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Caracas, ahí está...

Roberto Hernández Montoya

Domingo 17 de diciembre de 1995
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Caracas según RHM
Juan Antonio Pérez Bonalde, Vuelta a la Patria

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Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Hay dos visiones de Caracas radicalmente divergentes: la de los caraqueños y la de los demás. Para los primeros es el peor de los mundos posibles: violenta, sucia, caótica, desgreñada, insoportable. Para los demás es ciudad de humanidad sutil, cuerpos inteligentes, bellos rincones y espléndidos edificios. Ocurre asimismo con los caraqueños que viven largo tiempo fuera: la redescubren bella y querible. Extraño caso este de una ciudad insoportable de donde nadie se quiere ir. Es raro encontrar quien emigre de ella como de Beirut o de Sarajevo.

Una ciudad, decía Claude Lévi-Strauss, es hechura de millardos de decisiones microscópicas y enormes que se acumulan durante siglos: alguien pinta una fachada de verde selva, otro siembra un jabillo, quien hace una bella catedral, aquel derriba una casona hermosa para poner una cauchera. Aquí cerca de donde vivo demolieron una de las dos únicas casas particulares que diseñó Carlos Raúl Villanueva. En su lugar emplazaron una venta de autobuses, ruin, olvidable.

Caracas, cumplo con el grato deber de paticipártelo, es bellísima. Nos lo ratificó en estos días el arquitecto William Niño en una interminable, rara y lúcida mañana que debemos a los Espacios Unión. Se celebró allí un encuentro, alrededor de una reveladora exposición de las imágenes de Venezuela, en que algún dios benévolo quiso que público y panelistas fuéramos lúcidos para que disertáramos sobre nuestros signos primordiales. Pasa en veces atesorables. Allí Niño declaró la belleza de Caracas, criando cada palabra y cada fotografía para descubrirnos esos lugares hermosos que habitualmente no miramos de puro desafecto. El Aula Magna, dice Niño, es nuestra Capilla Sixtina. No exagera: en pocos lugares del mundo tanto concuerda con tanto: la función no diverge de la belleza. Funciona porque es bella, es bella porque funciona. Fue la luminosa ofrenda de Villanueva a este pequeño género humano que la puebla: el público más inteligente del país.

No ha sido solo Villanueva: la Escuela Arquitectónica de Caracas es lúcida, es cordial, es delirante, es poética, y es también, en menor medida, monstruosa y escandalosa. Pero el problema es que nuestros ojos no se reposan en el arte, ese «sereno reino de las apariencias amistosas» (Hegel), sino en los parajes hechos con odio. Por eso permitimos una venta de autobuses en el lugar de un tesoro. Porque nunca miramos el tesoro, como tampoco catamos la avenida Los Jabillos, las casas de El Paraíso, el Edificio Polar, el Congreso y sus alrededores, el Parque Sans-Souci, la Plaza de Las Tres Gracias, las estaciones del Metro, el Centro de Arte La Estancia, uno de los lugares más bellos del mundo. Nos detenemos, sí, en el tumulto deleznable y en los monumentos del abandono. Ante cien patios de La Pastora nuestra contemplación se asienta convulsa en un solo Terminal del Nuevo Circo. Y dejamos que Atila nos aplaste los patios pastoreños y a nosotros mismos junto con ellos, dentro de ellos. Porque nunca los apreciamos, porque solo cultivamos la contemplación del gigantesco espantajo Doral Caracas que sustituyó al Teatro Caracas.

De puro desafecto por nosotros mismos hemos envilecido nuestros ojos: ya no saben ver lo hermoso, solo saben filtrar nuestro mal, proyectando en él nuestros malestares colectivos, como si solo fuésemos capaces de mal. Es mentira: también construimos la Cota Mil y luego abandonamos su embriaguez, generosos, a la mirada extranjera.

Caracas, allí está, dijo el poeta, vamos a verla.


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