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La cultura en juego o el deporte por amor al arte
Es de todos sabido que el ron Cacique lo consumen «hombres especiales». Y es de todos sabido, no solo porque nos lo hayan repetido cientos de veces en comerciales de televisión, sino porque es normal la idea de que hay hombres, licores y actividades «especiales», «superiores». Los medios publicitarios no son omnipotentes; se nutren de nuestros mitos y si aceptamos que hay actividades «especiales», que están por encima de las demás, no podemos tener nada que oponer a la falacia del licor «especial», «superior». Es de simple lógica que si hay gente especial, esa gente se rodee de cosas especiales. El bebedor, en el mito de Cacique, es un arriesgado deportista, un delicado artesano o un escritor, representados siempre a través de su estereotipo más colectivo. Así, el escritor es un apuesto caballero de bufanda y bata corta de seda, sentado ante un escritorio de madera tallada, y a quien una deliciosa dama, elegante e íntimamente trajeada, sirve una fina copa de ron. El gesto de la escritura está subrayado por una sobreimposición de esa misma dama correteando en cámara lenta por un prado, con la misma ropa vaporosa. De este estereotipo los escritores no tienen la culpa. Además, ellos nunca fueron así y sin embargo este no es su único clisé colectivo. El deportista-héroe sirve también para la publicidad porque su clisé lo presenta como un hombre más allá del vulgo. El vulgo trabaja y, según el clisé, el deportista y el artista meramente actúan, gratuitamente. De allí que resulte tan ideológicamente chocante eso de que Cecotto, el que humilló a Agostini, el que viste Lois, el Relámpago de San Bernardino, haya salido sorteado para el servicio militar. ¿Cómo? ¿El motociclista intemporal va a ser un recluta vulgar y corriente? Por algo es tan significativo que en la serie diaria El Fantasma haya demostrado cómo es imposible, impertinente, inconcebible llevar una vida «normal», es decir, de albañil, de tendero. Él está mucho más allá de eso. Un héroe es un ser no cotidiano que no compra píldoras para el catarro. Es un Príncipe Valiente. Por eso es tan útil para la publicidad, porque ella suele hacer que ciertos consumos sean seductoramente no cotidianos, así se trate de algo tan de todos los días como la ropa. Pero en la jerarquía de clisés colectivos el artista se la gana al deportista. Se supone que el de aquel es un trabajo... perdón, una actividad, más noble, porque es solo intelectual. ¿Cómo se podría convencer a alguien imbuido de tales clisés de que el deporte tiene que ver con la literatura? Yo habré de preguntar por qué tiene el deporte que pedir permiso para codearse con las letras. También deberé aclarar que tampoco tiene que ser al revés, naturalmente. En estos afanes nadie debiera disputarse cetros que ni valen la pena. Pero para ciertos clisés, que por cierto son los dominantes aun dentro de las vanguardias más dernier cri, la literatura trata solo de la Noche de Walpurgis o de la Guerra de Troya; para tales estereotipos la literatura no trata también de cantantes de tango o del hecho de que el hombre se abotona y usa champú o de que «vosotras, moscas vulgares/me evocáis todas las cosas» (Machado). A lo sumo si un escritor se ocupa de un boxeador, se le dará importancia a este, pero como objeto que no sujeto literario. Por supuesto que no es así. Estoy hablando del estereotipo. Si nos miramos bien remirados, de verdad la literatura sigue siendo de facto coto cerrado del reino de la solemnidad y el deporte es pérdida de tiempo que ejercita gente mentalmente lerda. El deporte es, en fin, cosa que se puede tomar «deportivamente». De allí que se despache con tanta donosura de sobremesa el caso, digamos que histórico, de la mentecatez de Gerald Ford, a quien se le habría secado el cerebro de tanto practicar rugby. ¡Oh, sutil conclusión!: sí, claro, con ello se pretende sustentar la altanera convicción de que el único modo de ser genial