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Este país sí está bueno Domingo 22 de noviembre de 1981
Vistas bien las cosas, en fin, no nos queda más remedio que encaminar nuestros quehaceres analíticos hacia un universo que nos garantiza mucha menos trivialidad que la cosa pública, esa que se desarrolla entre escándalos, duchas, «pepazos» el mitin de «Pepi» Montes de Oca y a consignas tan agudas y penetrantes como «vente con Jaime». Dedicar el tiempo al análisis de temas tan enaltecidos sería, como se ve, mucho más intrascendente que investigar, por ejemplo, cómo se constituye la panoplia, el arsenal, de la reina de belleza. Sin embargo, introducir cualquier dosis de racionalidad en ese reino de milenarias obsesiones, equivale a exponer a la razón a una inevitable imagen perversa y demencial. Ello es así porque estos asuntos se tramitan habitual y necesariamente a través de la irracionalidad en donde tienen su foco y su razón de ser. La explicación racional de la media de nylon y el corsé lucirá siempre insidiosa porque se propone nada menos que delatar cómo se construye la inocencia sobre la base de la picardía (ver Morfología del deseo). El primer teórico que a nuestro conocer trató de la reina de belleza fue Platón. De la siguiente manera: la contemplación de la belleza debe trascurrir por la represión de la oscuridad del cuerpo. Como se sabe, la reina de belleza es tan inmóvil como una diosa platónica, solo igual a sí misma porque no se parece a nadie, pues es la imagen terrenal de la perfección virtual. Por eso la reina de belleza no puede ser amada por individuo alguno: ella se ofrece a la mirada colectiva como un trofeo imposible porque nadie puede ganarlo. Una vez amada por un individuo, una vez casada, ya deja de ser una reina de belleza, ya deja de figurar como obsesión unánime, para viajar hasta nosotros y convertirse en un ciudadano contingente (Roberto Hernández Montoya, La enseñanza de la literatura y otras historias, Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1975), que guarda su antigua investidura en un ítem de curriculum vitæ. Se vuelve humana, como la valquiria Brunilda, ya poseída por Sigfrido, humano, por más héroe que fuese. Ante la reina de belleza estamos condenados a comportarnos como el «recién iniciado» de Platón, ese que «cuando ve un rostro divino, que imita bien la belleza verdadera» [eidética], «o un cuerpo igualmente hermoso, primero siente un estremecimiento y le invaden parte de sus terrores» [de cuando aun no habitaba este mundo terrenal, sino los cielos]; «después, dirigiendo sus miradas hacia él, lo venera como a una divinidad, y, si no temiera pasar por un loco exaltado, le ofrecería sacrificios, como a una imagen santa o a una divinidad».
De todas nuestras reinas la más exacta es Irene Sáez, porque si examinamos los momentos culminantes de sus sucesivas coronaciones, observamos en ella el aplomo de quien jamás se inquieta por la posibilidad de perder. Las otras, en cambio, dejaron ver en el momento de su investidura, de su exaltación, la emoción abrumadora de quien no es capaz de concebir en sí misma el tránsito de la vida cotidiana a su nueva condición de altar en donde el valor de cambio adquiere su apariencia más inocente. Tal vez nosotros mismos tampoco lo podíamos concebir. Ya un día Judith Castillo llegó de segunda, Maritza e Irene quedaron de primeras, ya mucho antes Susana Duijm, en 1955, había trascendido las fronteras, ¿cómo íbamos por cuarta vez a coronar a una compatriota, a una como nosotros, en ese pedestal en donde toda intrascendencia encuentra a la vez su muerte y su justificación? Imitemos, pues, el gesto de Irene; si nos toca atravesar un periodo de predominio mundial en este terreno, hagámoslo con toda naturalidad, sin sobresaltos, jugando el juego a fondo: como si el mundo de lo posible no nos implicara más allá del espectro por igual efímero y eterno de las coronaciones. A lo mejor es que la vida es así y todos los pormenores nacionales no son más que puras ilusiones.
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