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Tapa amarilla

Pablo Antillano

El Nacional, domingo 30 de setiembre de 2001

Querido Nelson (Rivera): No deja de ser inquietante que este Olaf, de quien no habíamos hablado, se tome un aperitivo de manera tan disciplinada, todos los días, a las doce, antes de entrar en la última hora de clases. Él, así como Frank Peter, un escultor munichense, o José María, el cordobés, se enfrentan al profesor Silvestrini con sus respectivos tufitos a vino espumante o a vodka.

No es porque Olaf sea un holandés, ni porque haya vivido desde los tres años en Alemania, en un pueblo cercano a la frontera austríaca. No es porque sea un puñal, un tipo estudioso, que lee a los clásicos y conoce los bestsellers, sino simplemente porque es un sacerdote. ¿Qué te parece? Un catire alto y grueso que estudia teología, que vive modestamente en un seminario, que milita en una orden muy pequeña de amantes de Jesús, y que todos los días nos acompaña a la cafetería frente al Palazzo Gallengha y se clava un vodka, antes de la última clase de filosofía de la lengua.

Olaf no porta la sotana, aunque se ha colgado un pequeño crucifijo de madera en el cuello con un cordón de cuero. Es el único símbolo visible de su oficio sacerdotal. Pero de resto, todo él, es un portaviones de símbolos de religiosidad. Habla mesuradamente y con bondad. Sonríe siempre, con tolerancia y bondad. Comprende todo, con bondad. Oye las malas noticias y las comenta, con bondad. Sabe todo pero no lo exhibe, con bondad. No lleva los signos externos de su sacerdocio... pero todos sabemos que —pese al vodkazo del mezzogiorno— es un religioso.

Con él, y también con Frank y José María, con Su, un arquitecto japonés, y Susana, una violinista austríaca, hemos compartido estas últimas semanas la terrible lectura de los diarios y las duras imágenes de la pesadilla de Manhattan. El lunes pasado, no lo creerás, todos portaron -sin haberse puesto de acuerdo- sendos ejemplares de los suplementos culturales de los diarios de sus ciudades. ¡Como el Papel Literario que tú diriges, Nelson! Tiernos pasquines con los poemas, con los ensayos y artículos de sus escritores e intelectuales. Es para no creerse. Para no quedarnos atrás, hicimos imprimir en el Punto de Internet una media docena de reproducciones de nuestro Papel Literario de El Nacional. También los artículos de Boris Muñoz y de Tomás Eloy Martínez que publicó Siete Días.

LA PRESENCIA DE LO INVISIBLE. La conversación giró esa tarde en torno al poder de los símbolos. Fue precisamente Olaf quien señaló que ya los campanarios, las banderas y las plazas frente a los consulados no son los objetivos de los disidentes del mundo. El malhumor del siglo XXI se orienta contra otros símbolos. Los jóvenes y activistas no apedrean ya los Palacios de Gobierno sino las vitrinas de Nike, los locales de McDonald's, de Mattel, de Shell, de Disney, de Chevron o Monsanto.

Para suscribir lo dicho por el sacerdote, Frank señaló que efectivamente los hackers de hoy -entre los que seguramente ha militado activamente- no están tan interesados en sabotear los archivos electrónicos del Departamento de Estado, o de la Cancillería alemana, como si, en cambio, los de las empresas globalizadas que explotan menores de edad en Honduras o Guatemala, o que hacen ropa y juguetes en Haití o Bangladesh en condiciones de esclavitud. Los grupos europeos atacan con más energía a las compañías que producen alimentos alterados genéticamente, cultivados con pesticidas o que afectan a la atmósfera, que a sus propios gobiernos políticos.

Fue Susana, la violinista, que ama el jazz del Kningtin Factory en New York, ese sitio que nos gusta tanto, la que nos llenó la libreta con los nombres de los libros antiglobalizadores que lee su generación. El principal es, por supuesto, No-Logo de la bella periodista norteamericana, nacida en Canadá, Naomi Klein. Especie de Biblia en Seattle y en Génova, que describe ampliamente la naturaleza, objetivos y pensamiento de los diversos grupos de la contestación anti-globalización.

Estos chicos leen también Empire, de Michel Hardt y Toni Negri, sobre los nuevos escenarios políticos. Leen Ecocidio, de Jeremy Rifkin, un economista que describe todas las formas de la alimentación adulterada y los intereses ambiguos de las industrias del sector, No copyright, de Raf Scelsi. El mundo no está en venta, de José Bove y Francoise Dofour; Contra el capitalismo global, de Jeremy Brecher y Tim Costello; El banquero de los pobres, de Muhammad Yunnus; Los nuevos esclavos, de Kevin Bales. A Noam Chomsky lo leen con devoción: Hegemonía americana y estados delincuentes, o Bajo nuestra piel. Del sociólogo Luciano Gallino leen Globalización y desigualdad, manual para un consumo responsable; de Francesco Gesualdi, La fábrica de la infelicidad; de Franco Berardi...

En fin, Nelson. Son varias decenas de formidables trabajos que buscan una alternativa a las formas negativas del mercado omnipresente y de sus poderosos logotipos, otrora credenciales de confianza. En suma, parecen decirnos estos jóvenes, la realidad busca nuevas apariencias. Los enemigos de hoy, los que convocan el mal humor, se difuminan tras las túnicas y largas barbas de fundamentalismo y tras los sofisticados laboratorios de diseño gráfico que hacen los logos del mercado global. Dice Olaf, a su manera: «¡Estamos en las puertas de una era sin marcas, la era tapa amarilla!» Saludos, amigo.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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