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Arrogancia de destrucción masiva

Roberto Hernández Montoya

Últimas Noticias, sábado 15 de enero de 2005
El debate cultural en La BitBlioteca

Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)

Roberto
El autor el lunes 27 de setiembre de 2004 en el
Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber,
Caracas, Venezuela (foto
Juan Vicente Gómez Gómez).

Fanático es quien redobla los esfuerzos cuando ha olvidado los fines.

George Santayana

La Casa Blanca confirmó definitivamente el informe oficial de octubre sobre las armas de destrucción masiva en Iraq: no solo no existen sino que nunca existieron.

Cuando uno se equivoca, y es honesto, presenta disculpas, intenta reparar el daño y le da vergüenza.

Si la falta causa muertes, la vergüenza debe ser espeluznante. Pongamos un caso, no sé, al azar: un dirigente de izquierda arrastra a unos muchachos a la guerrilla y a la muerte y luego dice que se equivocó. Peor: declara una cosa y su contraria con idéntica arrogancia. Le sugiero postrarse abochornado ante cada familia doliente. Si lo perdonan, supongo, seguirá su camino hasta un pueblo lejano y ahí morirá.

Porque una cosa es que uno cause un leve estropicio, bañe de café a alguien, cometa un tenue error de gramática, como los académicos que protestaron porque la Universidad Complutense concedió una distinción a Hugo Chávez (no diré el feble yerro; eso lo firmaron varios gramáticos mayores de edad). Uno dice: «Perdón, creí que era Margot». Y listo. Si el agraviado es indulgente, no exigirá más.

Ya sugerí qué hacer si hay muertas y muertos: pública contrición, entregarse a los dolientes, en fin. Eso sería lo honesto, pienso.

Pero también es posible ejercer mayor arrogancia aún: «Hoy sirvo a los proimperialistas cuya muerte instigué en el pasado y ¿qué fue? ¿Qué me estás mirando, bolsa? ¿Será que no te gustó?», etc.

Otros sitian, bombardean y arruinan un país durante una década; lo invaden, torturan a su gente de modos abominables, dejando en ridículo al Marqués de Sade; profanan sus valores, condenan a la miseria a millones, etc. ¿Qué hacen los invasores?

Proclaman que esa guerra se justifica aunque sean falsas las justificaciones que se invocaron para justificarla. ¿Entendiste?

Hay poderes que se equivocan, lo reconocen y hasta piden perdón en público. Se me ocurren ejemplos, pocos pero bien conocidos. No es normal, pero no desairaré tu inteligencia recordándotelos. Los soberbios, en cambio, ponen la torta, empujan el país y a su gente hacia la debacle política, económica, militar y emocional y entonces su arrogancia estalla hasta confundirse con la locura.

Los conoces, ¿verdad?


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