Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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La Revolución Restauradora y su caudillo

Marco Figueroa S.

Los dos capachos, Caracas: 1967, cap. XVI


Cipriano Castro
Para un tachirense como el que esto escribe, vinculado por los nexos de la sangre y los afectos entrañables del hogar a algunos de los protagonistas del drama venezolano que tuvo como punto inicial el 23 de mayo de 1899, es realmente escabroso y difícil, enfocar con la imparcialidad que el terna requiere, lo que representaron para el Táchira la figuración de sus hijos en el primer plano de la vida nacional y las derivaciones inevitables del hecho que se prolongaron para la República hasta diciembre de 1935, en que feneció con el general Juan Vicente Gómez un sistema de gobierno que tuvo los contornos de un período trágico y doloroso para Venezuela, y que más tarde, afortunadamente, pudo enrumbarse hacia mejores destinos, precisamente bajo la dirección de un ilustre conterráneo, el señor general Eleazar López Contreras, el reverso de sus dos antecesores en el mando supremo del país.

Además, por lo que a nosotros respecta, porque llevamos en nuestras vidas el sedimento de amargura y de los sufrimientos que malograron nuestra juventud, en la que se mezclan los recuerdos de seres amados a los que la muerte recogió en sus brazos; porque hubimos de caer en incomprensibles desgracias, podría alguien creer que nos excedemos en las apreciaciones y que obramos impelidos por bastardos sentimientos al referirnos, como lo hacemos, a uno de los más dolorosos renglones del pasado venezolano.

En la ya histórica fecha de la insurgencia armada contra el régimen presidido por el general Ignacio Andrade, en la meritoria ciudad de Lobatera, que en nuestro caso concreto es el lugar en donde nacieron los que nos dieron el ser y constituyeron las columnas del humilde hogar que la muerte destruyó implacablemente, estuvo entre los dirigentes del movimiento capitaneado por el general Cipriano Castro, uno de los que hicieron toda la campaña restauradora hasta Caracas y gozó del aprecio y de la distinción del caudillo restaurador. Y nombramos a Juan E. Figueroa. Esta breve relación la hemos creído previa para que se conozcan cuáles son los nexos del autor con los protagonistas del drama que se prolongó en el escenario venezolano por veintisiete años. Juan E. Figueroa fue nuestro tío por la rama paterna.

El 12 de octubre de 1858 nacía en jurisdicción del antiguo pueblo de San Pedro de Capacho el niño que fue bautizado el 21 del mismo mes de octubre con el nombre de José Cipriano Castro, hijo legítimo de don José del Carmen Castro y doña Pelagia Ruiz, y cuya partida eclesiástica de nacimiento reposa en el archivo de la Iglesia Parroquial de Independencia, capital del Distrito Capacho. Esa partida la publicó el historiador J. N. Contreras Serrano en el número 14 del Boletín del Centro de Historia del Táchira, correspondiente a febrero de 1956, en su trabajo "Datos para una biografía del general Cipriano Castro" (1).

Fue el futuro restaurador el tercero de los diez hijos del matrimonio Castro-Ruiz. Su niñez y su adolescencia tuvieron como escenario, la comarca tachirense de Capacho, en la cual la vida tenía contornos patriarcales y en donde el cultivo de la tierra providente constituía la ocupación primordial de las gentes laboriosas que la habitaban, practicantes de la Religión Católica y conservadoras de las más valiosas tradiciones hogareñas. Entre los maestros que contribuyeron a su formación intelectual, se encuentran don Vicente Durán, don Juan de Dios Bustamante, el doctor Federico Bazó y los profesores del Seminario Conciliar de Nueva Pamplona, Colombia, en donde el joven Castro completó sus estudios, para regresar a Capacho a ejercer funciones de comerciante al por menor. Actor en los trágicos sucesos del terremoto del 18 de mayo de 1875, fue de los fundadores del nuevo pueblo de San Pedro de Capacho, al lado de su padre y de su hermano Celestino Castro (2). Para los años de 1878 a 1880, estuvo radicado en San Cristóbal como dependiente de la casa alemana Van Dissel, Thíes & Compañía, la antigua Botica Alemana con negocios también en Cúcuta, Barranquilla y Maracaibo.

