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Choque de culturas: extraños en casa In English: Culture Clash (2): Strangers at Home The New York Times, Time, o Mario Vargas Llosa no son los únicos que han estado enviando señales negativas sobre Venezuela en estos días. Si examinamos las opiniones que venezolanos en el exterior tienen sobre la actual situación del país (http://politica.eud.com/informespecial/exterior/primera.html es un buen ejemplo, si se tiene acceso a Internet), encontraremos opiniones bastante negativas sobre los últimos acontecimientos que envuelven al país. ¿Por qué esta tendencia de venezolanos en el exterior a tener opiniones tan pesimistas sobre lo que ocurre hoy en día en esta tierra? Parte de la razón, por supuesto, se encuentra en el hecho de que los venezolanos en el exterior y quienes entre ellos tienen acceso a Internet son un grupo bastante sesgado. Otra razón en la que me interesa detenerme aquí se refiere al choque de culturas al que estamos predestinados los «nativos» que nos aventuramos en territorios del Norte. Los venezolanos que hemos vivido en los Estados Unidos, Europa, o cualquier otro país del «primer mundo» por largos períodos, para regresar a casa luego de la ilustradora experiencia, con toda seguridad caeremos víctimas de varios dilemas. Una vez de regreso en esta «equivocación de la historia», como llamó José Ignacio Cabrujas a Venezuela en El día que me quieras, ¿deberíamos seguir deteniéndonos en la luz roja, aunque solo sea para recibir la burla de nuestros coterráneos? ¿Deberíamos creer en ese principio de la cultura «gringa» de que las acciones de un solo individuo pueden hacer la diferencia? O, por el contrario, ¿estamos condenados a renunciar a nuestros sueños de hacer de Venezuela un mundo más ordenado, y así caer en la peligrosa trampa del conformismo y la desilusión? En un nivel más general, el choque de culturas de vivir en el exterior puede mostrar varias ramificaciones. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que el racismo prácticamente no existe en Venezuela. ¿O sí existe? Los venezolanos tendemos a sentirnos bastante orgullosos de nuestra condición café con leche. Con esto implicamos que nuestro mestizaje hace imposible que cualquier sentimiento de intolerancia racial gane terreno entre nosotros. De hecho, nos gusta pensarnos como una sociedad muy tolerante en todos los aspectos; no solo en lo que se refiere a raza, sino también en cuanto a temas tan sensitivos como el sexismo o la homofobia. Viniendo de este marco cultural, vivir en una sociedad tan consciente de asuntos raciales y de sexo como la norteamericana, puede conducir a dos reacciones divergentes. Una consiste en reforzar nuestras concepciones iniciales sobre racismo o sexismo. Después de todo, los venezolanos no se matan entre sí a cuenta de sinrazones racistas o supremacistas, como las llaman en los Estados Unidos. Y a las mujeres venezolanas les va de lo más bien, sin necesidad de las escandalosas y seguramente lesbianas feministas. Una reacción muy diferente es reconocer que Venezuela sí es una sociedad racista y sexista, con una dificultad adicional: aquí no hay muchas señales de la legitimidad que los temas raciales o de sexo han adquirido en países como los Estados Unidos. Estas dos reacciones contrastantes pueden conducir, paradójicamente, al mismo resultado. En ambos casos el resultado puede ser el predominio de un punto de vista conservador, bien sea por la exaltación de las virtudes de nuestra manera de ser criolla, o por la crítica acerba de un subdesarrollo cultural que aparentemente caracterizaría nuestra sociedad, y del que nunca podremos trascender. Hay, por supuesto, una tercera vía siempre la hay. Antes que nada, debemos encontrar maneras para recordar tanto las cosas positivas como negativas que hemos vivido y aprendido. No podemos dejarnos ahogar por los mares de pasividad y dejadez hoy en día mezcladas con mesianismo utópico que con tanta frecuencia se imponen en las ideas y actitudes venezolanas. Al mismo tiempo, debemos encontrar maneras para aprovechar lo que somos. Rasgos distintivamente venezolanos pueden funcionar a nuestro favor como colectivo y como nación. En resumen: sí, podemos hacer la diferencia, aun cuando solo sea en nuestras pequeñas esquinas, tal vez en nuestros campos de conocimiento y trabajo. Está claro que ésta es una tarea compleja, que con frecuencia conduce a la frustración y la ambigüedad. Pero nadie dijo que era fácil.
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