es el modo literario. Si Gerald Ford en verdad es un político memo, ello no puede explicarse con ese simplón argumento. Los que tal dicen son más sandios que lo que dicen que es Ford. El deporte se sigue tomando como mera flexión, movilidad, agilidad. En el deporte se pretende no hay cálculo, sorpresa, momentos rotundos que dependen de los músculos y también del discernimiento brillante de un lance bien elaborado. Pero es un hecho que también un goleador puede ser un virtuoso. Que la gente que no lee «buenos libros», sí lee la buena literatura de las crónicas deportivas, y sí se enreda la vida en los complejísimos vericuetos teóricos del beisbol. Sin embargo, debe quedar claro que no es solo coincidencia que el deporte y el arte compartan la ilusión de gratuidad, de cosas que se hacen «por amor al arte». Porque no se practican, en principio, como medio de vida. El problema está en eso de «en principio», pues allí a las cosas se les concede la gracia de lo ideal, de lo que no está aquí, «en la triste realidad de la vida». No importa, pues se dice que tanto el arte como el deporte son «intransitivos», como algunos verbos, porque intransitivo es lo que no toma en cuenta nada que le sea externo. Se juega por el placer mismo de jugar, sin otros fines. Y también está la «coincidencia» incómoda de que si (siempre «en principio») todos podemos hacer deporte, también todos podemos hacer literatura, sea escribiéndola, sea leyéndola. Por eso, porque originalmente no se cobra, son inocentes el deporte, el arte y también por eso no se los considera trabajo. ¿Vamos al campo deportivo solo a ver cómo son eficaces unos peloteros? También podríamos ir a ver cómo son eficaces unos técnicos. Pero ocurre que una vez satisfecha la curiosidad de ver cómo se arma una computadora, ya no volvemos a ser espectadores del taller electrónico. Sin embargo, regresamos una y otra vez al estadio, al teatro, a jugar, a danzar o a ver, sin estar obligados; allí permanecemos en el reino de la inocencia, pues, «en principio», no nos hemos contaminado de realidad. Por eso siguen siendo juegos, como cosa de niños. Los latinos llamaban jocus al juego, de donde viene jocundo, alegre, feliz y también jocoso. En el juego no se practica la responsabilidad como en el trabajo. Tom Sawyer, mintiendo, dice a sus amigos que pintar una verja es tan divertido, tan chévere, que por nada dejaría que otros lo hicieran por él. Tanta labia tiene Tom que sus amigos terminan rogándole que les permita pintar, aunque sea por un rato, para lo cual llegan a pagarle. Entonces Mark Twain señala que si Tom hubiera sido filósofo se hubiera dado cuenta de que los ha convencido de que aquello no es trabajo, sino juego, aunque a veces en este se despliegue más actividad que en el trabajo. Cosa que también suele pasar en los bailes. En este caso al jugador, al bailador, no le importa el cansancio, la extenuación. Pero al trabajador sí, pues se pasa toda la semana quejándose hasta que llega el sábado y, cansado, se entrega, si puede, al juego. Pero es que entonces ya no es un trabajador sino un deportista. De allí que cuando apartan el trabajo, es decir, la escuela, y se concretan al juego, Tom Sawyer, el niño bien, y Huckleberry Finn, el paria, pueden compartir su vida a través del Misisipí. Su cansancio les pertenece. Pero eso es literatura, eso es «en principio». En la realidad el deporte, el arte, son comercializables, voto a Pelé, voto a Warhol. O a lo que dice Rodolfo José Mauriello (El Nacional, 16/6/75, p. B-16) cuando se refiere a los jugadores negros que tiempo ha se importaban a Venezuela para el beisbol profesional: «No hay duda que ofrecían mayor vocación, mayor voluntad que el otro, pero lo barato fue, tristemente hay que reconocerlo, lo que los hizo populares entre los dueños». Sí, «tristemente hay que reconocerlo», los deportistas, los trabajadores, sí, los artistas también, contra su voluntad y esto es lo más importante, se importan, se venden, se negocian, se hace trueque con ellos. Lo