El señor Núñez y la señorita Berenice, infinitamente más nerviosos que sus discípulos, sabían de antemano que aquello no era posible. Con anquilostomos, con paludismo, con miseria, con olvido no era posible que aquel puñado de rapaces infelices aprendiera lo suficiente para aprobar un examen que iba a cumplirse de acuerdo con las sinopsis elaboradas en Caracas para niños sanos y bien nutridos. La señorita Berenice estaba más lirio que nunca y el señor Núñez se secaba el sudor con un pañuelo a cuadros mientras el bachiller de Calabozo dictaba las tesis correspondientes a la prueba escrita: «El Estado Trujillo. Población, ríos, distritos y municipios...». O la de gramática: «El adverbio. Definición y clasificación». O la de Instrucción Cívica: «Derechos constitucionales de los venezolanos». Al día siguiente sucedió lo inevitable. El bachiller de Calabozo llegó apenadísimo a la escuela del señor Núñez, donde había de celebrarse la prueba oral. Como quien lanza al agua un objeto inútil, dejó caer sobre el pupitre del maestro un espeso fajo de cuartillas. Ni haciendo un esfuerzo caritativo pueden aprobarse dijo. Casi todos dejaron páginas enteras en blanco y los que intentaron desarrollar algún tema lo hicieron cometiendo infinidad de errores. Y luego la caligrafía, tan rudimentaria, como si fueran niños de seis años. Y la ortografía, no se diga. Ustedes deben comprender... Núñez y Berenice comprendían demasiado. Inclusive deseaban hablar de otro asunto, del verano que había sido muy riguroso ese año, de la salud del obispo que se venía haciendo precaria. Pero el bachiller de Calabozo, insistió, esta vez sonreído: Por supuesto que hay una excepción. Las tesis de esta niña son excelentes. Y extrajo de una carpeta de cuero las páginas que había escrito Carmen Rosa. Un carmín candoroso se extendió por el rostro de la señorita Berenice. El propio señor Núñez, conmovido, estrechó efusivamente la mano de la maestra. Al bachiller de Calabozo le correspondía el trago amargo de anunciar la hecatombe al tropel anhelante que esperaba a la puerta de la escuela. Pueden regresar a sus casas. No hay prueba oral. Y la señorita Berenice, tomando de un brazo a Carmen Rosa: Tú te quedas. Presentó la prueba oral, única a responder ante tres examinadores, sin darse cuenta exacta de lo que estaba sucediendo. Y luego, comprendió que había llegado sola y sobresaliente a un quinto grado que nunca existiría, se echó a llorar. Capítulo IV. La iglesia y el río10 El padre Pernía, cura de Ortiz, mulato yaracuyano, era muy diferente al padre Franceschini. Tampoco tenía nada del padre Tinedo. De que ardía en su espíritu una fe inquebrantable en su religión, de eso no había duda. Y de que bajo la sotana llevaba pantalones de hombre, tampoco la había. Solamente esa fe y esos pantalones lograron sostenerlo tantos años en medio de aquellos escombros, sin lamentarse de su destino, sin pedir traslado, como si su dura voluntad emprendedora no tuviera como finalidad la de presenciar impotente la desintegración de aquellos caseríos llaneros. Él, que había nacido para fundar pueblos y no para verlos morir, para suministrar agua de bautismo y no óleo de extremaunción. Ante el reclamo interior ineludible de fundar algo, fundó tres sociedades: La Sociedad del Corazón de Jesús rosarios y vía crucis, lectura de Kempis, obras de caridad para las señoras y las solteronas viejas; las Hijas de María flores para el altar, «Tantum ergo» en coro, «No me mueve mi Dios para quererte» para las solteras jóvenes; y las Teresitas del Niño Jesús estampitas de la Virgen, catecismo de Ripalda, «Venid y vamos todas con flores a María» para las niñas. Con los hombres nunca logró fundar nada. Profesaban una extraña teoría, impermeable a los más irrefutables argumentos, según la cual la religión era función específica y privativa de las mujeres. No eran sociedades muy nutridas, naturalmente. Si es que ya casi no quedaba gente en el pueblo, y entre la que quedaba, ¿de dónde sacaban las pobres para comprar los zapatitos de las Teresitas y los velos blancos de las Hijas de María? En cada una de las agrupaciones las integrantes no pasaban de quince, que ya era bastante y que a tantas llegaban porque el padre Pernía era el padre Pernía. Carmen Rosa fue Teresita del Niño Jesús y ya anhelaba que la ascendieran a Hija de María porque comenzaban a apuntarle los senos. En ese entonces le agradaba infinitamente el recinto de la iglesia, los santos que lo poblaban, las oraciones que se rezaban en su penumbra, el canturreo de las letanías, la música del viejo órgano. ¿Cómo no te va a gustar si es la única diversión que existe en Ortiz? gruñía su descreído amigo el señor Cartaya. Ciertamente, la iglesia y el río eran ya los dos únicos sitios de solaz, de aturdimiento, que le restaban al pueblo. Ya no se rompían piñatas los días de cumpleaños, ni se bailaba con fonógrafo los domingos, ni retumbaban los cobres de la retreta. En mitad de la plaza, montado en su columna blanca desde 1890, el pequeño busto del Libertador, demasiado pequeño para tan alta columna, no supo más de cohetes ni de charangas, de burriquitas ni de palos ensebados. Un oscuro silencio se extendía, desde el anochecer, sobre los samanes y los robles de la plaza. Y en el día, cuando se marchaban las lluvias, un sol despiadado amenazaba con hacer morir de sed al desvalido Bolívar del busto. La iglesia era un edificio digno del viejo Ortiz, el señero vestigio que quedaba en pie del viejo Ortiz. Es cierto que nunca concluyeron la construcción, pero