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2.000.000.000.000

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 19 de febrero de 1995

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

La navaja de Hanlon: No atribuyas a malicia lo que se explica adecuadamente por la estupidez.

¿Qué se hace con Bs 180.000.000.000? Hace varias décadas Julio Camba, el gallego genial, decía algo que los economistas deberían meditar, a ver si se despejan tantas ideas candorosas sobre la riqueza de las naciones: un opulento puede comprarse 200 reses diarias, 200 cajas de champaña al día, pero no puede consumirlas, como lo demostraron los miles de pares de zapatos que Imelda Marcos tenía sin estrenar.

¿Qué hace entonces? Funda una universidad, financia hospitales. Es decir, se convierte en jefe de estado. Como Stalin. Así hablaba Camba.

Bs 180.000.000.000 fue lo que Venezuela le dio al Banco Progreso para «reflotarlo» y que su dueño, el empresario venezolano Orlando Castro, habría desviado completico hacia no sé dónde, luego de entregar un paquete chileno como garantía. En total esos banqueros se habrían apandado 2.000.000.000.000. Un país que se deja coger eso, se deja coger cualquier cosa. Con razón nadie nos respeta. Con razón ponemos banderitas para consolarnos mientras hacemos reír al planeta. ¿Qué hace uno ante tal enormidad? ¿Se arranca los pelos? ¿Grita por un balcón? ¿Incendia? ¿Escribe artículos como este? Porque lo peor no es el dinero, sino que esa acción, simbólicamente, es una coz a toda diligencia, a todo valor, a toda modestia creadora y cada vez que intervienen un banco expoliado son miles de delincuentes nuevos que salen a matarnos.

Tenían unos bancos prósperos, tanto que les dieron dos billones sin impuestos y sin deudas. ¿Pero será que no les contaron el cuento de la gallina de los huevos de oro cuando estaban chiquitos? Porque claramente ese dinero solo, sin poder, no sirve para nada, como descubrió tardíamente el Rey Midas.

Como los economistas no aciertan a explicar el fenómeno, lo analizaré en otros términos.

Igual que tantos dirigentes nacionales, no tienen una visión global de nada, sino que viven en un resuelve cotidiano, sin memoria y sin perspectiva. Porque, ¡vamos!, tenía que haber un economista, por pirata que fuese, que les advirtiera que un día el Estado no iba a dar más, por mucho que les quitara los subsidios a los pobres para dárselos neoliberalmente a los ricos. Ese día las consecuencias serían impredecibles. Tenían que saberlo. Su oficio es saber esas cosas. Entre esas consecuencias está que los banqueros tradicionales, ligados al nuevo gobierno, iban a aprovechar para fagocitarles las trampajaulas. Por ejemplo. Y se quedaron en Miami. Con un realero, pero sin poder, que es como no tener nada, porque allá no pueden hacer los frangollos que hicieron aquí: allá son dueños de su plata, no del país, allá hay cosa pública, pues se trata de una república, no de una satrapía oriental como Venezuela. Serán como mucho unos hombres con real, como hay tantos allá; no dueños de un país. Y tendrán que hacer negocio con otros truhanes, porque la gente «de orden» no se sentará en la misma mesa con zafios así.

Tiraron una parada y el primero en pestañear perdió. Consuélense con que los dejaron huir. Ese era el pacto, tácito o no, total son hasta parientes de los que están mandando. Pero la banca es así y ellos tenían que saberlo desde un principio.


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