En 1884, por consecuencia de un asunto de índole personal, Cipriano Castro estuvo en la Cárcel Pública de San Cristóbal, en calidad de prisionero. De allí mediante la fuga fue a dar a San José de Cúcuta, en donde se estableció como comerciante.

En 1886 se inició su actividad en los campos de la guerra civil, cuando invadió desde Colombia en el movimiento que comandaba el general Segundo Prato, ya con el grado de coronel.

Frente a los revolucionarios, como Jefe de la Frontera, actuaba el general Espíritu Santo Morales, con quien Castro se mediría varias veces en lo futuro en el terreno de las armas, siempre vencedor el segundo de éllos. La primera derrota que le infligió fue el 29 de junio del 86 en el hecho de armas librado entre los dos Capachos, en el sitio de "Los Alvarados", llamado así por haber sido el asiento de la casa familiar del general Francisco Alvarado, notable militante de las filas liberales, nativo de San Juan de Colón, Presidente del Estado Táchira y personaje de relieve en las guerras de la Federación y de las que les siguieron antes de finalizar el pasado siglo.

Morales, a poco, colocado en situación de desafecto al gobierno, en virtud de la resolución tomada por el Delegado Nacional de la Cordillera del régimen de Guzmán Blanco, general Juan Bautista Araujo, quien aceptó el triunfo local de la revolución del 86, volvió a sufrir la derrota de las fuerzas en que iba Castro, en el punto de "La Chirirí", entre Lobatera y Ureña, en el mes de agosto. De allí el general Morales tuvo que salir en busca de refugio en tierra colombiana.

En los años siguientes Cipriano Castro, convertido ya en figura militar y política, será Diputado al Congreso Nacional de 1888 a 1890; Gobernador de la Sección Táchira del Gran Estado Los Andes, de 1890 a 1892; miembro de la Legislatura del Estado Los Andes y de nuevo Diputado al Congreso; militante en los grupos que apoyaban el continuismo del doctor Raimundo Andueza Palacio. De Caracas fue enviado al Táchira con el carácter de Jefe Militar para combatir la Revolución Legalista que acaudillaba el general Joaquín Crespo. Durante. su actuación de aquella época, asistió a la lucha contra la invasión comandada por el general Buenaventura Macabeo Maldonado en favor del régimen de Andueza; estuvo en la derrota de Morales, sumado éste a Maldonado, en la refriega de Táriba el 14 de mayo; persiguió hasta Mérida a los revolucionarios, y de regreso al Táchira, proclamó la Constitución de 1864 y declaró al Estado como entidad autónoma.

Triunfante el Legalismo y Crespo hecho dueño del poder supremo, el ya caudillo tachirense hubo de refugiarse como exilado en territorio colombiano en octubre de 1892. Será en su hacienda de "Bellavista", a pocos pasos de la frontera, cerca a la histórica villa del Rosario de Cúcuta, con las serranías venezolanas frente a sus ojos, en donde el futuro restaurador vivirá la época de meditación que lo preparó para la empresa temeraria. De "Bellavista" viajó en una oportunidad a Caracas, en uso de las garantías ofrecidas por el Legalismo triunfante, y se entrevistó con el general Crespo, de quien se dice que tuvo, varios ofrecimientos para que colaborara en su administración. Hay la especie de que Crespo en aquellos días definió a Castro en esta forma: "Es un indio que no cabe en su cuerito".

Elegido el general Ignacio Andrade Presidente de la República con 406.610 votos por sufragio universal y declarada por el Congreso su elección bajo la influencia del general Crespo, Castro empezó a organizar la insurgencia armada desde su exilio en la frontera con Colombia.

El general Crespo había perecido en la Mata Carmelera cuando —en campaña contra la revolución del general José Manuel Hernández, defendía con las armas el régimen de Andrade, su pupilo. Había muerto también en París, a los 72 años de edad, luego de haber llenado con su influencia, un largo período de la vida nacional, el general Antonio Guzmán Blanco.

