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Impresiones persas I. La llegada Era la madrugada del sexto día del Abán en el año 1.377 de la Hegira persa, seis de Octubre del año de l.998 en el calendario gregoriano, dos fechas diferentes, pero el mismo instante del tiempo a pesar de los malabarismos cronológicos de las religiones para interpretar el retorno de los astros. Después de haber atravesado la inmensidad del desierto de Siria dejando atrás las ruinas de Palmira y los castillos de Alepo, el avión de la línea iraní enfiló rumbo hacia territorio turco para evadir cuidadosamente las tierras vedadas del Irak. Una hora mas tarde entraba en la agreste y variada geografía en donde hace casi tres mil años latió con todo su vigor el corazón del imperio Persa. Sin que la mayoría de los distraídos pasajeros pudiera percibirlo , a partir de ese instante estábamos bajo la tutela suprema del Ayatullah Seied Ali Jamenei , líder único y guía espiritual de la República Islámica de Iran, divino protector de las conciencias safávidas y fiel seguidor del Imam Ruhollah al-Musavi al-Jomeini, el pequeño hombrecito obsesivo y parco, que con la luz de Mahoma destronó al último sha de la dinastía Pavlevi y cambió el rumbo de la historia del Iran. Volábamos sobre la cordillera de Elburz, a veinte mil pies de la ciudad de Tabriz y bajo el resplandor magnífico de una luna llena que marcaba el inicio de otro mes lunar en la Hegira musulmana. En ese instante los recuerdos infantiles de las historias sobre las batallas de Xerxes, nos hacen desvariar creando el deseo de ser llevados de las manos de Zoroastro, el profeta que con las enseñanzas del Avesta y bajo el manto protector de Ahura Mazda le guió en todas sus conquistas. A medida que el avión desciende y se aproxima a su destino, emergen de los más ocultos laberintos de la memoria la carga histórica acumulada por este inmenso país: la grandeza de Ciro, el fundador del imperio, la majestuosidad de Persépolis, las vastas extensiones dominadas por Darío, conquistador de la India y vencido por los griegos en Maratón . Brotan los chispazos intensos de aquella gloriosa gesta cultural que se desarrolló en la era safávida, con su mágico mundo de miniaturas expresivas y llenas de colorido que trascendieron todos los caminos y los tiempos, de poesía sin límites, de una ciencia imberbe que se paseo aclamada por todo el medio oriente y produjo asombro en las lejanas fronteras de Europa. Persia la grande, la de los Aqueménides. Persia doblegada en Salamina, en Platea y Micala pero con el recuerdo imborrable de las Termópilas. La de los Seleucidas, que extendieron la vastedad del imperio hasta la India y el Mediterráneo y tuvieron que arrastrar el pathos triunfante de los seguidores de Arshakun y el Rey Urud, vencedores de romanos durante mas de tres siglos. Persia Sasanída donde se sembró la leña que volvió a avivar el fuego de las divinidades zoroastraina y maniquea, y permitió que siguiera la batalla sin fin entre las fuerzas invencibles de Ormuz y el espectro maléfico de Abriman, el principio del mal y la opresión. Persia islámica, vencedora sobre la misma Persia para integrarla al mundo de Alá, el misericordioso, el Diós único y Mahoma su único profeta. Persia devastada por las hordas de Gengis Khan y luego azotada en la era Timúrida por la furia sin limite de Tamerlan. Persia lejana, madre de poetas de voces cautivantes que de sus entrañas nos obsequió la luz sublime de Ferdusi, el del libro de los Reyes y a aquel poeta singular entre todos los poetas llamado Omar Kahayan, el de el Rubaiat, encarnación viviente del rigor y la armonía. Persia, la de las alfombras mágicas, misteriosas, cautivantes, belleza serena nacida de la exquisita conjunción de la seda y de la lana impregnadas de vívidos colores naturales. Tierra llena de jardines de fuentes cantarinas, nido de rosas y ruiseñores. Persia de medos y de persas, Persia siempre inmersa en la noche sombría de las guerras, la que se nos tatuó y se nos fue para siempre con los