la parte levantada era sólida y hermosa, no enclenque y remilgada capillita a merced del viento y del aguacero, sino robusto templo hecho, medio hecho porque no estaba hecho del todo, para hacerle frente a las fuerzas destructoras de la naturaleza. Tanto como el patio de su casa, el ámbito de la iglesia era un rincón de Ortiz que Carmen Rosa tenía en gran estima. Una sola nave, largo rectángulo de alto techo sostenido por poderosas vigas de madera. A la entrada, a la izquierda, trepaba la empinada y angosta escalera que conducía al coro, tan empinada que casi llegaba vertical. Pericote, el muy sinvergüenza, se arrodillaba junto a la puerta, simulando que miraba hacia el altar mayor, cuando en realidad estaba pecando mortalmente por atisbar las pantorrillas de las mujeres que subían por la escalera. Santa Rosa esplendía en el altar mayor desde una ordinaria tricomía, reproducción de un lienzo adocenado y dulzón, de una cursilería enternecedora. La monjita limeña meditaba arrodillada en un reclinatorio de piedra, absorta en su libro de oraciones. Pero no era ella la única figura del cuadro. También estaba el Niño Jesús sentado en una nube de algodón, al nivel de la cabeza de la santa. El Niño extendía la mano derecha para ceñir la frente de la joven con una corona de rosas. La otra mano del pequeño Jesús empuñaba una vara de nardos. Por tierra, campo o jardín y no piso de iglesia o convento, esparció el pintor cuatro rosas. Para todos, con excepción del señor Cartaya, aquel cuadro era una obra maestra, de insuperable belleza, primorosa y tierna como el alma de Santa Rosa. El señor Cartaya, por su parte, negaba todo mérito artístico al retrato de la santa y lo comparaba despectivamente a los almanaques de colores que repartía el jabón de Reuter. Atribuía mayores virtudes el señor Cartaya a un cuadro de grandes dimensiones, muy antiguo, tal vez colonial, situado a la derecha del confesionario; un Purgatorio, Cristo en los cielos, entre dos santos anónimos, mientras las ánimas emergían de las llamas, auxiliadas por un arcángel descomunal de manto rojo. Los demás habitantes de Ortiz hallaban sólo desproporción y fealdad en aquel lienzo pintado por mano inhábil, posiblemente esclava, y se limitaban a encogerse de hombros murmurando: ¡Chocheras del señor Cartaya! A Carmen Rosa le causaba inquietud la extravagante opinión del señor Cartaya. Lo consideraba más inteligente que los otros y lamentaba no estar en esta oportunidad de acuerdo con el criterio del viejo masón. ¿Hablaría en serio el señor Cartaya? ¿Juzgaría realmente desagradable aquel calco amoroso del rostro luminoso y dulce de Santa Rosa? ¿Encontraría sinceramente belleza en los trazos toscos, en los colores turbios y mal distribuidos del Purgatorio? De tanto mirar y remirar el dichoso cuadro, rastreando el soplo artístico que el señor Cartaya le atribuía. Llegó a tener un sueño que le creó el grave compromiso de un gravísimo pecado. ¿Soñar es pecado, padre? comenzó sin rodeos desde la rejilla del confesionario. Por lo general, no respondió el cura displicente. Siguió ella sin tomar aliento para no quebrantar el impulso inicial. Soñé que el arcángel ese que está en el cuadro del Purgatorio, el catire que tiene la espada en la mano, se salía del cuadro cuando yo estaba dormida y me tapaba con sus alas y me besaba en la boca... Pero si fue un sueño, tú no tienes la culpa de haberlo soñado, hija. Es que ahora sí titubeó me gustaba, padre. ¿Te gustaba cuando lo soñaste o te sigue gustando después? preguntó el padre Pernía comenzando a preocuparse. Me gustó cuando lo soñé, padre. Ahora no me gusta. Me parece una cosa horrible, un sacrilegio... Luego se sintió un tanto decepcionada, aunque libre de toda culpa. El padre Pernía poca o ninguna importancia le concedió a su sueño, ni pecado lo consideró. La penitencia fue la de siempre: una modesta y fugaz avemaría. Sin embargo, el domingo siguiente, al salir de misa, el padre Pernía le notificó que había dejado de ser Teresita del Niño Jesús: Habla con doña Carmelita para que te corte el traje de Hija de María... 11 Otro personaje cardinal de su infancia, como el señor Cartaya y la señorita Berenice, como el patio de su casa y el recinto de la iglesia, fue el río. El humilde río Paya apenas lograba mención pasajera en la geografía. Pero cuando caían las lluvias de agosto y engrosaba su corriente, Carmen Rosa lo veía y lo sentía como uno de los elementos fundamentales del universo. Señorita Berenice, ¿será tan grande el mar? El río, en los viejos tiempos, bordeaba la ciudad. Ahora, reducida Ortiz a un ángulo de sí misma, el Paya se le acercaba sólo a cincuenta metros de la Plaza de Las Mercedes. El camino descendía desde la capilla, abriéndose rumbos entre peñascos y cujíes, y llegaba al Paso de Plaza Vieja iban a bañarse las muchachas y a buscar agua Olegario en el burro. Pero la secreta ambición de Carmen Rosa era zambullirse un día, no en las angostas aguas tranquilas de Plaza Vieja, sino en el Paso Matutero, o en Guayabito, o en El Recodo, donde el Paya se hacía más profundo y donde se podía nadar de orilla a orilla hasta en verano. El descenso al río era un rito cotidiano. Al regresar de la escuela, antes del almuerzo, Carmen Rosa y Marta, provistas de una toalla, jabón y totuma, iban en busca de la vecina Juanita Lara, que ya las estaba esperando. Juanita Lara, solterona y bizca, bajaba, capitana de su pequeño pelotón: Carmen Rosa, Marta y las que se agregaban, Elenita, que era blanca como un jarro de leche, y Lucinda, que movía las