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Habladera

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

En Caracas ya no se puede ir al cine. No sólo por el amenazante asunto ese de la inseguridad, sino porque la gente habla mucho. La mayoría es gente joven, que según las encuestas de la publicidad es la que va al cine. Pero al apagar las luces ya nada se distingue, jóvenes y adultos se dedican a charlar. Primero comentan los comerciales, los avances y los noticieros y luego, ¡¡luego hablan durante toda la función!! Traen a la sala de cine los hábitos familiares, los que se cultivan frente a la televisión. Es difícil saber que es lo que les pasa, a veces parece que no entienden la película, que la trama les pone nerviosos. ¡Qué sé yo! Lo más llamativo es que no parecen molestarse unos a otros. El «otro», simplemente, no existe. A veces, algún valiente se atreve a soltar un ¡¡shhhhitoooo!!, corriendo el riesgo de ser abucheado o injuriado.

De pronto, películas de absorbente suspenso y acción como Independence Day producen silencio total en la sala. Misterio. Como si no le dieran tiempo a la lengua para conectarse con el pensamiento. Así pasó cuando estrenaron El imperio de los sentidos en un cine tradicionalmente dicharachero de Maracaibo: la gente estaba muda, totalmente paralizada por la infatigable sexualidad de los protagonistas. No obstante, en un breve cambio de planos, una voz clamó desde el fondo: «¡Vergación, ponéme un paisajito!». A partir de entonces, el público se desprendió de la absorción despótica del film y compartió su atención entre la película y los comentarios inclasificables de la platea.

Cine interactivo

En estos días, un obsesivo cinéfilo, de esos que no se conforman con Blockbuster y Video Color Yamín, y a quien le gusta ver películas de estreno, hizo un comentario taxonómico basado en su larga experiencia: «los tipos hablan, pero ellas hablan más que ellos, mucho más «, y agregó : «He observado que alternan tres tipos básicos de parlamentos.»

a) los informativos, del tipo: «¡ay!, yo la vi a ella en otra película, que no me acuerdo como se llama...ya te voy a decir, ya te voy a decir...» o «yo vi una película parecida a ésta, allá en Puerto La Cruz, cuando estaba empatada con Juan Carlos... seguro que ahora la matan...» . La mayoría de estos comentarios son autobiográficos y suelen ofrecer gran variedad de ramificaciones. En una oportunidad, los interlocutores se desprendieron totalmente de la película y se dedicaron a contarse sus cuitas.

b) los interrogativos: «papi, ¿ ese es el mismo que salió al principio...? o «creo que me perdí algo,¿ éste es el mismo día, o es un recuerdo...o es lo que él se está maginando? . Son preguntas orientadas por una altísima ansiedad, confirman que hay diferencias en los sistemas perceptivos y que la lectura de una película puede conducir a interpretaciones insólitas. Hay que mudarse de puesto, si hay.

c) los metafísicos: «¿tu crees que él la ama de verdad-verdad?» o «seguro que si se da cuenta de que es una bicha no se casa con ella, porque ella no es humana ¿verdad? «, estos susurros originan diálogos mucho más largos e intensos que los anteriores, y han hecho que nuestro veterano abandone la sala, refunfuñando, en más de una ocasión.

Esta gente que va a conversar con su novia o con su comadre en el cine Lido, mientras otros tratan de ver la película, no es animada por un espíritu perturbador de rebeldía juvenil. No son unos desafiantes, como aquellos que una vez soltaron un zamuro en la oscuridad del cine La Castellana durante la exhibición de «Los Pájaros» de Hitchcock, ni son como aquellos que lanzaron una navaja contra la tela tensada del cine Victoria, o como los que dejaban caer el chicle desde el balcón del Teatro del Este.

Estos hablachentos no son más que unos papafritas, brutos como ellos solos, ni siquiera saben disfrutar una película. Seguro que comen con los codos sobre la mesa.

          


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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