Lentas chupadas al tabaco acompañaban el moroso paseo que describía el ministro Ignacio Arcaya en el soleado hall del hotel Maruma, en Maracaibo, el pasado miércoles en la mañana. Sin prestar demasiada atención al desbocado estilo del lugar (una mezcla de todas las fantasías decorativas de la próspera inmigración italiana, puestas allí a convivir en una apoteosis de cursilería, ostentación, patetismo imitador y falso oropel), el ministro se ha apartado un poco del grupo y deambula entregado a sus pensamientos, dándole vueltas al tabaco para humedecerlo mejor con su prudente lengüita de funcionario precavido.
Un poco más allá, distribuido en varios juegos de recibo, se encuentra el resto del gabinete ministerial que ha acompañado al presidente en su visita a la capital zuliana; y ahora están todos los ministros (con excepción de Rangel) sentados a la espera de que el mandatario baje de la suite en compañía de su esposa. A las nueve de la mañana los distinguidos visitantes combaten el aburrimiento con rápidas consultas a documentos que no logran retener su atención, responden sus celulares e inician breves charlas destinadas a diluirse en la atmósfera coagulada por el aire acondicionado.
El ministro de Energía y Minas se parapeta en un sofá con las rodillas muy juntas e intenta, sin mucho éxito, revisar unos papeles; a un lado lo escolta su bastón apoyado a un costado en un curioso gesto de nobleza que contrasta con el papelón que hace este conjunto de figurones, todos matando el tiempo varados en Maracaibo. El ministro de Educación deambula como si el sistema de instrucción nacional no se encontrara colapsado (total, dirá él, ya empezaron las vacaciones). El ministro del Trabajo se mira la punta de los zapatos. Jorge Giordani, distraído y sin apuro, cruza el recinto con el garbo y la sobriedad de quien presenta la última moda en materia ministerial. El titular de Industria y Comercio se arrebuja en su sillón y mira rencoroso en dirección a la recepción del hotel donde una señorita en uniforme con botones dorados le ha preguntado, de lo más pancha, que quién es él (cuando el ministro le vino a preguntar si no le habría llegado una correspondencia de su despacho).
Más allá, en petit comité, se expanden el ministro de la Defensa y el de la Secretaría, mientras Atala Uriana, ex de Ambiente y actual candidata a la ANC, tercia con timidez. En todo aquel cuadro de medianías destaca el empaque, la voz y la personalidad del general Raúl Salazar, quien gesticula como un rey asomado a su balcón dorado para contemplar los fuegos artificiales la noche de su jubileo. Ha engordado tanto que su inmenso pecho, ataviado con el uniforme del Ejército y regado de medallas, parece un campo de golf en el que se hubiera derramado un joyero. Resulta incongruente para quien contempla el cuadro ver a Salazar hablando de cualquier cosa, encallado en una butaca como una ballena cabeceando en la costa.
Finalmente se siente el rumor del arribo del presidente. Lucas Rincón se levanta muy ágil del sillón que ocupaba junta a Salazar y se acomoda el arma, en la espalda, en la pretina del pantalón. Javier Elechiguerra aprieta el maletín. Chávez pasa raudo con una Marisabel marchita de tanto llevar empujones en esta nueva campaña electoral en la que secunda a su marido. Y los ministros se ponen en movimiento. Nadie los ha abordado. Nadie ha venido a pedirles una recomendación, a deslizarles un papelito. Nadie los conoce. Ahí, parada en el hall del Maruma, junto a un descomunal ramo de flores, vi pasar a los ministros del gobierno de Venezuela en dirección a un autobús cuyas ventanas estaban forradas de espesas cortinas. Iban en tropel formando un grupo opaco y gris como un ramillete de cenizas.