paticas en el agua como una rana. Juanita Lara las amparaba de posibles peligros, las enseñaba a defenderse de la corriente y a lanzarse de cabeza en lo hondo. Una vez que Pericote se puso a espiarlas desde los cujíes mientras se bañaban, recibió tal pedrada de Juanita Lara que no volvió a asomarse por Plaza Vieja en muchas semanas. Salían del matorral en camisones burdos de liencillo, cortados por doña Carmelita, que por cierto era muy torpe para la costura. Antes de lanzarse al agua lucían grotescas, enfundadas en aquellos bolsones llenos de arrugas y mal secados al sol. Pero luego, cuando la mano del agua les moldeaba los cuerpos y les domaba los cabellos en rebelión, tornábanse hermosas las dos hermanas. Carmen Rosa tenía ya catorce años, era ancha de hombros, cimbreña de cintura y firme de muslos. Martica tenía trece, airosa como una espiga y le estaban naciendo los senos pequeñitos y duros como ciruelas. Metidas en el río, alejadas de Juanita Lara, que se había quedado en la orilla quejándose de un calambre, le hizo Martica su confidencia: Tú sabes una cosa, Carmen Rosa, yo tengo novio... Creyó al principio que Martica bromeaba. Le respondió burlonamente: Sí, ya sé, el negro Güeregüere. La hermana sonrió. En otras ocasiones se había enojado con Carmen Rosa por aquella chanza desagradable: «Martica, no me lo niegues, tú tienes amores con Güeregüere». «Mi hermana, yo quiero ser madrina de tu matrimonio con Güeregüere». Pero esta vez, inopinadamente, le causó gracia la cuchufleta de Carmen Rosa. En serio. Carmen Rosa, tengo novio. Lo dijo con tan sencilla gravedad que Carmen Rosa permaneció muda, anhelante, esperando el resto de la revelación. Panchito y yo somos novios desde hace más de quince días, desde hace exactamente diecisiete días. Se me declaró en plena calle, en la plaza, cuando tú te estabas confesando y yo te esperaba fuera de la iglesia. ¿Y qué te dijo? Guá, chica, ¿qué me iba a decir? Que estaba enamorado de mí, que no hacía sino pensar en mí a todas horas y que si yo no sentía lo mismo. ¿Y tú qué le contestaste? Pues le contesté la verdad, que yo también lo quería. ¿Y cómo lo sabes? Lo sé desde hace tiempo. Porque me tiemblan las manos cuando él se acerca, porque me siento rara cuando él está lejos... Entonces, ¿ahora son novios? Claro. ¿Y qué cosa es ser novios? Chica, ¡tú sí que preguntas! Ser novios es mirarnos mucho y decirnos que nos queremos, cuando podemos. ¿Y no te ha besado? Todavía no. Pero en cuanto me pida un beso, palabra de honor que se lo doy... Como se acercaba Juanita Lara, aliviada del calambre, Marta cortó la charla y se lanzó de espaldas a la corriente del río. Las aguas del Paya arrastraron un trecho, dulcemente, su silueta en botón, su perfil de medalla, sus nacientes senos pequeñitos y duros como ciruelas. 12 Carmen Rosa ayudaba a doña Carmelita y a Olegario en el trabajo de la tienda. No vendía queso para no ensuciarse las manos al cortarlo, ni servía el trago de ron o yerbabuena a los bebedores. Pero atendía a las mujeres que iban a comprar telas elementales, liencillo, zaraza, género blanco, y cintas para adornarse, o despachaban papeletas de quinina, frascos de jarabe, paquetes de algodón. A veces necesitaba treparse al mostrador para descolgar una olla de peltre o un rollo de mecate. También llevaba las cuentas porque Olegario se equivocaba siempre en las sumas y la vista cansada de doña Carmelita solía confundir el cinco con el tres. El negro Güeregüere nunca compraba nada. Era un negro costeño de Guanta o Higuerote, marinero en su remota juventud a bordo de una goleta contrabandista que hacía viajes innumerables a Curazao, Trinidad y Martinica. Ahora estaba viejo, casi tan viejo como el señor Cartaya y nadie recordaba cuándo llegó a Ortiz y por qué se había quedado en el pueblo. Güeregüere nunca trabajó por dinero sino a cambio de la comida, bebida o ropa. Iba a buscar agua al río si le proporcionaban un almuerzo, ayudaba dos semanas en un conuco a trueque de un par de alpargatas y realizaba tareas aún más arduas por una botella de ron. Se emborrachaba al tercer trago y hablaba entonces, o simulaba hablar, en idiomas extranjeros que no conocía pero que imitaba con sagaz intuición. Carmen Rosa, juat tiquin plis brindin palit de ron for Güeregüere entraba mascullando en su arbitraria fonética inglesa. O bien: Si vú plé, que es que cé, le mesié Güeregüere con si con sá, mercí pur le torcó. Llegaba hasta meterse con las lenguas muertas en virtud de haber sido amigo, compañero de parrandas y feligrés del padre Tinedo: Dóminus vobiscum, turris ebúrnea, salva espiritu tuo brindandum tragus Güeregüerum. Carmen Rosa estallaba de risa y le servía el trago, a escondidas de doña Carmelita y de Olegario, por supuesto, que bien se cuidaba Güeregüere de no entrar a «La Espuela de Plata» sino cuando ellos estaban ausentes. Y permanecía un rato frente al mostrador divirtiendo a Carmen Rosa con aquellas extrañas jerigonzas. Tu mamá comin pliqui. Güeregüere spic basirruc, raspinflai gudbai. Otro visitante, cuando se hallaba sola en la tienda, era Celestino. Celestino tenía apenas un año más que ella pero le llevaba de altura toda la cabeza. Se enamoró de Carmen Rosa desde que tuvo uso de razón. La esperaba a la salida de la escuela, plantado en la esquina, estirado y soportando sol como un cardón. La seguía luego hasta la casa, a más de veinte pasos de distancia, y la miraba con unos ojos anhelantes y profundos, con una ternura que era una larga súplica. A medida que ambos crecían, le iba creciendo