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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Atlantes

5 de setiembre de 2000

Camino del quirófano, Elmer se arrepintió. Dijo que no quería operarse en Caracas, que lo devolvieran a Maracaibo. Que si la intervención era inaplazable le buscaran un médico de allá, uno de los Atlantes. Uno de sus hermanos . Aunque consternados, los amigos y los familiares se sobrepusieron al bochorno y al otro día se lo llevaron al Zulia.

En el avión, Elmer dio una explicación digna de los Expedientes X. Yo mismo, dijo, soy un Atlante. En un principio los Atlantes que él conoció eran como trescientos , pero ahora, que se sepa, quedan como doscientos cincuenta. Son todos hermanos. Como una sociedad clandestina. Como una masonería. Antes se reunían y cultivaban su hermandad secreta. Pero han pasado muchos años, así que ahora hasta se puede hablar del asunto.

Entre los Atlantes hay magníficos médicos, cirujanos de todo tipo, especialistas del corazón y también de la cabeza. Contó que también había abogados, periodistas, arquitectos, comerciantes, militares , policías y guardias nacionales. Somos una familia muy amplia, hay de todo, dijo. También hubo malhechores. Pero en el fondo es toda gente muy buena.

Hay atlantes de ojos azules y cabello muy rubio, pero también los hay morenos o indiados. Todo tipo de sangres y razas se encuentran en esta hermandad, sus orígenes son diversos y , en muchos casos, remotos. Son todos hijos del mismo padre, pero sus madres son muchas y provienen de todas partes.

La Atlántida

Cuando el avión privado aterrizó en Maracaibo, Elmer estaba agotado, dormido por los sedantes. El piloto se acercó a los acompañantes, escépticos y confundidos, y les advirtió: ¡ahora veremos a los Atlantes en acción!. Y efectivamente de allí en adelante se desplegó un intenso operativo que incluyó una ambulancia, un ingreso rápido en una clínica cara, la asistencia de médicos especialistas, flores y decenas de visitantes.

La curiosidad de los amigos de Elmer se hizo insaciable y cada uno por su lado colmó de preguntas incómodas a los nuevos visitantes: ¿ustedes son Atlantes?, ¿quien es el papá de los Atlantes?, ¿es verdadera está historia?, ¿quienes son ustedes?.

Casi todos los Atlantes somos de apellido Cedeño, contó uno de los interrogados. A lo mejor algunos de ustedes lo conoció porque tenía un pequeño restaurante frente al mercado del puerto que se llamaba «Ced del Mar». Si, Ced con C de Cedeño. Alli servían armadillo y muchos platos de cacería, venado, lapa, iguana y hasta un plato especial con carne de mono.

Nuestro padre vivió y viajó mucho, contó otro. Vivió en Florencia, en Génova, en Paris y hasta en la China. El restaurante estaba decorado con murales que reproducían postales de las ciudades donde vivió. Conoció al Papa y estaba protegido de los malos espíritu con innumerables anillos, piedras, estampas y collares purificados y santificados.

Pero fue el señor Bracho, un venerable maracucho de pelo lacio y pegostoso, de unos setenta años, el que contó la historia con menos susurros y aprehensiones. Los Atlantes, primo, nacieron en La Atlántida, un famoso prostíbulo que nació a finales de los cuarenta en pleno Maracaibo. Lo visitaban todos los marineros de los barcos petroleros y mercantes. Y había mujeres de todas partes del mundo. Las mujeres eran bellas, guajiras y francesas, checas y mexicanas, colombianas y portuguesas, gringas y margariteñas.

En los años sesenta, Betancourt mandó a sacar los burdeles de la ciudad y se llevaron La Atlántida para la Zona de Tolerancia. Ahí comenzó la decadencia. Cedeño, el dueño, ya estaba cansado y se fue a viajar por el mundo con los cobres que había reunido. Después volvió, por ahí en los ochenta y montó el restorancito.

Todos los muchachos que nacieron durante esos diez años en La Atlántida tenían a Cedeño por padre. A muchos les dio su apellido. Los reconoció como suyos y los bautizó. Les dio escuela y los enseñó a rezar. Algunos volvieron con sus madres a lugares remotos, a sus países originarios, pero buena parte se quedó aquí y fundaron esa hermandad. Esa es la leyenda de los Atlantes, lo demás es cuento.

El señor Bracho se fue y dejó a todo el mundo con esta historia en la cabeza. Elmer se salvó y está en franca recuperación en su casa de Tierra Negra, en Maracaibo , bajo el sol de las alucinaciones.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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