En la fecha del 23 de mayo de 1899 se inició la controvertida revolución restauradora con el paso del general Castro por la línea internacional del río Táchira. Lo acompañaban catorce de sus amigos, a los que siguieron luego más de cincuenta, quienes por distintas vías y desde diversos puntos del territorio tachirense, se incorporaron en Capacho a la que desde entonces se llama "la revolución de los sesenta".

Nuestro apreciado conterráneo don Nemecio Parada, un veterano profesional del telégrafo nativo de Capacho y testigo presencial de los acontecimientos, relata en su ameno libro El Táchira de mi infancia y juventud, volumen 42 de la Colección Biblioteca de Temas y Autores Tachirenses, en lenguaje muy llano, las incidencias con que se inició aquel movimiento.

Llegado el general Castro a Independencia —dice el señor Parada— organizó la gente que encontró allí, y la que iba llegando de todas partes. Seguidamente destacó los primeros contingentes sobre La Popa del Cedral, frente a San Cristóbal, a fin de interceptar las fuerzas del gobierno (unos 300 hombres más o menos) que venían de Rubio a concentrarse en esta ciudad. En la cuesta de Tononó se libró el primer violento encuentro entre la revolución y los generales Antonio Pulgar y Ramoncito Velasco, donde quedaron muertos estos dos valientes jefes gobiernistas y sus tropas entre destruidas y dispersas. La revolución se apoderó allí de un cuantioso parque y otros elementos de guerra. Fue su primer triunfo". Más adelante agrega el señor Parada: "Después del encuentro de Tononó la revolución fijó su cuartel general en Táriba, a una legua distante de San Cristóbal, como su centro de operaciones. En San Cristóbal, el gobierno concentró todas las fuerzas que pudo y se atrincheró fuertemente".

De allí en adelante, en los diversos encuentros con las fuerzas gubernamentales, el caudillo restaurador, como empujado por la impetuosidad de una buena estrella, poniendo en uso su arrojo y sus dotes militares, no encontró en su camino sino triunfos que le dieron la posesión del Táchira, con excepción de la plaza fortificada de San Cristóbal que defendía el valiente Gobernador de la Sección, general Juan Pablo Peñaloza. Derrotó al Presidente del Gran Estado Los Andes, general Espíritu Santo Morales, el que con fuerzas de Mérida, pensó vencer ¡a revolución. Pero en El Zumbador, el 11 de junio, hubo de sufrir la más tremenda destrucción de su ejército. Allí obtuvo Castro gran cantidad de armamento y la incorporación a sus filas de algunos de los jefes del ejército del gobierno que habían caído prisioneros, entre éllos los generales Julio Bello, Juan R. León y Carlos Silverio.

El 27 de julio combatió en Cordero al ejército expedicionario que desde el Centro conducía al Táchira el general Antonio Fernández en número de 7.000 hombres y gran parque. Después de 28 horas de combate, Castro se retiró del campo de batalla el 29 de julio hacia Palmira y Capacho, y Fernández pudo entrar a San Cristóbal.

El día 27 había destruido en Las Pilas, aledaño de San Cristóbal, las fuerzas que desde la Frontera llevaban los generales Leopoldo Sarría y Pedro Cuberos. En la refriega murió Cuberos, fueron heridos el general Régulo L. Olivares y otros oficiales revolucionarios. Para entonces los efectivos restauradores llegaban a 2.000 hombres.

La revolución puso sitio a San Cristóbal, plaza fuerte del gobierno, pero v ista la imposibilidad de tomarla, desistió del asedio.

Castro ocupó los sitios de Borotá, La Trampa, Mochileros,, Palogordo y Boca de Monte, mientras que el general Fernández, antes de la batalla de Cordero, se estableció en Michelena, Colón y algunas serranías de la zona. Los dos ejércitos que se contemplaban a lo lejos, hacían presagiar terribles hechos de guerra. De Borotá bajaban hacia Lobatera y El Cabuyal, en horas de la noche, cuerpos volantes que tiroteaban las avanzadas de Michelena y volvían a su campamento. Y fue entonces cuando al cuartel general de Castro en Borotá, concurrió Monseñor Jesús Manuel Jáuregui Moreno, el insigne educador andino, como emisario de paz, actitud que le produjo, poco tiempo después, dolorosas consecuencias como su prisión en el Castillo de San Carlos, su expulsión del territorio nacional y para el resto de sus días el odio implacable de Castro.