el amor a Celestino y extendiéndosele por todo el cuerpo, como la sangre. Pero nunca se atrevió a decirle nada porque estaba seguro de lo que ella iba a responderle, que no lo quería, y entonces sería preciso renunciar a todo, inclusive a la esperanza. A aquella dulce, dolorosa, infundada esperanza. Buenas tardes, Carmen Rosa. Buenas tardes, Celestino. Y callaba mirándola a hurtadillas para no parecerle impertinente, sobrecogido por el angustioso temor de que llegaran a serle incómodas sus visitas. El paludismo le había agudizado más los pómulos, entristecido más la mirada. ¿Qué hay de nuevo? decía ella por romper un largo silencio. Nada. Se le murió la burra negra a la señora Socorro, de una gusanera... Y se mordía los labios al comprender que estaba diciendo una torpeza, una vulgaridad inadecuada. Anoche se cayó la pared más alta de la casa de los Vargas en la calle real decía, cambiando de tema. ¿Te acuerdas? Se acordaba Carmen Rosa. Celestino la llevó una vez a las ruinas de esa casa que conservaba intactas la puerta principal y una ventana por la cual asomaban a la calle las ramas desesperadas de un árbol. Al trasponer la puerta, el interior derrumbado explicaba la fuga del árbol, su atormentado afán de escapar de aquella desolación. Quedaba una pared muy alta, al fondo, cubierta de grietas y costras amarillas, arañada por enredaderas salvajes. De la pared emergía una viga rota, como un brazo partido, como un oscuro muñón implorante. Celestino se perdió entre los escombros y volvió al rato con un pichón de paloma poncha que había cazado para ella. Ahora también le traía regalos: doradas naranjas de San Sebastián, un peine que le compró al turco Samuel, gonzalitos en castaño y amarillo, paraulatas en sepia y gris. Gracias, Celestino decía Carmen Rosa, muy seria. Pero no sonreía cuando él le hablaba, ni cuando la paraulata rompía a cantar sobre el mostrador, y Celestino comprendía una vez más que era mejor no decirle nada porque, al responderle ella que no lo quería, tendría que renunciar a todo, inclusive a la esperanza. Capítulo V. Parapara de Ortiz13 Un día de Santa Rosa apareció Sebastián. No porque las casas se estuvieran cayendo, ni porque la gente hubiera huido o muerto, dejaba de celebrarse en Ortiz el día de Santa Rosa. Cura había, iglesia había, campanas había y también tocadores de cuatro y maracas. Epifanio, el de la bodega, pulsaba aceptablemente el arpa y Pericote cantaba galerones. Se jugaba a los gallos, no en gallera pública sino en el corral de la casa del jefe civil, cuando no en la trastienda enladrillada de la bodega de Epifanio. Y por la tarde salía Santa Rosa en procesión, con treinta mujeres, quince niños y diez hombres, casi todos enfermos, pero salía. Panchito y Celestino, de liquiliquis almidonados, entraron a la casa de las Villena cuando reverberaba el sol del mediodía. Venían de los gallos, hablando de Sebastián. Es un muchacho de Parapara explicó Panchito a las mujeres que trajo un zambo muy bonito para pelearlo aquí. Le soltaron el mejor gallo del lugar, el marañón del coronel Cubillos, con cinco peleas ganadas y de nombre Cunaguaro. Al jefe civil se lo había enviado, como regalo de cumpleaños, desde San Juan de los Morros o desde el propio Maracay, un compadre y paisano suyo. Y había ganado ya, todas por muerte, esas cinco peleas a los gallos más bravos de Ortiz y San Sebastián. El muchacho de Parapara extrajo su gallo calmosamente de la busaca blanca y dijo sopesándolo: ¿No habrá en Ortiz un gallo fino para este pollo ordinario? ¿Con cuánto quiere jugarlo? retrucó el coronel Cubillos socarronamente. Traje diez pesos de Parapara dijo Sebastián. Diez pesos son cuatro lochas. Yo también traje cinco pesos intervino un primo de Sebastián que había venido acompañándolo. Bueno accedió el jefe civil. Van los quince pesos. Y dirigiéndose a uno de los dos palúdicos agentes de policía del pueblo: Juan de Dios, vaya a buscar a Cunaguaro. Mientras llegaba Cunaguaro, Sebastián soltó el zambo en el patio. Era un hermoso gallo de pelea. Alta la cabeza desafiante, de duro acero las afiladas espuelas, haz de plumas relucientes la cola altanera. El sol llanero arrancaba destellos de esmalte a los ardientes colores del plumaje. Trajeron a Cunaguaro, el marañón de asesinos ojos vidriosos. Era un gallo de cría, de genuina raza española, altas las patas y largas las plumas de la cola. Juan de Dios lo cargaba con grandes miramientos, cual si le profesase al gallo tanto respeto y tanto miedo como al jefe civil. Más que soltarlo, se le salió de las manos a Juan de Dios para hacerle frente al zambo de Sebastián que lo esperaba a pie firme. Se miraron un rato con ojos de candela, engrifadas las gorgueras del cuello, acechando la brecha para la herida. Y fue el zambo el primero en arrojarse al ataque, saltando con embestida de tigre al pecho del marañón, esgrimiendo como lanzas las espuelas en el ventarrón del asalto. ¡Vamos, mi zambo! gritó Sebastián. Cual si lo impulsara el grito familiar, el gallo de Parapara cargó con mayor saña. Esta vez el pico fiero se prendió del buche de Cunaguaro y la espuela del zambo abrió una honda puñalada en el cuello de su adversario. Una sangre oscura y bombollante se extendió sobre el grana vivo del pescuezo. ¡Vamos, mi zambo, que está mal herido! volvió a gritar Sebastián. Era un valiente el marañón del coronel Cubillos. Por el boquete de la herida fluía la sangre como el agua de un caño, y peleaba, sin embargo, con renovada furia, batiendo una y otra vez su pecho contra el pecho del