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El asesor

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

Las oficinas de Conferry, ahí en Sabana Grande, se la pasan repletas. Hay un ambiente de tumulto. Ya no hay cupo en los aviones, los que se van no saben si tienen asegurado el regreso. La ciudad se ha ido vaciando. Es como si se abrieran las puertas de una gran represa. La gente estaba aguardando, no se atrevía a gasta los cobres, ni a poner en marcha sus planes decembrinos hasta que se supiera si había lío o no.

Ahora el ambiente está liviano. La tertulia y los encuentros navideños que han seguido a las grandes tensiones de la campaña electoral son como mas sabrosos. El legendario Restaurante Da Guido de la Avenida Solano se ha convertido en una sitio muy especial de plática poselectoral. Todo sabe mejor: las codornices con polenta, la lengua, el pasticho de berenjena , las pastas y los insuperables tallarines salteados. Vinos italianos.

El lunes de esta semana vimos en una mesa a Lepage, Canache y Piñerua, que vienen con frecuencia, departiendo amistosamente con todo el mundo. En la mesa de al lado estaba Alfredo Peña con Luis Beltrán Petrosini y Ramón José Medina celebrando el nombramiento del Ministro periodista. Más acá estaba Don Ramón Velásquez y Luis Guevara Manosalva analizando el momento a la luz de la historia, haciendo pronósticos y evaluando estos primeros dias de energía chavista. Entre otros muchos comensales , y a manera de crónica social, se encontraban Carlos Raul Hernández y Gustavo Méndez, y por allá estaba el arquitecto Raúl Fuentes con un grupo de publicistas, y en la mesa contigua el empresario John Werner y el Vicepresidente Ejecutivo de El Nacional, John Nouel. El Da Guido era el escenario, la conversación era la misma, el ambiente era suave y festivo.

Compartiendo mesas se movía Juan Barreto, gordísimo y ungido. Acompañó la campaña de Chávez desde el principio como asesor comunicacional junto con Maripili Hernández. Chávez lo citaba con frecuencia en sus presentaciones públicas y se comenta que lo tendrá muy cerca durante su gobierno. Juan Barreto fue director de la revista Feriado, estuvo entre los fundadores de la revista Letras y ha sido un consecuente profesor de teoría de la comunicación en la Escuela de Comunicación Social de la UCV.

Con él estaba Rafael Salcedo, el misterioso asesor extranjero de la campaña de Chávez. El que contribuyó a construir su nueva imagen y el que orientaba el trabajo publicitario. Es un publicista dominicano que no vive en Nueva York sino en Santo Domingo. Allí tiene tres empresas, Eco Publicidad , una de producción de televisión y otra de vallas e impresos.

Un personaje difícil

Salcedo y Chávez se conocieron en Santo Domingo. El publicista prestó su casa para que el grupo de anfitriones del candidato venezolano le ofrecieran una recepción. Salcedo ya tenía contactos políticos en su país pues había participado en un par de campañas donde, por cierto, no había ganado. Fue en esa recepción donde surgió la idea de que Salcedo pudiera venir a Venezuela para incorporarse a la campaña.

Usted es el candidato, es el comandante, es el jefe, le dijo Salcedo a su cliente, pero aquí, en esta relación que vamos a iniciar , el jefe soy yo. Chávez le miró a los ojos, atónito, se quedó callado un rato y después le dijo: Ok. Y se entregó. Ahí comenzó la tarea: lo vistió, lo puso a sonreir para atenuar los efectos del tic nervioso que le marca el rostro, le exigió que no moviera las manos, que no hablara tanto y que respondiera las preguntas al grano y con precisión, que no tocara la copa con agua y que si tenía que hacerlo solo se mojara los labios, que no tocara el pañuelo que siempre tenía al frente, que no se secara el sudor con él .

Salcedo hizo, pues, el trabajo del asesor. Trabajó armoniosamente con el equipo. Eso nos dijo él y lo confirmó Barreto. No se inmiscuyó en los contenidos del discurso más si en su forma. Lo esperó en los sitios de grabación muchas madrugadas, exigió que el montón de asesores saliera del estudio en los momentos de filmación, le acompañó y le hizo innumerables recomendaciones.

Según los asesores, Chávez es un poco escéptico en relación a la cosa publicitaria y comunicacional. Aceptó los lineamientos como un mal necesario y se ciñó a ellos con disciplina frente a los medios. Pero en las tribunas de la campaña dejó fluir sus propios instintos y su discurso barroco que, sin duda, dará mucho que hablar en los años que vienen. En el fondo cree más en sus fuerzas naturales que en los afeites de la imagen.

El día de la elecciones, cuenta Salcedo, cuando se montó en la tribuna, ahí en el Ateneo de Caracas, se olvidó de todo. «Yo no lo vi completo, apagué el televisor» —confesó.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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