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El matutino

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

02/08/2000

Mucha gente cree que el señor Vedat no está bien de la cabeza y le rehuyen, le sacan el cuerpo. Todo por ese aspecto un poco caótico que cultiva. Los zapatos, por ejemplo, nunca son del mismo tamaño. No es que uno sea de una talla y otro de otra, sino que un día son enormes y da la impresión de que le quedaran grandes y otro día son muy pequeños, como de niño. Además son amarillentos. Son raros. No son ni negros ni marrones. Son raros. Y siempre están sucios.

Con frecuencia lleva camisas de cuadros con colores que tiran al rojo o al vino tinto, anchas, arrugadas y antecedidas por corbatas estampadas de colores fuertes. Pero es el rostro lo que mas perturba a la gente, rasurado con descuido de vez en cuando, las cejas excesivamente pobladas, el cabello ralo, blanco pegado a la frente, la nariz larguísima y gruesa, la mirada triste y profunda.

Es una ficha fija en el brindis de El Nacional, desde los primeros años. Todos los años, una y otra vez, se le ha visto deambulando en la multitud, apretando la mano de los periodistas y de las celebridades. La gente no sabe quien es, pero le alargan el brazo para recibir su saludo pegostoso e incómodo. La semana pasada llevaba un Blazer azul, nuevo, y unos inmensos zapatos marrones con dibujo bostoniano.

Nadie, ni Jesús Sanoja, sabe más que el señor Vedat, sobre la historia del periódico. Dice haber conocido y estrechado la mano de todos sus directores, columnistas y reporteros famosos. Recita párrafos de las columnas taurinas de Palacios Herrera, guarda las ediciones no publicadas que hizo Ramón Velásquez en los dias que precedieron la muerte de Rómulo Betancourt, tiene libros autografiados de José Ramón Medina y Quirós Corradi. Guarda materiales secuestrados de la época de Pérez Jiménez y de la época lusinchista, cuando Alfredo Peña era el director.

Hace unos años nos convenció que él era el único turco real que vivía en Venezuela, que había nacido en un pequeño pueblo de Anatolia y que cuando era pequeño trabajaba con su padre navegando una barcaza en el mar de Mármara. Pero, a pesar del pasaporte, Argenis Martínez averiguó que no era turco sino libanés o sirio.

Este año llegó al Hilton con un cuento nuevo, inventado pero lleno de precisiones. Dijo que Miguel Otero Silva solía invitarlo a su casa y le consultaba siempre sus decisiones. Por ejemplo el nombramiento de Guillermo Meneses en el suplemento literario que durante una época no se publicaba los domingos sino los jueves. La invención de la página La Ciencia Amena de Arístides Bastidas y La pájara Pinta, realizada por niños y editada por el poeta Rosas Marcano. Le habría consultado igualmente su supresión muchos años más tarde, que por cierto fue achacada al entonces jefe del Cuerpo C, quien recibió los coletazos de amargura que produjeron esas ausencias.

No hay nada sobre El Nacional que el viejo Vedat no sepa. Es impresionante. Sostiene con datos recogidos en una libreta que nunca El Nacional había inventado tanto como en esta época y que había tenido que incorporarse al mundo de las computadoras para no perderse la edición electrónica, los CDs y los innumerables servicios conexos del periódico.

Casi al finalizar el brindis le vimos asaltar a Elías Santana, el ombudsman, y ponerse a la orden como lector profesional y enterado. Y le dijo, «Mire señor ombudsman, en estos días usted se confesó asombrado por la cantidad de cartas que le envían los lectores relacionadas con las comiquitas, pero quiero decirle que sin duda esa es la sección más leída del periódico, y por eso el señor Miguel Otero Silva siempre la revisaba al alba, y se preocupaba de que no se repitieran las historietas y que siempre estuvieran al día. Era su página preferida, y la de los lectores. Así que no se asombre usted tanto por la vigilancia que le damos». Y se fue sin esperar repuesta.

       


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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