libros de historia y de poesía milenaria. II. Teherán Teherán es inmensa. Fea y poluta. En sus calles largas y sin gracia se amalgaman la contaminación del aire con un ruido ensordecedor que viene de todas partes pero da la impresión de que saliera del fondo de la tierra. Escándalo mecánico que se expande como un hongo enorme e invisible que parece que todo lo cubriera. Es la capital de la nueva Persia, la del gas y del petróleo. Un lugar inhóspito en donde millares y millares de conductores se agreden con una violencia inusitada sin respeto por ninguna ley ni condición humana. La selva moderna con viejos coches ruidosos y humeantes que salen sorpresivamente de todos lados tocando corneta como unos desquiciados. Ella conjuga la perversión del aire de Ciudad de Méjico con la anarquía de Calcuta. La profanación del paisaje de Caracas con el caos urbano de Honk Kong. Fuera del balneario del monte Damavand y los palacios de Marmar y Sade Abad no asoma por ningún sitio una gracia, un autentico respiro. Esta poblada de dragones rodantes que embisten agresivos a los angustiados peatones, hombres serios, ásperos, y mujeres misteriosas encubiertas en sus túnicas oscuras. Definirla se hace difícil salvo que la consideremos como un enorme parqueadero de autos que se están moviendo continuamente. Trasladarse de un lugar a otro en la ciudad es una odisea que puede durar horas. Se sabe cuando se sale pero es imposible predecir la hora de llegada. En Teherán a los viajeros les asombran las mujeres del lugar. Completamente cubiertas por el chador que impide verlas como lo que son, de ellas brota una enigmática espiritualidad que las vuelve mas mujeres. El traje negro que todo lo cubre las hace hermosas porque oculta todos los defectos y resalta sus rostros claros de ojos oscuros y penetrantes, que a pesar de la represión sexual del islamismo miran con discreción haciendo un rápido sondeo de los hombres que le atraen. Esa melodía triste de temor y deseos reprimidos al mismo tiempo les da un atractivo aire de santidad y de inocencia, pero que es fruto vedado para los hombres de occidente, para recordárselos, en esos días el máximo tribunal islámico dictaba la sentencia de muerte a un empresario alemán que tuvo la osadía de hacer el amor con una secretaria iraní que fue castigada con cien latigazos y tres meses de cárcel. Ante el desafuero no se hizo esperar la protesta de la embajada alemana y de muchos iraníes anti fundamentalistas, pero aún así no era esperanzador el destino del osado teutón, porque a pesar de la dicotomía de poderes que parece haber, la voluntad de los Imanes es la ley suprema en Irán, aún por encima del poder electo por el pueblo, que ha sido escogido de las listas presentadas por los mismos religiosos. Entre los electos una buena parte busca la apertura hacia occidente tratando de modernizar al país y sacarlo del aislamiento, pero la suya no es una tarea fácil. Existe una lucha interna, vehemente, intensa. Una batalla sin cuartel aunque esté cubierta con una sutil capa de silencio destinada a salvar las apariencias y no afectar las bases de la revolución de Alá. Extraña ciudad capital que no manda sin la anuencia del oráculo de Qom, la antigua ciudad sede del poder espiritual, en donde los estudios religiosos y centros de investigación del Corán acumulan la presencia de los imanes y ayatullahs más ortodoxos y extremistas del islamismo. Esa fe religiosa que domina a todo un pueblo, lo somete y lo fanatiza, también tiene algo de fascinante y misterioso en las tardes de Teherán . Repentinamente, al llegar la hora del rezo vespertino, el canto profundo y pegajoso que sale de los minaretes se expande por todos lados y suaviza la violencia citadina. Unos entran en las mezquitas y otros se va a las inmensas avenidas donde pasan a formar parte de la enorme muchedumbre de empleados que salen del trabajo y paseantes que arrastra al caminante sin destino hacia ignotos derroteros. Sin darnos cuenta nos vemos deambulando entre las callejuelas repletas de comercios