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Hoy sábado San Luis En la azotea del Colegio San Luis un hombre se pasea con aire concentrado. Es viernes y el sol ha aparecido finalmente revelando una lujosa vegetación que se ofrece a la mirada del vecindario, vanidosa e inocente del desastre que también se asoma al nuevo día. El hombre camina a buen ritmo y, aunque lo hace muy cerca del borde, no da la impresión de estar tentando al destino con juegos tontos. Definitivamente, no es un suicida. Cada cierto tiempo se detiene en una esquina y mira en dirección al Estadio Chucho Ramos, perla de la urbanización y por estos días activo centro de acopio de las toneladas de vituallas que sin cesar han llegado desde el jueves al mediodía, colmando varias veces las dos oficinas dispuestas para la cosecha de donaciones. El hombre observa el hormigueo congregado a las puertas del estadio. Va vestido con lo mínimo que puede ir un hombre sin atentar contra el decoro: una franela de mangas cortas, unas bermudas muy lavadas que en sus buenos tiempos debieron ser de un cierto verde y unas chancletas negras; todo parece quedarle un poco grande porque lo cierto es que la brisa bastante fresca a esas horas agita la tela adelgazada por el mucho trasiego. El hombre da unas vueltas por la azotea y vuelve a detenerse en su atalaya; está claro que le llama poderosamente la atención el más reciente milagro del rey francés que franquea la urbanización vestido de cruzado, hierático en su montura: sin más estímulo que una escueta información difundida por los medios de comunicación, los vecinos comenzaron a llegar por legiones trayendo bolsas llenas de cosas que otros vecinos clasificarían para distribuirlas entre los vecinos encargados de acomodarlas en cajas destinadas a ser selladas y rotuladas por los vecinos responsables de preparar paquetes aptos para el transporte, los cuales serían entregados a unos vecinos parados en la puerta del estadio, con sus vehículos, a la espera de los bultos para llevarlos a la Alcaldía de Baruta. La dádiva arriba con más velocidad de lo que la diligente brigada de voluntarios es capaz de despachar. Es una auténtica avalancha de regalos. La gente llega en sus carros y es recibida por otros que rápidamente se hacen cargo de los donativos y los remiten a la cadena de ordenación y empaque. Todo realizado con una eficiencia tal que resulta muy difícil creer que aquel engranaje carece por completo de un liderazgo visible. No hay nadie aquí gritando con voz nasal dictámenes como: «Sálganse de aquí», «niños afuera», «los que no pertenezcan a la asociación de vecinos, favor permanecer alejado del área». Nada de eso. Todo el que quiere viene, se suma a la cuadrilla de trabajadores espontáneos y cuando quiere se va. Hay muchos niños ayudando, muchos pavos y, sobre todo, muchas mujeres, son ellas las que orientan, las que saben dónde está todo, las que aportan ideas para facilitar los procedimientos y las que toman las decisiones: «Eso no, chico, eso no lo metas ahí. Tíralo en aquel rincón donde estamos acumulando lo que no le sirve a nadie. Después lo botamos o lo quemamos, ya se verá». El hombre es blanco, con esa palidez de los curas y de los pianistas. Debe estar orando. Es su manera de ser útil en esta hora en que el cielo nos ha hecho humildes y nos ha demostrado que no necesitamos gendarmes ni mandones sino una misión clara para cumplir o una esquina desde donde mirar, rezando.
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