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Otro que adivinó

Roberto Hernández Montoya

Caracas, domingo 18 de junio de 1995

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

También hay que entender a los políticos. Pongámonos en su pellejo: eres un político que necesita acceder a ciertas posiciones, pongamos que para bien: para enfrentar la crisis hospitalaria o hacer justicia. Lo que sea. Necesitas recursos para, por ejemplo, darte a conocer: carteles, folletos, volantes, vallas, prensa, radio, televisión, giras, asambleas con vecinos, futuros votantes, sindicatos, gremios, empresarios, científicos. ¿Cómo haces?

En países totalitarios es simple: como un cargo en el partido es lo mismo que un cargo en el Estado, los recursos están en él: transporte, medios de comunicación, hoteles.

¿Pero cómo haces donde los partidos son formalmente distintos al Estado? Los recursos están en unas influencias para que salga una licitación, y entonces mágicamente aparece plata en una cuenta, alguien te presta una avioneta, otro te paga un aviso, más allá te dan una sede, un Mercedes Benz con chofer, unos pasajes hasta en primera clase, una secretaria, otra secretaria, un asistente, un fax, otro secretario, una red de computadoras con impresora láser, una chica impaciente de complacer tus caprichos más aviesos y todo, un teléfono celular, Internet, una fortuna. Favores que con favores pagas. Tu partido termina no diferenciándose del Estado. Pero no hay otro modo.

Es más: ¿cómo hace el partido mismo? ¿Cómo paga personal, locales, boletines de prensa, comunicaciones, campañas?

Comienza la puja para ver quién tiene más poder para disimular o aplacar las denuncias de los demás partidos que, por cierto, andan en lo mismo.

Porque aquí está el problema: no hay otro medio para obtener esos recursos que el Estado y sus intermediaciones. Es un conflicto de intereses que termina por desvirtuar los objetivos que te trazaste al principio, ¿te acuerdas?, porque esos recursos se obtienen mediante la manipulación de la intermediación entre unos ciudadanos y otros, porque el que parte y comparte no se lleva la peor parte y nadie sabe cuándo el peje bebe agua —probablemente ni siquiera el propio peje. Son lugares comunes porque son verdad. Esa intermediación, que es el dispositivo mismo del poder, desde el Hombre de Neanderthal hasta el argentino que le botaron a Hugo Chávez, porque crea ventajas y placeres que para el político, que respira con el poder, puede y suele terminar volviéndose un fin en sí mismo. Hay excepciones: salen en las enciclopedias, pero ha de ser una embriaguez tener un corro de adulantes, éxito en el amor (Kissinger: «El único afrodisíaco es el poder»), tratar con poderosos, viajar, determinar la vida de la multitud. Y ahí se van los sueños de abril. Como dijo aquel general de la Revolución Mexicana: «La Revolución degeneró en gobierno». O «ningún general aguanta un cañonazo de 50.000 pesos».

Algún filósofo competente debiera buscarnos un camino para salir de este atolladero de la humanidad (porque pasa en todas partes). Los del siglo XVIII francés nos dieron los tres poderes y las cosas mejoraron. No en Venezuela, por cierto, donde seguimos en una satrapía oriental, pero sí dieron a la multitud humana una perspectiva mejor para la toma de decisiones, una luz para el futuro —hasta en Venezuela. Pero no fue suficiente. Ahí tenemos el desgaste de los gobiernos sucesivos en Europa, cómo se van desnutriendo para que, neuróticamente, se elijan nuevos equipos que terminan demacrándose en cosa de meses. Y así. Para no hablar, porque fastidia, de las cosas que estamos viendo por aquí cerca.


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