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Monólogo interior de un devoto del Opus Dei de la madrugada del 14 de abril de 2002

La agenda oculta

Roberto Hernández Montoya

Abril de 2003


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

El debate político en Venezuela

Me ve mi papá aquí preso en Miraflores y me come. Con razón. Yo no sé cómo fue, yo no quería. Primero quién me mandó a venir para acá si nadie me estaba llamando. Esa gente no llamó a nadie. Había que tumbar al macaco de Hugo Chávez, eso sí, pero tampoco en plan de héroe. Segundo cómo fue que no encontré la bendita Prevención 3.

La vaina era otra cuando Carlos Andrés porque los guardias te ayudaban. Ahora me miraban de lado los malditos chavistas esos. No es cónsono con La Obra llamarlos malditos, pero se me sale por el miedo. Me agarraron cuando regresé por la maldita agenda electrónica. ¿La traje? Sí la traje, me acuerdo porque ahí fue donde anoté lo de Las Cristinas y el maldito contrato de los radares de Mendoza. Tengo que trabajar esta maldecidera con el padre Altimari.

Y no tanto lo que tengo en la agenda esa sino lo que no me acuerdo que está ahí. Esos monos no van a saber encontrar las cosas. Pero ¿y si las encuentran? Hay mucho experto cubano.

¿Estará allí la importación de la rotativa para La Obra? Se me hubiera dado ese negocito al menos y pago la franquicia. Lo peor es que salpica a La Obra. Y no sale el periódico, para que no nos madruguen los jesuitas.

Pero, ¡Dios mío!, ¿qué más hay en esa agenda? Ese montón de direcciones y teléfonos, sobre todo el de Ovidio Poggioli. El plano con las posiciones de los francotiradores. ¡Menos mal que los soltamos ayer! Espero que ya estén fuera del país.

¡Coño! ¡El número de la placa del carro de Baduel! Ahora sí me enzanjoné. Bueno, estaba solo el número. De repente no deducen que es una placa. Pero ¿y si deducen? Ahí está el paquete. Que de repente deducen.

¿Por qué tanto pánico? Teníamos que resistir en palacio, pero no me hicieron caso. Así no se conserva el poder. Solo porque allá afuera se amontonaron unos macacos y todo el mundo a correr. La Patricia se parecía a Florence Griffith-Joyner, la corredora negra aquella que se murió, que estaba buenísima. Botando piedra porque le dieron la OCI a Fernán Frías después de que se la ofreció Pedro Carmona. Qué papelón. Pero no, prefirieron correr.

La cosa es que yo también tengo miedo. Por ahí anda Freddy Bernal armado hasta los dientes. Nos llevan al patio y nos fusilan mientras los monos dan vivas a Chávez. A la cubana. El teniente hablaba como Fausto Masó, ¿o será que estoy paranoico? Si hubiera un cura para confesarme. Nicolás Maduro estaba más conciliador. De repente no nos fusilan. La vaina es cuando regrese Chávez. Me consuela que al que van a fusilar primero es a Daniel Romero, al que el guardia falto de respeto le dijo cuando lo arrestó:

—¿Entonces, «Considerando»?

Y Daniel se orinó, y no metafóricamente. Yo mismo lo vi.

—¿Esto es suyo, maestro?

—Sí, es mi agenda...

—Tome. Ya pueden salir con seguridad, la gente ya se fue.

¡Qué humillante! Preferible que me fusilaran. Pero al menos aquí está la agenda. Tendré que trabajar el pecado de ira con el padre Altimari.


José Gregorio Vásquez [ministro de la Secretaría de Pedro Carmona Estanga], Mi paso por un Gobierno breve [jueves 23 de mayo de 2002]

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