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Los rosabales

Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

Caracas, noviembre de 2000

A ver, ¿quién es Rosabal? Un don nadie, mentiroso, payaso y gran vividor. Obviamente, en Venezuela nadie había oído hablar de este monigote hasta julio de este año cuando se presentó como oficial del servicio de inteligencia de Cuba y afirmó que había llegado a este país formando parte de un contingente de 1.500 funcionarios encubiertos... en fin, toda esa basura de la Contrarrevolución que es espejo fidedigno de la retórica de la Revolución, cobertizo de palabras bajo el cual se cobija una comparsa de farsantes que han encontrado en este gobierno (exactamente igual que en los anteriores) una fisura por donde colarse y hacer de la nación su forma particular de vida.

Antes de julio nadie tenía noción de la existencia de este mamarracho cuya misión parece ser la de avergonzar a la Cuba de adentro, a la de afuera y a todas las Cubas que en el mundo habitan y padecen. Fuera de eso, para nada sirve Rosabal, hombre sin oficio, impresentable aprovechador, mantenido durante tres meses por la Embajada de Nicaragua, pueblo al que ha olvidado pedir perdón en sus carantoñas de falso arrepentido. Rosabal es eso, nadie, un impostor más de los muchos que pululan en el escenario venezolano y al que hemos tenido el disgusto de conocer en medio de la charada chavista; lo que no sería más que un mal rato, un lance desagradable que habrá de terminar cuando pasemos la página del cubano non grato... si no fuera porque Rosabal no es solamente un calvito con aires de patiquín que cualquier día se ve aventado de vuelta a las costas de su isla, sino uno más de los muchos personajes anónimos que un día amanecieron fotografiados y citados en los periódicos venezolanos, sin que jamás nadie hubiera oído hablar de ellos y que a partir de entonces iniciaron sus carreras en la política y en la administración pública nacional.

Estos rosabales constituyen el rasgo principal de este gobierno, integrado por funcionarios que nunca antes se habían destacado en sus respectivas profesiones. Con la excepción de José Vicente Rangel, Guaicaipuro Lameda, Alfredo Peña y alguno que otro más, los burócratas chavistas sólo se han destacado como eso, como chavistas, pero muy pocos tenían nombradía anterior como abogados, economistas, planificadores, gerentes o poetas. Todos comenzaron a tener reputaciones —buenas o malas— cuando la espada del chavismo se posó sobre sus hombros y los ungió como personalidades destacadas. El propio presidente de la República era una medianía como oficial y un chapucero como golpista; es el chavismo quien ha hecho de Chávez una estrella y quien lo ha mantenido en esa categoría, pese a que como mandatario ha demostrado ampliamente su mediocridad. He ahí un rosabal de rango mayor.

Y así en los ministerios, en los institutos autónomos, en el MVR, en todas las instituciones donde el chavismo distribuye cargos y posiciones, se pueden encontrar los rosabales pergeñando sus ficciones, que mañana perderán vigencia al ser sustituidas por una nueva versión de la realidad y de su propia pertinencia. Son esos rosabales de ejemplar ineptitud, que cometen errores, permiten desastres, auspician tragedias y luego salen a pedir perdón con sus caritas de héroes de fotonovelas.

Miremos hacia Vargas y encontraremos, entre los cuerpos y los enseres destrozados de las víctimas, las miradas siempre esquivas de esos grandes rosabales sembrados en el lugar del horror como «autoridades competentes».


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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