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La Revolución de la Alarma El Nacional, 11/06/2000 La gente se acostumbra a todo, incluso a lo inesperado. El sonido de la alarma de un automóvil, por ejemplo, debería ser un hecho extraordinario pero se ha convertido en el fondo musical de nuestras ciudades. Ya nadie se levanta, nadie se para ver si le están robando la camioneta. Las alarmas se despiertan con aullidos de animal herido, gritan a mas no poder, pero sus propietarios duermen a pierna suelta. Cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano, entonces hay una Revolución. Eso solía sostener el Che Guevara y los afiches que pegaban los boinas rojas de los sesenta. Esta suerte de admonición ha tomado cuerpo, se ha hecho carne, en nuestro patio y en nuestra comprensión, cuarenta años más tarde. Entre otras muchas cosas, hoy vivimos sin duda, la Revolución de la Alarma. Lo inesperado se ha tornado parte de la costumbre, de manera que la gente se ha resignado a dormir en medio de una sinfonía infernal. La Revolución de la Alarma no es por cierto un fenómeno nuevo, y no puede ser atribuido al terremoto político e institucional de los años más recientes. La inseguridad ciudadana ha sido fruto más bien de un proceso lento, dinámico y creciente, que se ha forjado, con obscena complicidad policial, a lo largo de más de una década. Lo urgente para los efectos de esta nota de hoy es la revelación de las instituciones y valores que ha creado esta revolución: desconsideración, insensibilidad auditiva, agresividad vecinal, contaminación sonora, ruido, muchísimo ruido. El ADN culturalEn los estacionamientos del Parque Central, pero también en los lujosos condominios de La Castellana y Santa Eduvigis, las alarmas se disparan sin cesar. En las calles de Los Chaguaramos, en Sarría o en Coche, así como en los edificios de oficinas, las alarmas suenan durante las 24 horas del día. Unas despiertan a las otras y ahogan las voces y los antiguos sonidos naturales de la ciudad. Por las noches compiten con el tableteo incesante de las metralletas cortas y las nueve milímetros de los ajustes de cuenta. ¿Pero qué hacen los dueños de estas alarmas? ¿Se asoman a la ventana? ¿Se calzan las pantuflas y bajan con sus controles para congraciarse con sus vecinos? ¿Abandonan la partida de dominó? ¿Suspenden el litigio doméstico cotidiano? ¿Apagan el videocasete? No. Para nada. El ruido les brinda seguridad, les dice simplemente que su carro sigue allí. Los demás, que se desvelen, que se vayan al infierno. Solo si la alarma se desconecta y no continúa su cíclica y diabólica presencia, entonces se despiertan sobresaltados y llaman el ascensor. Habla mucho de nosotros esta conducta, este hábito nuevo e institucionalizado. Nos recuerda los estudios de Burdieu en su habitus y nos reconcilia con las agudas apreciaciones de José Elías Graffe, un brillante filósofo y economista venezolano, que ha dedicado mucho años a inventariar los elementos de lo que el llama el ADN cultural de los venezolanos: valoración del compadrazgo por encima de lo productivo, igualitarismo, inclinación a la improvisación, preferencia por la conciliación y no por el conflicto, desacato a la ley, facilismo, ocultación de la verdad, desinterés por el futuro, sensación de exclusión, falta de consenso para crear un interés común, informalidad, escaso nivel de compromiso, maltrato al patrimonio público, poco gusto por el esfuerzo, servilismo al gobierno, abuso de poder, educación hacia el título, caudillismo y un largo etc., etc. Esta lista de cualidades que se anidan en nuestros hábitos constituyen, según los estudiosos, un factor de freno a los cambios y a la creación de instituciones. Nuestro ADN cultural pone en duda la viabilidad del país, de su desarrollo y humanización. Sus origen no sería racial ni metafísico, aunque sus fuentes históricas son identificables. Para Graffe se trata de un problema educativo y cultural. Las élites culturales tienen, por consiguiente, una tarea titánica, pues el cambio venezolano o es cultural o no es. Por lo pronto, señor, ¿podría, por favor, apagar esa alarma?
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