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Demasiados Los taxistas caraqueños tienen una nueva manía. Usted hace la señal de costumbre, él se detiene a unos metros y se le queda mirando con cierta indiferencia, usted se acerca a la ventanilla y pregunta ¿señor, en cuanto me lleva a San Bernardino? Y el responde: Sí, cómo no, suba. Es como una epidemia. Todos hacen lo mismo. Sólo si usted repregunta dos veces el taxista dirá: tres mil bolos. En uno de estos dias de lluvias torrenciales optamos por subir a un taxi a pesar de que el conductor no terminaba por responder a la pregunta del bolsillo. El auto emprendió la marcha y luego cruzó en dirección equivocada. Señor no es por aquí, vamos a San Bernardino. Yo soy sordo, gritó una voz con más carga de decibeles que los que cabían en la pequeña cabina de su Century destartalado. Escríbame aquí la dirección, y pasó hacia atrás una pizarra verde y un trozo de tiza escolar. ¿Cómo sordo? Como si se pudiera ser sordo de muchas maneras. El taxista miró por el retrovisor y se apiadó de los ojos perplejos que venían clavados en su nuca. Fue en una explosión, en la época de Betancourt explicó, perdí primero este oído y después con los años dejé de oir por éste. Soy completamente sordo. La voz sonaba extraña y muy fuerte en lo que nos pareció un cuento ya repetido, enunciado veinte veces al día durante más de treinta años. Un cuento extraño, automático y sin pesadumbre. No pudimos, sin embargo, liberarnos de la conversación, ese género de la expresión oral que el caso de los taxistas concluye siempre en candidez perezjimenista o arenga chavista. Pero en este caso era un monólogo, ventajista y despótico. Tuvimos que escucharlo todo sin decir palabra. Sus hijos ya están graduados, ¡gracias a Dios!, los propietarios le están pidiendo la desocupación del apartamento donde vive desde hace más de veinte años en Propatria, le piden veinte millones o que se vaya, tienen más de cuarenta años en Caracas, tuvo un negocio y el socio lo estafó, una vez votó por Pérez y la última vez por Caldera, etc., etc. etc .Una vez más un taxista batallaba contra nuestro deseo de concluir el capítulo del libro que traíamos entre manos. Esa noche soñamos con un taxi amarillo, el taxista era ciego Lo que se llama una vida con destino incierto. Conversación vs. libro Los libros son también monólogos desconsiderados: ignoran las circunstancias en que son leídos. Repiten lo mismo, sin tomar en cuenta al lector. No escuchan sus preguntas ni sus réplicas. Esto es lo que dice Gabriel Zaid cuando contrasta las virtudes de la conversación con los «defectos» del libro. Parafrasea a Sócrates, quien, al hablar con Fedro, desconfiaba del libro diciendo que la escritura es un simulacro del habla que parece muy útil para la memoria, el saber, la imaginación, pero que resulta contraproducente. La gente se confía dicey no desarrolla su propia capacidad. Peor aún: llega a creer que sabe porque tiene libros. Este era el inicio casualidad y paradoja del capítulo, «Los libros y la conversación», que intentábamos leer en el taxi del sordo. Forma parte de un libro sabio y divertido que ha escrito el célebre poeta y ensayista mexicano bajo el título de Los demasiados libros (Anagrama, 1996) y en el que no queda aspecto algunos del mundo del libro, los lectores, los escritores, los editores, los anaqueles, los distribuidores, que no haya sido jocosa y minuciosamente escudriñado. En los argumentos de quienes prefieren la conversación a la vida libresca, de quienes, en resumen, sostienen que la inteligencia, la experiencia, la vida creadora, se desarrollan y se reproducen por el habla viva, y no en la letra muerta, Zaid identifica contradicciones insalvables: «Hay en estos argumentos una crítica del progreso que viene de la prehistoria. Son los argumentos contra el fuego doméstico en el hogar y la vegetación doméstica en el jardín; los argumentos de lo natural contra lo artificial, lo crudo contra lo cocido, lo vivo contra lo muerto. Paradójicamente llegan a nosotros por la vía que rechazan Querido Sócrates, al hacernos dudar de los progresos que trajo la escritura, tu crítica nos ayuda a situar la verdadera función de los libros, que es continuar la conversación por otros medios». Demasiados libros, demasiados Zaid hace una relación grata del drama que para todos significa la cantidad de libros que viene al mundo y la imposibilidad que tenemos unos y otros para digerirlos. Millones de egresados universitarios editan sus libros de tesis. Hay más gente escribiendo que leyendo, dice. Los libreros tienen que confiar en sus poderes adivinatorios y en su conocimiento de la clientela. Los editores han de ser una suerte de magos. Los lectores que quieren ser cultos van con temor a la librería y se marean con la inmensidad de todo lo que no han leído, compran títulos que les han recomendado y se desesperan cuando tienen media docena de libros en casa sin leer. La gente más culta escribees capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído sin perder el aplomo y sin dejar de seguir comprando más. Se inventaron libros que no son para ser leídos: diccionarios, atlas, libros de cocina, libros de arte, obras completas, enciclopedias, que se exhiben impunemente. Hay libros para regalos, porque son caros y demuestran aprecio. Y no son obligaciones. Los libros que regalan los autores son peligrosas obligaciones. Hay autores poco discretos que llaman, preguntan o vienen a la casa para ver si sus libros han sido leídos. Hay bibliotecas obsoletas con miles de libros no leídos que serán dejados a los hijos como herencia. En distintas épocas y no sólo ahora, cuando los libros son demasiados, ha habido expresiones contra el libro. Zaid cita el Eclesiastés: «Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Ya todo está escrito». En el siglo I, Séneca escribe: «La multitud de libros disipa el espíritu». El poeta Po Chu Yi se burla de Lao Tse: «De sabios es callar, los que hablan nada saben, parece que dijo Lao Tsé, en un librito de ochocientas páginas». Ibn Jaldún, en la Argelia del siglo XIV: «Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo». Lutero escribió: «La multitud de libros es una calamidad». Descartes: «Abandoné el estudio de los libros, decidido a no buscar más ciencia que en mí mismo o en el gran libro del mundo». Este es libro grato y lleno de curiosidades estadísticas como aquella de que la humanidad publica un libro cada medio minuto. Se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día mas incultos. Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil publicados el mismo día. Al final, harto de la conversación y del libro, le deje todo al sordo y me fuí a chapotear bajo el aguacero.
Pablo Antillano en La BitBlioteca Ver Gabiel Zaid, Los demasiados libros |
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