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Olvido

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

Se va a abril, se va a abril, dijo desde el estrado el chivo Malavé Villalba, un humilde dirigente sindical de los zapateros que había sido electo diputado de la Asamblea Nacional Constituyente de 1946. Desde la bancada copeyana, un parlamentario odiosito e ilustrado se dirigió al coso deliberante en tono de queja antiadeca y reclamó que el vicepresidente de la cámara era tan inculto que cambiaba la «r» por la «l» y que ni siquiera podía anunciar «que se iba a abrir la sesión». En ese momento entró Andrés Eloy Blanco, entonces Presidente de la Asamblea, y castigó al democristiano diciéndole, palabras más palabras menos, que su insensibilidad no le permitía entender la poética del pueblo, pues Malavé Villalba había querido advertir a los ilustres diputados que «se va abril y viene mayo con sus flores y con innumerables y extenuantes tareas para los parlamentarios».

Este jugoso episodio forma parte del anecdotario de nuestro mes de mayo, y habita el recuerdo vivo de la generación que vio nacer El Nacional y El Morrocoy Azul. La misma que en la mesa familiar recuerda con Aquiles Nazoa, cuando alguien habla de los mangos de mayo, que «mayo es el mes de las flores y del enterovioformo». El enterovioformo, nos han contado, era un eficiente atenuante de los retorcijones estomacales y de los bochornosos episodios gástricos que se presentaban con las lluvias y las frutas del mes.

En cambio para la generación que nació en esos días, y que cumpliría 20 años en 1968, la evocación de mayo viene asociado a otro tipo de revolución y a otro anecdotario. A finales de los 40 el país fue por primera vez en su historia a elecciones directas, universales y secretas, y se amplió el voto para los analfabetas, las mujeres y los jóvenes de 18 años, se incrementó el gasto público en salud, educación, carreteras, electrificación, aguas blancas y negras, se redactó una Constitución y se sembró definitiva y masivamente la utopía de la democracia.

En 1968, con un país menos aislado del universo, poblado de escuelas, reurbanizado y saboreando formas inéditas del bienestar, la revolución fue menos pública y más íntima, menos política y más sensual, menos económica y más civilizatoria. En sintonía con el mundo entero, los jóvenes de la época acudieron a la pastilla anticonceptiva, abandonaron los burdeles para acudir al amor libre, las canciones sustituyeron los discursos, las hierbas expandieron y desafiaron los sentidos, los sentimientos se superpusieron a los dogmas ideológicos, la ingenuidad se rebeló contra todo tipo de autoridad en el aula y en la familia. Y, tal vez más importante, se hizo biológico el rechazo a las guerras colonizadoras, a las guerras de expansión, a la discriminación y la violencia política. Lo que antes era idea, a partir de los sesenta se hizo pasión. Y esta nueva impronta íntima ha tenido un efecto prolongado.

Estrategias del olvido

En buena parte de los artículos y materiales que se han venido publicando sobre el significado del Mayo Francés y de los episodios que le acompañaron esos años en Berlín, en Praga, en México, en Estados Unidos, y también aquí, puede notarse una nada desdeñable intención de disminuir los profundos efectos culturales que tuvieron aquellos acontecimientos, con los que se inició sin duda la fractura de la modernidad.

Los nuestros son dias de globalización, que en una de sus formas implica el espectáculo de una economía mundial que intenta colonizar todos los ámbitos de la vida pública y también de la privada. Los fundamentos de la economía pragmática que domina el mundo actual son profundamente racionalistas, ajenos al sentimentalismo y la compasión. Debe convivir con formidables contingentes de pobreza y depredación ambiental. La utopía liberal y el mito moderno del mercado, que prometen riqueza compartida en el largo plazo, se sienten amenazados por todo sentimiento que altere su lógica cuasimatemática de reproducción del dinero: temen a los nacionalismos, al ocio, a la disidencia, al laissez faire, a los mitos tribales y religiosos, a la energía reivindicativa de los asalariados. Requieren órden, autoridad monetaria y finaciera, automatismo, precisión de relojería, seguridad para el inversionista, sumisión al plan global.

Hace unos cuatro años, un grupo de relevantes siquiatras judíos se reunió en Viena para analizar en persuasivas ponencias, recogidas posteriormente en un libro titulado Las estrategias del olvido, las formas en que los países de occidente habían ido alimentando formas de desmemoria que alentaban el resurgimiento del racismo y el nazismo. Señalaban que la sociedad podía alentar peligrosos formas conscientes e inconscientes de olvido para reforzar sus intereses inmediatos.

Estudiaban las formas extremas de la memoria, desde la de Funes, el memorioso, célebre personaje de Jorge Luis Borges paralizado por la supermemoria y la capacidad asociativa, hasta un caso célebre de la amnesia extrema que habitaba en un soldado de la Primera Guerra Mundial, cuya médula fue atravesada por una esquirla de granada. De los casos clínicos pasaron a las formas sociales de la desmemoria y de los mecanismos que se orientan a opacar las fuerzas del inconsciente. En su caso, las formas inconscientes que condujeron una vez al holocausto.

Poética del liberalismo

Los siquiatras que explican el apasionante tema del olvido, que nos visita cuando no nos acordamos de algo que íbamos a decir, aunque en momentos antes era un pensamiento absolutamente claro, o cuando íbamos a hacer la presentación de un amigo y se nos escapa el nombre al pronunciarlo, sostienen que el olvido se produce porque se nos escapa momentáneamente la consciencia, y el inconsciente se desata a sus anchas. Dice Jung, por ejemplo: «Decimos que no podemos acordarnos: aunque de hecho el pensamiento se ha transformado en inconsciente o, al menos, ha quedado momentáneamente separado de la consciencia.»

En otras palabras, cuando algo se evade de nuestra consciencia no significa que ha dejado de existir. Parte del inconsciente —decía Jung—consiste en una multitud de pensamientos oscurecidos temporalmente, impresiones e imágenes que, a pesar de haberse perdido, continúan influyendo en nuestro mente consciente».

Los sentimientos de los sesenta no han desaparecido. El hecho de que el mundo económico que lo domina todo, tan consciente y racional, intente desdeñar y ocultar las poderosas fuerzas poéticas de la rebelión y la inconformidad, de la compasión y la solidaridad —que están anidadas en nuestro inconsciente desde hace muchos siglos y reforzadas en los episodios que siguieron a la revolución cultural de Mayo del 68—, no significa que estos sentimientos desaparecerán. No lo olviden y no se descuiden.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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