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La Nueva Era: esoterismo de «mall» y mística «for delivery»

Martes 6 de setiembre de 2000

En estos tiempos se vive un rechazo a la racionalidad, herencia del desarrollo intelectual de Occidente a partir del siglo XVII. Para confirmar esta afirmación, basta con pasearse por el discurso político de nuestros días, prueba cierta de ignorancia desafiante frente a la razón y la argumentación coherente. Paralelo a este repudio hay una suerte de recuperación de ancestrales concepciones del mundo, considerado otra vez como mágico o encantado. Lo que 20 años atrás era un recurso olvidado o menospreciado por quienes tenían una relativa instrucción formal —la invocación a las divinidades y al milagro—, está en boca hasta de los que en otra época eran acérrimos ateos comecandela. Junto a ello, librerías y kioscos revientan de publicaciones místico-esotéricas, es rico el filón de las peregrinaciones (a la India o Jerusalén los más pudientes, mientras que los demás se conforman con Betania o Sorte), y la TV promociona al rango de «estrellas» a los conductores de programas de estos temas, por supuesto con muchas más horas en el aíre que las dedicadas a asuntos tan despreciables como la filosofía, la literatura o la política en serio.

En todo este barullo de devoción exaltada destaca un movimiento que ha pasado a ser un fenómeno sociorreligioso importante, conocido como Nueva Era o New Age. Referirse a él no es sencillo en tanto que agrupa una estrafalaria mixtura de contenidos culturales, religiosos, filosóficos y comerciales (¡cual discurso de Chávez!), produciendo una mezcla borrosa que afirma ser una alternativa al catolicismo y demás religiones institucionalizadas. La Nueva Era se anuncia como una sensibilidad humanitaria nueva, con pretensiones trascendentes y promueve lo que llama un nuevo paradigma mental. Cierto es que la ausencia de un esquema claro y de una doctrina más o menos explícita hace difícil concretar en qué consiste el cambio, tal como sucede con muchos autotitulados «movimientos políticos revolucionarios» que se escudan en similar indefinición para captar seguidores. De hecho, esto le da a la Nueva Era una posición ventajosa en tanto le permite incorporar constantemente las perspectivas de los creyentes que va ganando, eludiendo las precisas limitaciones que imponen posiciones estrictas. De esta manera, se cambia la dogmática teología institucional —propia de las estructuras religiosas establecidas— por un cuerpo doctrinal mínimo, que incluye un redescubrimiento del cuerpo y una revalorización de las experiencias intuitivas, dos novedades que sólo son tales para la tradición judeo-cristiana oficial.

Al examinar a la Nueva Era nos encontramos con ambientalistas que deifican a la naturaleza, astrólogos que jamás han visto por un telescopio, penitentes del vegetarianismo, adeptos desorientados de corrientes orientalistas, epistemólogos de una curiosa metafísica del conocimiento, nuevas terapias (por lo general bastante viejas), y grandes operaciones de marketing en tiendas y negocios especializados, ediciones de libros, cursos, seminarios y discos. En resumen, hay para todos los gustos, siempre que se acepte que está iniciándose un nuevo tiempo, un período de cambio, de renovación espiritual, caracterizado por otra comprensión del planeta Tierra, una nueva relación con el mundo, con Dios y con los demás. Respecto a Dios, la relación es mucho más antropocéntrica que la tradicional del cristianismo con su Dios histórico-intelectual, puesto que se propone un Dios esencialmente psicológico, un Dios reducido a la psiquis y la autoconciencia, un Dios interior y a la medida de cada uno, sin representantes institucionales pero sólo accesible a través de los gurúes con copyright.