zambo, saltando una y otra vez con las espuelas en ristre. El jefe civil, que lo veía perder sangre y presentía su debilitamiento, miraba el combate silencioso y ceñudo. Súbitamente el marañón inició una extraña maniobra. Dio la espalda al contrario y comenzó a correr en círculos, simulando que huía. Sebastián comprendió la treta y temió por su gallo que, ya confiado en la victoria, perseguía impetuosamente a Cunaguaro para rematarlo. ¡Vamos, mi zambo, que está huido! gritó sin mucha convicción. Pero sabía muy bien que no estaba huido un gallo tan bizarro como aquel. Aliviado del ahogo detuvo en seco su fuga, dio frente al zambo que lo acosaba desprevenido y le clavó un tajante espolazo en el ojo derecho, vaciándole la cuenca. El gallo de Sebastián se tambaleó con el equilibrio perdido y fue a estrellarse contra la pared del patio. Un griterío estremeció la gallera improvisada. Los partidarios de Cunaguaro, que ya habían considerado perdida su causa, reaccionaron clamorosamente ante el giro inesperado que tomaba la pelea. Sebastián, pálido y cruzado de brazos, apretaba los dientes con mantenida rigidez. Lo mató, coronel chilló Juan de Dios servilmente. El jefe civil tardó unos instantes en recuperar el grito, en estallar en actitud agresiva y despiadada: ¡Vamos, Cunaguaro, que ese pataruco no es pelea pa ti! ¡Acaba con esa mierda, Cunaguaro! Y volviéndose hacia Sebastián y su primo: ¡De a catorce doy al marañón! ¡De a catorce doy a mi gallo! Y, al recordar que Sebastián no tenía sino los diez pesos que ya había apostado, insistió implacable: ¡Fuertes a bolívar doy! ¡Y si tiene miedo no los apueste! Sebastián se limitó a mirarlo fijamente. En los ojos de ambos espejeaba, no ya pasión de jugadores, sino odio, el mismo odio que fulguraba en los ojos de los gallos y los obligaba a herirse y a matarse sobre la tierra del patio. Pero la pelea no había concluido. El zambo de Sebastián, tuerto y sangriento, volvía en busca de Cunaguaro. Y éste lo esperaba en el centro del corro de hombres, ya consciente de su ventaja, dispuesto a asestar el segundo golpe mortal. ¡Vamos, mi zambo! gritó fieramente Sebastián, pero ya no mirando a los gallos sino al coronel Cubillos. ¡De a catorce doy a mi gallo! insistía el jefe civil. El zambo, apoyándose en el muro, juntando en un solo impulso todas sus restantes energías desesperadas, se había lanzado cual relámpago de sangre y plumas al pecho del marañón. La cuchillada de la espuela, centuplicada por la velocidad del envión y por el peso del gallo zambo, se hundió en el oído de Cunaguaro, dando con él en tierra, la cola abierta como un abanico roto, el cuello torcido y tembloroso. Después se tendió agarrotado, rígido, muerto. El clamoreo cesó bruscamente. Sobre el patio, antes sacudido por las voces desenfrenadas, se explayó un silencio macizo. El coronel Cubillos, sudado y descompuesto, dio dos pasos hasta el centro del grupo, recogió el cuerpo muerto de Cunaguaro y, sin pronunciar una palabra, caminó hacia el interior de la casa. Recuerde que nos debe quince pesos dijo Sebastián en voz alta. El coronel volvió el rostro airado y sombrío, sin responder. Que nos debe quince pesos, coronel repitió Sebastián, sin subir ni bajar el tono. El jefe civil siguió andando, mudo y hosco. Algunos minutos más tarde, cuando Sebastián restañaba cuidadosamente las heridas del zambo, se le aproximó Juan de Dios con los quince pesos. Aquí le manda el coronel Cubillos dijo. Pero en la cara inamistosa de Juan de Dios y en la inflexión amenazante de su voz, adivinó exactamente la frase que Cubillos había dicho al entregarle el dinero de la apuesta: ¡Llévele sus reales a ese carajo! 14 En la tarde salió la procesión de Santa Rosa. Su recorrido se había reducido con el tiempo al contorno de la plaza. El cortejo desembocaba a la calle por el portal de la iglesia, torcía hacia la derecha, pasaba frente a la casa parroquial, realizaba en la esquina la primera lenta conversión hacia la izquierda y repetía la maniobra en los tres ángulos restantes de la plaza, hasta volver a entrar a la iglesia despertando nubes de incienso, campanillazos de los monaguillos y coros de cándidas canciones. Las Teresitas del Niño Jesús abrían la marcha, orondas y sonreídas, a tono con su diminuta importancia. Luego iba la imagen de Santa Rosa sobre la blanca tarima enmantelada que cargaban cuatro hombres. Después el padre Pernía y los tres monaguillos, al frente de las Hijas de María. Y a la retaguardia las señoras de la Sociedad del Corazón de Jesús, de andaluzas negras; seis o siete hombres venidos del campo y un tropel de muchachos descalzos y barrigones. De tiempo en tiempo, en la calzada de la iglesia, estallaba un cohete. Un pobre cohete rudimentario, con varilla de rama de mastranto y mecha de cabuya, que a eso habían quedado menoscabados los famosos fuegos artificiales del antiguo Ortiz. Carmen Rosa y Martica reconocieron a Sebastián a la primera mirada. No podía ser otro sino aquel que estaba en una de las esquinas del trayecto, recostado a la baranda de la plaza, en compañía de Celestino, Panchito y otro personaje, seguramente el primo que vino con él desde Parapara. Al pasar frente a ellos la imagen de Santa Rosa, ése, que no podía ser sino Sebastián, se descubrió para saludar a la patrona de Ortiz. Era un mocetón no muy alto, pero de sólidos hombros fornidos. Al quitarse el ancho sombrero de pelo de guama, un mechón rebelde y negro le ensombreció la frente. Vestía de blanco, como sus tres acompañantes, pero una mancha roja resaltaba en