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Antología en blanco mayor Revista Imagen
Jesús Torres Rivero (ensayo introductorio, presentación, selección y notas), Antológica. Andrés Eloy Blanco, Caracas: Ipasme, 1996. Domingo Miliani, Andrés Eloy Blanco en su tiempo y en su sitio, Caracas: ?, 1996. La única antología buena es la que yo hago. Y la que hago hoy porque, andados días suficientes, siendo otra mi gramática literaria, ya la selección no tiene la misma textura. Hay también las espontáneas, como los grandes poemas, palabras elegidas que se instalan en la tribu como contraseñas de razones cardinales, de los paradigmas más poblados. «Cualquier tiempo pasado fue mejor», «Me moriré en París...», «Make me immortal with a kiss». Están en la memoria de todos, para sentar bases y revalidarlo todo. Es una antología móvil, que varía de intimidad en intimidad y de mes en mes, pero conserva algunos ejes referenciales más o menos permanentes. «Per me si va tra la perduta gente», «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va». Son voces que se instalan para siempre o así nos luce. Otra antología es la del tiempo, que se ejecutó en las bibliotecas anteriores a Gutenberg, a medida que se fueron perdiendo textos que no se juzgaron perpetuables. El bibliotecario fue recaudando, curando, reproduciendo lo que juzgó memorable en épocas en que ese homenaje era tan arduo que en los monasterios implicaba castidad. A pesar de ese cariño se perdieron libros que solo conocemos por fragmentos citados en otras obras. De ese modo medieval algunos libros de Andrés Eloy se perdieron en esa academia dolorosa que es la cárcel política. Algunos carceleros también son antologistas. Otra es la del propio autor. Sea explícita o implícita. Aparte de Poda, explícita, tenemos una, implícita: los poemas que Andrés Eloy grabó con su propia voz, magnífica, que pronunciaba las zetas a la española. Algunos en estudio, profesionalmente, otros en casa, y en la factura doméstica de la cinta se conjeturan voces infantiles y lejanas que tal vez sean las de sus hijos entonces infinitos. Están allí sus poemas más populares o quizá lo son porque los grabó: A un año de tu luz, Las uvas del tiempo, Palabreo de la recluta, Palabreo de la alegría perdida, Palabreo de la loca Luz Caraballo, Noticia, A Florinda en invierno, El dulce mal, Coplas del amor viajero, Píntame angelitos negros, La vaca blanca, La hilandera, El limonero del Señor, La renuncia, Canto a los hijos, Pesadilla con tambor, acaso el más memorable de los que viven en voz magnetofónica. Es curiosa esta selección que Andrés Eloy estimó digna de los tiempos audiovisuales en expansión. Tal vez fue empresa comercial, tal vez grabó lo que más pedían los públicos que lo escucharon en vivo o que decían algunas de esas coplas clandestinamente durante la dictadura gomecista. Algún bachiller en ciernes de trabajo de grado en literaturas debiera medir con este caso las destrezas aprendidas en el pupitre. Mientras un autor esté vivo en las mentes colectivas, ninguna antología de su obra es definitiva ni satisfactoria, por eso no juzgaré estas dos que hoy me sirven de pretexto a este ejercicio: obviamente no satisfarán del todo a todos, lo que no las descalifica porque toda antología es una foto movida y movediza. Es también una confesión. Por eso sugeriré la mía, no porque me juzgo apto, pues no soy especialista en esa poesía ni en ninguna. Haré como lector cualquiera, que se hace sus antologías a medida que hojea. Cada vez que releemos un poemario ensayamos una antología, y cuando lo leemos por primera vez improvisamos alguna al final, regresando las hojas para fijar la pesca o haciendo marquitas en el índice. Pretenderé mi propia antología desde un ángulo que no ha sido emprendido porque es tan incómodo como el propio poeta. Pero nunca he sido cómodo y espero no serlo mientras viva. Me ha causado problemas, pero ninguno tan grave como estar muerto mientras me circula la sangre, no quiero ser el hombre honrado que canta Andrés Eloy. Espero, como dijo