Si bien puede rastrearse el origen de la Nueva Era hasta los movimientos hippies norteamericanos de la década de 1960, el boom se presenta con posterioridad a 1990, con focos de difusión en California y en algunas grandes ciudades de Europa Occidental. La intención era promover el optimismo etéreo y la adopción de un pacifismo conformista, olvidando la protesta y la crítica social que pierden importancia frente a una renovación cósmica. En efecto, hacia el año 2160 la Tierra completará su paso por la constelación Piscis para entrar en la de Acuario, y con ello se supone que se abrirá un período de felicidad. Claro que, como no es un planteamiento racionalista, esta llegada de la ventura universal no se apoya en ningún principio lógico ni fundamento verificable sino en una intuición de los maestros ascendidos. Quien no lo entienda así es porque carece de la iluminación y necesita adquirir algunos libros, asistir a algunos seminarios, participar en algunos tours iniciáticos y comprar algunos CDs hasta que lo logre. De esta forma la Nueva Era se torna en movimiento contemplativo en donde nada más cabe esperar (¡y consumir!), evitando compromisos políticos y otras tareas en pro de cambios radicales de las condiciones de vida ya que sólo procede meditar, especular, abstraerse, rumiar (¡y seguir consumiendo!).

En un espectro tan amplio y vago como el que cobija el “New Age” hay corrientes con acento en lo social, en favor de sociedades sin fronteras, reparto justo de la riqueza, desarrollo de tecnologías alternativas, protección de la ecología y otros fines loables. Pero los medios para cumplir estas metas son oscuros y las acciones no pasan de escenas efectistas o meras declaraciones. En cambio lo que se ha puesto en marcha es un gran engranaje comercial que vende todo tipo de productos Nueva Era, desde libros hasta alimentos, desde música hasta medicinas, desde viajes a Machu Picchu hasta videos de aeróbicos. La música en especial, con obras que se promueven como cargadas de resonancias siderales, ha sido importante negocio desde los años de 1980 y una de las principales fuentes de divulgación. Hay allí una fusión de culturas musicales exóticas, apelando al relativo efecto letárgico sobre personas con stress para atribuirle un sentido místico, y siempre reivindicando el amor acríticamente. La música constituye, podríamos decir, el nuevo templo, la inédita manera de predicar un credo que persigue un salto mágico a un cambio mental.

Todo lo anterior apunta a que la Nueva Era incluye muchas cosas, por no decir demasiadas. Sus tan genéricos supuestos apuntan a una visión holística, totalizadora del mundo y del hombre, enfrentada a la visión analítica de la racionalidad y de la ciencia. Gracias a ello pueden pretender compaginarse personajes dispares como la teósofa Blavatsky y el músico Vangelis, el espiritista Kardec y el antropólogo Castaneda, el físico Einstein y el psicoanalista Jung, el jesuita De Mello y el Dalai Lama, en una mezcla de agnosticismo, superstición, paganismo, mito, psicología que se explica porque, en última instancia, lo que se persigue es ver el inicio de la santidad del planeta cuando los astros nos sean propicios.

En vista a la situación de graves conflictos en el mundo (opresores-oprimidos; miseria-opulencia; Norte-Sur; globalización-diversidad), sin que las mayorías vislumbren rumbos despejados que permitan superarlos, surgen fenómenos como el tinglado de la Nueva Era o los movimientos políticos neopopulistas de los países subdesarrollados, siendo de temer que crezcan y se desarrollen. La incertidumbre frente al futuro, la ausencia de valores construidos sobre la razón y la solidaridad, la crisis de la educación, propician al éxito de cualquier discurso que se apoye en el misterio, que nada nos exija y nos induzca a confiar en que la evolución cósmica hará que alguna mente esclarecida enmiende nuestras carencias. Mientras tanto, no cambie nada, no se rebele contra nadie, no proteste, espere (¡y consuma!).

A fin de cuentas, semejante parapeto no deja de ser una mas de las triquiñuelas conservadoras para legitimar, con un barniz espiritual, el mantenimiento de los poderes hegemónicos en el mundo contemporáneo, avivando una peculiar clase de fe más afín con ciertas exigencias del mercado que las confesiones tradicionales.


Nélson Méndez en La BitBlioteca

 

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