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Sección: Bitblioteca
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250 Domingo 23 de agosto de 1998
El nombre de Prometeo significa el que lo piensa primero; el de su hermano Epimeteo quiere decir el que lo piensa después. Fue Epimeteo el que repartió a la loca las dotes naturales entre los seres vivientes. A los humanos no les tocaron garras ni colmillos ni pieles protectoras. Esa negligencia trivial desató la tragedia: Prometeo robó el fuego a los dioses, es decir, la inteligencia y la cultura, para suplir esas carencias. Los dioses lo condenaron a treinta mil años atado a una roca donde un águila le devoraba el hígado todos los días. A la mañana siguiente tenía uno nuevo. Muchas tragedias comienzan por imprevisiones así. La vida real incluida. Sería bueno pensar en ello antes de emprender una Constituyente. El sitio Web de Hugo Chávez Frías, hoy desaparecido, nos cuenta qué es una constituyente según él, pero no cómo la piensa elegir. En las computadoras hay una cosa que llaman sistema operativo, las instrucciones básicas que permiten que el ordenador funcione. Una experiencia aciaga se produce cuando se daña ese sistema, porque la máquina no arranca. Hay que hacerlo desde otro disco que contenga un sistema de emergencia para reponer el dañado. Análogamente, la Constitución es el conjunto de instrucciones básicas de un país. Cuando se daña hay que 1) hacerla cumplir mediante los medios «que ella misma dispone», ó 2) sustituirla cuando esos mecanismos no bastan. Mediante un acto cívico, como cuando destituyeron a Carlos Andrés Pérez, por las buenas. Pero si eso es imposible solo quedan las malas. Vale la pena desmantelar el tinglado de sordiceces en que los políticos tradicionales en complicidad con empresarios aviesos han convertido la democracia. La oferta tienta. Se viene planteando desde hace años. Inútilmente. Su viabilidad requirió dos golpes de estado y varias revueltas. Pero ahora se nos plantean al menos dos problemas: 1) nombrar una Constituyente que no permita invocar el artículo 250, es decir, 2) que sea representativa de la voluntad nacional y no un nuevo tinglado nombrado «a dedo», con las tentaciones del poder absoluto, que, como decía Lord Acton, «corrompe absolutamente». ¿Por qué no conversamos serenamente sobre todo eso, digo, cuando todavía estamos a tiempo de «pensarlo antes» y evitar saltos en el vacío?
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