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Sección: Bitblioteca
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Cometas los de antes Domingo 27 de abril de 1986
Cuentan que, cerca de un pueblito del Llano, Identidad Nacional adentro, vivía un venerable señor que por comodidad literaria llamaremos Don Rosendo. Vivía de algún misterio, es decir, era pobre. Lo que no le impedía poseer una mula bastante domesticada ella que lo ayudaba a llevar algún tapiramo, algún queso de año, alguna cuenta de casabe del caserío donde vivía, hasta su metrópolis: un pueblo de media calle, un proyecto crónico de Plaza Bolívar, dos niñas casaderas y cuya clase dominante entera estaba constituida por un tipo que para los tesistas de ciencias sociales pasaba por explotador porque tenía una pulpería. A ese pueblo, la única civilización, más cristiana que occidental, que había conocido, llegó Don Rosendo un día de julio de 1967. En su mula. Apeado en la pulpería, a donde lo llevaba lo que por pereza mental llamaremos mercancía, el dueño, el rico que llevamos dicho, que era tan opulento que tenía un radio de onda corta y por eso estaba informado de los acontecimientos en pleno desarrollo, informó a Don Rosendo de la primera versión que circulaba por el mundo sobre el terremoto de Caracas. Caramba, Don Rosendo, ¿no sabe la novedad? ¿Que será, mijo? pregunto Don Rosendo, que llamaba «mijo» a todo el que tuviera menos de sesenta años. Bueno, que hubo un terremoto que acabó con Caracas. Aquello es una mortandad que ya le digo. Don Rosendo se fue con el flash noticioso a su caserío, considerando conmovido la enormidad del hecho, que comunicó a su mujer. Días más tarde, con otro cargamento, Don Rosendo fue nuevamente al pueblo a cumplir con las leyes de circulación del capital. Curioso, preguntó al rico qué nuevas tenía sobre el desastre de Caracas. El Creso, que seguía pegado de su radio, lo sacó de su alarma. No, hombre, don Rosendo, se cayeron varios edificios y hubo muchas víctimas. Pero de resto la ciudad quedó enterita. De regreso al caserío, su mujer interrogó, también curiosa, sobre el destino de aquella ciudad perdida. Y Don Rosendo, que fácilmente se decepcionaba por todo lo que no fuese rotundo, respondió: ¡No, mija, eso fue un fracaso! Como el Cometa Halley. Que no sirvió para que unas agencias de viajes hicieran pagar a unos cuantos turistas del Hemisferio Boreal un viaje inútil a las regiones equinocciales con el fin de ver un punto elusivo por un telescopio. Y a nosotros para trasnocharnos el viernes 11 de abril ante un cielo blanco de nubes y para que Caremis nos hablara de las vicisitudes de 1910, creo, cuando, cuenta la leyenda, se vio el Halley. El que mi abuela Eulalia Montoya me contaba sobrecogida, como si lo estuviera viendo. No produjo ninguna catástrofe ni cambió el curso de la historia como los cometas bíblicos, como el Halley que pintó el Giotto, que producían espanto y conmociones más simbólicas que empíricas. Una experiencia fallida que se quedó en los gabinetes de los expertos, que si no nos lo comunican ni nos enteramos. Es decir, un cometa a la altura histórica del tiempo que nos esta tocando vivir.
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