la manga derecha del saco. «Sangre del gallo zambo», pensó Carmen Rosa. Las Hijas de María, con las hermanas Villena a la vanguardia, cantaban cuando pasaron frente a ellos. El padre Pernía, sordo para la música y mudo para el canto, se había visto obligado a requerir la ayuda de la señorita Berenice. La maestra de escuela organizó en cinco ensayos aquel humilde coro pueblerino. En cuanto al señor Cartaya, más ateo mientras más viejo, se negó de plano a colaborar en tales «supercherías». ¡Gloria a Cristo Jesús! La procesión cruzó su último trecho bajo la sombra que los samanes de la plaza volcaban sobre la calle. Los cuatro jóvenes se habían situado ahora junto al portal de la iglesia. Esta vez Carmen Rosa pasó muy cerca de Sebastián, casi rozando su rebozo blanco con la mancha roja de la manga. Cantaban de nuevo: ¡Honor y gloria a Ti, Regresaba Santa Rosa a su altar. Estallaron entonces, con breves intervalos, los tres postreros cohetes rudimentarios; rompieron a tocar las campanas; la señorita Berenice hizo vibrar la voz gangosa del viejo órgano. El padre Pernía, de sobrepelliz remendada, impartió desde el altar mayor la bendición a su grey entre los campanillazos frenéticos del primer monaguillo, los amenes apresurados del segundo y la polvareda de incienso del tercero. Finalmente salieron las hermanas de la iglesia. La tarde comenzaba a oscurecer y los faroles de carburo habían sido encendidos prematuramente en honor a Santa Rosa. De la bodega de Epifanio llegaba el rasgueo del cuatro, el agua clara del arpa y la voz sabanera de Pericote: Crespo salió a perseguirlo Al pie del farol de la esquina estaba el grupo esperándolas. Panchito se adelantó a hacer las presentaciones. Quiero que conozcan a estos dos amigos de Parapara dijo. Las muchachas y los forasteros pronunciaron sus nombres en forma poco inteligible al estrecharse las manos. Pero Carmen Rosa y Sebastián chocaron inmediatamente. ¿Usted es de Parapara de Ortiz? preguntó ella. No hay Parapara de Ortiz respondió él secamente. Hay Parapara de Parapara. Era una reminiscencia de la antigua rivalidad entre ambos pueblos, un decir jactancioso de cuando Ortiz tendía su manto protector sobre las poblaciones vecinas. Panchito, con ánimo de apagar la escaramuza, habló nuevamente de la riña de gallos, del hazañoso triunfo del zambo, del berrinche del coronel Cubillos. Odio las peleas de gallo dijo Carmen Rosa y volvió a chocar con Sebastián. ¿Por qué? preguntó éste. Porque son una salvajada, un crimen contra esos pobres animales. Mayor crimen es torcerle el pescuezo a las infelices gallinas para comérselas gruñó Sebastián. Y no volvieron a hablar entre sí, aunque cruzaron juntos la plaza y el grupo entero llegó hasta la puerta de la casa de las Villena. Apenas, al despedirse, dejó caer ella las palabras de rigor: He tenido mucho gusto en conocerlo. Y Sebastián respondió: Hasta mañana, Carmen Rosa. Como si su nombre fuera para él una expresión familiar, como si fuese él un viejo amigo que la visitase todos los días. 15 A la mañana siguiente, ya de polainas para el regreso a Parapara, fue Sebastián a «La Espuela de Plata». No encontró sola a Carmen Rosa, como tal vez hubiera deseado, como se veía que hubiera deseado. Tras el mostrador, junto a ella, estaba doña Carmelita. Una mujer compraba quinina y relataba innumerables penalidades. Un chiquillo de hinchado abdomen y pies deformes gritaba con voz desagradable: ¡Una botella de querosén y mi ñapa! Fue presentado a doña Carmelita, escuchó pacientemente el lastimoso relato de la mujer que compraba quinina y compró él a su vez cigarrillos, en un esfuerzo por justificar su presencia, no obstante que llevaba en el bolsillo un paquete sin abrir. Carmen Rosa reparó en su nerviosidad y le preguntó sonreída: ¿Cuándo regresa a Parapara de Parapara? Ahora mismo estoy saliendo para Parapara de Ortiz contestó Sebastián en el mismo tono. Vine a decirle adiós. Carmen Rosa recordaba más tarde que le había estrechado la mano más tiempo de lo conveniente y que ella se había visto obligada a retirarla suave pero firmemente para cortar aquel saludo que se prolongaba demasiado. ¿No vino también su primo? preguntó ella. Se quedó en la bodega de Epifanio comprando cosas y Carmen Rosa observó que estaba mintiendo y que para mentir necesitaba violentar su naturaleza. No hablaron más. En realidad, no tenían otra cosa de que hablar. Sebastián ofreció sus servicios a doña Carmelita «para cualquier cosa que se le ofreciera en Parapara». Estrechó de nuevo la mano a Carmen Rosa e hizo volver a su sitio el negro mechón rebelde de la frente antes de cubrirse con el pelo de guama. Volveré el domingo dijo desde la puerta. Antes se habían marchado la mujer de las lamentaciones y el muchacho del querosén. Madre e hija quedaron en silencio. Qué hombre tan buen mozo dijo de repente doña Carmelita. Carmen Rosa se estremeció sobresaltada. Era ésa precisamente, con idénticas palabras, la frase que estaba diciendo mentalmente en aquel instante. Capítulo VI. Pecado mortal16 Regresó Sebastián a Ortiz el domingo anunciado, y el otro y todos los domingos que siguieron. La primera visita a la casa de las Villena la hizo llevado por Panchito y Celestino. Pero, al segundo domingo, Celestino atisbó una mirada de Carmen Rosa al forastero, una mirada entre asustada y curiosa, entre maliciosa y tierna, y ya no volvió con ellos a contemplar las corolas rosadas de las pascuas del patio, ni a conversar trivialidades junto al pretil de los helechos. Tampoco volvió a aparecer Celestino