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Fiesta La vida de un periodista siempre está en peligro. No solo la vida de aquellos que andan cubriendo las cataratas de violencia que han seguido a la famosa Guerra Fría, en Gaza y Cisjordania, en Yakarta, en la Taloqan afgana, en el Kosovo serbio -albanés, en Guatemala, en Uganda, en Yugoeslavia, en Irlanda del Norte, en Argelia, en el país vasco, en Buenos Aires, Cali o Medellín, en Cachemira o el Kurdistán. Aquí en Caracas, donde por ahora no hay guerra civil abierta, la vida de los periodistas también está constantemente amenazada por el azar de una tanquilla eléctrica que explota o por el asalto de un malandro. Pero las mayores amenazas provienen de la cultura del evento y el vernisage. En estos días un famoso fotógrafo que se asume como corresponsal de guerra y que ahora acompaña asiduamente a un cronista cultural nos confesaba que a veces Caracas le parecía más peligrosa que las trincheras nicaragüenses a la que asistió durante años. Su testimonio es singular porque nos consta que cubrió con sus cámaras la guerra de Angola, las confrontaciones de Guatemala y el Salvador, las tensiones cubanas, el asalto de Grenada, las agitadas vicisitudes panameñas. El, que no fuma y que bebe poco, dice: aquí la vida puede ser más corta. No sólo por el stress cotidiano que producen las noticias que por cierto ha dejado de leer sino por las exigencia de la rumba, parte esencial en la vida del caraqueño y potenciada exponencialmente en la vida cultural. En un lapso asombrosamente breve, nos cuenta, asistió entre otros muchos eventos-- a cinco inauguraciones de exposiciones en museos y galerías, y al Salón Aragua en Maracay, casi todas con vino y tequeños. En una sola noche cubrió la magnífica charla magistral de Manuel Caballero y a la proclamación de Mary Ferrero como Presidenta del Instituto del Libro, ambas ceremonias prolongados en epílogos dionisíacos y tertulias de escritores. Con la cabeza girando tuvo que ir a cubrir la entrega de los Premios a la Calidad que entregó el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía en el Teatro Teresa Carreño. Libros y escritores En la librería Monte Avila asistió a la presentación del libro de Enrique Viloria sobre Rolando Peña, el Príncipe Negro. Allí el artista improvisó una performance de gesticulaciones teatrales en torno a una rosa pintada de negro mientras Víctor Cuica tocaba su saxo evocativo y sugerente. Los vinos corrieron a sus anchas entre los poetas y pintores que asistieron. Después fueron los libros de Marc Augé, el antropólogo francés, presentado agudamente por Tulio Hernández, con sus respectivos efluvios en su versión blanco y seco. Simultáneamente estuvo en Caracas Plinio Apuleyo Mendoza, el famoso periodista y escritor colombiano, así que su hermana Soledad Mendoza, que no requiere muchos pretextos para sus fiestas, invitó a una cena. También estuvo la Rosa Montero llevada de la mano y la alegría de nuestra Milagros Socorro. Y el poeta Hernández de Jesús se encargó de llevar a los nadaístas colombianos Elmo Valencia, Eduardo Escobar y Jotamario Arbeláez a la Peña Tanguera para oír a Marichal. En el entorno, el fotógrafo y el periodista se llevaban la mano al hígado y pedían un alkaseltzer. El evento cultural es ceremonioso pero festivo. Transfigurado en «brindis» ha trasladado a su escenario energías de otros ámbitos siempre alegres como son el bautizo, el matrimonio, el cumpleaños, la cena y la despedida, profundamente sembradas en las costumbres familiares de la ciudad. También el mundo diplomático ha venido a contribuir con su larga experiencia de recepciones para hacer aun más oficial la cortesía del obsequio líquido en el mundillo cultural. El embajador de Francia abrió las puertas de su residencia para la recepción de la Revista Bigott dedicada al Orinoco con discursos breves, champaña y finos pasapalos. El embajador del Reino Unido, Richard Wilkinson, participó como ameno anfitrión al lado de Leonor Jiménez de Mendoza,Virginia Betancourt y Simón Alberto Consalvi en la presentación del libro Diario de un diplomático inglés 1825-1842. Invitaba la institución editora, la Fundación Polar, sumada a la celebración del V Centenario, encuentro entre dos mundos, que organiza la Biblioteca Nacional. La amenidad y sobriedad del acto protocolar fue seguida por los mesoneros de chaquetas blancas que traía cerveza y magníficos blancos de Pomar. Tras el primer sorbo, el fotógrafo comentó al periodista, ¿anotaste las frases notables de Wilkinson y Consalvi? Wilkinson creía comprender, por las similitudes que su propia biografía tiene con la de Parker, las razones que éste tuvo para comparar la sierra de la costa venezolana con las montañas del Kurdistán y el Monte Ávila con el Monte Ararat. Y Consalvi dijo que Parker ya no estaba en la nueva versión de la Enciclopedia Británica porque ahora la editan los americanos y citó al sabio que dijo «la historia es una loca que responde preguntas que nadie le ha hecho». El periodista dijo si. Las anoté. Y pidió más vino. La agenda personal Nuestros aguerridos periodistas se lamentan de que no queda demasiado tiempo para ellos, para leer, para el ocio, para la vida familiar y para sus propias fiestas. ¿Más fiestas?, preguntamos ingenuamente. Te sorpenderá dijo el fotógrafo, pero en la misma semana de eventos que te conté, cumplí mi propia agenda: fui a la boda de Chepita Gómez, a la condecoración del arquitecto Raúl Fuentes el día del Publicista en la Quinta Esmeralda, a la fiesta del periódico de la competencia que anda quitándose las telarañas por el camino de la mimesis, y al cumpleaños de mi sobrina, la fiesta más importante de todas. Por cierto dijo- ¿ te has fijado que los niños nacidos bajo signos de Tauro o Géminis ven hacia el cielo con un cierto recelo, porque sus fiestas de cumpleaños siempre están amenazados por las lluvias más indeseadas de mayo y junio?. Desde muy temprano las madres se entregan a las tareas del sanduchón y el relleno de la piñata mientras murmuran viejas oraciones a San Isidro Labrador. Sus angustias son acicateadas por las innumerables llamadas de las tías, de la abuela, de las hermanas y los cuñados: ¡esta tarde como que va a llover! Pero esa tarde de domingo no llovió. Porque si algo tiene la naturaleza en Caracas, es que alienta su, ¿peligroso?, espíritu de fiesta.
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