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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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¿Futuro?

Agobiados por las encuestas, los venezolanos estamos siendo expuestos a preguntas difíciles que no sabemos responder. La más difícil de todas es por supuesto ¿por quien votará usted en las próximas elecciones? Bueno, ni Hamlet fue sometido a semejante desafío espiritual. Hay otras que, aunque también son difíciles, son un tanto más divertidas porque propician el juego y el deporte especulativo como por ejemplo aquella de «¿quien cree usted que ganará las elecciones?». Inmediatamente se desata la fiesta de los pronósticos y las opiniones. En ese sarao se expresa un rasgo auténtico e incontestable de la identidad nacional.

Pero entre las preguntas más, más, más difíciles de responder, están aquellas que tratan de establecer si usted, en su percepción, será más feliz o más desgraciado dentro de seis meses, un año o cinco años. ¿Cree usted que su situación dentro de seis meses será mejor, igual o peor que ahora? ¿Puede alguien en Venezuela responder este tipo de preguntas?

En mi aventura por los caminos de la perplejidad tropecé por primera vez con esta ingenuidad inquisidora hace unos años cuando asistí a las presentaciones de la formidable encuesta de Datos conocida como Pulso Nacional. En esos día la conducía Andrew Tempelton y en la actualidad la lleva Edmond Saade. Es una encuesta trimestral que se realiza desde hace más de treinta años y cuyos resultados son del conocimiento exclusivo de unos ocho o diez corporaciones locales. Su mayor virtud es que contiene un cuerpo de preguntas invariables, cuyas respuestas vistas retrospectivamente pueden medir con mucha fidelidad las curvas del cambio en el espíritu público. Si las respuestas de los 2000 encuestados a la pregunta sobre si su situación mejorará en los próximos seis meses son falsas o verdaderas pasa a ser un asunto irrelevante, lo importante pasa a hacer la disposición con la que el encuestado se acerca a la pregunta. Las respuestas permiten comparar el humor, el optimismo o el pesimismo, con el que la gente veía su futuro en 1968, en 1978, en 1988, o en el primer trimestre de 1998.

Durante el primer gobierno de Pérez, por ejemplo, la gente carecía como ahora de certezas sobre su propio futuro, no sabía si su familia estaría mejor o peor en los años siguientes, pero el hecho de que en la calle se vivían los efluvios exaltados de la Gran Venezuela permitía pensar a las familias que en algún momento la riqueza tocaría la puerta de la casa. La esperanza pública sustituía el plan privado. La desgracia, sin embargo, no tardó en sobrevenir.

Esperanza versus realidad

El episodio reciente del niño de diez años que desea ir a Disney y de manera inexplicable va a dar a Budapest viene al pelo como una parodia de la venezolanidad. Este niño, del oeste de la ciudad, con una madre de sueños truncados de enfermera desempleada que atiende una bodeguita en La Vega, tiene a su vez un sueño, como todos los venezolanos. El quiere ir a Disney, el tiene una dirección, pero carece de los instrumentos para realizarlo, y entonces va a dar a Amsterdam y luego a Budapest, bien lejos de Mickey.

La historia real puede decir que fue engañado, que era un rehén, que era víctima del tráfico de niños, que fue protagonista inocente de la incompetencia de los sistemas de seguridad, puede decirse X ó Z. Pero lo que es incontestable es que el tenía un sueño. Y que terminó en Budapest.

Esta certeza de que hay una distancia entre el plan y su realización impide a los venezolanos hacerse una idea clara sobre dónde puede estar dentro de seis meses, dentro de un año o dentro de cinco años. Y no es este un atributo exclusivo de los olvidados. El martes de esta semana una ejecutiva de muy alto rango en una empresa internacional me pidió ayuda para responder una encuesta de rigor de su organización. Entre otras cosas le preguntaban ¿cuál cree usted que serán los problemas más importantes de la mujer dentro de diez años? ó, más personal, ¿cual es su mayor aspiración, que le gustaría haber alcanzado dentro de un año?

Ella, que buscaba una respuesta menos retórica, y «organizacional», que las acostumbradas nos confesó: « No tengo la menor idea. Soy existencial, vivo al día, en este momento lo único que espero es que me salga el divorcio y poder irme con mi novio y mi hija en Semana Santa. Lo más lejos que llega mi pronóstico es hasta Semana Santa.» Sin embargo ella puede recitar de memoria el Plan Estratégico y el Programa financiero que ha elaborado para los próximos cinco años de su corporación.

Dónde estaremos en cinco años

Debo confesar que para mi mismo resultó un shock inesperado cuando hace unos años, pasados mis treinta, Jimmy Teale, el Presidente de CORPA, sabio en el manejo de la aventura comunicacional, me increpó duramente : «¿dónde quieres estar dentro de cinco años?». Jamás antes había escuchado tal cosa. Desafiaba profundamente las pulsiones de mi bohemia, del espíritu contestatario, pero sobre todo del escepticismo, esa energía subconsciente que nos hace dudar del tiempo y de las respuestas del entorno. Hasta entonces no había manera más natural de vivir que vivir al día, con las maletas hechas, esperando las sorpresas de cada día.

En el mundo competititivo e internacionalizado de nuestra época, la actividad económica no puede estructurarse sin una idea de plan, sin una idea de futuro. Aspira a desenvolverse en un mundo en el que se reduzcan los imponderables, los cambios bruscos, la inseguridad normativa, los vaivenes políticos. La experiencia de los últimos años ha sido muy dura en ese sentido, ha habido golpes de estado, cambios de rumbos, deterioro institucional y los grandes emporios financieros, inmobiliarios e industriales fueron arruinados.

Ahora, con la llegada de socios internacionales en la banca y en la industria, han revivido los planes estratégicos, los proyectos a largo plazo. Pero la incertidumbre no ha cesado, por un lado porque el espectáculo político es poco luminoso pero sobre todo porque sobre los escritorios, frente a los hornos y las líneas de producción los operadores del futuro carecen de proyectos propios que les hagan pensar en sus propias vidas más allá de la Semana Santa.

          


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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