El dos de agosto el caudillo restaurador tomó la vía del Centro por el rumbo de La Grita, dejando atrás, en audaz resolución, los efectivos del gobierno concentrados en San Cristóbal.

En una rápida campaña, en la que se sucedieron los combates de Tovar, con el doctor y general González Pacheco, Nirgua y Tocuyito, llega en octubre a Caracas para declararse Jefe Supremo de la República a instaurar en el país, un sistema dictatorial que se prolengará hasta diciembre de 1908.

Hace más de veinte años, el autor de este trabajo, al aludir a aquella revolución salida de las fronteras occidentales de Venezuela, estampó en su libro "El Táchira de Ayer y de Hoy", lo siguiente:

"Ya ha comenzado a juzgarse a la luz de la Historia aquel movimiento que si en primer lugar reintegró al todo nacional una de las regiones más ricas de Venezuela, nosotros, imparciales, situados desde un ángulo de nacionalismo, integral, como cumple a los hombres de las nuevas generaciones, juzgamos que tuvo errores que influyeron en la, vida venezolana por más de un tercio de siglo".

Y en cuanto a la figura del caudillo restaurador, que ha sido objeto tanto en vida como después de muerto de loas estrafalarias y de ataques a veces rayanos en la demasía, nosotros participamos de la opinión. que en su trabajo "La Crisis del 98 y la Dictadura del General Castro", publicó el abogado, economista e historiador tachirense doctor Antonio Arellano Moreno en el diario "El Universal", de Caracas, en 1951. De allí tomamos estos conceptos que acogemos como exactos:

"No obstante su temperamento autocrático no ejecutó actos de crueldad como Guzmán o Gómez; decisiones como la relacionada con Paredes eran más bien resultado de sus neurosis que de instintos perversos. A pesar de que se viene desde el lejano Occidente a establecer la República perfecta que ofrecieron y no cumplieron otros varones como Julián Castro, Guzmán Blanco o Monagas, se marcha y deja instalada la dramática y larga dictadura del general Gómez. Castro inicia la integración política del país, el debilitamiento de los caudillos militares y traza un nuevo rumbo en el orden administrativo, las obras más visibles de su gobierno. Como representante de un romántico nacionalismo que lo distingue y enaltece, se niega desde su exilio, a patrocinar una invasión para derrocar a Gómez porque los Estados Unidos le ponían como condición que al asumir la jefatura del país le declarara la guerra a Alemania, ya que Gómez, por simpatía al Kalser se había abstenido de hacerlo. Fue como todos los caudillos venezolanos, subproducto del medio, del atraso económico, de un país sin vías de comunicación, sin técnicas productivas, en donde predominaban el analfabetismo y la pobreza. Sus tácticas fueron dictatoriales como las de Monagas, Guzmán o Gómez, en vez de seguir las de Páez o Crespo, que fueron caudillos de aparente fachada democrática, respetuosos de la Ley, de los partidos políticos y de las instituciones".

Que el caudillo restaurador venía bien inspirado antes de arribar al Capitolio Federal y caer en el círculo de las eternas oligarquías venezolanas, es un hecho que pocos discuten. Cuando ya estaba cerca a Caracas, lanzó al país una proclama en la cual exponía en forma categórica:

"Ya nos acercamos al Capitolio. Al trepar a esa augusta altura, juremos proceder como hombres patriotas, como hombres civilizados, como hombres de bien".

En medio de manifestaciones populares Castro entró a la Capital de la República el 22 de octubre de 1899. Y en la Estación del Ferrocarril de Palogrande, fue recibido por el general Víctor Rodríguez, Encargado del Poder Ejecutivo por la fuga del general Ignacio Andrade, ocurrida el 20 del mismo mes; el Gabinete Ministerial en pleno, el Ilustrísimo Señor Arzobispo de Caracas, y una inmensa multitud.