de toda índole del bazar Saray-e-Amir, saturado de tiendas de oro, abacerías de telas y brocados, baratijas de la china y vendedores ambulantes de jugos, panes azinosos y pinchos de cordero, el auténtico mercado persa lleno de tarantines de cuanto objeto de comercio pueda imaginarse, un ejercito pacífico en donde a pesar de la aparente uniformidad de la etnia iraní, también hay batallones kurdos, sirios, iraquíes, azerbayános y la múltiple variedad de nacionalidades provenientes de las ex repúblicas soviéticas situadas al borde del mar Caspio. Si Teherán comenzó a nacer hace cinco mil años, ya ha crecido suficiente: hoy es una megápolis de l2.000 kilómetros cuadrados con una población de más de 15.000.000 de habitantes sometidos a un régimen de socialismo económico, una férrea dictadura religiosa y agobiados por todo tipo de problemas. III. Qom Qom es tierra santa en Irán. La segunda ciudad de peregrinaje sihiíta después de Mashhad, porque alli se haya la tumba de Fátima Ma-Suma, la hermana del octavo Imam, Alí ar-Rida. Alrededor de su mausoleo poco a poco fue creciendo la aldea que hoy llega al millón de habitantes. Pequeña y polvorienta, con calles estrechas y edificaciones de barro tradicionales, la aridez que la inunda y la vuelve casi miserable nada dice de la belleza de sus alfombras que se hayan entre las más prestigiosas y hermosas de todo Irán. Estas son elaboradas en pequeñas factorías en las que solo existe mano de obra femenina e infantil. Bajo los cánones de un silencio contagioso, desde la mañana y hasta el inicio de la noche, día tras día sus manos portadoras de agujas hiladas regresan una y otra vez al mismo y limitado espacio del marco del telar. Es un ritmo monótono y desesperante. Un peregrinar rutinario que solo sigue la milenaria ruta trazada por los dibujantes. Hilos sin aparente punto final, de seda, de lana, de oro. Bordados casi mágicos que al concluirse sorprenden por la perfección del acabado, por la armoniosa complejidad de las figuras y el colorido intenso y firme. Las piezas de esta pequeña aldea se hayan entre las mas buscadas de todo Irán e indefectiblemente van a terminar en los salones de exhibición de las grandes galerías de Teherán y los principales centros de consumo de Europa y del medio oriente, destinadas a saciar la sed de belleza de los privilegiados. El peso de la religión islámica, que es la principal actividad de Qom, se percibe por todas partes. En los restaurantes la comida es servida conforme lo pautan los cánones islámicos. Ellos dominan en los mercados y en el actuar. Hasta en la forma de mirar. De cada esquina, de cada una de sus calles de color ocre salen los ulemas, los ayatullahs , sea en grupos, solos o en parejas. Aparecen como sombras, caminando hacia las mezquitas o hacia los centros de estudios religiosos del Corán. Se ve que analizan profusamente los versos sagrados, meditan y luego opinan para determinar con diáfana claridad los límites de su verdad, cerrando el paso a la más mínima desviación del pensamiento del profeta. IV. Isfahán De Teherán a Isfahán hay un largo trecho lleno de soledades y de diferencias. Como todas las carreteras iraníes de la gran planicie central, la autopista que las une abunda en paisajes monótonos con los rasgos de explanadas lunares. Durante el atardecer, las pequeñas colinas del camino tatuadas de grietas en el piso seco, se alargan como sombras que huyeran de algunas de las incontables guerras transcurridas a lo largo de su historia. Al final, la oscuridad incipiente les da la apariencia de grupos de mutilados sobrevivientes de la batalla que por todas partes dejaron sus huellas en la estampida de una dolorosa retirada. Tierras mustias en donde las noches refrigerantes suceden a los días de luz radiante en una atmósfera sorprendentemente límpida. En el centro de la meseta iraní, sobre las pendientes orientales de los montes Zagrós y con la benevolencia de los vientos provenientes del suréste, se haya Isfahán, la ciudad jardín y antigua capital de los persas. Rica en