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El bravísimo pueblo

Roberto Hernández Montoya

Domingo 14 de agosto de 1997

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

El jueves 14 participé en el programa Ni lo uno ni lo otro por Radio Capital, dedicado al «mal humor». Sabía del nivel de ardezón general, pero nunca pensé que fuese tan intenso ni tan intransitable. La gente no solo anda enconada sino que se arrebata aun más cuando le hablan del Metro de Caracas o del Museo del Niño o de las orquestas juveniles. Nada como una buena noticia para conducir los ánimos al borde de la riña de taberna.

Cierto que es una muestra autoescogida, porque la gente contenta no suele llamar a la radio para impetrar al destino. Pero de todos modos... Salvo uno que otro guasón mordaz, todos los que llamaron andaban de un humor feroz.

Admito que la situación nacional no es como para salir a pegar brincos tañendo una cítara. Ni siquiera los gobernantes andan contentos, a juzgar por el humor de Teodoro, y eso que por fin está en el poder después de tantas contorsiones. No creo que los iracundos carezcan de motivaciones que justifiquen su talante, pero, vamos, la cosa no es para tanto. Una vez un embajador inglés declaró que él siempre recomendaba a los financistas de su imperio que invirtieran en Venezuela. Cuando el periodista le preguntó si no le preocupaban los problemas de Venezuela, el diplomático replicó: «¿Y en qué país no hay problemas?»

Es un paradigma, es decir, el horizonte de lo concebible, que no deja ver luz más allá de esa Ultima Thyle de la sombra. Ese mal humor es pariente del que nos machaca dentro de nuestros lóbulos mentiras como que hablamos el peor español del mundo, nuestros poetas son los más ramplones, nuestros músicos los más desafinados y nuestros científicos los más chambones. Se cuenta entonces el chiste del infierno alemán y el infierno venezolano: cuando hay gas no funciona el lanzallamas, cuando este anda no hay gas y cuando están los dos no viene el diablo encargado de usarlos. Se nos olvida que el infierno alemán fueron los eficientísimos campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial.

Es que por otras partes muchos problemas son peores que aquí: guerrillas gangsteriles, bombas en jardines de infancia, guerras civiles infinitas. Anda a hacer un mandado en Beirut, métete en un centro comercial en Israel, ponte a decir en Bagdad que no te gusta el bigote de Huseín, tropiézate con un mafioso ruso. Hay sectas que creen en verdades supremas, transitan senderos luminosos o las vienen a buscar naves estacionadas cabe un cometa. Aquí lo más parecido a creencias así es un astrólogo cuyos augurios mortales gozan de excelente salud. Cierto que mal de muchos, etc., pero los venezolanos juzgan simplonamente a su país como el peor del planeta, desde la caída de Troya hasta la derrota del Caracas, pasando por el saqueo de Roma y el Lado Oscuro de La Fuerza. Ni un bombillo fluorescente nos alumbra. Por eso es simplón, porque la realidad es siempre compleja. El simplismo lo pone la humanidad.

Tal vez la tengo en la punta de la nariz y no la veo, pero alguna explicación debe haber. Por ahora voy a comerme un dulce y a contemplar esa nube que retoza por el Ávila, mírala, a ver si en una de esas dilucido la cosa o aunque sea me acuerdo de cómo fue que murió Arrechito.


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