Don Mariano Picón Salas en su obra Los días de Cipriano Castro, en la cual dedica al caudillo duras críticas por su sistema de gobierno divorciado de las prácticas republicanas, describe aquella llegada de la revolución triunfante, en esta forma:

"El Héroe desciende del tren apoyado en muletas. Sube a la carroza acompañado del General Rodríguez. Caracas despliega flores a su paso y desciende en las puertas de la Casa Amarilla. El 22 en la noche hay banquete en la Casa Amarilla. Concurren Andueza Palacio, Rodríguez, Juan Francisco Castillo, José Ignacio Pulido, Tello Mendoza, Corao, Cárdenas... Al día siguiente sale el Mocho Hernández de la Rotunda en procesión hacia la Casa Amarilla en donde se abraza con Castro. A las diez a. m. se procede a la transmisión de poderes".

Entonces el Encargado del Poder Ejecutivo, en acto solemne, expuso:

"Tenemos el honor y grato placer de poner el gobierno de la República en manos del Jefe de la Revolución"

La respuesta del caudillo fue la siguiente:

"Repito aquí las palabras de Fabricio: Primero puede desviarse el sol de su camino que Fabricio del camino del honor y del deber".

Para quienes, como nosotros, hemos tenido siempre singular interés en el estudio de los hechos de la historia venezolana, existen informaciones documentales acerca de la revolución restauradora en la importante colección que forman los números publicados hasta hoy del Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, fundado en 1959 por la administración que presidió don Rómulo Betancourt y que su Secretario General, el doctor Ramón J. Velásquez, inició y dirigió con la más plausible dedicación y amplia capacidad de historiador y periodista. Al iniciarse aquel Boletín, sus redactores dijeron en el Preámbulo del primer número:

"El vasto conjunto de documentos valiosos y datos de todo orden que forman el llamado Archivo Histórico de Miraflores, existente en el Palacio Presidencial, refleja a través de sus ricas colecciones buena parte de la vida venezolana del último siglo en lo más saliente de la actividad pública, especialmente en el aspecto político-administrativo".

En entregas sucesivas han aparecido en tan útil publicación, piezas documentales del valioso Archivo Histórico de Miraflores, desde las Ordenes del Día que el caudillo restaurador dictaba en su campaña de 1899, a partir del 4 de agosto, hasta as adhesiones cortesanas que ya triunfante en Caracas, recibía e1 general Castro, al lado de todo cuanto se escribió en forma articular y se publicó alrededor de las revoluciones que tuvo que confrontar la restauración apenas instalada en el Capitolio Federal, tales como el movimiento, apoyado por el gobierno colombiano, del doctor y general Carlos Rangel Garbiras en 1901 por la frontera del Táchira, y la formidable Guerra Libertadora ue comandó el general Manuel Antonio Mates en el Oriente el Centro del país, en 1902. No faltan allí las noticias sobre 1 injusto bloqueo de nuestros puertos por las Escuadras coaligadas de Alemania, Inglaterra, Holanda e Italia en aquellos agitados días.

A través de cuanto ha sido dado a la luz pública en el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, han sido puestos n evidencia, de manera irrefutable, detalles de cómo el general astro implantó su régimen autoritario y cómo convertido en árbitro supremo de la Nación, manejó a su sola voluntad todos les resortes del Poder, desde los fondos del erario, público, las designaciones de los funcionarios administrativos, las elecciones de miembros de los Concejos Municipales, del Congreso Nacional y de ¡as Asambleas Constituyentes, hasta los más pequeños detalles de un sistema apuntalado sobre la fuerza de las armas. Se ve, igualmente, cómo los caudillos regionales que se contaban por cientos, se sumaban unos a la corriente triunfadora y otros se ¡han a las filas de la lucha armada en el interés de derrocar el nuevo estado de cosas.

