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Dame tu cédula Domingo 10 de agosto de 1997, p. A-5
La principal finalidad del gobierno es pedir la cédula. De allí esa impaciencia por imponernos una tarjeta computarizada en que aparezcan registradas hasta nuestras intenciones. Los pueblos han satisfecho la identidad de modos diversos. Cuando los jóvenes griegos iban a la guerra, partían una piedra con su padre. Años después, al regreso, cambiadas las fisonomías de padre e hijo por las intemperies de la guerra y de la paz, se unían los dos trozos; si concordaban quedaba verificada la identidad de uno y otro. Cuando Ulises volvió a Ítaca veinte años después, fue identificado por la cicatriz que le había causado un jabalí, porque lo reconoció su perro y porque pudo armar su arco, que ninguno de los vividores pretendientes de su esposa Penélope había podido ensamblar. Nadie le pidió la cédula. Ocurrió una anagnórisis, como llamaban entonces a esos encuentros telenovelescos. En tiempos agrestes el padre marcaba a su hijo con un cuchillo para asegurar el ulterior reconocimiento. Esa cicatriz era una gnoorísmata. La cédula es la persona. Y para el gobierno es incluso mejor, porque no piensa y suele contener sus propios gnoorísmata: Te detienen «para averiguaciones» y te engrapan no sé qué papel en la cédula. Más tarde, cuando el policía soba y resoba tu cédula, está buscando ese gnoorísmata: si toca las cicatrices de la grapa es porque ya estuviste detenido y ahí te quiero ver. El recurso de la piedra era de bien baja tecnología, pero ingenioso y más seguro que los medios cibernéticos que tanto hacker, o pirata de la computación, puede violar y falsificar. No hay tallista, por Miguel Ángel que sea, capaz de reproducir un trozo de piedra fracturado al azar. La piedra rota no consiente hackers. Dada la impasse actual de la sociedad venezolana, sugiero que estudiemos las gnoorísmata como alternativas a la cédula: partir piedras, marcar niños a cuchillo, usar tatuajes. Un modo donoso que insinúa Rodrigo Hernández es tatuarnos en la frente un código de barras, de modo que cualquier policía pueda dispararnos un scanner y así conocer hasta nuestra opinión sobre el aumento de la gasolina. Además se satisface el deleite policial de dispararle a la gente aun sin averiguar después, aunque sea de manera inocua. A menos que prospere la demanda que adelanta un grupo de ciudadanos contra la nueva cédula a fin de omitir, del chip que le piensan poner, toda información no pertinente a la ley. Ya hay provisiones constitucionales similares en el Brasil, el Paraguay y el Perú, para no hablar de los Estados Unidos, donde no hay ni cédula. Lo llaman habeas data: evitar que te pongan un Big Brother en el bolsillo y que cualquier funcionario te averigüe hasta el lugar donde guardas las medias por zurcir. El gobierno es como el Gato Jinks: cuando alguien lo despierta, el felino siempre grita: «¡Yo no fui! ¡Yo no fui!». Porque sabe que él sí fue, aunque no cuál de sus tantas pillerías le están cobrando. Arranca de una a defenderse, y de los modos más atroces, porque no hay nada que fastidie más al gobierno que una ciudadanía alerta. Bastó que alguien hiciera una preguntica sobre el costo de la nueva cédula para que los funcionarios lo llamasen «perro de la computación», con lo que dan pie a que los llamen «perros de la cedulación». Esas reacciones desmesuradas hacen pensar las peores cosas del Gato Jinks.
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