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Las chiripas de Enrique Mendoza

Milagros Socorro

Caracas, 12 de febrero de 2000

El día que tocaron a mi puerta para saber si estaría interesada en fumigar mi apartamento por cuenta de la Gobernación de Miranda, me hice repetir la pregunta e hice varias, a mi vez: ¿totalmente gratis? ¿y qué tengo que hacer? Y mientras tartajeaba estas interrogantes con voz ronca (el registro de las conjuras), miraba a los lados con aire de gandul. El funcionario esperaba, tamborileando, con la punta de su bolígrafo, una percusión secreta en la tabla de apoyo donde traía la planilla en la que se apuntaban los nombres de los vecinos.

—Nada —me respondió, improvisando unos acordes que evocaban vagamente La Murga de Panamá, harto de responder lo mismo cinco veces por piso, acostumbrado ya a la natural suspicacia de los lugareños del Cafetal.

La verdad, la verdad, no entendí muy bien a cuenta de qué la Gobernación pagaría los —elevados— costos que implicaría la eliminación de los insectos de mi casa. No hacía ni tres meses que había contratado a un par de forajidos que se anuncian en el periódico como la auténtica solución final a las razas de rastreros y voladores. Utilicé sus servicios, cancelé los —muchos— honorarios exigidos... y ya estaba otra vez lidiando con la invasión silenciosa. Fue entonces cuando apareció el enviado de Mendoza, como un emisario de la tentación, ofreciéndome aquel negocio redondo: yo le firmo la planilla al Tito Puente que tengo delante y dentro de unos días me fumigan el apartamento de gratiñán... Hice como esos tipos que dicen: «uno es hombre y si se le están regalando...». Nada, que firmé la planilla y musité, como una doncella de anhelante recato: ¿y cuándo será que vienen?

Con retraso pero muy bien dispuestos, llegaron los fumigadores de Enrique Mendoza. Un mulato recién entrenado en el trato con señoras casadas tocó el timbre y recitó la proclama: tienen que salir todos, doñita, por favor, y dejarme a mí unos tres minutos en el interior del inmueble, no se me preocupe, téngase la bondad, yo salgo y después de media hora ustedes pueden ingresar a su vivienda, tranquila que el producto es químico pero no tóxico. ¿Yo, afuera? ¿Y usted, solo dentro de mi casa? No serán más de tres minutos, doñita, estéseme tranquila.

El hombre entró blandiendo una especie de ametralladora gorda con cañón muy largo cuyo motor, al ponerse en marcha, armó un estrépito ensordecedor. Y al ratico salió, caminando de espaldas como si el chiripero se le hubiera alzado y viniera en su pos, frenético. La metáfora se presentó diáfana: el chiripero del doctor Caldera que vive ahora agazapado en el Polo Patriótico habrá de ser barrido por una fuerza emergente de oposición. Y lo hará casa por casa, empezando, cómo no, por el Territorio Libre de Chavismo, cual es El Cafetal, bastión de la resistencia contra la retórica del delirio; barricada de contención a la cursilería oficial; gran mosqueo ante el militarismo creciente.

Di las gracias, joven, qué amable. Entré al apartamento, todavía sumido en una nube de gases azulencos que hacían volutas entre las paredes. Cuando se disipó la ondeante falda de seda ingrávida, se me reveló la inscripción en la calcomanía dejada por el fumigador en el dintel de mi puerta: Vivienda Atendida por el Programa de Atención a la Clase Media. Qué golpe más brutal. Me sentí incluida en un programa contra el mal de chagas, algo muy intensivo contra el chipo, una campaña contra el paludismo.

Enrique Mendoza ha avizorado que ya la clase media venezolana no es la descendiente directa de la antigua gente decente; él sabe que ahora todos somos víctimas del chiripero más feroz. Se ha empeñado en hacer lo que pueda para salvarnos y ha comenzado por ofrecernos una alternativa a la chancleta. Un detallazo.


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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