por la tienda los días de labor, cuando Carmen Rosa estaba sola tras el mostrador, abatida por el bochorno espeso del mediodía. Ni le trajo más pájaros de ofrenda, ni pasó más al atardecer frente a su ventana, ni estuvo más de plantón en la plaza de Las Mercedes. Largo y triste como los faroles de las esquinas se le veía ahora tan sólo a la puerta de la bodega de Epifanio, medio oyendo hablar a los otros, medio sonriendo cuando Pericote contaba una historia bellaca de fornicaciones y equívocos. La presencia de Sebastián fue para Carmen Rosa el punto de partida de una extraña transformación en su manera de ver las cosas, de ver a los otros seres, de verse a sí misma. No cuando la ascendieron a Hija de María, ni cuando la madre la llamó aparte para explicarle «Carmen Rosa, desde hoy tú eres una mujer», ni cuando leyó un libro de la señorita Berenice que le hizo entrever el misterio de la vida humana, sino ahora, a los dieciocho años, en la proximidad de este hombre moreno y atlético, impulsivo y valiente, comprendió Carmen Rosa que ya había dejado de ser la muchacheja que golpeaba las aldabas de los portones y le tiraba piedras al indio Cuchicuchi. Al principio, ni ella misma se dio cuenta. Llegaba Sebastián con Panchito, el domingo, después de la misa, cuando ella y Martica tenían aún las andaluzas puestas y los rosarios entre las manos. Y se sentaban los cuatro a hablar de los temas más diversos: de las frutas que les agradaba comer, de las pintas y de las mañas de los caballos, de cómo se moría la gente en los Llanos, de la lejana e inaccesible Caracas, del aún más inaccesible mar. Sólo Sebastián había visto el mar. Se había bañado en sus aguas verdes y espumosas, una vez que estuvo en Turiamo. ¿Es muy lindo, verdad? preguntaba Carmen Rosa. Lindo precisamente no es. Es como la sabana, pero de agua. Da un poco de miedo cuando uno se queda solo con él. Y se nada más fácil que en el río. Panchito refería entonces una historia de piratas y marineros que había leído en una novela de Salgari. Y Martica lo miraba arrobada, vistiéndolo de Sandokán con los ojos. Pero después, tres o cuatro domingos más tarde, observó Carmen Rosa que Sebastián no captaba el sentido de sus palabras cuando ella hablaba, que estaba mirándola más que oyéndola, que andaba buscando con los ojos algo más ligado a ella misma que las palabras que pronunciaba. Qué bonitos los pañuelos que nos trajo el domingo pasado, Sebastián. Me alegro, me alegro respondía él, ausente del contenido de la frase que ella había dicho, demasiado presente en la raíz de su voz. Y observó también que, desde el lunes, ella comenzaba a contar los días al dictado de una nómina arbitraria: «Faltan cinco días para el domingo, faltan cuatro para el domingo, faltan tres para el domingo, faltan dos para el domingo, mañana es domingo, domingo». Un domingo no llegó Sebastián a Ortiz. Carmen Rosa estuvo esperando hasta el mediodía, con la andaluza puesta y el rosario entre las manos, simulando que libraba de hojas secas a las matas del patio. Panchito y Marta no le concedieron importancia al hecho. Como que no viene Sebastián hoy se limitó a decir Panchito. Seguramente hay gallos buenos en Parapara. Y Martica mirando a Carmen Rosa con sorna: O no lo dejó venir la novia. Para Carmen Rosa aquella ausencia era signo de oscuros presentimientos. «Está enfermo», tuvo la certeza de ello y lo imaginó tumbado por la fiebre, solo y abandonado en una casa sin gente y sin jardín. La invadió una congoja maternal, un angustioso afán de estar a su lado y secarle el sudor de la frente con el pañuelo que él le había regalado. «Hay gallos en Parapara», pensó luego. ¿De dónde sacaba ella que estaba enfermo? No había venido por salvaje, por contemplar una vez más la escena sangrienta de dos gallos matándose en un patio de tierra, entre gritos aguardentosos y amagos de reyerta. Se sintió distante y distinta de Sebastián, ese gallero indigno de su amistad, ese repugnante jugador empedernido. «No lo dejó venir la novia». Recordó la broma de Martica. ¿Y si no fuera una broma? ¿Si existiera realmente la novia o la querida? ¿Si era una mujer quien le había prohibido volver los domingos a Ortiz? Aquello la desasosegó más que el temor a que estuviese enfermo. La acometieron, como cuando niña, injustificados deseos de echarse a llorar. Y entonces comprendió que estaba irremediablemente enamorada. Cerca del mediodía se oyeron los pasos de un caballo en las piedras de la calle. Carmen Rosa levantó ansiosos los ojos de las flores de los capachos. Pero no era el caballo de Sebastián sino otro cualquiera que pasó de largo, rumbo a quién sabe dónde. «Está enfermo». «Se quedó jugando a los gallos». «No lo dejó venir la novia». Volvieron a turnarse en su mente las tres hipótesis y a determinar sucesivamente tres estados de espíritu distintos entre sí pero síntomas los tres de la misma realidad. En el curso de la semana «faltan cuatro días para el domingo», «faltan dos días para el domingo», «mañana es domingo» Carmen Rosa se prometió seis veces a sí misma no preguntar a Sebastián el motivo de su ausencia, aparentar incluso que no había advertido esa ausencia. Por otra parte, él no tenía ninguna obligación de venir, con nadie se había comprometido a venir. Tal vez no volvería más, quizás había decidido suprimir aquellos largos paseos a caballo hasta Ortiz, tan cansones, tan sin objeto. Pero el domingo, al salir de la misa, lo primero que vio Carmen Rosa, lo único que vio, fue a Sebastián parado en la puerta de la iglesia. Marcharon