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Las cosas están ahí, coronadas

Roberto Hernández Montoya

Domingo 23 de diciembre de 2001
Roberto_Herman_Hannah
Con Hannah y Herman en Coro, Venezuela.

Hay gente cardinal que ha hecho de entender el mundo su negocio principal.

Conozco alguien que, ante una escultura de Marta Cabrujas en la librería Noctua, me comentó: «Tiene mucho misterio y mucho miedo». Me había pedido una explicación sobre esa figura inquietante. Como no supe dársela, mi hijo Herman, en sus plenos cinco años, me la dio a mí. Mi niña teóloga Hannah, a sus seis: «Ya sé cómo es la cosa de Dios. Él pone los materiales y la gente hace las cosas».

Otro, a sus cuatro, después de un día jugando con tierra y conmigo, comentó: «Hoy la vida fue buena». Días después dijo: «Esta calle es oscura. Así, como de presidente». Interrogado por aquel juicio, condescendió a mi nivel de adulto: «Los presidentes andan siempre vestidos de negro y en carros oscuros». No eran coloridos los presidentes de entonces. Ante un cielo encapotado que anunciaba tempestad, declaró: «El cielo sufre para equilibrarse». Consultado sobre qué cosa le gustaría ser dijo que ninguna porque «las cosas están allí, coronadas». También se avino a aclararme: «Son como los reyes; hay que irlos a ver porque ellos no vienen a uno». (También lo decía Julio Cortázar, ese niño grande, sobre las estatuas, que hay que ir a ver «porque ellas no se molestan»). Al conocer las maravillas del cerebro, estipuló: «Lo único que le falta es ser bonito». «Apenas dicen R, el universo se alarma». Quería decir con eso que se ponía en alerta cuando cualquier maestra articulaba el primer sonido de su nombre, Rodrigo, mi hijo mayor, que ahora tiene veinte años.

Por eso me esfuerzo en guardar la lucidez infantil. A veces lo logro, aunque no tanto como quisiera. Solo los genios la conservan intacta.

Cuando niño me figuraba una hipótesis inquietante, ególatra, de aire berkeliano e imposible de confirmar o refutar: todos los que me rodean simulan ser gentes, pero apenas dejo de percibirlos vuelven ágilmente a ser monstruos. Están armándome una farsa, como la que montaron a Sancho en Barataria. Hay personas monstruosas que favorecen esa sospecha, según la cual serían lerdas y por eso no logran volverse completamente gentes apenas las percibo.

¿Qué se hacen las moscas del campo cuando llueve? No las hallamos muertas cuando escampa.

Me hice las hipótesis más delirantes sobre lo que había allende el cielo, esa bóveda de loza. No sabía más, tenía cinco años en San Blas, Valencia, y los aviones del cielo me lucían del mismo tamaño del de juguete que me prometió mi tío Alfonso. No cumplió su palabra porque se estrelló antes en uno de verdad. Era aviador. Me regalaron luego un avión, pero estaré siempre esperando el de mi tío Alfonso.

Por eso es criminal agredir a los niños, para que después se conviertan en esos monstruos de mi hipótesis infantil. Aunque también cabe una variante amable: son monstruos tratables y guasones que quieren darme este espectáculo de la vida. Digo, porque también hay personas generosas donde menos se las espera. Son las más, generalmente desprevenidas como niños, proponiendo sobre el mundo las conjeturas que buenamente se les vienen. Sus maldades son defensivas y poco profesionales porque no viven en eso ni de eso.

Si logramos conservar algo de la agudeza infantil, el mundo sigue hecho de asombros enormes, como en nuestros primeros días. Entonces la vida es siempre buena.


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