hecho en deporte no es una cosa, sino un recuerdo, la imagen de una jugada genial. Por eso los cronistas y narradores deportivos son tan apegados a la historia, aquella atrapada monumental de Carrasquelito cuando le decapitó aquel batazo a Ted Williams; aquella faena inconmensurable de Manolete; el «Maracanazo»; aquel juego del Chino Canónico frente a los cubanos en 1941. Y, sin embargo, en la triste realidad de la vida, los recuerdos, como todo lo humano, tienen precio. Aquel concierto delicioso de Julian Bream y Peter Pears. Además, está el registro fílmico o gramofónico. Ahí esta el replay y, por algo muy grave, en el trabajo no hay replay. A pesar de todo, la ilusión de libertad en el deporte parece ser más persistente que en el arte. Esa ilusión está sustentada en el juego, en lo lúdico. Allí se puede disfrutar de la buena jugada y del buen poema (porque también hay malas jugadas y malos poemas). No hay nadie atravesado, allí estamos en la utopía momentánea del «sin distingos de raza, credo o condición social». Hay apenas un simulado conflicto entre caballeros. Cuando alguien hace trampas se dice que no es «deportivo», porque ha intercalado, inmiscuido, afanes de lucro o de otra naturaleza, ajenos a la utopía momentánea del deporte. Quizás sea ese carácter utópico lo que explique el uso evasionista que se le atribuye con toda razón. Tampoco es lícito cuando se adula un mal poema solo porque lo escribió un amigo; eso es trampa, eso no es deportivo, no es literario. La ilusión de libertad en el deporte, decía, es más persistente que en el arte, porque después de todo, en este sí se produce un objeto en el cual se paraliza, se condensa, su actividad. Objeto de arte que se puede manipular. Lo que permite esa ilusión de libertad en el arte es que cuando una obra se disfruta, se percibe, se capta, adquiere movimiento, se revive, se reproduce, siempre nueva; la obra ya no es el objeto inmóvil, la mera cosa transformada, que se consume y se destruye con el uso. La obra de arte no tiene uso, no se desgasta en tanto tal. Si la literatura y el deporte fueran tan intransitivos, no serían espectáculo. Encalar una pared no es espectáculo y a nadie se le va a ocurrir exhibir en público los ejercicios que hace para rebajar de peso o publicar en un libro las boberías que hay que escribir para practicar un idioma que se aprende. Lo intransitivo no tiene nada que ver con lo exterior, y no hay nada más exterior que el espectáculo. Aunque el deporte se desvirtúe en el profesionalismo, siempre nutre su ilusión de libertad en la inocencia de su práctica originaria. Es más fácil vender una cosa que un recuerdo. Por tanto, al jugador y al artista sí les queda algo de su actividad, a pesar de todo. Pero al trabajador, tal como lo conocemos, solo le queda su sueldo. Por eso no tiene ni siquiera la ilusión de libertad. De esto hablaba Pasteur, sin saberlo, cuando alguna vez afirmó, refiriéndose a su intensa actividad: «Nunca he trabajado». Claro, ese vacunador no vendía eso que hacía. En Inglaterra se ha buscado una solución reposada, a través de esa unidad monetaria llamada guinea. Curiosamente uno nunca podrá ver o tener una guinea, porque es solo una moneda teórica, noble, con la que se precian obras de arte, Rolls Royces, néctares de ambrosía. En términos vulgares, bastos, es decir, reales, una guinea vale 21 chelines, mientras una libra vale 20. Uno compra un cuadro por cien guineas, pero como no hay guineas, uno entrega cien libras y cincuenta peniques. Oscar Wilde dijo una vez que «el cínico sabe el precio de todas las cosas; mas el valor de ninguna». No es, pues, ni casualidad ni mala magia, ni meras intrigas del Fondo Monetario Internacional, la causa de la separación y el conflicto entre las diversas actividades humanas. Estas cosas no las podrán explicar los mitos, los estereotipos, pues ellos están allí precisamente para ocultarlas y para ayudarnos a vivir y a bien morir en el reino de este mundo.
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