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Sección: Bitblioteca
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Expedición Volar a Maracaibo es regularmente una experiencia alucinatoria. Y si usted va en los asientos de cuero de un vuelo de Aserca y le toca el puesto número 13, la cosa puede empeorar. Queda ahí la puerta de emergencia, su asiento no reclina, no tiene mesita para colocar el sandwich y, peor aún, el asiento de la ventanilla carece de brazo derecho. Extraña sensación de carencia, todo el pensamiento en un brazo inútil al que le sobra el codo, y el antebrazo, la mano se torna inesperadamente pesada. El señor de al lado era, sin duda, un explorador, un hombre de campo. No solo lo revelaba su atuendo todo de kaki, sino su piel enrojecida, con un rojo eterno que ya no saldrá de esa piel antiguamente rubia de la que el sol absorbió toda humedad. Tenía un rostro sesentón hecho de huellas, manchas solares y surcos profundos como los del Kurdistán o tal vez las riberas del Nilo. El cabello ralo y apagado estaba más asentado que las cejas, alebrestadas e igualmente amarillas. Llevaba anteojos de presbicia y una pipa afgana en el mismo bolsillo. Pero el oficio que lo identifica lo llevaba en las botas, unas bototas de montaña que revelaban cierto extravío: una era más marrón que la otra y la suela más ancha, de otra fábrica. A mitad del vuelo la aeromoza ofreció bebidas. El whisky era Grant. El explorador pidió una Cocacola y la chica no le entendió. La oportunidad se hizo propicia para invadir su absorta entrega a la lectura de una vieja edición de National Geographic, versión anglosajona. No era lo que puede llamarse una conversación, sino un dialogo a saltos de preguntas cuidadosa y respuestas desconfiadas. Con muy pocos detalles nos confió que dirigía una expedición de biólogos y que era su primera vez en Maracaibo. Compartimos el taxi hasta El Milagro. Mientras entrábamos a la ciudad se mostró cautelosamente interesado. Le llamaron la atención los trajes de las guajiras que deambulan por la calle y la arena rojiza que se agazapa en los rincones y que amenaza al asfalto y a las aceras. Luego vinieron los espejismos, ese vaho misterioso que levanta cortinas de espejos sinuosos en las vías serofitas que conducen a la alucinación urbana. Así entramos en esa suerte de gigantesca cámara de vapor a la que han sobrevivido los colores cálidos y varias generaciones de zulianos. La épica del calor A lo largo del trayecto se hacían notar pequeñas muchedumbres de niños con banderas y pancartas que se refugiaban en brevísimas costras de sombra. Esperaban al Presidente, a Caldera, que volvía a la ciudad para conducir las ceremonias de la reinauguración del Teatro Baralt, para bautizar el acueducto de Santa Rita, que de viejo ya tenía 62 tomas clandestinas, y para entregar unas casitas de adobe a gente muy pobre. Hace tiempo que no hay inauguraciones grandes, de grandes puentes y teatros, de vías rápidas, ciudadelas masivas y helicoides inútiles. Ahora la majestad del gobierno, y su ancha corte, se desplaza para festejar refacciones y recubrimientos. El paisaje monótono y la cháchara política del taxista aburrieron al gringo que amenazó varias veces con regresarse a las promesas de aventura de su National Geographic. Quería ver el lago y no podía. Quería ver a Maracaibo pero estaba cegado por una luz implacable y una silueta soporífera y polvorienta. Lucía decepcionado. Por eso decidimos una parada momentánea en el Paseo del Lago. Desde allí vimos la sombra del largo puente y las aguas oscuras y pestilentes del Coquivacoa. Bajo el sopor, un niño le decía al otro: allí no te podéis bañar porque esa agua se traga a la gente. Un guajiro se lanzó allí y el agua se lo tragó. Luego lo devolvió. Pero muerto. El gringo escuchó la traducción, sacó la pipa y preguntó ¿es que el lago se traga sólo a los guajiros? Nos sentamos en el borde para identificar la esencia de una ciudad fantástica. Fantástica, a su manera. Por una extraña razón, que nunca lograremos comprender a cabalidad en esta ciudad no hubo zares como Nicolás II, ni ceremonias necropóticas como las de Yelsin, no soplan los monzones en los días de julio, ni la cruzan infinitas líneas de rieles de aventuras a la manera del National Geographic. Pero en cambio, desde su fundación ha vivido en estado de sitio permanente. Ha estado sitiada por las invasiones étnicas de la sierra y la Goajira. Ha sido invadida por toda suerte de corsarios y piratas que incendiaron sus silos y violaron sus mujeres. Ha recibido barcos y tripulaciones de todos los colores, con sus esperma incontenible, sus epidemias, aparatos y mueblería.. Con ellos se pobló de burdeles, zonas de tolerancia y putas internacionales. Los hijos de estas mujeres crearon después insólitas sociedades secretas que gobiernan desde las sombras. Inventores del futuro Luego Maracaibo, la última ciudad fronteriza del noroeste, fue invadida por el contrabando y el estremecimiento patriótico. Bajo su mismísimo sol se instalaron los campos petroleros, urbanizaciones rodeadas de alambres y grama sajona. Vinieron legendarios buzos margariteños y la transitaron los andinos que iban a Curazao y a la Guaira. Una ciudad fantástica y multiétnica, en la que la épica transcurre en la sombra. Pero en cambio la suerte del invadido, la del maracucho vernáculo, se metaboliza en una vida de resistencia biológica, que se desplaza en secreto, que se desparrama en fríos corredores y se esconde tras tiernas romanillas en las que se cultiva con energía el voceo antiguo, el mojito, los bollos pelones y el vientre apasionado de la mujer autóctona. Aquí, bajo este sol, un ingeniero contemplativo y sabio, diseñó una vez un platillo volador. Ibrahím López. El platillo vivía escondido, él sólo, en una casa de clase media. Una noche le vimos volar, tragado por los fuertes vientos del itsmo de Paraguana. Nabor Zambrano fue testigo. Sólo las fuertes cadenas que ataban su estructura soñadora impidieron que el tubo de viento se llevara la nave hasta el sol incandescente. "You are kidding. Dont fuck me!" fue la frase final del gringo que nos abandonó en la Cotorrera, en la casa de mi padre, y siguió su expedición por los caminos de la alucinación.
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