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Canción mansa para un hacker bravo

16 de mayo de 2000

El pasado 4 de mayo cundió la alarma en todos los confines de Internet: un nuevo virus informático se extendía a toda velocidad por el correo electrónico, oculto en un mensaje con el romántico “subject” de “I love you.” Antes que el día concluyese se hizo claro que se trataba de la peor epidemia que hubiese sufrido la red de redes, al medirla en términos de las pérdidas económicas por la paralización de sistemas y la destrucción de información en miles de discos duros de todo el mundo.

Tan pronto se conoció del problema, se inició el rastreo de quién o quiénes pudiesen ser responsables de lo que pareció en un primer momento la obra de alguna poderosa cofradía de conspiradores siniestros con planes de destrucción en gran escala. Seguir la pista resultó sorprendentemente fácil, llegándose con rapidez a un lugar insospechado para ser origen de un complot high tech como el que los oficiosos cazadores de hackers suponían: Manila, la capital de Filipinas, un país del sureste asiático donde brilla por su ausencia el charm tecnológico de sus vecinos tigres y dragones. De hecho, por más que busqué referencias sobre las capacidades científico-técnicas desarrolladas en esa nación, lo más parecido a un invento filipino que sepamos aquí en Venezuela tiene que ver con aquella pintoresca pelea en Maracaibo por el campeonato mundial del peso mosca, donde descalificaron al púgil de ese país al decomisarse a sus seconds un frasquito conteniendo una sustancia cuya composición al parecer nunca pudo ser descifrada por los químicos criollos.

Fue tan inconcebible encontrarse con que alguien de esa procedencia fuera el causante de este desbarajuste ciberespacial, que inmediatamente se puso a rodar un rumor mas convincente, atribuyendo el asunto a un supuesto hacker germano que está haciendo un postdoctorado en Australia, como para que los desconsolados usuarios de ese 70% de las micro-computadoras de Alemania liquidadas por el virus del amor tuviesen el consuelo de la procedencia aria de su victimario, pues es de imaginarse lo vergonzoso que resultaba para un industrial del Ruhr, un yuppie de la City londinense o un coronel del Pentágono saber que semejante contratiempo como el que sufrieron estos días fue obra de un ocioso de Quezón (ciudad dormitorio de Manila) con estudios no concluidos para técnico medio en computación.

Pero la versión del experto teutón no se pudo seguir sosteniendo debido a la misma insistencia de los gringos en hallar culpables y propiciar su castigo, de manera que incluso movilizaron a expertos cibernautas del FBI hasta Filipinas, obligando a las autoridades a detener al supuesto responsable, aun cuando la legislación local ni siquiera contempla como delitos las acciones que se le atribuían, pese a lo cual funcionarios de Estados Unidos hablaron de pedir la extradición del personaje, de quien por lo demás en esta crónica no puedo dar nombre y edad exactos, porque las agencias transnacionales de noticias lo han identificado con 4 apelativos y 2 edades diferentes (e incluso, las confusas informaciones hablan de la responsabilidad compartida en el hecho de una o dos mujeres, que serían parientes del acusado).

De todo este relato derivan varias reflexiones que me parecen pertinentes. Comenzaré por lo ya indicado sobre la curiosa negativa inicial a aceptar que pueda ser tan eficiente un hacker tercermundista como sus similares nórdicos, que iba de la mano con asomar la presencia de algún genio tan inteligente como maligno tras este complot. Al develarse la identidad “not white, anglo-saxon or protestant” del ciber-malandrín, las informaciones cambiaron de tono drásticamente y empezaron a decir que ocasionar un colapso de esa magnitud en Internet es algo absurdamente sencillo, casi al alcance de cualquier idiota con celular progamable o, por decirlo con el insidioso racismo de un entrevistado por Time: «... un niño de doce años en Tailandia lo puede volver a hacer» (¡si fuese un ex-ministro venezolano, hablaría de un violinista pemón!). Hasta leí una noticia donde se decía que el filipino Onel o Rommel creó el virus involuntariamente, un poco como el burro flautista de la fábula, o El burgués gentilhombre de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo.

Curiosamente, a la par de esa descalificación de las habilidades requeridas para provocar semejante patatús informático desde la NASA al Vaticano, no cesó la intención de sancionar —o al menos amenazar— al presunto culpable con los castigos más severos posibles, lo cual resulta contradictorio con la proclamada sencillez de una plaga que podría ser causada incluso por error de un usuario novato del Visual Basic. Hasta pareciera que con el filipino del cuento quieren aplicar una versión on-line de las legislaciones globalizadoras que permiten a los Estados Unidos extraditar y juzgar a nacionales de otros países por hechos ocurridos fuera del territorio de USA, sin que la norma se aplique a la inversa y basándose en la doctrina del Derecho Procesal Internacional conocida como la ley del embudo.

Hay otra dimensión del tema sobre la cual me gustaría especular un poco, pues no encontré mayores reseñas sobre el particular: la reacción de la sociedad y el gobierno de Filipinas ante la situación de ser coterráneos de tal celebridad tecnológica. En Internet y en la prensa se recogió en abundancia lo proveniente desde Europa o Norteamérica, pero salvo los comentarios predecibles de algún burócrata o policía, no había nada de lo que pensaron, por ejemplo, las instituciones académicas, la comunidad del área informática o la ciudadanía común de ese país. Imaginar sus reacciones me parece interesante, ya que es tentador suponer posibilidades diversas (o «escenarios alternativos», como dicen los vendedores de panelas de San Joaquín), respecto a las cuales en este otro extremo del planeta podríamos sacar algunas consecuencias instructivas.

Es factible que en Filipinas (tal y como en Venezuela) las respuestas se vayan hacia dos polos: los apenados y los simpatizantes. Los primeros serían los diligentes sicarios locales de la caza del hacker y/o quienes se constituyan en censores de las actividades de sabotaje virtual, aceptando como santa palabra lo difundido por CNN o la AP. A los segundos les complacerá que por fin un compatriota gane celebridad mediática mundial por algo diferente al boxeo o a la picaresca de la corrupción y la ineptitud estatal; tal vez en este bando haya quienes se atrevan a ir más allá, reivindicando el ejemplo como una muestra (quizás torcida, pero valedera) de lo que puede lograr uno del patio con su ingenio en un ámbito como la informática de punta, donde tanto se nos ha querido convencer que no tenemos nada que buscar.

Aventurándome más en este ejercicio especulativo, llego a fantasear que esta decidida facción de simpatizantes gane respaldo mayoritario, con lo que a vuelta de unos años tendríamos al desagraviado hacker como docente e investigador estrella del área de Nuevas Tecnologías de la Universidad de Manila, convertida en La Meca donde debe peregrinar todo interesado en la experticia como detector y destructor de virus electrónicos. Aquí el sueño se interrumpe y debo volver a la prosaica realidad (filipina o venezolana, que igual vale), donde la mediocridad del poder y la cultura dominante jamás comprenderá el enorme potencial positivo y creador que con inteligencia podría descubrirse tras una acción subversiva de esta naturaleza. De manera que mucho me temo que lo último que se sabrá públicamente de Oniel o Reomel será cuando algún fin de semana aparezca en la versión en tagalo de Sábado Gigante junto al Don Francisco de Mindanao, donde protagonizará un reencuentro enternecedor con la maestra que le enseñó Word Star en 1991.


Nelson Méndez en La BitBlioteca

 

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