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Nuevos héroes

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

El Nacional, 11/06/2000

Gente rarísima, llena de problemas, que exhibe sin pudor sus problemas de alcoba frente a las pantallas de televisión. Así es la gente que comenzó a exhibir «Cristina», hace unos años. Vino «Sucedió Así» y le siguieron otros programas tipo reality show hasta que nos llegó «Primero Justicia», haciendo espectáculo del lenguaje, de los hábitos, de las penurias vecinales, de los guapos de barrios y de la inconsistencia ciudadana de los sectores más iletrados.

Ahora nos llega una peste de programas seudosicológicos, que revisten de terminología freudiana lo que no es más que una gigantesca enciclopedia de atrocidades y complejos. Son programas de divanes, entrevistas arregladas, prejuicios, frases hechas, autoayuda, obscenidad y astrología. Para ellos lo más importante es el drama, pero sobre todo la identificación del espectador con los protagonistas: «ellos son como yo», dice para sus adentros el inocente espectador.

La onda no es venezolana, es copiada. El formato extremo que ha alcanzado esta tendencia lo constituyen estos programas mundiales que encierran un cierto número de anónimos en una casa llena de cámaras de televisión. Las audiencias masivas se pegan varias horas para ver lo que hacen en el baño, en el dormitorio y la cocina estos personajes sin gracia que se les parecen. Son los nuevos héroes.

La industria de la televisión no tiene límites en este sentido. Sus dueños y productores pertenecen a una generación que, por una parte, nació viendo televisión, es decir que ya nada en pantalla les asombra ni les produce inhibiciones. Por la otra, es una gente que ha investigado la naturaleza de sus audiencias mayoritarias y ha concluido en que necesita convertir al consumidor en un héroe. El hombre y la mujer simples de la calle, a quienes les vende detergentes o tarjetas de crédito, han devenido para ellos en una masa homogénea e indiferenciada.

La gente como espectáculo

Las cámaras mexicanas de Televisa filmaron hace un par de semanas la agonía de dos emigrantes de 20 y 25 años en las inmediaciones del puente internacional Puerto México sobre el Río Bravo. Ellos formaban parte de los centenares de emigrantes mexicanos que pierden la vida en los desiertos de Arizona y el sur de California, abrasados por el sol o ahogados en el río, a la vista de policías de Matamoros, México y Browsville, Tejas.

El diario El País reseñó así el acontecimiento: «Las cámaras de Televisa filmaron la agonía de dos de ellos en aguas del río fronterizo, sus desesperados manotazos, las burbujas despedidas por la nariz y la boca cuando quedaron exhaustos y se dejaron morir. “¡Me ahogo! ¡Me ahogo!”, gritaba uno de los inmigrantes….Los dos fugitivos comenzaron a sumergirse el uno a corta distancia del otro y las cámaras captaron el terror de perder la vida. Salían a la superficie, se limpiaban la cara con la mano, pedían la ayuda de los policías mexicanos y volvían a desaparecer en las aguas de un río que se ha tragado a 14 emigrantes en lo que va de año…».

En Florida la televisión ha estado recreando, por su parte, desde hace un par de semanas, los últimos momentos de Bennie Demps, el último ejecutado de la prisión de Starke. Los verdugos no le encontraban las venas para proporcionarle la inyección letal, así que durante media hora le hicieron incisiones en las ingles y el brazo derecho, de las que se estuvo lamentando del dolor.

El escritor español José María Guelbenzu escribió en estos días: «Según acabamos de comprobar, diez millones de españoles se han reunido recientemente frente al televisor para contemplar la salida del encierro televisivo más abierto del país de una pareja de sinsorgos sobrexcitados. Eso sí que es cultura de masas. Y no lo digo como reproche sino para mostrar cómo, perdida la vergüenza, la gente está dispuesta a elevarse al papel de icono. Este es el gran cambio: ahora el héroe no es el que hace algo que le distingue de los demás sino el que hace algo que le iguala a los demás.»

Quienes nunca habían aparecido en televisión porque los medios estaban poblados sólo de gente importante, de políticos, de figuras de la farándula, de notables y científicos, aquellos cuyos nombre solo podían aparecer impresos en páginas de sucesos y crónicas rojas, son ahora el mayor atractivo de la industria mediática. Son los nuevos héroes. Es lo que Guelbenzu llama «la venganza de los iletrados». ¿Que viene ahora?

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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