turismo y con muchas industrias importantes, luce con orgullo su esplendor al margen del rio Zaiande Ru, el mas caudaloso de Irán. Cuenta la leyenda que la fundó Keikavus, pero la historia lo atribuye a Tahmurese-e-Divband, el tercer rey de Pishadadian. Remanso de arboles, sombra y agua, es la primera ciudad planificada del islam. En ella se aglomeran los jardines, las flores y algunos de los más hermosos monumentos iraníes: la Gran Mezquita, situada a uno de los extremos de la gigantesca plaza del casco central de la milenaria urbe, la mezquita de del Sehij Lutfullah, pequeña joya arquitectónica sin minarete, en donde el trabajo de los azulejos ponen de manifiesto la estirpe de artistas de los persas de esos tiempos, el pórtico de Qesaiyya, flanqueado por palcos y coronado por un balcón en el que se situaban los músicos que animaban las partidas de polo, cuyos orígenes se localizan en Irán. Aún hoy permanecen incólumes las dos porterías con sus postes de mármol blanco, mudos testigos de uno de los momentos más altos en la historia del refinamiento de los hombres. Es tan bella e incomparable la plaza de Isfahán , que fue acertadamente llamada «La imagen del Mundo» y hoy ha sido declarada patrimonio histórico de la humanidad. Los viajeros que llegan al hotel Abbasis tienen un sorpresivo encuentro con la integración total de las artes aplicadas. La mezcla de una arquitectura que funde lo colosal con lo resplandeciente y maneja los decorados a niveles majestuosos. Los vastos salones adornados con murales gigantes contrastan con los arabescos increíbles y la gracia del mármol y el alabastro de las fuentes dejando sin aliento al espectador. Luego impresionan los jardines, un amparo de pájaros de todas las especies, en donde en cualquier banco o cualquier recodo es un lugar para el gozo de la vida. Allí se puede dejar transcurrir el tiempo sin percatarnos de que afuera sigue existiendo el mundo. Al principio la belleza del lugar penetra violentamente por los ojos del peregrino y lo paraliza por instantes, luego este se acostumbra y empieza a digerirla. Lo gigantesco se torna sencillo y lo esplendoroso natural. El lugar nos ha absorbido haciéndonos parte de su mundo aunque la primera impresión ya no se borrará jamás de la memoria. Hace mas de 800 años lo que hoy es el hotel era un antiguo caravansan en donde los camelleros que venían de lejanos sitios del oriente hallaban reposo a sus cansancios. El norte y sur de la ciudad de Isfahán y las dos orillas y del río Zaiandé Rud se encuentran unidos por los increíbles puentes Jaÿú y el de los treinta y tres arcos, obras maestras de arquitectura. En el interior de los centros de reposo construidos en los pasajes de estos hermosos puentes safáfidas, los caminantes se sientan alrededor de las mesas, hablan animosamente, beben té y fuman los narghiles. Gente alegre y tranquila que vive en un mundo muy distinto a la lejana capital, bien se dice que cuando de la ruda montaña bajaron hombres de costumbres puras y virtudes vigorosas, apuntalaron su caravana hacia las tierras de Isfahán. V. Tabriz En el valle de Ayi Chai, en el centro de la provincia de Azerbayan se hayan enclaustradas las bellezas y las miserias de Tabriz. Ciudad legendaria, encrucijada milenaria del Irán porque ahora como antes sigue siendo el eje en el camino que conduce hacia la inmensa Rusia, a Armenia, la de los hombres de corazón valiente, hacia las extensas y polvorientas rutas que llevan al Azerbayán y a la Turquía. Centro en donde se cruzan los senderos que unen al Asia con Europa, y que en sus paredes alojó las innumerables caravanas que en lejanos tiempos comerciaban entre esos dos mundos tan distantes y diversos. Ciudad llena de misterios, poblada de bazares sórdidos en donde se trafican todas las formas del bien y del mal. Habitada por seres silenciosos de miradas profundas y fijas. Inescrutables. Patria universal del comercio en todas sus formas y modalidades. Ciudad madre de alfombras cargadas de la más pura tradición de la alfombra persa. Las