caminando juntos hasta la casa, como el día en que se conocieron. Ellos dos en pareja, retrasándose insensiblemente de Panchito y Marta que caminaban al frente. No pude venir el domingo pasado explicó Sebastián sin que ella le preguntase nada. Se murió con la hematuria un compadre mío y tuve que velarlo y enterrarlo. Carmen Rosa no respondió aunque se sintió invadida de un inmenso júbilo. No había existido la enfermedad, ni se quedó jugando gallos, ni lo retuvo una mujer. ¿Notó mi ausencia? preguntó él. Carmen Rosa tembló. Había olvidado su preparada indiferencia y presentía, se lo anunciaban oleadas de su sangre, lo que Sebastián iba a decir después. ¿Por qué no me responde? insistió él. Para mí fue algo terrible pasar un domingo sin verla. La muchacha seguía caminando sin contestar, sin levantar los ojos de los yerbajos que emergían de las aceras rotas. En la esquina lejana cruzaron Panchito y Marta. Yo estoy profundamente enamorado de usted, Carmen Rosa. Ella se detuvo un instante. Sabía lo que Sebastián iba a decir y, sin embargo, le entró por los oídos hasta el corazón, hasta la pulpa de su carne, como una brisa caliente y húmeda. Pero continuó callada caminando a su lado. Tampoco habló más Sebastián hasta la puerta de la casa. Ahí se detuvo ella y se quedó mirándolo de frente, cuatro, cinco segundos, con un candil de estremecida ternura en el jagüey de los ojos. Y entraron en la casa. 17 Tres meses más tarde se casaron Panchito y Marta. Ahora Sebastián venía todos los domingos a Ortiz, no sin motivo preciso, no porque lo trajera la querencia del caballo, sino porque lo esperaba el amor de Carmen Rosa y lo conducía el rumbo ineludible de su propio corazón. Ahora no charlaban los cuatro juntos en los corredores de la casa villenera, no hablaban con Panchito del mar, ni discutían con Marta de los trascendentales preparativos de la boda. Ahora Sebastián y Carmen Rosa se sentaban horas enteras a la sombra del cotoperí, a decirse mil veces lo mismo y a compartir besos fugaces cuando doña Carmelita no andaba por todo aquello y Marta y Panchito les estaban dando la espalda. La víspera del matrimonio llegó Sebastián a Ortiz. Se quedó a dormir en la casa del señor Cartaya, de quien se había hecho amigo desde que se conocieron y el señor Cartaya le preguntó: Siempre lo veo por los lados de la iglesia, ¿usted como que es muy devoto de Santa Rosa? Y Sebastián le respondió sin pensarlo mucho. De Santa Rosa no. De Carmen Rosa. El matrimonio se celebró el domingo en la tarde y acudió todo el pueblo, como a las procesiones de la patrona. Estaba linda la novia con aquel velo blanco de muselina barata y aquella coronita de azahares auténticos, no azahares de cera sino azahares de un limonero, todo aderezado por las manos blancas de la señorita Berenice. Panchito, en cambio, se sentía ridículo, estrambótico, privado de su desparpajo bajo la férula de aquel traje de casimir azul que había encargado a un sastre de San Juan y aquel cuello tieso que le arañaba el pescuezo y la maldita corbata que apretaba más de la cuenta. Primero los casó, en nombre de la ley y en presencia del coronel Cubillos, el presidente del Concejo Municipal. Después los casó el padre Pernía, en la iglesia. En el momento de declararlos unidos para siempre rompió a rumiar el viejo órgano una marcha nupcial que trastabillaba lamentablemente porque la señorita Berenice la había olvidado de tanto no tocarla. Lloró de emoción Martica, lloró doña Carmelita, y también algunas mujeres del público que aprovecharon el instante solemne para llorar a sus muertos. En la casa villenera ya estaba la mesa puesta, una larga mesa que trajo el cura de la sacristía, cubierta por un gran mantel formado por cinco manteles corrientes que Carmen Rosa había pespunteado. Sobre la mesa relucían los vasos de casquillo, la jarra de agua, las botellas de ron y la olla de mistela con un cucharón adentro. Carmen Rosa había decorado el extenso corredor. Entre pilar y pilar colgaban bambalinas de papel de seda de encendidos colores. Estrellas y rosas rojas del mismo papel, cortadas con tijeras y pegadas con engrudo, salpicaban las paredes. Del pretil de los helechos se desprendían faralás verdes y negros rematados en flecos. A todos agradó en extremo la ornamentación, menos al señor Cartaya que gruñó como siempre: Niña, echaste a perder el patio con esos guilindajos. La fiesta duró hasta la noche. Sentadas en sillas toscas de altas patas y estrecho asiento, formando zócalo multicolor contra la pared del corredor, estaban las muchachas del pueblo, las amigas de Marta y Carmen Rosa, las discípulas de la señorita Berenice, las Hijas de María, vestidas en colores chillones, cuchicheando entre ellas, riendo más alto que de costumbre bajo el calorcillo de la mistela. Alrededor de la mesa se agrupaban los hombres, se servían los vasos de ron y hacían chistes a costa del cuello que agobiaba a Panchito. El coronel Cubillos, cordial contra su costumbre y ligeramente achispado, comentaba bajo el tamarindo: ¡Cónfiro, qué novia más bonita se lleva ese condenado! Epifanio afinaba el arpa al fondo del corredor, en espera de Pericote con el cuatro y del mejor maraquero de Parapara, que Sebastián había traído consigo. Llegaron luego ambos, de la mesa donde el ron los detenía, y la música saltarina del «Zumba que zumba» se extendió por el patio, se enredó entre las hojas oblongas del tamarindo, sacudió los estambres henchidos de las cayenas y se echó a volar por la noche llanera. Zumba que zumba | |||||||||||||||||||||||||