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Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

Había una vez un mundo donde los políticos tenían buenas pulgas, excelente humor y eran como «tontos para la talla». Nada de estadísticas. El solemne iba muerto. A esa estirpe dedica su último libro el veterano escritor Enrique Lafourcade (1927) famoso por sus veinte novelas, sus libros de cuentos y ensayos, y legendario por sus crónicas despiadadas en El Mercurio dominical desde hace unos cuarenta años.

Aunque la materia prima de Cuando los políticos eran inteligentes (Planeta 1996) se nutre básicamente del anecdotario radical, socialista y democristiano de los chilenos, no deja de reforzar su argumento con ejemplos de países vecinos e incluso de Norteamérica, de dónde su lengua venenosa llama la atención sobre los ademanes y atuendos de los Presidentes trotadores o trotones.

Lafourcade no se imagina a sus presidentes practicando el trote , esa moda «maníaco defensiva», como no se imagina a Churchill trotando a su castillo en Blenheim, ni a la Tatcher, ni a Franco, ni a De Gaulle «¿Arturo Alessandri Palma trotando?, ¿O Jorge Alessandri al trote desde la calle Phillips a La Moneda? Es cierto que Frei caminaba y muy rápido, pero no condescendió al trote según mis datos. ¿El general Ibañez?. Me informan que el General Pinochet si trota, pero en clubes militares que son tan privados que jamás se sabe lo que pasa allí. Allende no trotaba. Ni Gabriel González. No puedo encontrar un presidente trotador. ¿Patricio Alwyn ?.No. Aquí tenemos al ex-ministro Foxley. Usa los mismos senderos que otro ministro del ancien regime, Buchi. Dicen —insisten— que el jogging es bueno para la salud. Foxley acaba de tener problemas renales. Yo, buen caminante, antiguo ciclista de barrios, creo que todos los deportes hacen mal para la salud.»

En este tono jocoso Lafourcade va dando cuenta disciplinada de profundas diferencias culturales entre una clase política inspirada en algunos casos por enigmáticos rituales masones, y en otros por románticas utopías literarias y socialistas, o ancestrales pulsiones democristianas, y una nueva camada de líderes trotones, a quienes no podría aún ordeñársele una sola anécdota, una frase ingeniosa más allá de las recetas económicas y las apelaciones a estadísticas delirantes.

El líder nuevo quiere ser técnico, se ciñe a la fórmula, quiere transferir la precisión del computer a la vida, la exactitud a la opinión. Protege su vida privada. Adora el trote, la disciplina, la minuta. Detesta al retórico y al caudillo.

Nostalgias de la política

En línea paralela, pero en clave de humor y en vía opuesta al ensayo que sobre el Idiota Latinoamericano han escrito Mendoza, VargasLlosita y Montaner, Lafourcade revisa los orígenes y grandes momentos de la oratoria, de la ocurrencia, de las lecturas voraces, de las influencias, de las bebidas abominables, de los sobrenombres, de las habilidades para el baile, de la vocación satírica, de los enamoramientos, de las incursiones literarias, de las costumbres de la clase política chilena ( sin diferencias substanciales con las otras) que ha precedido a la irrupción del neo-liberalismo.

El siglo se abre con los valses de don Emiliano Figueredo, danzarín de primera clase que, como Eduardo de Gales en Londres , era experto en Quadrille Polka, Mazurka o Pas de Quatre.. «No, no habría estado bien don Emiliano en un endemoniado Charleston. O el General don Carlos Ibañez del Campo, quien fue un mediocre bailarín. Presumo que tampoco el General don Augusto Pinochet. Nada de bailes agitados para ellos. Eran bailarines de bota pesada.»

«González Videla dejó fama de excelente bailarín de conga y de boleros, de cha-cha-cha y de corridos. La Moneda se alegraba con «La Rumba Colorá» que tocaban los Lecuona Cubans Boys. A Jorge Alessandri le recuerdan bailando un vals señorial con la princesa Alejandra de Kent. Allende bailaba correctamente, pícaro y sensual, elegía niñas hermosas y aplicaba el método de «corredor de propiedades» que no a todas las mujeres les agrada. De Frei no hay información fidedigna. Alwyn no sería un buen bailarín.

El largo capítulo de los bailarines concluye así para Lafourcade: «Entre los presidentes hay una locura por parecer jóvenes. «Mientras más jóvenes, más inteligentes». Antes , era al revés. Los presidentes viven en los gimnasios, en las salas de cirugía, entre los tenis, los transplantes, los dientes nuevos, las discotecas, las superwomen. Y los bailes de adolescentes...»

Identidad

Tal vez sin proponérselo, Lafourcade nos expone ante una biografía política cuyos recuerdos y consecuencias nos acompañarán, aunque no nos gusten, hasta el final de los días. Exhibe con cierta nostalgia el lado risueño , ingenioso y complejo de una comunidad política que llegó a su apoteosis en el siglo XX del brazo de los cholos peruanos, de los cayamperos brasileños, los rotos chilenos , los campesinos colombianos y las barriadas venezolanas.

Esta sociedad, esta «inteligencia» ,que reunió a las élites políticas del siglo con sus votantes ha estado fundamentada en poderosos cimientos culturales: el lenguaje, la picaresca, la música, la sensualidad, la maternidad, la diatriba, la gastronomía, pero muy especialmente en valores sobre la hombría y el sentido de la vida. Estos componentes dominantes de la cultura no parecen ser fácilmente substituibles por fórmulas políticas y económicas, por muy convincentes que parezcan, ni con la ayuda de la propaganda y mensajes por televisión.

Tal vez por eso, los programas económicos de la apertura económica y el liberalismo no pueden ser adelantados por gente «sin burdel». Por eso van de la mano de resabiadas pulsiones autoritarias, a veces crueles y cruentas, o de veteranos de la cultura política, de astutos negociadores, de los que van hacia adelante y hacia atrás, de los que no se entregan a la certeza estadística o a la asepsia tecnocrática de la fórmula.

El mensaje de Fujimori fue claro: apertura, inversionistas y liberalismo en la economía, alta tecnología en lo militar y en lo comunicacional, pero en la política: culto a la tradición, el asunto se torna personal y, entre otras cosas, exige los rituales de la tradición caudillista.

          


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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