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El color carne

Roberto Hernández Montoya

Domigo 29 de junio de 1997

RobertoHannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela, ca. 1998.

Hay un programa de computadora que permite encontrar gente desnuda. Tiene el llamativo nombre de Localizador de Gente Desnuda (Naked People Finder) y fue realizado por los profesores David Forsyth (Berkeley) y Margaret Fleck (Iowa). Acierta 79 de cada cien fotos de gente descobijada, pero cree que el 11,3% de otras fotos de control son gente descubierta, cuando, por ejemplo, encuentra un obsceno desierto color carne.

El creyón color carne solo venía en las cajas de 24 lápices o más, de modo que era difícil pintar gente, mucho más desnuda. Cuando tenía ese raro lápiz, uno estaba obligado al pudor porque pintar la Venus de Velázquez era dispendioso. Uno lo reservaba para rostros y manos, como mucho. Y porque tampoco era gran cosa, pues daba un colorete rosáceo bien poco convincente. Mi primera admiración por los pintores —hasta los de plaza— fue que imitaran el color carne de un modo tan persuasivo. Todavía me dura el respeto. Solemos creer que las demás cosas del mundo tienen colores más sólitos. Hay casas rosadas y automóviles azules; el sol es siempre amarillo, y no sé por qué siempre pintábamos de azul las nubes. Influencia de Cézanne sería. O que pintar media hoja de azul, dejando en blanco las nubes, no solo era dispendioso sino trabajoso. El resto era casita de dos aguas, chimenea, barandita y caminito, con vaquita y todo. No sé por qué llaman imaginación esa monotonía —será porque es inducida por los adultos.

Estos investigadores han descubierto que la piel es una textura uniforme, independientemente de su claridad u oscuridad, y permite cebar una computadora para detectar el porcentaje de esa textura en la superficie de una fotografía. Pero como eso no basta, han añadido un algoritmo para identificar formas. Cilindros. Yo había pensado en otro tipo de redondeces, pero así son las computadoras. Forsyth y Fleck dicen que han recurrido a la gente desabrigada porque hay mucha en Internet, y gratis, en las cientos de miles de páginas porno —dato: un motor de búsquedas especializado en gente de exiguos ajuares: http://www.persiankitty.com/. Allí hay miles de páginas relacionadas con costumbres sexuales despreocupadas. Que les aproveche. El desinterés científico toma caminos insondables.

Pero la inclinación de Forsyth y Fleck no se limita a gente remangada. También han desarrollado un algoritmo para reconocer fotos de caballos. Desnudos también. Lo malo es que el programa aún no diferencia entre jumentos y venados.

¿Para qué tanto brinquito estando el piso tan planito? Total basta un bebé para saber que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Usar un ser tan bruto como una computadora parece tonto. Así serán de brutas que lo son más que alguna gente obtusa que he conocido y que solo recuerdo en pesadillas. Pero más tonto es tupirse uno clasificando millones de imágenes. Si se refinan esos algoritmos pondremos una computadora a clasificar millones de imágenes. Otros los usan ya para censurar pornografía. El asunto es serio y no merece la chacota de esta página de humor. Si deseas ver la cosa en sí —esa de la que Kant nunca tuvo experiencia directa—, explora en http://www.cs.berkeley.edu/~daf/naked.html.


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