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Adversarios invisibles El Nacional, del domingo 13 de junio de 1999 De la neblina espesa surgió de repente un hombre haciendo fintas de boxeador. Sus ademanes secuestraron la atención a los pocos joggers que culminaban su entrenamiento matutino en el cortafuego del Ávila. Una repetición de jabs con la izquierda, ganchos a un hígado invisible, quiebre de cintura, cambios de piernas, otros jabs, más ganchos, amagos de golpes definitivos. La neblina se apartaba un poco escandalizada. El adversario era castigado sin piedad, debía estar exhausto y amoratado. El hombre pequeño y de barba nos miró de reojo y, sin detener su danza ensimismada, sonrió y dio los buenos dias Este hombre podía ver algo que nosotros no veíamos. Podía golpearlo, esquivarlo, podía hacerlo retroceder, podía escuchar sus gemidos y hasta su respiración. Podía llevarlo, golpe a golpe, hasta la quebrada de Chacaíto. Nos hizo recordar los despropósitos originarios de esta columna: cómo reseñar, como cronicar, los elementos invisibles de nuestra vida cotidiana. Es una ambiciosa y difícil aspiración, compartida con todos aquellos articulistas que se devanan los sesos tratando de salvar el abismo que separa lo visible de lo invisible, la apariencia y el sentido, que intentan llamar la atención sobre los elementos míticos, los significados, las imágenes que habitan el interior de lo perceptible, de lo despóticamente visible que ofrece el espectáculo cotidiano de la vida venezolana. Al bajar del cerro buscamos una vieja inspiración de Merleau Ponty: «El significado es invisible, pero lo invisible no entra en contradicción con lo visible: lo visible posee, a su vez, una estructura interior invisible, y lo invisible es la contrapartida secreta de los visible.». Invisibles son las abstracciones de la física, las ecuaciones matemáticas, las notas musicales, los valores, las relaciones familiares, la felicidad, las revelaciones de los poetas, el interior de la roca y la composición atómica de los objetos. No por ello son menos firmes y resistentes. La belleza, dirían los filósofos, no es más que una presencia invisible en forma visible. La transpolítica y la propia imagen Los productos de la industria cultural y el esfuerzo que hacen los políticos por controlar su propia imagen constituyen algunos de los campos más fértiles con que cuentan los articulistas para estos ejercicios de desciframiento y despeje de apariencias. A diferencia de los sutiles mecanismos que suele utilizar cierta industria cultural sofisticada y profesional, es muy notorio el esfuerzo titánico que realizan los políticos para reforzar su lado visible, su aparición frecuente en los medios, la construcción de símbolos y slogans, y sus discursos grotescamente explícitos. Jamás se ocupan de la naturaleza no visible, pero no por eso menos presente, de sus discursos. Es allí donde el público, altamente afabetizado e intuitivo, los cacha y los castiga. En estos días Siete Dias publicó un sesudo trabajo de Pierre Burdieu sobre la relación entre políticos y periodistas, en los que el pensador francés atribuía a los medios, especialmente a la televisión, la mayor responsabilidad en el desprestigio que había alcanzado la política y los políticos. Sostiene, en términos gruesos, que el afán comercial de los medios, su vocación por convertir todo en espectáculo, termina banalizando cualquier debate serio y coloca a los políticos en condición de escarnio y payasería. Aunque no lo descarta del todo, Burdieu, un hombre más apegado a la sociología que a los medios, exime a los políticos en la responsabilidad que tienen en la confección del triste espectáculo que ofrecen a los electores. Baudrillard en cambio, otro pensador de su país, ha creado la noción de la «transpolítica». Este sería el nuevo escenario dónde se desarrolla el intercambio político, un escenario totalmente divorciado de la gente común. Ya los políticos no cumplirían su papel de articuladores de intereses sino que dirimen posiciones entre ellos mismos, en el interior de un universo cerrado en el que se consumen cotidianamente. Cuando van a los medios de comunicación los políticos lo hacen de una manera hipostática, transfigurados en «personajes políticos», relativamente virtuales, como actores de teatro que representan un cierto papel en el simulacro de la vida política. Usan un lenguaje común que no traspasa las fronteras de la transpolítica, colocan sus intereses personales y partidistas por encima de los colectivos, y batallan fieramente por posiciones de poder. Su conexión con la sociedad, a través de diversos mecanismos, es comparada por Baudrillard con los procesos de metástasis, una suerte de contaminación irreparable de las instituciones y ciertas formas de la vida pública. («Las estrategias fatales») Descubiertos y a la intemperie El espectáculo que han ofrecido en estos días los personajes de nuestra vida política ilustra con patética claridad el drama de la época. Los actores del Polo Patriótico se canibalizan entre ellos y no sabemos qué demonios es lo que discuten que pueda interesar a los ciudadanos. Absortos, ensimismados en sus propias cuitas, se enardecen y se acusan mutuamente. Quieren defender los elementos puramente visibles de su existencia pública: sus posiciones en los listados constituyentes, la presencia de sus símbolos y siglas, su capacidad para decidir posiciones burocráticas, sus enemistades viejas, sus alianzas espurias. Van a los programas de televisión, convocan ruedas de prensa, firman comunicados, se hacen entrevistar, y exhiben obscenamente sus ambiciones personales y grupales. Pero ¿que es lo que el público ve que ellos no ven? ¿Cual es el lado invisible de su mensaje? ¿Qué es lo que habita el interior de sus mensajes, detrás de lo groseramente explícito? Parece sencillo: que no están ocupando de lo que se tienen que ocupar, que crean un ambiente de desestabilización e incredulidad, que colocan sus intereses por encima de los de su gobierno, que les importan más sus siglas que la realización de un propósito único, que viven con ardor el simulacro de la política, que no se diferencian de las viejas cúpulas y cogollos del pasado, que sustituyen la acción por la verborrea revolucionaria, que invocan la violencia y el golpe de estado ante la incapacidad de poner en marcha los cambios profundos. La imagen, queridos amigos, no se sustenta sobre lo que se ve, sino especialmente sobre lo invisible. Sobre la sombra, sobre la misteriosa sombra con la que «fintean» los sueños del boxeador.
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