otro poeta, que la muerte me sorprenda viviendo y en eso quisiera parecerme a Andrés Eloy: «De las virtudes útiles, me hace falta una, y mucha, la hipocresía» (prólogo de Poda). Con esa idea recusaba las modas literarias de rigueur en su tiempo. La antología es un género desprendido que todos practicamos, lectores sistemáticos y amorosos que vamos depurando al poeta para que no nos estorben los versos que no nos sedujeron. O tal vez nos duelan algunas supresiones o simplemente festejamos solo los que creemos grandes momentos y entonces nuestra antología deviene festival personal, depuración, recuento, recapitulación, balance, conclusión, patrística, confesión, conciencia definitiva de las palabras. Podemos tal vez sí juzgar los criterios de la selección, el «detector de paja» (crap detector) que Hemingway prescribía para ser escritor. No siempre son explícitos, ni cumplen lo ofrecido, ni son obvios. Ensayaré los míos para escoger poemas poco frecuentados, que desempolvo para una antología mínima y personal. Andrés Eloy ha sido víctima de su militancia política en Acción Democrática, que suele confundir los juicios sobre su obra. Lo dice Pedro Sotillo en su prólogo de Giraluna:
Por un lado la visión populista de su poesía, de la que, por cierto, no era inocente de allí la significación de su propia antología disquera. Ese enfoque ha convertido su verso en portavoz no siempre involuntario del feeling socialdemócrata en su fase rústica. Feeling hoy incómodo, por cierto, pues su partido, en fase socialdemócrata opulenta, ya no reivindica a Andrés Eloy, a Gallegos, a Pinto Salinas. Así es de esquizofrénica la socialdemocracia. Y los intelectuales exquisitos, esos elementos de ademán blando y proceder por igual intolerante y acomodaticio, altivo y pusilánime, lo execran sin mayor aviso, aunque muchos, mire usted, militen en el partido ese. A mayor popularidad implican menor calidad literaria. Difícil hallarlos más idiotas. En mi antología sugiero otros temas, modo de infidelidad a su matriz reivindicatoria social, que se me antoja ansiedad de inmolación, esa que subyace en actitudes de vida y muerte como las del Che Guevara, admirable en su mejor momento y chantajista en el peor, el más frecuente entre muchos que se llaman sus seguidores. Está en estos versos de Jacinto Fombona Pachano, que Andrés Eloy glosa y lamenta no haber escrito («esa estrofa debí escribirla yo mismo», Poda):
En Andrés Eloy fue padecimiento elegido bajo la saña gomecista, ordenadora en su mejor momento y monstruosa en el peor, como cuando un carcelero, un tal García, le hizo creer, por sadismo impecable, que Cumaná había sido devastada por un terremoto y el poeta compuso una elegía sin objeto. Extraña venganza pensar que le debemos esos versos de llorar por nada. La crueldad puede ser admirable. Su cárcel fue el martirologio inexcusable que la historia impone cuando la dignidad solo puede vivir del holocausto de sí mismo. En ese contexto la palabra es planto, versión estética del drama colectivo, necesaria para que no olvidemos que la entereza también existe. No es mala recordación para estos tiempos posmodernos y aburridísimos en que la dignidad no está à la mode. A continuación, pues, mi pequeña lista. De Barco de piedra (1934): Cometa. De Baedeker 2000 (1938): Las palabras de harina. De Giraluna (1955): Silencio. Aunque mi antología quiere ser solo de poesía, la arbitrariedad del gusto me instiga a incluir las siguientes prosas: De El árbol de la noche alegre (1950): La alegría de Mamporal. De Reloj de piedra: Tolomeo en autobús. No es mucho, pero no porque no merezca más y hay poetas de pocas y enormes palabras, sino porque quise dejar sola cierta delgadez íntima de su poesía, la que no ven ni los populistas ni los falsos aristócratas de la palabra, para vocear que no era solo panfleto de esquina ni plañido radial y cursi de Año Nuevo, sino que entre sus varios bordes había uno de gran poeta.
Ver una antología de poemas de Andrés Eloy Blanco en También: |
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