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Sobre «premios» y otras hipocresías

Rigoberto Lanz
Presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), Venezuela)

El Nacional, viernes 27 de julio de 2001
Declaraciones de Rigoberto Lanz
Victoria de Stefano,
Controversia por el Premio «Rómulo Gallegos»
Elías Pino,
¿Cuáles cosas raras?
El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

¿Qué es lo que premia un «premio»?

En apariencia, se trata de un gesto universal que se sitúa mágicamente por encima de las pasiones bajas, de los intereses mundanos, de las lógicas dominantes. El sentido común de esta época registra con la misma «normalidad»: la comida que se come, la música que se escucha, el cine que se ve, la moda que se viste, la televisión que entretiene, el museo que se visita, la literatura que se consume, la tecnología que se ensalza, el shopping center que se frecuenta, el Premio Nobel que se celebra. Todas estas imágenes funcionan plácidamente en la mentalidad estándar de miles de millones de habitantes planetarios.

Los sistemas de premios (en el campo científico o en el mundo artístico) son modalidades de afirmación de un cierto primado de valores, de creencias, de sentidos instalados en la cultura imperante. Ello no tiene nada que ver con la maquiavélica intencionalidad de esta o aquella institución, ni con los deseos de este o aquel autor premiado.

Desde la calculadísima geopolítica del Premio Nobel, hasta cualquier modesta iniciativa de algún concejo municipal, hay siempre este trasfondo: se trata de afirmar un mapa de valores éticos y estéticos que no por casualidad son los mismos que se «universalizan» en los discursos del poder. Es esa la cuestión de fondo que intenta ocultarse con los simulacros del «arte universal».

Desde luego, dada la indigencia teórica que caracteriza cierta subcultura de opinión en América Latina es casi imposible acceder a los contenidos de este debate. En su lugar, las peripecias anecdóticas de los premios ocupan la escena inevitablemente. Se discutirá entonces con gran fruición la agudísima problemática del monto de los premios, la elección de los jurados, las bases de estos premios; y así, todo un guión de banalidades que animan a los medios especializados y entretienen a los públicos interesados. El fondo del asunto permanece cuidadosamente enmascarado, los rituales de premiación se despliegan exitosamente... y todos somos felices.

Los sistemas de premios no son malos ni buenos. Ellos existen en contextos socioculturales precisos, responden a políticas públicas o privadas ubicadas claramente en situaciones históricas. Es al interior de esos contextos donde podemos evidenciar la trama que soporta a los sistemas de premios en un país determinado. La discusión de fondo es entonces poder evidenciar los patrones culturales y estéticos a los que corresponde la figura de un premio determinado. Es decir, poder discernir con propiedad qué premia la institución que adjudica una distinción a un autor en el terreno que fuera.

Como ha dicho Luis Goytisolo: «...el gran enemigo de la creación literaria como de la creación a secas... es la ignorancia». (El País, 7 de julio pasado). Es evidente que arrastramos unos índices de ignorancia catastróficos, no solo a nivel del gran público depauperado por los devastadores efectos de una macdonalización del gusto y la sensibilidad, sino en los propios medios académicos e intelectuales donde prevalece un clima de mediocridad y decadencia sencillamente patéticos. Es comprensible pues que un debate sobre los efectos perversos de los sistemas de premiación derive fácilmente hacia el mundillo de la intriga y la murmuración intrascendente. Esta experiencia ha sido vivida por muchos amigos que se han atrevido a dudar sobre los perfiles del Programa de Promoción del Investigador en Conicit o sobre los sesgos del Programa de Estímulo al Investigador en nuestras universidades, por ejemplo. En el fondo la cuestión vuelve a ser la misma: dificultad para comprender el régimen axiológico y cognitivo al que sirve la institución del premio.

Todo lo anterior no significa que la única respuesta posible sea el gesto escandaloso de Sartre despreciando el Premio Nobel. En términos individuales caben las respuestas más dispares. Allí no está el asunto. De lo que se trata es de asumir con propiedad todos los componentes de los sistemas de premiación, incluido el asunto más de fondo de los valores estéticos que están postulados como «buenos» y, por tanto, las implicaciones del régimen de valores que se excluye. Ese es el debate en el que estamos expresamente comprometidos.


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