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Rehenes 24/07/2000 I Imelda Rincón sostiene que todos hemos sido víctimas de un acto de secuestro. Algo que nos pertenece a todos ha sido tomado como rehén y se nos exige a cambio una alta suma de dinero. No se refería la ex rectora de la Universidad del Zulia al avión de Servivensa, que de un tiempo para acá «nos pertenece a todos». Tampoco se refería a esa parte del gentilicio compartido que portan los ciudadanos que periódicamente, con mecanismo de relojería, son sustraídos de sus vidas e intercambiados por dinero efectivo, contante y sonante. No era a ese siniestro aspecto de la muy dinámica «industria del secuestro» a lo que aludía nuestra flamante directora del Consejo Nacional Electoral. No. Llamaba la atención sobre un tipo de secuestro más universal, y menos publicitado. Al secuestro tecnológico. Hemos pagado millones de dólares, dice la Dra. Rincón, por una máquinas, por unos programas, por el diseño e impresión de unos boletones, unos tarjetones electorales que bien podrían armarse, diseñarse e imprimirse en Venezuela. Hemos actuado como rehenes en situación de secuestro. Si no pagamos no tenemos elecciones. En el futuro esas elecciones, que nos pertenecen, que son nuestras, podrían realizarse con un gran ahorro y en soltería. Bailando con nuestra propia tecnología, la de nuestras universidades y empresas. Hemos sido, dicen los universitarios, víctimas de un viejo y nunca bien ponderado matrimonio obligado, una situación de dependencia cara e indeseable a la que algunos les da por atribuirles condiciones de fatalidad y el cómodo nombre de globalización. A algo, que no ha sido más que un impúdico secuestro. II Objeto de otra insólita situación de rehenes fue la escenografía que Maitena Elguezábal realizó para Rooms la exitosa obra de Elia Schneider que se presentó este verano en La Mamma de Nueva York. Un quinteto de bandoleros bien hablados, e igualmente armados, se montó en la Cherokee de la escenógrafa y su marido, el arquitecto Guillermo Barrios, cuando salían de una rumbita en Bello Monte. Durante horas pasearon por la ciudad repitiendo el libreto y los bocadillos que los caraqueños ya recitan de memoria. Quédense con el carro pero devuélvanme la cédula y los papeles. Que no me mires te dije. ¡Baja la cabeza! Oye pero si tú tienes ojos de buena gente. Por qué nos amenazan con esa pistola. Cállate. Lo hacemos por necesidad. Estamos con el Presidente Devuélveme los anteojos. Los de leer si, pero los Dolce Gabbana no Bájense aquí. El vigilante de aquella garita les va ayudar a conseguir un taxi. Cuidado con llamar a la policía Gracias. Oye y nos podrías devolver esa caja que está allá atrás ¿Que hay allí ? Es la escenografía de una obra de teatro que vamos a montar en un refugio de niños damnificados ¿Cómo?. ¿Vamos a ver ? Bueno si es para unos niños está bien, quédense con la caja Y tomen estos diez mil bolos para el taxi. Sin camioneta, sin lentes de sol, sin tarjetas ni celulares, y cargando una caja de un metro cúbico, Maitena y Guillermo pidieron ayuda a un somnolento y parsimonioso vigilante privado. Un mes más tarde D.J.R. Bruckner, crítico del New York Times escribe dos cuartillas de elogios para la obra de Elia Schneider y en un párrafo dice: «Aquí, ella destila el teatro casi enteramente en formas e imágenes, con cierta ayuda de los decorados de Maitena de Elguezábal (tres habitaciones en tonalidades de gris que hacen que uno piense que se trata de colores brillantes, encuadrados por paredes de tela metálica que se elevan) » Gracias a los secuestradores, terminó pensando Maitena.
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