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Después de la toma
El Nacional, miércoles 9 de mayo de 2001 ¿Quién dijo que los procesos de transformación operan sin chillidos, empujones y polvaredas? ¿Dijo usted «violencia»? De eso saben estos pueblos atormentados por siglos de violencia normalizada, de violencia aprendida, de violencia cotidiana hecha carne de todas las formas de miseria humana. Sospeche usted de esta retórica de la «violencia» en la universidad que escamotea la cuestión dramática de la verdadera violencia. Póngase usted en guardia frente a estos discursitos hipócritas que enarbolan consignas «contra la violencia» como un recurso de ocasión. Que nadie se engañe: tarde o temprano, la cuestión del cambio en la universidad se dirime en el terreno de las correlaciones de fuerza. Matices más, matices menos, la transformación universitaria pasa por las tramas de poder que son consustanciales a la organización académica, a los modelos decisionales, a las concepciones imperantes, a los intereses en escena. Candideces, no: el status quo no se suicida en primavera. La lógica dominante en todas las universidades del país no será erradicada como concesión graciosa de la «institucionalidad». Las universidades del país no están hechas y pensadas para transformarse. Al contrario, ellas están hechas y pensada para conservarse. Ingenuidades, no: el funcionariado universitario esta legión de burócratas, tan obvios como inútiles no está en condiciones de impulsar ninguna reforma. Del entramado institucional existente no puede esperarse nada, salvo el esfuerzo agónico por preservar las cuotas de privilegio y perpetuarse... como siempre. ¿Qué papel corresponde al Estado en todo esto? Basta con explicitar una voluntad de cambio que sintonice los espacios académicos con la revuelta social que está en la base de la revolución en curso. Desde el Estado debe ser enviada una clara señal de transformación. Se trata de trazar un horizonte de país para el cual se reclama una nueva universidad. Esta referencia es suficiente para desencadenar procesos de transformación que irán encontrando sus propios operadores políticos. No hay que caer en la tentación de agenciar directamente estos cambios. No tanto por el prurito de la «intervención» y fantasmas parecidos agitados desde una derecha histérica que busca algún pretexto para legitimarse, sino por la pertinencia misma que tienen estos espacios socio-políticos para definir por sí mismos sus liderazgos, sus formas de gobierno, sus perfiles institucionales (igual como ocurre, por ejemplo, con todos los espacios culturales). ¿Dónde están las fuerzas para cambiar de verdad? Hay mucha gente desparramada por todo el país que acompaña con su pensamiento y su práctica el proceso de transformación cualitativa de nuestra universidad. Esa gente está dentro y fuera del gobierno. Está en las aulas y en los organismos formales. Hay gente que milita en grupos y otra que no. Ello quiere decir que el reto más exigente del proceso que se ha desatado es poder llegarle a toda esa gente, es poder interpelar creativamente esa disposición dispersa para hacerla una voluntad contundente. Este camino no es optativo. Es la única posibilidad verdadera de derrotar la poderosa inercia del status quo. Es ésa la única vía que conduce aquí y ahora a la construcción de una fuerza ético-intelectual capaz de pensar la universidad que viene... y sobre todo, de diseñar en la práctica un modelo de gestión del conocimiento que nos coloque de verdad en el centro de una nueva experiencia académica. El expediente de las «tomas» tiene un límite. El asambleísmo se agota muy rápido. La discusión de cafetines y pasillos no acumula nada. El debate en los organismos existentes es casi inútil. ¿Entonces? Hay que atreverse a inventar modalidades inéditas de participación. Es preciso expandir los colectivos de discusión bajo modalidades más imaginativas e innovadoras. En todos los casos, bajo la premisa de incorporar horizontalmente a una comunidad silenciada por el peso de la burocratización, por la inmovilización de la crítica, por el escepticismo y la apatía. Hablo solo del camino para encontrarnos. Está por verse todavía si somos capaces de construir colectivamente los contenidos sustantivos de un nuevo proyecto de universidad. Desde luego, hay buenas razones para ser optimistas.
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