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Body and Soul Viernes 14 de setiembre de 2000 Paul Robeson fue un cantante de blues, tonadas espirituales y canciones de trabajo, que cautivó a los jóvenes intelectuales caraqueños de los años cincuenta y cuya imponente imagen conmocionó la semana pasada, de manera muy especial, la inauguración del 38th New York Film Festival en el Lincoln Center. La voz de Paul Robeson llegó a Caracas, después de la II Guerra, envuelta en su leyenda de activista político. Su gravedad, su tono viril y, al mismo tiempo, sentimental, venía impreso en dos ediciones de acetato de la RCA Víctor: Paul Robeson Sings y Solid Rock. Ellos contenían cantos de esclavitud, himnos eclesiásticos, canciones de prisioneros, de los remeros del Volga, de los maquis, de las brigadas internacionales de la guerra civil española, marchas rusas del proletariado, fragmentos del Porgy de Gershwin y su pieza emblemática Ol Man River. Fácil de imaginar, difícil de olvidar, aquel apartamento de El Silencio donde un grupo de apasionados se reunía a conversar y a escuchar a Robeson en torno a un moderno mueble-pick-up, de estilo art-decó, con dos puertas de madera teñida de verde y triángulos caoba de ramas oscuras. Ahí estaban, con seguridad, Mario Abreu, y Alirio Oramas, Pascual Navarro, Aquiles Nazoa, Sergio Antillano y Lourdes Armas, y el joven parlanchín Jacobo Borges quien, para entonces trabajaba para Carlos Cruz Diez. Muchos otros venían a estas tertulias. Robeson en el silencio Especialmente diseñados para oír a Robeson, los apartamentos de la urbanización El Silencio son amplios y amables, tal como los pensó el centenario Carlos Raúl Villanueva. Los domingos, desde la mañana, las familias del Bloque 1 reciben la bendición de una luminosidad inclinada, caraqueña y curiosa, que penetra hasta el último de los cuartos. Las persianas le dan a esta luz un verdi-rojo borboteo coloidal y una textura aterciopelada. La luz de la cocina y del lavandero viene de rebote, desde las colinillas de El Calvario y desde los parques interiores de la urbanización. Los años caraqueños en los que se escuchaba a Paul Robeson eran los de la dictadura de Pérez Jiménez y los de la reinterpretación del mundo conocido. La mayoría de los intelectuales, los artistas y los periodistas, se reunían en torno a la causa antifascista.. Muchos de ellos leían a los clásicos rusos, a Tolstoi y a Dostoiewski, pero también preferían a Dos Passos, a Clifford Odets, a Tennessee Williams, a Galsworthy y a cualquier escritor norteamericano con tono «lefty». Criticaron la indiferencia occidental frente al levantamiento contra la República Española y años más tarde frente a la invasión de Hitler a la URSS. Suscribían la poética del socialismo. Y ya antes de que Krushev emprendiera en el 56 su campaña contra Stalin, criticaban el realismo socialista y la persecución a los intelectuales. Sin embargo miraban con devoción los programas de industrialización, las grandes usinas de la metalurgia soviética y la utopía de la redistribución de la riqueza. Eran, en el fondo, soñadores. La reivindicación de Robeson Por eso estos jóvenes escuchaban a Robeson con tanto apasionamiento. Un negro rebelde, nacido en 1898, hijo de un reverendo. Estrella del fútbol americano en la universidad de Rutgers, estrella del béisbol y del basket. Honrado por las universidades que se negaron a competir con Rutgers porque tenía un jugador negro en su equipo. Admirado e invitado por Eisenstein, el gran cineasta ruso. Amigo de Nehru, el líder hindú. Aclamado por las audiencias mas civilizadas de los escenarios europeos, James Joyce incluido. Líder de las primeras campañas por los derechos civiles de los afro-americanos en Estados Unidos. Actor de teatro y actor de cine. Pero también porque tenía un hijo estudiando en una universidad soviética y porque era un perseguido de Macarthy y del FBI, un hombre negro sin pasaporte y sin derechos políticos. Un héroe de su época. La semana pasada,esta leyenda de nuestra infancia fue ovacionada en la apertura del Festival de Cine de Nueva York en un espectáculo irrepetible y conmovedor. Fue estrenada al público de nuestra época, en el Avery Fisher Hall, su primera película, « Body and Soul, filmada en 1925 por Oscar Micheaux,un titán del cine independiente, quien a contra corriente, sin salas y sin dinero, logró producir unas cuarenta películas, entre 1919 y 1948, con temas y actores afro-americanos. Con una imponente presencia física y calidad de actor, Paul Robeson, representa dos personajes gemelos, un criminal disfrazado de reverendo eclesiástico y un joven comerciante, ambos enamorados de la misma mujer. Un film fuerte sobre temas y valores de la comunidad. Un film silente, donde paradójicamente la poderosa voz de Robeson esta ausente pero es interpretada por un acompañamiento musical de gran significación en la historia del jazz contemporáneo. La Orquesta de Jazz del Lincoln Center, que dirige Wynton Marsalis, encomendó a otro de los monstruos actuales del jazz, Wycliffe Gordon, la confección de un acompañamiento, una suerte de soundtrack, que fue ejecutado en vivo durante las dos proyecciones de la película de Michaux y Robeson. El mismo Marsalis, el legendario pianista Marcus Printup y un ensemble de los jazzistas más importantes del momento rinden este homenaje a los precursores del cine afro-americano. La historia de esta producción, su significación en la historia del Festival de Cine y en el actual debate sobre los temas raciales, así como la nueva mirada sobre Paul Robeson, tiene alcances universales que no habrá que perder de vista. Mucho de la sensibilidad y el apasionamiento de aquellos jóvenes de los 50 en El Silencio fluye hoy con un vigor insospechado.
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