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Tú también eres adeco

El Nacional, domingo 16 de mayo de 1989
Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Imagino la escena que se desarrollará en una de esas ciudades del futuro. La escena de un niño venezolano [...] que gangoneará, con esa voz vacilante de los niños cuando aprenden su lección, un párrafo del manual de historia de Venezuela: «El 13 de setiembre de 1941 es una fecha gloriosa en los anales de Venezuela, porque ese día comenzó a actuar públicamente el Partido Acción Democrática [clamorosa ovación]. Porque en ese día comenzó a actuar públicamente el Partido que inició la segunda independencia nacional y contribuyó, decisivamente, al avance, prosperidad y dignificación de la República [prolongados aplausos. Continúan los aplausos].

ADUno debería detenerse a considerar que quizás no todos los niños venezolanos de hoy podrían decir tales cosas, entre otras razones porque algo así como la mitad de ellos aún no tienen escuelas y porque si actualmente importamos la mitad de lo que comemos, estamos muy lejos de la segunda independencia.

Pero hay dos razones que los liberan de la enumeración de promesas frustradas: las peores cosas que se pueden decir de Acción Democrática las han agotado ya los mismos adecos a través de sus sucesivos traumas políticos, desde la crisis del MIR hasta la derrota electoral de CAP-Piñerúa. Nadie ha sido más implacable con AD que sus propios militantes.

Por eso tampoco vamos a enumerar sus elementos positivos, que si son excelentes opositores, que si el voto de la mujer, que si el sistema democrático que, desde Copei hasta la izquierda, todos han terminado por asimilar. Detenernos en una enumeración oportunista de aciertos nos impediría lo mismo que nos impide la enumeración simple de agravios: la comprensión del fenómeno político que se consolida en AD. Levantar dos inventarios complementarios de aciertos y fallas nos condena a la trivialidad analítica que ha venido ocultando cómo es que con signos estratégicos del estilo «madre, esta noche se nos muere un año», el típico bofló de Tucupita, Doña Bárbara, Venezuela, política y petróleo y «contra el miedo, vota blanco», se pudo configurar ese campo de maniobras que ha servido de eje referencial para cualquier acción política en el País.

Gabriel García Márquez dijo una vez que la diferencia entre Colombia y Venezuela era que allá los liberales perdieron las guerras, mientras que aquí las ganaron todas. Desde la Cosiata hasta AD han ido sumándose al aparato dominante sucesivas oleadas de segundones. Páez, aquel adeco antediluviano, llevó al mando a un conjunto abigarrado de guerreros que terminaron por confundirse con la vieja oligarquía colonial, a su vez formada por segundones de aquella España conquistadora que, según Andrés Eloy Blanco, no sólo les reservaba «la Iglesia, el mar, la muerte». Porque así hemos ido formándonos, de segundón en segundón, hasta armar este mundo colonial acomplejado, que se fatiga construyendo rascacielos en el vano intento de no sentirse más chiquito que Nueva York. Porque después de todo la diferencia que hay entre los herederos de los segundones de la Colonia y los adecos «recién vestidos» es que aquellos son más veteranos que estos. Lo que confirma la arbitrariedad de los chistes oligárquicos que se burlaban de la palurdez de Paéz, idénticos a los que se le hacían a CAP, durante su primer gobierno.

AD, entre otras cosas, permite desatar ese resentimiento de coleados en la Historia en que seguimos entrampados desde el Tercer Viaje de Colón para acá. Resentimiento trágico que genera el estilo literario de Rómulo Betancourt, la indumentaria de CAP y los llaneros de cubrecama al hombro, liqui-liqui y botas de bombero que cantan pasajes rutinarios por radio y TV.

Mientras no se viole ese desahogo el partido puede trasgredir con calma sus propias declaraciones. CAP ofrecía pleno empleo como Betancourt prometía segunda independencia, la misma ficción acariciable, el mismo qué-bonito-sería que nos permite alimentar utopías más o menos políticas, más o menos sociales, más o menos retóricas. Porque el desgaste de la Tierra Prometida está salvado por la automatización del sistema democrático: la gente sabe que puede votar por Copei para castigar a AD. Partido regulador, Copei ha permitido estructurar la neurosis electoral, convirtiéndose en el coco cibernético de AD, Némesis antiadeca mucho menos peligrosa que el golpe de 1948, porque para AD es un jueguito hasta divertido hacer oposición al fastidio de Copei en el Gobierno. Jueguito en que, por ejemplo, Jaime Lusinchi se permitió una vez declarar por televisión: «Este es un gobiernito que da lástima, por eso no podemos empujarlo mucho, porque se nos cae», para después hacer un gobiernito peor.

El resultado no ha sido principalmente la modernización del País, como se ha dicho. Esta modernización la ha venido haciendo y/o forzando nuestro capitalismo dependiente desde Juan Vicente Gómez hasta el BND. AD no ha hecho sino administrar la política de concreto armado que heredó de Pérez Jiménez hasta hacerla culminar en los planes faraónicos del primer CAP. AD no hizo sino colocarse en la cresta de la ola en donde reinaba la tarjeta de crédito, el restaurant criollo de lujo que simula pobreza rural, las compras de buques fantasmas, en medio del espectro ideológico más dislocado, el mismo que llevó a tanto adeco a llamar a sus hijos Natacha y Vladimir, cuando se corrían por la URSS, hasta diseñar aquel modelo de agudeza que es aquel lema de «Venezolano siempre, comunista nunca».

Los enfrentamientos de hoy no tienen nada que ver con aquellos entusiasmos de «abajo los zapatos, arriba las alpargatas». Las luchas internas, por ejemplo, son una rivalidad ajedrecista, trámite sin adrenalina, sin ansiedad histórica, porque AD logró al fin estabilizarse como eje de la política nacional.


José Ignacio Cabrujas, Encofrado
Acción Democrática en La BitBlioteca

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