Hay allí, además, relatados episodios que dan idea de cómo el caudillo restaurador, olvidadizo de quienes con él habían hecho la campaña hasta Caracas, daba la espalda a hombres que le eran fieles y que poseían condiciones de ilustración y de mando. Tal el caso, por ejemplo, del notable tachirense general Román Moreno, quien llevado a la más grande desilusión frente a su jefe convertido en todopoderoso, le hubo de escribir en julio de 1903, en estos duros términos que le costaron ser reducido a prisión:

Si lo que Ud. me tiene es mala voluntad; si el engrandecimiento de su personalidad ha empequeñecido mis títulos en esta causa hasta el extremo de hacerlos despreciables, sea. Pero entonces, como por mis venas corre sangre, no puedo aceptar un vejamen impunemente y como no he estado acostumbrado a la abyección, me creo autorizado para repetirle constantemente, que Ud. conmigo no ha sido sino un ingrato. Así me correspondió Morales también; pero él quizá lo haría por estupidez y Ud. es un ingrato por maldad con quien no ha hecho sino servirle".

Tal actitud de dignidad y rebeldía justificada, la pagó el general Román Moreno con siete meses y medio de reclusión carcelaria en la Rotunda de Caracas.


Juan Vicente Gómez
Frente a Castro, dictador, estuvieron no sólo el general Gómez, quien lo derrocó del poder el 19 de diciembre de 1908, sino que, para criticarlo y condenarlo, se alzaron, entre otros muchos, con sus plumas contundentes signadas por la verdad y la indignación del patriotismo, el tachirense doctor Pedro María Morantes (Pío Gil) (3), don Rafael Arévalo González y varios valores más de las ciencias y las letras, además de los numerosos caudillos regionales que lo combatieron con las armas en el campo de la guerra.

El ciclo vital que se inició en una pequeña aldea perteneciente al pueblo de San Pedro de Capacho en 1858, fue a cerrarse en Puerto Rico el día viernes 5 de diciembre de, 1924. Desde entonces sus restos mortales reposan en la bella isla antillana. Y cuando examinados los hechos, practicado el balance inapelable de la historia, previa la valoración del pro y el contra de su obra de guerrero y de político, las pasiones hayan sido, serenadas, aquellas cenizas deberán volver por derecho propio, al seno de la tierra generosa que le dio la vida al inquieto caudillo.

(1) En el número 37 del Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, correspondiente a julio-agosto de 1965, corre publicada una interesante carta dirigida desde Independencia el 11 de febrero de 1901 al general Castro, por el Ilustrísimo Obispo de Mérida, Monseñor Antonio Ramón Silva, el recordado Pastor de la grey merideña, quien se hallaba entonces en visita pastoral en los pueblos del Táchira. En tal carta que revela la amistad que unía al notable Prelado con el jefe restaurador, el Obispo, al referirse al venerable progenitor del caudillo, decía a éste en forma textual: "La primera persona a quien tuve el gusto de saludar, al desmontarme en la casa cural, fue don Carmelo, su señor padre, con quien he tenido después largos ratos de conversación en las visitas que me ha hecho. Su aspecto y sus palabras me han hecho recordar a los patriarcas de la antigua ley. Anoche, al despedirse de mí, me dijo: "Tengo que hacerle una súplica, y es que ruegue por mis hijos, para que no hagan ninguna cosa que desagrade a Dios ni los ponga mal ante la sociedad".

(2) Don Celestino Castro, diferente a su hermano, fue siempre comerciante y agricultor. Ejerció la Presidencia del Táchira y actuó contra la revolución de Rangel Garbiras en 1901. Su hermano lo trataba con cierta dureza, como se ve en las cartas y telegramas que le dirigía como Presidente de la República. Falleció exilado en San José de Cúcuta el 30 de agosto de 1924, meses antes de la muerte del caudillo ocurrida en Puerto Rico. Los enemigos de la restauración, en forma despectiva, lo llamaban "el negro Celestino" y le atribuían pocas o ningunas dotes de mando y de valor.

(3) El doctor Morantes, autor de El Cabito, libro de polémica contra Castro, y la serie de panfletos en los que fustigó a los dos dictadores tachirenses, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, murió en París varios años antes que su enemigo el restaurador. Sus venerandas cenizas esperan en un cementerio de la Capital francesa su repatriación para ser depositadas en la tierra en donde vio la primera luz. A pesar de existir un acuerdo oficial dictado al respecto por el Consejo de Ministros, hasta el momento de escribir este libro, no se ha cumplido el imperativo de justicia histórica que entraña la venida a Venezuela de los restos mortales de uno de sus hijos más notables.

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