de Heriz, Saraba o Karadja. Suntuosas. Algodón transformado en figuras increíbles que logran el asombro de la Europa enamorada de su fantasía creadora. Fascina llegar a Tabriz por tren. La locomotora cansada de los setecientos treinta kilómetros que la separa de Teherán, después de dejar atrás decenas de pueblos y ciudades, en un instante pasa mugiendo por la pendiente septentrional del monte Sahand y se enfrenta a una estación bulliciosa y poblada de vendedores de ocasión que en el acto asaltan a los pasajeros en el anden para ofrecerles transporte, alimentos, y toda clase de chucherías. Existe magia en ese encuentro. Se percibe en el ambiente mucho de la vieja y de la moderna cultura persa. Las paredes llenas de azulejos, a los lejos los clásicos minaretes de cúpulas adornadas, un farallón con los enormes murales con los lideres de la revolución. El cielo es azul y brillante en ese día de otoño sin que una nube rompa la magnitud de su esplendor ni muestre algo de los fríos días del invierno en que la temperatura llega a menos de veinte grados centígrados. Lugar de historia incompleta que desconoce la fecha de su origen. Para unos fue sasánida, de los tiempos de las guerras contra Roma y de las guerras intestinas entre religiones diferentes, para otros fue fundada por los caprichos de Zobeida, una de las esposas del abassi Harum ar- Rashid. El hecho es que cuando los árabes la conquistaron en el año 22 de la Hegira ya era un pueblo vigoroso. Después vinieron las ocupaciones de las hordas de Tamerlan, la de los turcos otomanos, de los rusos,y de los soviéticos, para regresar una vez mas a los iraníes. A un lado del monte Sahán y luego de pasar por la extensa zona industrial de la ciudad, esta Kandovan, extraño poblado de viviendas construidas en las faldas de la montaña en cuyo interior viven persas aferrados a un lejano tiempo primitivo. Es un estrecho flanco en medio de los erosionados montes de la roca calcárea. No hay un árbol. La sequedad del aire es asfixiante y por doquier se abren las oscuras bocas de las viviendas. De ellas ocasionalmente se ve salir algunas mujeres con sus hijos, y apenas notan la presencia extraña se mueven rápidas. Aceleran el paso como si escaparan de sí mismas El chador se cierra sobre sus rostros pero no pueden impedir que se note la mirada nerviosa, el fino mentón y los labios delgados que en fracciones de segundo desaparecen dentro de aquella enorme tela negra. Enigma y perplejidad de los infieles. VI. La partida En toda despedida hay un ligero sabor de muerte. Transcurrió un largo mes de andanzas por los extensos caminos del Irán. Recorrimos llanos extensos y áridos como todos los rincones del Medio Oriente, atravesamos cordilleras ricas en una vegetación exuberante, bordeamos la vasta extensión del mar Caspio, y nos deleitamos con el pastoso sabor de sus huevas de esturión, compenetrándonos en el rito religioso de sus mezquitas y lugares santos. Quedó el recuerdo de largas carreteras pobladas de millares de camiones, pueblos sucios así como ciudades hermosas, campos de siembra y una permanente presencia religiosa. Para siempre se quedará grabadas las maravillas de Isfahán y la pobreza de las pequeñas aldeas y los barrios marginales adormitando en los traseros de las ciudades, pero siempre estuvo presente el Irán que se debate entre las fuerzas y el esplendor de su pasado y un presente confuso y conflictivo. Al igual que hace mas de tres mil años en él está siempre latente el fantasma de la guerra. Sea Irak, Israel, Afganistán , Siria o América, siempre un contrincante para sacrificar con sangre de sus hijos la necesidad de continuar un de las sagas mas antiguas de la historia. Al irnos, en una triste madrugada de controles aduaneros y policíacos primitivos en el último bastión que se recuerda de un país, aquel trato cercano a los tiempos de la barbarie medieval nos llevo a parafrasear al poeta persa Rubaiat de Jaiam: «Recorrido el camino, ya no regresa el caminante».
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