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Elogio de la cordura

Una explicación muy llanera de Chávez

Entiendo que hay finos intelectuales que se devanan los sesos tratando de entender el enigma del presidente Chávez. Para ello aventuran largas exposiciones, donde mezclan análisis sociológicos del caracazo, teoría política sobre la muerte de los partidos, y mucho miedo apocalíptico. A este servidor le bastan dos paradigmas: haber visto la película Zelig de Woody Allen y ser llanero. En Zelig está reflejado con mucho nuestro presidente. Nada grave, si en el fondo tiene buenas intenciones para con el país, lo cual le concedemos. Peligroso si las personas que lo evalúan desde afuera y en distintos escenarios se sientan un día a comparar versiones.

Ahora que está en La Habana, muchos observadores lo confundirán con Castro. Y habiendo visto a nuestro presidente actuar ya durante casi un año, sabemos que Chávez se «castrizará» mientras dure la Cumbre Iberoamericana, para ser vedette junto al anciano comandante. Cuando viaje a Asia será maoísta, y cuando martillee en Wall Street con la mano izquierda, será más neoliberal que Bill Gates. No es un caso de esquizofrenia ni de personalidad múltiple. En el llano existe un camaleón vernáculo llamado «el guabino», de donde viene el adjetivo «guabinoso», según me explicó el semiólogo llanero Manuel Bermúdez. No debe confundirse con la guabina, que es un pez de agua dulce.

El guabino tiene tal habilidad dialéctica —olvídate de los sofistas— que habla mucho y nunca toma posición, sin que le molesten las contradicciones lógicas de su discurso. Si usted va por el llano y se para en una taguarita a tomar guarapo y se encuentra con un guabino, el diálogo platónico puede ser de este tenor:

—Buenas...

—Güenas

—Hace calor, ¿verdad?

—Sí, bastante, la calor nos tiene mal por aquí...

—No ha llovido en meses...

—No, iñol...

—Pero por allá abajo vi unas garzas...

—Sí, hay garzas por allá abajo...

—Eso quiere decir que debe haber llovido, porque ellas viven cerca de los charcos...

—Sí, viven cerca de los charcos...

—¿Ha llovido bastante?

—Sí, cómo no: ha llovido, mucho palo de agua, y aquel plaguero...

En cuanto a la verbosidad incansable del presidente, no crean ustedes que se inspira en los discursos de cuatro horas de Fidel Castro. Recuerden que antes de leer a Rousseau o a Montesquieu en la Academia Militar o en la prisión, Chávez se entrenó mentalmente con las coplas, las reláficas y los cuentos de chinchorro a chinchorro: con el Silbón, la Sayona y el Ánima Sola. Antes de partir para La Habana, Chávez cantó una copla. Le salió del alma. Eso recuerda que su raíz más profunda son los poetas llaneros. ¿Dónde aprendió a improvisar un discurso durante tantas horas si no fue contrapunteando? Florentino cantó con el Diablo horas y horas, desde la medianoche lluviosa hasta que apareció la franca luz del amanecer, cuando el héroe comenzó a invocar vírgenes para espantar con las potestades celestiales al titán de las tinieblas. Un niño se yergue empuñando unas maracas, y comienza a improvisar versos en un duelo poético que puede durar horas. Así se aprende a discursear en el llano.

Solemos ponernos exquisitos cuando hacemos análisis. En el fondo no queremos analizar sino deslumbrar a nuestros lectores a punta de facundia. Para ello escogemos autores notables, preferiblemente en otro idioma, y manejamos un par de neologismos como «societal» o «configuración del sujeto». Pero cada sujeto de análisis —valga la exquisitez— debería suponer algunos acercamientos a su entorno: deberíamos saber cómo es el mundo del analizado. No deberíamos hacer análisis para que a gente piense: «Qué buen analista». El buen analista no aparece en los resultados, el resultado es: «Este es realmente el personaje».

Creo que hay errores cuando intentamos entender a Chávez con herramientas europeizantes. Nuestro presidente no es un dictador de República bananera como lo pintan los periodistas de Miami o Madrid. Es un guabino con el virtuosismo verbal de Florentino, el que cantó con el Diablo. Y aprende rápido. De teniente-coronel golpista pasó en pocos años a ser un demócrata remendado. Conste que en su gobierno se han respetado más los derechos humanos que con Caldera o con Pérez. Pregúntenle al astrólogo que fue preso, a William Ojeda o a las familias cuyos hijos reposan en La Peste.

Otra cosa es que sus concepciones económicas sean feudales. Pero su comportamiento dependerá del entorno, dado que absorbe como una esponja. Si hay gente sensata educándolo, será sensato. Si su entorno se hace estatista e izquierdizante, propondrá más empresas del Estado y dirá que los empresarios son hijos de Satanás, contra quien él ya cantó y a quien venció.

Por eso hay que dejarlo viajar, que vea mundo, a ver si su tejido de lenguajes capta el pleno empleo de Clinton, la gerencia de Aznar, el modernismo de los socialdemócratas europeos, el milenario espíritu del trabajo y del comercio de los asiáticos. Eso sí: aléjenlo de Giordani, de la UCV, de las feministas, de los joroperos y comeflores de izquierda, o tendremos que decir como el grafitti del aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires: «El último que salga, que apague la luz».


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